Así comienza…Doce casos en Madrid

DOCE CASOS EN MADRID.

Primera novela de la serie ROBERTO HC.


A la ciudad de Madrid, y a Ella

Un barco no debería navegar con una sola ancla,

ni la vida con una sola esperanza.

(Epícteto)

SINOPSIS GENERAL DE LA SAGA ROBERTO H.C. QUE SE INICIA CON ESTA PRIMERA NOVELA.

El personaje principal de la Saga es un policía llamado Roberto Hernán Carrillo. En los primeros doce casos, se le menciona como inspector Roberto H.C. Después, al alcanzar otro puesto dentro del Cuerpo, aparece como comisario.

Inicialmente es un inspector destinado en una comisaría madrileña, asignado como investigador de homicidios. Sin embargo, es reclamado por otra comisaría. Una vez en ella, debe hacerse cargo de todos los casos extraños surgidos, sean o no homicidios. Pese a no gustarle, los resuelve satisfactoriamente. Los casos se los asigna José María, al frente de la comisaría, quien suele apostar con Roberto HC algo al fijar un plazo para su resolución.

La Saga, va preñándose de algunos personajes singulares. Otro inspector de homicidios, Ignacio Dobles. Luis Pinillas, dominador de un apartado fundamental, la informática. Una experta psicóloga criminalista, inquietante, inteligente, y guapa, Esperanza Miró. El mismo comisario José Maria y su esposa Aurora. Numerosas amigas de Roberto H.C. que aparece como hombre soltero, vividor y crápula. Entre ellas Loli, amante y amiga especial para Roberto, aunque seguirán apareciendo otras mujeres.

En el devenir de las novelas, además de resolver los casos individualmente presentados, las narraciones sitúan y avanzan en las vidas de cada uno de los personajes. Muy especialmente la del personaje principal, quien deja ver no solo su destreza e intuición como policía, sino que permite ver su evolución como persona.

A veces aparecen otros personajes que amplían la singularidad de las novelas, distinguiéndose un detestable asesino que caminará paralelo a la vida de Roberto H.C.

La gran variedad de casos presentados, suceden mayoritariamente en la ciudad de Madrid, aunque no obsta para que algunos deba resolverlos viajando a diferentes ciudades. 

Anxo do Rego.

 1º Caso: INCRÉDULA

El hombre está siempre dispuesto a negar aquello que no comprende.

(Luigi Pirandello)

Miró el reloj del salpicadero del coche, faltaban unos minutos para las once de la noche, hora más que razonable para estar en la cama como cada día. Sin embargo, no tenía ninguna intención de dormir, las cuatro copas que tomó con sus compañeros y amigos, la despejaron totalmente.

Pese a las numerosas campañas que realizaba la Dirección General de Tráfico invitando a no conducir si se había bebido, ella hizo caso omiso aquella tarde. Bebió y condujo, aunque despacio. Lo hizo desde que recogió el coche y se negó a que Francisco la acompañara. De todos los compañeros que tenía, él era el único que siempre se brindaba a hacerlo. Aunque era un patoso, bebía cuanto le pusieran en un vaso, aunque no fuera de cristal. Contuviera lo que contuviera.

Según el mentidero de la empresa, Francisco venia sufriendo desde hacía tiempo algún que otro problema de índole familiar, y por qué no, también laboral. Ambos le indujeron, sin ningún género de dudas, a tomar más de una copa diaria. Razón más que conocida por la que se negó a que la acompañara. Ella sí sabía controlarse y además, era su vida, no quería ponerla en manos de alguien en quien por supuesto no confiaba.

Acababan de reincorporarse de las vacaciones. A todos les gustaba reunirse para intercambiar anécdotas veraniegas, éxitos amorosos y muchas otras mentiras sobre los flirteos veraniegos. Volvió a mirar el reloj. Las once y cuarto. Se dio cuenta que la aguja del depósito de gasolina rozaba el final traspasando la línea roja. Situación más que comprometida si no conseguía llegar pronto a una estación de servicio.

El velocímetro no pasaba de 60 Km. por hora. Miró a un lado de la carretera y comprobó, tras ver el poste kilométrico, una señal que anunciaba combustible a menos de dos mil metros. Se paró frente a uno de los surtidores, leyó la nota y se acercó a la cabina acristalada. Puso 20 € sobre la rendija, y el empleado de la gasolinera se acercó para cargar del surtidor numero tres.

El aire de la noche, aunque no era frío, la despejó mientras estuvo fuera esperando que el empleado pusiera el combustible. Se sentó de nuevo frente al volante, encendió el contacto y salió de la gasolinera camino de su casa en Brunete. Pensó tomar una última copa antes de retirarse definitivamente.

Transcurrieron solo cuatro kilómetros cuando el coche comenzó a dar tirones, pararse y volver a funcionar. Mal se estaba poniendo la noche. Los focos delanteros del coche le anunciaron un desvío a la derecha. A lo lejos distinguió unas viviendas. No estaba muy alejada de la civilización. Pensó aparcar en la explanada y llamar por teléfono. Algún amigo podría recogerla. No tenía miedo.

Desde los árboles, alguien permanecía escondido observándola. El motor dio un último tirón y se paró antes de retirar la llave del contacto. No bajó del coche, buscó el teléfono móvil dentro del bolso e indagó en la agenda el número del amigo que la socorriera. Mientras, ese alguien fue acercándose cada vez más al coche parado. Sacó de su bolsillo un frasco, lo abrió y volcó parte del contenido sobre un pañuelo relleno de grueso algodón.

Con la mano alejada de su cuerpo, se adelantó hasta una de las puertas. Abrió la del conductor y puso el pañuelo ante la cara de la mujer. Segundos más tarde caía inerte sobre el asiento. 

                        

Después de tomar el segundo café de la mañana, el inspector Roberto Hernán Carrillo, se detuvo ante el comentario que oyó.

— Pues una compañera de mi hermano, parece que ha desparecido. Hace unos días fueron a tomar unas copas. Se despidieron. Ella se fue en su coche, pero no llegó a su casa. Parece que no dan con ella. Su familia ha puesto una denuncia, y comienzan a temer lo peor.

Archivó el comentario, como siempre hacía cuando escuchaba algo que no pertenecía a su sección y volvió a sus ocupaciones. Como cada mañana, cada tarde, y así, durante muchos meses aún.

Le relegaron a aquella comisaría y no sabia la razón. El pidió su incorporación a la Brigada de Investigación de Homicidios aunque era obvio que no lo tuvieron en cuenta. Allí se mantuvo durante dos años, pasados los cuales fue requerido por la actual comisaría. No cometió falta o negligencia alguna. Simplemente cumplió con su obligación. Algún día preguntaría la razón al comisario.

Quince días después, en el mismo dispensador de café, volvió a escuchar otro comentario.

— Y van dos, esa carretera debe ser maldita. Ha desparecido un hombre de setenta años. Sí, en la misma carretera que la compañera de mi hermano. Que coincidencia, ¿no os parece?

El inspector volvió a archivar el comentario. Más tarde se sentó frente a su mesa y a través del teléfono, habló con el comisario.

No es razón para preocuparse inspector. Son únicamente dos casos y nada parecen tener en común. Estúdielos si quiere, pero no van a entrar en su Sección, de momento.

Déjeme al menos que investigue por mi cuenta. No puedo continuar sentado frente a una mesa sin hacer algo medianamente interesante.

— Como quiera, pero por favor, coménteme si encuentra algo fuera de lo normal.

Desde su despacho pidió los expedientes de ambas desapariciones. Cuatro días después estaban sobre su mesa. Durante tres meses el Inspector investigó a los familiares y amigos de los diez desaparecidos hasta entonces. El comisario consiguió del Director General, otorgara a su inspector el seguimiento y control de cuantos casos por desaparición se dieran en Madrid.

Cuatro fueron los agentes asignados momentáneamente a su Sección. Mantuvo la coordinación de la investigación, aunque no pudo tomar medidas para evitar otras desapariciones. No sabía en que apoyarse. Al cabo de un mes y medio y cumplidos seis meses desde que desapareciera la primera persona, recibieron una llamada de los familiares.

Nos ha llamado desde Toledo. Dice estar bien, que la han tratado estupendamente y que mañana regresa a Madrid en su propio coche.

— Dígale en cuanto descanse, que haga el favor de ponerse en contacto conmigo — reclamó el inspector.

Cuatro días después, comenzaron a recibir numerosas llamadas de familiares de los otros desaparecidos. Conocía a la mayoría. Habían puesto denuncias. Todos regresaban. Los periodos de estancia parecían acortarse. Vislumbraba, aunque a lo lejos, la solución de las desapariciones.

Al cabo de un mes, todos los desaparecidos regresaron a sus casas. En total cinco hombres y cinco mujeres. Solo uno más desapareció durante ese lapsus de tiempo, aunque al cabo de una semana también regresó a  su domicilio habitual. Uno tras otro, pasaron por comisaría, por la sección del inspector Roberto HC y todos sometidos a una batería de preguntas. Se negaron a presentar denuncia contra quien al parecer les retuvo secuestrados. Nadie quiso dar muchos datos sobre la fisonomía del secuestrador. Solo supo que era un hombre.

Según dedujo por las respuestas recibidas, el culpable de todos los secuestros era un hombre de unos treinta y dos años. Medía entre un metro setenta y cinco, y un metro ochenta centímetros. Delgado, guapo según las mujeres, bien parecido según los hombres. Amable, educado y culturalmente preparado, posiblemente con algún titulo universitario. No oyeron una palabra mal sonante mientras estuvieron retenidos. Tampoco los trató mal. Al contrario, después de hablar con cada uno de ellos, los pidió disculpas y ofreció una serie de explicaciones, que no pudo arrancar a ninguno de los que pasaron por la comisaría.

Supo también, que todos los vehículos de los secuestrados eran de la marca Ford, modelo Fiesta de color azul oscuro. Al parecer tuvieron oportunidad de regresar a los pocos días de estar secuestrados. Pero tanto el lugar, como las atenciones recibidas por cada uno de ellos con las explicaciones dadas, hicieron que se quedaran gustosos haciendo compañía a su secuestrador. Parecían estar todos ellos bajo el denostado «Síndrome de Estocolmo».

El comisario recomendó al inspector Hernán Carrillo, tomar el asunto con cierta tranquilidad. No había nada punible. Según los afectados, se quedaron con él, de mutuo propio, sin coacciones. Y como no existían denuncias, las actuaciones serían archivadas como Casos Cerrados.

Durante los sucesivos meses, ocurrieron algunos secuestros más. Todos con los mismos resultados. Añadía los datos al expediente, y volvía a archivarlo. Sin embargo no se quedó tranquilo. Era superior a sus fuerzas. Debía descubrir al maravilloso secuestrador. A tal fin estableció un sistema para atraparlo. Solo deseaba conocerle. No le detendría, no podía. Pero sí hablaría con él. Merecía conocer la razón por la que ese hombre cometía esa serie de secuestros.

Todo su tiempo privado y parte del oficial, lo ocupó en buscar a un tipo especial de hombre. Todas las poblaciones cercanas y en el radio de acción de la gasolinera donde pusieron combustible las victimas las visitó, tanto a diario, como en días festivos. Paseos y más paseos, mirando a cada hombre con quien se cruzaba y que aparentemente cumplía los parámetros de altura, porte, etc. Al mismo tiempo fue fijándose en cada Ford Fiesta azul que pasaba por su lado. Reconoció a algún conductor. Habían pasado por la comisaría y contestado a su batería de preguntas. Cada día afinaba más en el intento de descubrir algún dato que le permitiera desenmascarar al Secuestrador Fantasma. El álbum de fotos de todos los hombres con los que se cruzó, aumentaba paulatinamente a medida que transcurrían los meses. También el número de secuestrados y el mismo de liberados. Tanto hombres como mujeres.

El comisario de vez en cuando reía al preguntar al inspector por su fantasma. Sin embargo, la respuesta de éste siempre era la misma: Algún día me reiré yo comisario, daré con él.

Un buen día tropezó con un dato inesperado por nuevo. Una mujer de unos cuarenta años, última secuestrada, se lo facilitó.

  • Se parece a mi marido —señaló.

Advirtió de inmediato que no debió decir aquella frase, guardó silencio. El inspector se dio por no enterado, pero archivó el dato en su memoria. Comprobó la dirección de la secuestrada. Vivía en Villaviciosa de Odón.

Aquella semana, el domingo, se acercó a la población y mantuvo observación sobre el domicilio de la secuestrada. Solo al caer la tarde y después de más de siete horas de constante vigilia, comprobó como el marido en cuestión, efectivamente era guapo y alto. Sin embargo había algo que llamaba su atención. La calvicie. Era  completamente calvo. Aquel descubrimiento le puso sobreaviso. Retomó el álbum de los hombres fotografiados y retiró a quienes tenían cabello. Dejó veinte fotos de hombres calvos. Retiró a aquellos cuya belleza no se ajustaba a los cánones indicados por las victimas. Después a quienes no parecían cubrir la altura de un metro ochenta centímetros. Resultado tres hombres. Los tres de Villaviciosa de Odón, según aparecía al pie de las fotos.

Volvió al proceso de observación en la misma población y por fin encontró a un hombre que se ajustaba a los parámetros, parecía ser la persona adecuada. Fue cuando tomaba una cerveza en un bar.

Intentó acercarse al hombre que acababa de entrar por la puerta del bar. Guapo, alto y calvo. No en su totalidad, solo algunos cabellos aparecían, como pelusa, sobre el cogote del individuo. El intento le satisfizo. Al cabo de media hora charlaban amigablemente mientras consumían unas copas de cerveza.

— ¿Vive aquí, en Villaviciosa?

— No, ni mucho menos, vivo en Madrid. Pero cada domingo me gusta tomar el aperitivo en una población distinta. Vivo solo, y no me apetece mucho quedarme en casa.

— ¿Y usted?

— Yo si, vivo aquí. Pero me marcharé pronto. También vivo solo. Bueno, desde hace poco tiempo. Lo cierto es que antes tenía una compañera. Pero ya sabe como se las gastan las mujeres.

—  No, no lo se.

— ¿Nunca tuvo relación con mujeres?

—  Si, pero mi trabajo no me da muchas oportunidades.

— Y usted ¿a que se dedica?

— Dirijo una Empresa de Inversión en Bolsa, que me ocupa todo el tiempo. Y desde que me abandonó mi novia, aún más.

— ¿Que le pasó? Si puedo preguntarle.

— Nada en especial. Preferiría no hablar de ello.

— Desde luego. No hay problema. Así que se marchará de aquí, me dijo antes.

— En efecto, me iré a Toledo. Tengo un cigarral allí. Deseo tener una vida más tranquila. Estoy preparando una empresa. Abandonaré Villaviciosa y Madrid. Estoy un poco harto de todo esto.

— ¿Es de allí?

—  No, pero me gusta, voy con frecuencia.

— Cuénteme, como es la finca que dice tener. ¿Bonita?  ¿Extensa?

— Sí. Es grande, tiene un antiguo molino de aceite. Estoy construyendo una vivienda moderna y una piscina para disfrutar en el verano, sin necesidad de salir de allí  para nada.

—  Veo que se sabe cuidar amigo.

—  Eso intento.

Acabaron la tarde comiendo juntos. El inspector quería creer que aquel era su hombre. Aunque le asaltaban dudas. Comprobó que la calvicie no era natural. Carecía de cejas y pestañas. Sus manos y brazos apenas lucían cabello alguno. Intercambiaron tarjetas personales con sus direcciones y teléfonos privados. Quedaron en verse antes de abandonar Madrid.

Confió en su intuición. Durante una semana mantuvo entrevistas con algunas de las mujeres secuestradas. Entresacó información sobre el lugar en que estuvieron ocultas. En cada una de las entrevistas le añadieron algún dato, que confrontado, confirmaba poco a poco a Antonio Campuzano Marín como el hombre a quien buscaba.

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