La Petición – 3

Relato basado en hechos reales


3 – El negro literario

            Las cartas y comentarios de mi abuelo junto a las de muchos miles de conciudadanos, eran la prueba de la contundente, inapelable y feroz represión de Franco, pero no conseguí hacerme escuchar mentalmente, como tampoco que alguien respondiera a las numerosas preguntas que trataba de hacer. Tomé un refresco y al salir llame por teléfono a Lidia.

—¿Cómo estás?

—Bien, aunque supongo que tu no, ¿cierto?

—Sí, te llamo porque necesito un hombro donde apoyar mi lastimado corazón.

—Pues tendrás que esperar hasta mañana, antes no puedo. Esta noche tengo una cena con mis hijos y su padre.

—Disculpa. Soy un maldito egoísta.

—Posiblemente, aunque supongo que lo haces porque necesitas hablar.

—Además de eso.

—Pues si puedes aguantar, mañana a primera hora puedo estar contigo.

—No importa. Solo estuve leyendo notas y cartas de mi abuelo y me he puesto algo sensible.

—Eso está bien, significa que pese a ser egoísta aún te sostiene un corazón lleno de sentimientos y sensibilidad.

—Posiblemente tengas razón, como casi siempre, será mejor dejarte, estarás ocupada.

—En este momento no, pero no creo que tarde mucho. Nos reunimos en una hamburguesería, los chicos quieren sentirse normales por una vez y le han sacado a su padre la promesa de ir a cenar a uno de esos establecimientos. A mi no me gustan tampoco, pero por una vez no tendré mas remedio que ir.

—Oye, si no puedes mañana no importa, pasa de mi necesidad, primero tus hijos, no lo olvides.

—Tú también eres mi chico, tampoco lo olvides.

—Gracias por el piropo.

—Confórmate entonces con un beso telefónico.

—También yo te mando uno.

            Regresé a casa menos ensimismado, advirtiendo que tal vez no todo el mundo tendría las necesidades que mi mente dictaba. Casi al anochecer entré en casa, dos minutos después Charo mencionaba que la cena estaba preparada. Subí a mi cuarto y antes de bajar sonó el teléfono previsto para hablar con Julio Estremera, mi escritor preferido.

—Estaba a punto de bajar a cenar. ¿Qué ocurre Julio?

—Tengo noticias y bastante documentación.

—¿Tan pronto?

—Soy muy diligente.

—Está bien, mañana toma el AVE más cercano de las doce de la mañana con dirección a Toledo, al salir toma un taxi y ve a la dirección siguiente. Tómate una cerveza y espérame.

—De acuerdo, entonces hasta mañana.

—Adiós Julio, gracias por la llamada.

            Me sentí alegre de nuevo y encaré la noche con cierta tranquilidad. Cené con apetito y al acabar, me entretuve con una película. Dos horas más tarde noté como el fresco de la noche serrana me obligaba a levantarme para buscar una manta. Por la mañana comentaría a Charo que saldría a primera hora hacia Madrid, en realidad hasta la estación de ferrocarril camino de Toledo.

            Nada más salir de la estación tomé un taxi hasta el núcleo histórico de la ciudad, en uno de los establecimientos pintorescos redimidos para solaz de los turistas, encontré a Julio tomando un aperitivo. Ni siquiera advirtió mi presencia hasta que estuve cerca de él y mencioné su nombre.

—Vaya sitio más estupendo Jacinto, me encanta.

—Por eso te cité aquí, aunque para almorzar iremos a otro no muy lejos de éste.

—Ahora hablaremos y podré entregarte la información que he logrado obtener sobre tu abuelo.

—No quiero saber cómo lo conseguiste, supongo que no habrán surgido preguntas sobre el motivo ¿O si?

—Siempre surgen, aunque también las eludo. Pero teniendo en cuenta el gran movimiento nacido a la sombra de la llamada Memoria Histórica, no puedo quejarme de las ayudas, solo se precisa saber donde ir y a que puerta llamar. Les ha parecido bien que investigara sobre Jacinto Peñas, aunque extrañó que únicamente preguntara por el.

—¿Por qué razón?

—Eso no lo sé. Si bien he querido entender que me quedaba corto al preguntar solo por una persona, tal vez tu abuelo, al ser militante socialista, formaba parte de algún grupo importante durante la guerra civil.

—Es posible, de cualquier forma, si lo intentas en otra ocasión, no olvides hacerlo también sobre Emilio Andujar y los demás compañeros de celda del grupo de trabajo forzado en el valle.

—¿Quiénes son?

—Compañeros socialistas en la prisión y después en el grupo de presos que ayudaron, forzados naturalmente, a construir el llamado Lugar de reconciliación y paz, según los golpistas.

—Ya he comprobado que tu abuelo estuvo trabajando como peón en varias empresas constructoras.

—En efecto.

—Toma toda la documentación conseguida. Son copias, yo tengo las mías para poder escribir posteriormente.

—Tú comienza a leer todas las cartas y anotaciones que he conseguido. Están en este disco, las he dispuesto por fechas, así será mas sencillo incorporarlas a la biografía.

—Gracias, me facilitarán mucho la labor. He pensado describir su vida, desde el momento en que se produce su entierro en el cementerio civil de Madrid. A partir de ahí, iré colocando capítulos de su vida y relatos de amigos y compañeros. Ya tengo una serie de nombres a quienes debo investigar y visitar. Después añadiré algo de tu familia, bueno de la suya, de cuando era joven, su matrimonio y actividades de todo tipo. ¿Te parece bien?

—Inicialmente desde luego, más tarde comprobaremos si esa es la mejor manera de plantearlo. De momento tienes algunos datos personales de todos sus hijos y algunos apuntes de su vida. Los he recogido recientemente. También te acompaño varias fotos. Confío en que te sirvan. Ahora vayamos a almorzar, debo estar pronto en casa para estudiar cuanto me has facilitado. ¿Necesitas más dinero?

—De momento no, gracias.

—Entonces almorcemos, luego debo hacer una visita antes de regresar a Madrid, tú puedes salir cuando terminemos. Ya sabes, no quiero que nos vean viajar juntos.

—Bien, como digas.

            Esperé a que Julio tomara un taxi hacia la estación de ferrocarril, mientras di un paseo por las callejuelas hasta Santo Tomé y regresé a la plaza de Zocodover, donde tomé otro taxi hacia la estación del AVE. Media hora después y ya en Madrid, recogí el coche estacionado en el aparcamiento y conduje hasta mi casa. Al llegar me encontré con una sorpresa, me olvidé de la conversación con Lidia el día anterior a primera hora de la mañana, al poco de salir hacia Toledo, apareció según comentó con cierto aire de enfado.

—Lo siento enormemente, de verdad, me olvidé, además no creí fueras a venir tan pronto.

—No importa.

—Te lo compensaré de alguna manera, te lo prometo, cuando acabemos con todo esto de la investigación nos iremos una semana a Roma juntos. ¿Te apetece?

—Supongo que sí, hace al menos diez años que no la piso.

—Entonces hecho,  ahora deja que ponga unos documentos en el estudio y el resto del tiempo lo dedicaré a ti, incluso mañana todo el día.

—No es preciso tanta amabilidad.

—Es la manera que tengo de pedir disculpas.

—Si es así, lo admito.

            Escondí la documentación aportada por Julio y retiré alguna de las cartas donde aparecía Emilio Andujar, no quería que Lidia supiera más de la cuenta, ni siquiera imaginé como me pondría en contacto con él. Tenía el presentimiento de encontrar un buen resultado para la investigación. Pero dejé de preocuparme para dedicar todo mi esfuerzo y atención en Lidia. Pasamos cuatro días juntos, durante los cuales la puse en antecedentes de cuanto había logrado encontrar, sin hacer especial mención de lo conseguido por mi escritor.

—Y con todo eso ¿Has conseguido saber cuál es la petición?

—Todavía no, supongo que estoy cerca, fíjate en las frases destacadas sobre fondo verde en el programa.

—Ya veo —respondió segundos más tarde tras leerlas.

—Creo que aprovecharé la coyuntura de la Memoria Histórica para entrevistarme con alguna Asociación, también quiero hablar con alguien del partido al que perteneció, por si tienen algo que pueda ayudarme.

—Me imagino que, al ser en Madrid, tendrás que ir y venir ¿No es así?

—Desde luego, pero solo dentro de unos días, cuando termine de disculparme.

—Tranquilo, yo también debo ir a Madrid por unos días.

—Entonces iremos juntos.

—Pues prepárate, pasado mañana a primera hora tengo una reunión con el encargado de mi tienda.

—De acuerdo.

            Con toda la información metida en mi ordenador y la dirección de Emilio Andujar, que esperaba encontrar vivo, me aventuré a invitar a comer a Lidia en Madrid, la rechazó, aunque pidió trasladar la oferta para cualquier día después. Asentí y tras dejarla en la tienda, paré en la primera cafetería que encontré, me dispuse a localizar la dirección exacta del compañero de mi abuelo. Me costó tiempo dar con la calle. Llamé al telefonillo.

—Buenos días, soy Jacinto Peñas, pregunto por Emilio Andújar ¿es este su domicilio?

—Fue el de mi padre, murió hace unos años. ¿Ha dicho que es usted Jacinto Peñas?

—Sí, sí señor.

—Bien, le abro, suba. Así podré conocerle personalmente.

—Gracias.

            Encontré a un hombre mayor, posiblemente de la misma edad de mi padre, un poco grueso y cojeando de su pierna derecha, que sujetaba con un bastón de madera barnizada y el apoyo para la mano, de marfil.

—Esperaba encontrarle mayor.

—Disculpe, coincide que tanto mi abuelo como mi padre y yo tenemos el mismo nombre y por supuesto apellido.

—Disculpe, oí hablar tanto de Jacinto Peñas, que me habría gustado conocer a su padre. Pero pase, siéntese y dígame si quiere tomar un café.

—Se lo agradezco.

—Ahora mismo nos lo pondrán, tengo una asistenta que me ayuda en los quehaceres de la casa, yo ya no estoy para esos trotes.

—No hay prisa.

—Lo sé. Y ¿A qué debo su visita?

—Intento poner sobre el papel la historia de mi abuelo, recopilando información de cuantos pudieron conocerlo, o supieron de él, de sus compañeros. También tengo la impresión, al leer sus cartas, anotaciones y una especie de diario, que dejó algo por hacer, no se, un encargo, una petición a alguno de sus doce hijos. Mi padre era el benjamín y no he conseguido saber de que se trata.

—Disculpe Jacinto, pero si debemos hablar de esa petición tendremos que esperar a que Emilia se marche, no tardará mucho.

—Como prefiera.

            Tomamos el café e intercambiamos recuerdos de su padre y mi abuelo. Algunas aventuras y, sobre todo, conocer que, en efecto, él salió libre del Valle, como consecuencia de caerles bien a los monjes benedictinos encargados de la que sería después su basílica. Cuando la asistenta abandonó la casa, Pedro Andujar se situó de pie junto a un armario de madera, lo abrió, sacó un paquete de cartas de una caja de madera cerrada con llave y la dispuso en la mesa, frente a mí. Luego sin permitir preguntarle se dirigió a mí con seguridad y quizás con demasiada seriedad.

—Verá Jacinto, debo comprobar si es usted quien dice ser, pues debo hacerle una pregunta.

—Soy Jacinto Peñas, este es mi documento de identidad —dije dejándolo caer sobre la mesa.

—Gracias y discúlpeme. Ahora le entregaré este primer paquete de cartas y notas, si antes me promete cumplir con la petición de su abuelo Jacinto Peñas. Así se lo hizo jurar a mi padre y él a mí, sin ello no puedo entregárselo.

—¿Qué tiene de particular prometer cumplir con la petición?

—No lo sé, solo que sin ella no podría entregarle el paquete de notas. Cuando las lea, deberá volver para recibir un ultimo sobre cuyo contenido también desconozco.

—Está bien. Prometo por mi honor y apellido cumplir debidamente el contenido de la petición cualquiera que sea, en nombre de mi abuelo Jacinto Peñas.

—Gracias Jacinto, me quita un gran peso de encima. Ahora puede abrir el paquete y leer el contenido.

—Perdone, pero si no le importa me lo llevaré a mi casa donde podré leerlo despacio.

—Claro, pero por favor no tarde mucho, necesito liberarme de la pesada carga que tanto Jacinto Peñas y mi padre echaron sobre mí.

—¿Le ha ocasionado algún problema desagradable?

—En parte. He llegado a recibir muchas visitas, algunas difíciles de evitar, otras con veladas amenazas.

—¿Llegó a conocer de quien se trataba?

—Sí, claro que sí, la mayoría se presentaban como antiguos compañeros de ambos en la prisión o en el trabajo obligado del Valle, otros como compañeros de partido. Incluso uno llegó a presentarse como dirigente del partido y a requerimiento de un alto cargo que no quiso mencionar.

—Lo lamento, pero hasta hace poco tiempo no decidí comenzar la biografía de mi abuelo y consecuentemente a investigar los avatares de su vida.

—Hágalo, pero tenga cuidado, creo que estas cartas, notas y demás, parecen encerrar algo que interesa a demasiada gente.

—Gracias Pedro, lo tendré y si quiere le informaré.

—Se lo agradezco, pero no quiero saber nada mas, ni necesito saber de que se trataba. Mi padre no me lo dijo y los hijos de los compañeros de ambos, tanto en prisión como después en el Valle de los Caídos, tampoco consiguieron descubrir que puñetas ocultaba aquel grupo.

—Como prefiera. Le dejaré mi teléfono por si necesita algo y puedo ayudarle.

—No, no lo haga, cuanto menos sepa mejor. Yo si le daré el mío y le pido una llamada cuando resuelva el misterio que encierra esa petición. Solo tiene que decirme: duerma tranquilo Pedro y así sabré que todo acabó.

—De acuerdo y ahora si no le importa, me iré a casa a leer todo esto.

—Claro. Le repito, ponga todo el cuidado del mundo.

—Lo haré. Muy agradecido por todo y espero volver a verle cuando venga a por el sobre.

—Llámeme antes por favor.

—Desde luego.

            La verdad, salí de aquella casa asustado y temeroso.  Menos mal que el coche lo dejé aparcado cerca del portal. Bajo el brazo izquierdo soporté el paquete envuelto en papel kraft marrón y sujeto con una cuerda de pita blanca hasta llegar al coche. Lo abrí y sin más, lo alojé bajo el asiento que ocupé frente al volante. Cerré las puertas con el pulsador automático y encendí el motor para alejarme de allí a toda prisa. Dado que Lidia no me acompañaría a almorzar, di por acabada mi estancia en Madrid y regresé a la sierra directamente. Me disculpe ante Charo y pedí me hiciera una comida rápida, tenia la intención de pasarme el resto del día leyendo en el estudio.

            A las once y media de la noche oí golpear la puerta con temor. Resultó ser Ernesto enviado por Charo para preguntar si quería cenar algo caliente, dada la hora.

—Discúlpame Ernesto, me lié con el trabajo y no me di cuenta de la hora. Dile a tu mujer que iré a la cocina y comeré lo que encuentre, que no se moleste, de verdad.

—Sabe que no le importa hacerle algo.

—De verdad, váyanse a dormir o lo que suelan hacer, yo mismo prepararé algo. Gracias.

—Entonces hasta mañana Jacinto.

—Adiós. Dígale a Charo que lo siento mucho.

—Se lo diré.

            Ciertamente no irrumpí en la cocina hasta acabar con la última carta, solo después de preparar un par de visitas para el día siguiente en Madrid. Después de tomar un par de bocadillos y cerca de un litro de leche, me senté satisfecho frente al televisor y me mantuve una hora viendo el final de una película de suspense. Por la mañana, nada mas desayunar, abandoné la finca y volví a Madrid.

            La primera visita fue a la sede del partido en un barrio del sur de Madrid. Atravesé la puerta y me dirigí a un mostrador donde esperaba una mujer de unos treinta y cinco años.

—Buenos días, me gustaría hablar con Leopoldo Marcos —el nombre lo extraje del paquete entregado por Pedro Andujar, en una de las ultimas cartas de mi abuelo.

—Puede esperar un momento, enseguida le atenderán.

            Diez minutos más tarde un hombre de unos cuarenta años que apenas superaba los ciento cincuenta centímetros de estatura, apareció en la sala.

—Me han dicho que pregunta usted por Leopoldo Marcos. ¿Quiere acompañarme?

—Claro.

            Nos movimos a través de un pasillo y varias salas con mesas y sillas plegables hasta llegar a un despacho. Abrió la puerta y se retiró para invitarme a pasar en primer lugar. Dentro, nada más verme, tres hombres se levantaron y me saludaron. Mi acompañante no llegó a entrar.

—¿Quiere sentarse por favor?

—Naturalmente. Gracias.

—¿Puede corroborarnos que forma parte de la familia de Jacinto Peñas Iriarte?

—Desde luego. Me llamo Jacinto Peñas y Sangil.

—¿Qué le une a él?

—Soy su nieto.

—¿Podemos saber a qué debemos su visita?

—Claro. Estoy escribiendo, en realidad intentando documentarme primero para escribir después, una biografía de mi abuelo.

—¿Y de dónde ha sacado el nombre de Leopoldo Marcos?

—Poseo una serie de cartas manuscritas de mi abuelo, en ellas aparecen nombres y datos, así como descripciones de lugares, celdas y sitios donde estuvieron trabajando voluntariamente para edificar al dictador su dichoso monumento faraónico.

—Disculpe, ¿Milita en algún partido político?

—No, mi ideología, si eso les preocupa, no es precisamente de derechas, o como ahora se autocalifican, conservadora. Parecen tener miedo a llamar las cosas como son.

—Ciertamente. Nosotros tampoco nos calificamos de izquierdas. No es que tengamos miedo, es que el mundo actual ya no es el que era.

—¿Se justifican?

—Ni mucho menos.

—¿Entonces a que obedece su pregunta? ¿Van a seguir interrogándome o me van a decir cuando puedo hablar con Leopoldo Marcos?

—La verdad es que…

—¿Ha muerto?

—En cierta medida, sí

—Me gustaría fueran más concretos. Ha muerto ¿si o no?

—A todos los efectos, está muerto.

—Bien, entonces ¿Quién le sustituye? Debo hacer algunas preguntas, consultar y corroborar ciertos hechos para mi investigación y posterior publicación.

—Nosotros tres le sustituimos.

—Entonces les preguntaré, si no les importa.

—¿Qué necesita saber?

—Verán, después de leer todas las cartas de mi abuelo, sus notas y demás, sobre todo las últimas y la documentación que he conseguido, tengo la impresión de que Jacinto Peñas Iriarte, dirigía un grupo tanto en la prisión como fuera de ella. Incluso antes de que le hicieran prisionero.

—Tenga en cuenta que él era dirigente.

—Ya, hasta ahí llego. Pero se me hace difícil comprender que en el mismo grupo que compartió prisión, ninguno fuera ajusticiado, seguramente porque ellos no mataron a nadie. Es de todo punto imposible, dadas las circunstancias de entonces, que todos fueran enviados a trabajos forzados al Valle de los Caídos. Después poco a poco fueron puestos en libertad, por una causa o por otra, mientras otros compañeros murieron de agotamiento, o simplemente reintegrados a las prisiones del dictador.

—¿Qué quiere insinuar?

—No insinúo, simplemente no entiendo esas coincidencias y circunstancias. Aún no he conseguido saber, si como sospecho, todos eran del partido y ninguno murió en las cárceles o prisiones. Los dejaron sin propiedades, joyas o lo que tuvieran, pero siguieron viviendo hasta morir por causas naturales. Bueno eso es un decir, pues estoy seguro que los sufrimientos vividos posiblemente fueron su enfermedad y la de sus familias. Entiendo, o al menos tengo la sospecha, que los otros dirigentes del partido sabían que estaban haciendo y les ayudaron de alguna forma.

—En parte tiene razón.

—Lo suponía. Pero creo que hay más, mi sospecha va más allá. Mi abuelo fue solicitando a sus hijos desde el mayor hasta mi padre, que hacia el número doce, el benjamín, cumplieran una petición. Eso es precisamente lo que trato de averiguar y estoy dispuesto a cumplir, saber porqué ninguno la cumplió. Necesito completar lo que pudo empezar y no logró cumplir ni él, ni mis tíos ni tan siquiera mi padre.

—Os lo adelanté antes —dijo dirigiéndose a los otros dos hombres que permanecían sentados y observando atentamente— Debemos tomar una decisión inmediata.

—¿A qué se refieren? —pregunté.

—No debe, ni puede seguir por ese camino. Le pedimos en nombre de todos los compañeros de su abuelo y en el de nuestro partido, olvide la petición de su abuelo y evite seguir investigando. No es bueno ni para el recuerdo de todos ellos ni por supuesto para lo que él representaba.

—¿Están en contra de la Memoria Histórica?

—No, no señor, pero es importante siga nuestra recomendación.

—¿Y si me niego?

—No tendríamos más remedio que evitar continuara investigando.

—¿Es una amenaza?

—Ni mucho menos señor Peñas, pero debe entender que por el bien de todos y en su memoria, hoy y ahora, en la época en que estamos, cualquier paso o hecho que se lograra alcanzar, empañaría las actuales circunstancias. Comprenda el esfuerzo de cuantos intentamos avanzar en la senda de los derechos sociales. Su éxito posiblemente sería nuestro fracaso.

—Me dejarán al menos descubra de que se trata.

—No podemos, lo lamentamos profundamente y sentimos reiterarle nuestra petición.

—Una última pregunta antes de marcharme, pues veo que no conseguiré nada más de ustedes.

—Adelante.

—Si sabían que me presentaría, supongo que Leopoldo Marcos es solo el nombre de una clave para permitirles saber quién venía a verlos.

—De alguna manera.

—Claro, por eso han dicho que en parte estaba muerto.

—Nosotros también le haremos una última petición. Si encuentra algún dibujo, plano o similar, ¿Será tan amable de entregárnoslo?

—Si lo encuentro y una vez deduzca que significa, desde luego.

—Disculpe Jacinto, pero no nos fiamos de usted.

—Ni yo de ustedes. Ahora si me permiten, volveré a mi casa para seguir preparando la biografía de mi abuelo.

—Considere cuanto le hemos dicho, por favor, no cometa ninguna estupidez, por no decir otra cosa.

—Lo intentaré, se lo prometo.

—¿Nos dirá cuanto averigüe?

—Me temo que no. Buenos días señores, debo regresar a mi casa.

—Adiós.

            Salí del local del partido y supuse que a partir de ese momento no me abandonaría la idea de estar vigilado por alguien señalado por quienes me habían recibido. Antes de darles tiempo a reaccionar consideré oportuno llamar a Pedro Andujar y citarme para recoger el último sobre en su poder.

—Buenos días Andújar. Soy Peñas.

—Hola. ¿Qué? ¿Ha decidido ya?

—Si, por eso le llamo. Me gustaría recoger el último sobre.

—Desde luego. Le agradezco el poco tiempo que ha tardado en decidirse.

—Estaba muy claro y ahora más, después de leer las cartas que me dio ayer.

—¿Entonces viene a mi casa?

—No. Nos vemos en algún centro comercial de la ciudad.

—¿Algún problema?

—Posiblemente. No obstante, así lo evitaremos.

—Estupendo. ¿Dónde entonces?

—¿Conoce la cafetería del centro Fnac en la calle Preciados?

—No voy por el centro.

—Vaya a Sol y entre por la calle Preciados,  el último edificio a la derecha antes de la plaza de Callao, es el Fnac, una vez dentro localice la cafetería y espéreme allí, yo llegaré dentro de una hora más o menos.

—Yo tardaré menos.

—Mejor.

—Hasta luego.

—No olvide recoger el sobre.

—Ni mucho menos.

            En vez de esperar fui directamente hasta el primer aparcamiento donde abandonar el coche, después caminando y mirando de cuando en cuando a mí alrededor, por si reconocía a alguien que me siguiera, llegué al edificio. Aguanté suficiente tiempo frente a la barra hasta ver entrar a Emilio. Dejé el periódico sobre el mostrador y no avancé mi mano para saludarle, solo lo hice verbalmente, sin mirar.

—Buenos días Emilio, gracias por venir. Tómese un café, pero antes ponga el sobre dentro del periódico, así podré marcharme inmediatamente. Le recomiendo suba a las plantas superiores y compre algún disco o libro. Espere al menos media hora para marcharse.

—¿Qué ocurre?

—A mí también me han amenazado hace un rato, en la sede del partido del sur de Madrid, y no me gustaría si me han seguido, supieran que nos hemos visto, o me ha entregado algo que les preocupa sobremanera, por lo que deduje.

—De acuerdo Peñas, no olvide llamarme cuando resuelva este misterio.

—Lo haré, tranquilo, y ahora me marcho. Gracias por todo Pedro.

—A usted Peñas y mucha suerte.

            Bajé a la planta sótano me fijé en dos o tres aparatos de alta tecnología para entretenerme unos minutos y subí de nuevo a la planta calle para recoger el coche del aparcamiento. Cada ruido, cada paso o golpe de cualquier ciudadano al cruzarse o superar mi trayecto, lo consideraba como una absurda sospecha de ser vigilado de cerca. Ciertamente no comprendía el temor y sin embargo me embargaba completamente.

Continuúa  y finaliza con LA PETICIÓN 4

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