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Confesiones de un jubilado # 1

ERA ASÍ DE TIERNA Y ENCANTADORA # 01

No vale luchar contra el destino, la providencia, o el influjo de algo fuera del contexto como ser humano. Al estar hechos, posiblemente con un alto porcentaje de defectos y un mínimo de virtudes, aquellos progresan a medida que el tiempo transcurre, mientras estas, solo nos permiten reconocer que nos hemos confundido. Ahora ha llegado el momento de los recuerdos, de ocupar el espacio del deseo, o tal vez la ineludible necesidad de buscar la  felicidad no lograda hasta ahora antes de iniciar el último tramo de mi vida. Ese que me llevará indefectiblemente a enfrentarme con los fantasmas del pasado, de la crítica, en realidad autocrítica, la desolación y sobre todo, de una cruel realidad no exenta de risas sarcásticas sancionadoras de decisiones que por equivocadas, motivaron mi actual situación convocando a otra carente de posibilidades de éxito.

Sería absurdo no reconocer que cualquier acción, hecho o desarrollo acaecido con anterioridad en mi vida, se ha concatenado con los sucedidos posteriormente. Todo tiene su nexo y razón de ser, aunque a veces deseche la reacción, simplemente porque no me gusta, o quizás, porque me habría agradado otro resultado más apetecible ahora, y acorde con el momento.

Partiendo pues de esa premisa, aceptación de los hechos por ser inamovibles, razón más que convincente, caben sin embargo elucubraciones adornadas de íntimos deseos, por la única razón de intentar conseguir in extremis, algo que me permita afrontar una muerte digna, creo que me la merezco.

No he matado, robado o levantado falsas acusaciones. He cumplido con mis obligaciones para con los demás, y a veces dado más de lo esperado. Tal vez no debería decirlo, pero si debo ser justo, solo recibiré a cambio de mis actos el resultado de los buenos. De lo contrario estaría con mi libertad limitada en alguna prisión. Pero no. No ha sido así, por mucho que analizo mi pasado, no acierto a comprender la razón que obliga al destino o la providencia, seguir cerrando las puertas de mi felicidad. No me ayudan, al contrario, cuando dejo en sus manos la sutileza de los hechos para llegar a Ella solo recibo a cambio, olvido. Me desespero y en ocasiones, al llegar la noche permanezco insomne.

Comprendo, razono, soy consecuente y realista. Posiblemente tenga importantes razones para negarse a verme, hablarme. Pero solo necesito escuchar su voz, incluso recibir de sus labios un definitivo ¡no!, aunque en mi fuero interno no lo deseo, pero la incertidumbre y duda, no saber por qué no responde a mis periódicas peticiones, solo incrementan mi desesperación y acercan, con más dolor que alegría, el momento que en ocasiones estoy deseando,  ver aparecer a la Parca y viajar con ella. Pues la verdad, nada me importa ya.

Es difícil decirlo, he conseguido llegar  hasta una edad que no esperaba, y sin embargo vivir exento de felicidad, sustentándome únicamente con recuerdos, es algo que ya no puedo permitirme, rozaría la demencia.

Mantendré durante una corta temporada la misma situación que ahora. Mis intentos por conseguir verla. Espero lograrlo.  Mientras seguiré recordando momentos juntos, sus caricias, besos, su sonrisa, esa mirada, tan especial, esos ojos marrones tan preciosos, incluso cuando lloraba, eran así de tierna y encantadora, era estar en la gloria.

—Gracias por escucharme Anxo.

— A ti, por permitirme hacerlo. ¿Puedo incluirlo en mi Blog?

—Naturalmente, aunque no me gustaría que apareciera su auténtico nombre.

—Como prefieras. ¿Cómo quieres llamarla?

—Te parece bien, Celia.

—En realidad se parece mucho al autentico.

—Pues úsalo.

—Gracias. Y por favor, levanta ése ánimo.

—Lo intento, pero se me hace difícil ver amanecer cada día sin ella. Es demasiado duro, sabiendo que está ahí, al otro lado de la ciudad.

—Pero…

—Se lo que vas a proponerme, pero no puedo ni quiero dar un paso que pueda hacerla el mínimo daño.

—¿Lo intento por ti?

—No creo que surta efecto. Además he mandado suficientes mensajes como para que sepa de mí.

—¡Vamos! te invito a una copa, personalmente la necesito.

—¿Pondrás todo?

—No, hoy cuando llegue a casa, solo dibujaré los primeros párrafos, aunque tengo notas para muchos más días.

—¿Lo leeré?

—Antes de publicarlo. Lo haremos juntos frente a una taza de café de Colombia.

—Me gusta la idea. Pero hoy prefiero irme a casa.

—De acuerdo…

—No, por favor omite también mi nombre.

—Como prefieras.

—Sí, lo prefiero así.

—Espera, me gustaría preguntar algo antes de marcharte.

—Claro, adelante.

—¿Cómo te sientes?, me refiero a tus sentimientos.

—Mal. Debo estar en un proceso desconocido, tal vez los psicólogos sabrían responder con algún diagnóstico.

—¿ A qué te refieres?

—No lo sé. A las sensaciones que recorren mi espíritu cada momento.

—Explícate, por favor.

—Siempre fui una persona sensible. Las vivencias de los demás, sus reacciones ante momentos o situaciones críticas, como dolor, ansiedad, felicidad y otras muchas, si bien no las hacia propias, notaba que en cierta medida me afectaban.

—Eso está bien, demuestras tener sensibilidad.

—Ya, eso lo sé, querido amigo Anxo, pero desde hace aproximadamente tres años, justo cuando inicié mi acercamiento a Ella, al conocer estaba en la ciudad, surgió una especie de sensibilidad manifiesta. La tengo como suele decirse a flor de piel. Cada situación reflejada en una película, una noticia, un encuentro familiar, un resultado deportivo y mil etcéteras, hacen de mí una especie de módulo donde situar las sensaciones de los demás. Yo diría que sufro lo que ellos, me afecta de manera especial. Creo que estoy rondando una especie de depresión, pues la mayoría de las ocasiones, solo tengo ganas de llorar. Una mañana me levanté contento pero pronto esa alegría se tornó en deseos de llorar, cuando al pasear por el barrio, vi el desprecio manifestado por unos jóvenes sobre un hombre anciano que les solicitaba un cigarrillo y estos se lo negaron burlonamente. El daño también me lo produjeron a mí, y desde luego en un momento, me vi en su lugar.

—Pero no es así, querido amigo. Disfrutas de una posición ciertamente holgada, económicamente me refiero.

—Desde luego, pero ya ves que no es suficiente. Estoy muy triste, creo que demasiado y ahora mi soledad y la falta de Ella, me hacen romper a llorar cuando nadie me ve.

—Venga, me tienes a mí, charlaremos cada vez que lo necesites. Tienes mi teléfono, además de vez en cuando te contaré mis cuitas, si me dejas, claro.

—Si te parece bien a ti, de acuerdo.

—Claro. Ahora debo irme.

—Hasta pronto.

—Sí, eso, hasta pronto.

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