La marca del diablo. Final

…y el final.


Pese a su silencio, con todo mi cariño a Gloria.


 

Una semana después comunicaba con Javier Merino.

—Me gustaría charlar unos minutos con usted.

—Claro sin problema alguno, venga a mi casa cuando quiera. Mi representante está de viaje en Norteamérica, preparando la tournée para Noviembre y Diciembre.

—De acuerdo, me acercaré en cuanto acabe una gestión.

—Como estoy ensayando suba y pase sin llamar, no le oiría si lo hiciera.

—¿Está solo?

—¿Acaso no debería?

Una hora más tarde Alberto atravesaba la puerta de entrada a la vivienda. No había acordes de piano, solo silencio. Le llamó en dos o tres ocasiones mientras recorría las habitaciones hasta llegar a la última, una especie de estudio con estanterías repletas de libros sujetos por bustos de intérpretes clásicos. Javier permanecía sentado frente a una pantalla de ordenador con unos auriculares puestos. Al verle acercarse apenas tuvo tiempo de cerrar la pantalla. La mirada de Alberto se concentró en un dato que apenas pudo ver, pero memorizó.

—¡Ah! Hola. No me di cuenta. Disculpe. ¿Cómo está? —pronuncio todo de manera atropellada.

—Bien. Disculpe le llamé y al no escuchar su ensayo le busqué.

—No hay nada que disculpar. ¿Algo de beber?

—No gracias.

—Dígame el motivo de charlar conmigo.

—Es usted directo.

—Ciertamente no me ando con rodeos. Sé que soy sospechoso, usted me lo ha dicho y veo que mantiene la misma idea.

—En efecto.

—¿Y bien?

—Me gustaría saber qué razones le llevan a visitar alguna población cercana a la ciudad donde ofrece sus conciertos, se entrevista con un hombre, que viste como usted y se supone que lo hace para relajarse ante de su concierto. Que aparentan no conocerse y sin embargo charlan amigablemente y antes de salir le entrega un maletín negro en cada ocasión.

—Veo que me tienen controlado.

—Ahora si, en los primeros acontecimientos no, pero tenemos medios a nuestra disposición. ¿Quiere por favor responderme?

—Es un antiguo amigo. Fue el primer representante que tuve cuando gané el primer premio como pianista. Se ofreció a llevar todo lo relativo a mi actividad. Lo hizo durante seis meses hasta que conocí la agencia que representa Michael y cancelé mi contrato con él. Es todo.

—¿Y el contenido del maletín?

—Son notas mías a las cláusulas del contrato que quiero firmar con él, para abandonar a Michael de quien estoy algo cansado.

—¿Puede demostrarlo?

—Sin ninguna duda. Pero por favor guárdeme el secreto. No quisiera reclamaciones por parte de mi actual representante.

—Claro. Una pregunta más. ¿Por qué se visten con la misma indumentaria?

—En un juego. Por si alguien nos encuentra y así poder esquivar alguna pregunta innecesaria.

—No es creíble señor Merino.

—Lo lamento, pero es cierto.

—Gracias por recibirme, ahora debo marcharme, tengo otras obligaciones.

—Claro. Seguiré aquí a su disposición.

—Adiós.

En su despacho de la OCN estudia con recelo los datos que ha podido ver en la pantalla del portátil del sospechoso. La fecha es sobre todo la que más interés le suscita, 6 de Octubre, después la ciudad y por último el nombre Alexey Sergéevich Vorobiov.

La búsqueda que inicia le lleva a confirmar que el 6 de Octubre en la Iglesia de San Pedro de Viena, ofrecerá un concierto de piano a cuatro manos junto a la pianista japonesa Aika Usui. Inmediatamente después prosigue la búsqueda del hombre ruso. Lo hace sobre el parámetro de Sergey Vorobiov, dado que lo usual en Rusia es asumir el nombre y apellido del padre. La respuesta no tarda en llegar. Sergey Vorobiov, presidente de una corporación de empresas afincada en San Petersburgo, con ramificaciones en Alemania, Francia y Holanda, fallecido en Paris hace dos años como consecuencia de un supuesto ataque al corazón. Su hijo Alexey viajó con él y se sospecha fue el inductor de su muerte para hacerse con el control del grupo empresarial. Desde entonces los negocios, beneficios y empresas se han incrementado, fundamentalmente por la actualmente principal “Juguetes Vorobiov”.

Con toda la información, ampliada con datos económicos, se presenta en el despacho del superior.

—Debemos poner en alerta a la OCN de Viena, y vigilar estrechamente a Alexey Sergéevich Vorobiov, tengo la impresión de que muy pronto en la red oscura aparecerá el contrato abierto con su nombre y será el momento en que nuestro hombre se active de nuevo.

—¿Qué propones?

—Personalmente iré a Viena y no me separaré un momento de Javier Merino. Pediremos seguimiento del representante y de Alexey.

—¿Cómo has conseguido esta información?

—Casualmente en la última visita a casa del pianista en Madrid. Cuando lo encontré trabajaba con el ordenador, pese a que me indició que no suele utilizarlo por orden de su representante, para evitar que los hackers le roben datos o le implanten un virus perjudicial. Al verme cerró la pantalla, sin embargo, pude acceder sibilinamente a la información que aparecía. La fecha y lugar no me pareció extraño, no obstante, me preocupó el nombre de ese ruso. Es un traficante de armas desde que su padre murió sospechosamente de un fulminante ataque cardíaco. No se le hizo autopsia a petición de Alexey y el cuerpo fue llevado a San Petersburgo para enterrarlo.

—Por cierto, tu solicitud para poder acceder al ordenador del sospechoso está tramitándose. Espero que puedan acceder y tú conectarte antes de ir a Viena.

—Gracias Luis.

Guadalajara. España. 27 de Septiembre.

Javier ha decidido pasar el fin de semana con sus padres, ya que según tiene previsto, tras acabar con el concierto de Viena, se trasladará hasta navidades, a Norteamérica, Canadá y tal vez México.

—Cuanto me alegra ver que estás tan ocupado. Ya eres un pianista de prestigio. Tu padre ha salido hace un rato a comprar unos libros para entretenerse. Los días, aunque parecen largos, se pasan muy rápido al menos para mí. Sin embargo, a tu padre le cuesta más. Echa de menos sus trabajos en el pueblo. Me ha pedido ir una vez al mes para echar un vistazo.

—Lo lamento madre, creí que os encontraríais más felices aquí.

—Lo estamos, solo que echa de menos a sus amigos del pueblo, aunque ya nada queda allí. Aquí solo me tiene a mí, y en ocasiones le sale el poco mal genio que tiene, incluso hay veces que discutimos por algo carente de importancia.

—Entonces deberíais ir. Acompáñale, no sabe estar sin ti, y si va solo al pueblo le faltarás y hará que la situación pueda complicarse. Eso sí, solo ir y venir, y poner mucho cuidado.

—Te haré caso, lo tendremos.

—Os dejaré mi coche, como estaré fuera no lo necesitaré, así podréis ir cuantas veces queráis sin necesidad de esperar autobuses o contratar taxis.

—Será mejor que se lo propongas personalmente a tu padre. No quiero que piense que he mediado, tal vez no le siente bien. El nuestro es viejo, y teme podamos quedarnos tirados en algún viaje, aunque en realidad hacemos pocos.

—De acuerdo. Ahora ve y arréglate si quieres, le esperamos y nos vamos a comer fuera. No quiero que cocines estos días, prefiero estar con vosotros todo el tiempo que pueda. No nos veremos en varios meses.

—Como te parezca hijo.

Ambrosio y Julia disfrutaron con la presencia de su hijo, a última hora de la tarde del domingo, Javier le entregó las llaves del coche a su padre. Le pidió condujera el coche y le dejaran en la estación de ferrocarril, alejada de la ciudad. Se despidieron en el andén. Días después lo harían por teléfono antes de viajar a Viena y posteriormente a la tournée americana.

—Señor Merino, soy Alberto.

—Le reconozco, es usted como de la familia. Sus llamadas son habituales. ¿Qué desea esta vez?

—Descartarle como sospechoso.

—Será estupendo. Así solo nos veremos en mis conciertos, está invitado a todos, solo que tendrá que viajar mucho.

—Si le pudiéramos descartar, escucharía sus discos, sin tener que viajar, tengo otras ocupaciones, aunque me gustan sus interpretaciones en vivo.

—¿Que necesita para descartarme?

—Convencerme y comprobar in situ, que no es el asesino.

—Podría ahorrárselo. Ya se lo dicho varias veces: no he matado a nadie.

—Lo sé y lo entiendo, pero me debo a mis superiores y es preciso confirmar o no, la sospecha que recae en usted.

—¿Y?

—Solicito su autorización para viajar en esta ocasión con usted, desde que salga de Madrid hasta que regrese.

—Tiene suerte, mi representante en esta ocasión no me acompañará, como le adelanté, se encuentra preparando los conciertos en Usa, Canadá y México.

—Mejor así.

—Diré que forma parte de la agencia de representación. ¿Le parece bien?

—Gracias señor Merino.

—De nada. Saldremos el día 3 desde el aeropuerto de Madrid. Ya están reservadas las habitaciones hasta el día 8, me evita anular la prevista para Michael. Eso lo arreglaremos al llegar al hotel.

—Hay algo que me intriga.

—¿Qué?

—Que no disponga de un ayudante o secretario.

—Esas funciones las suele completar Michael, aunque no muy a mi gusto, pero…

—De acuerdo. Esperaré al día 3. Puedo presentarme en su casa con mi maleta. ¿A qué hora tiene prevista la salida?

—Le llamaré el día 2 por la noche.

—Gracias señor Merino.

Oficina de OCN.

—He conseguido que acepte mi compañía estos días en Viena.

—Seguro que en esta ocasión no se comete el asesinato del ruso.

—Para mí se presenta un dilema. Por un lado, quiero que se cometa el crimen para descartar al pianista. Por otro, no quisiera que para ello deba morir una persona.

—Aún no tenemos autorización para acceder al ordenador de Merino.

—Avísame si estoy en Viena. Será primordial.

—Seguro. Diviértete si tienes ocasión.

—Espero que sí, aunque estaré ocupado la mayor parte del tiempo.

Viena 3 de Octubre. Recepción del Hotel Mercure.

Javier Merino y Alberto Sangil, atendidos por el responsable de recepción, han modificado la reserva a nombre de Michael, firmado las fichas correspondientes y dispuestos a subir a sus respectivas habitaciones.

Como es usual e imperativo para el pianista, jamás utiliza sus manos para cargar, llevar o empujar algo que pueda perjudicar sus especiales manos con seis dedos cada una de ellas. Como alguien dijo cuando él nació, tenía “la marca del diablo” y después corroboraron en la OCN, desconociendo que, del mismo modo, su pie derecho tiene seis dedos, lo que sin duda habría ayudado al agente Alberto Sangil, a confirmar su sospecha sobre la firma del asesino. Tres letras en cada crimen, tres miembros con defectos genéticos, Polidactilia.

—Alberto, debo advertirle que cuanto suceda desde este momento, solo será fruto de coincidencias. Mi comportamiento será tal y como he venido haciendo en cada uno de los conciertos ofrecidos hasta la fecha, desde que Michael y su agencia me representaron.

—Se lo agradezco mucho.

—Bien. Ahora dispóngase a visitar el templo donde daré el concierto. Está en pleno centro de la ciudad, muy cerca de la catedral de Sant Stephan, en el centro cultural de Viena. Necesito comprobar algunos aspectos. No debe intervenir solo asentir cuanto diga y haga. ¿De acuerdo?

—Claro. No haré nada que pueda perjudicarle. Lo prometo.

—Perfecto.

Al día siguiente recorrieron el centro de la ciudad, pasearon, tomaron café en el más célebre establecimiento, el Café Central. El día previo al concierto, tras confirmar extremos del evento, se dispusieron a realizar la visita a un lugar campestre con el fin de relajarse.

—He contratado un coche. Iremos a Grinzing, un barrio de Viena en pleno bosque, situado sobre colinas, con unas vistas majestuosas de la ciudad. Casas bajitas con jardines y callejuelas. Ideal para pasear y también para tomar un buen vino blanco en un Heurigen. Son establecimientos donde degustar con una característica, solo pueden vender vino de su propia cosecha. Claro que, si quiere, en vez de conducir, podemos ir en bus, no está muy lejos.

—¿Ya sabe a qué Heurigen iremos?

—Siempre que vengo a Viena visito el mismo, ya me conocen.

—Perfecto. ¿Debo ponerme su indumentaria?

—No será preciso. Entraré y un minuto después lo hará usted, le saludaré y presentaré como un amigo al coincidir en el Heurigen.

—Bien, no hay problema. No olvide el maletín negro.

—Claro, solo que en esta ocasión tuve que comprar uno marrón. ¿Le importa?

—No, aunque si me gustaría ver antes su contenido.

—Por supuesto.

El hombre que charla amigablemente con Javier aparenta más de cincuenta años. Ambos llevan polo gris y pantalón blanco. Una chaqueta corta del color del polo descansa en el espacio libre del banco donde se encuentran sentados. Cuenta los segundos para entrar. Javier gira la cabeza al verlo llegar y hace un ademán con la mano invitándole a unirse. Le presenta como un amigo. Charlan sobre su estancia en Viena e invitación para asistir al concierto en la Iglesia de San Pedro. Poco después entrega el maletín marrón al hombre, se saludan los tres y dan comienzo al paseo que los lleva a ver Viena desde una de las colinas. Dos horas después y tras negarse Javier a conversar, regresan al hotel.

— Las horas que faltan para el concierto son cruciales para mí, necesito silencio y soledad, por lo que le agradeceré que, si permanece a mi lado, guarde silencio, debo concentrarme, hacer ejercicios mentales, recordar las notas de mis interpretaciones y sobre todo descansar. Mañana será mi último concierto en Europa hasta el año próximo.

—De acuerdo en todo.

El concierto atrajo a muchas más personas de las permitidas, solo cincuenta de ellas pudieron sentarse para asistir al exigente programa a cuatro manos y mostrar todas las facetas del arte de sus intérpretes, que sensibles y con un sentimiento diferenciado ante las exigencias de los compositores, convencieron por la intensa y abierta belleza del sonido.

Tras el evento, regresan al hotel, cambio de vestimenta y espera del vehículo que los llevará a una cena de gala prevista por los organizadores del concierto. Se acostaron tarde y cansados, sobre todo el pianista.

Alberto se retiró a su habitación y esperó a que Javier le llamara para desayunar. Serían las nueve de la mañana cuando hacían entrada en la cafetería. Al pasar por recepción observó la portada del periódico Heute que señalaba: Anoche la policía recibió una llamada anónima señalando la presencia del cuerpo sin vida de un hombre bajo el puente de la Autopista 23, en la orilla del Danubio. El cadáver presentaba dos orificios de bala, uno en la cabeza y otro interviniendo el corazón. Mortales de necesidad. La redacción confirma que estamos a la espera de más información, así como la identificación del fallecido.   

 

Desayunaron, aunque el agente no hizo mención alguna de lo sucedido. No tenía intención de amargar las pocas horas que les restaban permanecer en tan maravillosa ciudad.

Madrid. Oficina de la OCN.

—¿Qué has sacado como conclusión?

—Confirmo que al menos este asesinato no lo hizo Javier Merino. Estuve todo el tiempo con él, salvo las horas de sueño.

—¿Podría haber salido sin que lo advirtieras?

—Definitivamente no. Pedí a los holandeses que sus hombres vigilaran a Merino desde que entráramos al hotel por la noche hasta que nos vieran salir juntos. No se ausentó un solo momento.

—¿Entonces?

—No es quien asesina. Pero dudo mucho no esté implicado de alguna manera. En todo caso podría estar siendo utilizado.

—¿Qué propones?

—Debo permanecer observando y analizando cada una de sus entradas al ordenador. Estoy convencido de que algo aparecerá. Ahora tiene previsto viajar a Estados Unidos y Canadá, su representante está preparando los conciertos.

—Por mi parte, estoy a punto de recibir información sobre la Agencia que le representa, y en especial sobre Michael Dolofónos. Es todo muy extraño.

—¿Y sobre el hombre con quien se encuentra antes de los conciertos?

—En Viena le acompañé. No le dejé solo más de un minuto, y el contenido del maletín, en esa ocasión marrón, era en efecto documentación sobre un contrato de representación, ya que tiene interés en abandonar al actual.

—¿Por qué es el mismo hombre? ¿Lo has comprobado?

—Al parecer fue su primer representante durante un corto espacio de tiempo. También pertenece a una Agencia de Representación, “Galería de Artistas”, traducido al español, tiene su sede en Nueva York y oficinas abiertas en las más importantes ciudades del mundo. Representa a cantantes de ópera, directores de orquestas y solistas. Al parecer contactaron con él mientras representaba a Merino, le nombraron responsable para el área europea y como era lógico contactó con su expupilo en una de sus actuaciones. Ha debido convencerle de las virtudes de la nueva agencia, por eso está preparando marcharse de la actual. Aprovecha, siempre según él, los momentos previos al concierto para pasarle sus exigencias. Como no quiere cancelar el contrato, le restan tres años, quiere esperar a que el actual cometa un fallo para rescindirlo. El hombre, de quien todavía no se su nombre, le ayuda en la sombra.

—Estuve analizando lo precedente y, ¿no crees que también podría ser sospechoso el actual representante?

—Esa es la razón por la que confío en conocer detalles de Michael Dolofónos.

—Que apellido más extraño. ¿Griego?

—Sí, y lo mejor es la traducción al español, significa “matador”

—Podría ser una extraña coincidencia.

—Y desde luego no es razón para sospechar. Pero estoy en ello.

—Suerte, pero considera que en diez días debo informar a la Central de la situación.

—Espero y deseo dar con la clave, por ahora solo son sospechas, ni tan siquiera indicios.

Dos días más tarde.

Alberto tiene numerosos informes remitidos por las diferentes OCN. Dispone de información precisa y reciente de Michael Dolofónos y de la Agencia para la que trabaja. Del mismo modo de un amplio expediente de Rubén Arias, actual interesado en recuperar la representación de Javier Merino y como no de su agencia con sede en Nueva York.

Prepara un concienzudo y amplio informe que pasará a Luis, superior de la Oficina, para ser remitido a Lyon.

—Luis he terminado el informe, si tienes un momento me paso por tu despacho y te lo entrego.

—Claro, te espero.

Minutos después.

—Antes de leerlo, creo que se deberían cursar órdenes de detención con carácter inmediato para evitar huidas.

—¿Estás seguro?

—Completamente, en cuanto leas mi informe lo corroborarás.

—De acuerdo. ¿Los nombres?

—Javier Merino, el pianista. Michael Dolofónos representante de Javier. Responsables de la agencia de representaciones “Nuevas Visiones” en Nueva York”. Rubén Arias, responsable para Europa de la agencia de representaciones “Galería de Artistas” con sede en Nueva York, así como de sus directivos.

—Bien, pediré que extiendan las notificaciones a las OCN que correspondan. Mientras dame tiempo para leer el informe.

—Desde luego. Cuando acabes hablamos. Disculpa, me olvidaba pedirte un favor.

—¿Cuál?

—Me gustaría estar presenta en los interrogatorios de los detenidos.

—Naturalmente. Lo indicaré en las órdenes.

—Gracias.

Dos días después la OCN de Madrid, recibe confirmación de las detenciones realizadas. La coordinación exigida para evitar huidas ha surtido el efecto esperado. La mayoría de los detenidos lo han sido en Estados Unidos. Desde Washington, sede de la Oficina Central, solicitan la presencia de los agentes de la Oficina de Madrid para iniciar los interrogatorios.

Luis y Alberto salen en el primer vuelo directo a la capital de USA. Allí se iniciarán los trámites para determinar los delitos.

Mientras tanto los cuerpos de policía de Estados Unidos y España han verificado los datos aportados en el informe y confirmados algunos extremos, suficientes para presentar las acusaciones pertinentes.

El primero de los acusados detenido es Michael Dolofónos. La sala donde se encuentra es luminosa, dispone de una temperatura adecuada. Estratégicamente situadas, dos cámaras graban la sesión que preside un agente norteamericano. Desde otra estancia, Luis y Alberto acompañados por el director de la OCN USA y dos agentes más observan en una pantalla el interrogatorio.

En primer lugar, confirma su nombre y residencia para posteriormente negarse en rotundo a responder a las preguntas que puedan formularle, añadiendo que únicamente lo hará en presencia de un abogado.

Se suspende el interrogatorio. El detenido es confinado en una celda, y el agente se reúne con sus superiores para requerir la presencia del abogado solicitado.

De igual manera los cuatro directivos responsables de la New Visions Presentation Agency (Agencia Nuevas Visiones) han declinado responder hasta ser acompañados por sus correspondientes abogados.

El pianista fue el único que no tuvo inconveniente alguno en responder, pese a solicitar también la presencia de su abogado, si bien antes de hacerlo dijo:

—Supongo que Alberto Sangil estará presente en mi declaración, será bien recibido. Sin embargo, antes de hacerlo exijo que pongan protección policial a mi familia en España, de lo contrario no responderé a ninguna de sus preguntas.

—Tendremos que hablar con la oficina de la Interpol en Madrid.

—Háganlo. Hasta que no me confirmen esos extremos guardaré silencio.

Los responsables de “Artists Gallery Representation Agency” (Galería de Artistas) se mostraron renuentes a la hora de responder las mínimas preguntas. Solo ante la presencia solicitada de Eduard Travis, a quien citaron de inmediato, respondieron del mismo modo que sus colegas de la otra agencia de presentación.

Rubén Arias ni tan siquiera fue llamado al interrogatorio. Acabada la jornada los responsables de ambas oficinas mantuvieron una reunión.

—Habrá que esperar para realizar los interrogatorios. Los abogados han sido citados y convendría preparar una agenda. Disponemos de poco tiempo para los interrogatorios, por lo que deberemos presentar cargos si queremos retenerlos más tiempo.

—Por parte nuestra —añadió Luis— estamos conformes, mientras esperamos la respuesta a la solicitud de Javier Merino. Dada la urgencia del caso, posiblemente mañana.

—Una pregunta —solicitó Alberto— ¿Quién es Eduard Travis y cuál es la razón de su presencia solicitada por la agencia Galería de Artistas?

—¿Es necesario? ¿No lo intuyen? —responde Alan Curtis responsable de la ONC de Washington.

—Por supuesto. Lo que nos lleva a pensar tendremos algún que otro problema a la hora de interrogar.

—Tal vez, nunca se sabe. Trataremos de evitarlo en lo posible.

Luis y Alberto se reúnen para cenar solos en un apartado restaurante de la capital norteamericana, antes han regresado al hotel, se han cambiado de ropa y confiados en no ser escuchados, comentan frente a sus platos.

—Se lo que vas a preguntarme Alberto, pero no tengo respuesta. Hemos hecho, en realidad, has hecho todo lo posible por paralizar los asesinatos y dar con los culpables, incluso creo que tienes una opinión, esa que no has reflejado en el informe. Como tú, estoy convencido de que esto nos va a llevar, como siempre, a un callejón sin salida. Se detendrá y juzgará a alguien que poco o nada tendrá que ver con los asesinatos. Tu yo sabemos a qué obedecen. Lo dejaste muy claro cuando te pasé el expediente para investigar: esto elimina elementos indeseables del ámbito criminal.

—En efecto. Yo lo definiría como una lucha de intereses entre dos agencias cuyas portadas son las representaciones de artistas. Huelga decir que los contratos abiertos son encargos de alguna de esas agencias gubernamentales que trabajan ocultas y de las que nunca aparecerá información alguna. Es más, seguro que si son descubiertas lo negarán.

—¿Qué hacemos?

—Como decimos en España, agua y ajo. Trataremos, como hacen ellos, que nuestros nacionales no se vean perjudicados más de lo que ya están. Creo que deberíamos abandonar Washington, llevarnos a Rubén Arias y Javier Merino, y tratar de quedar como mejor podamos.

—Espero que esto no afecte a tu trabajo.

—Claro que no, pero es posible que abandone la agrupación y me dedique cuando finalice este caso, a la investigación en alguna Brigada con asuntos menos conflictivos.

—Lo lamentaré.

—Y yo, pero no me gusta enfrentarme a imponderables y aún menos si debo jugar con dos barajas y una de ellas es el gobierno de un país. No acepto la hipocresía, la falsedad y aún menos la mentira.

—No siempre podemos ser tan íntegros.

—Posiblemente, pero al menos lo intento, rechazo cualquier posibilidad que me desvíe de ese camino.

—Seguiremos hablando en Madrid. Mañana solicitaré la entrega de Rubén y Javier. También que garanticen su seguridad y la de sus respectivas familias.

—¿ Lo van a conceder?

—Seguro. Dejaremos en sus manos y criterio las actuaciones sobre las respectivas agencias de representaciones artísticas, a cambio de confirmar los estatus de nuestros “sospechosos”.

—Espero que lo consigas.

—En Madrid hablaremos con ellos dos, ahora prefiero no comentar esos extremos.

—De acuerdo.

Las conversaciones entre Alan Curtis y Luis Marcos, no les llevaron más de una hora. En sus manos la respuesta a sus peticiones.

—Mañana regresamos a Madrid, nos acompañarán sin cargo alguno Javier Merino y Rubén Arias.

—Lo has conseguido. Enhorabuena.

—Gracias.

Los cuatro hombres salen del avión por el finger para recoger sus maletas. Quince minutos después un coche oficial les espera en la salida. Llegan a la OCN media hora más tarde.

—Señores Arias y Merino, les pedí no comentar nada hasta llegar a Madrid. Es hora de hacerlo. Antes debo confirmarles que la Oficina de Washington nos ha prometido seguridad para ambos y sus familias. Están libres de cargos. Sin embargo, nos gustaría conocer algunos puntos negros que no llegamos a comprender. Están en su derecho de no hacerlo, aunque Alberto y yo agradeceríamos lo hicieran, así dejaríamos cerrados definitivamente estos asuntos. Una vez que nos relaten y se aclaren algunas dudas, podrán seguir con sus vidas.

Ambos hombres se miran, asiente con la cabeza y responden afirmativamente a la petición de Luis Marcos.

—De acuerdo. Tienen reservadas habitaciones en un hotel cercano. Pasaremos a recogerlos y nos comentarán. Ahora vayan y descansen.

A la mañana siguiente.

Los cuatro hombres permanecen sentados alrededor de una mesa a un lado del amplio despacho de Luis Marcos.

—Como les dije no están encausados. Sus expedientes han sido eliminados de los archivos de la Interpol y consecuentemente cuanto nos digan será a título informativo, no será considerado, siempre y cuando no hayan cometido delitos de sangre.

Javier y Rubén asienten mientras Alberto mira pacientemente a Luis y abre un bloc de notas sobre el que descansa un bolígrafo.

—Cuando quieran —señala Luis.

—Disculpa —pide Alberto—me gustaría preguntar en base a las dudas y sospechas que tengo pendientes. ¿Hay algún inconveniente?

—Ninguno —responde Luis y seguidamente Rubén y Javier.

—Perfecto. Entonces comenzaré preguntando a Rubén.

—Bien, cuando quiera —responde.

—Al comienzo de la etapa de Javier Merino como concertista, usted fue su primer representante. ¿Es cierto que seis meses después Javier le sustituyó por la agencia de Michael Dolofónos? ¿Por qué razón resolvió un contrato cuya duración era de cinco años? ¿Por qué no pidió daños y perjuicios a Javier Merino?

—En efecto, fui su primer representante. Soy un gran melómano y el piano es el instrumento que más aprecio. Javier era un artista incipiente con unas cualidades excepcionales, le auguré muchos éxitos. Me ofrecí a representarle, solo que no me ajusté a los parámetros que suelen contemplar las grandes agencias. Le tenía solo a él. Mi actitud no era para ganar dinero, solo me interesa el arte per se. El aceptó y firmó el contrato usual por cinco años renovables de común acuerdo. A los cinco meses alguien, desconozco quien, aunque sospeché posteriormente, me llamó por teléfono amenazándome: Por interés de su familia debe estar dispuesto a resolver el contrato con Javier Merino, de no hacerlo sufrirá consecuencias y no buenas precisamente. Acepté a regañadientes, aunque tuve que esperar un mes para que Javier me comunicara su decisión por resolver el contrato. No me opuse, conocía la advertencia. Esa fue la razón por la que no exigí daños y perjuicios. Cuando Javier firmó el contrato con la agencia de Michael Dolofónos, recibí un cheque bancario nominativo por importe de 150.000€ y una carta firmada por Javier Merino señalando que correspondía a los perjuicios causados por la resolución del contrato recomendando lo aceptara. Lo hice. Todo se cerró ahí. Aunque continué viajando a las ciudades donde daba sus conciertos para disfrutar de su éxito.

—Llegaron a entrevistarse, comentar o hablar de todo lo sucedido.

—No. Solo al cabo de cierto tiempo, volvimos a vernos, pero no abordamos el tema.

—Disculpe Javier, ¿es cierto cuanto dice Rubén, o tiene algo que añadir?

—Es cierto, completamente cierto. Rubén sabe el afecto que le tengo, aquello me afectó mucho. Cuando me abordó en Nueva York Michael Dolofónos, mi reacción fue negarme al cambio. Sabía que Rubén en caso de resolver unilateralmente el contrato no haría reclamación alguna. En la tercera petición, Michael dejó caer sibilinamente que no hacerlo cerraría mis puertas en las mejores salas de conciertos internacionales. Seguí negándome y por último conocedor del cariño y confianza con Rubén, alegó que debería firmar el contrato ofrecido ante la posibilidad de que ejercerían cierta presión sobre la familia de Rubén. Acepté como él a regañadientes. Posteriormente y a cuenta de mis ingresos remití el cheque que hace referencia.

—Me arrastra una duda. Posteriormente se ven un día antes de sus conciertos en un lugar apartado, usted señala que lo hace por relajación antes del evento. En esas visitas lleva un maletín que le entrega. Conozco el contenido de su último encuentro, notas para un nuevo contrato con otra agencia, en este caso Artists Gallery Representation Agency. Pero, en las anteriores citas ¿Qué lleva el maletín?

—Antes de que responda Javier —interrumpe Rubén— debo hacer las siguientes observaciones.

—Adelante.

—Pasaron unos meses cuando un hombre de la agencia que ha citado se presentó en mi casa ofreciéndome un puesto como responsable para Europa de un elenco de concertistas de piano. Querían conseguir el contrato con Javier Merino. La oportunidad me pareció atractiva. Volvería a representarle y me resarciría de la maldad de Michael Dolofónos.

Acepto. ¿Cuándo firmamos el contrato?

—Mañana se acerca por esta dirección a las nueve —me entregó una tarjeta— ampliamos y resolvemos dudas.

—De acuerdo.

Era mi gran oportunidad, acepté sin cortapisa alguna. Firme el contrato y acepté la solicitud de mi interlocutor para no presionar demasiado a Javier Merino, disponía de un contrato actual de larga duración y no tenían intención de enfrentarse con su actual agencia. Irían preparando las cláusulas según el éxito de sus actuaciones y el aumento del caché. Acepté el juego. Después me entrevisté con Javier y le confié cuanto convine con la Agencia. Le pareció bien.

—Sospecho que todavía no nos ha contado todo ¿verdad?

—Confieso que no. Lo haré solo que antes de nada querido Javier, debo pedirte perdón.

—¿Por qué? Nada me has hecho.

—Directamente no, aunque no llegué a decírtelo.

—¿Decirme qué?

—Espera unos minutos y sabrás todo. Deseo que me perdones de antemano. No fue culpa mía. ¿Recuerdas una ocasión al principio de la segunda etapa, cuando te negaste a introducir un programa en el ordenador de Rubén?

—Sí. Desde luego. No me pareció ético, como la amenaza que recibiste de ellos sobre tu familia. Pero tengo unos principios.

—Lo sé. ¿Recuerdas que por esas fechas tu familia cuando vivía en el pueblo sufrió una serie de incidentes que provocó su ruina? Pues fue el resultado de tu negativa a introducir el programa.

—¿Cómo?

—Les comuniqué que no estabas dispuesto. Me respondieron con un “vale”. Cuando quemaron el monte y mataron las reses de tus padres, dijeron, “entrégale este pendrive, que lo introduzca en el ordenador de Michael y adviértele que no hacerlo favorecerá que sus padres tengan un accidente. Lo entendí, por eso insistí en que lo hicieras, te rogué, me puse a tus pies, aunque no comenté la razón. Ahora la conoces y por ello te pido perdón.

—No tienes la culpa. Fui yo ante mi negativa el causante de su ruina. Ahora lo he compensado.

—¿Qué contenía el programa que se introdujo en aquel ordenador?

—No lo supimos, ni quisimos saberlo. Solo Javier debía pulsar una clave e imprimir lo que apareciera, correos cruzados entre Michael y su agencia. Javier lo extraía, lo imprimía y uno o dos días antes del concierto, nos veíamos en algún sitio especial, el me entregaba el maletín con las copias impresas. Debía hacerlo con frecuencia. Al parecer el programa no podía ser descubierto, es lo que me dijeron.

—¿Sabían que se producían asesinatos durante o al día siguiente de dar el concierto Javier?

—Lo leíamos en la prensa, aunque, lo achacamos a una mera coincidencia. Teniendo en cuenta la importancia de las ciudades, sobre todo capitales de países en las que siempre se comenten asesinatos.

—Usted Javier ¿Lo conocía?

—Como ha dicho Rubén, solo a título informativo, nada me hacía pensar otra cosa.

—Otra pregunta ¿Conocían que el o los asesinos dejaban una tarjeta en blanco con las iniciales “M”,”N” y “O”?

—Si lo leíamos en la prensa —señalaron ambos interrogados.

—¿Y sabían que dichas letras coinciden con la llamada “Marca del Diablo”?

—¿Qué? ¿La marca del diablo? ¿Qué significa eso? —preguntan ambos.

—Sospecho que ya han respondido. Deben saber que esas tres letras forman parte de las teclas numéricas de los teléfonos y tabletas, dentro del número 6. Las tres nos llevan a componer un número, 666, es decir el número del diablo según las leyendas urbanas y algunos frikis estudiosos.

—Disculpe, en alguna ocasión mis padres me dijeron que alguien del pueblo, durante mi bautizo comentó que yo llevaba la marca del diablo, mis manos con seis dedos cada una y mi pie derecho con igual número de dedos.

—¿Tu pie derecho también tiene seis dedos? —preguntó Rubén.

—Si, en efecto. ¿Quieres verlo?

—No, no es preciso.

—¿Entonces los asesinos han estado utilizando mi polidactilia como firma para cometer asesinados?

—En efecto. ¿Entiende ahora mis sospechas sobre usted?

—Y usted recuerda mi frase: no he matado a nadie.

—Desde luego. Tendrá que disculparme, pero es mi trabajo. Máxime si coincidían con las fechas de sus conciertos, y las extrañas reuniones con Rubén el día antes. Por cierto, ¿llegaron a ver los documentos que entregaban a la agencia?

—Claro, aunque no llegué a entender que importancia tenían aquellos correos.

—¿Tienen alguna copia?

—No, ninguna.

—Y recuerdan algún contenido.

—Yo si —añadió Javier— recuerdo el último. El primero decía algo parecido a: “Próximamente se presentará en la ciudad un importante concierto. Las entradas para asistir se pondrán a la venta el día 6 de 19 horas a 21 horas. Melómanos interesados contactar urgentemente para elegir situación en la sala, utilizando el código de costumbre” El otro correo señalaba algo similar a: “Tenemos información sobre la asistencia al concierto de un empresario ruso, le agradeceremos aproveche la ocasión para invitarle a la cena de gala que ofrecen los promotores, será interesante intercambiar opiniones y crear un ambiente propicio para nuestra agencia,” decía algo referente a información o adjuntos.

—Yo no —menciona Rubén— nunca quise leer los contenidos, los metía en un sobre, lo cerraba y me reunía poco después con la persona encargada de recibir el maletín.

—¿Qué importancia tienen los mensajes?

—En su momento lo entenderán. ¿Puedo concluir? —pide a Luis Marcos que solo ha permanecido escuchando.

—Por supuesto. Ahora bien, les advierto que cuanto escucharán es confidencial, solo para sus oídos, debe permanecer archivado en sus conciencias. Su revelación tal vez suponga que algunas de las agencias ejecutivas mencionadas, aprovecharían para eliminar aspectos molestos. Y me estoy refiriendo a ustedes dos y sus respectivas familias ¿Lo entienden?

—Por supuesto.

—Entonces procede.

—Como consecuencia de las investigaciones llevadas a cabo por las diferentes Oficinas de la Interpol de los países en que tuvieron lugar los asesinatos, hemos llegado a las siguientes conclusiones. En primer lugar, ambas agencias de representación de artistas son meras tapaderas de unos negocios oscuros. Se trata de dos agencias, pero de criminales a sueldo. A través de la “red oscura” una red de internet oculta a los ciudadanos corrientes, se cometen todo tipo de actos delictivos, y solo por algunos que la conocen y pueden acceder, alguien encarga el asesinato de un personaje, que aparentemente puede dañar a una empresa, le tienen odio especial, o simplemente es una competencia molesta. Una multitud de opciones y deseos de su muerte. Ponen un precio a su muerte. Como el contrato es abierto, cualquier asesino lo puede hacer, pero debe dejar una pista que confirme quien lo ha realizado y con ello poder cobrar. Los correos que hace mención son meros anuncios del lanzamiento de un contrato abierto y los datos sobre la persona a quien deben asesinar. Se desprende que la primera agencia comenzó a utilizar su “marca del diablo” las letras M, N y O que configuran como ya he dicho el 666 o número del diablo. Sin embargo, estoy seguro de que la segunda agencia, la que captó a Rubén, no estaba dispuesta a contratarle a usted Javier, solo aprovechar su estatus como representado y acceder al sistema para poder adelantarse, eliminar al sujeto objeto de asesinato para corroborar su muerte, no quedar en la duda si han sido o no muertos o han escapado para ocultarse. Sospecho que detrás de la agencia de representación se encuentra otra fantasma pero gubernamental, que se encarga de lanzar el contrato y por supuesto pagar menos de lo que prometen en sus correos.

—¿Estaremos tranquilos y seguros a partir de ahora?

—Esa es la promesa que nos hicieron en Washington, pero les recomendaría pusieran algo más de cuidado. Si lo desconocen y a título personal les diré que no son muy de fiar cuando se trata a actividades ilícitas ocultas por sus agencias gubernamentales.

—Hemos terminado —dijo Luis. Cuando quieran pueden marcharse. Les dejaré mis datos de contacto pese a que en esta oficina no atendemos denuncias de ningún tipo, los ciudadanos deben acceder a sus cuerpos policiales y si ellos lo consideran nos lo pasan. En sus casos lo haría, pero solo a título personal ya que soy conocedor y parte en los casos en que han visto inmersos.

—Gracias. Muchas gracias, Luis. A usted también Alberto. Se han portado bien con nosotros. Esperamos no volver a vernos.

—También les dejo mis datos por si llegan a necesitarme, yo si estaré fuera de esta Oficina.

Apretones de manos y despedidas.

Alberto solicitó y Luis firmó la petición de traslado a una Brigada de la Policía Nacional. Fue destinado a la de Terrorismo.

Luis continuó al frente de la OCN de Madrid con la asistencia de un recién incorporado inspector del C.N.P.

Javier, resuelto su contrato con la agencia, contrató su representación con otra a recomendación de Rubén, quien siguió viajando a los conciertos de su fiel amigo Javier Merino.

Una semana después Alberto lee en la prensa: Cuatro de las agencias de presentación más importantes del mundo se reúnen en Roma el próximo fin de semana para coordinar aspectos de los artistas que representan, así como aunar esfuerzos para mantener la primigenia esencia de la representación artística en los más importantes foros internacionales. A la reunión han sido invitadas más de cincuenta agencias, entre las que destacan Paris, Budapest y Tokio.

Han transcurrido dieciocho meses desde la última vez que se vieron. Alberto ahora trabaja en una oficina temporal, lo hace ocultando su actividad principal, pues está investigando a un grupo infiltrado que prepara algún atentado en Madrid. Su teléfono suena.

—¿Dígame?

—Quisiera hablar con Alberto Sangil.

—Lo siento, no está en este momento acaba de salir. ¿Quiere que le deje algún recado?

—Si es tan amable. Dígale que le ha llamado Javier Merino. También que han matado de un disparo a Rubén Arias cuando salíamos ayer del Palacio de la Música en Barcelona. Anote mi número de teléfono, aunque supongo que él sabrá encontrarme.

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