Seis cadáveres

Para Carmen y Paco.

Estupendos anfitriones y

sobre todo grandes amigos de la vega granaina.


A veces hasta los necios ganan a la lotería. Esteban, mi compañero en la brigada, pronunció la frase como si fuera el fallo de una sentencia del Tribunal Supremo, inapelable.

—¿A que viene esa frase? —pregunto tras interpretarla como un insulto.

—¿No irás a decirme que te ha molestado?

—En realidad sí, Esteban.

—Disculpa, no era mi intención. Quise aplicarla a la suerte por dirigir tu primera investigación. Solo eso. De verdad, pretendía animarte.

—Pues deberías pensar las frases antes de pronunciarlas, aplicarlas al contexto en que las dices, así evitarías pedir disculpas, como ahora. Esteban, eres mi compañero, no Rosa, mi novia. A ella le disculpo casi todo, contigo no es igual y tampoco la primera vez que dices algo inconveniente y molesto. Piénsatelo.

—Te pido disculpas de nuevo. Tienes razón.

—Ahora puedes aclararme lo de mi primera investigación.

—Acabo de cruzarme con el comisario, me ha comentado que quiere comprobar como diriges un caso.

—¿De qué se trata?

—Lo desconozco, estará a punto de llamarte a su despacho.

—Mejor, así sabré a qué atenerme.

Dejo a Esteban solo ante la dispensadora de café, en realidad de una especie de caldo maloliente con malas intenciones, vistos los resultados intestinales que produce. No entiendo su comportamiento, somos además de compañeros, amigos. ¡Jorge! Oigo la voz del comisario Ruiz. Me acerco, le saludo y tras seguir su indicación a sentarme, me dice.

—Acaba de entrar un caso y quiero que dirijas la investigación.

—Hasta ahora solo acompañé a Esteban, aunque supongo que estaré preparado. llevarlo.

—¿No quieres la asignación?

—Si, claro que sí, solo debía mencionárselo.

—Entonces adelante, ahí tienes todos los datos, no pierdas tiempo, elige tu equipo y desplazaros al lugar de los hechos.

Ahora quien está molesto es Esteban, no le elegí para formar parte del equipo de investigación. Nos ha visto salir a través de la ventana en dirección al aparcamiento mientras habla por el móvil.

Estoy al sur de la ciudad, a unos kilómetros de un polígono industrial. Dos coches aparcados anuncian que el equipo forense acaba de llegar. Me esperan. Presentaciones y saludos antes de ponerme unos guantes.

Es un edificio abandonado será uno de tantos que la situación económica obligó a dejar sin actividad. Según se desprende lo han ocupado como cobijo, tres grupos dispares. Europeos, africanos y magrebíes. Pregunto en voz alta.

—¿Quién lo descubrió?

Una joven se acerca temerosa. Le acompaña un hombre ajado, de edad avanzada, va sujeta por su mano derecha.

—Nosotros —señala un hombre con acento centroeuropeo.

—¿Han tocado algo?

—No señor, nada.

—Esperen y den sus datos a uno de mis compañeros.

—¿Quién llamó a la policía?

—Yo —señala un hombre africano de fuerte complexión.

—Ellos no tienen teléfono —los señala—. Se asustaron y como todos, no queremos problemas con la policía. No hemos hecha nada.

—Espere, también anotarán sus datos.

—Son huesos, no es ningún cadáver, no hemos sido ninguno de los que vivimos aquí.

—Repito, espere.

El forense pide mi presencia. Acudo a un rincón alejando de los grupos. Una bolsa de plástico negra contiene el hallazgo. Una vez abierta, deja ver numerosos restos óseos. Los observo, pido al forense su retirada, a mi equipo que compruebe huellas de pisadas para confrontarlas con la gente de los grupos. Se ocupan y recorren las entradas al edificio y alrededores en un intento de encontrar alguna que pueda interesar. El resultado es negativo, lleva dos días cayendo agua, seguro que lo imposibilita. Antes de que el forense abandone el edificio pregunto su opinión.

—¿Desde cuando pueden estar depositados esos restos aquí?

—Al menos dos meses.

—¿Tanto tiempo?

—Más o menos.

Me acerco al grupo, necesito conocer desde cuando se acoplaron y tomaron el edificio como cobijo. El resultado es menos de un mes. Los descarto inicialmente de la investigación. Pido comprobaciones en el polígono industrial y a la policía local de la población.

Dejo al equipo investigando para asistir con el forense a la retirada de los restos. Volveré a verle cuando acabe sus análisis. Mis ayudantes han recopilado información. Edificio de tres plantas propiedad de una sociedad limitada unipersonal dedicada a la confección de ropa. Dejó su actividad dos meses atrás. Se marchó sin liquidar a los empleados. Aprovechó las vacaciones de Semana Santa para cargar la maquinaria y el stock de los almacenes en la planta baja. El personal al incorporarse tras las festividades encontró la fábrica cerrada. Pusieron denuncias en la Delegación de Trabajo, ahora están a la espera. No han encontrado al único dueño. Han visitado su última dirección con resultado negativo, ninguna documentación. Uno de mis ayudantes ha conversado con el sindicato de los trabajadores, siguiendo la recomendación de averiguar el nombre de todos los exempleados.

El forense señala que los restos óseos encontrados son al parecer de un hombre, entre 25 y 35 años, 180 cms de altura. No aparecen señales de muerte por objeto contundente o arma de fuego, sus restos lo confirman. Ha pedido al laboratorio sacar la cadena de ADN a partir de uno de los molares. Tendremos que esperar dos días para confrontar el resultado con la base de datos. Tengo dudas.

Sigo la investigación. Ahora verifico la existencia o no de jóvenes desaparecidos en los alrededores. De igual modo en alguna provincia cercana. Debo comprobar si es una muerte casual o un asesinato. No hay resultado, no existen denuncias.

Aunque en la relación de los empleados no aparecen todos, los que faltan no se encuentran dentro de los datos facilitados por el facultativo forense. La mayoría son mujeres. Es característico en empresas similares. Los hombres son mayores. Falta únicamente el de un comercial, sin embargo, su edad supera los 40 años. No coincide con el perfil forense. Creo que descartaré se trate de un empleado. Abriré otra vía de investigación.

No progreso. El comisario Ruiz pregunta cada día. Incrementa mis ansias por resolver este caso. No alumbro otra forma de acabarlo. Han pasado cuatro días. Hoy tengo suerte, se ha localizado al propietario de la fábrica. Me desplazo a Toledo con dos de mis ayudantes. Vive en un cigarral muy cerca de la ciudad. Resuelvo presentarnos a la hora del almuerzo. El cielo no se aprecia, las nubes no calman la sensación que ofrece la lluvia arropada por un color gris de tristeza. Desconozco la razón por la que aparece en mi mente la frase «la nostalgia es una versión dulce de la muerte». Necesito llamar a Rosa antes de afrontar mi obligación. Me habla y envía un beso virtual, sin embargo, el tono salpica la verdad que subyace, está molesta, tal vez enfadada. Comprendo su actitud, no obstante, le advertí cuando iniciamos la relación, que mi trabajo de policía provoca sinsabores, molestias y demasiados contratiempos ¿Podrás soportarlo? Asintió, aunque no creo que la convenciera.

Encontramos al propietario con su esposa. No tienen hijos. La edificación principal, de diseño vanguardista, parece preparada para hibernar. Unas amplias telas blancas cubren muebles, lámparas, figuras, espejos y cuadros. Nos hacen pasar hasta la cocina, donde almorzaban.

—Mi mujer está al corriente de mis actividades, podemos hablar en su presencia.

—¿Piensan salir de viaje?

—En efecto. A Madrid y después a Rio de Janeiro, queremos pasar una temporada de descanso.

—Creo que no será posible por el momento. Por ahora permanecerán ambos a disposición de la policía. Hay varios asuntos pendientes de solución. Sus empleados de la fábrica de confección y una sospecha.

—Mi abogado se encarga de solucionar ese problema, tiene orden de liquidar con ellos sus contratos, abonarles todo lo pendiente de pago.

—Debería solucionarlo cuanto antes, la gente suele comer cada día y para ello necesita dinero.

—Lo sé, reconozco que mi comportamiento no ha sido el correcto. Pero está en vías de solucionarse. Pero, dígame ¿qué sospecha?

—La aparición de restos de un cadáver en su desalojada fábrica.

—No sé nada de eso.

—Es la razón de nuestra visita.

—Lo siento.

—Nosotros también, pero necesitamos explicaciones.

—Debemos salir, está todo preparado y listo para viajar.

—Insisto, lo lamento. Deben entregarme sus pasaportes.

—Es inadmisible. ¿Me están acusando?

—Ni mucho menos, solo es consecuencia del proceso de investigación. Ahora póngase cómodo y responda a mis preguntas aquí o en la comisaría, a su elección.

—De acuerdo, aunque insisto, es urgente que salgamos de viaje.

Noté una presión dominada por el miedo. Debía conocer la causa. Se portó bien, no puso más pegas. Suspendió como no podía ser de otra forma, el viaje con su esposa y se dispuso a colaborar, no sin antes solicitar custodia policial. El temor obedecía a que el 90% de su producción iba destinada desde hacía un año a un cliente, quien le obligó a aumentarla, modificar la producción unificándola a un solo formato, camisetas. Tuvo que reducir empleados, confeccionar camisetas no era la filosofía que impuso al crear la fábrica. Sus clientes habituales cesaron sus compras. Dependía de un solo cliente que paulatinamente fue disminuyendo el precio de compra. Como resultado cerró la empresa y ahora intenta viajar a Brasil, de vacaciones, aunque suficientemente claro iban a ser definitivas.

—¿Qué sucedió?

—Intenté mantener la empresa y ofrecí a mis antiguos clientes la compra de camisetas con precios y ganancias sustanciales para su negocio. Sin embargo, el señor Potti, representante oficial de quien adquiría la totalidad de mi fabricación, se presentó un día amenazándome. Tuve que requerir la devolución de los pedidos enviados a mis antiguos clientes, de lo contrario afrontaría problemas no deseados, según sentenció.

—¿Qué hizo?

—Pedí las devoluciones y los compensé económicamente. Algunos enviaron los pedidos completos, pero muchos de ellos ya las habían vendido. Me obligó a visitarlos para recuperar las camisetas. No pude, las vendieron. Se lo trasladé al señor Potti quien me obligó a relacionar las tiendas, el nombre de sus dueños y sus direcciones.

—Acláreme ese miedo que le obliga a intentar abandonar el país.

—Contacté con mis antiguos clientes, algunos no contestaron. Potti me visitó una semana antes de abandonar la fábrica. Me dijo: Su negligencia le costará muy caro.

Obtuve el nombre de la empresa compradora y su dirección, así como el número del móvil desde donde Potti le llamó para amenazarlo, también de los empresarios que no devolvieron completos sus pedidos.

Ha pasado más de una semana. La investigación se ha situado en un callejón sin salida. Localizar a cada uno de los empresarios es consecuencia de una sospecha que debo comprobar. Hago numerosas llamadas telefónicas para localizarlos con un resultado sorprendente después de varias pesquisas.

Hoy vuelvo a la ciudad, llevo el resultado de mi sospecha señalada en la frente, eso es al menos lo que escuché del comisario Ruiz. Unos minutos en su despacho para recibir el beneplácito de los pasos a seguir en la investigación.

—Necesitaré una nueva solicitud al laboratorio de una cadena de ADN —pido con urgencia al forense.

—Ya la sacamos de uno de los molares de los restos.

—Lo sé doctor, pero no es de los restos, sino de esta muestra.

—¿Para comparar?

—En efecto. Tengo una sospecha.

—De acuerdo.

—Por favor, llámeme cuando tenga el resultado.

Estoy parado, a la espera de la información del forense. Decido hablar con Rosa, últimamente no he dispuesto de tiempo para estar con ella, supongo que su enfado habrá aumentado.

—Hola Rosa, disculpa estoy muy liado con la investigación.

—Lo sé, te llamé al móvil y al no responder te llamé a la comisaría.

—A veces debo mantenerlo apagado, lo siento.

—No importa hablé con tu compañero Esteban, creí que te acompañaba en la investigación.

—No le incluí en el equipo.

—Creo que está molesto contigo, yo también.

—Pues lo siento. Ya hablaremos, ahora debo dejarte.

—Claro, ya hablaremos cuando acabes tu primera investigación.

—¿Qué?

Ha cortado la comunicación.

Hoy recibo la información pendiente, me dispongo a efectuar la comparación con los técnicos del laboratorio. No hay coincidencias. Estoy desolado. Ahora no tengo más remedio que intentar otro movimiento.

—Doctor necesito nueva extracción para analizar ADN.

—¿Ahora de quién?

—De los restos óseos.

—Ya la tienes.

—Preferiría que se hiciera de otro resto. Por favor pídalo urgente.

—Lo haré como pide.

Diría que estoy ansioso por realizar de nuevo la comparación, no estoy muy convencido del resultado anterior, tengo entendido que a veces suelen darse falsos positivos. El forense reclama mi presencia en el laboratorio. Voy con prisa.

—Mi querido inspector Jorge Díaz, estoy sorprendido.

—¿Por qué razón?

—Es extraño. Hicimos la extracción de uno de los húmeros. No coincide con el primero que hicimos de uno de los molares.

—¿Cómo es posible?

—No lo sé. Es indudable, no pertenecen al mismo individuo.

—¿Han realizado comparativa con la muestra que traje hace unos días?

—Todavía no.

—Háganla, es importante.

No puedo ni debo permanecer a la espera. Confío en que hayan podido triangular el número de teléfono de Potti, es necesario hablar con él. A las cuatro de la tarde lo han localizado en un restaurante de la capital. Dos vehículos se encuentran apostados para controlar la situación. Ante mis ojos un amplio expediente del investigado. Italiano, Gianni Adriomi, alias Potti. Una completa lista de delitos, buscado por la Europol, dirigente de un grupo mafioso dedicado al tráfico de cocaína.

Según me ha comunicado el comisario Ruiz, la brigada antidroga lleva tiempo intentando localizar la forma en que se distribuye la cocaína en el país. Aumenta su consumo y no localizan a quien la dirige, solo tienen sospechas.

He puesto en alerta al grupo antidroga, nos acompañarán para coordinar la detención del grupo que se dispone a abandonar el restaurante. Media hora después junto a mi ayudante, escucho las respuestas a las preguntas que le formula Sergio, de antidroga.

—Eres una mierda Potti.

—Lo sé, de ahí el apodo, es la marca de un inodoro portátil. Todos los drogadictos acaban siendo una mierda, los ayudo a conseguirlo.

—¿Qué tienes que ver con Industria Textil Visigoda SLU?

—No voy a responder.

—Tu respuesta te ahorraría un par de años en prisión.

—Saldré antes de lo que crees.

—Ya veremos. Repito ¿tienes relación con TV?

—Claro, les compro camisetas como merchandising.

—Supongo que las entregas gratis ¿verdad?

—Nada de eso, es una venta como cualquier otra dentro de mis negocios.

—Entiendo.

Una hora después de escuchar las averiguaciones de Sergio, no necesito saber más, está suficientemente clara la relación. Vuelvo a mi despacho para informar al comisario. Minutos después extiendo una nueva orden a mis ayudantes.

Creo que el forense se enfadará. Le hago entrega de doce muestras para extracción de ADN.

—Lo siento doctor, me temo que su laboratorio tendrá que hacer horas extra. Es preciso extraer el ADN de cada uno de los restos encontrados.

—¿Sabe cuantos huesos tiene un adulto?

—No, seguro que me lo va a decir.

—Doscientos seis, de los cuales veintiséis se encuentran en el cráneo, cuarenta y uno en el rostro, seis en cada oído y veintisiete en cada una de las manos. ¿Necesitará análisis de cada uno de ellos?

—En realidad lo dejo a su criterio. Necesito comprobar una teoría.

—¿Cuál?

—Los restos encontrados no son de un solo cadáver, me temo que la composición forma parte de una mezcla de cinco o seis cuerpos. Supongo que podrá eliminar algunas extracciones.

—Veré que puedo hacer. Por cierto, ya he pedido sacar las cadenas de las doce últimas muestras.

—Son necesarias para compararlas con las que saquen de los huesos.

—Será laborioso.

—Lo sé, nosotros también tenemos bastante trabajo. Buscar otras cinco bolsas con los restos de más cuerpos.

Dispongo de imágenes más un amplio y completo expediente de cada uno de los propietarios de las tiendas que no devolvieron los pedidos completos de camisetas. Contactamos con sus familiares y solicitamos muestras para extraer ADN  y compararlos. El forense corrobora que los restos encontrados corresponden a un puzle compuesto por huesos de seis cuerpos. Lamentablemente hemos confirmado a los familiares sus muertes y prometido que seguiremos indagando hasta encontrar todos los restos.

A la reunión prevista por el comisario Ruiz, están citados el responsable de la brigada antidroga, Sergio, el compañero que me ayudó en la detención de Potti, el forense y yo. La presencia en el último momento del Comisario General de la Policía Judicial se presume importante.

Una hora al cabo de la cual recibo las felicitaciones de los presentes. Mi primera incursión para dirigir una investigación ha resultado positiva. Me ayudó mucho aprender de Esteban, de quien fui ayudante. Han transcurrido veinticinco días desde que la inicié. Me siento satisfecho. Decido disfrutar de un almuerzo de agradecimiento con mis compañeros, invitaré a Esteban.

Nos hemos relajado después de tanta actividad. Al acabar el almuerzo y despedirnos a la salida del establecimiento me pareció oportuno retener a Esteban, tomar una copa con él y agradecer me tuviera como ayudante, aprendí mucho de su forma de abordar las investigaciones.

—Ahora podría decirse que me has superado —comenta Esteban después del primer sorbo de coñac.

—Ha sido mi primera investigación, a tu lado realicé más de treinta, eres mi maestro, lo digo sin acritud.

—Lo sé, te conozco.

—Gracias Esteban.

—Estoy seguro de que potenciará tu carrera en el Cuerpo.

—Eso espero.

—Y tu Rosa ¿estará conforme? Seguro que implicará mas trabajo y menos tiempo para ella.

—Tal vez, no es una mujer romántica sino más bien práctica. Últimamente tenemos algún que otro conato de discusión al discrepar.

—Disculpa Jorge, una vez acabado el caso, me gustaría conocer como llegaste a tus conclusiones en la investigación.

—Te dejaré el expediente completo, así podrás leerlo. Comentarlo ahora sería tomarnos más de una copa y aún debo ver a Rosa, la he tenido olvidada todos estos días.

—Deberíamos marcharnos, por hoy ya tengo bastante alcohol en sangre.

—Yo también, mañana nos vemos en la comisaria.

—Hasta mañana, no olvides dejarme el expediente.

—Claro, en cuanto llegue a la oficina.

Llamo a Rosa, es tarde, comprendo y acepto que no tenga ganas de verme ni de charlar, además necesito una ducha y dormir diez horas seguidas. No obstante, la he preguntado como sabe que dirijo mi primera investigación. Ha respondido con una evasiva para acabar señalando la posibilidad de escuchármelo decir en algún momento.

 Dos cafés cargados y dos aspirinas me esperan para eliminar la resaca. Llego a la comisaria sobre las nueve y media, no es la hora acostumbrada. Veo a Esteban en su despacho leyendo. Entro para saludarle y compruebo tiene abierto el expediente TV.

—Disculpa, como no llegabas me tomé la libertad de coger el expediente, no te molesta ¿verdad?

—No deberías haberlo hecho. Te dije que te lo pasaría yo.

—Lo siento. Buen trabajo, hiciste un estupendo trabajo. A mi no se me habría ocurrido pensar que los huesos correspondían a más de un cuerpo. El forense ha trabajado fuerte. Sin embargo, no alcanzo a comprender la relación entre ese tal Potti y la fábrica de prendas. No aparece en el expediente.

—¿Te preocupa? Naturalmente la brigada antidroga investiga, falta documentación que obra en su poder.

—¿Quieres decir que no está cerrado definitivamente?

—Quiero decir que antidroga mantiene abierto el suyo, me pidieron no reflejar algunos datos, necesitan analizar conexiones de Potti con otra serie de hechos.

—Comprendo.

—¿Y a ese tal Potti donde lo llevarán?

—Supongo que a la cárcel mas cercana a la capital.

—Hay algo que no me cuadra. La masiva compra de diversas prendas confeccionadas, la posterior obligación a fabricar solo camisetas y la exigencia de la devolución de pedidos del fabricante. No lo entiendo, claro que tampoco la aparición de los restos óseos. Por cierto, ¿has conseguido localizar los otros?

—Será difícil. Sabemos a quienes pertenecen los huesos, pero no donde están, ni quien los asesinó, tampoco los motivos.

—Entonces el expediente está cerrado en falso.

—Son órdenes del comisario.

—Comprendo.

—No, creo que no lo comprendes. Pero ese no es tu problema. Ahora creo que debes devolvérmelo, lo necesito.

—Más a mi favor. No cierras el expediente, aceptas los parabienes, palmaditas en la espalda y pese a ello te postulan para un ascenso, según he oído. Incomprensible.

—Veo en tus palabras un entusiasmo negativo. ¿Es por algo en especial?

—Creo que voy a ocuparme de mis asuntos. Recoge el expediente y vuelve a tu despacho, a tus obligaciones.

—Espera un momento, ¿A qué viene tanto interés?

—Nada en especial, solo conocer como llevaste tu primera investigación.

Salgo, le veo hablar por el teléfono móvil. Me dirijo con la carpeta a mi mesa. Poco después recibo la confirmación que esperaba. Debo incorporarme de inmediato a la brigada antidroga. La dejo  en uno de los cajones de mi mesa y cierro con llave.

Ha venido Sergio a recogerme. En el trayecto comentamos. Han conseguido localizar el laboratorio donde Potti y sus secuaces convertían las prendas en meros portadores de droga, después de procesarlas con cocaína. Al parecer han encontrado muchas de las camisetas confeccionadas en proceso de secado, pendientes de ser empaquetadas y enviadas a las tiendas para su venta.

—¿Dejaste tu expediente archivado?

—Si, en uno de los cajones de mi mesa.

—Ahora prepararemos el traslado de Potti a prisión. Te daré copia de la orden para tu expediente.

—De acuerdo.

Rosa ha vuelto a suspender mi visita de anoche. Me preocupa y acentúa una sospecha. Sus respuestas son cerradas, no escucho ninguna palabra amable y aún menos cariñosa. No parece tener ganas de verme. Lo dejo, ahora estoy inmerso en mi nueva situación, coordinar mi brigada con antidroga. Mi caso proporcionó nuevos pasos en sus investigaciones.

He dejado un mensaje de voz a Rosa «debo llevar a un detenido a prisión, no podré verte en unos días, los siento, un beso».

—Si estás dispuesto, llegaremos a la comisaría en unos minutos.

—Te espero —respondo a Sergio.

Veo a Esteban como escucha algo por el móvil. Guarda el aparato y camina hacia mí.

—Si no estás ocupado me gustaría comentar algo contigo.

—Lo siento Esteban, espero a Sergio de antidroga.

—¿Todavía sigues con la investigación?

—Si, vamos a trasladar al detenido Potti a la prisión Marín-I

—Entonces te dejo. Debo salir a una gestión, mañana te lo comento, no tiene importancia, puede esperar.

—Mejor, te lo agradezco.

Se cruza con Sergio a quien no conoce, no se saludan, nosotros sí. Me entrega copia de la orden de traslado de Potti a prisión. Doy cuenta al comisario. Escucho su conformidad y regreso a guardar la copia en el expediente. Minutos después salimos hacia antidroga.

No he vuelto a conversar con Esteban, ha debido olvidar nuestro encuentro. Estoy preparando el traslado que vamos a realizar en unas horas. Subo a uno de los coches, lleva los cristales tintados, no pueden vernos desde el exterior. Conduce Sergio. Seguimos a una furgoneta Berlingo-Van de color rojo. Sus laterales anuncian servicios de reparaciones del hogar Vidma 24 horas. En su interior Potti, dos agentes sin uniforme, otro conduciendo y un cuarto de antidroga. Hemos recorrido nueve kilómetros, la furgoneta atraviesa un corto túnel, la seguimos a distancia. A punto de salir, un vehículo les cierra el paso. Oímos disparos, Sergio acelera, nos acercamos mientras vemos a Potti salir corriendo del túnel. Nosotros abandonamos el coche y vamos tras el con las armas dispuestas. Cruzamos disparos. Potti ha desaparecido. Nosotros seguimos disparando. Recibo un disparo de uno de los secuaces de Potti. Sergio ha reaccionado, disparado y herido, sin embargo, huye.

Al día siguiente el comisario Ruiz se reúne con el responsable de antidroga. Más tarde con sus inspectores, comenta lo sucedido y sobre todo la herida mortal de Jorge. Escucha el silencio de los compañeros y se dirige a Esteban, que ofrece un cabestrillo sujetando su brazo izquierdo. El comisario pregunta la razón.

—Un golpe, nada de importancia —responde.

—Deberás hacerte cargo del expediente que llevaba.

—Haré cuanto pueda y más en honor a mi compañero.

—Debemos detener a los culpables de su muerte y la de los agentes heridos de antidroga. Ponte en contacto con Sergio.

—Ahora mismo comisario.

—Recoge la documentación y ponte a trabajar.

—Necesitaré forzar los cajones de su mesa, supongo que tendrá allí el expediente.

—Haz lo necesario.

Con el expediente en sus manos se retira al despacho. Lo abre, luego llama por teléfono.

—Estoy a tu disposición para cuanto necesites. Siento que haya ocurrido así. ¿Puedo ir a verte esta tarde?

—No es conveniente, esperaré hasta que el comisario me comunique cuando se celebrará el sepelio. Además, su familia llega mañana por la mañana.

—De acuerdo.

Sergio mantiene una conversación con un hombre sentado en un sillón contiguo.

—¿Te encuentras bien?

—Perfectamente.

—¿Podrás echar un vistazo a estas fotos y reconocer a alguien entre quienes nos atacaron?

—Supongo.

Al cabo de unos minutos el hombre se levanta para volver a la cocina, de donde sale un reconocido aroma que le llega a Sergio. Le invita, pero no acepta, debe volver a su comisaria a la espera de resultados.

—Comisario, seguimos los pasos de Potti, se ha reunido en una población cercana, habló por teléfono. Media hora después ha subido a un vehículo industrial y regresado a la capital, ahora se encuentra en un polígono industrial del sur cercano a la base aérea.

—Supongo que lo tendrás controlado.

—Si señor, tengo tres grupos atentos y a la espera. Le dejaremos viajar, nuestros compañeros italianos esperan verle salir de Roma hacia Colombia. Le seguirán y reunirán conmigo en Bogotá.

—¿Lo lleva bien el compañero?

—Supongo que sí, vendrá conmigo. Es bueno.

—Lo sé.

—¿Ha reconocido a alguien?

—Por supuesto, a dos de ellos.

—Perfecto. Acabar en Colombia y regresar pronto. Debemos cerrar esto definitivamente.

El funeral se ha celebrado con asistencia de familiares, amigos y compañeros, presidido por el comisario Ruiz. Sergio no pudo asistir al encontrarse en Colombia.

El nuevo encuentro con Potti ha salido según lo previsto. La policía colombiana se puso al frente del operativo con la ayuda de los agentes enviados desde la capital española e italiana. Regresan con Potti detenido para ser encausado. Solo resta confirmar sus contactos en la capital.

Las sesiones con Potti van por buen camino pese a negar los asesinatos de los seis dueños de las tiendas. Ha decidido dar los nombres de quienes lo hicieron, siempre y cuando sea considerado por el Juez de Instrucción.

—De acuerdo, danos los nombres y los lugares donde pusieron los restos. Hablaremos con el Juez, supeditado a que nos reveles también los nombres de tus topos.

—¿De qué topos me habla?

—Potti, sabemos que tienes a dos agentes que te ayudan desde hace tiempo, solo necesitamos que lo confirmes. Eso si te dará más crédito ante el Juez.

La policía italiana ha descabezado con varias redadas la organización de Potti. Ahora solo queda finalizarla en la capital. El comisario Ruiz ha entregado los datos aportados por Sergio a Esteban. Las bolsas conteniendo los restos mezclados de los seis cuerpos los retiran en dos días. Ahora solo resta detener a los topos.

El comisario Ruiz requiere la presencia de Esteban en su despacho.

—Esteban, antidroga nos ha pedido ayuda para detener a dos soplones de Potti. No quieren detenerlos ellos creen puedan ser de su brigada. ¿Podrás hacerlo con tu grupo?

—Naturalmente comisario, no hay problema.

—En unos minutos vendrá Sergio para acompañarte, aunque no actuará, como ya te he dicho.

—De acuerdo, estaremos preparados.

Dos coches circulan hacia una dirección. Uno de ellos lo ocupa un agente, Esteban y Sergio, el otro circula delante ocupado por cuatro agentes. Esteban desconoce la dirección donde supuestamente se encuentran los topos. Dos calles antes del destino, los siete hombres bajan de los coches, caminan separados hasta el portal número 26. Aprovechan el momento en que un vecino abre para salir y comienzan a introducirse. Sergio no sube, permanece en el portal, el resto de los hombres se preparan.

—¿A que piso vamos? —pregunta Esteban preocupado.

—Tercero letra B.

—¿Has dicho tercero letra B?

—Si, lo confirmo. ¿algún problema?

—No, ninguno.

Da las oportunas órdenes. Dos agentes con él por el ascensor, el resto por las escaleras. Esperan a que lleguen los compañeros. Esteban se pone a un lado de la puerta junto a un agente, el otro golpea y añade ¡Policía! Abran.

En el piso superior se oculta un hombre que mira y escucha atentamente cuanto sucede en el rellano del tercer piso. En ocasiones revisa unas fotos, en ellas aparece una pareja besándose apasionadamente.

—¡Policía! Abra —repite el agente.

—Voy, abro en seguida, que bromista eres Esteban —dice una voz femenina desde el interior.

El hombre de la cuarta planta ve aparecer a una mujer en el frontal de la puerta y a Esteban descomponer su rostro.

—¿Que ocurre? —pregunta la mujer— ¿Necesitas tantos hombres para venir a verme? Es una broma que no me gusta.

Esteban guarda silencio, mira a la mujer con más preocupación que sorpresa. No puede articular palabra alguna. Se retira y camina hacia uno de los agentes, le mira y dice: Esto se acabó. La mujer mira sorprendida y pregunta ¿Qué pasa cariño? ¿Qué ocurre? No obtiene respuesta.

Un instante después la puerta del ascensor se abre, aparece Sergio, no habla, solo espera a que el hombre de la cuarta planta se incorpore. Baja despacio los escalones. En ese preciso instante el antidroga habla.

—Por favor, Jorge, haz los honores.

—Esteban estás detenido. Óscar tú también lo estás. Por favor espósenlos —señalo dirigiéndome al resto de agentes— nos vamos a la comisaria.

Ahora mira a la mujer.

—Y tú Rosa, deberías elegir mejor a tus amantes.

No he vuelto de la muerte, solo estuve escondido para aprovechar el montaje preparado para acabar los dos casos. Hoy me he recuperado de todo, he cerrado definitivamente mi expediente y Sergio el suyo, aunque diría que he vivido un triste caso de agresión sentimental. Creo que nunca he sido muy alegre y siempre confiado, tal vez por eso considero a la tristeza como un monstruo al que doy de comer cada día.

FIN.

 

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