Silencio, cámara, ¡acción! -1/2

Es inútil sustraerme de ti,

cuanto me rodea se convierte en tu aroma.

Para ti querida Gloria.

Amoris vulnus idem sanat qui facti

Publio Siro

(La herida del amor la sana quien la hace)


Las escenas exteriores eran cerca del ochenta por ciento del rodaje de la película. Tenía un equipo que como yo, era casi novel. Hasta entonces solo habíamos rodado cortos, algún documental y unos pocos anuncios publicitarios. El guion escrito a cuatro manos entre mi compañero y amigo de la Escuela Cinematográfica y yo, se desarrollaba en su mayor parte en un bosque. Quise rodar en primer lugar las escenas y planos de interior para situar a los protagonistas, pero el productor lo negó, recomendó sutilmente hacer lo contrario, primero los exteriores y al finalizar, los de interior. Lo entendí al quinto día, cuando una de las protagonistas se presentó ante mí para que la explicara unas escenas cuyo desarrollo no entendía.

Sindy Wear, nombre de guerra de Pilar Cuadrado, tenía dos años de interpretación, muchas ganas de triunfar y pocas de esperar el tiempo necesario para lograrlo. Se arrimó a una trouppe en la que estaban incluidos algunos actores secundarios, pero sobre todo actrices como ella. Supongo que la razón de contratarla fue la que todos imaginamos, pero como nosotros también habíamos iniciado un proceso de escapar de la rutina inútil y poco remunerada, para entrar en un proyecto con dinero ajeno intentando levantar la cabeza para que nos vieran, aceptamos sin rechistar ni decir una sola frase en contra.

Llamé al responsable de localizar los exteriores y tras diversas discusiones, optamos por aprovechar el calor del verano para rodar algunas escenas en la playa a la que según el guion llegaban los náufragos del barco de recreo. Supongo que la idea de iniciar el rodaje en las playas del sur produjo una satisfacción plena al productor Ignacio Esparta.

—Me parece estupendo, disponga lo necesario para desplazarnos allí. ¿Cuándo podríamos empezar a rodar?

—Si los responsables de localizaciones obtienen los permisos oportunos, en menos de quince días.

—Muy bien. Espero que el rodaje dure menos de un mes, debo ir con mi familia.

—No lo sé exactamente señor Esparta, tendría que reunirme con el equipo.

—Utilice todo el mes de julio, que el tiempo no le ponga nervioso. Después en la primera semana de Agosto me reuniré con mi familia, mientras pueden comprobar las otras localizaciones.

—De acuerdo, cambiaré lo que pueda, aunque quizás se produzcan más gastos y algún que otro retraso, los protagonistas en las escenas del bosque deben estar más delgados.

—Pues que se ocupe maquillaje, sabrán cómo adaptarlos.

—Se hará lo que se pueda.

—Me gusta su complacencia.

—Siempre que pueda, no lo dude señor Esparta.

Me reuní con mis ayudantes para advertirles el cambio de planes. La verdad es que mi labor, además de dirigir el rodaje, escribir el guion y llevar las negociaciones con el productor, eran las de coordinador general, sin irrumpir en otras actividades a las que me negaba. Al acabar llamé de nuevo al localizador de exteriores y le di tres días para encontrar una playa en el sur, donde pudiéramos establecer nuestro cuartel general durante todo el mes.

—Quiero que localices un yate, lo necesitaremos un par de días, y si todo va bien, las autorizaciones del ayuntamiento para que nos acoten la playa y las dunas. Si necesitas a alguien dímelo y lo mandaré inmediatamente.

—No estaría de más, tengo algo, pero Miguel, ahora estoy en el norte buscando el bosque.

—Déjalo, hazme ese favor, Esparta quiere estar con su amante, no podemos negarnos.

—De acuerdo di a Amalia que me espere en la estación de Sevilla, desde allí nos desplazaremos a Cádiz y Huelva, son las playas que mejor se ajustan al guion.

—Estupendo. No olvidéis buscar sitio para pernoctar. Pero no te pases de presupuesto.

—¿Le reservo al billetes su habitación?

—De momento no, ya te comentaré cuando hable con él.

—De acuerdo. Mañana estaré en Sevilla sobre las nueve de la noche.

—Se lo diré a Amalia.

—Gracias Miguel.

—Hasta pronto.

El mes de julio pasó sin que pudiéramos advertirlo. El rodaje me mantuvo muy ocupado y desde luego estresado, pero lo conseguimos. La gente tenía un color de piel propicio para seguir rodando en un bosque localizado en el interior, entre las provincias de Zamora y Orense, pero debíamos esperar a primeros de septiembre o en todo caso a que hubiera niebla, lluvia y algo de frío. La gente estaba contenta y pese a un conato de disgusto de nuestro productor con su esposa, todo el tiempo rodamos bien, sin problema alguno. Como habíamos previsto, a primeros de Agosto Esparta se marchó para pasar las vacaciones con su mujer y dos hijos gemelos en una playa de Italia, alejado de cualquier inconveniente que surgiera. Pese a ello tuve suerte y cada dos días me llamó por teléfono para saber cómo continuaba el rodaje.

—Ahora no puedo rodar interiores.

—¿Por qué?

—La gente está morena, no se ajustan al guion.

—Pues que los maquillen.

—Señor Esparta, eso no puede ser, circunstancialmente sí, pero no a todo un plantel de actores, se notaría mucho. Las escenas se harán al acabar la grabación en el bosque.

—De acuerdo, usted es el director y guionista.

—Gracias por recordármelo.

—Si surgiera algún contratiempo no dude en llamarme.

—Lo haré si fuera preciso. No se preocupe, ahora estarán inactivos hasta septiembre, les avisaremos cuando tengamos todo preparado para empezar.

—Estupendo.

Ferdi y Amalia tenían un pequeño acuerdo por el que se sustituían si era preciso. Eran dos buenos elementos y facilitaban mucho el trabajo. Sin problema saltamos de las playas de Cádiz y Huelva hasta el norte lluvioso y frío. A los actores protagonistas y algún secundario, no les hizo mucha gracia abandonar el calor, la playa y la comida, sin descontar las fiestas nocturnas de aquella zona, por unas temperaturas opuestas que les obligarían a estar prácticamente encerrados todo el día. En la última decena de agosto abandonamos la zona y viajamos hasta el norte de la provincia de Zamora.

Ferdi y Amalia se adelantaron, localizaron un par de hoteles y pensiones para los actores y el resto nos adaptamos a lo que pudimos encontrar. Con ellos, mi ayudante y dos cámaras recorrimos los sitios y lugares para preparar el rodaje. La primera semana nos mantuvimos sin rodar. Al acabar el productor señor Esparta nos hizo una visita, bueno en realidad a quien tenía ganas de ver y abrazar era a Sindy Wear. Estuvo con nosotros una semana, lo que retrasó el inicio del rodaje. De nuevo surgió una discusión telefónica con su esposa y volvió a abandonarnos para salir en su busca y la de sus hijos, ahora descansando en una playa de Mallorca.

Antes de viajar tuvimos una charla en mi caravana.

—Debo irme Miguel, mi esposa sospecha algo.

—Entiendo señor Esparta.

—Me gustaría pedirte un favor.

—Claro, si está de mi mano.

—¿Para cuando tienes previsto iniciar el rodaje?

—Más o menos en seis o siete días, ahora me disponía a rodar unos planos cortos de Sindy y el protagonista masculino.

—¿Y para cuando los planos en el bosque?

—Esperamos a que la parroquia a la que pertenece el bosque nos autorice, al parecer han surgido algunos inconvenientes.

—Ese es precisamente el favor que quiero pedirte Miguel. Necesito que me llames con cierta frecuencia señalando que hay problemas a los que solo yo puedo dar respuesta y solución ¿Me explico?

—Con claridad.

—Entonces me marcho más tranquilo. No dejes que pasen muchos días para telefonearme.

—Claro, confíe en mí.

—Gracias Miguel, lo tendré en cuenta.

—Adiós Esparta.

A la mañana siguiente me reuní con mi pequeño grupo de incondicionales y como siempre les hice participes de las inquietudes de nuestro productor.

—Será mejor que acabemos pronto el rodaje de exteriores, cuando regresemos a los estudios todo este jaleo se diluirá y dejarás de ser participe en los líos amorosos de ese hombre.

—Tienes razón Ferdi, pero a veces no hay más remedio que soportar ciertas cosas. Por cierto ¿qué pasa con la autorización para rodar en el bosque?

—Se han reunido y aún no se deciden.

—¿Qué les ocurre?

—Discrepan. Unos dicen que no deberían autorizarnos y otros lo contrario. Pero a todos les vendrá bien el dinero que aportemos.

—Los que se niegan ¿que alegan?

—Temen que despertemos a los «dorados» y después no se conformen con mirar.

—¿Qué o quiénes son los «dorados»?

—Son producto de leyendas antiguas pasadas de padres a hijos, solo eso.

—Pues vuelve con ellos y diles que necesitamos empezar a trabajar.

—De acuerdo, pero quieren que les liberemos de cualquier responsabilidad.

—¿Qué?

—No son capaces de controlar a los «dorados» si los despertamos.

—Bien, firma lo que quieran, pero por favor necesitamos esa autorización cuanto antes.

—Amalia vayamos al pueblo.

—De acuerdo.

Dos horas después estaban de regreso.

—¿Qué tal? ¿Cómo han ido las conversaciones?

—Bien y mal. Bien, porque nos dan la autorización bajo nuestra responsabilidad, y mal porque quieren algo más de dinero.

—Me imaginaba algo así. ¿Qué les has contestado?

—Que debía hablar con el ayudante de producción.

—Pero si no tenemos.

—Pero ellos no lo saben.

—Deberías haberles dicho que hablarías con el Chico para Todo.

—Bien ¿Qué hacemos?

—Lo que esperaba Esparta, que surgieran problemas. Lo arreglaré.

Marqué uno de los números que me dio y esperé respuesta. Al cabo de unos minutos de silencio, opté por hacerlo al otro número.

—Dígame.

—¿Señor Esparta?

—No está en estos momentos, ha salido con nuestros hijos a la playa, soy su mujer.

—Encantado señora. Soy Miguel Cid, director de la película que produce su marido.

—¿En qué puedo ayudarle?

—No sé si está al corriente de estas cosas, tal vez sería mejor esperar para hablar con su marido. ¿Tardará mucho en regresar?

—No lo sé, pero de cualquier forma no tema decírmelo a mí. ¿Por casualidad no les ocurrirá algo a los protagonistas femeninos verdad?

—No, no señora. El caso es que han surgido problemas financieros.

—¿De qué tipo?

—Temo que se moleste si le explico.

—Como quiera, pero yo que usted no dejaría de hacerlo, es posible que entonces sea yo quien llegue a molestarse y resulte peor.

—Está bien señora, como quiera, pero me gustaría contar con su palabra de que se lo hará llegar al señor Esparta.

—Desde luego señor Cid, desde luego. Ahora cuénteme que ocurre.

—Tenemos que rodar en un bosque que pertenece a los ciudadanos de la población donde se encuentra, deben autorizarnos y después de muchas tiras y aflojas, nos han pedido una cifra que no está dentro del presupuesto y solo el señor Esparta puede negociar estas cuestiones.

—¿Me está diciendo que debe viajar hasta allí para solucionarlo?

—No se me ocurre otra fórmula, no tenemos quien lo sustituya o actúe como su ayudante.

—Bien, espere un par de horas y hablaré con él, después le llamaré y daré solución a ese y creo que a otra serie de problemas. Por cierto, ¿Dónde están rodando?

—En una población cercana a la divisoria entre Zamora y Orense, en el interior, no recuerdo como se llama, algo parecido a Villa no sé qué, es una aldea pequeña. Sus habitantes comentaron algo que llaman «dorados».

—Haga el favor de no hacer nada hasta que le llame.

—Muchas gracias, ha sido muy amable en atenderme.

—De nada señor Cid.

Justo a la hora del almuerto con el resto del grupo sonó mi teléfono.

—Miguel, soy Esparta.

—Buenas tardes.

—He hablado con mi esposa, me ha contado el problema. Bien, hasta que solucionemos la cuestión de un ayudante o colaborador en la producción, acepte la cifra que solicitan y por favor, empiece el rodaje.

—Si señor, quedará solucionado esta tarde y mañana mismo lo iniciaremos. ¿Cuándo piensa venir?

—Tan pronto resuelva unos asuntos familiares podré estar ahí. Le avisaré previamente.

—Señor Esparta, si surge algún otro inconveniente ¿qué quiere que haga?, ¿le llamo aunque deba exponérselo a su esposa?

—Por supuesto, al contrario. ¿Me entiende verdad?

—Sí señor.

—Bien, muchas gracias y ahora, a rodar esa película.

—Gracias señor Esparta.

Nada más acabar la conferencia telefónica, reuní a todos y les avisé que a la mañana siguiente iniciaríamos el rodaje. Durante la tarde se dispuso y acotó la zona, a la espera de tener todo preparado. Maquillaje, peluquería y demás estaban dispuestos y deseosos de comenzar. Sindy se acercó para preguntar si sabía algo del señor Esparta, al parecer llevaba días sin tener tenía noticias suyas, le respondí que pronto estaría con nosotros. Vi que sonreía y tras despedirse, se alejó en compañía de Lorenzo Mir, protagonista masculino en la película.

Antes de retirarme para revisar el guion gráfico y comprobar los planos que debíamos rodar a primera hora, Ferdi y Amalia aparecieron sonriendo. Me explicaron los temores que la gente de la aldea tenía respecto a las leyendas. En sus manos la autorización con el compromiso de pagarles antes de acabar el rodaje. Después tomé un bocado, me retiré a mi caravana, y me dispuse a preparar la jornada, debíamos levantarnos temprano.

El guion era muy simple:

Un yate privado en el que viajan tres parejas, sufre los embates de una tormenta que los desvía de la ruta prevista, ninguno se ahoga en el naufragio, consiguen llegar a la playa donde se reúnen para intentar localizar a alguien que les rescate y facilite el medio para volver a su vida cotidiana en la ciudad. Recorrerán la zona y tropezarán con algunos inconvenientes graves que irán solucionando. En el transcurso de la búsqueda atravesaran un bosque donde encontrarán unos hombres manejando un almacén de objetos robados de épocas antiguas de la zona. Dos de las mujeres serán secuestradas por los ladrones de objetos. Mientras tanto el resto de náufragos regresarán a la ciudad, para volver con medios y tratar de liberar a las secuestradas.

Me dormí intranquilo, por fin daría las primeras órdenes, y sobre todas las palabras que tanto nos gusta dar a los directores: Silencio, cámara, ¡acción!

Las cámaras, registros de sonido, luces y demás, reunidos en un punto del bosque comenzaron a moverse y cuando la niebla comenzó a disiparse, fue el momento elegido para iniciar el rodaje. Di las órdenes oportunas. Esa primera jornada fue dura, la gente no estaba acostumbrada y pese a disponer de algunos extras para rodar escenas de cierto riesgo, los principales estaban fatigados a las cuatro de la tarde, hora en la que paramos para tomar un bocado. Necesitaba a los actores con ciertos gestos de cansancio y era la mejor forma de conseguirlo. De acuerdo con el planeamiento previsto, no dudé un segundo en preparar otras escenas para el atardecer, aprovechando que la niebla comenzaba a levantarse en cuanto desapareció el sol. Sobre las doce de la noche acabamos los planos y regresamos a las afueras del pueblo. Allí quedaron media docena de vigilantes de seguridad controlando que nada desapareciera. El catering y algunas cosas de cierta importancia las llevaron al pueblo. Eran cerca de las dos de la madrugada cuando me fui a la cama.

Durante cuatro días estuvimos en aquella misma zona mientras Ferdi y Amalia buscaban otros emplazamientos que se ajustaran a otras situaciones del guion. El quinto día fue cuando sucedió el primer percance. Según nos acercábamos con los vehículos todo terreno, el responsable de la seguridad del equipo recibió una llamada por el móvil.

—Permanezcan controlando el perímetro, nos estamos acercando a la zona, no tardaremos más de cinco minutos.

—Claro.

—Y tranquilos, veremos que ha sucedido, pero no se muevan de donde están.

Mi miró al acabar la conversación y sin mediar palabra entendí que no debía preguntarle. Cinco minutos después llegábamos a la zona de rodaje. Junto a uno de los vigilantes que nos acompañaba retuvo al grupo de actores y técnicos, luego me pidió acompañarle hasta donde se encontraba el resto de los vigilantes.

—Esperen aquí unos minutos, enseguida iniciamos la jornada —dije mientras me separaba con Antón Mun, antiguo miembro de los Geos.

—Bien, ahora explíquenme que ha ocurrido.

—Sí señor. Desde anoche en que se marcharon al pueblo y empezamos las rondas de control, no dejamos de oír ruidos en todo el campamento.

—¿De qué tipo?

—Creímos que eran animales aunque pequeños, no conseguimos verlos, pero yo diría que eran conejos.

—Prosiga.

—No llegamos a verlos pero sabíamos que estaban allí, parecían esconderse entre los matorrales de toxo, o como se llame esa planta. Gil, se acercó con una linterna a eso de las seis de la mañana, dijo que estaba harto de tanto ruidito, parecía que estuvieran comiendo algo. Se puso a buscarlos en todo el campamento temiendo que hubieran roto algún equipo, cables o cualquier otra cosa. Al poco tiempo gritó diciendo que había visto a uno de esos conejos, ¡es rubio! gritó, le siguió adentrándose en el bosque. Al cabo de un rato oímos un grito y salimos corriendo. Nos detuvimos al momento, pensando en el campamento y fue cuando le llamé por teléfono.

—Bien hecho, ahora que podemos ver sin linternas, dígame por donde salió corriendo Gil.

—Por entre aquellos dos árboles que se asemejan a una puerta.

—¿Cuánto tiempo hace de eso?

—Poco señor, escasos diez minutos.

—¿Han vuelto a oír ruidos?

—Ninguno, desde que desapareció Gil.

—Bien, señor Cid, ¿quiere acompañarme?

—¿Cree que es necesario?

—Como prefiera, lo haré con uno de mis hombres.

—Mejor, le espero aquí, no soy precisamente un hombre lo que se dice valiente.

—Está bien.

Esperé junto al equipo de rodaje y actores a que regresara Mun. Lo hizo diez minutos después.

—Señor Cid, ¿puede acompañarme un momento?

—Claro.

—Le agradecería que suspendiera el rodaje por hoy.

—¿Qué ocurre?

—Primero envíe a la gente al pueblo, dígales algo que sea convincente, luego le mostraré algo.

—Vale.

Volví y pedí regresaran al pueblo, diciéndoles que había suspendido el rodaje, después me arrimé a Mun a quién seguí hasta el interior del bosque. A menos de cien metros de donde habíamos empezado a caminar dos hombres hacían guardia junto al desaparecido.

—¿Qué ha ocurrido?

—No lo sabemos, pero está muerto.

—¿Qué?

—Está exanguinado.

—¿Eso que tiene enganchado a su mano que es?

—Debe ser uno de esos conejos, le enganchó por el cuello y debió matarle, pero mire, sus muñecas están roídas, como el cuello y las ingles. Le han mordido en sitios estratégicos produciéndole heridas que le han provocado la exanguinación.

—Pero no hay sangre.

—Eso es lo extraño.

—De momento suspenderé el rodaje, avisaremos a la policía y luego hablaré con Esparta. Pero ese conejo es gris, no dorado como dijeron.

—De acuerdo, dejaré unos hombres hasta que venga la policía. Yo me ocuparé de avisarlos.

—Daré orden de retirar cuanto tenemos, además no quedaban más de dos escenas aquí.

Llamé por teléfono a Ferdi dándole órdenes de retirar todo el material de la zona antes de que anocheciera. Quedamos en reunirnos después. Llamé al productor.

—¿Señor Esparta?

—Dime Miguel.

—Ha ocurrido algo desastroso.

—Dígame si es necesaria mi presencia allí.

—Con urgencia.

—Está bien, salgo ahora mismo. Espere no cuelgue, tal vez mi mujer quiera escuchar de usted lo ocurrido.

—Claro —dije mientras esperaba.

—¿Señor Cid?

—Si señora.

—Mi marido dice que ha ocurrido algo, pero al parecer no se lo ha comentado aún.

—No, no señora.

—Bien, pues dese prisa, estaba preparándome para salir de viaje en estos momentos.

—Ha sucedido algo espantoso, un vigilante de seguridad ha muerto. Es necesario que su esposo venga inmediatamente.

—Bien se lo diré. Ahora le dejo con él, un taxi me espera.

—Adiós señora.

Continúa con Silencio, cámara, ¡accion! 2/2

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