Fue sin querer

FUE SIN QUERER…

Fue una gran ocasión, producto de una conversación mantenida con un amigo, como cada martes. Un café a media mañana en el bar regentado por Marcos. Pese al ruido propio del local y la mala costumbre de conversar con un tono de voz elevado, que mejor lo calificaría como hablar a gritos, pude escuchar el ofrecimiento de Mario.

Conocía mi deseo de mudarme a otra vivienda, lo comentamos en numerosas ocasiones. La actual parece sumida en una bacanal de ruidos provocados por unos vecinos carentes de algo tan imprescindible como es el respeto. No solo a las horas obligadas de descanso nocturno, o en verano en momentos de la regeneradora siesta, también en cualquier instante del día, ello como consecuencia de cerrar las puertas de acceso a sus hogares, tal si fueran animales. Se asemejan a los relámpagos que preceden a los truenos, pero con una diferencia, en este caso primero se deja oír el portazo y posteriormente retumba la vivienda. En ocasiones hasta tintinean las copas de cristal en un armario o se vuelca algún libro de una estantería.

Así, abrió la conversación.

—Conozco un apartamento en la ciudad, ¿Te interesa?

—¿Qué? Perdona, ¿Qué has dicho?

—¿Estás preocupado por algo? No me has escuchado.

—Disculpa, me fijaba en la mujer que acaba de entrar y sentarse en esa mesa. —respondí con temor a que pudiera escucharme. Acababa de hacerlo en la más cercana a la nuestra.

—¿La conoces?

—No, pero me gustaría. Es mi sueño hecho realidad. Pero por favor, dime.

—Te decía que conozco un apartamento en la ciudad que podría interesarte.

—Claro. ¿Podemos ir a verlo?

—Si te va bien, mañana por la mañana nos acercamos. El propietario es amigo mío.

—De acuerdo.

A la mañana siguiente nos encontramos en el portal de su casa. Caminamos durante unos minutos hasta encontrar el edificio donde se encontraba el apartamento. Lo vimos, analizamos las posibilidades de alquilarlo y posteriormente nos dirigimos a la calle. Al salir lo hice mirando a Mario y comentando la luminosidad de la vivienda. No pude advertir que una mujer caminaba conversando por teléfono hasta tropezar.

Me disculpé, la miré y comprobé se trataba de la misma que entró en el bar el día anterior.

Fue sin querer, lo siento, ha sido mi culpa.

—No hay problema —respondió ella.

Es caprichoso el azar, nos volvemos a encontrar, ayer ambos estuvimos en el mismo bar.

—Pues no te busqué.

Ni yo te vine a buscar.

Nos miramos a los ojos. Sentí un resplandor, una descarga semi eléctrica.

—Me llamo Juan.

Ella sonrió y añadió:

—Pues yo no. Me llaman Celia.

Dos minutos después, al alejarse, sentí una sensación de tristeza no imaginada.

Quince días transcurrieron desde entonces. Me mudé al apartamento y retomé mi estancia rodeado del silencio preciso para mi trabajo en casa. A unos vente metros del portal disponía de una parada de bus, por lo que apenas debía tomar el coche para desplazarme.

Aquel día se cerró cubierto de nubes, presagiando lluvia. Salí a la calle para cerrar un contrato. Me dispuse a caminar, no quise esperar al bus. Aligeré el paso hasta la siguiente parada a la vista de las nubes que parecían estar dispuestas a dejar caer su carga. Esperé unos minutos y subí al bus. Me situé junto a una ventana al lado derecho. Al llegar a la siguiente parada vi a Celia bajo la marquesina. Nos miramos el corto tiempo en que bajaron y subieron viajeros. Alargué una mano para agitarla y saludar. Supuse que no me vio al no ver respuesta.

La tarde siguiente, calculé la hora y me dispuse a volver hasta la parada. Caminé deprisa, llevando el compás que marcaba el agitado palpitar de mi corazón, ahora con la ilusión de volver a verla. En efecto allí estaba. Me acerqué despacio pero agitado.

—Hola, nos encontramos de nuevo. Ayer te vi en esta misma parada. ¿Vives cerca?

—No, en el otro extremo de la ciudad.

—Entonces estabas donde no tenías que estar

—Seguro

—¿No me viste?

—Me pareció, pero no puedo asegurártelo.

Pues yo pasé sin querer pasar, y me viste, y te vi, entre la gente que iba y venía con

prisa en la tarde que anunciaba chaparrón.

—¿Tienes prisa o puedo invitarte a un café?

—Si me ocurre como ayer que me dieron plantón, acepto.

—Claro, entonces esperaré.

Charlamos durante más de quince minutos. Miró el reloj y señaló.

—¡Vamos a tomar ese café! Hoy tampoco viene.

—¿Alguien especial?

—Me habría gustado.

—Lamentable.

—No importa. Quizás sea mejor así. Pero no quiero aburrirte con mi historia.

Comenzó a llover, abrí el paraguas y caminamos hasta una cafetería. Hablamos, nos miramos y esperamos a que escampara. Al salir vi una sonrisa en sus ojos marrones.

La tarde se prolongó, no dejamos de hablar y confiarnos nuestras historias. Tan ensimismado estuve con ella, que olvidé anotar su número de teléfono para llamar e intentar volver a verla. Creo que su voz, cálida, susurrante y alegre, junto a la sonrisa que de cuando en cuando me regaló, fueron los artífices de olvidar algo tan necesario. Quise pensar que aquellas horas juntos nos ofrecieron algo especial.

Ella tomó un bus hacia el sur yo otro hacia el norte. La distancia, el desconocimiento y la mínima perspicacia, me hicieron perder la oportunidad tanto tiempo buscada.

No debía permitirme tamaño error. Durante un mes, cada tarde, a la misma hora, caminaba con el pretexto de pasear y el deseo de encontrarla. Al siguiente, cambié la ruta y seguí el camino que marcara el bus donde ella subió aquella tarde. Nada, no conseguí verla.

Pasó el verano y la ilusión por encontrar de nuevo a Celia fue desmoronándose. Solo paseaba por la ruta del bus, una o dos tardes a la semana. Mi trabajo no me permitía la pérdida de tantas horas diarias. Dejé de caminar, de buscar, de escudriñar cada rincón de la línea donde supuse vivía.

En los primeros días de diciembre, después de resolver unos asuntos laborales, quise rendir un último homenaje a lo que pudo existir y no fue debido a mi negligencia. Caminé inicialmente despacio, observando detenidamente cada casa, cada ventana, cada portal, sin resultado positivo alguno. La línea se acababa y no lograba nada. ¡Que romanticismo mas cruel! Tener al alcance de la mano una oportunidad que me brindó conocerla aquella mañana en que intentaba mudarme de vivienda y perderla después de una estúpida falta de previsión.

Comenzó a chispear. A punto estuve de parar un taxi y regresar a mi casa, que no hogar, faltaba un elemento especial para serlo. Espera un poco más, acaba lo que empezaste —me dije— y así lo hice. Caminé rebasando la antepenúltima marquesina del bus. Me acerqué con paso decidido a la siguiente parada, ahora que la lluvia comenzaba a caer desprovisto de paraguas. En ese momento y como último recurso, estaba dispuesto a tomar el bus hasta el centro e intercambiar a la línea que me llevaría a casa. Crucé la avenida hacia la parada de inicio.

La lluvia arreció, la tarde comenzaba a oscurecerse por momentos y sin embargo una luz apareció a lo lejos. Allí estaba Celia, resguardada de la lluvia. Me acerqué temiendo que tal vez no me reconociera, o no quisiera hacerlo. Sin resguardarme me puse frente a ella.

Tanto tiempo esperándote —dijo Celia nada más verme.

—Lo siento, olvidé pedirte el número de teléfono. Fue sin querer

—Es caprichoso el azar.

—Yo te busqué cada tarde durante meses, caminando desde la parada en que subiste al bus aquel día, hasta aquí.

Yo creí que no me viniste a buscar. Recuerda que el día en que nos conocimos yo estaba donde no tenía que estar.

Y yo pasé como sin querer pasar.

Un relámpago iluminó la marquesina. Celia sujetó mi mano y me atrajo. Nos miramos y nos fundimos en un abrazo.

—Estoy empapado —dije.

—No importa, con la humedad despertaré del sueño.

Nos besamos. La gente nos miró mientras subían al bus. Nosotros permanecimos abrazados. El bus abandonó la parada, nosotros no. Nos miramos y volvimos a besarnos. Ella dijo: Tanto tiempo esperándote y yo repliqué: Tanto tiempo esperándote. 

© Anxo do Rego. Marzo 2020. Todos los derechos reservados.

Relato basado en la canción «Es caprichoso el azar» de Joan Manuel Serrat

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