La petición – 1

Relato basado en hechos reales


Si las tardes se hacen largas,

 las noches sin ti son eternas.

No demores más tu regreso.

Para Ella


La voluntad del individuo puede ser

doblegada en un determinado momento,

aunque más por la fuerza que por el deseo.

Jacinto Arias


1 – DESCUBRIMIENTO

         Transcurrieron nueve años desde la última vez que tuve entre mis manos las notas manuscritas, ayer, al leerlas de nuevo creí descubrir un deseo oculto de mi abuelo paterno, posiblemente también de mi padre. Tal vez por motivos que desconozco o razones impuestas debido a su ideología política, creo que no llegó a cumplir. El transcurrir del tiempo hizo que fuera desvaneciéndose hasta confundirse, o mejor, convertirse en algo que su padre, mi abuelo, no habría permitido de haber continuado con vida.

       Mi abuelo Jacinto fue un militante activo del socialismo integrador, luchó para lograr alcanzar metas conducentes a la obtención de los derechos que hoy día, la gran mayoría de ciudadanos disfrutamos y desde luego, no nos paramos a agradecer suficientemente a los que, como Jacinto Peñas Iriarte, pusieron los cimientos de nuestro actual sistema democrático. Años atrás incipiente y roto durante años por un malentendido amor patrio, carente de eso intangible llamado democracia, con un deseo sostenido por la fuerza de las armas. Es decir, doblegar al resto de ciudadanos, cuyo resultado final fue solo el disfrute del poder y los derechos por unos pocos. Como si el resto, por no compartir sus ideas y deseos, debieran quedar relegados a la mas ínfima de las categorías sociales y humanas, al cercenar y retirarles todos los derechos conseguidos hasta entonces por mor de una total falta de cultura y filosofía democrática, emulando la fórmula fascista imperante en Alemania e Italia en aquella misma época.

      Debería volver al principio, contarles con algunos detalles la razón de estas líneas y las siguientes. Me llamo como mi abuelo, Jacinto Peñas y Sangil. Mi madre era de ascendencia gallega, concretamente de Lugo. En realidad, de la provincia, pues nació en una aldea que jamás logré visitar ni pude encontrar en mapa alguno. Ni tan siquiera a través de uno de esos programas que abundan en internet. Lo siento, intentaré no detenerme en detalles poco interesantes, así pues, les diré que crecí, estudié y ahora trabajo dirigiendo un conglomerado de empresas. No tengo esposa, llevo nueve años divorciado y hace poco tiempo cambié de casa, creo que esta vez definitivamente.

      En la actualidad no viven mis abuelos ni mis padres. Todos los recuerdos que poseo de ellos los guardé en cajas que amontoné en un rincón del trastero del hogar conyugal. Al marcharse mi esposa, me mantuve en aquella vivienda, pero como decía, me cansé y me trasladé a otra más acorde con mis deseos y necesidades. Al hacer el traslado y ver las cajas, comprobé que los recuerdos de unos y otros continuaban embalados, pensé que tal vez era el momento de sacarlos a la luz. Una vez colocado lo necesario y tras pedir a una antigua novia de mi juventud; hoy divorciada como yo; me ayudara en la decoración del piso, dejé en un rincón del estudio las cajas con los recuerdos.

     La primera vez que las abrí, menos mal que fue un fin de semana, estuve más de doce horas leyendo, mirando fotos y algunas notas manuscritas. En algunas de ellas aparecían todos los hermanos de mi padre, eran una amplia familia de catorce miembros. Mi padre en ocasiones comentaba que los Peñas era conocidos como Las Doce Tribus de Israel, dado que cada hermano tomó una dirección y horizonte distinto a los once restantes.

      Aquel fin de semana apenas comí, pudo más el deseo de mirar y leer, sobre todo, retrotraerme a las vidas de mis antecesores, que la llamada de mi estomago. Necesitaba comprobar aquellos recuerdos, tanto de mis abuelos como de mis padres. Tres eran las enormes cajas que los contenían.

     También encontré los primeros balbuceos de mi vida. Un mechón de mis primeros cabellos, de cuando era bebé, unido a una nota manuscrita de mi madre señalando la fecha y motivo que la indujo a cortarlos y guardarlos. Más fotos, cartas, postales y detalles. Algunas lágrimas y muchos suspiros me hicieron parar y dejar la última de las cajas para el lunes, al regresar de mi jornada de trabajo.

     Estuve entregado por entero al efecto producido por la melancolía producida por los recuerdos, pero, sobre todo, por la sensación de vacío inspirado al faltar toda mi familia. Fui hijo único.

    Durante toda la jornada de trabajo no pude concentrarme debidamente. Hecho que no pasó desapercibido para mi ayudante Encarna y el resto de los ejecutivos con quienes me reuní en el transcurso del día. Lidia, mi antigua novia de la universidad y ahora amiga, me llamó en dos ocasiones, una con un contenido de carácter laboral, la otra a nivel de amistad y como decoradora de mi piso.

—Lo siento Lidia, pero hoy me gustaría acabar con la última caja de recuerdos.

—Pensé que las abrirías todas en el fin de semana, como dijiste, por eso no insistí en verte.

—Lo sé, pero no pude acabar, aún me restan algunos recuerdos.

—¿Y cuándo piensas acabar?

—Posiblemente esta misma tarde.

—Perfecto, entonces hablaremos mañana.

—Te lo agradezco, y no creas, no olvido la promesa de un fin de semana en mi casa de campo, cocinando para ti desde el desayuno hasta la cena.

—¡Qué bien! Entonces será mejor que me llames cuando termines.

—Lo haré. Gracias por preocuparte.

—Vale, un beso muy fuerte Jacinto.

—Otro para ti Lidia.

      Lo cierto era que no tenía ganas de seguir trabajando. Al regresar de almorzar comuniqué a Encarna, el deseo de suspender todas las actividades de mi agenda, incluso la copa prevista con dos agentes comerciales de la competencia a quienes logré convencer días atrás, para pasarse a una de mis empresas.

—No te preocupes, llamaré a todos para cancelar las reuniones. ¿Vendrás mañana?

—Supongo que si. De cualquier manera, no estará de más llamarme por teléfono al salir de la ducha.

—Lo haré, pero ya sabes, me levanto muy temprano.

—Mejor así. Y, gracias.

—De nada jefe.

      Ni siquiera tuve ganas de conducir, dejé el coche en el aparcamiento de la empresa y tomé un taxi para ir a casa. Al llegar tomé una copa mientras me cambiaba de ropa. A los pocos minutos estaba eliminando la cinta de plástico marrón que cubría los lados de la última caja de cartón repleta de recuerdos.

    Serían las tres de la madrugada cuando acabé de leer parte del manuscrito de mi abuelo. Las últimas páginas iban dirigidas a su hijo, mi padre. Al acabar rebusqué, intento inútil por otro lado, la petición del suyo o algo que me dijera si llegó a cumplirla, aunque en verdad, tampoco averigüé de qué se trataba, solo obtuve una sospecha dado el contenido de las frases.

      Las pesadillas surgidas durante las pocas horas que dormí fueron incoherentes y absurdas, sin embargo, aquella misma noche surgió en mi cerebro una idea, lograr averiguar el deseo de mi abuelo Jacinto Peñas Iriarte, saber que era todo aquel misterio y sobre todo indagar sobre su consecución.

     Cuando llamó Encarna para despertarme ya había tomado dos cafés y me disponía a pedir un taxi para trasladarme a la oficina.

—Te encuentro muy animado jefe —dijo en cuanto descolgué el teléfono.

—Lo estoy, apenas he dormido, pero me encuentro estupendamente.

—Me alegra imaginarte así, derramando optimismo.

—Gracias. Te invito a desayunar. Si quieres puedo recogerte en tu casa, tomaré un taxi.

—De acuerdo ¿Cuánto tardas?

—Te avisaré por el telefonillo.

—Muy bien. Gracias, me evitas tomar el bus y el metro.

—Entonces hasta dentro de unos minutos.

     Antes de recoger a Encarna ya había tomado una decisión, por lo que nada mas entrar en el taxi la espeté, sin esperar a recibir el saludo mañanero.

—En cuanto lleguemos a la oficina quiero que me hagas el favor de citar al Consejo de Administración, me gustaría comunicar algo importante. Pondremos el orden del día por escrito.

—Pero jefe ¿a qué se debe esta decisión?

—Quiero tomarme un tiempo sabático.

—¿Puedo saber la razón?

—Me vas a permitir dejarlo para otro momento. A todos los efectos estoy fatigado, cansado, estresado. Necesito descansar, leer, escribir y evadirme de cuanto llevo años haciendo.

—Jacinto, te conozco hace mucho tiempo y eso no es común en ti. ¿No puedes decirme la verdadera causa?

—Disculpa Encarna. Sabes el afecto que te tengo, pero es mejor para ti desconocer la verdadera razón. Es más, reclamo tu ayuda y espero me la des como siempre has hecho. No tengo intención ni deseo alguno de dar a conocer la verdadera razón, por lo que debes ayúdarme a conseguir tranquilidad, impedir que alguien me investigue. Inventa cualquier cosa, pero haz lo posible para desviar la atención tanto de amigos como enemigos y aquellos otros que intenten conocer el motivo de mi ausencia.

—De acuerdo Jacinto, haré lo que me pides.

—Muchas gracias, no te arrepentirás.

      Cuando acabé de preparar el orden del día del Consejo y mientras Encarna redactaba la nota citándoles para tres días después, no tuve más remedio que llamar a Lidia.

—Escucha Lidia, creo que adelantaré el pago por tu trabajo de decoración.

—¿A qué obedece?

—Necesito descansar una temporada y en cuanto celebre una reunión con el Consejo, es posible que cierre la casa de Madrid y me marche a la del campo.

—¿Y quieres hacerlo este fin de semana?

—En efecto.

—Tenía previsto pasarla con mis hijos, pero veré si puedo cambiarla.

—Sería estupendo.

—Veo que te ha entrado prisa, ¿pretendes salir de viaje?

—Es posible.

—De acuerdo, entonces sea este fin de semana. Hablaré con mis hijos.

—Te lo agradezco mucho.

            Celebré la reunión con el Consejo de Administración y pasé el fin de semana con Lidia. El lunes a primera hora la llevé a su casa y regresé de inmediato para preparar mi plan de trabajo. Claro que no conseguí convencerla con las explicaciones dadas sobre mi año sabático. Quince días después me llamó tan pronto regresó de pasar unos días con sus hijos, después de dejarlos de nuevo en brazos de su padre y exmarido.

—Mira Jacinto, no sé qué pretendes hacer, pero no creo una palabra de cuanto me dijiste hace unos días. Tampoco llego a comprender tus intenciones. ¿Te importaría decirme la verdad?

—De veras que lo siento, pero no deseo involucrarte en esta aventura.

—¿Ni siquiera a mí?

—A ti aún menos. Sabes que siento cariño por ti y no quiero perjudicarte, preferiría que desconocieras ciertas cosas.

—Así que cariño ¿Verdad?

—Ya me entiendes.

—Claro que te entiendo. No tengo ningún deseo ni intención de interrumpir tu estatus actual.

—No lo haces. Pero ¿No crees que esta conversación ya la hemos tenido antes?

—Sí, pero…

—No sigamos hablando por teléfono, ven aquí cuando quieras y reiniciaremos la discusión personalmente.

—De acuerdo.

            Tal vez no debí dejarme llevar por los deseos de Lidia, pero en verdad no tenía intención de facilitarle motivos para enfadarse. Dejaría que ella misma advirtiera cuanto hacía en mi tiempo de descanso programado y forzado, así me permitiría pergeñar debidamente mi plan, detallarlo y averiguar cuanto necesitaba para cumplirlo. Cuando acabara de planificar la primera etapa y entrara en la segunda, en la que posiblemente debería viajar, sería el momento en que ella posiblemente abandonaría mi casa y volvería a Madrid. La ejecución, si fuera necesaria, quedaría solo en mis manos como era mi deseo, sin cómplice o ayudante alguno.

            Dos horas después oí el sonido del coche de Lidia entrar por el camino. El ruido especial de las ruedas al deslizarse por encima de las pequeñas piedras blancas separando el camino del césped, hizo que abandonara la mirada de la pantalla del ordenador personal portátil y me levantara para ir en su busca. Señalo lo de personal, pues a nadie le permito usarlo, dispongo de varios más que sí pueden utilizar, no me agrada averigüen los datos privativos que contiene.

            Ernesto, encargado de la finca, salió al encuentro de Lidia, regresaba en esos momentos con su mujer de hacer la compra en el pueblo. Salí para ayudarla con la maleta y una bolsa que sacó del coche, así como una caja de botellas de vino. Nos abrazamos e inmediatamente saludó a Charo y su marido. Me dirigí a ellos.

—Se quedará con nosotros unos días —dije.

—Entonces prepararé la habitación verde de invitados.

            Lidia me miró interrogativa, en anteriores ocasiones se alojó en mi cuarto, pero no quise responder en el momento.

—Gracias Charo, la acompañaré.

—¿A qué hora querrán almorzar?

—Como siempre, sobre las dos de la tarde.

            Subimos a la primera planta y al llegar ante la puerta de su dormitorio,

—No te preocupes ni pienses que es un rechazo, desde la última vez que estuviste, mandé modificar esta planta y ahora mi habitación se comunica con la tuya.

—¿Entonces ocupa el espacio de tu estudio?

—Sí, lo he enviado a la antigua sala de juego, así estoy mas aislado evitando molestias cuando me pongo a trabajar.

—Estupendo.

—¿Te molesta? Pensé que así tendrías mas intimidad.

—No. No me molesta, al contrario, te estoy muy agradecida.

—¡Huy! ¡huy! no me gusta ese gesto.

—A mí tampoco. Lo siento Jacinto.

—Te dejo para que organices el armario, mientras tanto iré a preparar un aperitivo.

—¿No piensas explicarme con detenimiento la razón de tu año sabático?

—Durante el café, después de almorzar. Si no te importa, claro.

—De acuerdo, lo que dispongas.

            Bajé a la cocina mientras Lidia se dispuso a organizar su ropa y demás cosas en su habitación, luego tomamos el aperitivo sentados en la terraza y una hora más tarde pasamos al comedor para almorzar. Al acabar y tan pronto puso Charo las tazas de café sobre la mesa.

—Estaba deseando tomar el café —dijo después del primer sorbo.

—Me lo imaginaba, aunque tal vez te decepciones. La verdad, no creo que cuanto voy a decirte sea tan importante.

—Posiblemente, pero el hecho de compartir contigo una serie de momentos lo hace, máxime si estás dispuesto a hacerme partícipe ¿De que se trata?

—Recordarás que al deshacerme de la casa compartida con mi exmujer y trasladarme a la que me ayudaste a decorar, al hacer el traslado de muebles y objetos, encontré unas cajas con recuerdos de mis padres y abuelos. Cartas, fotos y demás. Entre ellos algunos de mi infancia y una serie de cartas o notas manuscritas de mi abuelo Jacinto, dirigidas a mi padre durante la época negra de nuestra historia reciente, la dictadura. Mi abuelo fue preso político y en una de esas cartas le encargó a mi padre hacer algo por él, la verdad, eso es lo que se desprende de su lectura, claro que desconozco si llegó a hacerlo y sobre todo el tipo de petición que le hizo. Desde el descubrimiento no hice más que pensar en esa petición y sobre todo en su cumplimiento.

—¿La supones tan importante como para tomar todo un año y dedicarte a averiguarlo?

—No sé si será importante o no, pero de algo estoy seguro, me ayudará a reconciliarme espiritualmente con ambos, quedarme tranquilo, sin dudas.

—¿Quieres que te ayude?

—En eso pensaba cuando pedí que vinieras.

—Te lo agradezco, me vendrán bien unos días fuera de la ciudad. ¿Cuál es el plan?

—En primer lugar, organizar los recuerdos, las cartas fundamentalmente, en base a la época en que mi abuelo estuvo preso. Después corroborar cuanto dice en ellas, más tarde averiguar la petición que al parecer le hizo a mi padre. Conocer la razón que le llevó a cumplirla o no.

—Es decir, ahora mismo no sabes que le pidió o si llegó a hacerlo.

—Exacto y deseo dedicar todo mi tiempo libre a conseguir descifrarlo.

—Permite que te ofrezca mi opinión. ¿No puedes hacerlo sin abandonar tus obligaciones en la corporación?

—Lo pensé inicialmente, pero opté por dejarlo en manos de quien se supone debe sustituirme algún día. Así aprovecharé para saber si lo hace como espero. Por otro lado, descubrir el misterio que encierran las cartas y manuscritos de mi abuelo, me intriga tanto que últimamente no pude conciliar el sueño, lo que abona mi criterio de dedicar tiempo en averiguarlo.

—¿No te perjudicará?

—No. Espero tenerlo todo bien atado. Encarna, mi ayudante seguirá siéndolo de mi sustituto, con la obligación de informarme detalladamente de cuanto vaya ocurriendo.

—¿Confías en ella?

—Completamente.

—Me alegro, hoy día es difícil confiar en la gente y menos si se trata de empleados.

—Pues confío en ella tanto como en ti.

—Yo también en ti.

—Entonces si no estás cansada iremos al estudio a leer las cartas ¿O te apetece una siesta?

—Creo que lo dejaré en tus manos.

 

Continúa con LA PETICION 2

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