Promesa cumplida

Miro su rostro. Ahora frunce el ceño y me mira de soslayo. No dice palabra alguna, solo mira. Lo hace desde mis ojos hasta los pies. Seguro que desea interpretar los movimientos de mi cuerpo, como comunicación no verbal. No lo consigue, permanezco estático. La imito, solo miro y guardo silencio.

Los minutos son tensos y los nervios, al menos los míos, inician un proceso que indefectiblemente me llevarán a un estrés inquieto. Sin esperarlo, su voz inunda la habitación.

—Voy a dejarte —dice impasible, segura y sorprendentemente fría.

—¿Que dices? ¿Por qué? No he dejado de amarte. ¿Cuál es la razón?

—No preguntes. Es mejor que desconozcas no una, sino las mil razones que tengo.

—Pero, dímelas. Necesito saberlo.

—Yo prefiero no señalarlas. Supongo que lo entiendes.

—No. No lo entiendo. Por favor, ¿por qué y ahora?

—Qué más da, hoy, mañana, tal vez pasado o dentro de una semana. El fin será el mismo.

—¿Dejaste de amarme?

—Olvídalo.

—Respóndeme, por favor.

—Es inútil. Sabes la respuesta. Además, no tengo gana alguna de seguir con una discusión así.

—¿Puedes intentarlo de nuevo?

—¿Cómo quieres que te lo diga?

—Pero prometimos amarnos toda nuestra vida. Ofrecernos felicidad el uno al otro. Estar pendientes de posibles enfermedades para cuidarnos.

—Se cuánto nos prometimos pero la vida es así. Suceden hechos que no podemos dominar y nos hacen fluctuar, quizás eliminar, aquello que prometimos. Todo cambia, se modifica, no es perenne.

—Entiendo que las cosas cambien, pero mi amor por ti no ha cambiado, permanece inalterable.

—El amor no existe si no es recíproco. Es un camino de ida y vuelta y yo ya no vuelvo.

—Espera, espera un momento. ¿Recuerdas aquel día en que sentados en el coche, frente al portal del número veintinueve, prometimos amarnos hasta que la muerte nos separara?

—Lo recuerdo. ¿Puedes esperar un momento?

—Naturalmente.

Sale del salón con lágrimas en los ojos, creo que mis palabras han hecho mella, la han convencido. Vuelve enjugándose las lágrimas  con un paquete en sus manos.

—¿Quieres esperar un momento? —me pide sollozando.

—Claro. Claro que sí, cariño.

—¿Quieres darme la espalda un momento?

—Desde luego, cariño.

Me vuelvo. Mis ojos ven la luz del sol a través de la ventana. Oigo ruido del papel al deshacer el paquete. Creo que ha debido recoger un regalo oculto hasta hoy. Escucho.

—¿Quieres volverte por favor?

—Ahora mismo, cariño.

Mantiene algo oculto en su mano derecha. Lo ha cubierto con el pañuelo de cuello verde con flores amarillas, regalo por nuestro vigésimo aniversario. Creo que habrá conciliación.

—Antes señalaste la mutua promesa que nos hicimos hace tiempo frente al número ventinueve.

—En efecto, así fue.

—Bien. Pues ha llegado el momento de cumplir la promesa.

—Me alegro.

Un ruido ensordecedor llena el salón, un golpe y algo me atraviesa el cuerpo, me abrasa y me produce un inmenso dolor. Siento algo extraño, como si mi vida se escapara por segundos. Las piernas no me sujetan y la vista comienza a nublarse. No comprendo lo ocurrido. Oigo a lo lejos unas palabras de ella, casi imperceptibles.

—Promesa cumplida. ¡Hasta que la muerte nos separe, cariño!

©Anxo do Rego. Todos los derechos reservados.

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