Confesiones de un jubilado #2

ERA ASI DE TIERNA Y ENCANTADORA. II

Hoy he llamado por teléfono a, voy a llamarle Pedro. No es su nombre, pero no quiere que mencione el auténtico, al menos cuando ponga sus confesiones en este Blog, creí oportuno nombrarle Pedro, se ajusta bastante a su personalidad. Decía, que le he llamado para vernos, invitarle a un café, después de comer, como le prometí el otro día y dejarle leer, antes de publicarlo en el Blog, algunas de las notas que durante días estuvo confesándome.

Vais a permitirme hacer un dibujo de cómo es, de esa manera podré contaros cosas de él, con algo de confianza. Pedro es un hombre que no aparenta la edad que tiene, da la impresión de haber sido una persona cuidadosa, fundamentalmente porque siempre estuvo solo y como reza el dicho popular, si no te cuidas tu, quien lo hará por ti. Es pues un hombre que no supera el metro setenta y cinco centímetros de altura. Tal vez fuera mas alto, pero la edad no perdona y los huesos comienzan a ceder. Delgado, yo diría que se ajusta a una talla entre la 44 y la 46, no se si acertaré. Suele vestir cómodo, a veces lleva corbata sobre una camisa azul, es su color predilecto. Camina recto y decidido, no parece cansarse, y lo hace a diario por la ciudad, imagino la razón, pero no descubriré esa faceta suya en esta ocasión. Tiene la mayoría de su cabello sobre la cabeza, aunque algunos claros comienzan a distinguirse. Sobre las sienes, las canas anuncian que está a punto de llegar su invierno. Pese a ello, ese tono le hace un hombre atractivo. Los últimos quince días he podido comprobar se está dejando barba y al igual que en las sienes, las canas también adornarán su rostro.

Cuando me ha respondido al teléfono y reconocido mi voz, sabía de antemano la razón de la llamada. Antes de preguntarle, ha dado su conformidad. Siempre y cuando pongas hoy uno de los primeros capítulos. No puedo negarme, pese a que no es esa la estructura que prefería dar a estos apuntes, pero prometí obedecer sin rechistar y es precisamente lo que me propongo hacer. Se que está pasando un mal momento, pero se niega, es una constante, no quiere ayuda de nadie y la verdad me preocupa, le estoy tomando cariño. Tal vez sea por la cantidad de horas que pasamos juntos, pero a estas alturas creo que comienza a formar parte de mi circulo. En fin, os contaré como conoció a Celia. Quiero recordaros que tampoco es su nombre real.

—¿Cómo conociste a Celia?

—De manera casual. Por aquel entonces trabajaba en una compañía aseguradora, en el departamento financiero. En la propia empresa tenia muchos compañeros que se confundían con amigos, pero indudablemente tenía dos o tres que si lo eran. Juan se contaba entre ellos. Ambos hacíamos una pareja inigualable. Cruzábamos apuestas, como jóvenes inconscientes, sobre quien conseguiría antes salir con alguna de las compañeras a las que relacionábamos y etiquetábamos con un ordinal de belleza y simpatía. Al cabo de mucho tiempo descubrimos que ellas también tenían una liga sobre nosotros y algunos más, a quienes puntuaban en base a muchos mas conceptos.

—Me permitirás añadir que erais algo golfos.

—La verdad es que no hacíamos daño a nadie. No conocían nuestro trato. Tanto Juan como yo establecimos un código, por el que debíamos retirarnos y dejar el campo libre al otro.

— Y tras este preámbulo, dime como conociste al amor de tu vida, a Celia.

—Ella empezó a trabajar en la planta baja del edificio, nosotros estábamos en otras plantas a más altura y comenzamos a llamarla cariñosamente la delfín. Como lo hacíamos de tantas otras. Un día bajé a la planta con el único fin de verla. Claro que la vi, estaba en el despacho de la jefe de departamento, reía, yo me quedé atontado mirándola. Sus ojos castaños brillaban, su rostro, al que le daba el sol, fulguraba como si la luz saliera de ella. Alguien me dio en el brazo para que le acompañara a mi justificada visita. Debió darse cuenta, al parecer llevaba varios minutos extasiado, quieto junto a la mesa de un compañero. Mi miró y supe en ese momento que debía estar a su lado.

—¿Qué hiciste?

—Terminé mi visita, volví a pasar junto a su despacho, me miró y volvió a sonreírme. Al subir a mi departamento llamé a mi amigo Juan y le conté lo sucedido.

—¿Ocurrió algo especial?

—Si, Juan había hecho lo mismo que yo sin decirme nada, tuvimos que aplicar nuestro código. Quien consiga salir con ella y besarla, invita a un güisqui y el otro deja el campo libre. Asentí, no tuve mas remedio. Pero preparé una estratagema.

—¿Cuál?

—Juan y yo teníamos el mismo modelo de coche, por lo que el día que me proponía salir con ella, le pedía como en otras ocasiones, cambiárnoslo. De esa forma supuse no podrían identificarme debidamente. Lo habíamos hecho en multitud de ocasiones y siempre salió bien. Además, si alguien nos veía siempre podíamos decir que era el otro quien lo conducía.

—¿Y esa vez?

—Fuimos el cazador cazado.

—¿Cómo?

—Si, Celia advirtió el juego y estuvo enredando con los dos. Nos dio largas y ninguno conseguimos lo que nos proponíamos.

—¿Entonces en esas fechas no comenzaste a salir con Celia?

—Ni mucho menos, fue solo el momento de conocernos. Comenzamos a salir años mas tarde. ¿Quieres que te lo cuente ahora, Anxo?

—No, creo que por hoy ha sido suficiente.

—Como quieras. 

Dejé las notas y grabaciones hechas aquel día. No puedo continuar añadiendo datos, me preocupa Pedro. Antes, cuando le he llamado he notado demasiada tristeza. Creo que voy a aventurarme y acercarme a su casa.

Tres veces he pulsado el timbre, pensaba marcharme, pero he oído una imprecación que ha hecho retenerme.

— ¿Tu? ¿Anxo? ¿Qué haces aquí?

— Quiero saber cómo estás.

—Aunque cabreado. Me has molestado.

—¿A estas horas?

— Perdona, pero escuchaba música.

— Puedes seguir haciéndolo ¿no?

— No, lo lamento. Me dejo llevar cuando la escucho y como te dije, mis sentimientos están tan a flor de piel que, algunas notas me producen tal sensación que me invitan a llorar y te repito, solo lo hago cuando nadie me ve.

—Lo lamento, de veras. ¿Qué música escuchabas?

—Barroca. La quinta sinfonía de Tomasso Albinoni.

—Discúlpame. Solo quería saber si estabas bien.

—De salud bien. De espíritu como siempre, hoy mucho peor, por eso no he querido acompañarte al café.

— ¿Qué te ha ocurrido?

— Estuve rebuscando esta mañana en internet y encontré algo que solo ha hecho ahondar mi tristeza.

—¿Puedo saber de qué se trata?

— Si, encontré una canción. Estaba incluida en un disco que me regaló Celia, poco después de reconciliarnos, tras una discusión.

—¿Te ha hecho recordar?

— Naturalmente, y revivir aquel día solo ha hecho retorcerse mi corazón.

—¿Puedo saber que canción es?

—Si. La cantaba Alberto Cortez. Como el primer día, se titula.

— La escucharé cuando vuelva a casa. Ahora, venga, vístete, te invito a cenar y si nos da tiempo al cine.

— De verdad, Anxo, no me apetece.

— A mí tampoco caminar, pero debo hacerlo cada día, es mi trabajo.

— Está bien, siéntate un momento, enseguida estoy listo.

Hemos ido a tomar unos pintxos y un par de vinos de La Rioja, crianza es el que le gusta. Como era tarde y la película estaba empezada, hemos optado por tomarnos otro vino y regresar a su casa caminando. Yo he llegado a la mía a eso de la una y media. Creo que voy a publicar esto y meterme en la cama.

2º Apunte de:  Confesiones de un hombre enamorado, ahora jubilado

1º Apunte de:  Confesiones de un hombre enamorado, ahora jubilado

© Anxo do Rego, 2020

 

 

 

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