Ruidos y silencios

RUIDOS y SILENCIOS Una historia de sonidos

Soy incapaz de olvidar el sonido de tu sonrisa.

Para ti Susana allí donde te encuentres.

Homo sine amore vivere nequit

Anónimo.

            Héctor fue un niño especial cuando nació. Lo era tanto que sus padres decidieron dedicar más tiempo del normal en educar uno de sus sentidos, el oído. Parecía disponer de una habilidad superior a lo normal acrecentada quien sabe cómo. Oía cuanto se hablaba en casa. Cuando creció lo suficiente como para abandonar la habitación de sus padres, pusieron su cuna en la habitación prevista hasta que se marchara a la universidad. Así cuando se quejaba, lloraba o balbuceaba algo, su madre desde el cuarto alejado aproximadamente diez metros, murmuraba, algo así como: Héctor hijo, guarda silencio, tu madre está muy cansada y necesita dormir al menos un par de horas seguidas.

            De alguna manera Héctor parecía escuchar las quejas de su madre, a quien hacia levantar cada cierto tiempo con ocasión de llorar. Desde entonces, si volvía a quejarse en voz baja, él callaba, esperaba unos minutos y volvía a dormirse. Más adelante cuando abandonó la cuna y ocupó una cama, se revolvía a veces, aunque sin quejarse. Esperaba despertar por la mañana y convencido de cuanto había escuchado, exponía a su madre: Anoche dos arañas se arrastraron hasta mi cuarto, vinieron en busca de tres hormigas que entraron por la ventana. Después una cucaracha recorrió los bajos de la cama y salió hasta tu cuarto de baño. Arriba, en el techo, escuché dormir a dos gorriones en el nido que tienen junto al alero de la terraza y a una paloma se le debió caer algo que portaba en su pico. Su madre escuchaba con atención, sorprendida de la agudeza del oído de Héctor, pero nunca llegó a poner en duda cuanto le decía. Lo comprobaron en diferentes ocasiones adverando sus palabras. Héctor poseía un don, un afinado y potente oído capaz de escuchar algo que sucedía en la distancia o tan sutil como percibir arrastrarse a una hormiga. Si aquello se entendía como algo especial, sus padres no tuvieron más remedio que poner medios para que dominara ese don. Por otro lado, acolcharon su cuarto para mantener algo de intimidad.

            Cuando empezó a acudir al colegio, hablaron con sus profesores para insinuarles tuvieran cuidado con su hijo, ya que disponía de un oído muy afinado. Tampoco querían alarmar indebidamente. Sonrieron al escuchar la advertencia y no hicieron caso, hasta que un día, el director del centro los llamó.

—Su hijo copia en los exámenes parciales. Hasta ahora lo hemos obviado, pero como los finales están próximos, quería advertirles. No puedo demostrarlo, pero es muy extraño que los resultados sean idénticos a los planteados por los profesores.

—Nuestro hijo es estudioso, no tiene culpa de ser inteligente. Si no tiene pruebas que mostrarnos debo pedirle retire la acusación, de lo contrario nos veremos en la obligación de presentar una queja ante la dirección.

—De acuerdo, intentaré demostrarlo y si no lo logro, les pediré disculpas, aunque dudo llegue a hacerlo, estoy convencido de que hace algo.

            Durante la semana siguiente Héctor asistió con sus compañeros a los exámenes finales. Le entregaron la hoja con las preguntas, idéntica a la que cada profesor sostenía entre sus manos, alejado de los pupitres de los alumnos, solo que la suya carecía de respuestas. Respuestas que el profesor solía leer para entretener su tiempo mientras sus alumnos estrujaban sus cerebros para responderlas. Héctor contestaba en su hoja de examen, luego esperaba a que el profesor leyera en voz baja cada respuesta. Entonces comprobaba los errores cometidos y en ocasiones solía corregir dos o tres respuestas fallidas o erróneas. Resultado de sus exámenes era una nota alta, carecía de equivocaciones, aunque se aprovechaba de la ventaja de su oído, supo aplicarla debidamente. Aprendió a ocultarlo y disfrutar de su don, simulaba poseer actitudes de vidente ante sus compañeros.

      Jugaba advirtiendo la aparición de una lagartija sobre el poyato de la ventana, a la que oía moverse con rapidez, o el aleteo de una paloma o pájaro antes de aparecer en la ventana del aula. Sus compañeros le siguieron el juego y mientras tanto descubrió como debía utilizar ese don para algo especialmente delicado. Al acabar sus estudios se propuso ser técnico en sonido y aplicarlo a los medios de comunicación. Sin embargo, tan pronto se ofreció y lo admitieron, no tuvo más remedio que pedir la baja, eran tantos los sonidos y ruidos agolpados en su cerebro sin orden ni concierto, que optó por prepararse mejor, intentar separar y aislar los ruidos de los sonidos, esos tan maravillosos que rodeaban la tierra. Hasta entonces sufrió fuertes dolores de cabeza, acudían a su cerebro sin esperar turno de entrada. Tampoco podía asistir a conciertos de música sinfónica, era tal su don, que advertía hasta los fallos en las notas, tan intensamente que se aburría censurando al violín, chelo, viola o cualquier instrumento que rompía el orden, entraban o salían a destiempo, provocándole desilusión.

            Se refugió en la montaña donde incluso escuchaba el silencio, aprendió a aislar los ruidos, acumularlos en un rincón de su cerebro, dejándolos pasar cuando quería, no cuando acudían intempestivamente. A los dos años, redefinido su don, bajó a la ciudad, visitó a sus padres, les dijo que dominaba perfectamente bien su oído y se dispuso a buscar trabajo. Le rechazaron en multitud de emisoras de televisión y radio, por lo que tuvo que conformarse con algo distinto.

            Compró el material necesario y se dispuso a crear un importante archivo sonoro, después intentaría venderlo a las emisoras fijando el precio de tan intenso trabajo. Recorrió toda la geografía del país provisto de sus equipos, grabando el sonido del viento recorrer un arroyo, concretaba ese arroyo, sonaba distinto si el viento recorría sobre otro y en distinta latitud, como también era diferente si lo hacía en cualquiera de las estaciones.

            Al cabo de tres años Héctor reunió la más importante base de datos de sonidos y ruidos. Se permitió poner un precio elevado a cada una de sus grabaciones. No solo las emisoras de radio necesitaban de sus sonidos para completar trabajos, las productoras cinematográficas y televisiones de todo el país comenzaron a requerirle. Algunos trataron de poner dudas sobre su trabajo y lo retaron.

—Dice que nuestro documental carece de veracidad, mantiene que los sonidos que aparecen en la banda están superpuestos y no son reales.

—En efecto, son falsos. Venden un producto basado en una realidad inexistente.

—Pasemos a la sala de proyección y comprobemos cuanto dice.

—Desde luego, pero antes recogeré mi grabadora, necesito registrar mis comentarios, es la única forma de probar cuanto digo, después compararemos con su producto.

—De acuerdo.

            Pasaron a la sala de proyección. Las imágenes acompañadas de sonido musical, frases y comentarios en off y aparente sonido real, comenzaron a reflejarse en la pantalla. A partir de ese momento Héctor con la grabadora activada, comentó cuanto veía.

El viento no es de la zona, lo grabaron en la ciudad de Cuenca.

El agua que discurre pertenece al río Alberche en Madrid, no es el Deva en Cantabria.

Los pájaros pertenecen al Coto de Doñana.

Las olas rompiendo contra las rocas, son de la Ría de Corcubión no del Cantábrico.

Las gaviotas se mueven porque vuelan en Tarifa, donde el viento sopla de forma especial, ni mucho menos vuelan así en la costa cantábrica.

Los gruñidos de los osos están plagiados de algún documental norteamericano, no son osos de los Picos de Europa.

—¿Quieren que continúe?

—No, por favor, es suficiente, nos ha convencido.

—Disculpen, pero sabían que sus sonidos no eran auténticos.

—De acuerdo, compraremos sus grabaciones.

—No. Comprarán mi trabajo. Seré yo quien ponga los sonidos de acuerdo con el documental o filmación que traten de hacer. Mi nombre deberá aparecer en los créditos del trabajo junto a mis derechos de autor de sonidos. De lo contrario no habrá acuerdo.

—Entonces pasemos a mi despacho e iniciemos las negociaciones.

            Héctor a partir de ese momento creó una empresa para ocuparse del trabajo. Reunió diferentes equipos. Uno atendía las necesidades que las producciones exigían, otro le ayudaba a seguir reuniendo sonidos, aumentando la base de datos, un tercero se ocupaba de denunciar ante la opinión pública, las perversas actuaciones cuando los sonidos era fruto de la improvisación desviándose de la realidad, exigiendo veracidad en la oferta hecha a los ciudadanos.

            Durante años siguió ampliando infinidad de sonidos que percibía. Viajó a numerosos lugares, escuchó al sol romper el horizonte al salir cada día entre las inmensas montañas del Himalaya y al ocultarse. Romper las olas en una playa olvidada. Aletear un colibrí libando, vencerse las espigas de trigo cuando el viento del oeste, del norte o sur arreciaban. Recibió numerosos premios de las instituciones tanto nacionales como internacionales. Llegó a ser famoso y envidiado.

            El día que cumplió cincuenta años, se levantó de la cama, miró el reloj e inició una serie de gestiones previstas y anotadas en su mente durante la noche que pasó en vela. En primer lugar, visitó a sus padres, se despidió alegando uno de sus muchos viajes. Posteriormente se adentró en la ciudad, entró en un edificio, luego atravesó varias puertas hasta sentarse frente a un notario.

—¿Está seguro de querer hacerlo? —preguntó el notario.

—Completamente.

—Disculpe, pero es mi obligación como fedatario público hacer preguntas.

—Adelante.

            Durante más de diez minutos Héctor respondió cuantas preguntas le formuló. Una vez reflejadas en un documento anexo a las recomendaciones y decisiones motivo de la visita, firmó el acta, abonó las tasas y abandonó el despacho. Después visitó el banco donde tenía sus cuentas. Creó fondos para mantener a sus padres y el resto ordenó transferirlo a una cuenta numerada de un banco en Suiza. Más tarde abandonó la ciudad y el país.

            Pasaron más de cinco años hasta advertir su desaparición, incluso algunos le echaron de menos, la mayoría que lo conocía estaba convencido que su ausencia se debía, como en tantas ocasiones, a uno de sus numerosos viajes para grabar sonidos. Los trabajadores de su empresa apenas lo advirtieron, tampoco los cientos de clientes para quienes operaban. Ni siquiera sus padres llegaron a saber dónde estaba, también achacaron la ausencia a sus viajes. Ellos estaban ocupados con sus quehaceres, atendidos por dos personas dadas su delicada salud y edad.

            Solo después de otros dos años, alguien de una institución inició los trámites para considerarlo desaparecido o fallecido. Seis días antes de que Héctor hubiera cumplido cincuenta y ocho años, el oficial de una notaría de Madrid, se presentó ante una autoridad para argumentar que, si Héctor Valdivia era considerado fallecido, debía dar lectura y publicidad al acta notarial firmada por él, hacía ocho años.

            Numerosos medios de prensa se reunieron en un céntrico hotel de la ciudad para escuchar de labios del notario, la voluntad y deseos de Héctor. Al día siguiente todos, sin distinción, se hicieron eco de cuanto Héctor dijo, por labios del fedatario. Sin embargo, nadie se preguntó la verdadera razón de su desaparición. Los trabajadores de su empresa siguieron al frente de ella, tenían suficientes grabaciones de sonidos como para no repetir, incluso las aumentaron siguiendo los parámetros de su jefe. Alguno de sus dirigentes siguió los pasos de Héctor tratando de emularle. Sus padres recibieron la noticia sin sorprenderse, la esperaban desde hacía tiempo, según dijeron. Nadie lloró su desaparición ni sufrió su falta. La vida continuó sin Héctor ni su don, se habían acostumbrado a su constante ausencia.

            Meses más tarde una mujer cercana a los cincuenta y cinco años, paseaba a lo largo de una playa del parque natural de Cabo de Gata, llevaba unas zapatillas sujetas en su mano izquierda y sus pies, descalzos, pisaban los restos de olas rotos sobre la arena. Lo hacía cada mañana y cada tarde, como siempre sola. Aquella mañana fue diferente, se fijó en un hombre sentado, con la mirada perdida, descansando en la arena que poco a poco iba cubriéndose de agua salada, la marea comenzaba a subir. Lo llamó en varias ocasiones, pero no recibió respuesta. Decidió acelerar su paso antes de que el agua comenzara a cubrirlo. Cuando llegó frente a él, ya le cubría los pies. Le golpeó suavemente uno de sus hombros para llamar su atención.

—Levántese hombre, no ve que está subiendo la marea, en unos minutos esta playa estará cubierta de agua.

—Uhmmmm

—¿No me ha oído?

—Uhmmmm

—Por favor, levántese.

—Uhmmmm

            La mujer no entendía aquel comportamiento, lo sujetó por un brazo y tiró de él con fuerza. Se dejó levantar, llevar y retirarse de la playa. Sin cruzar dos palabras llegaron hasta el aparcamiento de la zona. Puso una toalla sobre el asiento del coche, lo sentó y abrazó con el cinturón. Luego condujo hasta llegar a su casa. Le ayudó a salir del coche, a subir las escaleras hasta el primer piso, entrar y sentarse en un sillón. Le ofreció agua.

—Gracias —dijo el hombre.

—¿Cómo se llama?

—Uhmmmm. Gracias.

—De nada ¿Cómo se llama?

—Lo siento — dijo con esfuerzo— estoy sordo, lamento no poder escucharla

—Perdón.

—Uhmmmm —insistió al tiempo que levantaba sus hombros como interrogación.

            La mujer abandonó por un momento la sala y regresó con un bolígrafo sujeto a un cuaderno con hojas cuadriculadas. Comenzó a escribir.

—¿Cómo se llama?

—Héctor —respondió con su voz después de leer.

—¿Qué le ocurre? —escribió.

—No tengo ganas de vivir. Además, soy un cobarde.

—Pero hombre, tal vez haya algo que le conforte o ayude a superar esta crisis.

—No lo creo.

—Si habla, es que alguna vez pudo oír.

—En efecto. Yo mismo provoqué mi sordera.

—¿Tiene casa?

—Aquí no, vine hace una semana, el buen tiempo me ha permitido dormir a la intemperie.

—¿Dónde vive?

—En Suiza, en las montañas donde solo hay silencio

—¿Cuánto tiempo se quedará por aquí?

—No lo sé.

—Puede quedarse en mi casa, si le apetece.

—No quiero molestar.

—No molesta, vivo sola, yo también vine huyendo.

—¿De qué?

—De mi soledad ¿Y usted?

—Creí tener suerte al venir, sentí añoranza del país, pero no fue así.

—Le parece que comamos algo y luego siga contándome?

—De acuerdo.

—No sé qué puede significar eso ¿Tiene familia?

—Supongo que ya no. Tuve padres.

—¿Y amigos?

—¿Qué es eso?

—Vale. Comamos, luego nos contaremos lo ocurrido con nuestras vidas.

—Bien ¿Cómo se llama?

—Esperanza. Esperanza Moreno.

—Gracias Esperanza.

            A partir de ese día Héctor y Esperanza trabaron amistad, él cesó en su empeño de esperar sentado en la playa esperando a que la marea subiera hasta cubrirle. Por entonces creyó que, si flojeaba e insistía en su intención, al ser un lugar solitario, nadie podría ayudarle y moriría. Lo hizo porque jamás volvería a escuchar, solo imaginar los sonidos de las gaviotas al acercarse a los peñascos, las olas romper junto a la arena, los peces disputar un insecto sobre la superficie, tal vez el sol crepitar al ocultarse entre las rocas al acabar su labor de iluminar ese día.

            Durante semanas ambos pasearon juntos, ella con el bloc y bolígrafo en situación de espera, dispuestos a suplir con signos el oído de Héctor. Aquella tarde, se atrevieron a tomarse de la mano, ambos se miraron encogiendo el corazón, temiendo que alguno rompiese el momento, tal vez no deseado, pero no ocurrió, lo superaron. Por eso Esperanza se atrevió a preguntar después de una hora de guardar silencio y disfrutar de aquella sensación de alivio.

—Héctor escuché la historia de tu vida durante estos días, te he contado la mía. Ambos estamos solos, tal vez no quede nada por conocer, pero hay algo que no me has contado.

—¿Qué quieres saber?

—¿Por qué quisiste perder el don de oír más que nadie?

—No me dio lo que esperaba. Un día me acerqué a un altavoz, puse mis oídos sobre ellos y esperé a que el sonido rompiera mis tímpanos, conseguí dejar de oír a partir de ese momento.

—¿Que esperabas?

—Durante años el don me ayudó a realizar cuanto soñé, pero no me detuve, no supe advertir que me faltaba algo primordial. Todo eran parabienes, apretones de mano y alegrías, aunque todas ficticias. Casi todos estaban satisfechos y agradecidos por lo que hacía y les permitía obtener con mi esfuerzo y don. Claro que ninguno, nadie de quienes me rodearon, ni siquiera mis padres, me propuso dedicar algo de mi tiempo a encontrar lo necesario.

—¿Qué era eso tan necesario?

—¿Y tú me lo preguntas? Tú que de alguna forma has estado casi igual que yo, abandonada, sola y defraudada.

—Necesito saber cómo piensas, tal vez tampoco yo supe advertirlo.

—Mi querida amiga. Nunca llegué a escuchar cómo suena la amistad, la sonrisa de un amigo, la caricia o el deseo de estar o compartir algo a mi lado. Ni como es disfrutar y confiar junto a un amigo, nunca lo logré. Tampoco supe nunca cómo era el sonido del amor, como suena un te quiero en labios de una mujer que me amara, o en los míos al decirlo. Conocer como suenan los besos antes de amar y después. Al despedirme una mañana o al entrar en mi hogar y encontrarla. No supe manejar mi tiempo, nadie me dijo que existían esos sonidos y lo que significaban. Tampoco los descubrí, se necesitan amigos, alguien que te aprecie y se esfuerce en entenderte y ayudarte. Mi vida pasó sin esos sonidos. Tuve un don y él mismo me ocultó lo más importante, la amistad y el amor, hace unos años me di cuenta de ello. Me escapé a la montaña y traté de buscar, pero advertí era tarde, mi vida había pasado sin apreciarlo. Por eso decidí abandonar este mundo y así, dejar de escuchar aquello que desvió la línea de mi vida.

            Esperanza no tomó el bloc para escribir, sujetó con fuerza la mano de Héctor y la retuvo evitando que continuara caminando por la playa. Soltó bolígrafo y bloc dejándolos caer sobre la arena, luego se puso delante y frente a él, muy cerca, casi rozándole. Él la miró extrañado, escéptico, sorprendido. Esperó unos segundos, largos, aunque decididos y por fin posó sus finos labios sobre los de él, luego lentamente abandonó sus manos y recogió los brazos sobre sus hombros, espalda y cintura mientras mantenía los labios unidos a los de él. Ella habló, ya no necesitaba bloc para demostrar sus sentimientos, supuso que el sabría entenderlos, escucharlos, aunque no fuera con sus oídos. El sin embargo sí lo hizo.

—Te oigo, sé que quieres decirme.

—¿Qué has oído?

—Sentido. He sentido uno de los sonidos del amor, es maravilloso. Prométeme seguir emitiéndolos, ya no me hace falta oír, ni ver, solo sentir.

—Me alegro, yo también he oído algo, no sé si serán los mismos sonidos, pero creo que si esas mismas sensaciones.

—Gracias Esperanza.

—Gracias Héctor.

© Anxo do Rego  2020. Todos los derechos reservados

 

Safe Creative #1011137842387

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *