Por robar una rosa

Ab imo pectore

Para mi amada Gloria en su aniversario del 17 de Febrero.


—¿Y usted por qué está aquí? —preguntó el hombre de gris al hombre de verde.

—Por robar una rosa.

—¿Qué es eso?

—¿Cómo?

—Si ¿Qué es una rosa?

—Una flor, con pétalos de diferentes colores y tamaños, de aromas indescriptibles, homenaje al amor, prenda de delicadeza, ejemplo de ternura, envidia de muchos, deseo de otros, placer por obsequiarla, y …

—Vale, vale. ¡Qué barbaridad! creí que era algo más importante.

—¿Le parece poco cuanto demuestra esa maravillosa flor?

—Jamás la he visto, ¿Usted de dónde viene?

—No vengo, estoy. Vivo aquí en esta misma ciudad.

—Me refiero a  ¿De qué mundo viene?

—Disculpe, no le entendí. No sé, la verdad visto lo ocurrido, supongo que de otro distinto al suyo, por lo que puedo comprobar.

—¿Le importaría contarme como ha llegado a este lugar?

—No tengo nada que hacer hasta que…

— …dicte sentencia el Juez.

—¿Sentencia?

—Sí. Su actitud es un hecho condenable.

—No comprendo.

—Ya lo entenderá cuando lean el contenido. Pero, cuente, cuénteme, así pasaremos el tiempo más entretenido. Luego le referiré mi historia.

—No tiene importancia, se lo aseguro.

—Si lo prefiere guarde silencio. Lo decía por hacer más amena la espera. Estas situaciones suelen ser largas y aburridas. Ya lo ve.

—Está bien.

—Ayer fue 16 de Febrero. Me acosté con la idea de regalar una rosa a alguien muy especial. Abrí los ojos. La habitación parecía estar más oscura que de costumbre. Era demasiado extraño, inquietante, pero inicialmente no le di importancia. Comprobé la hora y en efecto, eran las siete y media de la mañana. Nada diferente a otros días, sin embargo deseaba, con fuerza que fuera un día especial. Mi decisión estaba clara. Me incorporé y sin comprobar la razón de tanta oscuridad me dirigí a la cocina —un café levantará mi ánimo y tal vez la tristeza que me abrazaba sin saber la razón, me susurré— Pero no fue así.

Como tenía previsto, salí de casa, bajé las escaleras, si no recuerdo mal, sesenta peldaños. No los he contado nunca. En realidad si, solo que no recuerdo el número exacto. La calle no estaba como la veía cada día. Aparecía vacía, la gente que a esa hora camina en la misma dirección hasta la parada del bus, o en contra al cruzarme con ellas, no lo hacía. Volví a mirar el reloj por si fuera otra la hora. Pero no, la hora no se apartó de la idéntica de cada día, de lo cotidiano, de la rutina. Sin embargo, y ahora sí, comencé a preocuparme, todo cuanto sucedía era inquietante por distinto y fuera de lo común. Era como si por un momento cuanto viví hasta ese instante, se hubiera tornado en una oscuridad densa e infranqueable. Mis referencias y recuerdos anulados, tergiversados, cambiados, desaparecidos. Parecía encontrarme en otra ciudad. Pese a las sensaciones que se incrustaban como aceradas cuchillas, caminé con una única y obsesiva decisión.

—¿Cuál?

—Encontrar una sola rosa para obsequiarla hoy 17 de Febrero a alguien que fue muy especial en mi vida.

—Comprendo.

—No. No creo que lo comprenda.

—Bueno, prosiga.

—De acuerdo. Me apeé del bus en el centro de la ciudad. Allí es donde suele haber más floristerías y en alguna de ellas estaba seguro de encontrar aquella rosa muy especial de tamaño, aroma y color. Pero nada de eso sucedió. No encontré tienda alguna, y lo peor, a través de los cristales y escaparates, no vi flor alguna. Era como si una extraña hecatombe hubiera hecho desaparecer todas aquellas flores antes expuestas. Aquello me hizo pensar, recordar mis paseos por la ciudad, parques, jardines, parterres de casas, y en efecto, me vino a la memoria que tampoco los vi repletos como en otras ocasiones. Algo nefasto parecía estar sucediendo, sin duda alguna.

—¿Qué hizo?

—Lo único que se me ocurrió en ese momento. Buscar, buscar en un rincón, en ese que cada ser humano tiene escondido en un lugar recóndito. Donde se guardan recuerdos. Únicamente aquellos que nos inundaron de felicidad. De amplia y satisfactoria felicidad. Hacerlo me permitió ver la respuesta. Me paré, miré a mí alrededor y comprendí que trataba de decirme la situación actual. Eran mis errores, decisiones equivocadas, conclusiones estúpidas e insostenibles. En una palabra, el camino que tomé no fue precisamente el mejor y justamente ayer, en un esfuerzo por volver a mi erróneo pasado, la vida me castigaba con demasiada severidad. Me puse triste, pero debía intentarlo. Ese atisbo de cuasi felicidad se convertía en un acicate. Algo que me permitiría seguir poniendo un pie delante de otro y conservar todo lo bueno que aquel tiempo me dio, además de comprender que solo puede hacerse realidad aquello que es factible y no imposible.

—No le comprendo.

—Lo lamento, pero no deseo entrar en disquisiciones más o menos sentimentales. Es algo privativo.

—Está bien. Si no desea continuar, no lo haga, pero le pediría acabara su historia.

—Sigo. Pues comencé a buscar rincones. Lugares donde pudiera encontrar esa rosa, que única, esperaba ser cortada para por fin, cumplir ese deseo oculto durante años y negado sistemáticamente.

—¿Por quién?

—No voy a responder a esa pregunta. ¿Quiere que siga?

—Por favor.

—Lamentablemente no encontré la flor. Ni jardines, ni parques, ni floristerías. Nada, absolutamente nada. Pero cuando a punto estaba de rendirme, me pareció oír una voz indicándome el lugar donde encontrar la rosa. Una voz suave, reconfortante, alegre, matizada y cariñosa. Escuché con sumo placer y en efecto, tomé la dirección recomendada. Pronto, muy pronto llegué al lugar y allí estaba la rosa. Era única. Me acerqué mirando a mí alrededor. No deseaba que vieran lo que pretendía hacer. El lugar se parecía mucho a otro que yo guardaba en mis recuerdos, pero no quise parar para confrontarlo. Cuanto la rodeaba estaba difuminado en gris, rozando el negro. Solo el rosal con aquella única rosa roja, como si acabara de abrir, permanecía irradiando luz, ternura y felicidad. Pensé si tendría derecho a cortarla. Si iba a permitirme hacerlo. Volví a mirar a mí alrededor. Nadie parecía encontrarse cerca. Me adelanté hasta ella. Me emborraché con su aroma. De nuevo escuché la voz susurrante. En esta ocasión preguntó ¿Es para mí? —naturalmente, respondí, solo es para ti, únicamente para ti. Llevaba mucho tiempo esperando este momento—Entonces a qué esperas para cortarla, susurró. De inmediato alargué mi mano hasta el punto más alejado de la flor, posé mis dedos sobre el tallo espinoso y ejerciendo la suficiente fuerza, logre cortar el tallo de aquella maravillosa rosa.

—¿Que sucedió después?

—Nada más cortarla oí un constante ulular. Un coche con las luces encendidas paró muy cerca de donde me encontraba. De él surgieron tres hombres con un uniforme negro y botones dorados. Dos de ellos se apostaron a cada uno de mis lados tomándome de cada brazo. El otro se puso frente a mí y lanzó una frase lapidaria, queda usted detenido. Giró, avanzó hasta el vehículo y esperó a que los otros dos hombres, prácticamente me arrastraran hasta el interior. —Deme, dijo, yo llevaré esa rosa. Usted siéntese y guarde silencio hasta que lleguemos al lugar donde se imparte justicia —Pero ¿qué delito he cometido? aduje de inmediato. —Le he dicho que guarde silencio. Lo hice. Me metieron en esta sala, no me dijeron explicación alguna y esperé hasta que apareció usted. Esta es mi historia. Como ve, poco importante.

—Una pregunta.

—Adelante.

—A la vista de cuanto escuché ¿Cree conseguir algo con lo que acaba de hacer?

—No comprendo.

—Si hombre. Si con el obsequio que pensaba hacer a esa persona especial, obtendrá algún beneficio.

—Sería pretencioso. Las acciones se realizan de corazón, sin contrapartida alguna. Ofrecer una rosa, solo es una manera de pedir disculpas, de ofrecer cariño, de mostrar sentimientos, pero no pretendía ni mucho menos, dar para recibir. No soy así. Prefiero mortificarme, quizás seguir soñando. Imaginar un mundo al que no puedo acceder al estar prohibido y cerrado para mí. Aunque eso sí, nada ni nadie puede cercenar mi cariño o prohibirme que siga amando.

—Pues tal vez tenga suerte con la sentencia.

—¿Usted cree?

—Claro.

Durante un rato más le relaté quien era esa persona tan especial. Que fuimos y vivimos juntos, cuanto tiempo duró y que nos ocurrió.

Una hora más tarde, cuando solo restaban unos minutos para que acabara el día 17 de Febrero, el mismo hombre que me detuvo apareció en la sala. —Debe acompañarme ante el tribunal—dijo con tono imperativo.

Salí de aquella sala y caminé a su lado por un pasillo estrecho. Al llegar ante una puerta grande de madera, de dos hojas, me pidió parar. Luego añadió, —Espere un momento, no entre hasta que venga por usted. Asentí con la cabeza al tiempo que ofrecí un ¡de acuerdo, esperaré!

No pasaron siquiera veinte segundos. Entré acompañado de aquel hombre con uniforme negro y botones dorados. Me situó frente a un tribunal compuesto por tres hombres cubiertos con una prenda brillante y las bocamangas blancas de un tejido bordado. Sobre sus cabezas unos bonetes negros. Detrás de ellos la figura de otro hombre, vestido de gris, se mantenía semi oculto, en la penumbra. Quien permanecía sentado en el centro, comenzó a hablar.

—Reunido este Tribunal y después de escuchar los hechos acaecidos, analizarlos y comprobar que son constitutivos de un grave delito, penado de acuerdo con la legislación vigente, este tribunal dicta la siguiente sentencia in voce.

         El individuo a quien nos dirigimos ha cometido un grave delito, robar una rosa. Si bien no es necesario ni oportuno definir aquí y ahora, como tampoco establecer las causas por las que esta sociedad ha estimado oportuno regular esta y similares situaciones, también es cierto que, podemos y debemos hacer una observación al imputado. Su razón y las de muchos otros obligaron a nuestra sociedad a tomar medidas y regular sobre esta materia. Pertenecemos a un mundo gris, casi sin sentimientos, y permitir que numerosos ciudadanos, por el mero hecho de poseerlos y expresarlos ofreciendo y obsequiando a otros, una flor y concretamente una rosa, no se puede condescender, pues si así fuera nuestro mundo dejaría de ser gris y nulo se convertiría en algo luminoso, feliz y coherente, emplazado para ser agraciados, y eso es algo que no podemos consentir. 

         En su virtud y no existiendo circunstancias atenuantes que contribuyan a desvanecer o desvirtuar el hecho cometido, y si agravantes, como es el hecho de cortar la única rosa del único rosal existente en la ciudad, este tribunal está en su obligación de condenar al encausado a: 

  1. Permanecer en situación de tristeza el resto de sus días.
  2. No podrá tener en su poder imágenes de flores y aún menos de rosas.
  3. Queda totalmente prohibida la obtención física de rosas, mediante la conservación y mantenimiento de rosales en su lugar de residencia.
  4. No deberá exponer ni exteriorizar sus sentimientos jamás.
  5. En caso de que los inspectores lograsen comprobar que los puntos anteriores se han incumplido deliberadamente, será condenado a un alejamiento a lugar desértico y solitario para siempre. 

Por esta nuestra sentencia, cúmplase y vigílese al condenado para su constante cumplimiento.

Dada en la ciudad de esta sociedad a 17 de febrero de este año. 

El silencio y la perplejidad se hicieron mis hermanos. No alcanzaba a comprender como algo tan inocuo perjudicaría a mis conciudadanos y sociedad que mencionaba el tribunal, que fuera motivo de una sentencia como la que acababa de escuchar.

Los miembros del tribunal volvieron sus cabezas hacia la silueta dibujada a sus espaldas. Le invitaron a salir de la penumbra.

—¿Tiene algo que decir el Fiscal General?

—Si Señoría.

—Proceda antes de dar por acabada esta sesión.

La figura del hombre gris que personificada era la del que poco antes escuchó mi historia, apareció frente al tribunal a mi derecha.

—Debo señalar a este tribunal, la existencia de circunstancias atenuantes y si se me permite exponerlas, confío en que consideren modificar la sentencia, si no en su totalidad, al menos en parte.

—Proceda a exponerlas.

—Con la venia de Su Señoría.

— He tenido oportunidad de escuchar directamente la historia de este hombre de verde. Como siempre, suelo acompañar a algún detenido en la sala de espera, hasta que este tribunal emite su sentencia. Sus Señorías conocen mi actitud y nunca hasta ahora, he considerado que un encausado mereciera la oportunidad de mi intercesión. Sin embargo hoy debo hacerla por las siguientes razones.

  • Hasta ayer, por lo que deduzco, no tuvo oportunidad de ofrecer una rosa a alguien muy especial en su vida.
  • Como es la primera vez y lo es como consecuencia de un acercamiento a un pasado, ciertamente lejano, entiendo que su castigo lo lleva consigo, y no es dable aumentarlo.
  • Su soledad es manifiesta y se nutre únicamente de recuerdos, lo que le permiten sobrevivir sentimentalmente. Desconozco si lo será también físicamente.
  • Su acción de cortar la única rosa de la ciudad, evitará que otros individuos con similares sentimientos procedan de igual manera. Por lo que en vez de castigarle debería ser felicitado. Con ello nos evita poner servidores controlando e interpretando sentimientos como los suyos.
  • Manifestar públicamente que ha sido cortada la única rosa existente y viva, sin duda provocará desistimiento de otros cientos que como él, mantengan vivos recuerdos y sentimientos.
  • Por todo ello, pido a este Tribunal consideren estas circunstancias y dicten una sentencia definitiva más benévola para este hombre de verde.

—Déjenos deliberar unos minutos y elaboraremos nuestra respuesta.

El hombre de gris me miró. La imaginé con una tenue ternura, al menos eso me pareció. Con su mano derecha abierta hizo un ademán como pidiéndome paciencia y espera.

Ambos permanecimos de pie mientras el tribunal se retiró de la sala. Al cabo de un corto espacio de tiempo, ocuparon sus sitiales y uno de ellos comenzó a decir:

— Este tribunal atendiendo los deseos del Fiscal General, ha decidido modificar el contenido de la sentencia antes pronunciada. Consecuentemente dejamos sin efecto todos los puntos excepto el número cuatro. El encausado queda en libertad desde este momento.

Un golpe de mazo resonó en la sala. De inmediato me retiraron las esposas. Miré al Fiscal y este me sonrió. Me acompañó hasta la salida del edificio. Antes de llegar a la puerta principal y enfrentarme de nuevo al opaco y gris día.

—Espere un segundo, me gustaría decirle algo sin que nadie pueda oírnos.

—Claro, le escucho.

—Yo también estoy solo, amé mucho a una mujer pero vivo alejado de ella.

—Lo lamento, es muy triste.

—Otra cosa. Se dé un lugar donde aún se conservan rosas. Como ha perdido la que iba a regalar a esa personal tan especial, pues…

—¿Qué? ¿Otra trampa más como la de escuchar mi historia?

—No, pero anote esta dirección, es una casa alejada de la ciudad, solitaria, rodeada de árboles y un pequeño arroyo. Cuando vaya golpee tres veces la puerta, espere tres segundos y vuelva a golpearla otras tres veces. Luego espere a que se abra la puerta, pase y cruce la casa hasta el jardín, yo estaré esperando para cortar aquella que más le guste y tenga el mejor aroma.

—Gracias. Espero que tenga rosas rojas, como la que me retiraron.

—No lo dude.

Nos despedimos. Volví a mi casa cuando ya era otro día. Sin tomar bocado, triste y compungido por no poder entregar mi obsequio, me metí en la cama. Necesitaba dormir, descansar y recapacitar. No sabía qué hacer, ni que me depararía no haber conseguido entregar aquella rosa roja.

Abrí los ojos y lo primero que vi fue el reloj, marcaba las siete y treinta minutos, como cada día. Me levanté y avancé hasta la ventana. Al correr las cortinas vi un día luminoso, radiante. Me sentí alegre, no sabía la razón. Fui a la cocina a preparar un café, necesitaba estar despierto.

Salí, tome el bus, en esta ocasión decidí ir hasta la dirección que el Fiscal General me entregó por la noche. Cuarenta y cinco minutos después tomé el segundo bus y cuarenta más tarde llegaba a la dirección señalada. Una puerta grande de madera con dos hojas se presentaba ante uno de mis puños. Golpee tres veces, esperé y volví a golpearla. El Fiscal General me abrió la puerta.

—Buenos días. Le esperaba. Adelante.

—Buenos días señor Fiscal.

—¿Como dice?

—Señor Fiscal.

—Ese no es mi apellido. Me llamo Gabriel Campos. Pase, tengo su rosa preparada, tal y como me pidió ayer.

—Disculpe pero estoy algo confundido. ¿Dice que ayer le pedí me reservara una rosa?

—Así es. Pasó por mi floristería. Quería una rosa roja con profundo aroma. Yo le dije que solo tenía ese tipo de rosas aquí, en el vivero. Le di una tarjeta con esta dirección y le pedí pasara a primera hora de la mañana. Usted dijo que debía entregarla hoy 17 de Febrero.

—Entonces ¿hoy es 17?

—Pues claro. ¿Le pasa algo?

—No, señor Campos, nada que no se pueda solucionar con una rosa.

—Venga, tomaremos un café, luego le entregaré la flor. ¿Dónde irá después,  al centro de la ciudad?

—Sí.

—Iremos juntos, yo debo abrir la floristería.

—Gracias por todo. Hoy vuelvo a vivir y tener conciencia de la realidad. Hoy podré ser feliz aunque sea por unos segundos.

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