Belleza con bronceado intenso

El tiempo no me ha permitido

olvidar el daño que me causaste

con tus infidelidad y mentiras constantes.

¿Lo recuerdas Marisa?


Un hombre quiere ser el primer amor de ella

Una mujer quiere que él sea su último amor.

Anónimo.

Lamentablemente no siempre se cumple.

Anxo do Rego


   Cuando la conocí yo era un joven entusiasta, perdidamente enamorado de mi profesión y ocupado en participar en cualquier fiesta acompañando a mis amigos o mis compañeros de trabajo. Mi vida transcurría sin la tensión que provoca estar pendiente de una mujer que asalta tu relajada y calibrada vida, coarta los siguientes pasos y decide por ti el futuro. Aclaro un punto esencial, no tenia pareja fija. No quise tenerla hasta cubrir las etapas que me llevaran a ocupar el cargo que deseaba alcanzar. Mi esfuerzo en el campo deuna relacion de pareja se limitaba entonces a salidas esporádicas, cenas, almuerzos y fiestas como decía antes, pero sin adquirir compromisos que frenaran mi actividad, sobre todo por que existía un contrincante serio y tan preparado como yo que optaba al mismo puesto, mi amigo y compañero Pablo Pellicena, incansable estudioso en la universidad y aún más en el trabajo, aunque debo resaltar era un poco envidioso. Cualquier fallo de uno de nosotros daría al otro lo necesario para arroparse con la sabana del conocimiento, del fin deseado y del poder, mientras, el perdedor sufriría las inclemencias de la decepción. Nos respetábamos y aceptábamos, pero no por ello dejamos de ser adversarios.

La tarde en que conocí a Laura, Jerónimo y yo nos habíamos desprendido del resto de compañeros al salir de la empresa, me complació enormemente que me invitara a tomar una copa junto a un amigo que esperaba en un Pub recientemente abierto en una de las importantes vías de la capital. Nos sentamos a su lado, le dimos tiempo para que acabara su copa. La acabamos y como la conversación tomaba unos derroteros a los que no estaba invitado, decidí esperar unos minutos y despedirme.

          —Espera Martín —dijo Veni al oír que me despedía de Jerónimo— deberías aguardar unos minutos, dije a Laura que estaría aquí, me gustaría presentaros.

             —De acuerdo, espero que no tarde mucho, debo marcharme pronto.

             —Seguro que no tarda. Disculpa, acaba de entrar.

Levantó el brazo avisando de su entrada al ver a Veni. Después de las presentaciones se sentó a mi lado, Jerónimo tampoco la conocía. Ellos continuaron con la charla abierta antes de que apareciera Laura, yo conversé con ella. Observé con detenimiento la belleza externa que se apresuraba a salir por sus labios, ojos, manos y demás atributos. Comencé a liberar una serie de preguntas que cautivaran su interés. La situación me arrebató el deseo de marcharme, sin embargo, al cabo de una hora, no tuve más remedio que advertir a mis compañeros de mesa mi deseo de abandonarlos. Inicié la despedida.

       —Hasta mañana Jerónimo. Gracias por todo. A ti también Veni.

       —Hasta mañana.

       —Hasta otro día —respondió Veni.

       —Yo me iré también —señaló Laura— es tarde, debo estar temprano en mi oficina.

       —Entonces saldremos juntos.

Abandonamos la cafetería cuando la noche avanzaba sin detenerse.

       —¿Vives cerca de aquí?

       —No al norte de la ciudad.

       —Puedo acompañarte si no tienes inconveniente.

       —Al contrario, te lo agradezco, ir sola a estas horas no me agrada mucho.

     —Entiendo —dije con doble intención mal disimulada— recojamos el coche, ya me dirás la dirección exacta.

La tomé por el brazo con la intención de que se sintiera segura a mi lado hasta llegar al coche, aparcado a menos de quinientos metros de allí. Bajamos las escaleras hacia el museo bajo el paso elevado de la calle Juan Bravo y cruzamos el Paseo de la Castellana hasta encontrar el coche. Una vez dentro pregunté la dirección a la que debía dirigirme. Tras decirme que su apartamento estaba en la calle Arturo Soria, encendí el motor y nos desplazamos despacio. Me invitó a tomar una última copa pero me negué diplomáticamente, aunque seguidamente pedí su número de teléfono para llamarla y aceptar su invitación en una siguiente ocasión precedida de una cena, como era obligado. Al despedirnos nos besamos efusivamente. Recordé antes de meterme en el coche y conducir hasta mi casa, la frase de uno de mis mejores amigos, Cesar Pretti, en su libro «Como conquistarla sin que ella te conquiste». Desconfía de la mujer que te besa en la boca antes de transcurridas 48 horas desde que os conocistéis.

Me sentí absurdamente perdido, sobre todo decepcionado por no haber tenido en cuenta la frase de Pretti. Regresé a mi casa y esperé para incorporarme a mi trabajo. Lo primero que me preguntó Jerónimo al verme fue someterme a una encuesta sobre Laura.

       —La acompañé a casa.

       —¿Nada más?

       —Así fue.

       —Entonces no te gusta.

     —Claro, es muy bonita, tiene unos cabellos preciosos, unos ojos azules que hablan por si solos, una piel bronceada por el sol de alguna playa y el resto, en fin, que voy a contarte. Pero no es suficiente.

       —Para una temporada creo que si.

       —Tal vez. De todas formas, quedamos en que cenaríamos juntos una noche de estas.

       —Eso está mejor. Te dejo, me esperan en la planta cuarta.

       —A mí también, tenemos una evaluación sobre el plan petrolífero.

       —Nosotros sobre bebidas energéticas.

Sobre la una y media estaba retenido en mi despacho cuando sonó el teléfono. Lo descolgué y sentí una agradable sensación al escuchar la encantadora y susurrante voz de Laura al otro lado de la línea.

     —Dígame.

     —Martín, soy Laura.

     —Qué alegría escucharte. Dime, ¿Cuál es el motivo de tu llamada?

     —Quiero recordarte que aún vivo y siento enormes deseos de verte.

     —A mi ocurre algo por el estilo, estaba preparándome para ir a almorzar. Puedo invitarte, aunque tengo poco tiempo.

     —Gracias, pero hoy no almuerzo, tengo gimnasio y luego media hora de rayos uva.

    —Estupendo, veo que te preocupas por el físico.

    —Claro, es importante encontrarse bien con una misma.

    —Por supuesto. Claro que, si no comes hoy, supongo que cenaras algo ¿No es así?

    —Acertaste.

    —Entonces como no tomé esa copa anoche y dado que mañana es viernes, no estaría mal cenar juntos. ¿Te parece bien?

    —Encantada.

   —Entonces reservaré mesa y pasaré a recogerte donde me indiques.

  —Pues como el día que voy al gimnasio salgo más tarde, si no te importa recógeme en la oficina.

  —¿Te da tiempo para arreglarte?

  —Siempre voy arreglada, así nada me pilla desprevenida.

  —Caramba – dije sorprendido— Entonces ¿te parece bien a las ocho y media?

  —Mejor a las nueve. Anota la dirección, por cierto, entra al aparcamiento, a esas horas hay sitios libres.

  —Allí estaré a las nueve.

  —Sube a la planta tercera y pregunta por mí.

  —Claro.

Aquella fue la primera cena, luego vinieron muchas más, comidas, viajes de fin de semana, reuniones con sus amigos y compañeros y, múltiples ocasiones más alejadas de cuanto hasta entonces era mi vida. Sin apenas advertirlo abandoné algunas de mis costumbres y consecuentemente a los amigos, olvidé continuar con mi preparación para el puesto de alta dirección, sobre todo, arrinconé mi individualismo dejándome acariciar por los sabores y aromas de la belleza exterior de Laura. Estar a su lado era una constante digestión de sentimientos olvidados. Si advertía el tiempo que no veía a mis amigos, ella respondía que podía hacerlo a la hora de almorzar, conocía el poco tiempo que disponía para ello. Si recordaba que mis compañeros me echaban de menos a la hora de tomar una cerveza al acabar la jornada, me enfrentaba a frases tales como ¿no tienes bastante con verlos durante el día?  Llegué a pensar que ponía algún tipo de droga en mi bebida, pues aquel no era yo, no me reconocía.

No había duda alguna, era una mujer cuya belleza llamaba la atención, llevarla de mi brazo mientras sonreía de aquella forma o movía sus caderas, era suficiente para atraer la mirada de cualquier hombre. Yo en parte me sentía halagado por tener el brazo en el que ella se sujetaba. Su belleza hizo que en más de una ocasión y pese a no avisarles, tanto compañeros como amigos, clientes y conocidos, nos invitaran para asistir a sus fiestas, reuniones o simplemente tomar una copa. Su bronceado era llamativo y sus escotes junto a los colores de sus prendas; utilizaba casi siempre tejidos pasteles primaverales; resaltaban sus ojos azules, era una belleza singular. Ella sin duda alguna lo sabia.

Mi vida a su lado, en realidad en su apartamento; pasaba la mayoría de las noches allí, por lo que tuve que llevar pare de mi armario, para evitar madrugar e ir a mi casa a cambiarme; era inaguantable por rutinaria y absurda. Me parecía imposible encontrarme en aquella situación. Mientras yo repasaba los cuestionarios para optar a mi puesto superior, ella se entretenía en hacer ejercicios con el pecho para evitar su flaccidez, o bien ejercitaba sus glúteos, muslos y estómago. Otras, por el contrario, la encontraba en el cuarto de baño extendiendo una pasta verde sobre su rostro, mientras mostraba una nota recomendándome no hablar ni hacer muecas que la hicieran reír. Las menos, depilándose y las más, cinco minutos diarios con la lámpara de rayos UVA. De ahí que su moreno se prolongara más allá de los meses de verano. Sin embargo, jamás vi en sus manos algo parecido a un libro, una revista técnica o un programa cultural en televisión. Era un verdadero e intenso culto a la belleza, externa, la otra posiblemente no le hacía falta. Una noche llegue a preguntarla.

—¿Laura cariño, siempre has sido así?

—¿A qué te refieres?

—A estar tan preocupada por tu belleza. Entiendo que te ocupes de ella, pero con tanta intensidad siempre, disculpa, pero no lo entiendo.

—¿Estarás a mi lado toda tu vida?

—No puedo asegurártelo, claro que si continuamos así es posible que no. Me ahogo, siento que mi vida se ha desfigurado tanto desde que estamos juntos, que apenas la reconozco.

—Lo siento cariño, intentaré cambiar. ¿Cómo quieres que sea?

—No es esa la pregunta.

—¿Entonces cuál?

—Como quiero que no seas, seria la adecuada.

—Bueno, no empieces con ese tipo de, no sé, dices cosas muy raras que no entiendo. Yo te quiero, para mi es lo único importante.

—¿Tú crees que es suficiente con querernos? Hasta ahora he soportado con suficiente amplitud de miras nuestra relación, sin embargo, en lo sucesivo no creo que pueda seguir haciéndolo.

—¿Tienes queja de mí? ¿No soy cariñosa? ¿Te niego mi amor nocturno o diurno?

—No es eso, de verdad. Dejémoslo por esta noche, mañana debo estar despejado, tengo la primera prueba para mi nuevo puesto.

—Entonces esta noche te haré algo especial, ya verás, te gustará, eliminarás nervios y tensión. 

En mi cerebro se enfrentaban varios de mis deseos, fundamentales para evitar que mi escala de valores no se rompiera definitivamente. A saber, aún era joven y no había conseguido el segundo de mis objetivos laborales, y lo peor, no cumplir el de ahora, sería difícil alcanzar los otros dos antes de cumplir los cuarenta años. El resto de las situaciones eran secundarias, amor, sexo, vivienda, ocio, quedaban lejos del principal. La situación laboral, un trabajo y ocupación bien remunerada, el resto caerían por su propio peso, como las manzanas maduras del árbol. Sin embargo, todo se descabezó con la presencia de Laura, la pasión superó cualquier otra cuestión, su belleza era indiscutible y en verdad me sentía bien, pero estaba cautivo de ella, el resto apenas tenia importancia y el tiempo hizo que confundiera el cariño por una pasión desenfrenada. Sus juegos amorosos diarios hacían de mi un verdadero pelele. Apenas tenía tiempo para mí, menos para pensar con cierto raciocinio lo que me ocurría. Menos mal que tuve suerte, la dirección de la empresa tomó una decisión, mi adversario Pablo y yo debíamos salir de viaje y visitar nuestras agencias en Europa y Estados Unidos, estaríamos dos meses de viajes constantes.

Aquel día al llegar al apartamento de Laura se lo comuniqué con cierto temor, recogí un par de cosas y nos despedimos hasta mi regreso.

—¿Entonces cariño estarás dos meses fuera de Madrid?

—Más o menos, lo peor es el trabajo, tendrás que perdonarme si no puedo llamarte todos los días.

—Tampoco podré venir a verte un solo fin de semana.

—Lo entiendo iré a despedirte al aeropuerto.

—Iba a pedírtelo. 

Fuimos en mi coche, así ella podría volver sin necesidad de tomar un taxi, además le gustaba conducir mi deportivo. Al llegar a la zona de embarque, como siempre llamó la atención su belleza, incluso mi amigo y contrincante Pablo sufrió una especie de shock cuando se la presenté.

Tal vez las peticiones mentales hechas para que sucediera algo y me alejara de ella, fueron escuchadas, me aparté de la pasión diaria y del yugo que su presencia constante me aprisionaba. A la semana había recuperado las posiciones de mi pirámide, de nuevo la cúspide la veía límpida y ocupada otra vez por mi oportunidad laboral. No significaba que abandonara el resto, ni mucho menos, pero desde luego no caería en la misma trampa, si estaba dispuesto a estar con una mujer eludiría su despampanante belleza externa e intentaría cruzar mis fluidos con alguien que no desatara tanta pasión. Pese a encontrarme ausente, no quise abandonarla definitivamente, la llamé por teléfono al llegar a mi primer destino, luego paulatinamente la frecuencia fue disminuyendo. Un día.

—¿Cómo estás?

—Como siempre cariño, con mi gimnasia y demás actividades, además del trabajo en mi empresa. ¿Y tu?

—Mucho trabajo y mucho estudio, apenas tengo tiempo para salir a tomar una copa.

—¿Donde estas hoy?

—En Nueva York. Esperé para poder llamarte, por la diferencia horaria.

—Claro, no me había dado cuenta. ¿Me echas de menos?

—Desde luego

—¿Y a nuestros juegos nocturnos?

—También.

—Ya verás que guapa estoy poniéndome, avísame cuando regreses, iré a recogerte al aeropuerto.

—Te avisaré con antelación. Además, me darán unos días de vacaciones.

Hice mal en decirlo, enseguida se lanzó a preparar una sorpresa. No quise pasar más tiempo pensando en ella, como siempre, rompía mis estructuras mentales desviando mi atención a lo que verdaderamente me importaba.

La evaluación hecha hasta ese momento nos daba la misma puntación a Pablo y a mí, por lo que, a partir de ese instante, cualquier actividad sería fundamental para la toma de decisiones del Consejo Directivo. Agotamos las fechas y regresamos a Madrid. Laura apareció deslumbrante en la sala de espera de la terminal, era la única mujer que respondía con su figura y belleza, a los cánones incentivadores del acecho masculino. Algunos de los ayudantes de cabina, incluso comandantes de vuelo no pudieron por menos que parar a contemplarla. Cuando me vio aparecer en compañía de Pablo se lanzó con sus brazos abiertos, me besó, abrazó y volvió a besar sin esperar a que dijera palabra alguna.

  • —Laura, cariño, espera un segundo, me gustaría respirar, mientras saluda a mi amigo Pablo.
  • —Encantado de volver a verte. Estás preciosa, si me lo permites.
  • —Gracias, eres muy atento, adversario de Martín
  • —Bueno eso sería una forma de decirlo, en realidad somos amigos y compañeros que tenemos los mismos gustos e intenciones —sonrió al decirlo y mirarla especial y detenidamente.
  • —No entiendo.
  • —Tampoco importa. Martín, tienes una novia maravillosa.
  • —Se que es maravillosa además de ser preciosa.
  • —Gracias, amor mío. Vine con el coche.
  • —Entonces podemos acompañarte a casa —dije a Pablo.
  • —Gracias, será estupendo viajar en compañía de Laura.

Al llegar a casa, dejé las cosas e inmediatamente Laura pidió fuéramos a su apartamento.

  • Vamos cariño, allí es donde tengo preparada una sorpresa para ti.
  • ¿Puedes adelantarme algo?
  • No, prefiero que lo compruebes personalmente.
  • Entonces vayamos.

Había pensado pasar aquella noche en su casa, luego recluirme para preparar el informe del viaje, ella por su parte, secuestrarme durante una semana, estar a base de comidas preparadas y de sexo. Al segundo día comprobé otra de las sorpresas, una lista de invitados a nuestra futura boda. Aquello fue un mazazo. De cuanto podía soportar era lo único que no aguantaba. Casarme sería mi suicidio definitivo. Hice el mayor esfuerzo de mi vida, después de desayunar el tercer día de reclusión, decidí escapar de aquella encerrona.

  • Perdona, pero no tengo más remedio que preparar el informe de mi viaje,  debo hacerlo en soledad, en silencio y sin la presencia de tu estupendo cuerpo desnudo. Espero que me dejes acabarlo y cuando lo entregue en la oficina volveré para seguir disfrutando juntos.
  • Claro, que lo entiendo, además tenemos que acabar la lista de invitados.
  • Por supuesto.
  • Entonces no te demores cariño. Ahora que recuerdo, ¿no tenias una semana de vacaciones?
  • No solo tres días, hoy es lunes y debo presentar el informe como mucho el jueves de la semana entrante.
  • Vale, entonces tendremos el fin de semana para preparar lo de la boda.

La dejé reforzando su busto y bronceándose en la plancha de rayos uva. Regresé a mi casa, tomé una ducha de agua fría y prometí no volver a abandonarme, mi futuro estaba en peligro y no junto a ella precisamente. Resolví las obligaciones laborales y regresé con un plan bien definido.

  • Cariño, debemos ser menos pasionales.
  • ¿Por qué razón?
  • No me concentro en mi trabajo, si no consigo la plaza de Director de la División Europa, mi futuro se verá nublado.
  • Que propones.
  • Vernos por la tarde, salir a pasear, tomar una copa o asistir a cualquier evento,  luego dormir cada uno en nuestras respectivos apartamentos. Al menos hasta acabar la evaluación, después aguantaremos hasta la fecha de nuestra boda, no me gustaría pasar una luna de miel sin la pasión que hemos tenido hasta ahora.
  • Que bueno eres cariño, me encantas. Haremos lo que dices, aunque dudo mucho que pueda aguantar tanto tiempo. Pero si eso es lo que quieres, lo intentaré.
  • Tenemos los fines de semana.
  • Ya sabía yo que no aguantarías tanto.
  • Es normal, además siempre estás ocupada con tus ejercicios y bronceado.
  • Tienes razón, me ocupo de ponerme guapa para cuando nos casemos.
  • Me alegra que lo entiendas.
  • Lo entiendo cariño, claro que lo entiendo.

Nuestra actividad sexual se vio reducida sustancialmente, de modo que sin ella pude centrarme en lo realmente importante y necesario. Jerónimo me preguntó si mi relación con Laura estaba en declive, le contesté que no, solo que estábamos preparándonos para la boda y aprovechando para ganar el puesto vacante en la empresa.

  • Me alegro por ti, por ella también claro. Veo que estáis muy enamorados.
  • Bueno, no solo es eso.
  • Creo que te entiendo. De todas formas, deberías tener cuidado con Pablo, últimamente está muy lanzado y no solo hacia tu puesto.
  • No te entiendo, ¿hay algo que desconozco?
  • Creo que desde que conoció a Laura, está distinto.
  • Es normal, ya la conoces, es coqueta y como siempre estaba muy guapa cuando fue al aeropuerto. No le doy importancia. Respecto al puesto tranquilo, siempre supe que esa plaza estaba destinada a mí.
  • Te veo muy seguro, pero pon cuidado.
  • Desde luego, no habrá nada en este mundo que se interponga entre mi trabajo y yo, y por su supuesto entre Laura también.
  • Me alegra oírte decirlo, confirmo que eres un luchador nato.

Laura seguía tan cariñosa como siempre, tan ocupada con sus ejercicios y bronceado. Pasamos el sábado y domingo juntos, el resto de la semana yo preparándome, ella con lo suyo en nuestros respectivos pisos. Un día me llamó para decir que la plancha de rayos UVA se había estropeado. Se la retiraron para repararla.

  • Tendré que ir a un salón de bronceado que hay cerca de mi casa, no se si te fijaste.
  • Ya recuerdo, son cabinas individuales ¿No?
  • En efecto. Si tuvieras necesidad de hablar conmigo estaré allí todas las tardes cuando salga de trabajar.
  • Lo tendré en cuenta.

Faltaban unos días para la evaluación definitiva, debía prepararme concienzudamente, por lo que me acerque al salón de bronceado Hawái.

  • ¿La cabina de Laura Márquez por favor?
  • La número 3, siempre utiliza la misma.
  • Gracias, muy amable.
  • ¿Laura? – golpeé la puerta y esperé—
  • Si, ¿Quién es?
  • Martín, necesito hablar contigo.
  • Espera un segundo, te abro enseguida.

Laura abrió una rendija de la puerta sacó el brazo y tiró de mi. Estaba completamente desnuda.

  • Era una sorpresa para este fin de semana.
  • De eso quería hablarte, la semana que viene tengo la evaluación final y no podré ir a casa el sábado ni el domingo.
  • Pero cariño, tenia preparado algo especial.
  • Lo siento mucho, pero no puedo.
  • Escucha un momento cielo, he aguantado todo hasta ahora, solo porque debes prepararte para ese dichoso puesto, pero si este fin de semana no lo pasas conmigo, dudo mucho que continuemos juntos la semana que viene.
  • No te pongas así, es importante para mi, y supongo que para ti también a partir de que nos casemos.
  • ¿Es eso cierto?
  • Por supuesto que si, a partir de mi nombramiento como Director de División, dispondremos de más tiempo y por supuesto, de más dinero.
  • Ya, pero no podré soportar pasar el fin de semana sola.
  • Estamos a miércoles, solo serán unos días.
  • Intentaré soportarlo como pueda. ¿Entonces no nos veremos hasta la semana que viene?
  • Sintiéndolo mucho si, estaré encerrado estudiando y preparándome en mi piso.
  • Llámame si tienes intención de venir, es posible que salga a hacer algunas compras.
  • Lo haré no te preocupes, gracias por ser tan comprensiva.

Besé sus labios tan ardientes como el resto de su cuerpo volvió a meterse en la plancha, pulsó de nuevo la intensidad y el tiempo, se puso las gafas tupidas en sus ojos y se tumbó, yo salí de la cabina y regresé a mi piso. Durante esos días la llamé a la hora de comer, antes de que se fuera a su sesión de bronceado. En una de las ocasiones comentó que ya le habían arreglado la suya que la llevarían por la tarde, por lo que no volvería al Salón. Me alegro por ti. — dije sonriendo.

La mañana siguiente me encontraba preparando los últimos detalles de mi presentación, cuando Pablo pasó por mi despacho.

  • Trabajando, supongo.
  • ¿Tú te marchas?
  • Si, tengo una cita para comer
  • Me alegro por ti. Por cierto, estas muy moreno, ¿has estado en la playa?
  • No— dijo tajante —¿Te quedarás hasta muy tarde?
  • Posiblemente, comeré algo aquí y a eso de las diez me iré a mi casa, cenaré y me meteré en la cama, solo nos quedan dos días y pese a estar roto, sigo preparándome.
  • Nos vemos mañana.
  • Claro Pablo, hasta mañana.

El martes por la mañana me levanté como todos los días, aquella noche la pasé nervioso, por lo que apenas pude dormir, me entretuve en ver la televisión hasta poco antes de levantarme, ni siquiera me atreví a llamar a Laura. Desayuné y salí camino de la oficina. Nada mas abrir el despacho me encontré al director junto a un hombre de mediana edad.

  • Disculpe Martín, pero el comisario Sánchez quiere hacerle unas preguntas.
  • Claro, adelante, ¿De que se trata?
  • ¿Conoce a Laura Márquez?
  • Desde luego, es mi prometida.
  • ¿Estuvo ayer con ella?
  • No señor, llevo una semana viviendo en mi casa, aunque normalmente lo hago en la suya, pero como estoy preparando unos informes, suelo trabajar en mi despacho, almuerzo en él y al salir sigo preparando trabajos en mi casa.
  • ¿Puede alguien corroborar que anoche estuvo donde dice?
  • Lo lamento, pero vivo solo.
  • ¿Qué hizo ayer desde las ocho de la mañana?
  • Estuve aquí en mi despacho hasta las diez de la noche, no salí ni siquiera para comer, bajé al garaje conduje hasta mi casa, cené y me acosté, estuve viendo la televisión hasta muy tarde, no dormí, estaba nervioso.
  • No le vio nadie durante esas horas.
  • Lo desconozco, pero mi compañero Pablo si, vino a la hora de comer a despedirse, tenía una cita y le comenté cuanto acabo de decirle, que me quedaría trabajando hasta tarde en que iría a mi casa.
  • Haga el favor de permanecer a mi disposición.
  • Claro, no faltaba mas, pero ¿puede decirme que ha ocurrido?
  • Desde luego, su prometida ha aparecido muerta en su apartamento.
  • ¿Cómo?
  • Lo siento Martín.
  • ¿Cómo ha sido?
  • Debió dejarse encendida la plancha de rayos Uva más tiempo del previsto, se quedaría dormida, el caso es que alguien nos avisó cuando la encontró muerta.
  • ¿Puedo saber quien lo hizo?
  • De momento no.
  • ¿Están seguros de que es ella?
  • Aparentemente si, claro que si esta dispuesto a soportar la visión, nos gustaría que la identificara, hemos avisado a su familia y tardaran en llegar a Madrid. Después harán la autopsia.
  • Bien, los acompañaré.
  • ¿Le importaría facilitarnos sus huellas y una muestra para fijar su ADN?
  • Por supuesto.
  • Martín, en estos momentos duros – dijo inmediatamente el Director General – considere la evaluación final suspendida, hacerla daría un resultado erróneo, y por supuesto su prometida merece nuestro recuerdo y respeto.
  • Gracias señor Clavijo.
  • Ahora Martín, haga el favor de acompañarme.

Al llegar al Instituto Anatómico Forense el comisario me acompañó hasta la sala donde estaba el cadáver de Laura, el médico retiró la sabana que la cubría y ante mis ojos apareció un cuerpo extraño y desconocido. Estaba boca arriba, carecía de ropa, el rostro era algo parecido a una gran ciruela pasa, negra, contraída y sin ojos, el pecho arrugado con surcos por donde se podían introducir dedos, el vientre hundido favoreciendo la salida de los huesos de la cadera, también carbonizados, el poco bello púbico que la vi en la cabina del salón de bronceado, había desparecido y sus muslos contraídos por el calor, se asemejaban a los de una persona cuya edad rayara los cien años. Los pies todavía conservaban las uñas pintadas aunque desconchadas. Cuando me preguntó si reconocía el cuerpo de Laura, asentí varias veces, aunque tuve que decirle que la razón de ello obedecía a reconocer puestos en lo que fueran sus orejas, los pendientes que la compré en Nueva York, no obstante, debía mirar la parte trasera de los muslos, donde tenia una marca fruto de una herida. La dieron la vuelta y asentí de nuevo a su pregunta. Salí de allí con el cuerpo revuelto.

Tres días después inicié las exequias de Laura. Jerónimo, Veni y Pablo, me acompañaron, junto a la familia, a quien conocí en esos momentos. Después de acabar, quise tomarme una copa en la misma cafetería donde nos conocimos, fuimos al acabar el funeral. Regresé a casa a esperar la llamada del director general y sobre todo la del comisario. Me acerqué a la comisaría sobre las doce de la mañana, dos días después.

  • Siento mucho la muerte de su prometida, y también haberle tenido en nuestra lista de sospechosos.
  • No importa, mi conciencia está tranquila.
  • ¿Qué ocurrió?
  • Antes me gustaría corroborar con usted algunos aspectos. ¿Puedo preguntarle algo?
  • Claro, lo que guste.
  • ¿Laura acostumbraba a broncearse todos los días? La autopsia eso parece decirnos.
  • Era una maniática del mantenimiento de su cuerpo. No pasaba un solo día sin tomar su sesión de rayos Uva. Recientemente se le estropeó y encargó se la repararan, todo ese tiempo estuvo visitando un salón de bronceado cerca de su casa, para no perder color. Tal vez debería preguntar allí.
  • Quizás no le guste cuanto voy a decirle, pero la reconstrucción de los hechos así nos lo indican. Su prometida ha estado siendo visitada por alguien, a quien acabamos de identificar hace unas horas. La tarde de autos, también estuvo con ese hombre y practicaron sexo en la plancha de rayos uva, los pocos restos vaginales encontrados así nos lo indican, después es posible que posteriormente tomaran una copa y ella volviera a la plancha de bronceado, debió quedarse dormida y dejó funcionando el aparato, no debió advertirlo y el calor produjo una serie de alteraciones que sin duda provocaron su muerte.
  • La persona que la encontró muerta y les avisó, ¿es la misma que estuvo con ella?
  • Definitivamente si.
  • Le confirmo que no tuve sexo con ella, desde que estuve preparando la presentación en mi despacho y mi casa, en eso habíamos quedado hasta que acabara la evaluación.
  • Lo comprobamos, me refiero a su evaluación. Pese a que sus huellas aparecen por toda la casa, el ADN vaginal no se corresponde con el suyo.
  • ¿No va a decirme quien es verdad?
  • No quisiera.
  • No importa, aunque intuyo de quien se trata. Entonces ¿consideran su muerte un mero accidente?
  • Claro, no se desprende intención ni por usted o su amante, y disculpe, no existe causa que nos lleve a considerarlo un asesinato.
  • Al menos quedo tranquilo, ha muerto por su maldita costumbre de broncearse.
  • Supongo que así ha sido. Lo lamento Martín, de veras, era una mujer muy guapa.
  • Tenía una belleza exterior muy grande, le faltaba un poco más de belleza interior, pero no se puede tener todo. ¿Podré ir a retirar mis cosas a casa de Laura?
  • Claro, cuando quiera, ya hemos acabado y cerrado el caso.
  • Me gustaría guardar algo de ella como recuerdo y recoger mi ropa.
  • Lo se, la vimos al recoger huellas y restos.
  • Gracias por todo comisario.
  • A usted Martín, y de nuevo mi mas sentido pésame
  • Gracias de nuevo.

Por la tarde hice un esfuerzo para abrir la puerta del apartamento, retiré toda mi ropa, libros y discos y los metí en varias maletas y bolsas, luego me acerqué al mueble bar, retiré la botella de licor que solía utilizar Laura, tiré el resto del liquido por el desagüe y de la cisterna en dos ocasiones para no dejar resto alguno.Puse el casco vacío en una bolsa junto a mis discos. Después retiré un mueble para manipular el interior de la plancha de rayos uva, introduje el destornillador, liberé el continuador de corriente y retiré el termostato puesto, lo volví a cambiar por el nuevo dejándolo en su lugar tal y como estaba antes, ahora se conectaría y apagaría sin problema alguno. Lo envolví en una bolsa de plástico y con el resto de mis cosas abandoné el apartamento. La llave de la vivienda la puse en el buzón, tal y como establecí con los padres de Laura, minutos después regresaba a mi piso. Antes de subir paré en una de las muchas calles que atravesé, miré a mi alrededor y cuando me cercioré de que nadie podía verme, tiré la bolsa conteniendo el casco de la botella y el termostato a un contenedor, luego continué hasta mi casa.

A la mañana siguiente me sorprendieron dos visitas, en primer lugar, la de Pablo.

  • Lamento lo ocurrido con Laura.
  • Disculpa Pablo, ¿Querrías repetir la frase?, no entendí la preposición, has dicho «con» o «a».
  • Perdona Martín, creí que solo era un entretenimiento para ti y me enamoré de ella.
  • Deberías decir que la deseabas, ahora por favor guarda silencio y márchate.
  • Es lo que voy a hacer.
  • Otra cosa, por favor no vuelvas a cruzarte conmigo, preferiría no volver a verte.

La segunda visita fue del director señor Clavijo.

  • Martín, no es preciso pasar la última evaluación. Su contrincante Pablo ha tomado la decisión de abandonar no solo su pretensión, sino también la empresa. El puesto es suyo a partir de mañana. Puede subir al despacho, le espera un futuro prometedor.
  • Gracias, señor Clavijo, el trabajo me ayudará a superar el trance de perder a mi prometida, si no hubiera sido por ella, estoy seguro de no haber conseguido esta meta.
  • ¿Le ayudó a prepararse?
  • Yo diría que a conseguirlo. Gracias de nuevo director.
  • Espero que ahora iniciemos una nueva y próspera etapa.
  • Yo también.

Aquella jornada invite a almorzar a Jerónimo. Al regresar a mi casa mis pensamientos recorrieron de nuevo mi escala de valores, en primer lugar aparecía mi trabajo, mi esfuerzo, en un puesto por debajo del cuarto, la mujer como representante, la otra parte de la pareja. Volvía a ser un joven entusiasta, perdidamente enamorado de mi profesión y ocupado en mi trabajo, participante de cualquier fiesta, acompañado de mis amigos unas veces y otras de mis compañeros de trabajo. Mi vida transcurriría sin la tensión que provoca estar pendiente de una mujer que asaltara mi relajada y calibrada vida, coartara mis pasos y decidiera por mi cual iba a ser mi futuro. No volvería a tener pareja fija, ni a nadie que escalara a la cúspide de mi pirámide, ahora tenia el cargo para el que estaba predestinado.

FIN

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