Enséñame a sonreír de nuevo

ENSÉÑAME A SONREIR DE NUEVO.

 

Tal vez no lo sepas, quizás no lo adviertas en el día a día, pero necesito sonreír. Desde hace tiempo dejé de ser feliz. Es una deducción lógica, la sonrisa es el espejo de la felicidad y yo, al mirarme cada día en el otro, en el obligado de cada mañana, refleja su falta. Lo percibo con claridad y el resultado no es otro que un incremento de mi tristeza.

Todo, o casi todo, se ha vuelto en contra. Un amanecer gris, un recuerdo de otro tiempo. Cuando una mirada cariñosa me recitaba «¡Buenos días, cariño!» y yo devolvía mi deseo envuelto de besos y caricias. Me sentía cercano, me inculcaba ánimo, reducía el estrés producido por lo negativo que me rodeaba.

Al escuchar la respiración de mi hijo en su cuna, durmiendo arropado de su inocencia, supeditado a cuanto su madre y yo pudiéramos hacer por él. También me producía una sonrisa traducida en alegría, por responsabilidad, por cariño.

El abrazo del amigo, cómplice y asociado de cuantos escarceos vivimos juntos. De las aventuras conseguidas, del orgullo de ayudar, de la sensación y satisfacción de recibir. Aquello también facilitaba una sonrisa traducida en alegría.

Las reprimendas recibidas de mi Madre por actos negativos. Siempre atenta y en constante abandono de sus derechos como persona, para aplicar su cariño y dedicación con un único fin, mi educación. Pasado el momento y después de recapacitar, la sonrisa y un abrazo reconciliatorio daban un resultado esperanzador y alegre.

Han sido tantos los momentos vividos, la gran mayoría recubiertos de sonrisas que hoy, al recordarlos, se me escapa una mueca de dolor que ahonda en mi tristeza.

Quizás sea la soledad. Esa que se mantiene impertérrita, aunque me encuentre rodeado y asistido por amigos y compañeros. Esa soledad que sin duda alguna doblega y cercena mi sonrisa. Sí, creo que esa soledad espiritual es mi verdad, puro veneno que desequilibra mi mente hasta convertirla en un deseo, en una necesidad, en una realidad que edifico cada día sin aceptar la necesidad de que otros lo hagan por mí.

Hoy el horizonte no se anuncia halagüeño. La Parca disfrazada de virus, aliada con la incapacidad, inoperancia e irresponsabilidad de los dirigentes políticos que nos han caído en suerte, me obligan a no sonreír y como consecuencia, a perder la escasa felicidad que me resta. No por miedo a morir, sino por el temor a que mueran mis seres más queridos por la negligencia de aquellos. Egoístamente debo sonreír para reforzar mi sistema inmunológico al liberar serotonina.

Reflexionar sobre aspectos que antaño parecían alcanzables hoy, me permiten admitir que creer es la manera de hacer aceptable lo inaceptable, pese a ello asumo que los recuerdos son como carne de polillas, por haber superado los sesenta años.

Enséñame a sonreír de nuevo. Lo necesito ahora y siempre, sobre todo desde que decidí cruzar la frontera invisible de la amistad para adentrarme en otro mundo. Es una razón para aplicar la frase cuya autoría desconozco «El mañana no existe, solo hoy es una realidad. El resto es una promesa que puede o no cumplirse».

Enséñame a sonreír de nuevo. Solo así podrá aflorar tu sonrisa para acompañar a la mía y volver a ser feliz.

Enséñame a sonreír de nuevo, aún tengo fuerza para paralizar el tiempo.

© Anxo do Rego. 2020. Todos los derechos reservados.
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