Babás al ron y otras formas de acercarse – 12

Al final fui.

No sé bien cómo ocurrió. Supongo que la idea de Clara, tan sencilla como obstinada, acabó por arrinconar mis argumentos. “Solo somos tú y yo, Dani. Nada de familia, ni brindis falsos. Jazz, vino y lo que nos dé la gana.” Esa frase quedó flotando en mi cabeza como una canción antigua, imposible de quitar.

Llegué a su casa con una botella de Pedro Ximénez, algo que compré más por sonido que por conocimiento. Me pareció un vino honesto, con apellido de personaje secundario. Acompañaba una caja de pastelería: cuatro babas al ron de mantequilla que, según la panadera, “rehacen la fe en el azúcar”. Dudé al comprarlas. Dudé al llamar al telefonillo. Dudé al abrazarla. Pero entré.

Clara tenía encendida una lámpara baja y algo de Bill Evans sonando. La mesa estaba puesta sin pretensiones: dos platos, servilletas de tela, un bol con nueces que no tocamos. Me ofreció una copa, me preguntó si me gustaba el queso fuerte, y entre su pregunta y mi torpeza se deslizó la noche.

Hablamos de libros —no de los que escribimos, sino de los que aún nos emocionan—. De lo que pensábamos que sería la vida, y de lo que, al final, ha resultado ser. Reímos poco, pero sonreímos mucho. La diferencia es sutil, pero se nota.

No hubo promesas. No hubo confesiones. Hubo silencio cómodo, que es algo tan raro como valioso.

A la hora del postre, le pregunté si le gustaba el Pedro Ximénez. Me miró como si hubiera dicho algo profundamente íntimo. Luego probó un sorbo, saboreó y dijo: “Podría acostumbrarme.” Lo dijo así, sin mirar la copa. No supe si hablaba del vino o de otra cosa.

Me marché tarde, con la sensación de haber estado en una escena que no me pertenecía del todo, como un extra que de pronto recibe una frase con carga dramática. En casa, abrí el correo. Un nuevo encargo editorial: novela romántica de 250 páginas, ambientada en Verona, “con final feliz obligatorio”. Suspiré. El amor, otra vez, pensé. Pero esta vez con menos distancia.

Lo curioso es que, por primera vez en mucho tiempo, no me sentí impostor. La ternura existe, aunque a veces se esconda en una copa de vino dulce o en un pastel de nombre ridículo.

El 31 fui yo quien la llamó.

—¿Qué haces en Nochevieja? —pregunté, como si fuera la primera vez que formulaba esa frase en voz alta.

—Lo mismo que el 24, sin olvidar los babás al ron —dijo.

—Entonces ven. Las compro otra vez. Incluso podríamos brindar.

—¿Con cava?

—Con lo que quieras. O sin nada. Pero aquí.

Y vino.

Trajo una botella envuelta en papel de periódico francés, queso de cabra azul y dos propósitos de año nuevo: “leer más poesía y dejar de posponer lo que me apetece”. Me pareció una declaración peligrosa, así que serví el vino antes de que añadiera nada más.

La noche fue suave, sin explosiones ni fuegos artificiales. En mi salón, pequeño y un poco desordenado, cabía todo lo que importaba: dos copas, una mesa con migas, un silencio tibio y la certeza de que, quizá, lo que creíamos que habíamos perdido estaba simplemente escondido entre la rutina.

A medianoche no hicimos fotos ni brindamos con efusividad. Hubo un cruce de miradas y un “feliz año” bajito, como una oración entre dos incrédulos. No hubo beso, pero hubo una mano que rozó la mía al retirar los platos. Y eso fue suficiente. O fue más que suficiente.

Hoy he empezado a escribir la nueva novela por encargo. El editor quiere que se titule La eternidad en Verona. Me ha pedido un protagonista “con conflicto emocional, pero carismático”, y una historia “que haga llorar sin dar pena”. Buena suerte con eso.

He escrito una primera escena en la que los protagonistas, sin conocerse aún, compran el mismo postre en una pastelería abarrotada. Se pelean por la última caja. Luego se ríen. El resto ya se verá. Quizá todo el libro se sostenga sobre ese primer gesto. Como casi todo en la vida.

Mientras lo escribo, Clara me ha enviado un mensaje:
“Me he quedado con ganas de más babas al ron. O de más fin de año como el de anoche.”

Le he respondido:
“Puedo prometerte lo primero. Para lo segundo, estoy entrenando.”

No sé si esto que se inicia será amor. Pero es algo. Y a estas alturas, eso ya es muchísimo más de lo que esperaba.

© Anxo do Rego. Todos los derechos reservados.

Visitas: 1