La Peticion – y 4

LA PETICIÓN

Relato basado en hechos reales

4 – EL VIAJE

            Una hora más tarde abría el sobre entregado frente a la mesa de mi estudio. En él había tres largas hojas de papel manuscritas por mi abuelo, envolviendo un plano realizado a mano alzada y aparte, otro sobre de papel diferente, conteniendo una carta que leí antes de sumergirme en las tres anteriores.

Que me perdone quien esté leyendo esta carta, pero no puedo saber quien lo hace, ni dejar de agradecérselo profundamente. También debo reconocer el esfuerzo, entereza y fidelidad de todos los compañeros que me ayudaron a preparar nuestra venganza sobre el dictador, muy especialmente a mi inseparable Emilio, en cualquier caso, a la cadena que ha podido seguir siendo fiel a nuestra amistad. Gracias, querido Emilio. 

El mero hecho de leer esta carta dice mucho de quien lo hace, solo le pido un poco más de esfuerzo para lograr lo que nosotros no pudimos. Acompañando a esta carta de agradecimiento, encontrará mi descendiente, quien quiera que sea, tres hojas con las instrucciones a seguir para cumplir la petición de un grupo de fieles compatriotas socialistas y republicanos, que luchamos desde nuestra juventud para obtener los derechos que nos fueron arrebatados por la fuerza de las armas por aquellos que se sintieron mejores careciendo de lo esencial para vivir, llevar en la sangre una materia casi invisible pero muy importante, filosofía democrática. 

Nosotros no conseguimos disipar algunas dudas que entonces surgieron en nuestros pensamientos, pero mañana posiblemente el mundo y nuestra patria, se encontrarán en otra situación y, espero y deseo de todo corazón, que por fin hayamos podido gobernar el conjunto de nuestras tierras y domeñado el pensamiento dictatorial que nos ha tocado vivir. 

Dejamos en manos y sensibilidad de quien haya aceptado nuestra petición responder de la mejor forma, evitando daños inútiles. 

Con nuestro mayor agradecimiento va un apretado abrazo socialista y republicano. 

Jacinto Peñas Iriarte y quince compañeros más.

            Acabé la lectura de aquella carta, la doblé y metí en el mismo sobre. Esperé unos segundos de inquieta duda para descubrir el contenido de un plano alzado e instrucciones. Leí con verdadera ansia. Cada paso era seguido con una numeración llevándome al plano, para después continuar. Todas las pautas, preguntas y cuestiones, se entremezclaban en las páginas. Era sencillo y posible, solo había una duda, y seguramente me mantendría en ella durante días, semanas y tal vez meses. ¿Seria capaz de cumplir con la petición de mi abuelo y sus compañeros?

            Recogí toda aquella documentación y la introduje en la caja de seguridad, al pie de mi mesa de trabajo. Después vacié de contenido cuanto había metido en el ordenador con la investigación, e hice lo mismo. Después marqué el número de mi escritor.

—¿Julio?

—Dime.

—Debo pedirte un favor.

—Claro, lo que quieras.

—¿Has seguido investigando sobre mi abuelo?

—Desde luego, tengo mañana una entrevista con tres individuos del partido, en su sede del Sur de Madrid, supongo que conseguiré sonsacarles algunos datos más.

—Bien, me alegra saberlo, aunque debo adelantarte que abandono por el momento.

—¿Cómo?

—Han surgido problemas laborales y debo ocuparme de ellos.

—¿Pero?

—Ya se, podrás seguir investigando. No te preocupes, la información seguirá ahí, para cuando la reiniciemos.

—No comprendo.

—Si Julio, entiéndelo, si siguieras investigando y yo recibiendo información, es posible que mi mente se pierda de nuevo en el proceso de su biografía y precisamente ahora no estoy para perder tiempo. La cuestión es ciertamente grave como para abandonar la idea sine die.

—Como prefieras, aunque lo lamento, ya me había hecho la idea, incluso tengo hecho el primero de los guiones. Creo que ya te lo avancé.

—No importa, cumple con tu cita de mañana y llámame al acabar, así podré cerrar el proceso con lo último que hayas conseguido. Por el dinero no te preocupes, te avanzaré la mitad de lo que tenia previsto pagarte, la otra mitad cuando reiniciemos la biografía. ¿Estás de acuerdo?

—Contigo nunca tendré problemas Jacinto. Gracias por tu generosa cifra, si es que mantienes la que me dijiste.

—Por supuesto. Ahora debo ocuparme de otras cuestiones. No olvides llamarme cuando hables con esa gente.

—Descuida, lo haré.

            Desconocía si estaba molesto, no me lo parecía por la voz, pero Julio tenia esa virtud, esconder cualquier tipo de sentimiento sin modificar su tono de voz. Antes de colgar sentí como vibraba el otro móvil, me fijé en la pantalla, era la cara de Lidia.

—¿Qué hay?

—Solo quiero decirte que he acabado con mis cosas en Madrid y estoy dispuesta a pasar unos días trabajando codo con codo en la investigación de tu abuelo.

—Estupendo. ¿Cuándo vienes?

—Mañana a la hora del almuerzo, ¿te va bien?

—Perfecto.

—Entonces hasta mañana.

—Adiós.

            Tuve el presentimiento que no le gustaría nada la decisión de abandonar la tan traída investigación sobre mi abuelo, así que no tuve mas remedio que emplear toda mi astucia, claro que con el consentimiento y apoyo de mi ayudante Encarna. Marqué su número de teléfono.

—¿Puedo invitarte a cenar esta noche?

—Supongo que si —respondió Encarna.

—Entonces elige el restaurante, el tipo de comida o lo que quieras, reserva mesa para dos y luego me llamas.

—Te noto extraño.

—Luego hablaremos, ahora tengo mucho que hacer, discúlpame.

—Claro Jacinto. ¿No me preguntas por las empresas?

—Luego Encarna, luego.

—Vale. Te llamo dentro de un rato.

—Hasta luego.

            Una vez confirmado el establecimiento donde cenaría, subí a mi cuarto para ducharme y cambiarme de ropa. Poco después salía conduciendo hasta Madrid. Recogí a Encarna en su casa y llegamos al restaurante sobre las diez menos cuarto de la noche. Una vez en la mesa.

—Perdona el asalto.

—Nada Jacinto. Pero ¿Qué ocurre?

—Poca cosa, simplemente el tiempo que he pasado investigando y alejado de mis obligaciones, me han hecho reinventarme, tal vez debí hacerte caso. Siento una especie de desasosiego y un inquietante deseo de incorporarme a mis obligaciones laborales.

—¿Quieres saber cómo están las cosas?

—También tu análisis de cómo se vería mi incorporación cuando solo han pasado unos meses.

—Pues verás, tu sustituto es bueno, pero no eres tú. Sus decisiones están cargadas de dudas, claro que el riesgo de equivocarse cuenta mucho en ellas. Creo que deberías considerar tenerle durante un par de años a tu lado para que aprenda a tomar esas decisiones. Le vendrá bien. El resto de los directivos y consejeros, entre nosotros, tampoco verían mal que volvieras, máxime si son ciertos los rumores. Al parecer algunos quieren comunicar contigo y pedirte algo similar a que consideres estar unas horas por la mañana y descansar por la tarde, pero no dejar todo en manos de ese personaje tan dubitativo.

—Más cosas.

—Las empresas marchan bien, no merece la pena preocuparse, como es lógico dentro de los parámetros que la sociedad y economía marcan.

—Claro.

—¿Y bien? ¿Qué quieres hacer?

—Había pensado que durante al menos una quincena llamaras diciéndome que las cosas no están bien y necesitan mi presencia. Yo me negaré en principio, pero deberás insistir hasta que consigas mi claudicación.

—¿Todo esto es por una mujer o por la investigación?

—Confidencialmente, bueno como siempre te diré la verdad, me aburro con la investigación de mi abuelo, ya lo tengo todo y ahora solo me resta tener ganas de escribir y precisamente ese no es mi fuerte.

—Encárgaselo a alguien que lo haga por ti, hay mucha gente dispuesta.

—Es una buena idea. Creo que lo pensaré detenidamente.

—¿Ahora puedes decirme la verdadera razón?

—Claro, durante todo este tiempo estuve acompañado por Lidia. ¿La recuerdas?

—¿Tu antigua compañera de universidad? ¿La divorciada con dos niños?

—Pocas cosas se te escapan.

—Es mi obligación.

—Le tengo cariño, pero falta algo más para atarme de por vida a ella, ya sabes como pienso.

—En efecto.

—Pues eso, que han surgido unas sensaciones extrañas y no quiero que se asienten. Necesito estar ocupado con otras cosas, dejar que, si debo decidir algo importante no lo sea por estar día tras día juntos, como todo este tiempo atrás. ¿Me explico?

—Suficientemente. ¿Cuando esperas que empiece a darte la tabarra?

—Mañana mismo, antes de llamarte lo hizo ella diciendo que regresaba después de atender no se qué con el encargado de su tienda y más cosas, que volvía para ayudarme en la investigación.

—De acuerdo, mañana mismo iniciaré la campaña, tanto con ella como en la empresa ¿Te parece bien? Mantendré la filosofía que has marcado.

—Eres una verdadera joya, si algún día me faltas, no sabré que hacer.

—Gracias, pero me enseñaste a pensar como tu lo haces, ya son muchos años.

—Ahora cenemos tranquilamente.

—Como quieras.

—Por cierto, ¿Cómo vas de tus amores?

—Regular. Últimamente también creo tener extrañas sensaciones y tampoco me gustaría ponerme un anillo en la mano. Creo que lo lamentaré. Este de ahora es un buen hombre.

            Acabamos de cenar y como la noche estaba tranquila, me apetecía tomar una copa acompañado, se lo dije a Encarna y aceptó. Sobre las cuatro de la madrugada la dejaba en su casa y yo, despacio y con más seguridad de la necesaria, volví a mi casa de la sierra.

        Trasnochar nunca me resultó agradable, pero considerando que Lidia aparecería a la hora del almuerzo, no tuve mas remedio que poner un despertador y levantarme antes de la nueve de la mañana, como si se tratara de un día corriente y normal, aunque con unas señaladas marcas bajo mis ojos. Recibí a Lidia con entusiasmo, almorzamos y justo sobre las cinco de la tarde, Encarna cumplió con el cometido esperado. Negué mi presencia pese a la insistencia y así lo dejamos hasta la siguiente, sería a la tercera negativa cuando debía complacer la llamada de la empresa.

        Un rato después fue Julio quien llamó para vernos, debía entregarme la última documentación conseguida. Me comentó por encima hasta que nos vernos la extraña reacción advertida en los tres individuos del partido.

—¿Qué dijeron?

—Que recientemente alguien fue a visitarles solicitando información sobre antiguos miembros del partido.

—¿Que comentaste?

—Más o menos lo que me dijiste, pero en primera persona.

—Estupendo.

—¿Fuiste tú quien los visitó verdad?

—¿Puedo negar la evidencia?

—Si puedes contar con mi confianza, deberías dejarme sentir lo mismo.

—Te la doy Julio.

—Entonces hice bien en decirles que ya tenia suficiente con cuanto había averiguado.

—¿Nada más?

—Sí, me recomendaron no seguir investigando la vida de Jacinto Peñas. ¿Hicieron lo mismo contigo?

—En efecto.

—¿Entonces es esa la razón del abandono?

—Definitivamente sí. Incluso llegaron a amenazarme veladamente y como puedes comprender no tengo ganas de enfrentarme a algo desconocido que pueda perjudicar mi vida. Escribiremos la biografía con cuanto hemos averiguado hasta ahora. ¿Sigue en pie mi propuesta? ¿Estás conmigo?

—Lo estoy, pero permíteme una recomendación, ve a ver a esa gente y diles que abandonas la investigación y promételes una copia del libro cuando lo escribamos, es más, yo les dejaría leerlo antes de que pasara a imprenta.

—Te haré caso.

            Avancé a Lidia que Julio como escritor, me ayudaría a poner en claro la biografía de mi abuelo, que de momento suspendía dada la situación de la empresa matriz. Al cabo de quince días regularicé la situación como deseaba. Los consejeros consiguieron lo esperado, me dejé convencer. Yo también sabia manejar mi deseo, abandonar definitivamente la investigación. Lidia, que escuchó todas las conversaciones, fue advirtiendo que la investigación decaía poco a poco, máxime viendo que al día siguiente me incorporaría a la empresa.

—Creo que me marcharé de nuevo a Madrid.

—No veo la razón.

—Yo si, estarás ocupado y no se si aguantaré aquí sola todo el día hasta que regreses.

—Nada de eso. Mi intención es pasar solo las mañanas, el resto de tiempo es para mi, bueno, para nosotros. Había pensado ir juntos a Madrid, tu a la tienda y yo a la empresa, luego bien almorzamos en Madrid o regresamos aquí, a tu elección.

—Eso me parece mejor.

—Entonces hecho. Esperaremos a que se concilie todo en la Corporación y mientras tanto nos divertiremos con alguna excursión hasta que vayamos a Roma. Es lo prometido.

—Creí que lo habías olvidado.

            Quince días más y todo volvió a encauzarse como pensé. En la empresa todo iba de mil maravillas, con Lidia también. Aproveché para acercarnos a El Escorial, así como a otras poblaciones cercanas, incluso algunas mañanas me ofrecí vacaciones y visitamos Ávila y Salamanca. Por las tardes esperábamos a que llegara la noche, plantando flores, recorriendo el jardín y escuchando las proposiciones de decoración de Lidia. Estipulamos que al entrar el invierno haríamos los cambios tanto exterior como interior. Una mañana la propuse visitar el Valle de los Caídos.

—¿Quieres ver donde trabajó tu abuelo?

—Algo así. Jamás estuve ahí.

—Yo sí. Lo he visitado en dos o tres ocasiones, puedo servirte de guía.

—Si no te importa preferiría que aquella gente me lo contara bajo su punto de vista. Después de comprobar cómo se hizo, quienes lo hicieron y el costo humano y económico a costa de los vencidos, me gustaría ver si aún siguen contando las mismas mentiras o han recapacitado, aunque lo dudo.

—Ahora ya sabes que está prohibido celebrar conmemoraciones políticas en el recinto.

—Lo recuerdo. ¿Te parece bien mañana?

—Como quieras.

            La visita fue como esperaba, una ensalada de mentiras envueltas en apreciaciones involutivas, políticamente hablando, claro. Recorrimos el recinto interior, la basílica, las losas donde están los dos próceres del Alzamiento Nacional y los restos de muchos ciudadanos muertos por las hordas rojas, aquellos que no aceptaron el derecho constitucional del voto ciudadano y se enfrentaron violentamente interrumpiendo con las armas lo que las urnas no les concedió. Escuché, con arcadas, como un lamentable fraile benedictino explicó, sin rubor alguno, que allí permanecían enterrados todos los españoles muertos por Dios y por España. La mente acostumbrada a la mentira acaba creyéndosela. Están enterrados solo los que fueron confirmados como católicos, ningún otro cuerpo descansa allí, fue la condición impuesta por la iglesia católica, pese a no ser cierto, ya que enterraron sin consentimiento a muchos republicaron llegados de otros lugares. Supongo que se revolvieron en sus tumbas. Pero claro, al ser gente tan mentirosa, estoy seguro de que solo por complacer al dictador, enterraron a republicanos asesinados sin el consentimiento de sus familias.

            Acabamos la visita y triste por lo escuchado, solicité a Lidia almorzar en casa y disfrutar de un momento de ternura durante la siesta. Aceptó complacida. Sin embargo, a medida que salíamos del recinto, mi mente sufrió una especie de latigazo. Los cuatro días siguientes alegué tener que hacer algunas cosas personalmente, después de acompañar a Lidia a su tienda, avisé de mi ausencia a Encarna y regresé al Valle de los Caídos. Recorrí no solo la basílica y todo lo que encerraba, sino cuanto pude. Incluso alcancé el pie de la gran cruz o espada, como quiera verse o definirse. Estuve mirando donde edificaron las casas donde los trabajadores vivían con sus familias, que orgullosos, según el dictador, construían aquel mausoleo. De alguna manera quería ver como pasó mi abuelo y sus compañeros parte de sus últimos años de vida. No tuve fuerzas para admitir que era un cobarde y tal vez no conseguiría cumplir con la petición.

            Hubo noches que no lograba encontrar el sueño pensando en como podría haber cumplido con ella, pero cuando amanecía, solo recordar lo soñado, me ponía de mal humor. Opté por olvidar aquella etapa y dedicarme a mis empresas y a Lidia.

            Antes de que pasara el mes, pedí a Encarna reservar plazas en un vuelo a Roma y estancia para al menos diez días. Aprovecharía dos de ellos para entrevistarme con un importador de productos de dos de nuestras empresas. Estaba inmerso en el cumplimiento de mis obligaciones tanto laborales como sentimentales. Contento y entusiasmado con el futuro que se avecinaba.

            Realicé unas gestiones directas y cuatro días antes de salir para Roma, recibí en uno de los apartados de correos que abrí, los paquetes encargados. Después lo cancelé.

            Pasé junto a Lidia por su casa para recoger algunas prendas que dijo necesitar y regresamos a la mía desde donde saldríamos para Italia. Ernesto condujo el coche hasta la terminal internacional, nos despedimos y empujamos el carro con las maletas hasta el mostrador de facturación. Hora y media después el avión tomaba altura en dirección a Roma.

            Fueron unos días muy agradables, no recordaba algo así desde hacía bastante tiempo. Los nervios y las intenciones de escribir la biografía, la investigación y separación de mi trabajo con el temor a cuanto me estaba ocurriendo con Lidia, ya aceptado, habían conseguido ponerme nervioso y algo estresado. Menos mal que ahora podía caminar con cierta tranquilidad y sosiego.

            Los paseos por la ciudad eterna eran obligados diariamente. Las noches calidas y bulliciosas rodeados de unas gentes maravillosas, nos hacían reír con sus gestos, enfatizando sus palabras, como buenos latinos y mediterráneos. Una noche después de salir de una trattoria, Lidia colgándose del brazo me espetó sin darme tiempo a pensar.

—Estoy convencida de algo. ¿Puedo hacerte una pregunta sobre el Valle de los Caídos?

—Claro cariño.

—¿Regresaste más de una vez después de visitarlo conmigo, ¿verdad?

—Sí. Lo hice porque quería ver la miseria y calamidades sufridas por aquella gente.

—¿Viste lo que querías?

—Desde luego.

—¿Te has quedado conforme o mantienes dudas todavía ?

—No te entiendo.

—Mira cariño, nos conocemos desde que íbamos a la universidad.

—¿Y?

—Se cómo piensas, como discurres, como trabaja tu mente. Prueba de ello es cuanto has montado con solo tu esfuerzo y mentalidad. Se que tu ideología no es conservadora, pese a que lo aparentas, te tiran tus raíces y no solo eso, jamás, que yo sepa, has dejado algo sin acabar. Nunca te he visto abandonar algo por muy duro o difícil que fuera.

—Continúa por favor.

—Supongo que dejar lo de tu abuelo era un intento inútil de apartarte, pero no solo no lo has conseguido, sino que estás más afectado que en ocasiones anteriores. Nunca renuncias a algo iniciado. Me prometiste este viaje, que agradezco, pero solo ha sido para apartarte de aquello. ¿Es cierto?

—No cariño, nada de eso. Tenia ganas de venir a Roma contigo.

—Gracias, pero sigues sin convencerme.

—Pues lo siento, es así y cuanto has dicho sobre otras cuestiones es cierto, pero en este caso siento decepcionarte, no aciertas.

—Me alegro. De momento, claro.

—Como quieras, ahora dame tu mano y sigamos mirando este cielo tan maravilloso, mañana cenaremos con un empresario de aquí y su esposa y nos lo perderemos.

—De acuerdo.

            Aquella mañana salí solo, la reunión con Enzo Borghese era a primera hora. Desayuné con Lidia, me vestí, recogí mi cartera y abandoné el hotel.

—Hasta luego, nos veremos a la hora del almuerzo.

—¿Me recoges aquí, o prefieres que nos encontremos en algún lugar?

—Vendré para cambiarme de ropa, luego iremos a almorzar.

—Entonces ven, te daré un beso y me lo devuelves cuando nos encontremos.

            Almorzamos y nos retiramos hasta una cafetería con terraza donde deleitarnos con alguna exquisitez italiana. Serían las cuatro de la tarde cuando vimos como la gente se concentraba mirando la televisión. A nuestro lado pasó un camarero, momento que aprovechamos para preguntarle.

—¿Qué ocurre?

—Un atentado terrorista.

—¿Dónde?

—En la Spagna

—¿Cómo? ¿Dónde?

—Un atentado en Madrid.

—¿Dónde ha dicho Jacinto?

—En Madrid.

—Salgamos hacia el hotel.

            Tomamos el primer taxi que encontramos y pedimos nos llevara con urgencia hasta el hotel. Subimos como atletas hasta la segunda planta sin esperar el ascensor. Nada más entrar conectamos el televisor del salón y nos sentamos intentando localizar el canal internacional de TVE.

Repetimos —decía la presentadora—al parecer no hay que lamentar daños personales, aunque los destrozos ocasionados son tan grandiosos que en opinión de algunos técnicos será imposible rehacer las construcciones dañadas. La cruz alzada sobre la basílica ha caído junto con miles de toneladas de roca. La entrada al recinto interior donde están los restos del dictador Franco y el falangista José Antonio, han quedado junto a los miles de tumbas, cubiertos por roca imposibilitando la entrada. Al parecer sobre las nueve y media de la mañana se recibió una llamada telefónica en la rectoría de la Basílica, anunciando tener conocimiento de que todo aquello saldría por los aires, detallando punto por punto como debían desalojar la zona. Al parecer los frailes benedictinos señalaron por altavoces que todos los presentes, sin excepción, debían salir con carácter inmediato de allí. El superior de la Orden ha señalado que la voz del comunicante, deformada, señaló que llamaría una hora después para comprobar que nadie quedaba dentro y seguiría haciéndolo hasta estar seguro de que nadie permanecería allí. En total recibió seis llamadas. Las brigadas especiales de desactivación no han tenido oportunidad de evitar las explosiones ya que el comunicante solo dijo conocer que explotaría, pero nunca mencionó donde se encontraban colocadas las cargas, solo añadió que no quedaría nada de cuanto se había construido y que los españoles se sentirían orgullosos de su desaparición para siempre. Iremos comunicando cuanto el Ministerio del Interior señale y al parecer, hasta dentro de una hora el señor Ministro no tiene previsto dar una conferencia de prensa..

Según hemos podido saber de fuentes fidedignas y pese a que aún no han podido ser catalogados ni valorados los daños debidamente, las cargas utilizadas para la destrucción de todo el conjunto del Valle de los Caídos, parece ser obedecen a una composición de TNT similar a las utilizadas en la construcción del conjunto del Valle de los Caídos. Según los técnicos en desactivación de bombas. Carecemos de más detalles, pero seguiremos informándoles. 

…El Ministro de Interior ha señalado que todavía no se tiene ninguna sospecha, ni se ha recibido llamada alguna de grupo terrorista alguno reivindicando el atentado. 

…Se espera una declaración del jefe de la Oposición, algunos sospechan que señalará como hizo en el atentado del 11-M y lo achaque del mismo modo a la banda terrorista ETA.

            Durante horas nos mantuvimos sin hablar en el salón, mirando el televisor, escuchando los avances que cada momento daban en el canal internacional de TVE. No tuvimos ganas de salir a cenar, solicitamos hacerlo en la habitación y esperar más acontecimientos. Vimos y escuchamos declaraciones de todos los partidos políticos parlamentarios comenzaron a prestar declaración ante las cámaras de cualquier canal de televisión. Gentes de los partidos extraparlamentarios de ultraderecha, comenzaron a salir por la ciudad con pancartas aludiendo a otro 1936 para arrojar a los rojos, causantes del destrozo del Valle de los Caídos.

            Lidia y yo nos miramos, optamos por volver a Madrid inmediatamente. Nada mas llegar, decenas de llamadas telefónicas se concentraron en nuestros teléfonos.

            Durante días, tanto los diarios como las emisoras de radio y televisión mantuvieron informados a todos cuantos quisieron escuchar las distintas opiniones vertidas sobre el supuesto atentado. Hubo reuniones políticas a todos los niveles, sobre todo con la intención de lograr un consenso en orden a determinar que hacer con los restos del Valle de los Caídos. Los cálculos económicos para reconstruir aquel singular complejo eran tan elevados, que ni siquiera el Gobierno se atrevía a tomar medida alguna. No se logró en las primeras reuniones ya que los grupos parlamentarios de derechas exigían su reconstrucción inmediata, apoyados en la calle por la ultraderecha. Frente a ellos y al estar inmersos en las recientemente aprobadas leyes sobre la Memoria Histórica, los grupos de izquierdas exigían por su parte que el gobierno central no gastara ni un solo euro en reconstruir lo que denominaban la mayor vergüenza de la nación española. Un mes después se mantenía igual la situación y optaron como cada ocasión anterior, constituir una Comisión Parlamentaria cuya resolución en su redacción final seria como tantas otras, dispar y sin consenso.

            Mi relación con Lidia se remansó completamente y ninguno supimos comprender la razón por la que sentíamos un importante vacío cuando no estábamos juntos. Decidimos vivir tanto en Madrid como en la sierra bajo el mismo techo. Incluso sus hijos comenzaron a pasar más tiempo con nosotros que al lado de su padre, a quien le vino estupendamente. La felicidad de todos parecía henchir nuestros corazones.

        Personalmente tomé una serie de decisiones, no se si me arrepentiré de ellas mas adelante, pero supongo que necesitaba sentirme bien. Aprovechando que Lidia y sus hijos fueron a Madrid a visitar a su padre, me refugié en mi estudio, abrí la caja de seguridad y saqué las cartas y notas de mi abuelo, sobre todo las contenidas en el último sobre entregado por Emilio, hijo de Emilio Andujar. Volví a leerlas.

Durante muchos meses y esfuerzo, por fin hemos conseguido reunir algunas decenas de cartuchos de dinamita. Nos los proporcionan compañeros que conocen donde los depositan los capataces de las obras. En un principio hablamos de sabotear la construcción haciendo estallar algunos en sitios estratégicos para retardar las obras, pero más tarde se decidió unánimemente pensar con detenimiento que hacer con la dinamita… 

…Por fin hemos conseguido saber donde utilizar los cartuchos robados. Hemos trazado un plano alzado sobre las obras, en realidad sobre los puntos donde en caso de hacer estallar los cartuchos harán que la basílica y el complejo queden completamente destruidos… 

…Hemos ocultado tanto los cartuchos como las mechas que los harán explotar, solo necesitamos a alguien lo haga siguiendo las instrucciones que van expuestas en las dos hojas siguientes. Solo será preciso unir todos los caminos, según el croquis numero uno. En el dos, la disposición de las cargas. En el tres explicamos el orden de las explosiones y por último, donde se exponen las consecuencias de las explosiones. La caída de las rocas y posteriores explosiones restantes harán posible la desaparición del complejo. 

…Como dirigente y responsable político de los grupos, solo yo soy poseedor de esta documentación. No quiero implicar a nadie mas en la decisión, por lo que entrego las notas, carta y croquis a la única persona en la que confío ciegamente. Espero que alguno de mis hijos descubra la clave para llegar a esta última misiva, por eso he ido ocultándola tanto en mis cartas como en notas manuscritas. 

…Estoy viejo y cansado, apenas consigo sostenerme, pese a ello he visto terminar la obra del dictador y su inauguración, solo deseo tener fuerzas para intentar convencer a alguno de mis descendientes, consigan saber cual es la petición no solo mía, sino de mis compañeros y logren llevarla a cabo. Tanto los vivos como los muertos se lo agradeceremos eternamente…

            Terminé de leer las últimas notas, las guardé en sus sobres originales y después en una caja que envolví en papel kraft verde, pegué una nota, confeccionada con la impresora, donde figuraba Leopoldo Marcos y la llevé al coche. Después recogí el resto de los telefónos no usados, recibidos en los apartados de correos que abrí en diferentes estafetas de Madrid y la documentación sobre ellos. Añadí seis unidades de  móviles comprados en Roma y los metí en otra caja. Después me acerqué a un alejado punto verde en la sierra y los deposité con sumo cuidado. Al regresar tropecé con Lidia y sus hijos Marcos y Antonio.

—Fui a tirar algunas cosas al punto verde.

—¿Qué es eso? – pregunto el mayor de los dos.

—Un lugar donde se depositan cosas viejas que no sirven, evitando contaminar si las depositamos en la basura convencional.

—¿Podemos verlo algún día mamá?

—Claro hijos. Pediremos a Jacinto que nos lleve.

—Muy bien. Os llevaré la semana que viene, si os parece bien.

—Claro.

            Al llegar el lunes, como hacíamos cada día laborable, Lidia y yo dejamos a los niños en el colegio hasta decidir el nuevo donde continuarían el curso siguiente. Ella se quedó en su tienda y yo me fui a la sede del partido en el Sur de Madrid.

—Necesito hablar con Leopoldo Marcos —señalé a la recepcionista.

—Un momento.

—¡Pase! haga el favor —me dijo el mismo hombre que me atendió la ocasión anterior.

—Buenos días —señaló el mismo trío de la otra vez.

—Hola.

—¿Cómo usted por aquí otra vez?

—Verá he decidido entregar este paquete a Leopoldo Marcos — dije adelantando el bulto.

—¿Y eso?

—Pues, vista su amenaza, no merece la pena seguir investigando. Es más, para su tranquilidad y cuando escriba la biografía de mi abuelo, les traeré el original para que lo corrijan y fotocopien, así sabrán tanto como yo cuando salga a la luz.

—Nos parece muy bien.

—Entonces, ¿Puedo quedarme tranquilo? supongo que ustedes también.

—Creo que sí. Por cierto ¿Que le ha parecido la destrucción del Valle de los Caídos?

—Una desgracia nacional. Imagino que el costo de su reconstrucción saldrá de nuestros bolsillos, como salió de quienes perdieron la guerra cuando lo construyeron, si es que llegan a reconstruirlo.

—Nosotros contamos con que no lo hagan. Gracias por la entrega que nos hace.

—De nada.

—Oiga Peñas, una última pregunta antes de irse.

—Claro.

—¿Descubrió algo interesante en la documentación?

—No llegué a leer el contenido, estuve en Roma y después de cuanto ocurrió no quise continuar investigando. Supongo que desde donde mi abuelo se encuentre estará sonriendo, viendo como lo que construyeron el y sus compañeros ahora está destruido.

—Seguramente. Otra cosa. Entre sus notas familiares no estará el certificado de defunción de su abuelo.

—Creo que si, entre la documentación de mi padre creo que lo vi en una ocasión.

—¿Recuerda a qué hora murió Jacinto Peñas Iriarte?

—Lo lamento, pero no ¿Es importante?

—No, solo era para anotarlo en nuestra base de datos. No conocemos ese detalle. Si lo consigue nos gustaría tener una fotocopia, para nuestro archivo.

—Haré una fotocopia y se la enviaré a nombre de Leopoldo Marcos, junto con la copia de la biografía, cuando la escriba.

—Muchas gracias, aunque nos gustaría tenerlo antes.

—Veré lo que puedo hacer.

—Muchas gracias por todo cuanto nos ha traído. Los archivos de nuestro partido se lo agradecerán y Leopoldo Marcos, más que nadie.

—Entiendo. Adiós.

            Regresé a casa y llamé por teléfono a Pedro Andujar, solo le dije: Ya pueden dormir todos tranquilos, usted y su padre. Toda la documentación está en manos del partido, no volverán a molestarle. El respondió con un ¡gracias! sonoro y alegre, después colgó sin más. Al día siguiente escuché que el Ministerio del Interior emitió una nota señalando que, tras las investigaciones realizadas por los técnicos correspondientes, concluyeron que las explosiones fueron debidas a una mera coincidencia. Al parecer las cargas explosivas estaban depositadas allí desde que se construyó el complejo y el hecho de activarse sin duda alguna fue de manera fortuita. Que la rectoría recibiera seis llamadas telefónicas anunciando se producirían las explosiones, solo podía obedecer a que algún trabajador de la época conociera su existencia y al estar sometida la zona a una tormenta con actividad eléctrica, temiera se produjeran las explosiones, como así sucedió. Quedaba pues descartada la autoría de un atentado por cualquier grupo terrorista, conocido o no. De momento también se descartaba la reconstrucción, tan solo se establecerían las condiciones para un concurso de obras, a fin de rescatar los restos allí depositados y alguna que otra joya mantenida en la iglesia católica. El complejo quedaba cerrado definitivamente desde la desviación de la carretera de Guadarrama a El Escorial hasta que las obras se acabaran, en realidad cuando se iniciaran, si era posible.

            Durante semanas hubo manifestaciones de los grupos de ultraderecha y alguna que otra declaración de trasnochados conservadores, exigiendo a través de medios de comunicación de su misma ideología, se iniciaran las obras para rescatar los restos del Generalísimo Franco y José Antonio Primo de Rivera, máximos representantes de la intolerancia rancia y dictatorial. Según pude observar, ninguna empresa puntera que se preciara iría al concurso.

            Decidimos que las Navidades las pasaríamos los cuatro en la casa de la sierra. Ernesto y Charo se tomaron unos días de vacaciones para estar junto a su familia, Lidia y yo tuvimos que hacer de anfitriones de sus hijos Marcos y Antonio. A mi personalmente no me gusta entregar regalos por Navidad, pero no hubo mas remedio que adaptarnos a las costumbres que su padre les había inculcado. Por lo que unos días antes recorrimos floristerías y similares buscando un árbol para colocarlo, adornarlo en el salón y poner los correspondientes regalos. Lidia salió en varias ocasiones sola para comprarlos, en otras lo hice yo.

            La mañana del día 25 los chicos se levantaron corriendo, atravesaron la puerta de nuestro dormitorio reclamando nuestra presencia junto al árbol de Navidad. Bajamos y disfrutamos de su alegría. Abrimos cajas repletas de sueños y admiramos sus caras de felicidad. Lidia también lo hizo al abrir la que contenía un anillo de prometida y yo me sorprendí cuando encontré la mía envuelta con papel verde.

—Eso lo trajeron el otro día con una nota diciendo que era un regalo de Navidad.

—¿Sabes quién lo mandó?

—No tengo ni idea, pero ábrela y veremos que contiene.

—Claro.

            Lo dejé para hacerlo en último lugar ya que los chicos y su madre, habían preparado unos cuantos regalos que ignoraba y me agradaron. Por fin, mientras los niños se acomodaron para jugar con sus obsequios, Lidia y yo nos sentamos para abrir la caja verde. Había una nota acompañando un original escrito e impreso en letra de imprenta.

Estimado Jacinto, feliz Navidad para ti y los tuyos. Espero que te guste el primer original escrito sobre la vida y obra de tu querido abuelo. Se que faltan muchas cosas, que algunas otras jamás llegaremos a saber ¿Estás tan seguro como yo? He querido que seas el primero en leerla, después puedes pedirme copias, para si llegaste a hacerlo, enviar a los compañeros de partido del abuelo. Hace poco tiempo me llamaron y entregaron mucha documentación que al parecer alguien les hizo llegar. Tengo la impresión de que no anda muy lejos esa persona. He puesto todo mi esfuerzo y conocimiento. Espero te guste tanto como a mi, aunque como escritor negro sabré adaptarme a lo que me pidas. 

Un abrazo con todo mi afecto. Julio Estremera.

—¿De qué se trata? —preguntó Lidia.

—Como no tengo tiempo para escribir, recordé que Julio era escritor y le pedí leyera toda la información de mi abuelo y tratara de hacer una novela biográfica. Este es el resultado.

—¿La leeremos juntos?

—Sí, pero ahora no.

—Claro.

—Empezaremos esta noche, si no te importa.

—Desde luego que no.

            Cerró la puerta del dormitorio de los niños y regresó a mi lado. Pusimos dos cuadrantes para reposar las cabezas y abrí el original.

La Petición, por Julio Estremera.

Capitulo Primero 

Mas de treinta coches y varios autobuses repletos de compañeros y militantes del partido, acudieron a dar el ultimo adiós a Jacinto Peñas Iriarte. Desde la puerta del mal llamado cementerio civil, separado por una calle mal adoquinada y rodeado por una valla de ladrillos rojos, rotos, aunque sustentándola todavía y separándolo del religioso llamado Cementerio de la Almudena, acompañamos el féretro. Los familiares mas cercanos, hijos del fallecido, así como nietos, no todos, caminaban detrás en silencio, pero sin tristeza, después el resto de compañeros, amigos y algún que otro malintencionado informador de medios de comunicación. Periodistas de Pueblo, Arriba, Ya y ABC, única prensa madrileña donde se podían poner esquelas anunciando la fecha y hora del sepelio. 

A todos nos hubiera gustado rendirle tributo cantando la Internacional, pero eso habría sido motivo para que a la salida hubiéramos sido, sino todos, la gran mayoría, detenidos por la policía, que conocedora del evento estaba recluida a muy pocos metros en numerosos vehículos ocultos. No les dimos oportunidad, pero tanto yo como el resto de los compañeros, la cantamos en silencio cuando Jacinto, el menor de sus hijos, pidió cuatro minutos de recogimiento y silencio. Exactamente a las 14:25 horas depositaron el féretro sobre el hueco en la tierra. Después de cubrirlo y en silencio, pasamos uno a uno dándole nuestro último adiós. Allí estaban numerosos compañeros de prisión, otros que le acompañaron trabajando en la construcción del Valle de los Caídos y muchos más del partido político en que militó desde que le permitieron afiliarse a él. 

Jacinto Peñas Iriarte, falleció el 14 de abril de 1960 y pese a ser de muerte natural, no permitieron enterrarle ese mismo día, le habría gustado en memoria y recuerdo de su querida República. El certificado de defunción emitido por el médico que le atendió firmó que su muerte se produjo por cese de la actividad coronaria sin ningún motivo exterior o ajeno aparente, es decir de muerte natural. El óbito se produjo a las 14,25 horas y hasta hoy 16 de abril no pudimos depositar su cuerpo donde le correspondía…

            Continué leyendo durante horas hasta llegar a la última página.

… hoy podría decir sin temor a equivocarme, que Jacinto Peñas Iriarte, estaría satisfecho al ver como reciente y paradójicamente, el complejo que ayudó a construir como esclavo con sudor y esfuerzo, ha explotado por los aires y no queda piedra de cuantos lo mandaron erigir para satisfacción del dictador. Él, como muchos otros fue obligado a edificarlo para vergüenza de un amplio número de conciudadanos, estaría satisfecho si hubiera contribuido también a su destrucción después de transcurridos cincuenta años.

Querido compañero, estés donde estés recibe un abrazo socialista y republicano, descansa satisfecho, tu petición fue escuchada. Hasta siempre, amigo. 

            Cerré el original y suspiré. Lidia me miró, tomó mi mano con fuerza y me besó.

—Supongo que estarás satisfecho de tu amigo. Ha escrito una gran biografía de tu abuelo.

—Desde luego. Voy a pedirle que la publique con su nombre. Ha hecho una labor estupenda.

—Se lo merece, yo estoy orgullosa de ti. Solo dos preguntas.

—Claro.

—La primera. ¿Era esto lo que querías? ¿Descubriste cual era la petición?

—Era lo que quería. Y sí, la descubrí, bueno al menos eso creo, aunque no estoy seguro, posiblemente era dejar constancia de su vida, su biografía, así nadie podrá olvidarle.

—¿Puedo hacerte la segunda?

—Adelante.

—¿Cómo decidió que su entierro fuera a la misma hora en que murió?

—No lo sé, supongo que mi padre, tenia el certificado de defunción y quiso hacerle un último homenaje.

—Por cierto, Jacinto, ¿A que hora empezaron las explosiones en el Valle de los Caídos?

—Que coincidencia, Lidia, a las 14,25 horas también, pero del 18 de Julio.

—Que coincidencia.

—Sí que lo es.

—Bueno, será mejor no seguir preguntando.

—Haces bien, recuerda lo que dije al principio de iniciar la investigación, no quiero involucrarte.

—Lo recuerdo.

—Bien, pues olvida cuanto sabes.

—¿También los seis teléfonos que compraste en Roma y tiraste el otro día en el punto verde?

—También.

—De acuerdo.

—Te quiero.

—Y yo a ti.

Fin de

La Petición

 

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