La denuncia

LA DENUNCIA

Llegué hasta la puerta de la comisaría. Dos agentes con uniforme azul que conversaban, dejaron de hacerlo al verme correr y acercarme. Uno de ellos me preguntó.

—¿Podemos ayudarle?

—Supongo que si —contesté sin apenas resuello.

—Venga, pase dentro y mientras recupera el aliento, nos ocuparemos que otro agente le atienda.

Me senté en uno de los asientos de plástico azul. Al cabo de unos segundos apareció otro agente.

—Este compañero le atenderá, dígale que le sucede e intentaremos ayudarle.

—Gracias. Muchas gracias —respondí ya recuperado.

—¿Puede esperar unos minutos a que acabe otro ciudadano de exponer su denuncia?

—Naturalmente —añadí inmediatamente.

—Mientras tanto y si le parece bien, puede contarme que le ha sucedido para venir corriendo hasta aquí.

—La verdad, no sé cómo explicarlo. Ha sucedido sin darme cuenta.

—¿Pero qué le ha ocurrido?

—Estaba trabajando. Sentado frente al teclado del ordenador, como hago cada mañana después de desayunar y cumplir con mis obligaciones diarias. Enciendo el equipo, compruebo si tengo algún correo que contestar, repaso los periódicos, leo algún artículo interesante. Luego reviso algún evento cultural principalmente, y por último repaso los últimos párrafos del texto, cuento o novela que estoy escribiendo, tras revisar el guion.

—¿Es usted escritor?

—Al menos eso es lo que creo. Intento narrar historias.

—¿Y que escribe principalmente? Me refiero al género. Personalmente suelo leer bastante.

—Normalmente novelas negras, policíacas, intriga y misterio.

—No son géneros que me gusten, ya tengo bastante con cuanto hago diariamente para leer sobre crímenes y cosas por el estilo. Además, normalmente no suelen ajustarse a la realidad.

—Tiene razón. Quienes escribimos esas historias, pocas veces hemos vivido circunstancias como las que protagonizan ustedes cotidianamente.

—Seguro.

—Unos amigos míos son policías y en ocasiones, cuando nos reunimos para comer, charlar y confrontar vivencias, suelen decirme que están cansados  para leer mis novelas. Incluso suelen obviar algunas respuestas al preguntarles por algo específico que trato de reflejar en alguna de mis narraciones, aunque obviando matices. Los comprendo perfectamente, pero a veces la información de primera mano es muy importante para gente como yo. Da verosimilitud a mis personajes.

—¿Solo escribe ese tipo de historias?

—No. Suelo publicar alguna novela de contenido histórico.

—Ese tipo de historias me gustan más. Pero por favor, dígame ahora que le ha sucedido.

—Disculpe. Estaba sentado frente a la pantalla del ordenador, cuando he oído unos ruidos fuertes, como si hubieran roto una puerta o ventana. Me asusté. No obstante me levanté y recorrí las habitaciones de la casa. No había nadie, nada roto. La puerta de entrada cerrada y la llave echada. Suelo hacerlo antes de meterme en la cama. Después he vuelto al ordenador y en ese preciso instante, me he encontrado con el.

—¿Con quién?

—Con el.

—¿Pero quién?

—Un hombre.

—Descríbamelo, por favor.

—De una altura media, tal vez no supere los ciento ochenta centímetros, delgado, con los ojos verdes oscuros, pelo castaño, manos finas, como sus dedos. Llevaba un pantalón de pana verde, un jersey de cuello redondo color teja, y zapatos marrones.

—¿Le habló, le dijo algo?

—Desde luego.

—¿Qué?

A ti te quería ver yo —dijo

—¿Y eso por qué?

—Acabo de enterarme por Roberto, que piensas sustituirme por él —añadió

—¿Te molesta acaso? —pregunté yo.

—Ya me dirás. Vivo tranquilamente con mi mujer e hija. Tengo un buen sueldo y trabajo. A veces es duro, pero voy cada día a mi casa, no tengo problemas. Solo aquellos que me dan mis subordinados, pero nada más. Y sin embargo piensas darme más y cargarme de problemas.

—En efecto, pero es algo que todavía no tengo decidido. Es un una mera elucubración.

—Ya. Pues quiero que sepas algo.

—Vale. Te escucho, pero no te alteres. Veo que estas algo nervioso.

—Cómo no voy a estarlo. No voy a permitirlo, primero porque Roberto es un amigo. Segundo porque no quiero sustituirlo.

—¿Y qué piensas hacer?

—Preparar algo para que dejes de molestar. Ya está bien, con tanto ir y venir. Y, escucha atentamente, como se te ocurra hacer lo que me ha dicho Roberto, lo vas a pasar mal.

—¿Le amenazó?

—Si a eso se le considera amenaza, creo que sí.

—Pero, ¿es la razón por la que ha venido corriendo?

—No. Le ofrecí tomar un café para que se calmara.

—¿Quiere decir que le conoce?

—Pues claro que le conozco.

—Espere, voy a por una libreta y apuntar su nombre y apellidos. ¿Sabe dónde vive?

—Naturalmente.

—Dígame su nombre —pregunta segundos más tarde el agente.

—Se llama Ignacio Dobles y vive en ….

—¿En que trabaja?

—Mire agente, prefiero no decírselo por el momento.

—Como prefiera. Continúe.

—Fui a la cocina a preparar una cafetera y al regresar con una bandeja y dos tazas, me encontré con otros dos hombres junto al primero. La verdad, no me lo esperaba.

—¿Que pasó?

—Los otros dos, también alterados, me miraron con caras de pocos amigos. Me lanzaron algunos improperios y amenazas, a los que se unió el primero. Los tres fueron acercándose desde donde los encontré hasta la puerta del estudio. Me asusté. Traté de razonar con ellos, aunque supongo que poco o nada podía calmarlos. Poco a poco fueron acercándose. Temeroso salí del estudio y avancé caminando de espaldas, hasta la puerta que da a la escalera. Bajé las escaleras, solo paré un instante para mirar atrás al llegar al primer piso. En un momento creo que comencé a correr. Los tres bajaban detrás de mí. Abrí el portal y salí como alma que lleva el diablo. Ya no volví a mirar hasta llegar aquí.

—Cálmese, ahora pasaremos a la sala. El compañero le tomará declaración para presentar la denuncia y firmarla, luego veremos qué podemos hacer.

Al cabo de unos minutos, el agente me acompañó hasta una sala con dos mesas metálicas grises. Sobre una de ellas una pantalla de ordenador. Saqué el documento de identidad y se lo ofrecí.

—Bien, además de lo que me ha contado el compañero ¿tiene algo más que añadir?

—Nada más.

—Ahora dígame los nombres y apellidos de estos tres individuos, para intentar localizarlos y hacerles algunas preguntas. Por cierto ¿de qué conoce usted a esos tres hombres?

—Son tres personajes de mis novelas.

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