La marca del diablo 1

Relato inédito

LA MARCA DEL DIABLO – Primera parte.


Pese a su silencio, con todo mi cariño a Gloria.


 

En un pueblo de la Castilla profunda hace treinta años.

Ambrosio decidió unir sus deseos a los de otros cinco jóvenes solteros de aquel pueblo olvidado de Dios, la administración periférica y el alcalde del municipio.

Antonio se negó a participar en la excursión preparada dos meses atrás. Pensó que a Dorita no le haría gracia. Eso sí, se presentó voluntario para recoger las mulas en que viajarían hasta la parada del autobús que cada día, pasaba a más de diez kilómetros del pueblo. Esperó a que sus amigos subieran al autobús. Ató las riendas de las tres acémilas a la suya y regresó al pueblo.

Cuatro días después regresaron. Lo anunciaron llamando por teléfono. Debía recogerlos, aunque en esta ocasión con solo dos mulas, ya que Ambrosio decidió quedarse en la capital de la provincia, al menos un par de días más.

Los cinco amigos lo comentaron en la tasca de Froilán. Se divirtieron, conocieron a unas mujeres guapas y cariñosas. Anunciaron su intención de hacerlo en cada ocasión que se presentara de nuevo.

—¿Y Ambrosio? —preguntó uno de ellos.

—Se quedó allí, conoció a una camarera en la cafetería que desayunamos al día siguiente de llegar. Estuvo estos días detrás de ella.

—Le ha dado fuerte y en serio.

—Eso parece. Nos dijo que no haría falta que fuéramos a buscarle a su regreso, pensaba alquilar un coche para llegar al pueblo.

Días más tarde, antes de ocultarse el sol, los seis amigos tomaban unos chatos de vino sentados a la puerta de la taberna. Uno de ellos al mirar el horizonte, anunció una polvareda en el camino de entrada al pueblo  que presagiaba el acercamiento de un coche.

—Debe ser Ambrosio. ¿Os parece que vayamos a su encuentro?

Abandonaron sus vasos aún mediados de vino y se acercaron a la entrada del pueblo, cerca de la casa de Ambrosio. Se sentaron en la cerca de piedra que perimetralmente cubre el pequeño terrero de su propiedad. En unos minutos un coche de color negro paró muy cerca. Ambrosio abrió una de las puertas traseras y esperó a que una mujer saliera por ella, él avanzó su mano para ayudarla. Después se acercó al conductor, quien solícito abrió el maletero, extrajo dos maletas, las depositó en el suelo para segundos después estrechar la mano de Ambrosio. Dijo unas palabras, la mujer estrechó también su mano. Minutos después el coche levantaba polvo de nuevo, avanzando ligero hacia la salida del pueblo.

Los seis amigos abandonaron la posición mantenida hasta ese momento y caminaron al encuentro del recién llegado. Se saludaron y esperaron a que les presentara a la mujer. Sin más preámbulos señaló.

—Amigos míos, os presento a mi futura esposa.

Seguidamente añadió.

—Julia, te presento a mis mejores amigos del pueblo.

Pronunció los nombres de cada uno de ellos y en el mismo instante, se acercaron a Julia para estrechar la mano que extendió inmediatamente.

—Nos vais a perdonar estamos cansados del viaje. Julia debe deshacer las maletas y yo debo ir a hablar con el cura. Nos queremos casar cuanto antes.

Así fue, una semana más tarde Julia y Ambrosio se convirtieron en matrimonio. No tuvieron mucho tiempo, el atrasado trabajo reclamaba la presencia del recién casado y único heredero del mínimo patrimonio de sus padres, fallecidos ambos en el corto espacio de dos meses hacía ya dos años. El tío Fanegas, que así llamaban a su padre en el pueblo, cayó en una fuerte depresión al morir su esposa y madre del único hijo, al quedarse dormido en los pinares y ser atacado por una manada de lobos. Ambrosio lo reconoció por los anillos de boda que llevaba en uno de los bolsillos del chaleco.

Adaptó como pudo la vivienda al gusto de Julia. A los dos años nació el que sería único hijo, Javier. Lo hizo en casa, con la ayuda de la partera del pueblo.

Al bautizo fueron invitados algunos de los habitantes del pueblo. Se oyeron comentarios. ¿Te has dado cuenta, el niño de Ambrosio tiene seis dedos en cada mano y otros seis en el pie derecho? Una mujer con más de noventa años se atrevió a señalar, es la marca del diablo. Nadie respondió, únicamente fruncieron el ceño y abandonaron la finca del matrimonio.

A Javier, el hijo, tanto la gente como los compañeros de colegio, le miraban con cierto temor. Sus padres sabedores del problema que provocaba optaron por buscar un colegio lejos del pueblo. Con gran esfuerzo le enviaron a la capital de la provincia, donde continuó estudiando. En una de las visitas que realizaban al internado, uno de los profesores los recomendó consideraran la posibilidad de utilizar las habilidades superiores sobre el resto de los alumnos, como consecuencia de padecer polidactilia. Fue matriculado en el Conservatorio de música donde comenzó a recibir clases de piano. Aquella decisión cambió la vida de Javier, no volvió a sentirse perseguido, incluso en los periodos de vacaciones aceptó pasarlas en el pueblo junto a sus padres, hecho al que se había negado hasta entonces.

La vida de la familia, pese a los sinsabores inesperados que en ocasiones se producían, continuó, aunque separados en la distancia. Julia y Ambrosio se mantuvieron en el pueblo comprando la recogida de flores a cada vecino para una vez refinada la esencia, venderla a las industrias de perfumería por el doble de lo pagado. Del mismo modo trataba y pagaba la resina de los pinares que los habitantes del pueblo retiraban. Ellos lo trataban y vendían a industrias. Los solían pagar muy bien.

Con mucho esfuerzo mantuvieron a Javier en la ciudad estudiando. Jamás se cansaron de escuchar a su hijo decirles que se encargaría de compensar el esfuerzo realizado durante años.

Algunos años después.

Actualidad. En la OCN (Oficina Central Nacional) de la Interpol en Madrid.

Un hombre de unos cuarenta años levanta el auricular del teléfono, pulsa con el índice de la mano derecha las teclas señaladas con los dígitos 2 y 3 y espera respuesta.

—Alberto, si no estás ocupado, acércate a mi despecho, acabo de recibir unas notas informativas que me gustaría comentar contigo.

—Ahora mismo voy.

Dos minutos más tarde.

—Hace unos días recibimos estas dos notas, una de USA, la otra de Alemania. Ayer otra de Francia, y hoy una de Singapur.

—Debo suponer que todas tratan un mismo o similar asunto, ¿cierto?

—En efecto.

Después de leer las notas.

—Según se desprende, estos asesinatos además de eliminar trabajo a la policía, está saneando el mundo criminal. Los cadáveres aparecidos son mafiosos o gente que no merecían vivir, vistos sus antecedentes.

—En parte estoy de acuerdo contigo, solo que nos debemos a nuestra obligación, sin que importe poco o mucho si son o no criminales, los asesinados.

—Lo se Luis. ¿Qué hacemos?

—Dedicarnos a comprobar nuestras bases de datos, tanto de la Guardia Civil, como Policía Nacional y del resto de fuerzas de seguridad autonómicas. Tal vez encontremos algo que ofrecer a nuestros colegas. Por cierto, ¿te has fijado en que todos los cuerpos aparecen con una tarjeta blanca y en ella unas letras?

—¿La firma del asesino?

—Podría ser, solo que nadie hasta ahora, ha descifrado el significado.

—Sin embargo, los cuatro informes no son iguales. Solo dos tienen la misma letra, tres “M”, los otros dos llevan tres “N” y tres “O”, que tal vez sea un cero. La cartulina es distinta y el tamaño de las letras también.

—Cierto. No sabemos a qué obedecen ni su significado.

—Supongo que me has llamado para hacerme cargo de la investigación. Me pondré manos a la obra de inmediato.

—Ya he cursado las órdenes oportunas y solicitado nos faciliten información sobre cualquier caso que surja o aparezca con alguna similitud a estas cuatro muertes.

—De acuerdo Luis. Te informaré de la situación.

—Gracias Alberto.

Actualmente. Mes de Agosto. Santander.

Recepción del hotel Silken Río Santander.

—Señor Merino, el botones le acompañará a su habitación.

—Muchas gracias.

—Le deseo mucho éxito el próximo día 28.

—Muy amable. Le agradeceré me faciliten un coche sin conductor para dentro de una hora. Debo hacer algunas visitas y prefiero disfrutar de la ciudad sin la compañía de mi representante que vendrá mañana.

—Naturalmente señor Merino, así será.

Cinco minutos antes de cumplirse la hora, el señor Merino vestido con ropa deportiva, se presenta en la recepción.

—Le acompañan hasta su coche. ¿Necesita algo más?

—No, muchas gracias.

Entra en el coche, se acomoda y enciende el motor. Minutos después sale de la ciudad en dirección a Santillana del Mar. Aparca el vehículo y entra en el Hotel Casa del Marqués de Santillana. En la cafetería un hombre sentado frente a una mesa bebe de una copa. Advierte la entrada del joven que viste con idéntico polo, pantalón y zapatillas deportivas. Se acerca a la mesa, le saluda y pide al camarero un refresco sin hielo, quien se aparta unos segundos hacia la barra.

—¿Le importa que me siente con usted?

—En absoluto. Adelante.

—Veo que coincidimos en el ropaje.

—En efecto.

El camarero aparece con una bandeja portando un vaso y el refresco. Ambos hombres conversan en voz baja. Luego ríen. Se despiden apretando sus manos. El hombre mayor pide pagar las consumiciones mientras el joven desaparece sin el maletín negro que llevó al entrar. Abre el vehículo y regresa a la ciudad de Santander.

Día 30. Diario Montañés.

Ayer, sobre las veintiuna horas cerca del puerto pesquero, la policía encontró el cadáver de un hombre. Presentaba dos heridas de bala que pudieron ser causa de su muerte. La policía no nos ha facilitado más información. Según testigos, junto al cadáver apareció una tarjeta con tres letras “N”.

31 de Agosto. Oficina OCN de Madrid.

Alberto acaba de recibir información relativa al asesinato acaecido en Santander. Las imágenes que acompañan no dejan lugar a dudas, se trata del mismo modus operandi, dos disparos mortales de necesidad. El primero al lado izquierdo del pecho y un segundo a la cabeza. Dos fotografías de la tarjeta de cartulina blanca y en su centro tres “N”. Suena el teléfono.

—Dígame. Si, Luis ahora iba hacia tu despacho. Debo ir urgentemente a Santander.

—Disculpa, antes debemos hablar. Las OCN de Alemania, Singapur, Francia y Usa, han remitido a nuestra solicitud, los informes completos de las actuaciones en los asesinatos que se cometieron allí. Te espero.

—Voy enseguida.

Media hora después, Alberto lleva en su ordenador un amplio expediente conteniendo las fichas, actuaciones policiales e informes de cada uno de los asesinatos cometidos. Sin apenas tiempo un coche del servicio oficial le lleva al aeropuerto y dos horas después entra en el hotel reservado, cercano a la playa de El Sardinero.

No puede dormir por lo que se levanta, abre el ordenador y comienza a revisar los expedientes. Posteriormente con las fechas de los asesinatos, recorre la prensa de las ciudades donde se cometieron los crímenes. La intención no es solo revisar los acontecimientos, también localizar algún factor común entre ellos que defina al asesino. Las tarjetas no le dicen absolutamente nada, solo son tres letras repetidas.

En un primer intento ordena los crímenes en base a los nombres de los fallecidos. No le sugieren nada. Posteriormente lo hace con las fechas. En ese caso advierte algo que se postula intrigante. Descubre que la primera muerte en New York el asesino dejó tarjeta con tres “M”, le sigue Munich con tres “N”, continúa con Paris, con tres “O” para aparecer de nuevo tres “M” en Singapur y el más reciente, Santander con tres “N”.

Parece que el criminal afronta sus asesinatos siguiendo una pauta de fechas y con ellas las letras M, N y definitivamente O. Pero ¿por qué razón los mata? ¿Son consecuencia de algún contrato como asesino a sueldo? ¿Es su manera de confirmar al contratante quien los ha matado? Necesitaré averiguar algo más, no es suficiente con revisar imágenes de cámaras cercanas a los hechos. No coinciden elementos, tampoco los testigos confirman si vieron o no a algún sospechoso. Solo tengo las tarjetas, y la verdad, no sé a qué corresponden —comenta en voz baja.

Entre elucubraciones y miradas fijas sobre fotografías y vídeos, el sueño hace su aparición. Alberto se tiende sobre la cama cierra los ojos y media hora después se despierta sobresaltado. Abre y conecta el ordenador, revisa la prensa de cada país y advierte un factor común que pasó por alto. En cada ciudad ha tenido lugar en evento cultural similar.

En el pueblo nunca pasa nada. Pese al transcurrir de los años y los avances tecnológicos, la gente no ha evolucionado como se esperaba. Las costumbres no han cambiado. Cada año por primavera todos los habitantes recorren los montes camino de las parcelas cedidas por el Consistorio. Siegan las plantas aromáticas, las amontonan y tras preparar los calderos donde hervirlas, llenan recipientes para luego venderlas al hijo del tío Fanegas. Como también lo hacen con la resina que apenas se recoge.

Va para tres años que las siegas de plantas y flores han disminuido, apenas se ocupan de mantener limpio el monte y los incendios se propagan eliminando el poco negocio que sostiene a los habitantes. Ambrosio se resintió y sus limitados ahorros disminuyeron progresivamente. Poco tiempo después la ruina se adueña de la familia. Las pocas reses que le quedaban mueren en un incendio provocado. Las ovejas han sido pasto de los lobos, y pese a las batidas solo han logrado acabar con doce. Se mantienen dos manadas más y el miedo se apodera de los habitantes. Apenas salen al monte.

En la casa, que aún se mantiene en pie, suena con insistencia el timbre del teléfono. Julia lo descuelga.

—Madre.

—Hola hijo, ¿Cómo estás?

—Bien. Estoy de viaje en estos momentos camino de Ámsterdam. Ya sabes la tournée veraniega ya no me abandonará hasta Octubre, unos días de descanso y enseguida preparar la vuelta a las Américas. Mi representante ha firmado unos conciertos en numerosas ciudades de Estados Unidos y Canadá.

—Estarás cansado.

—Sí, claro que sí. Y me habría gustado estar con vosotros un par de días, pero no he podido escaparme. Ya sabes cómo son estas cosas.

—Claro hijo, sin problema. Ya nos veremos. Tu padre está en el campo vendrá a la hora del almuerzo. Está depresivo.

—¿Qué le sucede?

—Las cosas no van muy bien por aquí, en fin…no voy a contarte penas.

—Por eso te llamaba madre. Desde que padre me dijo que le incendiaron el depósito de resinas, volcaron los depósitos de aceites florales, le abrieron el redil de las ovejas, algunas muertas por los lobos, y le mataron las reses, di orden de transferir a vuestra cuenta una importante cifra, luego mensualmente os seguirán llegando importes para que nos os falte de nada.  Comencé a ganar dinero y todo os lo debo a vosotros.

—Ahorra hijo, te será necesario para mañana.

—Vosotros lo haréis por mí.

—De acuerdo como tú digas.

—Díselo a padre, que no se inquiete más. Que venda lo que queda en el pueblo y comenzar a buscar una casa en la ciudad. Así será más fácil veros entre concierto y concierto.

—Se lo diré. Pon cuidado y no te preocupes por nosotros. Disfruta que eres joven.

—Me ocupo madre, solo me ocupo. Un beso muy grande. Cuidaros mucho.

Ambrosio sintió una inmensa satisfacción escuchar cuanto dijo el hijo por teléfono. Aplaudió en silencio su idea de mudarse a la ciudad, abandonar el campo y aquel pueblo que no avanzaba, al contrario.

Los meses sucumbían uno tras otro. Sus vecinos observaron con cierta envidia como Julia y Ambrosio pese a estar en la ruina, salían de la pobreza acercándose con insistencia a la ciudad con el nuevo coche de segunda mano que habían comprado. No vendió la casa, solo la cerró y dejó las llaves por si sucedía algún otro contratiempo a su mejor amigo, Antonio, a quien le ayudaban sus cuatro hijos.  Julia y Ambrosio se mudaron a una vivienda en la capital, cercana a un gran parque atravesado por un arroyo.

Alberto no logró más que la información de lo sucedido en Santander, nada de huellas, ninguna grabación, nada respecto a sospechoso alguno. Solo confirmó un nuevo dato, los disparos se produjeron a escasos metros de la víctima. Síntoma inequívoco de no conocer a su agresor. Antes de regresar a Madrid comprobó si ese mismo detalle coincidía en los otros asesinatos. Quedó confirmado. Como también otra pista. En las ciudades en que se cometieron los crímenes coincidieron eventos musicales con la presencia de un solista de piano, Javier Merino. Estas observaciones se las hizo llegar telefónicamente a su superior.

—¿Cuándo regresas a Madrid?

—Salgo en una hora

—Te esperaré.

En las oficinas de OCN.

—¿Es solo una coincidencia, o sospechas que pueda ser el asesino?

—De momento lo consideraré una coincidencia, no obstante, me gustaría conversar con él y hacerle algunas preguntas.

—Como es concertista, supongo que se moverá por diversos países.

—Lo tuve en cuenta y en efecto, su próximo concierto lo dará en Ámsterdam el 14 de Septiembre.

—¿Ahora dónde está?

—Vive aquí en Madrid. Debo suponer que estará ensayando. Estos divos no descansan un solo día. Le localizaré y hablaré con él.

—Adelante. No cursaremos informes hasta que tengamos algo más positivo. ¿Te parece bien?

—Por mí sí.

No le ocupó mucho tiempo averiguar la dirección.

—¿Podría hablar con el señor Merino? —preguntó a la persona que descolgó el teléfono.

—Dígame la razón de su llamada. El señor Merino está muy ocupado, yo me encargo de su agenda, soy su ayudante y representante.

—Es algo personal, solo le entretendré unos quince minutos.

—Dispondrá de esos minutos sobre las 14:00 horas, momento que aprovecha para almorzar. Venga al menos diez minutos antes. Anote la dirección.

—Gracias. Allí estaré.

La dirección pertenece a un edificio antiguo en la calle Santa Bárbara de la capital, frente a la iglesia católica del mismo nombre. Remozado interiormente, ocupa la totalidad de la cuarta planta como vivienda de Javier Merino.

Después de pulsar un botón referenciado como señor Merino, el portal se abre cadenciosamente. Dos minutos después frente a la puerta de la vivienda semi abierta, le espera un hombre joven, bien vestido, camisa blanca, corbata gris perla y traje gris marengo, calzado con zapatos negros lustrosos. Extiende la mano y le invita a pasar. De inmediato.

—Bienvenido. Soy Michael Dolofónos, representante de Javier Merino.

—Yo Alberto Sangil, periodista freelance y amante de la música, como le dije por teléfono.

—¿Le importa esperar un minuto? Están preparando la sala donde almorzaremos los tres.

—Disculpe, no sabía que almorzaría con el señor Merino.

—Lo dispuse yo, pensé que le gustaría.

—Se lo agradezco, pero mi intención solo es hacer unas preguntas y seguir con mi trabajo. Tengo muy poco tiempo y mucho que cubrir.

—Veré que puedo hacer entonces.

—Si no le importa cuanto antes se las formule antes me podré marchar y dejarle con sus ocupaciones.

—Claro, le recibiremos enseguida.

Cuatro minutos después.

—¿Me acompaña?

—Sí. Gracias.

Atraviesan varias estancias hasta llegar a una donde aparece una mesa presentada para un almuerzo de tres comensales. Michael presenta a Alberto.

—Gracias por venir —señala Javier Merino— apenas tengo tiempo libre, debo prepara mi próximo concierto y ensayar muchas horas.

—Gracias a usted por recibirme. No le robaré mucho tiempo, solo unas cuantas preguntas relativas a cuestiones personales. Sobre sus actividades al ser mundialmente conocidas nada podría añadir a mis lectores.

—Cuando quiera.

—Una premisa, si puede concedérmela.

—Claro, adelante.

—Quisiera entrevistarle personalmente, sin que su representante estuviera presente.

—Michael, ¿puedes dejarnos solos unos minutos?

—Javier, ya sabes la importancia que las declaraciones pueden tener en tu carrera. No deberías…

—Si son preguntas personales, conoces mi vida, no voy a salirme del guion.

—Claro, pediré que retrasen el servicio del almuerzo.

—Gracias Michael.

Sale de la estancia, mira a su representado y al periodista, luego cierra la puerta y los deja solos. Alberto extrae de un bolsillo interior de la chaqueta una cartera negra, se la muestra al pianista que la mira extrañado.

—Debo pedirle disculpas por mentir respecto a mi trabajo, pero el asunto que me trae solo lo conocerá su representante si usted se lo comenta. Por mi parte será confidencial.

—Me sorprende e inquieta. Pero adelante, pregunte.

Alberto relata la coincidencia de sus actuaciones con los crímenes cometidos en diversas ciudades. El rostro de Javier Merino muestra desconcierto y sorpresa.

—¿Debo interpretar que sospechan de mí?

—No voy a mentirle. Sí.

—Los crímenes se cometen un día antes o después de su actuación. Solo encontramos una duda, las víctimas nada tienen que ver con usted, inicialmente claro.

—¿Que tienen pensado hacer? Por supuesto debo negar mi implicación en esos hechos.

—Para descartarle me gustaría comprobar sus coartadas de esos días. ¿Puede facilitarme alguna información de los anteriores y posteriores a las muertes? Podríamos descartarle.

—Veré que puedo hacer.

—Se lo agradezco.

—De acuerdo, facilíteme un número de teléfono y le enviaré los datos que solicita. Ahora estoy en plena temporada y como le dije, estoy con los ensayos y apenas dispongo de tiempo.

—Perfecto. Anote el número.

—No le puedo conceder más minutos, debo almorzar, descansar y volver a los ensayos.

—Gracias por su tiempo señor Merino.

Alberto avanza hacia el pianista su mano derecha a título de despedida.

—Discúlpeme, pero no suelo estrechar manos. A cuantos pianistas conozco les sucede igual. Además, las mías son especiales.

Extiende ambas manos con las palmas hacia arriba. Alberto las observa y sin más, se despide verbalmente. Le acompaña hasta encontrarse en la entrada con Michael. Ambos aparentan la misma estatura y fuerte complexión. Se despiden. Ya en la calle para un taxi para regresar a la OCN.

En la planta cuarta la tensión entre el pianista y su representante estalla. El cruce de frases más o menos acusadoras, se resuelve con una amenaza que obliga a callar a Michael Dolofónos. El almuerzo solo será para un comensal, después media hora de siesta y vuelta a los ensayos.

Luis, superior de Alberto agradece la información. Escucha con atención las observaciones y cuando aborda los datos sobre sus manos queda gratamente sorprendido.

—Desde luego es un detalle que nos ayudará mucho en la investigación.

—Sin duda. Pero sabes que carecemos de huellas, además no se encontraron las armas.

—Te dijo que enviaría datos de sus coartadas, pero ¿Cuándo?

—No lo sé. Habrá que tener paciencia.

Unos días después Alberto recibe una llamada de Javier Merino.

—Buenos días, soy Javier Merino. Le llamo para comunicarle que voy a desplazarme hasta Guadalajara, ciudad donde viven mis padres. Me mantendré allí un par de días, luego regresaré a Madrid y viajaré a Ámsterdam antes de dar mi concierto.

—Gracias por la llamada, aunque bien es cierto que esperaba la información que le pedí.

—La estoy preparando, se la entregaré personalmente. Razón por la que le llamo.

—Gracias.

—Suelo ir unos días antes a la ciudad donde doy el concierto, para hacerme con el clima, conocer algo detalle y adecuarme a sus costumbres, pero sobre todo relajarme. Razón por la que aparezco en sus informaciones días antes y después de los nefastos acontecimientos.

—¿Y su representante? ¿Viaja con usted?

—A veces. Suele hacerlo para ocuparse del recinto, luces, ambiente, reservar hotel, preparar entrevistas y confirmar eventos con los patrocinadores y gentes de las instituciones locales. En ocasiones solemos coincidir, pero siempre me acompaña los días previos y posteriores, además del día del concierto.

—Curioso su representante. ¿De dónde es?

—Norteamericano de ascendencia griega, forma parte de una antigua agencia de representaciones “Nuevas Visiones” con sede en Nueva York. Le enviaré mensajes, no suelo utilizar las redes sociales por imperativo de mi representante, él se ocupa de esos temas. Por su recomendación utilizo equipos antiguos, ninguno que pueda ser interceptado por hackers. No suelo utilizar ordenadores portátiles ni tabletas.

—Lo entiendo.

—Quedamos en ello, le llamaré para entregarle la información.

—Adiós señor Merino y, gracias de nuevo—señala Alberto.

La información facilitada por el sospechoso pianista señor Merino no aparecía completa. Un escueto y sucinto relato dejaba lagunas sin rellenar. En todas las fechas de los conciertos, se apartaba de la ciudad conduciendo personalmente hacia algún lugar alejado y campestre. Según señalaba para descansar horas antes del concierto, para centrarse en la simpleza del ambiente que le rodeaba. Citaba el lugar y la bebida o comida degustada, sin embargo, no aparecían comentarios o cruce de conversaciones con alguien. Aducía que iba solo y únicamente para relajarse antes del concierto.

Alberto corroboró los detalles en todas las fechas previas a las marcadas con asesinatos. La más reciente en Santander, con el viaje realizado en un coche de alquiler a la cercana población de Santillana del Mar.

Desde su despacho pidió a las OCN de Estados Unidos y demás países, realizaran investigaciones en los posibles establecimientos en que el sospechoso pudo permanecer.

A su llegada a La Haya, sus primeros pasos fueron acudir a la OCN para solicitar ayuda con el fin de realizar seguimiento de Javier Merino en cuanto pisara territorio de los Países Bajos. Después anunció mediante un mensaje al pianista, que viajaría a Ámsterdam dos días antes de su concierto, al que asistiría como un melómano más. Javier lo agradeció.

Los tres agentes asignados para seguir a Javier Merino pasaron desapercibidos incluso para el agente español. Se mantuvieron en la sombra hasta dos días después del concierto. Alberto recibió informe encriptado a través de su ordenador.

El objetivo condujo un automóvil alquilado a través de la Autopista 4 hasta el desvío a Leinmuiderburg, donde aparcó y pasó a un establecimiento llamado “Gran Café de Parel”. En el interior se mantuvo media hora. Cruzó unas palabras con un hombre mayor, con similar vestimenta a la suya. Luego salió sin el maletín negro que portaba al entrar. Se dedicó a pasear durante una hora. Fin del informe. Investigamos a la persona con quien cruzó unas frases.

 

—¿Podemos vernos? —pidió Alberto a través del mensaje al pianista.

—Claro, sin problema, estoy en el Grand Hotel Krasnapolsky. Le invitaré a cenar.

—¿Estará su representante?

—No, esta noche no. Cenaremos solos, así podremos conversar sin restricciones.

—Allí nos vemos.

La cena se desarrolló tranquila. La conversación muy amena en la que Javier Merino sin querer, incrementó las sospechas de Alberto al preguntar si continuaba con sus salidas previas al concierto y aquel negó haberlo hecho. Acabaron y Alberto regresó a su hotel, nada lujoso.

Un mensaje de Merino le advertía que seguiría en Ámsterdam, para dar otro concierto el día 20, dado que el pianista contratado había sufrido un accidente y le impedía darlo. Michael acababa de preguntarle si estaba dispuesto a sustituirle, hecho que confirmó.

Extraña situación. Ninguna información sobre hechos luctuosos en la ciudad, solo los cotidianos, atropellos, robos y similares. Ningún asesinato en esta ocasión. Situación que abonaba sin duda alguna que su presencia en la ciudad podría haber obligado al asesino a suspender sus actividades. Ahora se le presentaba una nueva posibilidad.

Habló con su superior en Madrid y coordinaron con la oficina de La Haya, continuar el seguimiento hasta dos días después del segundo concierto de Javier Merino. En esta ocasión ampliable a su representante Michael Dolofónos. Él regresó a España.

Analizó de nuevo los informes de todos los casos y sorprendentemente coincidía la presencia del mismo hombre mayor y similar indumentaria, en los establecimientos visitados por Javier Merino los días previos, que siempre abandonaba sin el maletín negro.

Tras analizar la situación, Alberto convino poner un mensaje al pianista. En primer lugar, para que supiera había descubierto su mentira, al corroborar su visita el Gran Café de Parel, en el que entró con un maletín negro y salió como siempre, sin él. Como segunda intención, advertirle que seguía siendo sospechoso. Confiaba en que ambas notificaciones le pondrían nervioso y quizás le obligaran a cometer un error.

Al acabar el mensaje y utilizar el teclado del teléfono, algo llamó poderosamente su atención. El posicionamiento de las letras agrupadas para ser utilizadas alfabéticamente, ofrecían con el número 6, “M”,”N” y “0”. Se puso nervioso, había descubierto fortuitamente la firma del asesino. Utilizaba la trilogía de letras que sin duda acercaba a definir como 666, anteponiendo el número a las letras. Ahora restaba descubrir el significado de tal cifra. Lo comentó con Luis y ambos durante horas, anduvieron intentando descubrir el significado.

Día 21 de Septiembre. Nota traducida del periódico De Telegraaf, de Ámsterdam.

El cuerpo sin vida de un hombre apareció anoche atrapado en uno de los canales de la ciudad, junto a la avenida Nassaukade. El cuerpo presentaba dos heridas de bala que le produjeron la muerte instantánea. La policía investiga a quien pertenece el cuerpo, ya que no llevaba documentación alguna, únicamente una tarjeta blanca con las iniciales “OOO”.

Alberto se mantuvo nervioso y expectante. Necesitaba conocer los movimientos del concertista sobre el que recaían sus sospechas. Sus coartadas fueron verificadas y sin embargo se produjo un asesinato en la ciudad. Esperó pacientemente el informe sobre el representante con idéntico resultado. Volvían a la posición de inicio. Solo sospechas.

—Creo que estamos en la misma situación del principio —comentó Luis, mientras miraba con atención los informes.

Nada hacía presagiar que darían con el asesino. Una última información resaltaba entre todas. Se confirmaba que los asesinatos eran encargos, contratos abiertos para criminales a sueldo. No trascendió la fórmula para averiguarlo. Pasaron la información a las oficinas centrales en Lyon para conocimiento de todas las OCN de los países miembros.

—Estoy seguro de algo, el pianista no es el asesino. También del significado de la firma, sin duda es “la marca del diablo”. Las tarjetas señalan indefectiblemente quien ha cumplido con el contrato. Alguien debe recibir el pago por el crimen. Necesitaré ayuda.

—¿De qué tipo?

—Investigación de los movimientos financieros de Javier Merino, de su representante, de su agencia. Intentar saber quién es ese hombre mayor que se entrevista casualmente con nuestro sospechoso número uno. Si tiene algún encuentro con otras gentes, de donde es y cuáles son sus movimientos y actividades diarias. Según los informes, imágenes y vídeos remitidos por las oficinas de otros países, es siempre el mismo hombre, y en ellas nuestro amigo Javier Merino entra con un maletín y sale sin él.

—Firmaré las oportunas tramitaciones para que tengas cuanto antes la información que precisas.

—Gracias. Visitaré con frecuencia a Javier Merino, tanto si está en España como si viaja para sus dar sus conciertos.

—De acuerdo.

… mañana la segunda parte.

 

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