Lo eres todo para mi

LO ERES TODO PARA MI

La vida suele ser injusta. Las ocasiones que nos brinda para alcanzar la felicidad suelen ser temporales, al menos para mí. Quizás debí ser más valiente, o mejor, menos cobarde, no debieron inventar las palabras valentía y cobardía, siempre han condicionado mis decisiones en momentos coyunturales.

Hoy recuerdo con especial cariño aquellos cuatro años que viví junto a Belén. Me costará mucho hacerlo, los arañazos que provocan los sentimientos al revivir aquellos días posiblemente reduzcan más si cabe, mi actual y anómala situación. Tal vez sea mejor descubrir con detalles que me ocurrió.

Conocí a Belén una tarde, mi mujer por aquel entonces, cambió de empresa y de compañeros. Acostumbraba a recogerla al acabar su jornada e irnos juntos al cine, pasear o sencillamente tomar un vino en algún local al que mi empresa suministraba los caldos, como distribuidor de importantes bodegas. En esas fechas yo dirigía el equipo de ventas en la ciudad, visitaba con frecuencia establecimientos para cerrar algunas operaciones de cierto calado siempre acompañado por algún comercial.

Aquella tarde.

— ¿Te importa que nos acompañe mi amiga Belén? —preguntó Lidia, mi mujer.

—No —respondí.

Tras la presentación nos dirigimos a una calle céntrica de la ciudad, donde solían acompañar una de las marcas de vino con unas fabulosas tapas. Acabamos la tarde, la acompañamos a su casa y regresamos a la nuestra.

Parecía que ambas mujeres se llevaban bastante bien. Cruzaban cuitas y consejos, quedaban para ir juntas de compras. Se recomendaban prendas, zapatos y perfumes.

La frecuencia de encuentros era cada vez más corta. Rara era la semana en que no nos reuníamos los tres en cuatro o cinco ocasiones. Belén estaba divorciada, con dos hijas a cargo de su padre a las que veía dos fines de semana al mes. En aquellas en que no lo hacía, solía venir como invitada a mi casa a los almuerzos de sábado o domingo, con las apetecibles salidas para tomar el aperitivo.

El sentimiento de amistad nacido durante ese tiempo fue cambiando, se tornó en otro que no supe advertir. Una tarde me pidió acompañarla a comprar un televisor, Belén carecía de vehículo.

—Mañana por la tarde te robaré a tu marido unas horas —dijo en tono jocoso a mi mujer.

—Claro, puedes quedarte con el hasta la hora que quieras, yo tengo un problema de trabajo y acabaré tarde, no lo necesito —respondió con el mismo tono.

Pese a sentirme manipulado y verme como un objeto intercambiable para cualquier uso, acepté. Recogí a Belén en su casa, vivía junto a su madre en una calle muy céntrica de la ciudad. Compramos el televisor en la tienda de unos amigos, lo introdujimos en el coche y poco después lo subíamos hasta la última planta, donde se ubicaba su vivienda. Comprobé que ocupaba la planta completa del edificio. Estaba dividida en varias habitaciones, dos de ellas las dedicaba como un apartamento apartadas de las comunes y ocupadas por su madre. Instalamos el televisor y poco después fue a preparar una merienda, regada con un vino estupendo.

—No beberé más de dos copas, debo regresar a mi casa conduciendo, no es conveniente.

—No tengas prisa, Lidia dijo que llegaría tarde.

—Lo sé, pero son las diez de la noche, no son horas de permanecer contigo. Además, tu madre estará a punto de llegar y no parece una situación ideal.

—Tranquilo, mi madre se encuentra en la casa que tiene en el pueblo, suele pasarse en ella una semana todos los meses, a veces yo me voy con ella.

—Lo entiendo, pero sigue sin parecerme bien.

—Tomaremos otra copa y veremos una película para estrenar el televisor, si te parece.

—Asentí y me arrepentí.

Tomé la tercera copa, vi la película y me dispuse a salir camino de la mía. Antes de hacerlo nos despedimos con un abrazo, algo inusual y aún más al recibir un fugaz primer beso en la mejilla y un segundo en los labios que no esperaba.

No obstante, mantuvimos la amistad y visitas a vinotecas. Nos hicimos alguna que otra foto los tres. Sin embargo, durante ese tiempo algo debió ocurrir que no alcancé a comprender. Las salidas del trio para tomar vinos algunas tardes, fueron distanciándose.  Mi mujer a partir de entonces se mantuvo más que ocupada la mayoría de las tardes, regresando a casa muy cansada, según decía, y a horas desaconsejables. Mis guardadas sospechas iban en aumento por lo que, al cabo de tres meses opté por llamar a Belén.

—Me gustaría verte, quisiera hablar contigo tengo algunas preguntas que hacer ya que eres amiga de mi mujer.

—Claro, no hay inconveniente. ¿Nos vemos en algún sitio o prefieres venir a mi casa? Esta semana mi madre está en el pueblo.

—Decide tú.

—Preferiría en mi casa, podremos hablar sin cortapisas.

—Perfecto.

—Ven a la hora de tomar café después del almuerzo ¿te va bien?

—Bien, allí estaré.

Desde la puerta noté el aroma del café recién hecho. Abrió, nos saludamos, en esta ocasión sin beso en los labios. Pasamos a la zona de su semi apartamento donde estaba dispuesta una bandeja con sendas tazas para el café.

—Antes de empezar y me hagas las preguntas que intuyo, debo decirte algo.

—Adelante.

Cada vez que veo tu fotografía, descubro algo nuevo, que antes no veía y me hace sentir lo que nunca creí.

—¿A qué refieres?

Siempre te he mirado indiferente Eras tan solo un amigo y de repente lo eres todo,

todo para mí.

—Belén, por favor.

—Lo sé, se que vas a decirme, pero guárdalo para poco antes de marcharte ¿Quieres?

—De acuerdo.

—Ahora dime la razón de este encuentro.

—Lo he pensado, analizado y reflexionado mucho, solo me cabe escuchar de ti, que se supone eres amiga de Lidia, tu conocimiento sobre sus devaneos.

—¿Estás seguro?

—Completamente. La gran mayoría de días llega tarde a casa, enseguida pasa a la ducha, recibe llamadas a horas intempestivas y cierra la puerta para que no pueda escucharla. Estoy convencido que mantiene relaciones con un amante y personalmente estoy dispuesto a separarme.

—¿Has hablado con ella?

—En cada ocasión intentada lo elude. Estoy cansado. Me marcho. He decidido poner el asunto en manos de un abogado.

—Es grave entonces.

—Lo es, claro que lo es.

—¿Cómo te encuentras?

—Mal. Ahora ¿puedes decirme si sabes o conoces sus infidelidades?

—Me lo temía. No se si debo decir cuanto conozco, tal vez ahora interpretes indebidamente cuanto he dicho hace unos instantes.

—No voy a interpretar nada. Solo te pido una respuesta, después analizaremos si es o no oportuno hablar de ello.

—De acuerdo, debes saber que lo eres todo para mí, mi principio y fin, mi norte, mi guía, mi perdición, mi acierto y mi suerte, mi equivocación.

—Espera por favor, dime, si quieres, cuanto conoces de Lidia.

—Es cierto, confirmo tu sospecha y sus infidelidades. Tiene un amante. Ahora soy yo quien se siente mal. La he traicionado, prometí no decirlo a nadie, pero no puedo negártelo. ¿Qué haré de ahora en adelante?

—Tranquilizarte. Tu no tienes culpa de nada. El problema es suyo y mío. Yo estoy en vías de arreglarlo. Mañana mismo me entrevistaré con mi abogado, buscaré un apartamento y saldré de aquella casa.

—Pero yo ¿Qué haré?

—No lo se Belén. Mi situación es difícil. Estoy dolido, humillado y muy enfadado, necesito tranquilidad para afrontar este proceso. ¿Puedes entenderlo?

—Por supuesto, pero necesito que me escuches porque, eres mi muerte y mi resurrección. Eres mi aliento y me agonía, de noche y de día. Dame tu alegría, tu buen humor dame tu melancolía, tu pena y dolor. Dame tu aroma, dame tu sabor. Dame tu mundo interior. Dame tu sonrisa y tu calor. Dame la muerte y la vida. Tu frío y tu ardor.

—Tranquilízate por favor. Todo esto se pasará muy pronto.

—¿Puedes besarme?

—Mis sentimientos están confundidos, no es el momento.

Abandoné su casa y a ella, sin embargo, cada día recibí llamadas telefónicas requiriendo verme. Durante mas de tres semanas no nos vimos, quise resolver mi situación con Lidia. Las recomendaciones de mi abogado no me permitían verla, aunque la mantuve al corriente de cuanto hacía. Después de preparar un acta de manifestación ante notario, le siguió un requerimiento previo a la demanda de divorcio y posterior notificación para fijar un nuevo domicilio. Unos días de espera hasta recibir el visto bueno del letrado y ya pude abandonar definitivamente el domicilio conyugal. En la última llamada de Belén le puse al corriente, por fin nos veríamos sin facilitar ni crear problemas.

Alquilé una vivienda, llevé las pertenencias que retiré y deposité temporalmente en un trastero y me dispuse a continuar con mi vida. Todo cambió, nos acostumbramos a vernos cada día, almorzar juntos, pasear cada tarde, volver a tomar vinos juntos, reír, ver películas en cines, frecuentar exposiciones de arte, viajes los fines de semana. Todo un compendio de actividades hasta entonces no realizadas con Lidia y limitadas los últimos meses a la vista de su negativa como consecuencia de su infidelidad.

Transcurrieron seis meses, la vida nos sonreía. Me encontraba feliz. Belén practicaba las bellas artes, era cariñosa, afectiva, detallista. Los fines de semana los pasábamos en mi casa y alguna tarde nos retirábamos a la suya aprovechando que su madre se desplazaba a la vivienda del pueblo. Todo era armonioso, nuestra relación se convirtió en una promesa de futuro. Tuvimos momentos inolvidables como el primer viaje que hicimos a Ávila a los quince días de iniciar nuestra relación.

La mañana y la tarde la pasamos recorriendo la ciudad amurallada, tomamos vinos, tapas y ya cansados nos retiramos al hotel que había reservado. No cenamos, solo queríamos amarnos. En el pasillo me acerqué a ella y la besé con fuerza, luego la levanté como si de una pluma se tratara, la tomé en mis brazos, abrí la puerta y caminé hasta el dormitorio. Allí la posé suavemente sobre la cama. Belén se incorporó acercándose a mi poco a poco fue despojándome de la chaqueta, luego desabotonó la camisa y deshizo el nudo de la corbata.  Consiguió en unos minutos quitarme toda la ropa. Ella esperó y el juego lo hice yo. Comencé a desnudarla, suave muy suavemente, sin apenas rozar su piel. La respiración de ambos se hizo más dificultosa, forzada y entrecortada por momentos. Luego y durante unos segundos, ambos miramos el cuerpo del otro, desnudos en su totalidad. Si antes las palabras no fueron necesarias, ahora solo era la mente y el deseo quienes manejaban la situación. Ambos nos buscamos con desusada pasión y fundidos en un abrazo fuimos dejándonos caer sobre la cama que esperaba anhelante.

Durante unos instantes, concatenados con otros, escribimos sobre la noche de Ávila una sinfonía de pasión. Fuimos los autores, decidimos sin acordarlo previamente, que tendría cinco movimientos. El Presto, ya iniciado. Más tarde el Adagio con ternura, sin voluptuosidad, solo con las caricias que ambos nos regalamos cruzando nuestras miradas asociativas, de cómplices. Más tarde recuperamos un tercer movimiento, Menuetto allegreto, con más cuidado sin la vehemencia del Presto, disfrutando del desarrollo sinfónico de la pasión. Breve espacio entre éste y el siguiente, iniciamos un cuarto movimiento, Finale Presto. Aquí si se oyeron trompas, trombones y percusión. Sin dejar la sinfonía ni un solo momento, pasamos con inmediatez al último movimiento, Finale molto vivace. Después la orquesta guardó silencio, solo se oyó un pequeño rumor escondido en nuestras mentes de amantes, unos pequeños aplausos como si un público fantasma y ausente, hubiera decidido apreciar la calidad de la sinfonía y la interpretación orquestal.

También recuerdo con cariño otro viaje a León. Paseamos, recorrimos la ciudad. Al caer la noche y refugiarnos en un hotel, pedí nos subieran a la habitación la cena junto a dos botellas de champán. Nos amamos como lo hicimos en Ávila. Al despertar se acercó para ofrecerme un beso y al oído me susurró, dame tu calma, dame tu furor. Dame tu oculto rencor. Eres mi norte y mi guía, mi perdición, mi acierto y mi suerte, mi equivocación. Lo eres todo para mí. Fue otro de los momentos más felices que he vivido.

Belén fue despedida de la empresa a iniciativa y recomendaciones de Lidia, quien no contenta con ello, contrató a una agencia de detectives que anduvieron siguiéndola durante mucho tiempo, alterando su forma de vida. La consolé y apacigüé sus deseos de enfrentarse a Lidia después de transcurridos catorce meses de mi separación. Estaba agobiada, nerviosa, alterada. Solo los fines de semana juntos parecía olvidar los sinsabores provocados por los ataques de Lidia. Confirmé con mi abogado que obedecían a la demanda de divorcio que presenté por la que debía abandonar la vivienda que fuera nuestro domicilio conyugal. Despecho, arrogancia y orgullo herido, le hicieron revolverse como animal herido contra Belén. Aquello la dejó bastantes heridas no curadas que con el tiempo salieron a relucir.

A los tres años nuestra relación y convivencia se alteró. Su madre optó por enajenar obligatoriamente la vivienda de la capital y se trasladó a vivir al pueblo, obligando a Belén a viajar semanalmente para comprobar su estado de salud algo deteriorado. Ella recibió las llaves del piso que compró a una cooperativa y se fue a vivir junto a sus dos hijas. Pero lo más grave, lo que provocó desavenencias fueron las constantes discrepancias surgidas fundamentalmente por las acciones que lamentablemente Lidia continuaba infringiéndola.

No encontró el trabajo que le gustaba y pronto se encontró con problemas económicos. Me ofrecí a ayudarla, pero se negó. Tuvo que vender el piso e irse a vivir al pueblo, la invité a vivir conmigo, también se negó. Mantuvimos nuestra relación ahora fría y distante, hasta el día en que falleció su madre. Me llamó y acudí a consolarla. En el sepelio vi a sus hijas junto a su padre y a ella con su cuñada y hermano. No me presentó, solo mencionó mi nombre tras unos saludos convencionales. Al acabar le ofrecí mi casa para descansar y ocuparme de ella. Puse a su disposición al bufete de mis abogados, sin embargo, me señaló que ya se ocuparía ella de todo.

No nos vimos en dos semanas. Llamé cada día sin respuesta. Por fin una mañana me llamó al despacho.

—¿Te apetece cenar esta noche conmigo?

—Desde luego que sí.

La recogí, cenamos y durante la sobremesa me confió su deseo.

—No voy a continuar contigo. Me aparto. Estoy cansada y no quiero continuar ni vivir más este último año que ha sido desastroso. Lo siento por mi y especialmente por ti.

Estaba acostumbrado a sus sentencias por lo que no repliqué como tampoco intención de discutir o buscar la conveniencia de seguir juntos ahora que necesitaba todo mi apoyo. Únicamente le ofrecí toda mi ayuda personal, cariño y por último económica. Te llamaré si me hace falta algo y tu puedes dármelo —dijo sin mirarme a los ojos.

Le acompañé a casa de su hermano, donde se quedó a vivir unos días y regresé a la mia, dolido, malhumorado y triste. Solo recibo llamadas suyas por mi onomástica, cumpleaños y navidades. No nos vimos más.

Me quedan, eso sí, los grandes recuerdos, su sonrisa, caricias, alegría de vivir, esfuerzo e individualismo y, sobre todo aquellos primeros días en que me susurraba enamorada, cada vez que veo tu fotografía descubro algo nuevo que antes no veía. Y me hace sentir lo que nunca creí. Siempre te he mirado indiferente Eras tan solo un amigo y, de repente Lo eres todo, todo para mí. Mi principio y fin, mi norte, mi guía, mi perdición, mi acierto y mi suerte, mi equivocación. Eres mi muerte y mi resurrección, eres mi aliento y mi agonía de noche y de día. Dame tu calma, dame tu furor, dame tu oculto rencor. Dame tu alegría, tu buen humor, dame tu melancolía, tu pena y dolor…

Hoy soy yo quien miro su fotografía y repito sus susurrantes palabras haciéndolas mías.

© Anxo do Rego 2020. Todos los derechos reservados

 

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Relato basado en la letra de la canción LO ERES TODO, de Luz Casal.

1 comentario en “Lo eres todo para mi”

  1. Muy bonita la canción. Y también la historia que has escrito, pero siempre acaban separándose por algún motivo, también podían acabar juntos. Un abrazo.

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