Así comienza…Los vagones del miedo

LOS VAGONES DEL MIEDO

por Anxo do Rego 

Segunda novela de la Serie Roberto HC:


SINOPSIS:

Roberto HC ha logrado su nombramiento como comisario y esta novela es la primera en la que afronta y dirige con su equipo de ayudantes, encabezados por el inspector de homicidios Ignacio Dobles. Luis Pinillas inspector especialista en informática. Esperanza Miró, psicóloga criminalista.

En los vagones del Metro de Madrid, comienzan a aparecer viajeros asesinados. El asesino deja en los cuerpos una nota con una serie de números que deben descifrar intentando atraparlo. Para ello ponen en marcha un amplio dispositivo de vigilancia abarcando toda la red del transporte público suburbano. No obstante el o los asesinos continúan sembrando el pánico en la ciudad, concretamente en cada una de las lineas del Metro.


A mi Madre que esperó con entusiasmo

 entrar en el siglo XXI y no lo consiguió.

Yo me quedé para contárselo cuando nos encontremos.

A mi hijo Víctor.

A Susana Garrido, mi constante musa.

A Gloria.


El mal está sólo en tu mente y no en lo externo.

 La mente pura siempre ve solamente

lo bueno en cada cosa, pero la mala se encarga

de inventar el mal.

Johann Wolfgang von Goethe

 Capítulo  1

Generalmente la mayoría de los viajeros no se ocupa de quienes duermen en los vagones del Metro de Madrid. Aquella mujer de mediana edad aparentaba estar dormida, si no hubiera sido por el hilillo de sangre que, desde la comisura de los labios, resbalaba por su barbilla hasta gotear sobre el pecho, manchando de rojo su blusa blanca. La cabeza descansaba sobre su propio brazo derecho, reposado sobre el lateral del asiento de un vagón de la línea 4 del metropolitano.

—Sí señor, subí en la estación de Diego de León y no vi nada en particular. Esa pobre mujer parecía tener sueño, iba dando cabezadas de un lado a otro.

—Pero ¿no observó algo fuera de lo corriente?

—No señor, lo que le he dicho, daba cabezadas.

—¿Observó quien se sentó a su lado?

—No señor, yo solo levantaba la vista del Hola, para ver si se quedaba libre algún asiento y poder seguir leyendo más cómodamente.

—Entonces ¿cuándo se dio cuenta de que la señora no estaba bien?

—¡Caray! pues cuando me senté a su lado y me fijé en la mancha de sangre de su pecho.

—¿Antes de sentarse no se fijó quien estaba sentado a su lado?

—Lo siento, pero no puedo decirle más. Bastante susto llevo encima.

       Un agente de Policía Municipal, ayudado por dos miembros de Seguridad del Metro, tomó nota de los nombres y dirección de cuantos viajeros retuvieron hasta que avisaron a la comisaría. Mientras tanto otro agente permaneció cerca de la mujer evitando que nadie se acercara.

El cuerpo de la fallecida, tras el preceptivo levantamiento del cadáver autorizado por el Juez de Guardia, fue llevado al Instituto Anatómico Forense de Madrid para realizar la oportuna autopsia.

La línea 4 del Metro desde Canillas, estación donde se descubrió el cadáver, hasta la de Parque de Santa María, permaneció sin servicio por causas ajenas a Metro de Madrid, según señalaba la voz femenina metalizada, átona, repetida una y otra vez a través de los altavoces de todas las estaciones de la Red.

En otro lado de la ciudad, en la comisaría de Roberto Hernán Carrillo, la mayoría de los funcionarios, inspectores, subinspectores y agentes, acababan su servicio. Se disponían a apagar los últimos cigarrillos, tomarse el último café de la tarde y quizás después, recoger los coches para acudir a otros menesteres. Finalizó la jornada de trabajo.

Tras el cartel de Comisario pegado en la hoja de la puerta, Roberto HC y el inspector Dobles, responsable de Homicidios, repasa los últimos acontecimientos ocurridos en Madrid, en la demarcación de su comisaría. Ambos mantienen un cigarrillo entre sus dedos y aspiran relajados la combustión para segundos después, exhalar el humo, este a la izquierda y aquel a la derecha de la mesa.

—Se nos está poniendo mal esto de fumar, comisario.

—Ya lo veo, y según creo, el gobierno actual no tardará mucho en sacar una Ley prohibiéndolo definitivamente.

—¿Usted cree que llegarán a tanto?

—Estoy convencido. No tienes más que fijarte en la incidencia del consumo del tabaco y su relación con el gasto de Sanidad respecto a las enfermedades que este dichoso vicio produce.

—Pues que tarden un poco, no estoy dispuesto a dejarlo aún, es demasiado el follón soportado diariamente, para que me obliguen a dejarlo. Mis nervios…

—Tus nervios, como los míos, tendrán que aguantarse y suplir el tabaco con cualquier otra cosa. Ya veremos.

—Cierto, ya veremos.

—Dobles, si no tienes nada más que contarme y te parece bien, lo dejamos hasta mañana, hoy estoy un poco cansado, preferiría irme a casa.

—Claro comisario, solo me restaba comentarle, según su protocolo, que en la comisaría de Canillas llevan un caso por la muerte de una mujer en un vagón de metro. Todavía no saben cómo ha sido.

—Vale, pero no nos afecta, es de otro distrito.

—Desde luego comisario. Entonces hasta mañana.

—Hasta mañana Ignacio.

Cada hombre tomó una dirección diferente, los coches aún mojados por la lluvia caída el día anterior, circulaban por el asfalto sin prisa, aunque señalando su presencia por el pequeño, aunque constante, ruido de sus motores.

Loli, inseparable compañera del comisario, no esperaba que aquella tarde apareciera Roberto antes de lo previsto. Cuando oyó girar la llave que abría la puerta principal de la casa, el corazón se le contrajo por un instante. Luego se tranquilizó al comprobar era él portando un ramo de claveles, y como se abalanzaba sobre ella, ofreciéndoselos y señalando con el dedo índice de su mano derecha, el centro de su boca. Exigiendo un ósculo, o bico, como le gustaba decir a Loli, desde que estuvieran en Galicia y comprobara lo bonito que era decir beso en ese idioma.

—A qué se debe esta visita a tan temprana hora.

—Estaba cansado de permanecer en la comisaría, de ver papeles, de hablar con uno y otro, en fin, de todo. Por un momento pensé que la mejor forma de olvidarme de tanto jaleo sería invitarte a dar un paseo, y si te apetecía, cenar algo por ahí.

—Me parece bien, y lo mejor, que hayas venido. Que me recuerdes de cuando en cuando.

—Entonces, ¿nos vamos a pasear y cenar?

—Claro, ahora mismo me arreglo, dame cinco minutos.

Loli abandona la sala mientras Roberto se dirige a la cocina. En ese mínimo intervalo, su móvil emite un incesante timbrazo, suficiente para que ella lo escuche desde la alcoba donde se cambiaba de ropa para salir a cenar. Se teme lo peor.

—Sí, soy el comisario Hernán Carrillo ¿quién le ha dado este número? Y por favor, dígame quien es usted.

—Disculpe comisario, soy el ayudante del comisario de Canillas, me llamo Rodolfo Riquelme y su teléfono nos lo ha proporcionado el Director General señor...

—Sí, ya sé cómo se llama el Director General —le interrumpe— Pero ¿a qué viene la llamada?

—Verá comisario, hace dos días encontramos una mujer muerta en la Línea 8 del Metro, y como hoy ha aparecido otra en la 4 pues …

—Pues ¿Qué?

—Según el protocolo preparado por usted cuando algo extraño aparece, debemos comunicárselo.

—¿Y?

—Ambas mujeres han aparecido en las mismas circunstancias. En un vagón, sentadas y aparentemente dormidas.

—Bien y que tienen de extraño, solo son dos muertes en dos días y de similares formas.

—No lo sabemos comisario, pero nos gustaría conocer su opinión

—¿Ahora?

—No, claro que no. Pero si nos pudiera recibir mañana.

—Está bien, les espero en mi despacho ¿Le parece bien a las 10 de la mañana?

—Claro comisario, allí estaremos

—¿Estaremos? ¿Quiénes?

—Mi comisario, el inspector de Homicidios y yo mismo

—Entonces hasta mañana a las 10.

—Gracias comisario.

—De nada Riquelme.

Roberto cuelga el teléfono al tiempo que Loli aparece en la sala dibujando un interrogante con el dedo índice.

—¿Se nos ha fastidiado la cena?

—No cariño, nada de eso, solo preparando trabajo para mañana.

—Uff — suelta agradecida Loli.

—Tranquila —insiste Roberto— hoy no nos fastidia nadie la cena.

—¿Seguro que no?

Salen del portal y mientras ella le agarra fuertemente del brazo izquierdo, él mira hacia donde se encontraba aparcado el coche. Son las nueve y media de la noche cuando llegaron al restaurante. Entregan las llaves al aparcacoches y sin esperar se dirigen a la sala.

Terminan de cenar y optan por dar el paseo prometido horas antes a Loli. La noche, aunque fresca, permite caminar, aunque con los abrigos por encima. Fundamentalmente por las inoportunas ráfagas frías, que de cuando en cuando les llegan desde el conjunto deportivo Vallehermoso. Las luces de las calles adyacentes invitan a seguir caminando. Sin darse cuenta llegan a la confluencia de la calle Islas Filipinas con la de Cea Bermúdez. Siguen paseando. Minutos después advierten la presencia de un numeroso grupo de personas formando una disimulada barrera. Mientras sirenas y fogonazos de luces, amarillas y azules anunciaban la presencia de alguna ambulancia y vehículos de policía.

Loli toma con más fuerza el brazo de Roberto. Apresuran el paso hasta concluir en la barrera humana. La boca de la estación de metro Islas Filipinas es el núcleo. Algunos policías municipales han dispuesto un cordón de seguridad impidiendo a los mirones acercarse.

Roberto no lo piensa dos veces, se acerca a uno de los policías, le muestra su identificación y pide pasar.

—¿Quién es el inspector que lleva este asunto?

—No ha venido aún —contesta un agente.

—Entonces, por favor denme toda la información que tengan, yo me haré cargo hasta que aparezca.

—De acuerdo señor —señala el agente.

—Ahora póngame al corriente, por favor.

—De acuerdo comisario. Han aparecido dos cadáveres, un hombre y una mujer. Ambos sentados en uno de los vagones y en extremos opuestos de uno de los asientos triples. Aparentaban estar dormidos y claro, a estas horas no es de extrañar. Al parecer alguien se acercó a recoger el bolso de la mujer, caído en el suelo, y al moverla para intentar despertarla, creyéndola dormida, la mujer resbaló cayendo al suelo. Luego asustado, pidió ayuda al hombre que también parecía dormido. Al no recibir tampoco respuesta, ni incorporarse por el balanceo a que fue sometido, éste ha tirado de la alarma paralizando el convoy. Más tarde nos han llamado y hemos solicitado una ambulancia. Fundamentalmente para quien los ha descubierto, está bajo un ataque de nervios. Ahí está —dice señalando a una ambulancia del Samur.

—Muy bien agente, ahora dígame si ese individuo iba solo en el vagón, o le acompañaba alguien más.

—No señor, nadie más.

—Entonces, tómele los datos personales. Esperaremos a que se calme, más tarde le tomaremos declaración.

—De acuerdo comisario.

—Mientras tanto, esperaremos al inspector de Zona. Supongo no tardará en venir.

Cinco minutos después, el ulular de un coche camuflado anuncia su incorporación a la escena. Roberto tras darle al inspector recién llegado toda la información y comunicarle las decisiones tomadas, abandona la zona acompañado de nuevo por Loli, que esperó estoicamente a que acabara su trabajo extra.

—¿Ves? nadie nos ha quitado el paseo.

—Ya, pero nos lo han fastidiado. Por favor vámonos a casa, y no me cuentes nada de lo que ha pasado. Quiero que la noche acabe feliz. Para mí es muy difícil apartarme de esta realidad como haces tú. Es tu trabajo, pero yo no me acostumbro.

—De acuerdo, no te hablaré de esto. Tampoco quiero preocuparte demasiado.

—¿Por qué lo dices?

—Por nada Loli, por nada. Ahora vayamos a por el coche y tomemos una última copa en casa.

—Vale —le da un rápido beso.

La mañana no aparenta ser el inicio de un día tranquilo. Tras un café cargado y cortado con poca leche, Loli le presenta un amplio plato con tostadas recién hechas, cruasanes y unas magdalenas no exentas de aroma de limón recubiertas de azúcar.

—Déjame desayunar contigo —dice Loli cariñosamente— estoy convencida de que hoy será un ejemplo de lo que eras antes de convertirte en comisario.

—No lo sé, pero también intuyo algo preocupante. En un corto espacio de tiempo he tenido conocimiento de cuatro casos similares. Me da mala espina.

—Lo se Roberto, lo sé. Pero no permitas que como antaño, el trabajo te retenga hasta el extremo de no venir a verme al menos una vez por semana. ¿Me lo prometes?

—Desde luego, te tendré al corriente.

—Gracias, y ahora tomemos el café antes de que se enfríe.

—Claro.

Nada más llegar al edificio de la comisaría, Roberto siente que la sangre de todo su cuerpo circula más caliente y deprisa que nunca. Incluso el día en que descubrió las latas de espárragos rellenas de euros en uno de los casos siendo el Inspector de Asuntos Extraños. Abre la puerta de su despacho, mira el reloj de sobremesa y comprueba que aún faltan más de quince minutos para la cita con el comisario de Canillas y sus acompañantes. Llama a Dobles para que le acompañe.

—¿Que ocurre comisario?

—Quiero tu presencia en la reunión prevista para dentro de unos minutos.

—¿Reunión?

—Sí, con el comisario de Canillas, su adjunto y un inspector, creo que de Homicidios.

—¿Razón comisario?

—Recuerdas los últimos minutos de ayer. Me comentaste que una mujer apareció muerta en la estación de Canillas de la Línea 4 del metro. Bien, pues al parecer, hace unos días apareció otra en similares circunstancias, aunque desconozco donde, pero sí que fue en la misma zona de esa comisaría.

—¿Y que nos implica a nosotros jefe?

—Nos implica el protocolo de Asuntos Extraños, Ignacio. Es más, teniendo en cuenta lo que vi anoche con mis propios ojos, estoy seguro de que el comisario de la Zona no tardará mucho en llamarme.

—¿Por qué?

—Sencillo, anoche aparecieron dos cadáveres más en un vagón de la Línea 7, y me parece mucha coincidencia.

—Confiemos en que sea mera casualidad.

—Me temo que no Dobles. Me temo que no.

—No sea gafe.

—No lo soy, pero tengo un presentimiento. Antes de la hora de comer tendremos zafarrancho. Si no al tiempo.

Suena el teléfono anunciando la visita del comisario de Canillas. Señala el consabido, ¡acompáñelos hasta mi despacho! Seguido de un ¡gracias! Minutos después los tres hombres se reúnen con Roberto Hernán Carrillo e Ignacio Dobles. Tras las preceptivas presentaciones pide a sus invitados le acompañen hasta una de las salas.

—Yo diría —inicia Roberto—que parece una casualidad.

—Me temo que no Roberto —anuncia el comisario Castillón— ambas mujeres aparecieron del mismo modo, aparentemente dormidas y recostadas sobre el reposabrazos del asiento. Nadie vio u oyó nada, ni tan siquiera un estertor, tal vez un pequeño sonido cuando les atravesaron el costado con un instrumento punzante y fino.

—Iba a preguntar por el arma homicida. Disculpe, prosiga por favor, Castillón.

—Es muy posible que las dos mujeres estuvieran en efecto, dormidas, de ahí que nadie percibiera algo. Es más, lo extraño es el horario, por la tarde a partir de las seis, cuando los vagones van más llenos. La gente ha salido de su trabajo y vuelven a sus casas cansados.

—Lo sé comisario, anoche mismo fui testigo fortuito de la aparición de dos cuerpos. Un hombre y una mujer. Ambos en la Línea 7 que también aparentaban estar dormidos. Es más, confío en que el comisario de Zona nos informe durante la mañana. Si no lo hace, creo que seré yo quien le llame.

—¿Que piensa comisario?

—Aún nada, pero permítanme decir que si mis temores se confirman, estamos ante un asesino en serie, o un grupo de asesinos similares a los casos de los juegos de rol.

—¿Entonces?

—Esperaremos para hablar con el compañero en la zona de Filipinas.

Fue como una premonición, el teléfono sonó repetidamente.

—Bien, páseme la llamada.

—En efecto soy Hernán Carrillo, y tú el comisario de Zona supongo.

—Por el momento Roberto, por el momento.

—Bien, esperábamos tu llamada, y veo no te has demorado, así que, si no te importa, deberías acercarte con tu gente. Te esperamos, te invitaremos a café y tabaco.

—Tardaré diez minutos.

—Perfecto.

            Segundos más tarde.

—Si os parece bien —dice dirigiéndose a sus cuatro compañeros— esperaremos a Félix Úbeda y su gente, creo que tiene algo que contarnos.

            Poco tiempo después el grupo se amplía.

            La mañana trascurrió como la había imaginado, tensa y movida. Apenas salieron de la sala de reuniones donde iniciaron la jornada. Alguien sugirió pedir algo de comer cuando se acercaron a las tres de la tarde. A través del inspector Dobles, avisaron a Vicente, propietario de la Cafetería Sanchidrián para que les abasteciera de algunos platos.

            Era obvio que, careciendo del resultado de las autopsias, no podían iniciar las investigaciones. Era preciso saber si las cuatro víctimas habían sido objeto de parecida o similar forma de morir. Además de otra serie de circunstancias, que sin duda aclararían con los datos aportados por el tercer comisario.

            Durante más de cuatro horas tuvieron oportunidad de intercambiar información sobre los asesinatos, buscar un factor común, añadir sus impresiones, aun imprecisas, y como no, establecer que la dirección de aquellos casos debería recaer en uno de los tres comisarios allí reunidos.

—Señores —señala Roberto— me gustaría poder descansar un poco, llevamos todo el día encerrados, leyendo, mirando fotos y anotando datos. Es bastante tarde, y mientras no tengamos los informes de las autopsias, deberíamos esperar y no dar palos de ciego. ¿Qué les parece si volvemos a reunirnos en cuanto dispongamos de ellos y lo dejamos por hoy?

            Se despiden. Volverán a verse pronto.

            En otro barrio de Madrid, alguien acababa de levantarse.

            La mañana se le antojaba aburrida, tomó un café con algo de leche y dos galletas. Poco después cerró con un golpe seco, sin poner llave alguna, la puerta de salida al pasillo que le llevaba a la calle. Luego despacio, mirando a un lado y otro de la estrecha y sucia calle, como si temiera que alguien le siguiese, pasó como todos los precedentes días por la puerta de un cochambroso y sucio video club. Comprobó la circulación a ambos lados de la calle, antes de cruzar hacia la parada del autobús, que dejó atrás. Más tarde se acercó el reloj al ojo derecho. El izquierdo hacía tiempo que se había convertido en algo inútil, solo ocupaba espacio en su rostro, su visión había perdido la perspectiva racional y tridimensional. En ocasiones había tropezado con los dichosos bolardos, o chirimbolos como le gustaba decir, que el Ayuntamiento de Madrid mandaba poner en los bordes de las aceras evitando que los coches aparcaran encima. De hierro, oscuros y lastimosos. Poco después aparecía bajo los soportales. Mientras caminaba se cruzó con una pareja de policías, que muy seguro...

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