El gran grito

Con todo afecto,

A mis amigos africanos que se aventuran para

intentar una vida mejor a la que tienen derecho.

Algún día la madre naturaleza se cansará

de soportar el mal que la hemos causado,

nos reprenderá como hijos suyos

que somos, y no deberíamos sorprendernos

del resultado. 

(Marcos P. Elizalde)

1

En más de una ocasión he leído y escuchado en alguno de los cientos de documentales pasados por televisión; posiblemente filmado por mi amigo Ricardo; que los únicos seres que sobrevivirían después de soportar la radiación originada por una explosión nuclear, serían algunos insectos, concretamente las cucarachas. ¡Que desagradables e inoportunas! A veces, cuando las veo corretear buscando un lugar donde ocultarse, tras encender una luz, pienso que lo hacen por temor a ser destruidas por algo sencillo y natural, el zapato de un ser humano. En fin, no lo se. Tampoco me detuve mucho más para comprobar su sistema de vida, si se reproducen por tal o cual forma o manera, y otra serie de cuestiones que desde luego no me preocupan.

Siempre he pensado la inutilidad de ver en un documental, como viven los pocos animales que quedan en el planeta. Personalmente no tengo ningún interés en saber si quedan ciento cuarenta tigres de bengala, o cuatrocientos bisontes americanos o europeos. Si nuestros antecesores no se preocuparon por mantenerlos vivos, y si la sociedad en que nos ha tocado vivir, tampoco creyó oportuno hacer algo que posiblemente vaya en contra de la evolución, me parece absurdo perder el tiempo en grabar algo que solo será un recuerdo dentro de algunos años. África, en su mayoría, y algunos países de Asia o terrenos acotados de Brasil, solo quedan como constancia de lo que fue nuestro mundo hace cientos de años. Fundamentalmente África. A veces pienso que, si se mantiene tal y como está, es solo una burda ironía. Mantienen vivos a los animales y dejan morir a los humanos que los habitan a manos de dictadores, o en las de multinacionales del oro, diamantes o materiales de primera línea productiva. ¡Ah! pero hay tiempo y dinero para filmar documentales. ¿O tal vez esperan a que en las tierras africanas no queden animales ni habitantes para poder crear una inmensa finca donde producir todo aquello que falta en el primer y segundo mundo? ¿Hasta cuándo permanecerá esta ignominia?

Estas y otras disquisiciones me provocan un desaliento tan profundo que a veces me levanto de mal humor, no consigo disiparlo hasta ver a mi redactora jefa. Muchas veces solo verla me introduce en otra clase de sueños, desde luego no tan catastróficos como los anteriores.

A través de los cristales suelo ver su despacho, más amplio que el mío por supuesto, para eso es Jefa de Redacción, y yo un mediano redactor de sucesos. Pasar cada mañana por delante de su puerta es esperar inútilmente verla frente a ella y tirar de mi para pedirme un favor personal e intransferible, pero eso nunca ocurre, forma parte de mis ensoñaciones, aunque tal vez debería decir de mis deseos, por otro lado, inalcanzables. A veces pienso que no se fija en mí porque no tenemos el mismo color de piel.

La mañana en que se cumplieron parte de esos deseos ocultos, mis compañeros llevaban trabajando dos horas, yo acababa de regresar de cubrir uno de los muchos asesinatos y homicidios ocurridos en los fines de semana en Madrid, una ciudad populosa, no se si populista, pero si cubierta de una pátina gris y una desagradable sensación de querer y no poder ser. Una ciudad cosmopolita, europea con raigambre cultural, que, en manos de ciertos dirigentes, han permitido que la desidia e indolencia cultural invada la ciudad, evitando que sea faro y punto de referencia, como cualquier otra capital europea, medios tiene para serlo. Sin embargo, dejaré para otro momento la crítica a la consistencia cultural de Madrid.

Al pasar forzosamente por la puerta de mi jefa, ésta se abrió y sin más agarró mi brazo, tiró de él.

—Pasa inmediatamente, te necesito.

—De acuerdo jefa.

—Escucha con atención, quiero que cubras la información que aparece en este momento en el canal doce de televisión. La conectaré para que veas y escuches de que se trata.

—Pero jefa, soy de sucesos.

—Por eso.

—Disculpe.

—Presta atención Félix, por favor.

—Claro.

En el Zoológico de la Casa de Campo de Madrid están preocupados, al parecer numerosos animales de los considerados peligrosos, han comenzado a gruñir desde las doce horas de la noche del lunes, y no han dejado de hacerlo hasta el momento en que damos esta crónica. Algunos de los cuidadores han resultado atacados, cuando preocupados, se acercaron hasta las zonas ocupadas para comprobar la razón de sus gruñidos. Por otro lado, parece que el resto de los animales más tranquilos, también han empezado a gruñir y atacar. Nuestro compañero Eligio Sánchez ha entrevistado a uno de los Gerentes del Zoológico señalándole que se puso en contacto con otros Zoológicos tanto del país como de otras capitales europeas, diciéndole que se encuentran en la misma situación. Los animales están intranquilos, gruñen, no quieren comer ni permiten que se les acerque ser humano alguno. Nuestros corresponsales en Roma, Londres y Paris han corroborado estos últimos extremos…

—¿Qué te parece?

—Extraño, simplemente extraño. ¿Que quiere que haga?

—Quiero una amplia cobertura, con fotos y entrevistas, para preparar el dominical.

—Pero Adela, cubro sucesos, muertes, asesinatos.

—Si lo prefieres puedo dárselo a otro redactor.

—De acuerdo, lo haré.

—Bien, ahora haz lo que te pido. No quiero que hables con nadie más que conmigo, ni comentes cuanto descubras. Anota mi teléfono privado, me llamas cuando tengas algo que decirme. No pases por la redacción del periódico. ¿Me has entendido?

—Por supuesto.

—Ahora pasa por contabilidad, llévales esta autorización para que te faciliten dinero, no quiero que te falte y a mi tu crónica por su culpa.

—De acuerdo.

—Otra cosa, dame tu numero privado de móvil, no quiero olvidarte ni un momento.

—Claro, anote por favor.

—Ahora, manos a la obra. Espero que sepas comportarte como espero.

—Al menos lo intentaré.

—Mira Félix, soy muy exigente, no quiero intentos sino resultados.

—De acuerdo. Los tendrá.

—Eso está mejor. Hasta esta tarde.

—Adiós jefa.

Pasé por contabilidad y tanto ellos como yo, nos extrañamos de la cifra que mi jefa había autorizado con su firma. Yo encogí los hombros y ellos sonrieron maliciosamente. Al salir me tropecé con Ignacio Satrústegui, le pedí una de las cámaras de sus reporteros gráficos. Me dio una de las últimas adquiridas, aunque a regañadientes, junto a dos tarjetas de memoria completamente nuevas. Le prometí cuidarla como si fuera mía, después de firmar el depósito, salí hacia el garaje del periódico, me puse el casco de motorista y conduje hasta el Zoo.

A la recepcionista solo le faltó entregarnos un número de orden como si estuviéramos en la charcutería de un supermercado. Aquel lugar estaba completamente atiborrado de compañeros que, como yo, trataban de informarse para sus medios de comunicación. A la media hora un hombre con uniforme azul y botones metálicos dorados en su chaqueta salió a nuestro encuentro para comunicar que el director del establecimiento daría una nota explicativa y permitiría preguntas durante media hora. Todo ello ante la imposibilidad de atender individualmente a cuantos abejorros periodistas, esperábamos impacientes, tomando cafés imposibles de beber, de la máquina de la sala.

Nos dirigimos al salón de actos. Arriba, en el escenario, dos mesas cubiertas con una tela verde oscura separaban al director y dos acompañantes del grupo ansioso de información. Sin más preámbulos tomó en su mano la misma nota que empezaban a entregarnos y leyó.

Desde anoche a las cero horas, de manera fortuita y desconocida hasta el momento, todos los animales comenzaron a gruñir y comportarse de manera imprevisible. Nuestros técnicos han intentado analizar las causas y hasta el momento ha sido imposible conocerlas. Por otro lado, nuestro equipo de veterinarios ha contactado con colegas en otros zoológicos del país, así como europeos, americanos y resto del mundo, confirmado que todos, absolutamente todos los animales, se comportan del mismo modo que los de aquí. A estas horas no han conseguido descubrir a que obedece ese comportamiento tan extraño.

No puedo ocultar que algunos de nuestros cuidadores han sufrido ataques, algunos de gravedad, sobre todos de aquellos animales considerados no peligrosos. Dentro de unas horas nos reuniremos con el Ministro de Medio Ambiente a fin de pedir ayuda sobre este imprevisible caso, por si debemos tomar alguna medida de carácter extraordinario. Al mismo tiempo consideramos, sin precipitarnos, organizar una sesión con todos los gerentes donde suceden casos similares a nivel mundial.

—Eso es todo señores, y ahora por favor, por riguroso orden, sean tan amables de formular como máximo tres preguntas y por escrito, cada una en el impreso que les facilitaran. Una vez comprobadas las similares, pasaremos a responderlas. En ese lapsus de tiempo disfruten de los cafés y bebidas no alcohólicas que hemos preparado. Muchas gracias por su colaboración.

Las azafatas que nos facilitaban los impresos para formular las preguntas repetían constantemente escribiéramos con claridad y formuláramos cada pregunta en una hoja individual de papel, añadiendo nuestro nombre y el medio que representábamos. Todo ello con una sonrisa cautivadora y llena de sorna.

Yo escribí las siguientes: 1ª ¿Han podido determinar si los animales que padecen esos síntomas son únicamente de la Zona Africana?  2ª ¿Hay peligro de que puedan escaparse los animales? 3ª ¿Ha sucedido en alguna otra ocasión algo similar?

Cuando consideraron que todas estaban redactadas, fueron recogiéndolas y nada más entregárselas como movidos por un resorte en el estómago, nos fuimos acercando hasta la larga mesa atendida por cuatro camareros que llenaban vasos con zumo de naranja y tazas con café. Cuando me tomé el segundo vaso oí la llamada para responder a nuestras preguntas.

La jornada fue larga y pesada, dos de mis preguntas, concretamente la dos ultimas fueron respondidas sagazmente por el director, sin embargo, la primera ni siquiera fue leída o comentada. Recordé que ninguno de mis compañeros hizo alguna similar a la mía. Pensé que tal vez la perdieron o quizás no hubo suficiente tiempo para acometer su respuesta. Esperé hasta acabar de escuchar las de mis compañeros y al oír:

—Bien señores, muchas gracias por su atención, espero poder darles muy pronto buenas noticias. Dejen sus números de teléfonos y me ocuparé de citarles para la siguiente rueda de prensa.

Todos giraron buscando la puerta por donde salir excepto yo. Esperé para hacerlo en último lugar, confiado en que el director y sus dos ayudantes esperarían a que el salón estuviera vacío para abandonarlo, pero al ver que caminaron al encuentro de una puerta en el lateral del escenario, corrí hacia ellos, lo suficiente rápido como para ver donde entraban. Los seguí hasta que un guardia de seguridad me dio el alto. Tanto el director como sus dos acompañantes estaban a tan solo tres pasos de mi y oyeron decir mi nombre increpado por el vigilante.

—Soy Félix Romero y necesito saber por qué no han respondido esos señores a una de mis preguntas. Para mí es importante.

—Déjelo —oí decir inmediatamente al director.

—Gracias.

—Venga con nosotros a un despacho.

Una vez dentro.

—Discúlpenos señor Romero, no hemos contestado a su pregunta porque teníamos la intención de llamarle por teléfono y concertar una entrevista personal.

—¿Y eso a que es debido?

—También nosotros queremos saber algo.

—Supongo.

—Señor Romero, ¿Cómo sabe que solo los animales de África se han, como diría, revelado?

—A eso no voy a contestarle. Como comprenderá no estoy obligado a dar mis fuentes —señalé inmediatamente dándome importancia.

—De acuerdo señor Romero.

—¿Cómo ha llegado a descubrirlo?

—Le repito que no puedo decir quienes son mis fuentes.

—Está bien. Le propondré algo interesante para usted.

—Adelante.

—Será el primero en conocer cuanto vayamos descubriendo, solo que…

—¿Solo qué?

—No podrá informar que solo son los africanos quienes se han revelado, hasta que descubramos la verdadera razón.

—¿Puedo fiarme de ustedes?

—Tanto como nosotros de usted. Considérelo como un pacto entre caballeros. Además, es por el bien de la ciudadanía y a solicitud del Ministro. No queremos que cunda el pánico.

—¿Han hecho lo mismo el resto de los zoológicos en el mundo?

—Definitivamente sí.

—Es decir, que en los zoológicos de América, Asia y resto del mundo, están los animales como en este.

—En efecto.

—¿Y no lo han advertido antes?

—Ya comenté que no.

—Ya, pero comprenda que no pueda fiarme de las respuestas dadas en el salón.

—Le entiendo, pero todas ellas han sido correctas.

—De acuerdo. Acepto el compromiso, y solo les pido que no jueguen conmigo, no me gustaría tener que redactar algo incomodo para el Zoo.

—Y usted no publique nada hasta que le avisemos, bueno, hasta que le avise personalmente. Anote mi número privado señor Romero.

—Gracias señor Sandoval.

Salí hasta el aparcamiento, me puse el casco y escapé del recinto a toda prisa. Ciertamente parecía que la suerte llamaba a mi puerta. Me refugié en la primera cafetería que vi en el Paseo de Extremadura y desde allí marqué el número de mi jefa.

—Adela, jefa, soy Félix.

—Te dije que nos veríamos esta tarde.

—Lo sé, pero es importante, creo que tenemos una bomba. Necesito contarle algunas cosas inmediatamente.

—¿Estás seguro?

—Completamente jefa.

—Por favor, sigue con mi nombre y evita mi cargo.

—Como quiera.

—También puedes tutearme.

—Mejor.

—Entonces te espero en el Vips de Príncipe de Vergara, si llegas antes que yo, ocupa una mesa alejada de la gente y esperas.

—Claro. Hasta ahora.

—Hasta ahora, Félix.

Me senté y allí mismo, en el bloc que siempre llevo encima, escribí de nuevo las tres preguntas que formulé en la rueda de prensa para enseñárselas. Luego pedí una cerveza y esperé a mi deseo oculto.

Solo diez minutos esperé para verla. Alcé la mano para advertirla del sitio y nada más sentarse estiró su cara para rozarla con la mía. No fue como había soñado, pero sí lo más parecido. Después de darme una serie de explicaciones que no llegué a comprender, me pidió entrar directamente en el asunto. Escuchó con una atención similar a mi ensimismamiento. Al acabar.

—Tienes razón, es una bomba, y como tal debemos tratarla. Tendrás que dejarte querer por Sandoval, así veremos donde quiere llegar, pero no vas a quedarte quieto, supongo.

—La verdad Adela, tengo mis ideas y me gustaría ponerlas en práctica.

—¿Puedo saber cuáles son?

—Claro, pero por ahora necesito más información, más datos, los que tengo no son suficientes.

—Tienes razón. Documéntate, pero tenme al corriente en cada momento por si fuera necesario hablar con la dirección del periódico en caso de necesitar apoyo.

—¿Tan grave te parece?

—En apariencia si, además de extraño e insólito. Carezco de conocimiento sobre el comportamiento animal, pero no entiendo que solo los africanos se revelen y comporten de manera extraña, y el resto de los animales no se les antoje seguirlos. Es incomprensible.

—Pues lo primero que haré según tenia previsto, es hablar con un amigo veterinario y documentalista freelance.

—De acuerdo, te has ganado que te invite a almorzar.

—Eso está bien Adela. Gracias.

—A ti por la noticia.

Acabamos de almorzar, soporté una serie de recomendaciones y esperé con ilusión la despedida en la seguridad de que en esta ocasión los ósculos no fueran en la mejilla. Comprobé que no siempre los sueños se hacen realidad, o tal vez los sujeté únicamente con alfileres. Quedamos en llamarnos si aparecía alguna novedad. Encendí la moto y recuperé la alegría de ser periodista. Había obtenido como premio una mina para explotar yo solo, bueno, con la aquiescencia de mi jefa. Puse la moto en marcha y elevé la mano para despedirme de ella, luego salí hacia la calle de Serrano y bajé hasta la Puerta de Alcalá, después Cibeles y por ultimo la Calle Barquillo donde aparqué. Me adelanté hasta recepción del edificio donde suponía que mi amigo el veterinario pasaba consulta y esperé a que pudiera recibirme. Diez minutos más tarde de las cinco, Ricardo Arias salía para enfrentarse a mi mano derecha que, extendida, esperaba ser apretada.

—¿Quien está necesitado de mí, tú o tu mascota?

—No tengo mascota Ricardo. ¿No se nota?

—Pues no atiendo a pacientes del género humano.

—Si son amigos, puedes recetarme un café, invito yo.

—De acuerdo, veré que puedo hacer.

—Antes de salir me gustaría comentarte algo confidencial.

—Entonces pasemos al despacho.

En poco tiempo le puse al corriente de cuanto debía saber, con todos los detalles, claro.

—Es raro y muy extraño. Es la primera vez que oigo decir que los animales se revelan. No he visto ni oído las noticias. Supongo que lo haré al llegar a casa esta noche.

—Es decir, que esa reacción es completamente anormal.

—Desde luego. Y la tendré presente para mi próximo documental.

—Iba a proponerte hacer uno juntos.

—¿Qué?

—Bueno, en realidad debo investigar profundamente lo que ocurre, dedicarle todo mi tiempo y supongo que si alguien como tu, me ayuda con sus conocimientos, no solo me evita estudiar algo que lleva tanto tiempo como una carrera universitaria con practicas, sino contar con una opinión más que válida.

—¿Estas halagándome para que consienta tu documental?

—Algo así.

—¿Y en que habías pensado?

—Aún no lo sé con exactitud, antes debo hablar con mi jefa, pero no creo que ponga muchas trabas.

—De acuerdo, lo prepararé todo para dentro de 24 horas. ¿Es suficiente tiempo?

—Creo que sí.

—Entonces te espero en mi casa mañana a las doce en punto. ¿Nos llevará a África?

—No lo sé, eso solo depende de ti, eres el profesional y conocedor de los animales. Pero me gustaría.

—Perfecto.

Salí convencido de que Adela autorizaría la salida. La llamé después de trazar un plan más o menos convincente.

—¿Cómo dices que se llama tu amigo el documentalista?

—Ricardo Arias, es posible que hayas visto alguno de los que tiene rodados.

—Cuando los pasan no suelo estar en casa. Bien, dime los pasos que darás.

—Aprovechando que es veterinario, iremos a hablar con el director del zoo, después como conoce a los de Roma, Paris y Berlín, viajaremos a esas ciudades con el fin de corroborar cuanto nos diga de nuevo Sandoval.

—¿Quiero el documental en exclusiva para nuestro periódico?

—Intentaré convencerle.

—No Félix, consíguelo, de lo contrario ni hay trato ni autorizo gastos. ¿Comprendes cariño?

—Bien, pero eso elevará el costo.

—No me importa.

—De acuerdo, hablaremos con Sandoval a media mañana.

—Antes quiero desayunar contigo y comprobar la exclusividad del documental.

—Como quieras Adela.

—Eso me gusta más.

Tuve que volver a llamar a Ricardo y conseguir convencerle para que me otorgara la exclusividad de sus imágenes.

—Esa mujer te quiere violar Félix. Disculpa, me expreso indebidamente. Te va a volver loco. ¿Por casualidad no te gustará?

—Claro que me gusta. Pero ya sabes, creo que no hemos superado el obstáculo que supone tener un color de piel diferente.

—Pues ha debido darse cuenta. Ten cuidado.

—No puedo, es más fuerte que…

—No sigas. Acepto, pero solo por seis meses, la explotación después será mía a partir del sexto mes y si quiere más tiempo firmaremos otro contrato, de momento me fío de ti, pero de ella ni un pelo. Antes de salir llámala y discute los términos de la cesión en mi nombre, yo tampoco estoy dispuesto a salir sin un documento que este firmado por ella. Lo hago porque eres amigo mío, de lo contrario nada de nada.

—Me vais a volver loco entre los dos.

—Lo siento, tú te lo has buscado.

Segundos después iniciaba la discusión con Adela y terminaba escuchando que aceptaba la petición de Ricardo, que pasara por su casa a recoger el contrato firmado sobre las diez de la noche. Me forzó a anotar su dirección. Volví a llamar a Ricardo y sonrió sarcásticamente al escuchar mi respuesta. Seguí con mis llamadas telefónicas, la siguiente fue a Sandoval.

—De acuerdo Félix, les recibiré a ambos sobre las doce y media, tendrán media hora, pues a la una tengo una reunión con el Subsecretario de Medio Ambiente.

—Gracias Sandoval.

Pulsé el timbre del vídeo portero y esperé respuesta de Adela. Abrió la puerta y me acerqué hasta el ascensor. Una rendija de la que escapaba una luz tenue anaranjada me indicó que esperaba mi llegada. Sin saludos ni besos en la mejilla, directa y segura me espetó.

—Aquí tienes el contrato con tu amigo, que ponga la firma en los tres ejemplares. Luego metes dos de ellos en este sobre franqueado y lo echas en el primer buzón que encuentres mañana.

—Muy bien, gracias. ¿Es todo?

—No. Tenía pensado salir a cenar, pero he decidido hacerlo en casa, no tengo ganas de volver a cambiarme de ropa. Tal vez no te importe acompañarme, así podremos hablar extensamente sobre la revolución de los animales africanos.

—El caso es, que …

—Habías quedado con tu novia, ¿es eso?

—Ni mucho menos.

—Entonces, deja el casco y la cámara sobre esa silla, y pasa a refrescarte al baño, mientras prepararé la cena ¿Te apetece vino o prefieres cerveza?

—Vino, aunque no debería, debo conducir después.

—Haces bien en cuidarte. Por eso yo no conduzco, ocasionalmente me gusta poder beber sin necesidad de controlarme, ya tengo bastante con los frenos de mi trabajo.

—Pues yo si debo ponerlos.

Antes de marcharme, me obligó a refrescarme la cabeza en dos ocasiones, después de ofrecerme un par de cafés. Luego me despidió en la puerta entregándome una llave del portal, de otra forma no podría salir, y dijo con un acento desconocido: La próxima vez no haré café y tendrás que optar por conducir ebrio o quedarte a pasar la noche conmigo. Creo que aquella frase me descontroló y despejó completamente. Me calé el casco dejando la visera subida, necesitaba que el aire fresco de la noche de Madrid me mantuviera despierto, lúcido y eliminara el sopor producido por el vino y la respuesta de Adela.

Puse el despertador número 1 a las seis y media y el número 2 a las siete. El agua de la ducha fría para despejarme, el café, caliente y dos aspirinas para mantener indoloro mi cuerpo. Llamé a Ricardo y quedé en recogerle en el portal de su casa. Desde allí con sus artilugios de grabar subió en su moto y ambos nos dirigimos a las oficinas del Zoológico de Madrid.

Esperamos unos minutos mientras observábamos el trajín anormal y constante de los empleados, en un ir y venir persistente, atravesando pasillos y salas, aquello se estaba convirtiendo en una especie de sainete o película de los Hermanos Marx. Sandoval salió de su despacho con la cara desencajada sin afeitar, con la corbata desanudada y la chaqueta arrugada.

—No es buen momento Romero, pero pasen un momento.

—¿Qué ocurre?

—Los animales.

—¿Qué pasa con los animales?

—Esta mañana a primera se han escapado la mayoría de los felinos, leones, tigres, etc., y la totalidad de los monos. Poco después el resto de los animales africanos. Estamos en alerta máxima, hemos tenido que avisar a la policía.

—¿Saben la razón? – preguntó Ricardo- Lo siento señor Sandoval, soy Ricardo Arias, amigo de Félix y veterinario de profesión.

—Nos vendrá bien su concurso.

—¿En qué puedo ayudar?

—Eso está por ver, nuestro equipo ha salido tras ellos, con armas para dispararles dardos anestesiantes.

—¿Tan grave es la situación? ¿Que dirección han tomado?

—Sur, dirección Sur.

—Espere un momento. ¿Puedo utilizar su teléfono?

—Claro, adelante.

Ricardo habló durante unos minutos y luego retomó la conversación con Sandoval.

—Acabo de hablar con unos colegas de Málaga y Barcelona, —señala a Sandoval—les ha ocurrido igual, todos los animales africanos han escapado, no saben cómo, pero han tomado dirección sur. Parece como si se hubieran puesto todos de acuerdo.

—¿Han atacado a alguien allí?

—No. ¿Y aquí?

—Tampoco. Entonces hable con sus técnicos, que los acompañen a distancia, y diga a las fuerzas de seguridad que vayan abriendo camino. No harán nada hasta que se encuentren a orilla del mar.

—¿Que insinúa Ricardo?

—Tengo la impresión de que esos animales solo quieren volver a África, solo eso.

—¿Y cómo harán para pasar la franja de mar?

—No lo sé, supongo que la Administración tendrá que ponerse de acuerdo con el resto de países europeos y abrir un puente marítimo para facilitarles el paso, la mayoría trataran de pasar a Marruecos. Pero eso ya no es asunto nuestro, solo nos incumbe proporcionales los medios para atravesar al otro lado.

—¿Intenta decir que todos los animales se han puesto de acuerdo?

—No lo intento, solo lo imagino. Hace tiempo que esperaba algo así.

—¿Desde cuándo?

—Desde que era un niño y empezaron a gustarme los animales.

—No comprendo.

—Escuche. Hace mucho tiempo leí una leyenda insertada en un libro de aventuras. En ella había algunos cazadores que mataban animales mientras otros los atrapaban para trasladarlos a los zoos. Sin embargo, había un joven que luchaba contra los cazadores intentando liberar a los animales enjaulados. En ocasiones lo conseguía, en otras no y se contentaba con hablarlos y susurrarlos: No os preocupéis, llegará un día no muy lejano, en que oiréis el “Gran Grito” avisando a cuantos estéis fuera de vuestras tierras y ese será el momento para regresar. Entonces podréis volver a vuestro hogar, a esta tierra y ningún humano volverá a sujetaros, las ciudades quedaran vacías y al cabo del tiempo, solo vosotros seréis los habitantes de África y ya nadie se atreverá a perturbar vuestras vidas.

—Por favor, Ricardo, no me diga que cree en esos cuentos.

—No, pero los tengo en cuenta. Ahora por favor cuénteme que pasó esta mañana y los días anteriores ¿Oyeron algún estruendo? ¿Algo que exaltase a los animales?

—Yo personalmente no, pero según creo los cuidadores y controladores que se quedaron vigilando, oyeron algo ensordecedor, ronco y profundo cinco minutos antes de que comenzaran a escaparse los animales.

—Lo ve.

—¡Ande!

—Hágame caso, póngase en contacto con la Administración y dígales que se preparen para la gran marcha, irán reuniéndose hasta que dispongan de un paso para África.

—Se reirán de mí.

—O le encumbrarán como un héroe, si evita que alguien salga dañado por los animales.

—¿Usted cree?

—No tenemos otra opción. ¡Ah!, pregunte a las fuerzas que les siguen, si los animales atacan o simplemente caminan agrupados.

—Bueno —tuve que interrumpir— veo que aquí ya no tenemos mucho que hacer. Tal vez deberíamos irnos ¿No te parece Ricardo?

—En efecto.

—Gracias Sandoval

—Adiós Romero. Ricardo.

—Le llamaremos esta tarde.

—Bien.

Salí tan sorprendido como quedó Sandoval. Tampoco podía creer cuanto acaba de escuchar de labios de Ricardo. Antes de calarnos el casco le pregunté.

—¿Es cierto cuanto has dicho?

—No lo se Félix, solo trataba de calmar la ansiedad que reflejaba Sandoval. Pero no me importaría acertar.

—¿Qué hacemos entonces?

—Volar esta misma tarde a Paris, luego Londres y después Roma, necesito comprobar que ocurre allí.

—No será necesario tanto viaje, vamos digo yo. Espera, mi jefa está llamando.

—Si. Félix.

—¿Te has enterado?

—¿De que?

—Los animales se han agrupado y atraviesan los campos en dirección sur. Las emisoras no hacen más que poner imágenes de los grupos. Incluso las gentes que tenían mascotas, llaman diciendo que han huido de sus casas y se han unido a la marcha.

—Lo sabemos, acabamos de estar con Sandoval en su despacho y contado que los suyos también se han escapado, por eso salimos esta tarde a primera hora a Paris, luego Londres y por ultimo Roma.

—Llámame en cuanto tengas algo, deberías anotarte mi correo y enviarme la crónica que seguro ya estas escribiendo.

—Claro jefa, digo,Adela. Por supuesto.

—No olvides enviarme alguna foto y los videos que haga tu amigo Ricardo.

—De acuerdo.

—Bien, suerte, cariño.

—Gracias, cariño.

—¿Félix?

—Disculpa Adela —añadí sin convencimiento.

—Dejemos las motos y cojamos un taxi al aeropuerto. ¿Llevas cuanto necesitas para grabar?

—Desde luego.

—Entonces no perdamos más tiempo. Necesito escribir la primera crónica de todo esto mientras volamos.

—Como quieras cariño —dijo Ricardo sonriendo sarcásticamente.

Nada más salir a la terminal, Ricardo se enganchó al primer teléfono libre que encontró y tras esperar unos segundos, cruzó unas palabras con alguien llamado Charles. Se despidió y volvió hasta donde yo esperaba impaciente.

—¿Qué?

—Nos espera en la sede de Defensa Civil, están preparando un pasillo.

—¿Cómo?

—Tienen el mismo problema que en Madrid.

Tomamos un taxi y dio la dirección de donde se encontraba el director del zoológico de Paris. Una hora más tarde nos recibía en una sala.

—Ricardo te agradeceríamos cuanta información puedas aportarnos, tanto directa como visualmente.

—Claro. Disculpen nuestros atuendos, pero hace poco salimos de Madrid tras comprobar personalmente como el Zoológico se ha quedado sin animales africanos.

Durante media hora larga expuso sus inquietudes e ideas dejando atónitos a cuantos escuchaban. Luego su amigo Charles preguntó.

—¿Entonces es cierta la leyenda?

—Creo que si Charles.

—Pues no tendremos más remedio que coordinarnos.

—Eso le hemos pedido a Mario Sandoval, es más, está dispuesto a convocar una reunión a nivel europeo.

—Será necesario, pues Gibraltar es el paso más corto y menos problemático y depende de vosotros los españoles.

—Ahora necesito más información, quiero hacer un documental.

—Dispones de nuestra autorización para grabar lo que necesites.

—¿Sabes si Londres está igual?

—Acabo de hablar con Gerard y él lo ha hecho con Berlín, Roma y Bruselas.

—Pasaré a saludarle.

—Llévale un abrazo mío.

—De acuerdo Charles, ahora si no te importa pasaré por tu zoo, luego saltaremos a Londres.

—Gracias. Ya nos veremos.

Salimos de aquel edificio y tomamos otro taxi en dirección al zoo. Ricardo tomó su cámara y yo la mía para apoyar la crónica iniciada durante el vuelo desde Madrid. Comimos un par de bocadillos en la primera cafetería que vimos abierta y entramos en el zoológico con el salvoconducto entregado por Charles. Recorrimos los recintos donde estuvieron los animales africanos y después de entrevistar a algunos cuidadores nos dirigimos al aeropuerto Charles de Gaulle. Tomamos el primer vuelo a Londres y antes de cenar, tanto Ricardo como yo aguantamos unas horas despiertos frente a nuestros respectivos ordenadores. Él preparando el primero de los montajes hechos para enviar a mi Jefa, y yo la crónica escrita apoyada con algunas fotos de cuantos habíamos entrevistado. Por la mañana viajaríamos a Roma.

Todas las noticias eran las mismas. Las autoridades británicas después de comentar con Charles prepararon lo necesario para que sus animales pasaran el Canal de la Mancha hacia el continente donde les esperaban las secciones militares y Defensa Civil para establecer una ruta hasta los Pirineos, donde las autoridades españolas se harían cargo para proporcionar el paso a África.

En Roma hicieron algo similar, recibían animales tanto de Rusia como del resto de republicas y los dirigían hacia Francia para unirse al resto de grupos que iban al encuentro de su África natal a través de España.

Tres días después y repletos de información, grabaciones y crónicas regresamos a Madrid. Ricardo tenía la intención de seguir a uno de los grupos de animales para ver donde se asentaban. Yo por mi parte solo deseaba volver a ver a mi jefa para convencerla que debía acompañar a Ricardo, me parecía una buena opción ir hasta donde nació la leyenda del Gran Grito, al menos eso pretendía.

2

Avisé por teléfono de mi llegada y nos fue a recoger al aeropuerto de Camporeal en Madrid, desde allí tomamos un taxi hasta la capital. Nos invitó a almorzar. Ricardo contó por encima lo que quería hacer y ella le aseguró la venta a escala mundial de cuantos documentales hiciera. Discutieron y finalizaron alzando las copas de vino brindando por el éxito de ambos, yo no estaba incluido, aunque después insistieron alzara la mía para unirme a ellos.

Durante las siguientes semanas supimos de los problemas surgidos tanto en América del Norte como del Sur. Hablaron con los miembros de la Comisión Europea para la vuelta de los animales a África y al disipar sus temores, alcanzaron un acuerdo con Méjico y Canadá fletando un amplio número de cargueros que los enlazara con África. La Unión de Países Suramericanos hizo algo similar, aunque tardaron algunos días en consensuar las acciones. Tuvieron problemas con los grupos de animales para dirigirlos a uno de los puertos del sur de Argentina. Asia tuvo más problemas y solo cuando Japón se sentó a negociar con China, se logró el consenso.

Las crónicas aparecidas en nuestro periódico aparecían firmadas por un simbólico acrónimo, FAR, es decir: Félix, Adela y Ricardo. Dirigidas eso si, por Adela y creando la necesidad de seguir leyendo nuestras crónicas, cada una de ellas empezaba diciendo: Nosotros sabemos la razón del desplazamiento mundial de todos los animales hacia África, y es nuestra razón para seguir informándoles cada día. Tal vez un día podremos desvelársela, pero aún no ha llegado. Créannos y sigan leyendo las crónicas de FAR.

Tuve tiempo y convencí a Adela que debía acompañar a Ricardo. Se lo comuniqué tras buscarle a través del teléfono vía satélite que le proporcionó el periódico. También hubo tiempo para cenar un par de noches en su casa, sin que al final me proporcionara café para despejar mi mente, ella no quiso, yo tampoco, me dejé querer.

Viajar con Ricardo por África fue una inmensa suerte, descubrí no solo nuevas amistades, además de conocer gentes y diferentes puntos de vista sobre el «Gran Grito» y pese a que al principio me sentía tal vez algo desvalido, cuando recorrimos la mayoría de los parques nacionales, o lo que es lo mismo, reductos donde tener a los animales controlados, hicimos un ultimo viaje, en esta ocasión a Sudáfrica. Nada más llegar tuve una sensación extraña, sentía algo en mi interior que me proporcionaba una alegría indescriptible. Nos acercamos a uno de los hoteles cercanos al aeropuerto y nada más entrar en la habitación llamé a Adela.

—Creo que deberías tomar el primer vuelo y encontrarte conmigo en Ciudad del Cabo.

—¿Y eso por qué?

—No puedo decírtelo por teléfono, debes verlo personalmente, pero por favor no tardes mucho.

—Estas refiriéndote al problema de los animales.

—No exactamente.

—¿Puedes ser más explícito?

—Lo siento, es algo que debes ver con tus propios ojos.

—De acuerdo, intentaré estar allí mañana mismo.

—Perfecto.

Ricardo y yo subimos a la última planta desde donde teníamos una visión general de cuanto ocurría. Desde la terraza del restaurante sacamos una serie de instantáneas y muchos minutos de filmación. Aquello era insólito, sorprendente. Al volver a la mesa para acabar el almuerzo, comprobamos que estábamos solos en el salón. Únicamente quedó un camarero sentado detrás de la barra bebiendo despacio el contenido de un vaso.

—Pueden pasar a la cocina si quieren comer algo más, pero tendrán que hacérselo ustedes

—¿Y usted porque se queda?

—Soy demasiado viejo para hacer lo que los demás, además yo nací en Holanda.

—Pero estamos viendo a gentes como usted.

—Lo sé y no me importa, ellos tienen familia, yo no.

—¿Y que puede ocurrirle?

—Lo mismo que a ustedes caso de quedarse.

Salimos, sin comer nada más, en busca del ascensor para bajar a la planta calle, con el objeto de comenzar a grabar más de cerca cuanto estaba ocurriendo. Ni siquiera dejamos las llaves de nuestros cuartos en la recepción, no había persona alguna que pudiera hacerse cargo de ellas. Paramos un taxi y el conductor a medio camino se bajó y sin más palabras que un adiós sonriente, nos dejó en medio de la barahúnda que inundaba la ciudad.

Ante lo que veían mis ojos, llamé a Adela de nuevo.

—Estoy a punto de subir al avión camino de Londres para hacer transbordo. ¿Qué quieres ahora? —me dijo nada más descolgar.

—No vengas, por favor no vengas, quédate en Madrid.

—Pero ¿ese cambio de actitud?

—No puedo explicar lo que ocurre, si vienes me temo que te quedarás aislada como nosotros.

—Me estas asustando Félix.

—Tranquila, tengo a Ricardo que conoce no solo la ciudad, sino África.

—¿Y eso que tiene que ver con quedarme?

—Cariño, no quiero que vengas. Es difícil revelarte mis sentimientos ahora y por teléfono, pero es lo más razonable en este momento. Temo por ti y no se el tiempo que transcurrirá hasta que podamos vernos de nuevo.

—Por favor, Félix, me asustas.

—Lo siento Adela, cancela el viaje espera mis llamadas y el envío de mis crónicas. Cuanto sucede es aún más importante que el desplazamiento de los animales.

—Félix, cariño, no cuelgues. Dime que pasa.

—Te mandaré una crónica esta noche y con ella algo importante.

—¿Puedo llamarte más tarde?

—No creo que podamos hablar mucho más. Es posible que se corten las líneas.

—¡Félix!

—Te quiero Adela.

—Félix por favor, no cuelgues —dijo sin volver a escuchar respuesta.

—¿Estás preparado? —pregunto Ricardo.

—No lo sé, tengo algo de miedo.

—Ven, iremos con el coche a un lugar donde abastecernos, regresaremos al hotel y mañana nos uniremos a todos ellos.

—¿Es necesario?

—Desde luego. En muy pocos días oiremos el Gran Grito.

—¿Entonces el anterior?

—Solo fue para avisar a los animales el regreso a su tierra.

—¿Y este?

—Este, es el más importante. Es la, bueno supongo que deberías leer antes el contenido completo de la leyenda del Gran Grito. Pasaremos por una librería y la buscaremos.

—No entiendo Ricardo.

—Lo entenderás. Cuanto ocurre es solo el comienzo. Pero debemos darnos prisa.

—Como tú digas.

Nos acercamos a una de las más importantes librerías de Ciudad del Cabo, para luego retroceder y entrar en una tienda donde retiramos algunas ropas, botas de caminar y recipientes para cocinar alguna comida caliente. Más tarde entramos en un supermercado e hicimos lo mismo, abastecernos de cuanto pudimos. Como no había nadie, ni siquiera nos molestamos en pagar. Lo cargamos en el coche y regresamos al hotel. Las calles comenzaban a quedarse vacías, no supe determinar la razón, se mezclaban las sensaciones y sentimientos. En una ocasión pregunté a Ricardo y sin responder, me dijo que debía leer el libro con la leyenda. Con temor subimos a las habitaciones, lo hicimos a través de las escaleras, no podíamos fiarnos se mantuviera activa la energía eléctrica. Existía la posibilidad de que las centrales estuvieran vacías. Nos mantuvimos un rato en la habitación y poco después subimos hasta la última planta, la del restaurante, para prepararnos algo de cenar. No vimos a persona alguna. Tomamos algo de carne antes de que se estropeara y bajamos de nuevo a las habitaciones.

Conecté el ordenador a la red eléctrica y escribí mi crónica para Adela, luego decidí leer la leyenda incrustada entre aquellas hojas de papel amarillento. Al acabar miré interrogativo a Ricardo.

—Todo es cierto, se está cumpliendo — dijo mirándome convencido.

—Pero, no lo entiendo.

—Yo tampoco, la primera vez que la leí, después de que alguien me hizo escucharla de su propia voz, temí estuviera tomándome el pelo. Ahora veo que se cumple definitiva y completamente. Y tú deberías entenderlo mejor que nadie.

—Comprendo, pero todo esto será una hecatombe.

—Así es, África lleva siglos siendo esquilmada por el primer mundo, la explotación y miseria sobre sus gentes, sus animales, su tierra, han sido la única experiencia que han vivido. Sin embargo, el espíritu de África, la tierra que dio al mundo el primer ser humano, se ha cansado de dar sin recibir. Ha llegado el momento de que cada promesa sin cumplir, cada ayuda sin llegar y cada abastecimiento de alimentos entregados por piedad, cambie. Es el momento de recobrar cuanto les corresponde. Es la hora de pasar factura al resto del mundo y eso es lo que acaba de iniciarse.

—Se lo enviaré a Adela para que advierta a nuestras autoridades de lo que les espera.

—Harán oídos sordos, los conozco, solo les interesa sobrevivir por encima de los demás, seguramente lo trataran como algo que no tiene importancia y lo solucionarán drásticamente.

—Al menos lo intentaré

Recopilé y extracté la leyenda, evité señalar los peligros que se cernían sobre el mundo y aprovechando que aun teníamos electricidad, cursé la crónica y la leyenda con un último adiós: Me habría gustado estar el resto de mi vida a tu lado, pero las circunstancias no se han sido nuestras aliadas. Lamento el tiempo perdido, pero si no nos hemos de ver de nuevo, al menos me queda el recuerdo de tu sonrisa y el último beso que me diste. Siempre te querré, aunque sea en la distancia. Félix.

Dejé cargando las baterías del ordenador e intenté dormir. No pude y en silencio caminé para asomarme a las ventanas de la planta. Poco a poco las luces de la ciudad fueron fundiéndose con la oscuridad y como una ola lejana, esperé su llegada al hotel y después al aeropuerto. El silencio se adueño de toda la ciudad. Regresé a mi cuarto y al entrar, Ricardo me esperaba.

—Deberíamos marcharnos ahora mismo.

—Por mí no hay inconveniente.

—Llenaremos algunas latas de gasolina, así evitaremos caminar, lo haremos cuando el coche no pueda más o se agote el combustible.

Bajamos al garaje e hicimos cuanto diseñó Ricardo, luego nos encaminamos en dirección norte. A medida que avanzábamos fuimos observando el enorme vacío, silencio y desolación que llenaba incluso el aire que respirábamos. No tropezamos con ser humano alguno, solo vimos a lo lejos como grupos de animales iban tomando las calles por las que poco antes habíamos transitado. A las tres horas de lento avance, nos unimos a la cola del gran grupo de humanos que con las manos vacías caminaban como fantasmas hacia un horizonte lejano.

Anduvimos semana tras semana. Unas veces atravesábamos grupos de gentes silenciosas dado que aun manteníamos el coche. Nos atrevimos a grabar algunos de los rostros radiantes y esperanzados, pero no cruzamos palabra alguna con ellos. El silencio era el único dueño de aquella diáspora increíble. A medida que nos acercábamos al norte de África, los animales iban llenando los espacios, aldeas, pueblos y ciudades vacías, abandonadas por sus moradores a medida que avanzábamos.

Atrás fueron quedando las orgullosas ciudades levantadas por europeos, americanos y asiáticos, empresas, fabricas, carreteras, y también las míseras aldeas y las grandes moles de material bélico entregados o vendidos a los nuevos dictadores creados por las necesidades de multinacionales en busca de alguna materia prima.

Por fin al cabo de dos meses, llegamos a la frontera que significaba el mar mediterráneo. Frente a nosotros aparecían cientos de naves y por encima, un enjambre de aeronaves volando, observando a los millones de humanos que esperábamos atravesar aquel mar tranquilo, cuna de la civilización.

Nadie se atrevió a pisar África, solo escuchamos las voces dadas a través de altavoces incorporados en cientos de helicópteros y en diferentes idiomas, solo que nadie entendía, o quizás no querían entender esos idiomas, esperaban escuchar solo una frase y esa no llegó durante semanas.

Ricardo y yo caminamos hasta ver una nave con la bandera azul llena de estrellas doradas formando un círculo. Como pudimos nos hicimos entender. Fletaron desde uno de los buques una lancha a motor y una vez en la playa, subimos con ayuda de un pelotón de soldados armados hasta los dientes. Unos minutos más tarde nos encontramos a bordo de la fragata para ser presentados al comandante en el puesto de mando. Dijimos nuestros nombres y saludamos al oficial. Poco después nos ofrecieron una taza de café caliente y comunicaron con el oficial de mando de otra de las naves, al parecer española. El oficial, nos comunicó en francés que seriamos trasladados a la nave española, pues al parecer tenían ordenes del Almirantazgo de que cualquier ciudadano de la Unión Europea debía ser trasladado inmediatamente a su país de origen. En ese momento sentí miedo.

Subimos a un helicóptero media hora después y tras volar hacia el horizonte diez minutos, aterrizamos sobre la cubierta de un portaviones. Al escuchar nuestros nombres, uno de los oficiales se dirigió al comandante y éste nos preguntó de inmediato.

—Necesito comprobar si son quienes dicen ser. Pueden mostrarme sus documentaciones.

—Claro —dijimos echando mano de nuestros pasaportes.

Se detuvo para comprobar, y lo hizo mirándonos fijamente, después.

—Sean tan amables de acompañarme a una sala, deben comunicar con Madrid inmediatamente.

—Desde luego.

—Necesitan algo, no se cualquier cosa.

—No señor, gracias —respondió Ricardo por los dos.

—Síganme entonces.

Nos sentamos frente a una cámara y dos micrófonos. Seguidamente una voz conocida apareció saliendo de una imagen.

—¿Sois vosotros o estoy soñando?

—Somos nosotros Adela – respondí sonriendo –

—¿Cómo estáis?

—Cansados.

—Os traerán de inmediato a Madrid.

—No Adela, es necesario que nos quedemos aquí, necesitamos grabar el final de esta aventura.

—¿Entonces todavía no ha acabado?

—No. ¿Es que no leíste la leyenda?

—Si, pero no llegué a creérmela.

—Pues es necesario.

—¿Qué podemos hacer?

—Cumplir. Todo el mundo debe cumplir. Es hora de que África sea atendida, que jamás vuelvan a engañarla, pero sobre todo deben pedirle perdón.

—Pero ¿Qué debemos hacer?

—De momento hablarles en el único idioma que entienden. No deben utilizar ningún otro. Además, queda poco tiempo.

—Entonces venir aquí y señalarnos cuanto debemos hacer.

—No Adela. Es preciso que lo comprendan, sino es así, poco o nada podemos hacer.

—Pero no está en mi mano.

—Lo sé, explícales, diles que deben creer en la leyenda.

—Lo intentaré. Esperar a que vuelva a comunicarme con vosotros.

—Claro, pero no lo olvides, queda poco tiempo.

La imagen de Adela se desvaneció en la pantalla. En Madrid, en el centro de emergencias se volvió hacia los militares que la acompañaban y sin más, les ofreció el extracto de la leyenda que yo había enviado junto a mi última crónica. Leyeron: 

No os preocupéis, llegará un día no muy lejano, en que oiréis el Gran Grito avisando a cuantos estéis fuera de nuestras tierras y ese será el momento para regresar. Entonces podréis volver a vuestro hogar, a esta tierra y ningún humano volverá a sujetaros, las ciudades quedaran vacías y al cabo del tiempo, solo vosotros seréis los habitantes de África y ya nadie se atreverá a perturbar vuestras vidas. —señaló a los animales— A continuación, se fijó en los hombres y mujeres que lo rodeaban diciéndoles: Vosotros fuisteis el inicio del ser humano, pero parece que el resto del mundo no lo ha reconocido y durante siglos os han esclavizado y olvidado. Nunca reconocieron vuestro esfuerzo, pero no importa, tan pronto como ellos, los animales ocupen el espacio que les pertenece, vosotros deberéis abandonar África y ocupar el mundo que también os pertenece y os olvidó. Es el momento de recuperar lo que es vuestro. Europa, América y Asia es vuestro mundo, ahora deben trabajar para vosotros, os lo deben. Deberán poner los medios para estableceros donde queráis y si no lo hacen provocarán el último y definitivo Gran Grito y todos, absolutamente todos morirán y el mundo se cubrirá de animales hasta que de comienzo otra humanidad. Esperareis siete días a la orilla del mar. Si en el octavo ninguno de vosotros ha pisado otro continente el Gran Grito surgirá de África y entonces todo comenzará a desmoronarse.

Adela miró con detenimiento, esperando una palabra de aliento, un último esfuerzo de aquellos hombres que incrédulos, continuaban sin creer cuanto acaban de leer y pese a ver como el mundo se mecía sobre un hilo sosteniendo una palabra, seguían sin pronunciarla.

La mañana del octavo día amaneció gris. Adela miró a través de la ventana de su dormitorio y creyó ver una nube despejando la luz del sol. Oyó golpear la puerta y no se atrevió a preguntar, solo se desplazó hasta la mirilla en la hoja de madera. La sonrisa se atrevió a juguetear en su rostro. Abrió y sin esperar palabra alguna se lanzó sobre el cuerpo que se presentó frente a ella. Lo abrazó con fuerza, lo besó con pasión y acaricio su piel, negra desde hacía generaciones. Sus palmas blancas acariciaron el rostro de Adela, luego tomando su mano avanzaron hasta la ventana del salón. El sol comenzaba a cubrir la totalidad de la ciudad de Madrid.

— Ven, siéntate.

—Tenía muchas ganas de verte.

—¿Cuándo llegaste?

—Anoche.

—¿Antes de las doce?

—Si, solo que nos tuvieron retenidos para corroborar ciertos extremos, pensaban que yo también era africano.

—Pero, Félix lo eres, naciste en África.

—Lo se, aunque no lo recuerdo, mi memoria advierte solo una vida tranquila, y sosegada y como una nebulosa, en el viaje en patera junto a mi madre aun estaba amamantándome, aunque su imagen ha desaparecido.

—¿Y Ricardo?

—El si lo recordaba todo.

—¿Entonces?

—Creo que todo ha terminado.

—¿Dónde has dejado a Ricardo?

—En su casa, está montando varios documentales.

—Te eché mucho de menos. Félix

—Yo a ti también Adela. ¿Quién pidió perdón a África?

—No lo sé, imagino que fue suficiente con dejar entrar en Europa, América y Asia a cuantos esperaban pasar. Al menos así debió entenderlo el espíritu de África.

—Menos mal, creí perderte.

—Yo también y por eso pedí perdón. ¿Te casarás conmigo?

—Lo estoy deseando.

—¿Tendremos hijos?

—Claro, aunque serán de piel negra, como yo. ¿Te importa?

—Ni mucho menos Félix, ni mucho menos.

Fin del Gran Grito – (revisado)

 

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