Sombra de luz de luna

MOONLIGHT  SHADOW (Sombra de Luz de Luna)

Juan preguntó a cada miembro del grupo, si nos parecía bien celebrar su reciente compra, un estupendo BMW serie 3 ¡Por fin! — le dijimos— llevaba más de dos años soñando con el coche, debía ser gris metalizado y tuvieron que encargarlo a la fábrica alemana ya que no existía en stock. Le respondimos unánimemente, ¡Sí! Nos dijo, os espero esta tarde en la discoteca del hotel Miguel Angel, sobre las nueve de la noche. Tomamos una copa y luego nos dejas conducir tu bólido durante unos minutos ¿no? —añadí de inmediato—De eso nada —respondió casi enfadado— De acuerdo, pero ¿nos darás una vueltecita? —sugirió Andrés— ya veremos —añadió sin ocultar su temor a que le hiciéramos algo al coche o a él—. Conocía al grupo y nuestra costumbre de gastar bromas, algunas pesadas. Quedamos, todo parecía tranquilo, aunque desde luego nunca pensé que el final de aquella celebración fuese la mía en otro aspecto.

Serían cerca de las nueve de la noche cuando bajé del bus; no quise conducir por aquello de beber con tranquilidad; la parada estaba muy cerca de la discoteca, por lo que apenas caminé unos pasos. Saludé al empleado, Luis, a quien todos conocíamos de ir más que ocasionalmente. Pregunté si Juan y el resto del grupo habían llegado. Su respuesta fue afirmativa, me dijo, dentro ya la están liando como siempre, creo que les ha dado por una preciosa escocesa. Las carcajadas se oyen desde aquí. En efecto, nada más atravesar la puerta los encontré riendo a todos. Unos bebían de sus vasos, otros los rellenaban con ginebra o vodka. La verdad, tardaría más de un minuto en comprobarlo.

El jaleo de risas ahogaba la música lanzada a través de los altavoces dispuestos alrededor de la sala. De entre todas resaltaban las de varias mujeres jóvenes, tanto o más que quienes componíamos el grupo. Era como si hubieran concertado una cita previa con todas ellas, a sabiendas que, a mí no me gustan esas ceremonias. Me parecen grotescas, sin sentido alguno. Claro que todos ellos, en ocasiones anteriores, se habían reído al preguntarme si alguna de sus amigas, o no tan amigas, me gustaba. Necesitaban escucharme decir, es que solo me gustan, si me entran por los ojos. Entonces todos asumieron preguntarme tras señalarme a una mujer, ¿Que, esta te entra por los ojos? yo les respondía negativamente, con una única intención que no volvieran a proponerme ni presentarme a mujer alguna. Me bastaba para encontrar aquella que más se ajustara a mis cánones, algo extraños, debo confesar. Sin embargo, siempre he tenido que soportar la misma situación durante años.

Aquella tarde noche, cuando me vieron entrar, Andrés se propuso emparejarme con una escocesa pelirroja.

—Siéntate Pedro, toma una copa —me dijo—. Te presento a Effie. Es escocesa, muy bonita y habladora. A ti te irá bien, no habla nada de español, solo podrás entenderte en inglés.

Ella reía como si entendiera las palabras de Andrés. Yo sonreí, alcancé su mano, la estreché y saludé diciéndole unas palabras amables en su idioma, mientras posaba un beso sobre mi mejilla derecha. Durante ese momento y los posteriores permaneció sentada, por deferencia lo hice a su lado. Unos minutos de silencio, los precisos para alcanzar un vaso y añadir un par de dedos de güisqui de malta de la botella que parecía esperarme. Solo Julio y Esteban bebían el mismo licor, el resto bebidas blancas, excepto Jaime, que solo mojaba sus labios con champagne Veuve Clicquot Brut, único licor que ingería desde hacía más de dos años, tras su vuelta de un viaje a Francia.

Tomé el vaso en la mano y lo acerqué al suyo para brindar, no supe por qué, tal vez por el BMW de Juan. Mientras tanto el resto del grupo siguió bebiendo, hablando y riendo a carcajadas apagando el sonido de la música. Algunos salieron a bailar con sus parejas femeninas, otros continuaron riendo. Sobre todo, Juan, que hasta entonces parecía haberse librado de la broma que temía. Effie y yo seguimos conversando, surgieron risas, comentarios y preguntas. Su viaje a Madrid, razones y motivos, pero sobre todo el encuentro con el grupo. A eso no supo responder.

En un determinado momento, los altavoces comenzaron a emitir las notas de Moonlight Shadow, del álbum Crises, de Mike Olfield. Lo escuchábamos atentos, sin hablar. De repente apareció ella, como si hubiera estado esperando a que las singulares notas de la canción la invitaran a aparecer frente a mí. Caminaba despacio, acercándose al grupo de sillones donde estaba con Effie. Llevaba un vestido blanco holgado, parecía un ángel. Con pasos cortos se adelantó; esquivando a un camarero que con una bandeja se dirigía hacia un grupo situado a nuestra derecha; unos sillones vacíos a la izquierda del nuestro. Al ir a sentarse nuestras miradas se cruzaron, la verdad, anduve buscándola, necesitaba comprobar si sus ojos eran verdes. Naturalmente, advirtió mi búsqueda, me sonrió y se sentó. Un suave aroma inundó mis pituitarias olfativas, se parecía mucho al aroma que lanzan las celindas en plena primavera. En ese momento las notas de Moonlight Shadow finalizaron para dar entrada a otra canción, el título no lo recuerdo. Minutos después dos jóvenes féminas se apostaron a ambos lados y comenzaron a hablar con aquel ángel. Tuve que disculpar mi momentánea ausencia ante Effie. Ella sonrió mi disculpa y continuamos conversando.

El apartado comenzó a llenarse de nuevo tras regresar mis amigos y sus parejas. De nuevo risas y ruidos de vasos al chocar. Andrés fue el primero en preguntarme.

—¿Que, te ha entrado Effie por los ojos?

—No, no me ha entrado, lo siento, solo hablo con ella por deferencia, la habéis dejado sola.

—Es que la invitamos a esperarte, sus amigas se lo dijeron y a ella no le pareció mal. ¿Por qué no bailáis un poco?

—No me apetece.

—Pues a ella, según han dicho, le gusta bailar sobre todo baladas. Así que aprovecha. A lo mejor no duermes solo esta noche.

—Se lo preguntaré, pero ya sabéis como soy.

—Vale, que no te ha entrado por los ojos.

Diez minutos más tarde la invité a bailar. Todo el grupo, incluidas las supuestas amigas de Effie permanecieron en silencio, esperando su respuesta. Asintió, avanzó el brazo derecho para encontrarse con mi mano izquierda en espera. Se levantó y casi sin advertirlo, comencé a escuchar sonrisas a mi alrededor, tanto femeninas como masculinas. Effie era una mujer bastante más alta que yo, que, por cierto, no alcanzo los ciento ochenta centímetros, me faltan cuatro o cinco, por lo que mi el perfil de mi cabeza apenas rozaba su hombro.

No supuse que aquella noche sería yo quien soportaría las bromas de mis amigos y no Juan artífice de la reunión. Como más tarde confirmé, Effie pertenecía a un equipo de básquet en Edimburgo y su posición en él era la de pívot.

Bailamos, claro que lo hicimos y baladas, como tal vez soñó en un momento Effie, solo que mi mejilla no alcanzaba la suya, dada la diferencia de altura. No pudimos bailar cheek to cheek. Lo incómodo de bailar con una mujer como Effie, era tener que hacerlo con mi cara rozando constantemente su busto, pese a mis constantes intentos para evitarlo y los suyos para atraerme hacia ellos.

Cuatro fueron las baladas que bailamos. Apenas hablamos, sobre todo por la postura, debía mirar hacia arriba para ver sus ojos, aunque siempre desde mi  posición inferior. Durante la segunda balada, aproveché un momento para dirigir mi mirada al ángel vestido de blanco que seguía sentada y conversando con dos  amigas. En una de las ocasiones y en la distancia, bajo las notas de Umbreak my heart, cantada por Toni Braxton, mantuvimos la mirada, la de ella acompañada con un gesto y una sonrisa, tal vez una mueca, que no supe interpretar.

Terminamos de bailar. Effie tomó mi mano con fuerza y me arrastró hasta los sillones vacíos. Me invitó a besarla. Todos mis amigos aplaudieron jocosos  cuando posé mis labios en los de aquella escocesa pelirroja más alta que yo. No hacerlo me habría costado algo más que dañar su amor propio, tal vez su orgullo como mujer y tal vez alguna que otra broma pesada en el futuro. Luego fue una constante referencia de todos, incluidas las amigas de Effie, respecto a no dormir solo aquella noche. Sonreí, la miré y me sonrió, aunque no dormimos juntos aquella noche ni las siguientes.

Debo ir al lavabo, ¿me disculpas un momento? pedí a mi acompañante, claro, respondió. A mi izquierda estaba el pasillo donde girando a la derecha, encontraría los lavabos. No tuve más remedio que pasar delante de aquel ángel con vestido blanco. El aroma a celinda persistía. Al hacerlo dejó de hablar, levanto su precioso rostro, resaltando sus ojos verdes, me miró y me ofreció una sonrisa plena. Aprovechó para izar su brazo, lo balanceó. Puso su mano abierta con la palma frente a mí, gesto que interpreté como de esperarla. Lo hice, no supe la razón. Me paré en seco. Escuché como decía unas frases a sus dos amigas para luego levantarse y tomar mi mano. Me arrastró hacia el pasillo, pero no hacia el de los lavabos, sino al de salida de la discoteca. Obedecí como si estuviera bajo los efectos de algún narcótico. Tal vez bajo el influjo que la belleza de aquella mujer me producía rodeada de un aroma tan sutil. No cruzamos palabra alguna. Llegamos a la puerta. Ella continuaba sujetando mi mano, me dejé llevar El contacto y el aroma que me llegaba era algo especial. Luis, el portero me saludó diciendo, ¿te marchas ya?. Ni siquiera contesté, solo tenía ojos y tiempo para ella.

Nos apartamos del hotel Miguel Ángel y tras unos minutos de incesante caminar, llegamos a la altura del hotel Santo Mauro. Soltó mi mano, se puso frente a mí y dijo, me llamo María del Mar y me gustas. Yo balbuceé, solo mencioné mi nombre, Pedro, del resto no me acuerdo. La situación se desarrolló como en una borrachera constante. Acercó sus labios a los míos y me besó. La respondí rodeando con mis brazos su cintura. Ahora sí, ahora pude ver sus almendrados ojos verdes a la altura de los mios. Espera, dije, necesito verlos de nuevo, reflejarme en ellos.

—¿María del Mar? Has dicho María del Mar ¿verdad?

—Sí, ese es mi nombre. Ven, vamos, no tenemos tiempo.

—¿Tiempo para qué?

—Debo tomar un autobús hacia Algeciras a las diez de la mañana, hasta entonces quiero estar contigo.

—Pero ¿si no me conoces?

—Claro que sí. Te vi en la discoteca, es suficiente.

—Estás loca. Bueno estamos locos. Vamos donde quieras.

—Entonces busquemos mi coche, está aparcado a unos metros.

Subimos y condujo hasta la avenida de Concha Espina. Entró en el garaje, luego nos acercamos al ascensor y pulsó el botón correspondiente a la planta quinta. Seguí sus pasos en silencio. Abrió la puerta y minutos después ambos nos abrazábamos, no sin que antes pusiera la alarma de un reloj a las ocho de la mañana.

Los momentos se sucedieron a una velocidad difícil de definir, solo recuerdo recorrer la mirada sobre su cuerpo, mientras ella hacia lo mismo sobre el mío. Cerré el grifo de la ducha y nos invitamos a secarnos mutuamente. Al acabar ella se alejó a la cocina. Mientras me vestía llegaron aromas de café recién hecho. Al acabar, me abandonó por unos minutos para regresar vestida con un pantalón vaquero y una blusa amarilla. Me miró.

—Acompáñame hasta la estación del bus, necesito verte allí, así se me hará más corta la espera.

—¿Que espera?

—Hasta que regrese para volver y estar juntos.

—Solo ha sido una noche.

—Lo sé, pero suficiente.

—¿Cuánto tiempo estarás allí?

—Tal vez un mes o dos, no lo sé. Depende.

—¿De qué?

—No puedo decírtelo.

—¿Tal vez podría irme contigo?

—No, ahora no, no es el momento.

—Está bien, no deseo interferir en lo que vas a hacer.

—Toma, anota mi teléfono y llámame cada día. Así te iré contando como llevo mi estancia.

—Está bien.

—Dame el tuyo.

Tres semanas después y tras hablar cada día por teléfono, ambos habíamos aumentado nuestras ansias de vernos, tal vez de abrazarnos, quizás volver a ducharnos juntos.

Tuve que soportar críticas y después amenazas de mis amigos del grupo. Se preocuparon, lo sé, y pese a pedir disculpas, no se quedaron conformes hasta que les dije, ya, pero es que ella, María del Mar sí que me entró por los ojos. ¿Los tiene verdes, verdes ? ¿Es que no podéis entenderlo?

Me obligaron a prometer que un día iría con ella para presentarla.

Regresó de Algeciras y comenzamos a salir cada tarde. No supe donde trabajaba, solo que siempre iba muy bien vestida, a la moda, yo diría que ella la marcaba, hecho que me obligaba a vestir con su estilo. Recorrimos cafeterías, pubs, restaurantes, cines, teatros, museos, salas de exposición fotográfica, pinturas etc. Compartimos gastos, la mayoría de las ocasiones ella era quien abonaba las consumiciones, minutas y entradas, otras yo, a regañadientes de ella. Si preguntaba la razón de aquel constante dispendio, solo respondía que era fruto de su trabajo, pero al insistir en conocer cuál era, no respondía.

A veces me llamaba por las mañanas al despacho que mantenía en una empresa como asesor jurídico, donde acudía lunes, miércoles y viernes. Martes y jueves acudía a los juzgados y por las tardes  al Bufete que, con otros tres compañeros, teníamos abierto en la calle Velázquez de la capital.

A medida que avanzaba nuestra relación, aumentaba un extraño sentimiento. Siempre había temido encontrar a una mujer de tan especial belleza que me provocara sentirme inferior. Ver como las miradas de la gente se posaban sobre ella e inferir sus ocultos comentarios, me provocaba desazón. Me ocurrió con una amiga, Elena, en mi juventud. Tras años de olvido, nos encontramos fortuitamente. Aquella misma sensación comenzaba a apoderarse en mi relación con María del Mar. Su rostro luminoso, como si fuera ella quien emitiera los rayos, su gracia al caminar, su manera de vestir, elegancia, donaire, parecían alimentar ese sentimiento. Un cúmulo de situaciones que cada vez hacían más difícil estar a su lado, pese a haber superado mi timidez afincada desde mi juventud.

Una mañana quise sorprenderla, reservé una mesa en un restaurante que servía pescado preparado al estilo vasco, fundamentalmente ventresca de bonito. El verano daba las últimas bocanadas, aún mantenía ese calor sofocante de Madrid. Cuando la recogí con el coche, apareció con el mismo vestido blanco que llevaba el día en que nos conocimos. El cabello castaño suelto, y la sonrisa, reflejada en cada uno de sus poros. Aparcamos y entramos al restaurante. Ella colgada de mi brazo, yo azorado, tras ver como los comensales mayoritariamente hombres, posponían cuanto hacían o hablaban en ese momento, para reposar sus miradas sobre María del Mar. No era para menos, aquel día parecía más bonita que nunca. No abandonaba su sonrisa, que me dedicaba cada paso. Mirándome con aquellos ojos verdes claros que me atravesaban. Tras acabar el almuerzo abandonamos el restaurante y como ocurriera al entrar, de nuevo todos los hombres fijaban su mirada en ella. En el recorrido parecía como si el tiempo se ralentizase y tardásemos más de una hora en llegar a la salida.

—¿Que te ocurre? —preguntó

—Nada.

—¡No! ¡nada, no! algo te sucede.

—La gente te mira.

—Lo sé y lo noto. Acaso crees que no me doy cuenta. ¿Te sientes mal?

—De alguna manera, sí.

—No temas,  es normal. Deberías sentirte bien, solo tengo ojos para ti.

—Lo sé, pero me sucede lo mismo que hace años con otra mujer que salió mal.—¿Qué?

—Te lo resumiré. Demasiada belleza para un simple mortal como yo.

—¿Insinúas que soy divina?

—Para mí, desde luego que sí.

—¡Anda tonto! dame un beso y llévame a alguna terraza donde podamos tomar una copa ocultos a las miradas de los demás, mientras solo dejaré que seas únicamente tu quien me mire, y yo a ti como cuando nos duchamos y después nos secamos uno a otro.

—Lo siento María del Mar. Me molesta lo desconocido, aún sigues siendo un misterio para mí, pese al tiempo que llevamos juntos. Desconozco en que trabajas, de que vives.

—Algún día te lo contaré, no te preocupes. Por cierto, mañana debo viajar a Algeciras de nuevo.

—¿Estarás mucho tiempo?

—Solo cuatro días. Confío en solucionar todo para no volver jamás, para no separarme de ti un solo minuto más.

—Me alegra escucharlo.

—Y a mí decírtelo.

No fueron cuatro los días, sino muchos más. A los diez tras intentar cada día comunicar con ella telefónicamente en más de una ocasión, decidí viajar a Algeciras. Solo disponía de dos nombres, José Hervás y Antonio Cerillo. El primero al parecer hermano de su madre, fallecida hacia diez años, el segundo según le oí decir, antes de viajar por tercera vez a Algeciras. Desconocía donde encontrar a ambos hombres, a que dirección llegar. Solo recordaba sus comentarios, que aparecían en mi mente como reflejos de su pasado.

Recorría la playa, con los pies descalzos, mirando la sombra de la luna extendiéndose sobre la arena blanca, húmeda, restos de la última ola que la besó. Al fondo las luces de Gibraltar, la hernia de España, se asomaban y reflejaban perdiéndose en el vaivén del taimado oleaje. A veces lo hacía con paso preocupado y sigiloso.

Entonces le preguntaba la razón de esa preocupación, pero ella continuaba hablando, con voz declamatoria, tal si fueran oraciones o composiciones alejadas de la prosa en un ficticio encuentro con versos poéticos.

Estaba perdida, perdida en un misterio un sábado por la noche, alejada de cuanto era mi deseo. Atrapada en medio de una lucha desesperada, y no sabía cómo superarla. Otras veces, alejada de la playa, recorría con lentitud los paseos cercanos con árboles escalonados, que, como guardianes de la noche, susurraban al caer la tarde, y dejarse llevar por la sombra de la luna al llegar la noche. 

—¿Puedo ayudarte? —pregunté en numerosas ocasiones.

—No, no puedes, solo yo puedo solucionar la angustia que sobrellevo. Espero solventarlo muy pronto—respondía una y otra vez.

Supuse que encontraría los lugares descritos por María del Mar, pero tardé cinco días en hacerlo. Por suerte pregunté a un hombre que caminaba con una bicicleta sujeta con sus manos por el manillar, arrastrando una cesta repleta de pescado, le pregunté por los dos hombres cuyos nombres recordaba, José Hervás y Antonio Cerillo.

—Conozco a ambos. Solo que al segundo lo mataron hace diez días.

—¿Sabe dónde vive el primero?

—Naturalmente, somos casi vecinos, vive a dos calles de mi casa. Acérquese hasta la calle Centauro, cerca de la Playa de Getares. No sé si el número siete o nueve, pero aquella es su dirección.

—Sabe si estará ahora allí.

—Supongo que sí, le afectó mucho la muerte de su amigo Antonio y poco después la de su sobrina.

—Pues ya es mala suerte.

—Sí que lo es.

Así supe que María del Mar jamás volvería a mirarme con sus ojos verdes. Comprobé con dolor, que jamás volvería a tener sus caricias ni sus besos. Que no tendría de nuevo la oportunidad de secar su espalda, para comprobar como tres pequeños lunares trataban de esconderse en el último rincón de su espalda jugando con la separación de sus nalgas. También supe que María del Mar era capo de una organización de drogas. Su mano derecha, Antonio Cerillo, a quien dejó a cargo de los movimientos, cobros, pagos y distribución, para viajar a Madrid, alejarse de aquella tortuosa vida y permanecer a mi lado, para amarme.

Sentí un profundo dolor. Caí en ese mundo de dudas, de culpabilidad y desconocimiento. No haber podido salvarla de aquello, ser de manera indirecta el artífice de su muerte, se incrustaba en todo mí ser.

—Que ocurrió —pregunté a José Hervás— ¿Cómo sucedió?

—Puedo contarte lo que se oye, lo que cuenta la prensa o la policía, nada más, no estuve presente. Sé que Antonio se descuidó bastante. Estaba acostumbrado a que María del Mar, como tú la llamas, se ocupara de todo. Controlar a los chivatos de la policía, enviar a gente preparada para las descargas, remitir la mercancía rápidamente a sus distribuidores. Ocultar los resultados, de aquellos que más grandes que ella, dirigen todo el cotarro de la droga en este país. No advirtió, me refiero a Antonio, que ese negocio es demasiado rentable, y también demasiado goloso a los ojos de quienes pretendían sustituirla. Por eso sucedió todo. Durante meses estuvo viajando mucho, no sé dónde, pero sí que se desentendió bastante de su trabajo.

Volví a sentirme mal. No le confié que yo fui el motivo de su, como decirlo, desidia, desvanecimiento, indolencia. Fuera lo que fuera, yo, Pedro, fui el artífice de su muerte. Agradecí la información y decidí abandonar aquella tierra. Claro que no quise hacerlo sin antes intentar recorrer los mismos lugares que rememorara para mí, María del Mar, más conocida como la Mater, aunque muchos la conocían como Lucía Verde Hervás.

Dejé aparcado el coche cerca de la playa y me dispuse a ver como caía el sol hasta que la noche se adueñara de mi ensoñación, de mis recuerdos. Comenzaron a aparecer, pero con la voz de María del Mar.

…recorría la playa, con los pies descalzos, mirando la sombra de la luna extendiéndose sobre la arena blanca, húmeda, de los restos de la última ola que la besó. Al fondo las luces de Gibraltar la hernia de España, se asomaban y reflejaban perdiéndose en el vaivén del taimado oleaje. A veces lo hacía con paso preocupado y sigiloso….

De repente las notas de Moonlight Shadow comenzaron a martillear cruelmente mis oídos. Y allí, entre sombras de la luna, como ella decía, volví a verla caminar, con pasos lentos, melena moviéndose y sobre todo sus ojos verdes. La imagen se hacía cada vez más grande, se acercaba abriendo sus brazos con ademán de pedir un abrazo. Yo deseoso de dárselo, de cubrirle de besos. Sin embargo, las notas de la canción me devolvieron a la realidad.

Ahora los árboles cantan una canción de dolor y tristeza, que los lleva a encontrarse con la sombra de la luz de la luna. Ahora veo la silueta de una pistola, al hombre que la sujeta, dispara seis veces y huye. A ella caer al suelo. No puedo seguir, el dolor me atrapa, me impide continuar. Me quedo, quiero rezar, no se hacerlo. Me pregunto si es que hay un cielo donde acudan mujeres con ojos verdes, si volveré a verla algún día. Son las cuatro de la mañana y la sombra de la luz de la luna me abraza, tal si fuera ella. Las estrellas se mueven despacio en la noche plateada. Su figura va formándose de nuevo muy cerca, me llega su suave perfume a celindas. La pregunto ¿Me hablarás esta noche? pero ella no responde. ¿Me importa? claro que sí, pero no es posible. Me quedo parado e intento musitar una plegaria, no se hacerlo, no supe aprenderlas, tampoco quise. Solo soy capaz de decir a su imagen que comienza a desfigurarse: Te veré pronto, algún día

Al fondo oigo las últimas notas de la canción de Mike Olfield, ha terminado Moonlight Shadow.

Hoy no puedo escuchar la canción sin que el aroma a celindas y la imagen de María del Mar vestida con el vestido blanco aparezcan para mortificarme.

© Anxo do Rego. 2020. Todos los derechos reservados.

Relato basado en la canción «Moonlight Shadow» de Mike Olfield

 

 

 

 

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