Buenas noches – 1/2

En ocasiones tengo pesadillas, seguro

que son consecuencia de no

tenerte a mi lado.

Para ti querida mía.

Creemos que existe un límite en el miedo.

Sin embargo, sólo es así hasta que nos

encontramos con lo desconocido.

Todos disponemos de cantidades ilimitadas de terror.

Peter Hoeg

 


            Nemesio Gilagua hasta el día en que sufrió el accidente era un hombre tranquilo, atento con sus vecinos, amigos y conocidos. Era difícil no escucharle decir una palabra amable, una secuencia de frases cordiales, o sencillamente desear buen día con quien se cruzara. Vivía solo, no se casó nunca ni tuvo relación con mujer alguna. Solo conoció a Perla, su amor de juventud en el pueblo donde nació y se crió hasta que llegó a la capital en busca de trabajo. Era un hombre inquieto y necesitado de llenar los vacíos pendientes.

            Ahorro lo suficiente para comprar una vivienda. Tenía intención de llevarse a sus padres y hermano menor para alejarlos de la vida que llevaban en el pueblo, donde solo quedaba esperar que el de la guadaña viniera un mal día. Como así fue cinco años más tarde, como consecuencia de un colosal incendio que arrasó la casa y las vidas de sus tres parientes cercanos. A partir de entonces la soledad llamó con insistencia hasta ser la única novia de Nemesio.

            Siguió trabajando, intentando hacer amigos, favores a vecinos, compañeros y a cuanta gente pudo necesitarla.

            Recordaba las frases que, a título educacional, le repitieron insistentemente siendo joven:

No cuesta nada dar los buenos días, conozcas o no a quien se los das. Negar un saludo es como negar auxilio a una  persona, evítalo siempre. No te canses de dar las gracias si quien recibe ayuda o esfuerzo de otro, eres tú. Pide siempre las cosas por favor y al recibirlas no olvides decir ¡gracias! con una sonrisa.           

            Al recordar esta última frase, siempre sonreía. Recordaba el momento en que su madre se lo dijo por primera vez, cuando se enganchó el pantalón en la puerta del establo. Sólo cuando pidió ayuda añadiendo, por favor, su madre salió de la casa y le desenganchó.

            En el barrio donde vive, a las afueras de la gran ciudad que es Madrid, hay un enorme parque por el que pasea cada vez que tiene oportunidad. Lo hace en numerosas ocasiones absorbiendo los aromas de tomillo y romero plantados, que le trasladan mentalmente al pueblo donde nació.

            Jara, pinos y lavanda se mezclan cada tarde al soplar brisa y suele volver a casa henchido de buenos recuerdos. Suele cruzarse con paseantes y sus mascotas, normalmente perros. Unos más amables que otros. A todos ofrece frases de buenos deseos y a la mayoría de los perros, suele ofrecerlos alguna caricia, si su dueño se lo permite.

            El día del accidente tropezó con dos animales, un hombre y su mascota. El primero no respondió al saludo nocturno, el segundo no tuvo ocasión de brindarle las caricias que acostumbraba en otros. Aquella ocasión el perro de una raza de presa, iba suelto sin ninguna atadura, por eso se lanzó en cuanto lo vio. Pese a las llamadas de auxilio, el dueño tardó en reaccionar el tiempo suficiente como para sufrir unas heridas y desgarros de consideración.  Las heridas producidas por el can, le mantuvieron postrado más de quince días, durante los cuales soñó con su familia, el pueblo y algunos amigos que allí quedaron.

            Nadie fue a visitarle. Tal vez el ataque y la estancia en el hospital le despejó la mente como para tomar una decisión que pondría en práctica en cuanto saliera de allí.

            Tras el alta médica regresó a su casa y a su trabajo. Consciente de su soledad optó por recordar su promesa. Un buen día comenzó a recorrer establecimientos donde le ofrecieran la oportunidad de comprar un perro. Tal vez el animal le haría la compañía que necesitaba. La mayoría eran cachorros, pero la tendencia en su crecimiento intuía verse supeditado en sus obligaciones a pasear, alimentar y controlar a un animal grande. Hecho que no le satisfacía plenamente. Las preguntas formuladas por el responsable de la tienda eran parecidas a.

—¿Tiene espacio suficiente? ¿Vive cerca del campo?

—No, vivo en un piso de la ciudad y solo dispongo de una terraza cubierta donde podría estar el perro cuando salga a trabajar.

—Entonces debería tener un animal de poca alza. Los animales necesitan espacio y presencia de su dueño, de lo contrario se hacen insoportables.

—Gracias por su recomendación, seguiré buscando entonces.

—Espere un instante. Ahora no dispongo de él, pero me han prometido que, en una semana a la sumo, tendré aquí el resultado de un proceso de investigación veterinaria.

—¿De qué se trata?

—No podría decirle con exactitud, al parecer llevan muchos años trabajando cruzando ciertas especies y han logrado un resultado más que apetecible. Tal vez le gustaría conocerlo.

—Supongo que sí.

—Bien, anóteme su teléfono y le llamaré en cuanto me traigan el ejemplar.

—De acuerdo.

            Quince días después se acerca por la tienda de animales y comprueba el comentario con el veterinario. Es un cachorro de perro cuya línea de crecimiento no desembocará en un gran animal, su alzada no superará los treinta y cinco centímetros. Según le señala el veterinario, apenas ladra y es juguetón y cariñoso.

—Necesitará acostumbrarse, es un animal con unas características especiales. Durante los tres primeros meses no deberá sacarle a la calle. Ya está vacunado, solo precisa un control mensual, por lo que de manera gratuita podrá traerle aquí para hacer el seguimiento. Come poca cantidad y solo de este tipo de alimento —señala mostrando un compuesto en bolsa— que le iré facilitando gratuitamente. Cuando tenga un año, las visitas se espaciarán cada tres meses y en el segundo no hará falta más que una visita anual. Eso sí, necesito saber cuánto sucede con él, por lo que le pediré lleve un diario ¿Le importará hacerlo?

—Ni mucho menos. Dígame cuánto costará el cachorro.

—Nada señor Gilagua, solo debe educarlo bien, es un animal muy inteligente, y llevar el diario que le he pedido. Sus obligaciones serán únicamente alimentarle y proporcionarle cariño y atención. Si sucediera algo extraordinario me lo trae inmediatamente para verificar ciertos parámetros del seguimiento.

—No se preocupe. Lo haré.

—¿Cómo va a llamarlo?

—No lo sé, ya lo pensaré.

—Pues necesito un nombre para anotarlo en la cartilla sanitaria que exigen las autoridades.

—Me gustaría pensarlo, no quiero precipitarme con un nombre que tal vez más adelante no me guste.

—Entonces esperaré una semana. ¿Es suficiente tiempo?

—Claro. Gracias.

—A usted por admitir el ejemplar. No deje de llamar si necesita alguna ayuda o se le plantean dudas sobre cómo educarle o alimentarle.

—Lo haré.

            El veterinario sale a la trastienda y poco después regresa con un cachorro en sus brazos. Lo pasa a los de Nemesio y juntos, mirándose de vez en cuando, abandonan la tienda camino de su domicilio. No deja de acariciarle la cabeza, pequeña y suave, con pelos largos y blanquecinos mezclados con otros marrones.

            Durante los tres meses solicitados por el veterinario, estuvo encerrado en casa, sin contacto con gente o animal alguno.

            Corretea constantemente, sin lanzar un solo gruñido y su comportamiento es el ideal. Cuando sale para ir a trabajar, le dice Adiós Gene y el perro emite un gruñido respondiendo al saludo. Lo mismo que cuando regresa y expresa Buenas tardes Gene. Entonces el cachorro responde con un gruñido muy parecido. Distintos gruñidos a distintos saludos. Entre ambos existe un dialogo constante. Si le pregunta ¿Tienes hambre? Gene responde con un gruñido como si asintiera. Nemesio tarda muy poco tiempo en advertir que las características especiales mencionadas por el veterinario, hacen honor a lo que cada día descubría en el comportamiento de Gene. Si necesita cubrir sus necesidades esenciales, recurre a otro tipo de gruñido mientras se acerca a la terraza, lugar previsto para ello.

            Un día, Nemesio llega preocupado de su trabajo, abre la puerta y sin saludarlo, entra en el dormitorio para cambiarse de ropa. Cuando sale, Gene aparece plantado frente a la puerta. Nada más abrirla aprecia que el perro parece enfadado, su cara no es precisamente la de un animal contento. Gruñe algo distinto, abre sus fauces y se acerca a las piernas ¡Quieto!, grita, pero el perro no hace caso. Ya sé que estás enfadado, no te he dado las buenas tardes. Disculpa Gene ¡Buenas tardes! Tras decir las frases, el animal parece entenderlas. De inmediato cierra la boca, comienza a mover el rabo en señal de alegría y se refugia entre las piernas de Nemesio, esperando a que le alce para lamerle en aparente señal de reconciliación.

            No tiene más remedio que anotar lo ocurrido, aunque lo adelanta verbalmente al veterinario.

—Le dije que era un animal muy inteligente, si le acostumbró a saludarle cuando se va y vuelve, no deje de hacerlo, de lo contrario lo entenderá como un desprecio.

—Desde luego es inteligente, de eso no hay duda.

—Falta poco para que pueda salir a la calle con él. ¿Ha crecido mucho?

—Bastante, claro que ignoro cuanto más puede crecer.

—Tráigalo mañana, le haremos el control de este mes y así lo comprobaré personalmente.

—Desde luego. Vendré sin falta.

            El veterinario observa en sus propias manos, el resultado de no saludar a Gene cuando le lleva la tarde siguiente a la consulta de inspección. Fue el primer día en que también estuvo en contacto con otros animales. También la ocasión en la que el veterinario puede observar el comportamiento de los demás perros que hay en la consulta respecto a la presencia de Gene. Ninguno de ellos ladra, gruñe o se mueve de la sala de espera junto a sus dueños, mientras Gene está presente. Parecen temerosos, como si algo o alguien les hiciera sentir miedo. No lo consideró en un principio, ya que a veces los animales tienen comportamientos extraños e impredicible. Sin embargo cuando Nemesio y Gene abandonan la consulta, el resto de gatos y perros comienzan a juguetear entre ellos, ladrar, maullar e incordiarse mutuamente.

            A partir de ese día el solitario hombre y su perro, comienzan a recorrer el parque en distintas ocasiones. A primera hora de la mañana, antes de ir a trabajar y posteriormente a su regreso sobre las seis de la tarde. Posteriormente a las nueve y media de la noche dar un último paseo antes de apartarse a descansar.

            Al cruzarse con algún vecino, lo usual es decir buenos días, tardes o noches, como también recibir una respuesta al saludo. Lo mismo ocurre cuando se cruza con algún paseante junto a su perro. En ocasiones incluso los animales cruzan sus correspondientes gruñidos hasta responder con otros menos provocativos después de haberse cruzado en diferentes ocasiones.

            Nemesio no cesa de hablar con Gene, que parece escuchar, incluso responder con un gruñido acompañado de una mirada más o menos inteligente. Al menos es como él lo interpreta. En una ocasión se cruzan con el hombre que propició el ataque de su perro. Ahora lleva un ejemplar de otra raza, también de presa. El perro que lo atacó fue sacrificado por orden gubernamental, tras el juicio y la correspondiente indemnización. Mira Gene, ese individuo que viene por ahí, tenía un perro que me atacó y me produjo estas heridas —dice mostrándoselas— Lo  mira con detenimiento y gruñe algo parecido a lo siento mucho. Nemesio se agacha y le ofrece sus manos para que las lama. Eso entiende al menos. Poco después se cruzan en el camino que separa el parque en dos partes. Ambos hombres se miran, Nemesio, como es su costumbre, lanza ¡buenas noches! y espera respuesta, sin embargo no llega a producirse. El hombre pasa de largo aunque a una mínima distancia, lo que induce a pensar ha oído el saludo. Repite de nuevo ¡buenas noches! con idéntico resultado. En esta ocasión se para y dice una palabra en tono muy bajo dirigida a su perro, sujeto de una cadena a su mano izquierda. Enseguida comienza a ladrar mostrando sus fauces en tono agresivo. Nemesio se detiene asustado, teme un nuevo ataque del animal, sin embargo le sorprende el comportamiento de Gene.

                       Sin soltarse de la sujeción, se coloca entre el perro de presa y Nemesio para evitar el ataque directo. No oye gruñido alguno de Gene. Mientras el Rottweiler continúa acercándose peligrosamente a ambos, él se mantiene quieto, aunque pendiente de cualquier movimiento. Por fin quedan enfrentadas las fauces de ambos perros.

            Tanto Nemesio como el hombre, tiran con fuerza de las respectivas cadenas que los sujetan. No es suficiente, las fauces de ambos  animales están muy cerca. De repente y en un solo segundo el perro atacante es engullido por Gene sin ruido alguno. El dueño del Rottweiler se queda con la cadena en la mano, sorprendido y asustado. Jamás pudo imaginar algo como lo que acababa de ver. Se vuelve hacia Nemesio para escuchar.

—No debería haber hecho eso. Mi perro se molesta mucho cuando intentan atacarlo —menciona Nemesio.

—Están locos ¿cómo ha podido engullir a Pingo un animal de 55 kilos? es imposible. Lo denunciaré.

—Hágalo, está en su derecho, pero también diga que le azuzó para atacarnos.

—Lo tendré en cuenta.

—Nosotros también, pero no olvide lo ocurrido.

            Nemesio toma entre sus brazos a Gene y le acaricia durante unos segundos, luego lo deja en el suelo y continúan el paseo nocturno. Sobre las once de la noche entran en casa. Gene pide agua, gruñe de la forma que sabe hacer. Después ambos se sientan en el sofá. Él toma un sándwich con un vaso de leche, y poco después se quedan dormidos. Gene sobre una manta, al lado de la cintura de Nemesio.

            Aquel día no anota nada especial en el diario propuesto por el veterinario, no tiene intención de descubrir la característica especial de su perro. Convertirse en un ser diez veces su tamaño, que como las serpientes descoyuntó sus mandíbulas ayudándose de las patas delanteras, introdujo al Rottweiler en su boca sin mayor esfuerzo. Aquello no era para describirlo en el diario. Además, hacerlo tal y como prometió, tal vez le obligaría  a desprenderse de Gene, y eso no lo haría nunca.

            A la mañana siguiente, al marcharse a trabajar se despide de su mascota. A su regreso un policía municipal espera en el portal del edificio.

—¿Es usted Nemesio Gilagua?

—Si señor ¿Qué desea?

—Cumplir con mi obligación.

—Claro ¿y me necesita a mí?

—Sí señor, al parecer anoche su perro engulló al de un vecino denunciante.

—¿Cómo?

—Lo que oye.

—¿Y no le parece una fantasía?

—En efecto, pero no tengo más remedio que comprobar el tamaño de su perro.

—Entonces acompáñeme, precisamente subía a por él, tenemos que pasear, ha estado todo el día en la terraza, y ya sabe, necesita hacer sus necesidades.

—Le acompaño si no le importa.

—En absoluto, pero eso sí, no se olvide saludar a Gene, es muy sentido si no le saludan.

Continúa en Benas Noches 2

© Anxo do Rego. Todos los derechos reservados.

 

Safe Creative #1011127835986

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *