Un collage especial.

Dedicado a mis queridas amigas

del grupo literario, Conchita y Loli.

Con todo cariño.


Sigo sediento,

el sol de tu olvido abrasa la piel de mi corazón.

Me falta el agua de tu cariño.

 Es tiempo de volver a crear nuestro oasis.

 

Ernesto Poveda.


Los avances tecnológicos, además de incorporar elementos nuevos a cuanto tenemos o podemos disponer para mirar el futuro más halagüeño, también crean vacíos, algunos enormes y aún peor, crea problemas económicos a mucha gente, que acostumbrada a trabajar en la forma marcada por las viejas normas y técnicas, incapacita su labor al entrar las nuevas. Señalo esto como cuestión previa. Fundamentalmente por conocer personalmente al protagonista de esta historia.

Basilio Hernández es un hombre joven, apenas supera los treinta y cinco años. Hijo de un fotógrafo profesional, criado entre carretes de película de diferentes sensibilidades a la espera de encajar en el cuerpo de alguna de las decenas de cámaras, suyas o de su padre, para ser usadas.

Cuando el futuro comenzó a fagocitar a la fotografía convencional para convertirse en digital, el noventa y cinco por ciento de los profesionales que no supieron ver los avisos y alarmas, atravesaron una puerta con un letrero llamado ruina. Los carretes se amontonaban en las estanterías, ahora se pedían tarjetas de memoria para aplicarlas a las nuevas cámaras. Tampoco se revelaban carretes ni se sacaban copias para regalar a los amigos y familiares. Los álbumes fenecieron, se convirtieron en una carpeta dentro del disco duro de cualquier ordenador personal. Las imágenes se procesan para incorporarlas a los teléfonos móviles, marcos y un largo etcétera de nuevos equipos. Las copias si es que se sacan, suelen hacerse en papel o cartulinas y por medios tan poco ortodoxos como impresoras.

El padre de Basilio pese a estar prevenido, pudo ver como el futuro le alcanzaba inapelablemente. No tuvo más remedio que despedir a los trabajadores contratados al no poder soportar tanto gasto y tan poca entrada de ingresos. Al cabo de dos años se jubiló y pese a ello, Basilio quiso mantenerse al frente de un pequeño establecimiento abierto para continuar revelando carretes, vendiéndolos y haciendo fotos de estudio a la antigua usanza. Trasladó todo aquello que le servía de la antigua empresa de su padre y pagó para que retiraran máquinas y equipos de revelado, hasta ese momento con un valor importante, ahora perdido. El día de la inauguración su padre apareció con una bolsa que entregó a Basilio.

— Toma hijo, dado que quieres continuar con la fotografía convencional, me gustaría que te quedaras con mis mejores cámaras. Son el resto de mi colección. Las otras ya las tienes.

— Gracias padre.

— Una cosa. Me gustaría que de vez en cuando hicieras algún carrete y me avisaras para ayudarte a revelarlo y sacar las copias, a la antigua usanza.

— Claro.

— Otra cosa. Usa todas las cámaras, pero si haces algo con ésta —dijo señalando una metálica, negra mate— ten cuidado, mímala. Con ella saqué mis mejores fotos. La gente decía que las copias tenían vida. Como verás tiene un nutrido número de objetivos intercambiables.

— Nunca me habías contado nada sobre esta cámara.

— Era mi secreto especial. Como los cocineros, no quise descubrir mis secretos de mi trabajo. Además, debo confesar ahora, que con ella hice tres sesiones de fotos a Beatriz. Son las copias que te entregué después de que falleciera.

— No lo sabía padre, te avisaré cuando la use.

— También tengo algo para completar mi obsequio. Una caja repleta de metros de película de alta sensibilidad es la que siempre usé para esa máquina. Tendrás que manipularla y montar los carretes. Mímala.

— Gracias por todo padre.

— Que tengas mucha suerte.

En contra de los vaticinios hechos por compañeros y su propio padre, consiguió mantenerse activo. En realidad, se convirtió en una especie de isla, convencional eso sí, dentro de un mar rodeado de tecnología digital. Muchos ciudadanos, que como él amaban el antiguo sistema de fotografiar, se convirtieron en asiduos de su establecimiento. Donde antes apenas había cajas con carretes, ahora llenaban las estanterías. Igual ocurrió con accesorios de cámaras, hasta necesitó contratar a dos técnicos, uno para ayudarle a positivar y otro para reparar las cámaras que muchos clientes le llevaban.

Su vida y la de sus socios, como él llamaba a los clientes, transcurrían plácidamente. La suya desde hacía tiempo sufrió una considerable alteración. Un fin de semana Beatriz le acompañó para realizar un reportaje familiar a una finca alejada de la ciudad, propiedad de uno de sus clientes. Al regresar a Madrid, antes de que cayera la tarde, subieron al coche y tras recorrer los primeros kilómetros para desembocar en una comarcal y de ésta a la autopista, sufrieron un terrible accidente. Conversaban cuando oyeron unos disparos. Era época de caza mayor. De repente y sin saber cómo, apareció un enorme ciervo que huía asustado. Se paró frente al vehículo. A Basilio apenas le dio tiempo a frenar, lo alcanzó lateralmente, desviando la dirección para estrellarse contra uno de los muchos árboles de los laterales. El coche abrazó el tronco y como siempre, algo falló, en este caso uno de los airbags del espacio ocupado por Beatriz no actuó, provocando que se estrellara contra el frontal.

Cuando la Guardia Civil de Tráfico descubrió el accidente, Basilio continuaba inconsciente, como Beatriz, solo que ella no volvió a despertar. Le costó varios meses recuperarse del shock sufrido gracias a su trabajo. A partir de ese momento su única preocupación fue crear algo muy especial.

No supe nada de él durante mucho tiempo. Cuanto seguirán leyendo, es fruto de informaciones posteriores, por lo que dejaré mis apreciaciones para el final. Si no les importa, claro.   

Dos mujeres paran frente a uno de los escaparates del establecimiento, fijan sus miradas en algunas de las instantáneas expuestas, tanto de exteriores como de interiores realizadas en el estudio de la trastienda. Duda, no se deciden a entrar. Cruzan unas frases y abren la puerta. Basilio observa unos negativos a trasluz, cuando ambas mujeres le saludan.

— Buenos días.

—¿En qué puedo ayudarlas?

— Mi hija necesita unas fotos —señala la de más edad— Son para un bloc.

— No mamá, no son para un bloc, sino para un book —rectifica sonriendo. Discúlpela, se lo he explicado varias veces, pero no alcanza a quedarse con el nombre.

— ¿Puedo preguntar la razón del book?

— Me presento a una agencia de modelos y me gustaría llevar mi propio book, pero en papel, no en un disco.

— ¿Saben que solo hago fotos convencionales, no digitales?

— Si. Las quiero sin pasar por esos programas de retoque, tal y como salgan, bueno como usted las haga.

— Entonces ¿está dispuesta a realizar varias sesiones para prepararlo?

— Inicialmente sí. Sin embargo, antes necesitaría conocer el costo. Este trabajo suele ser algo caro.

—También llevan mucho trabajo y tiempo. Nos ocuparía varios días. Esperar el revelado, comprobar, revisar y rectificar posturas y situaciones.

— Mira hija, deberías dejarlo, Pierre, podría hacerte las fotografías con su cámara.

— Puede hacérselas Pierre, pero, ¿Cómo sabe las posturas y situaciones más adecuadas? ¿Es acaso un profesional de la fotografía?

— Haz lo que quieras, pero este señor no creo que trabaje por amor al arte, todos necesitamos ganar dinero.

— Si es esa la razón no debería preocuparles. Podemos llegar a un acuerdo.

— ¿De qué tipo?

— ¿Cuántas fotos necesitará?

— No sé, supongo que con veinte o veinticinco tendré suficiente.

— Perfecto. Le cobraré las últimas veinticinco, solo las que elija para formar el book, algo más por el trabajo si no superamos los diez días y el costo por el exceso de carretes.

— Me parece bien. ¿Cuándo empezamos?

— Tendré que ver mi agenda, suspender actividades a partir de las siete de la tarde. De momento trabajaremos por la tarde, si es necesario saldremos para ver su fotogenia a la luz día. Anóteme sus datos, dirección y teléfono y mañana la llamaré para establecer horario y día. ¿Le parece bien?

— Carolina. Carolina Fuentes.

— La llamaré mañana, Carolina. Mientras tanto prepare la ropa que quiere usar, el maquillaje, y cuanto crea necesitar.  

— De acuerdo.

Dos días después, por la tarde, antes de cumplirse las ocho, Carolina, acompañada por su madre, aparece por la tienda en el momento en que Basilio se dispone a fijar el cartel de cerrado, ya no las esperaba. Abre la puerta y las invita a pasar.

— Adelante, no las esperaba, pero ya tengo todo preparado. Hoy solo tendremos una sesión preparatoria. Les cuento, no podremos trabajar cada día, necesito revelar cuanto hagamos, al siguiente, de esa forma iremos viendo los resultados.

— Estupendo.

— Hoy, nos ocuparemos de enfocar, ver luces, sombras, algunas posturas y gestos. ¿Ha traído la ropa que utilizará?

— Si. Supongo que podré dejarla aquí junto a los productos de maquillaje.

— Claro, tengo preparado un cuarto a modo de camerino, tiene suficiente luz y espacio para cambiarse. Si quieren puedo enseñárselo.   

Termina de cerrar el establecimiento, echar el cierre y apaga las luces de los escaparates, segundos después las acompaña a la trastienda. El espacio, grande, tiene numerosas estanterías metálicas formando pasillos cubiertas con cajas. En uno de los laterales, a la derecha, una doble puerta da entrada a dos habitaciones, una al camerino, la otra, al estudio donde prepararía el book. Dispone de focos sujetos a las paredes y al techo, dos sombrillas blancas tupidas, varios cilindros sujetos al techo ocultando rollos de fuerte papel de diversos colores para formar fondos. Una mesa con numerosos flases y una caja metálica plateada donde descansa su cámara más preciada, con un amplio conjunto de filtros y objetivos.

Tanto Carolina como su madre, dan el visto bueno al camerino, aunque limita sus comentarios sobre el estudio. En un momento dado, Carolina se acercó a Basilio y después de susurrarle que delante de su madre no quiere hacerse fotos ligera de ropa. Se fija en una imagen ampliada fundida sobre una plancha de foam que preside el rincón, sobre la mesa de trabajo.

— ¿Qué foto más hermosa? Que guapa es la mujer. ¿Quién es?

— Era Beatriz, mi prometida, murió hace tiempo.

— Cuanto lo siento. Si me permite, le diré que era muy bonita, con una sonrisa encantadora y una mirada deslumbrante.

— Gracias. Era mi orgullo.

— Me contentaré con que me saque con un veinte por ciento de la belleza de esa foto.

— Lo intentaré, aunque no tiene nada que envidiar, también es usted muy bonita, si me permite.

— Gracias.

— Si está dispuesta, haga el favor de sentarse en esa banqueta, probaré hacerle unos primeros planos cortos hasta la cintura. No estaremos más de una hora, esta mañana preparé los focos. Así que, empezamos.

— Mamá, siéntate en esa butaca, solo tardaremos una hora.

— De acuerdo, pero solo hoy, el resto de los días, creo que no soportaré tanto tiempo de espera.

— Estas estas cosas son lentas y aburridas, lo siento señora.

En menos de cincuenta minutos, lanzó más de sesenta instantáneas. Carolina era complaciente y Basilio se encontraba bien cuando respondía a sus peticiones, tales como, ahora más a la derecha, levante la cara, mire a un punto y no deje de sonreír, así, así, ahora hágalo pícaramente. Estupendo. Muy bien. Al acabar.

— Hemos acabado. Estuvo muy bien, espero que pasado mañana vea los resultados, y si le gustan, prosigamos con las demás. Por cierto, tiene unos labios tan bonitos como los de Beatriz, si me permite la comparación.

— Gracias, no me molesta, al contrario.

— Entonces nos veremos a las siete y media de pasado mañana. Por favor sea puntual.

— Lo seré. Gracias.

Las acompaña hasta unos metros antes de entrar en la tienda. Se acercó a una cortina, la corre y señala.

— Por aquí. Esta puerta las lleva hasta el pasaje y desde él, a la derecha, saldrán a la calle. Adiós, señora, ya verá, le gustarán las fotos de su hija Carolina.

— Más le vale, de lo contrario.

— Mamá por favor, ¿Podrías ser más amable?

Basilio entra en la trastienda, extrae el último de los carretes utilizados y se adentra en el laboratorio, no recordó lo prometido a su padre cuando le regaló la cámara y los metros de película. A las doce de la noche termina de sacar las copias. Las deja colgando en proceso de secado, cierra y se dirigió al fondo. Pulsa un interruptor y tras un ruido provocado al deslizarse una estantería, deja ver una puerta del mismo color que la pared, gris oscuro. La abre, enciende la luz y miles de ojos, manos, brazos y piernas de Beatriz, sobre papel fotográfico, le saludan. Se acerca a una pared limpia y cubierta de corcho y aplica sobre ella, una copia de los labios de Carolina. Parecen estar vivos, dispuestos a besarle, deseosos por decir alguna palabra amable y cariñosa. Sin esperar más tiempo, cierra y vuelve a dar al pulsador. La estantería retorna a su primitivo lugar ocultando el espacio. Minutos después sale a la calle en dirección a su domicilio. Aquella noche durmió plácidamente.

Pese a que no vería a Carolina hasta el día siguiente, no la llamó como fue su primera intención, aprovechó la luz del día para ver con más detalle las copias reveladas por la noche. El resto de las horas transcurren como cualquier otro día.

La tarde en que vuelve a ver a la aspirante a modelo, lo hace antes de lo previsto. Aparece en la tienda cuando sus dos ayudantes aún permanecen dentro. Ella entra sonriendo, dirigiéndose al mostrador donde espera Basilio. Indolente, deja la bolsa que lleva en el suelo y se atreve a saludarle poniendo su mejilla junto a la de él. Detalle, por otro lado, que no pasa inadvertido a los dos empleados.

— Hola, buenas tardes —dice al retirar su rostro del de Basilio.

— ¿Que tal estás?

—Bien. Dispuesta. Ya ves, traigo algo más de ropa para diferentes situaciones.

— Estupendo. Como tenemos tiempo, vayamos a una cafetería, aun no podemos pasar al estudio. Ya viste el otro día, debo cerrar para que no nos molesten. Tengo experiencia y siempre surge algún contratiempo que puede interrumpirnos.

— Como digas, eres el profesional.

Toman un café y charlan sobre el interés por disponer del book.

— Estoy cansada de la vida que llevo. Un trabajo de oficina aburrido. Unos compañeros que solo desean manosearme y un sueldo que apenas me llega para mantenernos mi madre y yo. Deseo algo más y supongo que mi figura puede proporcionármelo.

— No solo tienes una figura esbelta, bien proporcionada, también eres guapa y tu sonrisa es muy agradable. Es muy posible que como dices, ese todo pueda darte oportunidades. Pero ese mundo es muy exigente y en cierta medida peligroso.

— Lo sé, en realidad, lo intuyo. Tengo pensado salir de Madrid, alguien me dijo que para empezar es conveniente hacerlo. Aunque la verdad, discrepo, donde están las mejores agencias precisamente es en las grandes ciudades.

— En eso tienes razón. También te obligará a viajar.

— Estoy preparada para ello.

— ¿Y tu madre?

— Está medio convencida.

— El otro día mencionó a un tal Pierre. ¿Quién es?, si puedo preguntar.

— Naturalmente. Es un amigo. En realidad, el hijo de una amiga de mi madre. Está empeñado en que seamos pareja.

— Comprendo. No te gusta.

— Ni una pizca. No es mi tipo.

— ¿Cuál es tu tipo ideal?

— Algo así como tú, si me permites.

— Entiendo. Deberíamos volver a la tienda, estarán a punto de marcharse.

— Lo que digas.

 Los dos empleados se despiden antes de atravesar la puerta de la tienda. De reojo, lanzan una mirada a la acompañante de su jefe. Los ve y dedica una sonrisa pícara.

Antes de iniciar la sesión fotográfica, Basilio recoge las sesenta instantáneas sacadas en la precedente.

— Espera, no vayas al camerino todavía, antes quiero enseñarte las fotos de la primera sesión. Debo estar seguro de que te gustas como sales. En realidad, como te veo a través de la cámara.

— Claro. Por cierto, algo antigua ¿No?

— En efecto, pero es perfecta. Tiene un objetivo especialmente bueno.

La invita a sentarse en la butaca frente a la mesa. Pone sobre la superficie las series sacadas en su orden. Algunas aparecen con un pequeño círculo blanco pegado al dorso.

— Cuando acabes de verlas, aparta aquellas que más te gusten.

— ¿Cómo? Perderemos el orden.

— No te preocupes, están marcadas con un número al dorso.

Media hora después Carolina aparta casi la mitad de las fotos. Basilio mira los dorsos y recupera las rechazadas, algunas llevan un círculo blanco.

— ¿Que significa ese círculo?

— Las que técnica y fotogénicamente están perfectas bajo mi personal punto de vista. Veo que coincidimos en casi todas.

— Me gustan. Eres un artista.

— Que va. Solo saco lo que hay en la persona, ni más ni menos. El resto lo hace la cámara.

— Pues parece que tienes un don especial. Mis labios parecen más bonitos y delineados. ¿Puedo agradecértelo?

— Tendrás tiempo cuando terminemos, aún no hemos empezado. Esas copias puedes llevárselas a tu madre y a ese tal Pierre.

— No vive en mi casa. Solo incordia algún domingo, cuando mi madre se empeña en invitarle a almorzar con nosotras.

— De todos modos, puedes quedártelas.

Carolina se revuelve en la butaca y encuentra la cara de Basilio muy cerca, le besa mientras dice muy despacio, ¡gracias!

— Vamos, tenemos mucho que hacer.

La sesión la utiliza para fijar con infinidad de detalles, las insinuantes curvas y delicados gestos que Carolina dedica como respuesta, a las indicaciones de Basilio. Finaliza la sesión, ella se dirige al camerino y tras unos minutos de espera, aparece frente a Basilio, con un vestido de noche largo y ajustado. Sobre su cabeza una peluca de pelo castaño borra el resultado de la sesión anterior.

— Seguro que ahora me sacarás elegante, seria, inquietante, difícil y muy bonita ¿A que sí?

— Espero sacar fotos de cómo eres.

— No te pongas tan serio.

— Soy serio, no puedo remediarlo.

— No confundirás seriedad con tristeza.

— En buena parte creo que sí.

— ¿Por ella? —dice al señalar la foto de Beatriz.

— Sabes, preferiría no hablar de ella.

— Lo siento, disculpa.

— No te preocupes. Por cierto, ve al camerino y retoca ese maquillaje. Para un rostro como el tuyo y con ese vestido de noche, es demasiado, oculta tu belleza. Mientras iré a preparar algo especial.

— ¿Puedo saber de qué se trata?

— No. Es una sorpresa. Además, si sale bien, necesitaré tu cooperación. Lo haremos al acabar la sesión.

— De acuerdo.

Basilio sale del estudio y se dirige a su cuarto de baño privado. Pone una plancha de cristal sobre un soporte en el suelo de la ducha, conecta el grifo a una temperatura superior a 38ºC, cierra la puerta y regresa al estudio. Carolina espera de pie.

— ¿Es así como quieres? —dice mientras señala su cara.

— Solo necesitas un retoque en los ojos, un lápiz de labios suave, que apenas elimine ese perfilado natural que tienen.  Las mejillas no deben destacar del resto, y, sobre todo, elimina los brillos.

— Voy de nuevo al camerino.

— No, espera. Te lo demostraré. Haré unas fotos y pasado mañana, las compararemos con las que haré después de retirar el maquillaje.

— De acuerdo, pero no te enfades.

— No me enfado.

— Pues lo parece.

— Anda, ponte en la marca.

Basilio dispara una docena de fotos, luego la invita a retirar parte del maquillaje y regresar. Antes de volver a la marca, le besa de nuevo.

— ¿A qué viene ese beso?

— Quiero que estés contento, no me gusta verte serio.

— Pues con esa respuesta, vas a verme muchas veces.

Saca varias series. La dejó sola un instante en el estudio, regresa al baño y al comprobar que el cristal está como esperaba, cierra el grifo y regresa junto a Carolina.

— Es tarde, son más de las diez de la noche, pero quiero hacer algo especial. ¿Puedes esperar o tienes prisa?

— No. No tengo prisa.

— Entonces comprueba si entre la ropa que has traído encuentras un chal rojo.

— ¿Qué quieres hacer con él?

— Búscalo y espérame.

— De acuerdo.

— Debemos darnos prisa, de lo contrario no saldrá bien. Mientras voy a por algo y regreso, quítate ese vestido, ponte el chal sobre el hombro derecho, deja el izquierdo desnudo.

— Vale.

Basilio recoge el cristal con múltiples condensaciones de agua que ya empiezan a resbalar desde la parte superior. Entra en el estudio y lo sitúa sobre un pedestal.

—El chal no es muy grande, pero como solo voy a sacarte hasta la cintura, no hay problema. No quiero que lleves sujetador, retíralo. Necesito insinuación. Hazlo, me volveré, no te preocupes. Ahora por favor deja que sujete el chal por detrás, no quiero que se deslice por delante, te quedarías desnuda. Estupendo. Ponte detrás de ese cristal. Rápido el vapor de agua empieza a deslizarse. Sube ambos brazos, pon tus manos por encima de la nuca, e inclina la cabeza sobre el brazo derecho. Mantén esa posición. Así, quieta. No te muevas.

Ahora quiero que pongas otro gesto, pensativa. Bien. Ahora sin perder la posición, sonríe con temor. Maravilloso. Ahora plácidamente, acabas de sentir algo dichoso. Bien, bien, bien y bien. ¡Qué maravilla! Si salen como espero, seguro que te contratan por estas fotos.

Deja la cámara sobre la mesa y se acercó a Carolina. Continua en la marca, en la misma posición, sin moverse, mantiene un gesto de sorpresa, como si estuviera hipnotizada. Se acerca despacio, retira sus brazos de la posición, los baja Se los bajó.  Ahora toma su cabeza desde la nuca y la atrae hasta sus labios. La besa.

— ¡Gracias! Has estado magnifica. Eres la modelo perfecta. Nunca tuve oportunidad de alguien como tú.

— Gracias a ti. Basilio. Me he sentido como en una nube. Como transportada a otro mundo. ¿Cuándo vas a revelar los negativos?

— Mañana en el transcurso del día.

— ¿Podrías avisarme al acabar?  

— Está bien, aunque rompes mis costumbres.

— No te importe, te compensaré.

— Iré a recoger, ve a cambiarte. Es muy tarde. Son cerca de las doce y media.

— Si, y no hemos tomado un bocado. Podríamos ir a comer algo.

— ¿Te importa?

— Al contrario.

— De acuerdo.

Cierran la tienda. Caminan en silencio, mirándose con frecuencia, buscándose. Cenan unos bocados. Más tarde Basilio la acompaña hasta su casa. Se despiden con un beso deseado por ambos. Él regresa a la tienda, se mete en el cuarto oscuro y revela todas las fotografías. De ellas extrae dos, una de ambos ojos, la otra de su fina nariz. Las pone en la pared de la habitación especial sobre la plancha de corcho, formando un conjunto con otra foto de la boca. Al disponerse a salir, cree escuchar su nombre, una especie de susurro pronunciado en dos ocasiones. Se vuelve al confundir deseo con realidad, tal vez la voz de Beatriz desde el otro panel de fotos. Esa noche también durmió plácidamente.

Por la mañana recoge las copias sacadas la noche anterior, las introduce en una carpeta y con ella bajo el brazo, avanza hasta el teléfono.

— Carolina, soy Basilio. ¿Te apetece que comamos juntos?

— Claro. ¿Vienes a recogerme a la oficina?

— Si me das la dirección, naturalmente.

— Anota.

— ¿A qué hora?

— Dentro de treinta minutos.

Deja el coche aparcado frente al número 257 del Paseo de la Castellana, muy cerca de las cuatro torres. Un guardia de seguridad le invita a retirarse. Se dispone a marcharse, pero aparece Carolina con tres compañeras. Basilio levanta la mano al vigilante solicitando dos minutos. Carolina le besa como si fueran amantes, le presenta a sus compañeras. Segundos después entran en el coche y abandonan la zona.

Durante la comida muestra a Carolina la diferencia entre las fotos con demasiado maquillaje y las realizadas sin el. Al servir los postres, saca las copias en las que aparece con el chal rojo tras el cristal con gotas de vapor. Al verlas, da un grito de sorpresa. Deja las fotos sobre la mesa y se levanta para abrazarle. El resto de las comensales la miran interrogantes. Es una repuesta al ver las maravillosas fotos. Sujeta la mano de Basilio y sin soltarla, le dice.

— Eres un artista. ¿Cómo es posible tanta maravilla?

— Te lo dije, quería hacer algo así hace mucho tiempo, pero no encontré la persona adecuada hasta que llegaste tú.

— Que suerte la mía. Como dices, con esta serie de fotos, el book estará superior. Las del vestido de noche, es cierto, los brillos del maquillaje lo estropean todo. Mis ojos sobran.

— Esos ojos no eran los tuyos.

— En efecto.

— No hemos acabado, tengo más ideas que me gustaría proponerte, aunque supongo que no podrás enseñárselas a tu madre, ni que decir tiene a ese Pierre.

— ¿Te molesta ese hombre, ¿verdad?

— Supongo que sí.

— No tengas cuidado, no es nada en mi vida. No hay nadie en ella. Ahora, en estos momentos, supongo que

— No sigas Carolina, por favor.

— Como quieras. ¿Podríamos ir al estudio?

— ¿Para qué?

— ¿Tengo que decírtelo?

— ¿Fotos?

— Si. Exactamente, fotos. ¡Anda!, vámonos.

— Nos iremos, pero no al estudio. Allí están mis ayudantes. Las haremos en otro sitio.

— Donde quieras, artista.

— ¿Cuándo piensas presentar el book?

— Ahora, cuando tú decidas.

Aquella sesión fue sin cámaras, ni testigos.

Mas tarde la sesión fotográfica la inician a las ocho y media de la tarde al regresar al estudio.

— Hoy además de las instantáneas que necesites para el book, vestida, quiero hacerte un par de ellas especiales. Quiero que te dejes esa prenda de encaje tan bonita que llevas.

— ¿Qué quieres? ¿Continuar con lo de esta tarde?

— No. Ya me gustaría, pero debemos ser consecuentes.

— Era una broma.

— Lo sé. Escucha quédate desnuda y cubre desde la cintura hacia abajo con esa prenda transparente. Ahora pondré un fondo de agua, parecerá que estas en una playa. Bien. Escucha y haz cuanto diga. La prenda debe… espera, será mejor que la coloque yo. Ponte de espaldas, cruza tus brazos y descansa la mano derecha sobre el hombro izquierdo. La cara gírala también hacia el lado izquierdo, quiero ver el perfil. Ahora permanece quieta, voy a colocar la prenda de encaje. Uno de los trozos tupidos quedará, así. El resto debe dejar ver parte de las nalgas a través del tejido. Voy a echar un poco de agua sobre tu espalda para que resbale hasta la prenda. Por favor no te muevas, tomaré la luz y haré una serie. Te gustará.

— Ya, ya me gustas.

— Me refiero a las fotos.

— También, también me gustan.

— Bien, ahora quieta, no te muevas, lo haremos la cámara y yo. Ya está. Ahora, la última por hoy, después haremos otras series vestida.

— ¿Sigo desnuda?

— Si. Espera iré a por una silla de esas que llaman de director de cine.

— Siempre quise una foto así.

Lleva la silla y dirige la postura a Carolina. Completamente desnuda, su pierna izquierda en la posición normal, en situación de sentada. La derecha descansando sobre la propia silla cubriendo con la rodilla el pecho, mientras el brazo derecho descansa entre ambas piernas ocultando cualquier visión no deseada. El brazo derecho descansa, el codo está situado sobre la rodilla derecha y el antebrazo se eleva hasta el lado izquierdo de su cabeza, ocultando parte de su oreja, mientras, los dedos quedan introducidos entre los cabellos, a título de un gran peine. Cuando está dispuesta, Basilio comienza a sacar instantáneas. El cuerpo aunque desnudo, apenas se deja ver, solo insinúa sus formas.

— No sonrías, necesito un gesto inquietante. Eso, baja un poco la barbilla, descánsala sobre el brazo. Así, así. Bien. Estupenda. Muy bien. Mejor, así mejor, mira al lado derecho, ahora al centro. Se acabó. Perfecta. Descansa unos minutos si quieres y vístete. Haremos fotos con ropa de calle. Voy a poner un ventilador, quiero sacar tu cabello moviéndose.

—¿Cómo no trabajas para una revista o un gran diseñador de ropa? Parece que hubieras estado toda la vida haciendo este tipo de fotos.

— Pues te prometo que es la primera vez. Anda, acabemos, estarás cansada.

— No.

— De todas formas.

— Mañana me gustaría ver las fotos como hoy.

— Ya veremos.

— No por favor, ha sido un día maravilloso, por todo.

— A mí también me ha gustado.

Acaban cerca de la una de la madrugada. Basilio como todas las noches, extrae detalles especiales para su collage especial. La frente, la pierna y brazo izquierdos. Con las copias especiales y mientras el resto se seca, entra en el cuarto oculto y coloca las fotos sobre la pared. El puzle va tomando forma. Al cerrar y nada más apagar la luz, siente una especie de susurro, similar al que ya escuchara con anterioridad. Cree oír su nombre. Un leve escalofrío recorre su columna vertebral. Solo menciona, No. No puede ser. Cierra y se va a casa a descansar. Aún perdura el aroma de Carolina en las sabanas. Esa noche también durmió apaciblemente.    

Durante los diez días siguientes, realiza sesiones diarias y casi siempre acaban con otra de fotos especiales. Uno de los montajes le ocupó varios días. Sobre un fondo azul de diversos tonos, emulando al mar, superpuso un plástico transparente que lograría dar un resultado óptimo. Cuando Carolina se tumbara debía dar la impresión de estar flotando sobre la superficie de un mar calmado. Le pide un collar de borlas doradas, un salto de cama beige transparente y ponerse un conjunto de bikini de escaso tejido también con tonos beige. Para la cámara y luces, tuvo que improvisar un andamio a base de estructuras metálicas. La posicionó tal y como imaginó. Extendió su cabello como si estuviera mojado por el agua del mar. Su brazo derecho elevado y paralelo al cabello y cabeza, como si se tratara de un movimiento de natación. El izquierdo sin embargo permanecía flexionado por el codo, mientras su mano descansaba sobre el seno izquierdo. Ambas piernas emulando el estiramiento en el proceso de nadar. El desde el andamio y en posición vertical disparó dos carretes.

Cómo el resto de las fotos especiales son las más alabadas por Carolina. Por supuesto no llega a enseñárselas a su madre.

Por fin acabaron el book. El resultado son cincuenta fotos incluyendo y compaginando aquellas especiales que quiso hacer Basilio. En otro álbum, ponen aquellas que podrá mostrar a su madre. Convienen un simbólico precio, dado que se brindó a pagarlo como regalo a su hija.

Cuando las vio quiso felicitar a Basilio y ambas mujeres, aparecieron como el día en que cruzaron el umbral de la tienda por primera vez. Por la noche Carolina y Basilio lo celebraron a su manera, como habían previsto. Antes de despedirse por la mañana, Basilio pidió hacer unas fotos de la parte desnuda que aún le quedaba por poner en el collage. Carolina no puso impedimento alguno.

— Mañana dejaré el book en una agencia a primera hora.

— ¿Quieres que te acompañe?

— Esta primera vez no, a las siguientes sí me gustaría.

— Bien.

— Gracias. Supongo que lo entiendes ¿verdad?

— Naturalmente.

— Pasado mañana tengo intención de ir a otras agencias.

— De acuerdo, entonces pásate por la tienda, o llama por teléfono.

— Vale.

Al regresar, tras acompañar a su encantadora modelo, revela las fotos, las seca y se dispone a colocarlas sobre la plancha de corcho de su rincón. Intenta encender la luz, pero no puede, el interruptor no responde a los intentos. Avanza hasta uno de los rincones, recuerda haber dejado una pequeña linterna. Tropieza con algo que no identifica, y en ese momento oye de nuevo un susurro. Ahora menciona su nombre, ahora acompañado de palabras que se convierten en frases amenazadoras.

En una oscuridad plena, la voz desconocida, susurrante, menciona una y otra vez. Basilio no intentes encender luz alguna o me veré obligada a responder con algo que no te gustará. Hace esfuerzos por tranquilizarse, no entiende que sucede, no obstante, espera y se atreve a preguntar.

— ¿Quién eres?

— ¿Es posible que me hayas olvidado? —responde la voz.

— ¿Eres tú? ¿Beatriz?

— Quien si no. Esperabas tal vez a Carolina.

— ¿Cómo sabes su nombre?

— La mencionas cada noche cuando pones parte de su cuerpo en esa pared.

— ¿Puedo encender la luz?

— ¡No! Escucha con atención, no deberías terminar ese collage.

— ¿Por qué razón?

— Te traerá problemas. Acaso no conoces…

— ¿Qué debo conocer? — interrumpe.

— Nada. Será mejor que lo compruebes. Pero deberás confiar en mí.

— ¿Cómo pretendes que confié en algo que no puedo ver?

— Soy yo, tu Beatriz.

— ¿Qué quieres de mí?

— Ayudarte.

— Te lo agradezco, pero guardar y tener ahí tus fotos, era suficiente para mantener vivo tu recuerdo.

— Lo sería, de no ser lo que pende de esas fotos, y de las que has estado haciendo.

— No comprendo.

— Entonces dejaré que te convenzas personalmente.

— Será mejor.

— Creo que sí. Ahora puedes encender la luz, cuando lo hagas me habré ido.

Cesan los susurros al encender la luz de una linterna hasta encontrar el interruptor. La estancia se ilumina. Se fija en las fotos de Beatriz. Piensa retirarlas, arrancarlas, amontonarlas en un rincón, aunque no llega a hacerlo. Se sienta pensativo y preocupado.

¿Qué me está pasando? Estoy conversando con Beatriz y no existe. ¿Estaré volviéndome loco? ¿A qué viene esa advertencia? Creo que estoy cansado, apenas duermo un par de horas, debe ser fruto de eso. Lo mejor será acostarme unas horas. 

Cierra y regresa a casa. Aparece por la tienda sobre las doce de la mañana. Ese día ni siquiera se atreve a llamar a Carolina. Espera que le llame tan pronto salga de la presentación de su book. El teléfono no suena en toda la mañana, tampoco por la tarde. Al acabar la jornada y cerca de los ocho, se atreve y entra de nuevo en el cuarto del collage. Al entrar se asusta. El collage creado con las fotos de Carolina parece cobrar vida, sus labios se mueven como si conversaran con alguien. Sus ojos miran a un lado y otro, buscan algo. El resto del cuerpo, de igual modo, se mueve como si formara parte de una extraña y desconocida dimensión. Se acerca hasta el collage de Beatriz.

— ¿Es esto lo que pretendías que viera?

No recibe respuesta, ni siquiera oye susurro alguno. Recuerda que solo cuando reina la oscuridad, logra conversar con quien dice ser Beatriz. Se acerca al interruptor, lo pulsa y deja la estancia a oscuras. Ahora oye el susurro de una voz, pero no se parece a la de las anteriores ocasiones, la de Beatriz.

— ¿Qué haces? ¿Por qué apagas la luz? Así no puedo ver ni hablarte, no se dónde estás.

— Escucha Beatriz.

— No soy Beatriz. Soy Carolina. ¿A qué viene llamarme como tu prometida?

— Disculpa. ¿Por qué no has llamado?

— Esperaba que entraras aquí y conversáramos un rato.

— Perdona, pero debo estar volviéndome loco. No entiendo nada. ¿Beatriz, estas ahí?

— Si. Antes manda callar a tu novia.

— ¿Carolina?, puedes guardar silencio unos minutos.

— No tengo más remedio, con la luz apagada no puedo ver con quien hablo

— Se nota que está viva, necesita luz —añade la voz de Beatriz.

— ¿Esa es la razón por la que tú necesitas oscuridad?

— Naturalmente. Ahora escucha, debes hacer algo.

— ¿En relación con qué?

— La cámara, es culpa de la cámara.

— Explícate.

— No puedo Basilio, debes destruir esa cámara, de lo contrario, ¡Carolina!

— ¿Qué?

— Destruye la cámara, hazme caso. Ahora debo irme.

— Espera, no te marches todavía, explícame eso.

No obtiene respuesta. El silencio se adueña de la habitación. Basilio solicita la presencia de Beatriz, pero no lo consigue. Decide encender la luz, pero tampoco logra conectar con la supuesta Carolina del collage. Se recuesta en el viejo sofá en el que a veces descansa, se duerme profundamente. Se despierta al oír voces.

— Haga el favor de comprobar en el cuarto oscuro —dijo exigente la voz de una mujer.

— Lo siento señorita, pero ya hemos mirado en dos ocasiones y Basilio no está.

— Donde ha podido ir. Acabo de estar en su casa y allí tampoco está.

— Lo siento no sé dónde puede estar.

— Haga el favor de decirle, si aparece, que necesito urgentemente hablar con él. Ha ocurrido algo con el book.

— Se lo diré.

Basilio guarda silencio y espera unos minutos. Los suficientes para comprobar que Carolina ha abandonado la tienda. Abre con cuidado la puerta de su escondite y a tientas, recorre la distancia que le separa de la puerta trasera, la abre haciendo suficiente ruido para que Sergio le oiga y vaya a su encuentro.

— Basilio, la señorita Carolina ha venido buscándote.

— ¿Qué quiere?

— No lo sé, algo referente a su book.

— Gracias. La llamaré.

Se aleja y entra en la oficina para llamar.

— ¿Carolina? Soy Basilio.

— ¿Dónde estás?

— En la tienda. Me han dicho que estuviste hace un rato. ¿Qué ocurre?

— Algo extraño, necesito verte.

— De acuerdo. Esperaba que me llamaras después de la presentación, me habría gustado saber la reacción.

— De eso quiero hablarte precisamente.

— ¿Dónde estás?

— Cerca de tú casa. Decidí esperarte aquí.

— En unos minutos llego.

Al ver a Carolina se sorprende. Lleva la cabeza cubierta con un gran pañuelo. El resto de su cuerpo lo cubre con una gabardina.

— ¿Por qué vas con esa ropa?

— No tengo más remedio. Algo ha ocurrido.

— ¿Por eso vas tapada?

— Escucha, subamos a casa y te lo explicaré.

Al llegar coge su gabardina para colgarla. Su cerebro no puede analizar cuanto ven sus ojos. La ropa parece suspendida en el aire. Los zapatos, si bien están rellenos, no contienen los pies que conoce. Solo unas pequeñas partes de su cuerpo ocupan su sitio, el resto son visibles.  Carolina retira sus amplias gafas de sol y el pañuelo que cubre la cabeza. Solo parte de su cabello es visible. Se acerca temeroso e intenta abrazarla, sin embargo, ella le rechaza.

— Haz el favor de decirme que me ocurre

— No lo sé.

— Y esto, ¿Qué es? Mi cuerpo, la mayoría ha desaparecido.

— Espera, espera. Empieza desde que nos despedimos.

— Lo siento, estoy muy nerviosa.

— Está bien tranquilízate. Todo tiene arreglo, ya lo verás. Debe ser una pesadilla.

— Entonces despiértame inmediatamente.

— Lo intentaré. Ahora cuéntame lo que hiciste.

— Fui a la primera Agencia. Me recibió el gerente acompañado de su ayudante, una chica muy parecida a tu Beatriz. Unos segundos después abrieron el book y comenzaron a mirar tus fotos. Estaban entusiasmados recorriendo las páginas, cuando de repente levantaron los ojos asustados. Ella sonreía, mientras él inició una serie de muecas al tiempo que intentaba cerrar el libro y me miraba asustado. Al hacerlo comencé a sentir algo extraño. La ayudante siguió sonriendo, ahora con sarcasmo. Retiré el libro y abandoné el despacho. Mientras bajaba en el ascensor, me fije en que las fotos parecían moverse. En algunas los ojos desaparecían para volver a situarse, aunque esta vez superpuestos sobre una banda rectangular, como si se tratara de una composición, de un collage. Las manos hacían lo propio, los pies igual, y mi nariz y labios, cambiaban de una foto a otro. Me asusté. Antes de salir me miré en el espejo del ascensor y lancé un grito. Mi cara casi había desparecido. Quise palparme y lo conseguí, pero con unas manos que no existían. Paré el ascensor, comprobé que también mis piernas y pies había desparecido. Me cubrí con un pañuelo y como pude, salí corriendo hasta la primera tienda para comprar esta absurda gabardina. El resto puedes imaginártelo.

— Cálmate. Quítate la gabardina y déjame comprobar.

— ¿Querrás abrazarme? Tengo miedo, no sé qué puede ocurrirme.

— Claro.

Basilio se acerca despacio y abraza una composición de ropa, un puzle al que le faltan piezas por enlazarse. Sin embargo y pese a ello, siente como el cuerpo de Carolina se deja abrazar. Buscó el espacio que ocupaban sus labios y los besa repetidamente mientras le pide calma.

— ¿Que podemos hacer, Basilio?

— No lo sé, cariño. De momento te quedarás aquí. Mientras tanto saldré a comprobar algunas cosas. No te muevas, no salgas. Iré llamándote.

— Pero quédate unos minutos conmigo, tengo mucho miedo.

— Lo se cariño. Ven, sentémonos en ese sofá. Dame tu mano.

— Claro.

Se mantienen abrazados unos minutos. De vez en cuando él busca los labios de Carolina, ella con sus no manos, acaricia el rostro de Basilio. Al cabo de media hora, decide salir. En primer lugar, quiere hablar con su padre, pero no lo encuentra en casa. Está nervioso, no sabe qué hacer. Ahora piensa hablar con Beatriz, si es que consigue llamar su atención.

Sin hacer ruido se introduce en la tienda por la puerta trasera, luego abre su escondite y sin encender la luz, tal y como ella quería, la nombra repetidamente solicitando su presencia.

— ¿Beatriz? Por favor, ¿quieres escucharme?

Solo responde un silencio, tenso, duro e insoportable. Opta por esperar a que Beatriz quiera aparecer y responder sus preguntas. Al cabo de una hora, oye.

— ¿Llevas mucho tiempo esperando?

— ¿Qué? ¿Eres tú?  Naturalmente.

— ¿Qué quieres?

— Respuestas. Y esta vez te agradecería fueras más explícita.

— Veo que esa mujer te interesa.

— ¿Te molesta?

— En parte sí. ¿Ocupará mi lugar?

— No lo sé Beatriz, pero no es esa la cuestión.

— ¿Cuál entonces?

— No puedes dejar a Carolina tal y como está.

— Has decidido culparme de cuanto ocurre, por lo que dices.

— En cierta medida sí. Antes quisiera señalar algo. Te quise mucho, y te eché mucho de menos cuando desapareciste de este mundo. Intenté seguir con mi vida. Luego surgieron los cambios en el sector de mi trabajo y pese a ello, decidí continuar, como habrás observado. Y ahora, cuando puedo hacer algo que me gusta, te entrometes y dificultas mi futuro, sancionando a quien nada tiene que ver.

— Si tiene que ver.

— Pero no puedo hacer nada. Tu ya no estas y tengo derecho a seguir viviendo, a enamorarme si surge otra persona.

— No, no lo tienes.

— Veo que no quieres ayudarme.

— No veo la razón.

— Entonces porque dijiste que rompiera la cámara, ¿Es tal vez la culpable?

— Lo es tu padre, es su preferida. Tiene demasiado cariño a ese aparato.

— ¿Qué tiene el que ver con todo esto?

— El me hizo muchas fotos. Esas, las que tienes en el collage, también.

— ¿Por qué?

— También le gustaba.

— ¿No comprendo?

— Ahora no importa, puedo decírtelo. Tu padre sentía un cariño muy especial por mí. Pidió hacerme fotos, quería, según dijo, presentarlas a un certamen en Paris. Me negué, pero entonces comenzó a colmarme de atenciones hasta que consiguió que aceptara.

Sabias de mi interés por ser modelo y tu constante rechazo. Sin embargo, me ayudó, o así lo creí, me engañó, solo quería tenerme a solas los momentos de las fotos, no llegó a presentarlas al certamen. Guardó las instantáneas, que parecían tener vida. Temió que descubrieras su secreto y por eso te regaló estas cuando morí, él se quedó con el resto, en todo tipo de situaciones, incluso desnuda. Poco después maldije su cámara, la película y a él. Ahora creo que está a punto de condenarse, se marchó, no puede continuar aguantando más.

— Eres cruel.

— No. Yo diría que vengativa.

— Está bien. ¿Qué quieres que haga?

— Rompe todas esas fotos que hiciste a Carolina y las partes de su cuerpo que desparecieron volverán. Quiero que recompongas mi collage, y con la cámara y esa película me hagas varias fotos, así lograrás que vuelva, al menos de la única forma que puedo, pero podremos estar juntos unas horas cada día.

— De acuerdo. Antes iré a por la cámara y preparé la película.

— No tardes. Mientras tanto evitaré que tu padre haga lo que tiene previsto, haré que regrese cuanto antes.

— Te lo agradezco, me gustaría hablar con él. Vuelvo enseguida.

Sale a la tienda y da el día libre a sus dos ayudantes. Después pone un cartel anunciando que la tienda permanecerá cerrada por asuntos personales y vuelve a su casa. Carolina le recibe más asustada que al marcharse.

— Intento solucionar esta situación, pero por favor, no me hagas preguntas, no sabría contestarlas.

—  Como quieras. ¿Estás seguro de arreglarlo?

— Debo intentarlo. Me gustaría decirte algo que acabo de descubrir, pero lo dejaré para más tarde. Ahora debo hablar con mi padre.

— ¿Puedes darme un abrazo?

— Naturalmente, a eso he venido.

— Gracias, Basilio.

— No, ahora no. No hables.

Al recorrer la distancia hasta la casa de su padre, va pensando en cómo abordar la situación. Sin embargo, al verle aparecer es él quien se dirige a Basilio.

— Escucha hijo, lo siento. Lo siento mucho, no debería haber entrado en esa espiral. Debí comentártelo.

— Calla, no es momento de discutir. Ahora necesito saber que tiene esa cámara que me diste, me explicarás porque me la regalaste.

— Debes saber.

— Papá, por favor, solo dime como puedo anular sus funciones, nada más. El resto ya veremos.

— No es la cámara Basilio, es la película, tiene tanta sensibilidad que recupera parte de la esencia vital de quien es fotografiado.

— ¿Y cómo puedo revertir la situación?

— ¿Qué ha sucedido?

— Hice fotos a alguien y ahora su cuerpo es invisible en algunas partes de las que hice fotos.

— ¿Dónde las tienes?

— En un book y algunas, las que más me gustan de ella, en un collage en un cuarto.

— Bien, yo lo intenté cuando Beatriz, bueno tu novia murió, pero no lo conseguí, debí hacer algo mal.

— ¿A qué te refieres?

— Escucha con atención.

Le explica con detalles varios aspectos.

—Debes hacerlo despacio y bien. Supongo que será suficiente.

— ¿Y si falla?

— Espero que no. De todas formas, confío en tener otra solución, pero esa no puedo decírtela.

— Está bien. Lo intentaré. ¿Esperarás aquí?

— Si. No olvides darme noticias del resultado.

Basilio, pese a no querer abordar los hechos con su padre, siente un malestar creciente hacia él. No alcanza a entender la situación. No obstante, rechaza seguir analizando las razones. Pone todo su interés en resolver la situación de Carolina.

Al llegar a la tienda, lo primero que hace es recoger todos los focos del estudio. Los dispone rodeando el mural donde se encuentra el collage de Beatriz. Los conecta y hace unas pruebas para concentrarlos en un solo interruptor al alcance de su mano. Al acabar recoge el mural de Carolina, lo retira fuera del estudio. Debajo, esparcidos por el suelo, quedan restos de varias decenas de fotos rotas. Respira profundamente y se dispone a pasar el trámite. La caja metálica que contiene el resto de película de alta sensibilidad, la sitúa sobre una banqueta, a su lado.

Termina los preliminares, apaga la luz y llama a Beatriz.

— Veo que te has aplicado – señala Beatriz.

— Tal y como pediste.

— Bien. Estoy dispuesta.

— Yo también, he recortado como mejor he podido las fotos de tu collage y dispuesto para la instantánea, pero ya sabes, debo encender la luz.

— Lo sé, no habrá problema. Veo que has puesto interés, incluso has quitado y roto el collage de tu novia. Mejor así, esto es entre nosotros dos, como antes.

— Bien, cuando digas. Espera, si necesitara hacerte alguna pregunta, ¿hago como siempre?

— Si, apaga la luz y me presentaré.

— Bien. ¿Dispuesta?

— Si. Adelante, enciende.

Basilio enciende la luz, prepara la cámara comprobando distancia, abre el diafragma como si se dispusiera a hacer una foto nocturna, a modo de exposición, y se prepara para el gran momento, necesita que entre cuanta más luz mejor. Con sumo cuidado deja la caja con el resto de película, a punto para ser abierta sin dificultad. Segundos después y con el control de luces en sus manos, procede a apagar solicitando así la presencia de Beatriz. Oye como pregunta la razón de la petición, sin embargo, no puede terminar. En ese preciso instante abre la caja de la película, pulsa el interruptor general y aprieta el disparador de la cámara. Son quince segundos, suficientes para velar toda el metraje de película y la instantánea recién hecha al collage de Beatriz.

Sus ojos, aunque cerrados al propiciar ese momento, comprueban la fuerza e intensidad de luz creada por la unión de todos los focos. Un leve dolor ocular aparece de inmediato. Espera unos segundos y pulsa de nuevo el interruptor. Las luces cesan de iluminar y la oscuridad se adueña de la sala. Esperó escuchar la extraña voz de Beatriz, pero no surge. La llama reiteradamente, pero su voz no aparece.

A tientas buscala linterna en uno de sus bolsillos. Con la escasa luminosidad logra ver lo suficiente para desconectar los focos. Se acerca al interruptor de la pared y lo pulsó. Necesita ver el resultado.

El collage de Beatriz sobre la pared está carbonizado, apenas quedan restos de su fotografiado cuerpo. Detrás, encuentra fotos de su padre, también en collage. El sistema aplicado ha tenido éxito, aquel espíritu contenido en el collage de Beatriz, ha desaparecido junto a la película completamente velada. Beatriz no volverá jamás. Sin aguardar más tiempo, retira todos los restos carbonizados y, los introduce en la caja junto a la película velada, la saca del cuarto y se acerca al mostrador, busca un encendedor y los prende fuego. Veinte segundos después no quedan más que cenizas. Cierra la caja y vuelve a la habitación. Esconde en un rincón la cámara para no volver a utilizarla jamás. A partir de ese momento se promete utilizar solo cámaras digitales. Ahora va al encuentro de Carolina.

Llama al timbre, necesita verla frente a él. Nada más abrir los ahora existentes ojos castaños de ella, se centran en los verdes de Basilio. Sin hablar se abrazan con fuerza bajo el marco de la puerta. No dejan de besarse durante minutos. Luego.

— Lo que hicieras ha surtido efecto.

— Ya lo veo, cariño.

— ¡Que alegría!

— Ahora vámonos, necesito pasear, respirar y olvidar esto cuanto antes.

— Yo también cariño. Por cierto, tienes algo que decirme ¿recuerdas?

— Claro. Es muy sencillo, te quiero.

— Yo a ti también. Desde el primer día en que nos vimos.

— Debemos celebrarlo.

— ¿Hablaste con tu padre? Me gustaría conocerle.

— No. Carolina, no vas a conocerle. Yo no volveré a verle.

— ¿Qué ha ocurrido?

— Se ha marchado.

— ¿Dónde?

— A eso no puedo responderte.

Una semana después ambos recorren la mayoría de las agencias con el book. Ahora las fotos solo reflejan la vida contenida en el instante en que se hicieron. Las agencias quieren contratar a Carolina, pero solo firma contrato con la primera que ella visitó. Antes de firmar el preceptivo documento, Carolina advierte.

— Solo permitiré fotos de mi fotógrafo personal, es una condición irrenunciable.

— De acuerdo, no tenemos inconveniente alguno.

— Siempre estará a mi lado.

— Tampoco hay inconveniente. Es más, queremos nombrarle fotógrafo de la Agencia, vistas las instantáneas suyas.

—¿Estás de acuerdo, cariño?

— Desde luego.

— Te llamaremos en cuanto surja el primer evento.

— Gracias. ¿Nos vamos ya, cariño?

Tres días después Carolina y Basilio deciden pasar el día en una población cercana a la sierra. Pasan la jornada paseando por el campo, absorbiendo aromas, despejando sus mentes. Antes de caer la tarde suben al coche y recorren el espacio que les separa de la carretera secundaria hasta la general, para luego incorporarse a la autopista que le lleva a Madrid.

Al poco de salir, oyen unos disparos, están en época de caza mayor. Frente a ellos aparece un hermoso ejemplar de ciervo, tal vez huyendo de los cazadores. Basilio se obliga a girar el volante para no atropellarlo.

Dos horas después un vehículo de la Guardia Civil de Tráfico, para al encontrar un coche en uno de los laterales de la carretera con dos personas en su interior. Los dos agentes se acercan lentamente. Los cuerpos, en el interior del coche, no se mueven. Sus cabezas reposan una junto a la otra. Sus ojos cerrados no dan señales de encontrarse vivos.

Un agente abre la puerta, tras comprobar que las llaves permanecen puestas en el contacto. Acerca su mano al cuello del hombre, para comprobar su pulso. Nada más ponerla, éste levanta su cabeza.

— Perdón —dice el agente— hemos visto el vehículo y pensamos les habría ocurrido algo.

— Un ciervo se puso frente al coche en mitad de la carretera. Giré el volante y aparcamos aquí para superar el susto. Luego el sopor de la comida nos hizo dormir un rato, no tenía ganas de conducir.

— Está bien. Ahora si están bien, hagan el favor de continuar su viaje.

— Eso haremos.

— ¿Nos vamos Carolina?

— Claro, cariño.

                                                         Fin de  Un Collage Especial

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1 comentario en “Un collage especial.”

  1. Qué historia más bonita. Muchas gracias, eres un encanto. No sabes lo importante que eres para mí, que nos hayas dedicado este relato a Conchita y a mí. Un besazo.

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