El reloj

El Reloj

Por Anxo do Rego


Retiré las manillas de mi reloj

para detener el tiempo

y no pudiera medir mi total amor por ti. 

Ángel Sotomayor


Enrique Martos Paz, nació el 13 de Octubre de 1970, en la Clínica Santa Cristina, situada en la calle O’Donnell de Madrid. Sus padres, católicos practicantes le acompañaron a la parroquia cercana a su domicilio para prepararle en la fe católica, hacer la primera comunión, confirmación y resto de obligaciones religiosas. En esas fechas el nacional catolicismo imperaba y era de obligado cumplimiento.

Cuando llegó el día previsto para su primera comunión, allá por Mayo de 1977, la familia completa se reunió para acompañar al nuevo cordero al rebaño. Le vistieron con una especie de uniforme marinero, guantes blancos, un rosario de cuentas blancas y un pequeño libro nacarado, con cierre metálico dorado, donde como el resto de los niños y niñas, llevaban los recordatorios de esa fecha tan inolvidable. La iglesia estaba repleta de gente engalanada. Cánticos, alabanzas, música de órgano y procesión para llegar al altar. Allí un sacerdote, ayudado de dos hombres con ropajes hasta los pies; perdón, pero no recuerdo cómo se denominan esos ayudantes; comenzó a dar el trozo de pan convertido en un milagro, diciéndoles: Recibe el cuerpo y la sangre de Cristo. A un niño con esa edad supongo que imaginar que está comiendo un trozo de carne y sangre, no debió hacerle mucha gracia, además de ser incomprensible.

Al acabar la ceremonia; extensa y creada fundamentalmente para autosatisfacción del sacerdote, los infantes mostraban cansancio, aburrimiento y sobre todo hambre. Algunos se marearon y sus familiares sufrieron el correspondiente susto. Sobre todo, al tenerlos muchas horas en ayunas sin ingerir alimento alguno.

A las tres horas, tras otra procesión, acabó la ceremonia y los nuevos corderos católicos pudieron corretear, abrazar a sus padres y demás familia. Y especialmente recibir los regalos, en realidad lo más importante para ellos aquel día.

Enrique como todos, recibió muchos. A cuantos le ofrecían su obsequio, estaba previsto que, como contraprestación, entregaría un trozo de cartulina impresa con su nombre, apellidos, fecha del día y angelitos revoloteando por las esquinas, como un estupendo y maravilloso recordatorio.

Recibió muchos juguetes, algunos esperados, como unas botas de reglamento para practicar fútbol. El más importante para Enrique, fue un estupendo reloj deportivo, con una correa metálica e infinidad de apartados. Contaba segundos, décimas, metros a los que podía llegar buceando con o sin escafandra, y la presión que podía soportar. Incluso el agua no podía hacer mella en aquel estupendo medidor de tiempo con tantas virtudes. Lo más importante a partir de ese día, fue llevar el reloj agarrado a su muñeca repleto de coronas, pulsadores alrededor de la esfera, negra y reflectante incluso en las noches más negras.

No pudo soportar la idea de esperar a ponérselo al llegar a casa. Su padre le ayudó a ajustárselo en la muñeca de su brazo izquierdo. Luego una constante pregunta, ¿Quieres saber qué hora tengo, papá? Se le veía contento, entusiasmado.

Se retiraron a un restaurante a las afueras de Madrid, donde celebraron el acontecimiento. Los primos, primas y amigos del colegio, jugaron hasta extenuarse, ensuciando aquellos trajes que jamás volverían a ponerse. Nunca más volverían a hacer la primera comunión. No importaba.

A partir de ese día, todo parecía esta controlado por Enrique. A la hora que debía ir al colegio, salir de él. Volver a casa a merendar, ir con los amigos a jugar hasta la hora de hacer los deberes. Incluso meterse en la cama y despertarse para continuar al día siguiente.

Adoraba el reloj, era algo que formaba parte de él. Muy singular, especial, tal vez lo más importante que poseía.

Con el tiempo y los años jamás se separó de él. Controló sus pasos en el instituto, más adelante su entrada en la Universidad. La hora en que dio su primer beso a Sofía, el amor de su vida, su novia y posterior esposa. Cuando comenzó a conducir su primer coche, y abrir la puerta de su primera vivienda. Jamás se separó de aquel reloj. A veces, conversaba con él; grande y negro, repleto de roscas y huecos en la esfera, así como manillas que solo él sabía manejar.

Llegó al ecuador de su vida. A punto de cumplir cuarenta años aquel reloj seguía sujeto a su muñeca. Por él supo la hora en que se divorció de Sofía, poco después de cumplir los treinta y nueve años. Como iban a ser los días que, a partir de ese, ya no estaría junto a ella, hasta entonces felices junto a su compañera.

Sus padres, que culparon a su exesposa de la separación, entendieron la dificultad que entrañaría para su hijo Enrique aquella pérdida de felicidad, romper con lo establecido. Pero no, no fue así, se convirtió en un hombre introvertido. En el más callado y menos comunicativo del mundo.

Enrique iba cada día, puntual a su trabajo. Del mismo modo salía de él, y con la exactitud marcada por su reloj, abría cada tarde la puerta de su casa, se cambiaba de ropa, la cepillaba antes de volver a colgarla y si precisaba plancha, la dejaba aparcada para que su madre, como cada semana, entrara cuando él no estaba y se la arreglara, como algunas cosas más de la casa. También le hacia algún que otro plato para comer decentemente, como decía ella.

Enrique se convirtió en un ser taciturno. Sus costumbres cambiaron, sus amigos le abandonaron. Pronto se vio en el espejo reflejado como un hombre solitario. Su soledad no deseada, se convirtió en una fuente inagotable de tristeza. Su única razón de vivir era el control del tiempo. Aquel reloj de negra esfera y cadena metálica fue lo único que no le abandonó.

Su refugio era una habitación que habilitó para su entretenimiento. Comenzó por controlar el horario de cada capital europea, luego siguió con Asia y más tarde amplió a América. Pero se le quedó corto y no tuvo más remedio que incluir las ciudades más importantes de cada país, las ordenó alfabéticamente. Posteriormente, partiendo como base, el huso horario de Madrid estableció las horas que le separaban de su ciudad.

Sus padres eran los únicos seres con quienes contactaba de vez en cuando. Iba una vez al mes a su casa. Un sábado para almorzar con ellos, pero solo estaba exactamente ochenta y siete minutos, a partir de ese momento, se despedía y volvía al mes siguiente.

Cada día, tenía cinco minutos para la ducha, tres para cepillarse los dientes por la mañana, dos por la noche, tres y medio después de cada comida. Cuatro minutos para vestirse, diez para desayunar, treinta para almorzar, y algunos otros minutos para el resto de las actividades, hasta completar las veinticuatro horas, sin desdeñar el trabajo. Dormía exactamente siete horas y cuarenta y dos minutos. No había actividad que no estuviera regulada por el reloj de esfera negra y cadena metálica, regalo de sus padres el día de su primera comunión.

Cada día era, sino igual, muy similar al anterior y posiblemente al siguiente. Apenas se diferenciaban. Levantarse cuando sonaba el despertador, aseo, desayuno, vestirse, cerrar la puerta e ir a trabajar. Subir al coche en el garaje, salir y recorrer las calles con antelación para no sufrir atascos imprevistos que rompiera el proyecto de tiempo preparado de antemano.

Cada vez que miraba su reflejo en el espejo veía como el tiempo dejaba su inapelable huella. Entradas en el fuerte e intenso cabello negro. Alguna arruga en la comisura de los labios, y los parpados. Las manos aun estaban tersas, pero sus músculos, faltos de ejercicio pronto sentirían la flaccidez, de no hacer algo que lo impidiera.

Aquel 13 de Octubre de 2010, Enrique Martos Paz se levantó como cada día. Recordó que cumplía cuarenta años. Se felicitó por haber llegado a esa edad, longeva si hubiera vivido cinco o seis siglos antes. No hizo ningún acto especial. Tan solo recibió una llamada a media mañana, sus padres aprovecharon la coyuntura para felicitarle e invitarle a comer ese especial día en su casa, pero se negó. Razón, su reloj se había parado, y eso era algo que no podía soportar, toda su vida giraba alrededor de aquel instrumento con esfera negra y cadena metálica.

Antes de acabar su jornada, se tomó el resto del día libre, con el fin de buscar un técnico que pudiera reparar su reloj. El día estaba trastocado, nada de lo previsto sucedía. Comenzó a descontrolarse, mirar con desasosiego el reloj, cuyas manillas no se movían, estaba muerto. Por fin encontró en una calle del centro, muy cercana a la Plaza Mayor, un establecimiento donde podrían reparárselo. Al atravesar la puerta, ésta accionar una campanilla que anunciaba su presencia. Era un establecimiento pequeño, sin apenas luz, con un mostrador de madera en el frontal, y otro similar en el lateral derecho. Permanecía desierto. Esperó unos segundos hasta que, detrás de una cortina gris, apareció un hombre con lentes soportando una lupa ajustable sobre su ojo derecho, que inmediatamente retiró.

—Buenas tardes.

—Hola.

—¿En qué puedo atenderle?

—Tengo un reloj hace muchos años y especialmente hoy, en que cumplo cuarenta se ha parado, me gustaría saber si tiene arreglo, es algo más que un reloj para mí.

—¿Es ese de su muñeca?

—En efecto.

—¿Puede retirárselo y dejármelo ver?

—Naturalmente.

El relojero lo observó con detenimiento y luego señaló.

—Es en verdad antiguo, ya no fabrican relojes como estos. Carecen de pilas. Sabe, solo se fabricaron cincuenta unidades de este modelo. En Suiza, ya sabe el país de la exactitud y la puntualidad.

—No, no lo sabía. Si como dice, no le giro la corona para darle cuerda, ni tiene pilas como los de ahora. ¿Cómo ha podido funcionar hasta ahora?

—No lo sé. Desconozco su fuente de energía. Pero intentaremos solucionar el problema.

— ¿Tardará mucho?

—Tendrá que dejármelo un tiempo, para observarlo con detenimiento. Ya veo por sus palabras que le tiene afecto.

—Y tanto, lo llevo desde que hice la primera comunión, desde 1977.

—Ya es tiempo, ya. Bueno, si quiere puedo dejarle uno para que no vaya sin hora, si es eso lo que le preocupa.

—Ni mucho menos. No tengo más reloj que este, pero no quiero que ningún otro me mida el tiempo. Sabe, el y yo nos complementamos perfectamente, lo tenemos todo controlado. Quiero decir, él me dice la hora, y yo sé cuándo y que debo hacer en cada momento.

—Haré un esfuerzo especial, trataré de arreglárselo hoy mismo. ¿Por qué no viene esta tarde a última hora?

—No sé cuál es esa última hora, sin él no soy nada, y él sin mi, tampoco.

—Está bien, de un paseo, vaya a almorzar y regrese, fíjese en el de la torre del edificio central de la Puerta del Sol. Cuando señale las ocho y media de la noche.

—¿Querrá decir las veinte y treinta?

—Si, disculpe, en efecto, las veinte treinta, es la hora de cerrar mi establecimiento, bien, venga a esa hora, le esperaré abierto y veré si para entonces he podido repararlo.

—De acuerdo, gracias, y por favor haga todo lo que sepa y pueda, no sabría estar sin mi reloj.

—Claro. Ahora si me permite entraré en el taller para observarlo.

—Entonces me marcho, hasta las veinte y treinta.

—Si, hasta esa hora.

Enrique salió de la relojería, se dispuso a caminar. Pero por los alrededores, únicamente, ya muy tarde, hasta la Puerta del Sol para comprobar que en efecto eran las veinte y treinta, hora en que debía entrar para conocer como estaba su compañero de fatigas.

—Voy —oyó decir al relojero nada más atravesar la puerta y hacer sonar la campanilla— ¡Ah! Es usted. Estupendo, me alegro. Creo que hemos tenido suerte. Su reloj está reparado.

—¿Qué tenía?

—No lo sé, la verdad, he tocado aquí y allá durante horas, y nada he advertido. De repente ha comenzado a moverse.

—Habrá dado con el punto exacto.

—Posiblemente, no lo sé.

—Me alegro y se lo agradezco. ¿Cuándo le debo por la reparación?

—Nada. No hice nada, solo toqué aquí y allá, intentando localizar su fuente energética, pero no lo he conseguido. Habrá estado aletargado durante un tiempo y de nuevo ha decidido continuar viviendo y midiendo las horas.

—Pues gracias, le debo un favor.

—No hombre, nada. Si me gustaría que de vez en cuando viniera para decirme como sigue. Me intriga ese reloj. Es extraño.

—Le prometo venir a verle, aunque no puedo por ahora decirle día y hora, tendré que modificar cuanto hago hasta ahora y eliminar algo para poder venir, pero lo haré, puede estar seguro.

—De acuerdo.

Se despidieron y Enrique volvió a casa entusiasmado, contento. De nuevo su reloj funcionaba y estaba de nuevo abrazado a su muñeca izquierda.

Al llegar recompuso la estructura del día, ajustó el horario olvidando algunas de las actividades previstas para la jornada, rotas por el problema. Tuvo que esperar para cenar, aunque el estomago le llamaba, no había tomado bocado alguno en todo el día, pero el horario era el horario. Lo cumplió y notó como el reloj marcaba sobre su muñeca una especie de movimiento, como el ronroneo de un gato o el lamido de un perro agradecido. Enrique sonrió y dijo.

—No, gracias a ti, que has conseguido volver a vivir para seguir dándome alegría.

De nuevo otro movimiento apenas perceptible sobre su muñeca. Ambos, cayeron sobre la cama y esperaron al día siguiente, él durmiendo, el reloj controlando el tiempo.

Todo estaba aparentemente igual, tres minutos para cepillarse los dientes, cinco para la ducha, diez para desayunar, otros para recoger el coche e ir a trabajar sin atascos.

A media mañana recibió una llamada telefónica de su madre.

—¿Que te paso ayer, hijo?, era tu cumpleaños.

—Lo se mamá, perdona, pero todo lo previsto se vino abajo, tuve que ir a reparar mi reloj, se me paró.

—Pero hijo, podías haber venido a comer. Un día como ese y solo.

—No importa.

—Bueno, ¿cómo estás?

—Bien, contento, me lo repararon y todo está de nuevo en su justo momento.

—¿Vendrás este sábado a comer con nosotros?

—No, lo haré el domingo, he tenido que ajustar mi horario, un compromiso ¿sabes?

—No me digas que has encontrado a otra mujer.

—No mamá, no digas esas cosas. Solo que debo hablar con alguien de vez en cuando y ajustar mi horario como te he dicho.

—Como quieras, entonces, te esperamos el domingo.

—Si, a la misma hora. Incluso estaré más tiempo con vosotros.

—Me alegro hijo.

El resto del día se ajustó a la nueva programación establecida. Así transcurrieron los primeros quince días. Una mañana, como tantas otras, Enrique reparó en que las ojeras bajo sus ojos habían desaparecido, las arrugas de la comisura de los labios también, como las de los parpados, y aún más, las entradas de sus sienes parecían estar de nuevo cubiertas de cabello. No le consideró importante, simplemente lo achacó a la satisfacción de tener funcionando de nuevo su reloj.

Poco tiempo después, notó que la flaccidez de sus brazos comenzaba a desaparecer, acumulaba más fuerza y vigor en ellos, como si estuviera viviendo una nueva juventud. Así se lo hicieron ver los compañeros de la oficina donde trabajaba. Su piel cada vez estaba más tersa. Sus padres también lo advirtieron los domingos que ahora, cada mes, iba a comer con ellos y se mantenía ciento veinticinco minutos sin escapar de allí.

—Hijo, te veo cada día más joven ¿Qué haces?

—Sigo una teoría.

—¿Podemos saber cuál?

—Control de tiempo. Saber que debo hacer en todo momento. Dormir las horas exactas cada día. Levantarme, desayunar, trabajar, y en fin, todo, pero medido. Apenas me queda un minuto sin estar ocupado.

—Eso es estupendo, también a mi me vendría bien algo así.

—No mamá, tú estás bien, y siempre tan guapa.

—Gracias hijo.

Las compañeras de trabajo comenzaron a fijarse en el cambio tan sustancial de Enrique, hubo alguna que se le insinuó sabiendo su situación de divorciado y solitario. La respuesta de Enrique fue la de siempre.

—Mi tiempo está completamente ocupado. Tú también me gustas, pero por favor, no te molestes, cambiaré mi estructura de tiempo, solo entonces podré incluirte para vernos y salir juntos.

—¿Y cuándo será eso?

—Estoy en ello, no creo que tarde más de dos días.

—¿Tienes una estructura montada? no sabia que el tiempo pudieras dominarlo.

—Más o menos, solo que todo debe estar medido, aquello que no está previsto, suele salir mal.

—Entiendo.

Enrique lo consiguió. Tres días más tarde salía del trabajo junto a su nueva Sofía, llamada Almudena. Durante días, semanas y casi meses, fueron pareja, hasta que ella le pidió dejarlo.

—¿Que te ocurre?

—Disculpa Enrique, pero eres un hombre muy activo, actúas como un joven de veinticinco años, y la verdad, no estoy para ir a bailar todos los días tres horas, tomar más de una copa y trasnochar hasta las dos de la madrugada cada día. Me canso.

—Pero Almudena, somos jóvenes, aun podemos divertirnos.

—Enrique, tengo cuarenta y dos años.

—Y yo cuarenta.

—Pues la verdad, no los aparentas.

—Como quieras, tendré que estructurar de nuevo mí tiempo.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que abandonaré los ciclos de bailar, tomar copas y trasnochar. ¿Qué quieres hacer? Para aplicarlo.

—No lo sé Enrique, dejar algo al albur, fuera de la estructura que llevas. No se, ir un día al cine, pasear otro, visitar un museo, infinidad de cosas sin orden ni concierto.

—¡Ah no!, eso si que no puedo hacerlo, ni mi reloj ni yo lo soportaríamos. Todo debe estar controlado, de lo contrario falla.

—Pues yo fallo, no cuentes conmigo para seguir con tu estructura.

—Está bien, lo lamento. Fueron días y momentos muy bonitos.

Nadie parecía seguirle. Las visitas a casa de sus padres solo se convertían en críticas al escucharle decir el tipo de actividades que llevaba.

—Hijo, pese a estar bajo una próspera vida llena de actividad, que incluso te hace encontrarte en una segunda juventud, tu cuerpo es el de un hombre de cuarenta años, y hay cosas que a esa edad debe ponerse cuidado, no has sido nunca un activo deportista.

—Lo se mamá, pero me encuentro bien. Tengo fuerzas, no me canso.

—Pero estás demasiado activo. Dijiste que te ha dejado una amiga porque no puede seguirte.

—En efecto, tal vez debería buscar a una mujer más joven.

—No es eso lo que queremos decirte.

—Entonces

—Enrique, algo te está sucediendo, ¿no te das cuenta?

—Mamá, me miro cada día en el espejo, sigo siendo el mismo.

—No hijo no, no lo eres.

—Pero me siento bien.

—Esa es otra cuestión. Deberías ir a un médico.

—Está bien, iré, si insistes.

—Gracias por hacernos caso.

—Claro mamá.

Racionalizó de nuevo su tiempo y dejó un hueco para ser atendido en una clínica. Le hicieron todo tipo de pruebas analíticas y fisiológicas. Con los resultados acudió a casa de sus padres. El estaba contento, muy satisfecho. Las analíticas decían que su cuerpo estaba perfectamente, no padecía patología alguna que pudiera perjudicarle, al contrario, resultaba ciertamente un hombre fuerte y joven.

Sus padres quedaron conformes, en apariencia, al leer sobre todo el comentario final. Los resultados me atrevo a definirlos como análisis aplicados sobre un hombre con las características de un cuerpo con veinte años de vida, no con un cuerpo de cuarenta. Es indudable que su cuerpo sufre toda una suerte de coincidencias positivas. Nada más que comentar. Proseguía la firma de doctor.

—Ves hijo, eso es precisamente lo que queríamos decirte, aparentas tener veinte años, no los que realmente tienes, cuarenta, cercano a los cuarenta y uno

—Lo siento, no hago nada en especial. Solo sigo las pautas marcadas por mi reloj. Mido mi tiempo, guardo mis horas de descanso, me alimento bien, hago ejercicio y el resto ya lo sabéis.

—Pues seguimos preocupados.

Estaba cansado de tantos reproches a su actividad. En la oficina le ocurría un tanto de lo mismo. Su trabajo era mínimo, para lo que deseaba hacer. Se acercó un día al despacho del director general y le pidió una mayor actividad.

—Pero querido Enrique, trabaja más que nadie, lleva más expedientes que cualquiera, ¿y aun me pide más trabajo?

—Si, si señor, necesito actividad.

—Bien, le asignaré la responsabilidad de inspección de nuestras obras en el área de la provincia de Madrid.

—Se lo agradezco.

—Veo que ha cambiado de coche.

—Si señor, he comprado un deportivo más acorde con mi actividad.

—Me alegro. ¿Tiene pareja de nuevo?

—Bueno en eso estoy.

Había conseguido entablar una relación con una joven de diecinueve años, que estudiaba en la Universidad. Cada tarde después de trabajar la recogía al pie de la Facultad, y comenzaban un trazado de diversión y nocturnidad. Ella al cabo de tres meses no tuvo más remedio que pedir a Enrique suspender durante un tiempo sus salidas, estaba cansada y tenía mucho que estudiar. Palabras que reflejaban el incómodo momento sufrido con sus padres.

—Está bien. No hay problema.

Dejaron la relación. Dos días después algo sucedió que trastocó su vida. Se levantó como cada mañana al oír el despertador. Como siempre, duchó durante los cinco minutos, se cepilló los dientes tres minutos, y al ir a peinarse, advirtió que no se reflejaba en el espejo. Se miró los brazos primero, luego las piernas y por ultimo el torso. Los pelos habían desparecido, sus brazos eran más cortos, al igual que sus piernas. Su cabeza no se reflejaba como el resto de cuerpo, por la mera razón de que su altura no le permitía llegar a la del espejo. Se acercó a la cocina, recogió un taburete, previsto para alcanzar algo en altura de los armarios. Lo puso en línea con el espejo y se subió en el. El grito que lanzó fue desgarrador.

Como pudo localizó ropa en uno de los armarios, esa que siempre se abandona con temor a tirarla. Tuvo suerte, alcanzó a ponerse un antiguo pantalón, una camisa regalo de Sofía, que no usaba hacía más de quince años y por último un jersey de ochos, blanco, que compró a los veinte años, para jugar al tenis.

No se atrevió a coger el coche, esperó pacientemente a que llegara un autobús para acudir a casa de sus padres. Se bajó, caminó durante diez minutos y llamó al timbre desde el portal.

—Mamá, soy Enrique ¿puedes abrirme?

—Claro, hijo. ¿Que te ocurre? Tienes una voz extraña.

—Si, ahora te explico.

—Te abro.

Subió hasta la cuarta planta en el ascensor y caminó hasta la puerta con el indicativo B. Su madre esperaba con la puerta abierta. No se atrevió a hablar, sin embargo, pese a verle, continuaba esperando.

—Soy yo, mamá, Enrique.

—¿Me toma el pelo? ¿Donde está mi hijo?

—Soy yo, mamá, te repito que soy Enrique.

—No entiendo.

—Yo tampoco, pero déjame entrar en casa por favor.

—Pasa, ¿Esa voz?

—No lo sé mamá, esta mañana al levantarme me he visto así y no me lo creía. ¿Qué me está pasando?

—No lo sé. En el caso de sea mi hijo Enrique, o resultado de una broma pesada.

—¿Quieres que te lo demuestre?

—Sería de gran ayuda.

—Mi fecha de nacimiento es 13 de Octubre de 1970. El día de mi último cumpleaños, cuando hice cuarenta, no viene a comer con vosotros, se me estropeo el reloj. ¿Recuerdas?

—Si, hijo, eres Enrique.

El padre seguía sentado en el sillón, mirando y escuchando la conversación de su mujer e hijo. Tampoco entendía nada de lo que estaba ocurriendo. Su hijo tenía el cuerpo de otro.

—¿Qué puedo hacer mamá?

—¡Qué se yo! No comprendo que te está ocurriendo. Pero recuerda que hace poco de dijimos que parecías un joven de veinte años.

—Lo recuerdo y después de menos años, pero hoy de golpe, parece que tengo diez. No tengo ropa que ponerme, no puedo conducir mi coche, la policía posiblemente me pararía. Mi cara no es la de mi documentación. No puedo salir de aquí. Necesito quedarme en casa. ¿Puedo?

—Naturalmente – dijo su padre.

—Pasa a tu cuarto, aún guardamos ropa. La habitación está tal y como la dejaste cuando saliste para casarte.

—Gracias, mamá. Es un alivio.

—Ahora, descansa, y no te preocupes, posiblemente sea una mala pesadilla y mañana todo se resuelva.

Nada se resolvió, al contrario, algo sucedía, alguien o algo controlaba el tiempo de Enrique. Al levantarse al día siguiente no pudo bajar de la cama, llamó repetidamente a su madre, quien nada más verle llamó a su marido entre sollozos. Enrique tenía el cuerpo de un niño de dos años. Tuvo que cogerlo en sus brazos para llevarle a la cocina, y prepararle un zumo y unas galletas trituradas en un tazón de leche.

Tres días después el cuerpo de Enrique similar al de un bebe, apareció muerto en la misma cama. Sus padres no pudieron responder a las preguntas que la policía hizo al ser llamados para hacerse cargo del cadáver. Al retirarlo uno de los agentes, extrajo un reloj de esfera negra y cadena metálica que reposaba alrededor de la muñeca izquierda del bebé.

—Tengan. ¿Cómo son capaces de dejar algo así a un niño tan pequeño?

—Gracias.

Debido a las pruebas de ADN, los padres de Enrique quedaron absueltos de la sospecha por la extraña muerte de su hijo. No quisieron explicar los detalles que conocían. Tampoco responder a las preguntas del forense, no existía explicación de cómo una mujer con más de setenta años podía haber dado a luz un bebé tardíamente.

Tanto ella como su marido no obtuvieron respuesta, solo pudieron llorar la desaparición de su hijo Enrique. No avisaron ni a amigos ni familia. Solo recibieron una visita inesperada, la de su exmujer, Sofía, que se sorprendió por la noticia.

—¿Donde está enterrado?

—Lo llevamos al pueblo de su padre, en Ciudad Real.

—¿Puedo ir a ver su tumba?

—Naturalmente.  Gracias por tu visita Sofía.

Una semana más tarde recibieron otra. Alguien llamó por el telefonillo desde el portal.

—Son ustedes la familia Martos Paz.

—Si señor ¿Con quién hablo?

—Soy el relojero que reparó el reloj a su hijo hace un tiempo. He ido a su domicilio, pero me han dicho que ya no vive allí, alguien me dio esta dirección.

—¿Qué desea?

—Hablar con él, si es posible. ¿Está en casa?

—No, no señor. Falleció hace más de quince días.

—Lo siento.

—Podemos saber que quería decirle.

—No sé si debo.

—Por favor, cualquier cosa que nos cuente de nuestro hijo, tal vez nos ayude. Haga el favor de subir.

—De acuerdo.

Entró en la vivienda y se situó sobre un sofá, que le invitaron a ocupar. La madre comenzó a preparar café y el padre se sentó frente al relojero.

—Podemos esperar a que mi esposa acabe con el café.

—Naturalmente.

—¿Cómo conoció a Enrique?

—Me llevo un reloj a arreglar.

—¿Este? — dijo mostrándole uno con la esfera negra y la cadena metálica.

—Si no es ese se le parece mucho.

—Se lo regalamos cuando hizo la primera comunión, en 1977.

—Me lo comentó aquel día.

La madre apareció con una bandeja y tres juegos de café. Sirvió las tres tazas y se sentó al lado de su marido.

—Decía el señor, que se lo llevó a reparar.

—Si, lo sabemos, precisamente se le rompió el día en que cumplió cuarenta años.

—Debió deshacerse del reloj. De haberlo sabido entonces se lo habría recomendado.

—¿Que ocurre con el reloj?

—Me extrañó, no pude saber como diablos se abastecía de energía para funcionar. Los relojes de entonces o se les daba cuerda girando la corona central, o tenían un dispositivo de balanceo que, al mover la muñeca o el brazo, incidían sobre la maquinaria para funcionar. Pero este no, no tiene nada de eso.

—Entonces ¿Y tiene?

—El diablo. Tiene dentro al diablo. Disculpen mis palabras, pero no tiene explicación alguna. Solo he conseguido averiguar que existen tres relojes idénticos a este. Otros muchos son similares, pero disponen de ese balanceo que les señalé. Esos cuatro no, no tenían nada. Hablé con el fabricante, una pequeña industria en el centro de Suiza, y me contaron una historia, aunque según parece carece de credibilidad.

—¿Qué?

—Al parecer hace años el dueño quiso eliminar la relación que mantenía su hija con uno de los empleados. Era un hombre que personalmente lo controlaba absolutamente todo. Las actividades de la empresa y de todos sus trabajadores. Quería controlar absolutamente todo, hasta la vida de su hija, como hacia con la de los demás. Discutió con el supuesto novio, tras recomendarle abandonar el lugar. Llegó a ofrecerle dinero para marcharse, pero el joven se negó. Luego discutieron y sin saber cómo y porqué, le golpeó hiriéndole de muerte. Antes de expirar, el joven dijo que se vengaría de aquello. El resto es mera especulación. Unos dicen que el espíritu vengativo fabricó cuatro relojes idénticos, uno de ellos, como cada modelo fabricado, se lo quedó el propietario, le gustó y se lo puso sobre la muñeca. Al cabo del tiempo, vieron como rejuvenecía de tal manera que llegó a retroceder hasta dos meses después de nacer, momento en que falleció. Los otros tres desparecieron, pero al parecer llevan con ellos la misma maldición. Rejuvenecen a quien controla el tiempo con demasiado rigor y no dejar al albur alguna actividad cotidiana. Al parecer llegado un momento, el tiempo de quien lo lleva comienza a retroceder hasta fallecer como un bebé de dos meses. ¿De que ha muerto su hijo Enrique?

—Llevaba una temporada que parecía un joven de veinte años. Un día regresó a casa como un niño de diez, pero en el corto espacio de tiempo, se convirtió en un niño de dos años y poco después de dos meses. Fue entonces cuando falleció.

—Lo lamento. Debería haber descubierto esto antes.

—Quizás se habría salvado. Era muy exigente con su tiempo. Gracias por contarnos esa historia.

El relojero abandonó cabizbajo la casa. Se adelantó hasta la relojería, buscó entre los antiguos relojes y encontró uno similar al de Enrique, lo abrió, comprobó se trataba de un ejemplar sin fuente de energía, se lo puso en la muñeca y se dispuso a vivir de nuevo una vida llena de juventud, aunque fuera corta, pero no importaba, estaba próximo a cumplir los ochenta y nueve, ya había vivido lo suficiente.

Tres días después Sofía llamó por teléfono a la madre de Enrique.

—¿Puedes decirme que significa el texto puesto en la lapida de Enrique?

—Nada especial.

—Es extraño, habéis mandado poner: Enrique Martos Paz, 13 de Octubre 1970 – 22 de Noviembre 2011. Murió a los dos meses de edad. Descanse en paz.

—Algún día te lo explicaré. Si quieres tener algo de Enrique, tengo su reloj, a lo mejor te gustaría tenerlo como recuerdo. Es deportivo, siempre lo llevaba puesto.

—Claro, me pasaré por tu casa. Y no, no me importaría, tener algo suyo.

—Claro. Te esperaré, llámame antes.

© Anxo do Rego. Todos los derechos reservados
Safe Creative #1011147848294

Un comentario en «El reloj»

  1. Siempre me asombra la capacidad que tienes para crear historias. Esta concretamente me ha dejado sin palabras. Tienes un don maravilloso, que como tantas veces te he dicho, envidio. Una historia muy surrealista. Un abrazo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *