Posted on: 2 abril, 2020 Posted by: Anxo Do Rego Comments: 0

EL OTRO NOMBRE

Para Ella, Dóxa, mi inolvidable amor.

La espiritualidad y la religión se han utilizado siempre

por gentes ilustradas para llenar los huecos que las

mentes infelices y analfabetas no acertaban

a comprender.

Lucas Zara

 

1 – El encuentro

            La aldea se encontraba cerca del río. Fue la última recomendación dada por el Más Anciano de la tribu antes de iniciarse la construcción de las cabañas en el nuevo asentamiento. De esa forma las mujeres no tendrán que desplazarse mucho para surtirla de agua —dijo con voz trémula— Seis días después moriría y como posteriormente señaló quien ocupó su posición en la tribu, murió de cansancio. El viaje ha sido muy largo y pesado y los dioses no han tenido misericordia de él, tal vez se han vengado por tratar de ocultar y no cumplir los deseos que solicitaron.

            Kenie mira a su alrededor y ve con pena, como su padre también se encamina hacia el descanso eterno. Lejos, alejado de la maldad humana y divina. Adelanta ambas manos, luego las lleva hasta su cara y la cubre en su totalidad para murmurar unas palabras lenta y cadenciosamente. No necesita que las oigan. Su dolor es intenso, constante. Pese a ello, sabe que ese sentimiento es algo inherente a su cercana juventud.

            En pocos segundos su mente rememora tiempos pasados.

Fue un niño con suerte, pudo pasar por todas las etapas hasta convertirse en un hombre. No le ocurrió como a otros, desaparecidos o muertos antes de cruzar el umbral de la puerta de acceso a la juventud. Antes, poco antes, perdió a su madre. Ella no pudo asistir a la fiesta que la tribu organizaba cada año en el mes de Maa, tal y como estaba previsto, es decir, veintiocho días antes de que las hojas de los árboles cambiaran el profundo verdor por el ofrecido en el otoño, allá por los meses de Kal, For y Bre y parte de Aná, cuando las nieves se adueñaban del valle y las montañas vigilantes se convertían en una fría estampa invernal carente de alegría.

Su padre enviudó tres días antes de la fiesta anual del Donere, los funerales tuvieron que retrasarse. Los dioses así lo disponían. Con la pena rodeando su cuerpo y mente, pidió a los dioses ser uno de los elegidos, no sabía que ellos ya habían decidido, razón por la que su madre murió. También vio como algunos de sus compañeros y amigos de juegos, no volverían a hacerlo, pues aquella misma noche salieron en compañía del Más Anciano camino del destino fijado por los crueles dioses.

A medida que su joven cuerpo se convertía en el de un hombre, asistió cada año a la Donere y al despedir a los Calos; jóvenes designados por los dioses para hacer el gran viaje; preguntó a su padre.

—¿Por qué deben marcharse?

—Los dioses así lo disponen.

—¿Cómo los eligen?

—No tengo respuesta para darte, se escapa a mis conocimientos, no soy el Más Anciano

—¿Siempre ha sido así?

—Siempre, Kenie. Ellos son quienes dirigen nuestras vidas. A quienes debemos decir como os llamamos y así poder fijaros una señal en la espalda.

—Padre ¿Dónde van los Calos?

—Nadie lo sabe hijo, está prohibido acompañarlos más allá de la marca. Solo el Más Anciano acompaña a los elegidos hasta el lugar designado. Camina a su lado hablándoles, preparándolos para fortalecer sus mentes, y cuando el sol rompe el horizonte ese día los abandona y regresa a la aldea.

—Algún día seré un Más Anciano y acompañaré a los Calos hasta su destino, hacia el final del gran viaje.

—Eso no será posible hijo, de lo contrario la tribu sufriría las consecuencias. Además, aun eres muy joven y no siempre se hacen realidad los deseos.

—¿A qué te refieres padre?

—Solo uno es elegido Más Anciano y no depende de nosotros.

—¿De quién entonces?

—De los dioses. Debemos esperar a que decidan si vivimos o no, si conseguimos la ancianidad a veces imposible, quizás podamos ser nombrados por ellos.

—No importa, lograré serlo e intentaré hablar con los dioses, les diré que no deben continuar con esa costumbre tan cruel. Dejan a nuestra aldea sin jóvenes, sin futuro, pero sobre todo sin el apoyo que necesitan nuestros mayores.

—No te preocupes por eso ahora, solo agradece no haber sido llamado por ellos antes y conseguir hacerte un hombre.

—Lo haré padre, de momento, pero no lo olvidaré.

            Kenie mantuvo su cara cubierta, miró el cuerpo de su padre, respiró profundamente y repitió en un susurro las mismas palabras, Padre te prometo cambiar todo esto, posiblemente no llegue a ser un Más Anciano, pero se acabarán los Calos para siempre.

            Otro Más Anciano fue nombrado por los dioses sustituyendo al último. Él cumplió los veinte años para a ser llamado Marok, dada la costumbre al morir su padre, de añadir una letra k a su nombre Maro. Sin embargo, siempre quiso utilizar su segundo nombre, Kenie, como apelativo, como apodo. Se mezcló con los otros Mosere; jóvenes con edad superior a los veinte años. Cada día practicaba las artes de la lucha, caza y estrategia, a fin de conseguir despuntar y lograr ser nombrado responsable de la defensa de la aldea. De algún modo su ser le pedía acercarse a las más altas metas, pero, sobre todo, obtener la confianza para ser nombrado Más Anciano algún día.

            Una mañana del mes Ubo, en plena primavera, antes de que Nie diera comienzo, regresa de cazar con un grupo de Mosere a su cargo. Sostiene, junto a otro en sus hombros, una gran rama a la que han atado el cuerpo de un pesado jabalí macho. Con los colmillos tiene intención de hacer dos colgantes, uno para obsequiárselo a su futura esposa, si los dioses se lo permitían y acertaba con la elección de la mujer. El otro, para colgarlo en su propio cuello. En esos pensamientos se encuentra cuando al bajar una ladera, antes de cruzar el último arroyo y descubrir la aldea, un ruido le hace detenerse. Pide al grupo guardar silencio mientras el permanece quieto sobre el camino.

            Requiere a sus Mosere dejar las piezas de caza y a dos de ellos, acompañarle sin hacer ruido. De nuevo un crujir de ramas y plantas, tal vez un animal herido trata de ocultarse —piensa mientras prepara su venablo—. Saca la espada corta de su cintura y con ella sujeta en la mano derecha con el venablo en la izquierda, avanza cautelosamente. Deja a sus dos compañeros cubriendo los flancos. Una especie de gemido o gruñido le avisa de estar cerca del animal. Camina y espera a sus dos compañeros hasta presentarse frente a la entrada de una pequeña cueva tapada por arbustos.

—Esperar aquí —señala imperativamente— entraré arrastrándome, la entrada es reducida.

—Ten cuidado Kenie, no sabes si encontrarás una alimaña.

—Lo pondré, al menor aviso entrar, no antes.

—De acuerdo —responden.

            Pone el venablo por delante mientras se adentra en la cueva. El calor aumenta a medida que se desliza con precaución hacia el interior. De repente siente como algo se opone a que continúe avanzando. Imprime más fuerza y se contiene momentáneamente, no quiere pedir ayuda. Poco rato después cesa la oposición y él deja de empujar. Él y el posible animal herido, se mantienen quietos, en silencio y expectantes. Al cabo de un buen rato y mientras sus compañeros comienzan a impacientarse, oye un gemido. Ahora se diferencia claramente de un gruñido. Tantea sobre su cabeza antes de seguir avanzando y de nuevo pone el venablo por delante. En el otro extremo, algo desvía su esfuerzo hacia un lateral. No da muestras de ser un animal. Retira la corta lanza y la sustituye por la afilada espada. Se impulsa y avanza por el estrecho túnel hasta desembocar en una cavidad más amplia. Los gemidos continúan. Intenta situarlos mentalmente, dada la oscuridad absoluta que le impide ver. Espera para levantar su cuerpo, hasta ahora semi agachado, gira a su derecha y luego a la izquierda. Mueve la mano que sustenta la espada, aunque no tropieza con roca o animal alguno. Tras unos segundos, los suficientes para mantener precaución y cierto temor a lo desconocido, aunque dominado, se dispone a hablar.

—¿Quién anda ahí? —señala con voz profunda.

            Silencio es cuanto oye. Sin embargo, comienza a escuchar un gemido seguido de otro, que traduce como lamentos.

—No debes temer nada. Quien quiera que sea, no te haré nada —vuelve a decir— Puedo ayudarte. Verás, dejaré mis armas en el suelo, sin es lo que te producen temor. Responde por favor.

            Nada, no hay respuesta. De nuevo un gemido, en esta ocasión acompañado de un ruido semejante al leve arrastre de unos pies desnudos sobre el suelo.

—Haremos una cosa, quédate donde estés. Yo intentaré hacer fuego, así podremos vernos ¿Te parece bien?

            El gemido en esta ocasión lo interpreta como un asentimiento, por lo que extrae un trozo de estopa. Lo coloca junto a sus pies, luego con dos piedras de pedernal comienza a golpearlas con ritmo. Las chispas tratan de unirse a la mecha de estopa. Al cabo del enésimo intento, una pequeña llama se inicia en el suelo de la cueva. Deposita cuatro ramas secas y cortas sobre ella e inicia una hoguera.

            Kenie respira humo y tose, luego se retira dando dos pasos atrás. Se aleja de la hoguera y recorre con su mirada el perímetro de la cueva ahora iluminado. Al acabar y frente a una roca, aparece el cuerpo de una mujer en cuclillas. Con su mano derecha sujeta con determinación una gruesa rama acabada en punta. Sus largos cabellos descansan enmarañados sobre sus hombros desnudos, como su torso y resto del cuerpo, solo un corto taparrabos cubre mínimamente la cintura y parte de los muslos. La mira y espera pacientemente.

—Ven, acércate, no te haré ningún daño. Me llamo Kenie. Soy jefe de quince Mosere y regresamos a nuestra aldea después de una jornada de caza ¿Cómo te llamas?

            La mujer se incorpora tímidamente, aunque con temor. Abandona la rama depositándola en el suelo y con esfuerzo se levanta sobre sus pies. Intenta caminar hasta Kenie, pero inicia una caída hacia el fuego. Sin pensarlo dos veces, la sujeta evitando el encuentro con el suelo. Al sostenerla palpa algo húmedo y pegajoso. Es sangre y no deja de manar del costado izquierdo. La recuesta cerca de la lumbre y sale de la cueva en busca de ramas para mantener y aumentar el fuego y calor. Después se quita la camisa de piel que lleva y cubre el torso y hombros de la mujer. Luego llama a uno de sus hombres.

—Mirca ¿puedes traerme una medida de agua? No temas, no hay peligro.

—Claro, ahora mismo —responde a través de la entrada de la cueva.

—Trae también mi manta de piel de oso.

—Bien.

            Mirca aparece minutos después portando lo solicitado por Kenie.

—Ahora escucha, regresar a la aldea y pedir al Más Anciano autorización para llevar a esta mujer allí, yo me quedaré hasta vuestro regreso con la respuesta.

—Como digas, te dejaremos un par de mantas más y algo de comida.

—Gracias, no sé cómo será de fría la noche. Antes de irte, por favor preparar unas cuantas antorchas, así podré restañar una herida sangrante. No tardéis mucho.

—Tranquilo, te avisaremos con el cuerno al acercarnos cuando volvamos.

—Entonces ve a por las mantas, la comida y el agua y no os retraséis mucho, la noche se echa encima.

—Claro Kenie.

            Sitúa estratégicamente las tres antorchas, pone leña en la hoguera y busca un rincón resguardado para dormir. Cuando coloca a la mujer sobre una de las mantas, despierta del desmayo y abre los ojos. Gime y mira asustada e interrogativa a Kenie.

—Tranquila no temas —repite en dos ocasiones— si me dejas trataré de curar esa herida. Antes la limpiaré con agua, y una vez aliviada     , comeremos algo, luego descansarás. Mañana vendrán a recogernos mis hombres e iremos a mi aldea.

—Gracias —murmura entrecortadamente.

—¿Cómo te llamas? ¿Qué te ha ocurrido?

—Mi nombre es Nima.

—¿De qué tribu eres? ¿Dónde está tu aldea?

—Pertenezco a la tribu Socoa y mi aldea está a una luna de aquí.

—He oído hablar de vosotros, aunque tú eres la primera de esa tribu a quien veo. Ni siquiera sé si somos enemigos.

—No lo creo, nuestra tribu no es belicosa, se conforma con vivir, si los dioses nos dejan.

—¿Cómo dices?

—Cada año nuestro Chamán se pone en contacto con los emisarios de los dioses y tras elegir a un número de jóvenes, los acompaña hasta un lugar marcado por ellos. Nos abandona allí hasta que vienen a recogernos.

—¿Has estado con los dioses?

—No llegué a verlos, me escapé hace una semana, desde entonces no he parado de huir.

—¿Y esa herida?

—Me dispararon con algo desconocido al ver como escapaba.

—¿Quiénes, los dioses?

—No, sus guardianes —dice mientras se queda y lleva su mano al costado herido.

—Ahora guarda silencio, curaré esa herida y más tarde me cuentas.

            Durante la siguiente hora Kenie limpia con cuidado la herida con agua que extrae de uno de los pellejos, luego la cauteriza con el cuchillo incandescente y la cubre como puede. Nima vuelve a desmayarse, cuando vuelve en sí, sonríe agradecida, toma su mano y la lleva hasta su pecho izquierdo desnudo, luego vuelve a cerrarlos. Kenie, abre la bolsa que contiene los utensilios para cocinar y comienza a preparar algo para comer, a la luz y calor del fuego de la hoguera. Ella suspira y mira con atención cada movimiento de Kenie.

            La noche ha caído y el frío de las montañas se desliza por la entrada de la cueva acariciando las llamas, balanceándolas y haciéndolas danzar a un ritmo absurdo y desacompasado. La herida ya no sangra y el color de su frente y pómulos por la fiebre, se desvanece a medida que las horas pasan. Se tumba cerca de Nima y la observa detenidamente antes de que cierre sus ojos para descansar. Minutos después él cae dormido profundamente.

            Nada más despertar se arrastra al exterior de la cueva para cortar ramas y mantener el fuego de la hoguera a punto de apagarse. Al entrar, la mujer está en pie tratando de colocarse la camisa de Kenie y así cubrir su cuerpo desnudo. Al verlo entrar le mira con ternura.

—Gracias por atenderme y cuidarme, mi gente te lo agradecerá siempre.

—¿Qué tratas de decirme?

—Que puedo volver a mi aldea, me siento mucho mejor.

—No debes, aún no te has curado totalmente de la herida. Además, volver sola y caminar por estos valles posiblemente sería tanto como encontrar la muerte.

—No me importa, ya estuve cerca de ella en el encuentro con los guardianes de los dioses.

—Lo supongo, pero si como dijiste, esos guardianes te persiguieron, es posible que todavía sigan buscándote, tal vez lo primero que harán será ir a tu aldea y aguardar allí tu aparición.

—Es posible, tal vez tengas razón, pero debo hablar con mi padre.

—Será mejor ir a mi aldea y cuando te hayas recuperado completamente, yo mismo te acompañaré a la tuya. Entonces es posible que se hayan olvidado y puedas continuar viviendo en paz.

—Eso no ocurrirá nunca. ¿Quieres ayudarme a ponerme tu camisa?

—Claro. ¿Qué paso con tu ropa?

—Nos la quitan nada más entrar en la gran gruta de los dioses y nos dan otra a cambio. Cuando escapé me la quité y conseguí el taparrabos de un hombre a quien golpeé.

—Esperaremos a mis hombres, ellos traerán ropa, mientras deberías contarme como son en tu aldea, a que se dedican.

—De acuerdo, esperaré, pero en cuanto me recupere volveré a mi aldea.

—Bien.

            Mientras Kenie calienta en un recipiente de metal leche de oveja extraída de uno de los odres, Nima se cubre con la manta de piel y se recuesta sobre una de las rocas. Le ofrece el recipiente y dos tortas de maíz, las únicas que hay. Las come con ansia, como hiciera con las que tomó por la noche. Al acabar advierte que Kenie no ha comido nada.

—¿Tu no comes?

—Lo haré cuando lleguemos a la aldea

—¿No queda comida?

—Apenas nos quedaba, estábamos a punto de llegar a la aldea y la agotamos.

—Lamento haber acabado con lo que tenías, llevaba días alimentándome de raíces únicamente. Gracias. Esto lo conocerán en mi aldea y te compensarán.

—No es preciso.

—Si lo es. Has sido generoso conmigo. Me has respetado, además de salvarme la vida.

—Todos en mi tribu se comportan así, más si se trata de mujeres solas y heridas.

—Gracias de nuevo.

            Al cabo de tres horas oyen en la lejanía el ulular de un cuerno, tal y como solicitara Kenie a sus hombres.

—No tardarán mucho en llegar, si te parece, recojamos todo esto y salgamos de la cueva.

—Claro.

            El tiempo pasa con rapidez. Junto a cuatro Mosere se acercan a las colinas que rodean la aldea. El Más Anciano rodeado por el resto de la tribu, camina al encuentro de la desconocida que acompaña a Kenie tan Maro, Kenie hijo de Maro. La Luz del sol ilumina el rostro de Nima, sus largos cabellos negros, aun enmarañados y sucios, dejan ver, sin embargo, unos ojos negros brillantes y vivarachos. Su cuerpo no parece tener más de dieciocho muntus (años) y sus pies descalzos, aún permiten ver las heridas producidas por las sogas con que los ataron.

            Torke, el Más Anciano se dirige con la mano derecha alzada sobre su pecho para darles la bienvenida.

—Acércate mujer desconocida —dice parsimoniosamente— déjame verte.

            Nima se acerca tímida hasta el anciano y se deja observar. Luego a un ademán de Torke, cuatro mujeres avanzan hasta ella y la invitan a acompañarlas hasta una de las cabañas.

—No temas —señala— te ayudarán a asearte, proporcionarte ropas nuevas para vestirte debidamente. Al acabar te acompañarán hasta nuestra cabaña principal, allí te esperaremos todos, queremos escuchar tu historia.

—Gracias anciano.

            Kenie relata al grupo cuanto ocurrió hasta encontrar a Nima. Tiene tiempo para comer algo y recoger otra camisa de piel para cubrir su torso lleno de señales y cicatrices. Cuando Nima aparece ante sus ojos, aseada y con las ropas apropiadas, el corazón de Kenie se altera sin darse cuenta. Aquella mujer resulta muy hermosa, y ahora la veía con otra mirada, tal vez podría ser la mujer para elegir. Si dispone de tiempo incluso puede pedirla en matrimonio, si el Más Anciano se lo permite. Cuando ella acaba de contar su historia, él queda encargado de mostrarle la aldea y mencionar las costumbres que debe guardar. Después la acomoda en su cabaña y él se retira a uno de sus compañeros célibes.

            Cada mañana la visita a fin de conocer cómo evolucionan sus heridas, y cada día, al mirarla, le parece aún más bella, de modo que nada más verla siente un desasosiego imprudente que le hace retroceder hasta la puerta de la cabaña, desde donde le habla distante. Al décimo día ella advierte cuanto sucede y le espera en la puerta de la cabaña.

—Buen día Kenie.

—Buen día Nima.

—Hoy no quiero que me hables desde la puerta, conozco cuanto te sucede y me siento halagada. Eres un buen hombre y tú también me gustas a mí. No me importaría vivir contigo, pero alguien me espera en mi aldea.

—Lo siento. Siendo haber dejado ver cuánto me sucede estos días, sobre todo mis sentimientos. No sabía que te esperaba alguien. De verdad lo siento.

—No es lo que imaginas, allí me espera mi padre y solo él puede darme el consentimiento para casarme con alguien de otra tribu, esa es nuestra Daka (costumbre) No debes preocuparte.

            Los días del mes Nie se acaban, se inicia el mes de Cao (equivalente al mes de mayo). Nima ya recuperada, está dispuesta a volver a su aldea y él a ser su acompañante, como había prometido. Ahora más que nunca, no consentiría que pudiera ocurrirle algo. Antes de acabar la tarde, cuando el sol se acerca al pico de las colinas para esconderse, ambos se encaminan cogidos de la mano hasta la cabaña del Más Anciano.

—Nima está completamente repuesta y desea regresar a su aldea —señala Kenie a Torke, el Más Anciano.

—Lo sé, ese fue su compromiso y el nuestro. Podéis salir cuando queráis, estáis autorizados, si bien me gustaría oír de tus labios Kenie, que estarás aquí para celebrar nuestra fiesta del Donere.

—Desde luego, regresaré antes del mes de Maa (equivalente al mes de agosto) si no surge algo que lo impida.

—Espero que no. Que los dioses sean benignos con ambos.

—Gracias Más Anciano —señala Nima— pero antes de despedirme de toda la tribu, me gustaría conocer algo. Deseo formular una pregunta.

—Claro, si puedo responderte lo haré con sumo placer.

—En mi aldea nuestro Chamán es el único que recibe la visita de los enviados de los dioses, él es quien señala quienes deben acompañarlos a presencia de ellos ¿Ocurre aquí algo similar?

—Más o menos, ellos, me refiero a los dioses, nos indican el periodo en que deben concebirse los hijos y de acuerdo con el mes de nacimiento, yo debo marcar el nombre de cada nacido y entregarles una lista en la primera visita. Luego cada año celebramos en el mes de Maa una fiesta donde se nombra a los elegidos por los dioses, de acuerdo con la señal impuesta. Más tarde debo llevarlos hasta la Marca, donde sus enviados y guardianes recogen a nuestros jóvenes varones y mujeres de 12 muntus, así como adultos, si lo pidieran. Con ello cumplimos nuestras obligaciones y no nos piden más durante el resto del año. ¿Ocurre igual en vuestra aldea?

—No, Más Anciano, nuestro Chamán recibe una petición de los enviados, reúne a la tribu y decide quien debe presentarse, pero no a edad temprana. Solo van aquellos que han superado la edad de 18 muntus, como decís vosotros. Gracias por la respuesta y por atenderme durante estos días, mi tribu conocerá vuestra hospitalidad.

—Nos ha complacido cuidarte.

            Salen de la cabaña principal y recorren el espacio que les separa de la de Kenie. Ella entra para recoger los obsequios hechos por las mujeres de la tribu, luego se acerca a Kenie y le abraza llorando. Cuando se calma, la acompaña a despedirse de todos. Más tarde vuelven a su cabaña. Es el momento de poner alrededor de su cuello uno de los colmillos del jabalí cazado el día en que se conocieron. El otro colmillo lo llevará colgado de su cuello, bajo la camisa, así ambos formarán la unidad soñada. Sabe que solo ella es la elegida para ser su esposa. Pedirá al Más Anciano autorización a su regreso. Salen antes del amanecer.

Sigue proximamente con   2 – Nima regresa a su aldea

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