Así comienza… La última reencarnación

LA ÚLTIMA REENCARNACIÓN

Por Anxo do Rego

5ª Novela de la Serie Roberto HC

SINOPSIS:

La aparición de un cadáver al que le han extraído el corazón, hace que Roberto HC continúe la investigación iniciada por el inspector de homicidios Ignacio Dobles.

Otros asesinatos similares se suceden. Mientras tanto un individuo con problemas de adaptación social, se pone en manos de un psicoanalista, quien le recomienda realizar unas sesiones de hipnosis inducida y así facilitar un proceso de regresión que le ayude a diagnosticar más acertadamente.

Los asesinatos no cesan y Roberto HC con ayuda de Esperanza Miró, psicóloga criminalista, logran acorralar a un sospechoso. Sin embargo esta acción provocará a ambos unas situaciones peligrosas.

Aparición del asesino enemigo número uno de Roberto HC


A mi amigo Arturo Fernández, Le Bretón, por su amistad y por ser

 un estupendo hacedor de milagros con mis escasos cheveux.

A Gloria MB


Para entender el corazón y la mente de una persona,  

no te fijes en lo que ha hecho

 ni te fijes en lo que ha logrado,

sino en lo que aspira a hacer.

Khalil Gibran


Capítulo 1

Madrid

El inspector Ignacio Dobles llevaba casi una semana investigando un asesinato. El cuerpo de un hombre al que le faltaba el corazón. Alguien cruel y sanguinario se lo extrajo de la caja torácica. El cadáver, un hombre de unos cuarenta años, apareció en el garaje de la oficina donde trabajaba como Inspector Técnico de Siniestros de una conocida empresa aseguradora. El motivo no parecía ser atraco o robo. Todas sus pertenencias aparentaban estar en su sitio. Una cartera de cuero negro con documentación, un billetero con trece billetes de cincuenta euros, algunos más de veinte y diversas monedas, negaban la posible evidencia. El reloj, de marca muy apreciada, seguía sujeto a su muñeca izquierda. Del mismo modo encontraron un teléfono móvil de última generación y un ordenador portátil.

—¿Cómo llevas la investigación? —pregunta el comisario Roberto HC a su inspector.

—Mal. Francamente mal. No he logrado avanzar nada. Además, no me encuentro bien. Creo que he cogido esa maldita gripe que avanza inexorable sobre Madrid.

—Ve al médico. Según dicen, este año los síntomas son más fuertes que en ocasiones anteriores. Debemos poner más cuidado.

—Lo sé, pero falta gente, también tienen gripe.

—Peor sería que nos contagiaras.

—Tienes razón.

—Será mejor que consultes al médico y te quedes unos días en casa al cuidado de Encarna.

—Como quieras. Entonces te paso el expediente para que puedan investigarlo.

—Perfecto Ignacio.

—Gracias.

Roberto recoge el expediente con las anotaciones del inspector, lo lee y se dispone a pasárselo a Espinosa, pese a ser responsable de Robos y Atracos. Pero como le había recordado Dobles, están sin apenas agentes por culpa de la gripe.

Antes de entrar en el despacho, un agente se adelanta para decirle que el inspector Espinosa acababa de llamar comunicando se encuentra afectado por gripe. Regresa a su mesa de trabajo diciendo en voz baja: Está bien, tendré que hacerlo yo. Durante un buen rato se entretiene en revisar todos los asuntos pendientes en la comisaría. Comprueba que nada interrumpa su retomada labor de investigador.

¡Bien! —se dice satisfecho— por fin volveré a llevar personalmente un caso después de tanto tiempo. Con un entusiasmo casi juvenil, descuelga el teléfono y llama a su mujer a la oficina.

—¿Loli?

—Dime. ¿Ocurre algo?

—Nada. Solo quería invitarte a comer. Hace tiempo que no lo hago

—¿A qué hora y dónde?

—Dentro de una hora en el antiguo obrador de la calle Pintor Juan Gris, por la Plaza de Cuzco. Creo que hacen un buen arroz con bogavante.

—De acuerdo cariño, allí estaré.

Durante los postres, Roberto le adelanta que acaba de asumir la investigación de un asesinato, con ciertos matices de asunto extraño.

—Estarás contento —señala Loli.

—En parte si, aunque preocupado por Ignacio. Es un expediente que inició él, seguro que le habría gustado acabarlo.

—Lo dices como si se hubiera marchado.

—No cariño, pero con la gripe que ha cogido le retendrá en casa el suficiente tiempo para que yo pueda acabar el caso. Si no se le complica, ya sabes lo delicado que tiene su estómago.

—¿Y de que se trata, si puedo saberlo?

—Preferiría no decirte nada en este momento. No te agradaría escucharlo. Lo haré en otra ocasión, si no te importa.

—Claro.

Al salir del restaurante acompaña a su mujer hasta casa y regresa a la comisaría. Abre de nuevo el expediente y comienza a leer para retomar la investigación con carácter inmediato. Enseguida e interrumpiendo su lectura, suena el teléfono repetidamente.

—¿Roberto? —pregunta el Director General de la Policía.

—Dime José Maria.

—Deberíamos hablar personalmente.

—¿Es urgente?

—Desde luego.

—Bien, ahora mismo me acerco a tu despacho. Acabo de retomar la investigación de un asesinato y tengo a la mayoría de mis inspectores de baja por gripe.

—Me imagino que no será como el que quiero plantearte.

—No lo sé. Dime de que se trata.

—Será mejor que hablemos cuando vengas.

—No tardaré más de veinte minutos.

—Te espero, gracias.

—De nada Jefe.

En el despacho del Director General y en presencia del Consejero de Justicia e Interior de la CAM (Comunidad Autónoma de Madrid), Roberto es informado detalladamente.

—Entonces son tres los asesinatos conocidos hasta este momento.

—Así es. No queremos que cunda el pánico.

—Intentaré ser consecuente. Tampoco a mí me gusta airear los casos que investigamos y menos cuando se trata de este tipo de asesinatos.

—¿Puedo contar con su colaboración y silencio?

—Desde luego Consejero. Aunque aprovecharía para pedirle que tanto ustedes, como el Municipio, no se inmiscuyan y nos dejen trabajar con tranquilidad. No me gustaría que ocurriera algo similar al caso de los asesinatos en el Metro. ¿Recuerda?

—Claro. No se preocupe. Le recuerdo que considere mi oferta de colaborar en cuanto pueda necesitar.

—Se lo agradezco.

—Bien, si no les importa, ahora debo ocuparme de otros asuntos. Adiós comisario, señor Director General.

Adiós – responden al unísono.

Nada más salir, Roberto increpa al Director General, dada su relación de amistad.

—José Maria no sabía que estaba el Consejero, deberías haberme advertido.

—Lo siento, pero fue él quien me obligó a llamarte. Ten en cuenta que uno de los asesinados es un importante hombre de negocios relacionados con la construcción, afiliado a su partido político.

—¿Dónde ha ocurrido?

—Poco tiempo después de salir en el coche de su casa en La Moraleja, en pleno Paseo de la Castellana. Paró en un atasco y alguien aprovechó para meterse en el coche a empujones.  Pensó que se trataba de un atraco. Lo sabemos, pues acababa de hablar por teléfono con el propio Consejero. Horas después y a la vista que no aparecía a la cita, se puso en contacto con su empresa, luego con su casa y más tarde con la comisaría, donde pocos minutos antes, tenían noticias del suceso.

—Supongo que también le han sacado el corazón, ¿no es así?

—En efecto. Es una de las razones por las que iba a pedir te hicieras cargo personalmente de la investigación.

—Pues ya ves, no ha hecho falta. ¿Y el otro?

—En la otra punta de Madrid. Se trata del director de una sucursal bancaria. Le abordaron cuando salía para tomar un café. Según dijo su adjunta en el banco, le vio hablar con alguien que le tomó por el brazo.

—Está bien. Pasaré por las comisarías para recoger los expedientes.

—No hace falta, ya los he pedido, están ahí encima.

—Veo que estás en todo.

—Como siempre.

—Perfecto José Maria. Supongo que estarás en disposición de apostar algo sobre la solución de estos casos.

—Iba a proponértelo. Hace tiempo que no abordábamos nuestra antigua costumbre.

—Pues adelante. Propongo un fin de semana para los cuatro en Lanzarote. En uno de esos hoteles donde no hace falta salir para nada, tienen de todo y solo debes ocuparte en descansar.

—Perfecto. Buena idea. Si resuelves en menos de tres meses pago yo, si superas ese tiempo lo haces tú.

—De acuerdo. Ahora me marcho debo investigar.

—Saluda a Loli de mi parte.

—Y tú a Aurora de la mía.

Unos años antes en Madrid. 

Evaristo, como la gran mayoría de los ciudadanos, cuando acabó su época en la universidad, trató de encontrar el difícil puesto de trabajo que le permitiera desarrollar cuantos conocimientos había adquirido. Poner en práctica su intelecto y capacidad. Asumir responsabilidad junto a derechos y obligaciones. No fue fácil para un joven, hijo de emigrantes en Francia, trasladarse definitivamente a España y concretamente a Madrid, para enfocar su futuro.

Sus padres hicieron algo de dinero durante los años que trabajaron allí sin descanso. Con él, y de regreso a España, pusieron un negocio de hostelería que regentaron hasta que un banco reclamó lo prestado y les obligó a cerrar la casa de comidas. Oyó decir que fueron las deudas contraídas, aunque también, que la edad restaba fuerza e ilusión a sus padres para continuar con el negocio. En ella, su madre, estupenda cocinera, supo fusionar el estilo de cocina que conoció en Francia, con la que sus abuela y madre, la enseñaron en su juventud. Los clientes o parroquianos, acudían a diario, especialmente los jueves, a comer su copioso guiso de pato con alubias. Por eso no alcanzaba a comprender la razón que los llevó a contraer deudas. Meses después comprobó cómo donde antes estaba «El Fogón Simple», apareció la sucursal urbana número ciento treinta y ocho de un importante banco comercial. La esquina y chaflán a las dos calles fue sin duda una de las razones, que motivaron el abandono.

Sus padres no fueron los mismos a partir de ese momento. Cayeron en un proceso de desafección por cuanto les rodeaba. Sus vidas, hasta entonces ocupadas en un constante y motivado trabajo responsable, se transmutaron en una ociosa e incomprensible situación alienadora. La televisión ocupó más del setenta por ciento de su tiempo. Aquellas conversaciones de antaño llenas de intensidad, recuerdos, incluso cubiertas a veces con peticiones de ayuda y apoyo, se tornaron absurdas, limitadas y dirigidas exclusivamente a comentarios sobre los numerosos programas sobre vidas ajenas de las emisoras.

Su madre dejó de cocinar para la familia. Cambió sus excelentes platos, por otros precocinados, congelados o demasiado simples, como huevos fritos con patatas. Dos años después sus padres se divorciaron. Su madre se quedó en la vivienda que hasta entonces compartieron como matrimonio. Su padre rentó un diminuto apartamento en un barrio del sur de Madrid. Apareció muerto tres meses después. La autopsia dictaminó una fuerte dosis de pastillas para dormir que paralizaron su corazón. Su madre soportó esa pérdida solo tres meses. Posiblemente la pena y tristeza terminaron minando su pobre corazón que también se paró.

Evaristo soportó como pudo los bandazos que la vida le ofreció. Del guion trazado cuando acabó la universidad solo había cumplido hasta ese momento un pequeño porcentaje. Durante muchos meses apenas pudo mantener su incipiente relación con Maria Antonia. Ella no se quejaba, pero reconocía que no poner remedio podría perderla.

Tras la desaparición de sus padres, vendió lo poco que heredó de ellos y con el dinero conseguido se planteó comprar una vivienda. Habló con el director de sucursal de un banco quien le recomendó invertir en un fondo de inversiones. El trabajo conseguido a veintiséis kilómetros de Madrid no era muy bueno, aunque sí un escalón que propiciaría otro con posterioridad tal vez mejor.

Tres años después propuso a su novia matrimonio. Se casaron y juntos se comprometieron de por vida al pago de una importante hipoteca. La entrada inicial fue aportada con los ahorros obtenidos por ambos durante esos tres años. Parecía que todo comenzaba a encarrilarse.                                                      

Mes de Febrero actual. 

El día amanece soleado con temperatura agradable. Roberto se siente rejuvenecido por trabajar como en sus buenos tiempos de inspector de homicidios, y posteriormente al frente de la Sección de Asuntos Extraños. Siempre le gustó el proceso de investigación, caminar, buscar, preguntar. Le parecía el trabajo más reconfortante del mundo. Sobre todo, cuando el resultado final era muy parecido a lo que imaginó al iniciar sus investigaciones. Aquellos asesinatos se presentaban como un reto, si bien eran tres los cuerpos encontrados, los hechos estaban a suficiente distancia como para no creer que la Providencia los uniría. Pensó en darles un ordinal particular, además del otorgado por el protocolo de actuación.

Se propuso comenzar por Nueva Etapa 01. El expediente lo tenía claro después de las anotaciones realizadas por Ignacio Dobles, que aún seguía en cama con gripe. Luego cifró con el NE-02, el correspondiente al consejero delegado de la constructora, y por último asignó el NE-03, al director de la sucursal bancaria.

Abre el NE-02, comprueba las fotografías tomadas por la Judicial para preparar sus propias notas.

El cuerpo de un hombre de unos cincuenta años aparecía sentado frente el volante de un vehículo de alta gama. La cabeza descansaba sobre su propio pecho. La camisa desabrochada y la corbata en la posición de haber intentado desanudarla. Vómitos sobre el volante y sus propios pantalones, y en su mano derecha el móvil. Según leyó posteriormente intentó hacer una llamada al 112, aunque no llegó a comunicar. Una gran mancha de sangre cubría la moqueta del coche y su cintura. Le faltaba el corazón de su caja torácica.  El vehículo estaba siendo examinado para encontrar rastros y huellas. El informe de la autopsia aún no había sido remitido por el forense.

Según referenciaba el informe, la mayoría de las mañanas hacia el mismo recorrido. Pasaba por la zona donde actualmente se encuentran cuatro inmensas torres, antes de llegar a la Plaza de Castilla. El coche se encontraba; según un testigo; en la caravana producida por los continuos atascos a primera hora de la mañana. Después de llamar su atención, no moverse y usar el cláxon repetidamente, optó por salir e ir hasta el coche. Al acercarse para increparle le vio en la situación fotografiada. Llamó a la policía y esperó asustado para dar testimonio.

Decidió esperar el informe de la autopsia para iniciar la investigación. Anoto: Despacho, familia, amigos y posibles enemigos. Luego cerró la carpeta y se dispuso a ver el siguiente.

El muerto del NE-03 era más joven, posiblemente no llegaría a los cuarenta años. El cuerpo se encontró en una cafetería cercana a la Plaza de Legazpi. Según uno de los camareros, le vieron entrar camino del cuarto de baño, con una de sus manos tapando su boca y haciendo gestos por sujetar el vómito. Le indicaron el camino, y tras dar unos pasos desacompasados bajó la escalera. Pasó un buen rato cuando le encontraron caído en el suelo entre la puerta y la taza del sanitario Los restos de los vómitos se mezclaron con orines y sangre. No advirtieron la incisión sanguinolenta y la falta de su corazón. Después llamaron a la policía y durante unas horas la cafetería permaneció cerrada hasta que el Juez dictaminó el levantamiento del cadáver.

Tampoco pudo leer el informe de rastros, huellas y autopsia. Sin embargo, recordó que al parecer le vieron salir de la sucursal bancaria y como un hombre le tomó del brazo. Esperaría como en el caso anterior, aunque esta vez anoto: Comprobar tomas de la cámara de seguridad del banco. Encendió un cigarrillo, dio dos caladas y lo apagó. Se había prometido intentar dejarlo y pese a que estaba definitivamente prohibido fumar dentro de la comisaría, él se lo permitía a veces.

Capítulo   2

 

Mes de Octubre. Un año antes

El trabajo de Evaristo como adjunto del responsable de laboratorio de calidad alimentaria dependía del director de fabricación, formado en la antigua escuela. Le tomó cariño. A veces almorzaban juntos en un restaurante cercano, dentro del polígono industrial donde se asentaba la fábrica.

En ocasiones reían cuando conducía el vehículo y efectuaba alguna maniobra imposible. Entonces el director de fabricación le aseguraba:  No es extraño, sabrás que saqué el carné de conducir después de examinarme en quince ocasiones.  Por eso sufrió cuando supo que le obligaron a jubilarse con dos años de antelación. Era el tiempo por él calculado para intentar escalar en la empresa. Sin embargo, pusieron al frente a un diletante sin escrúpulos, aunque no tuvo momentáneamente problema alguno con él.

Maria Antonia, como él, no quiso tener hijos por el momento. Decidieron que al menos durante los primeros cinco años, responderían a sus deseos con la necesidad de divertirse un poco, disfrutar de la vida. Tiempo tendrían para dedicar su vida a criar y educar a sus hijos. Tres fue el número elegido.

Antes de tomar el segundo café de la mañana de máquina con un elevado porcentaje de torrefacto, le pidieron telefónicamente presentarse en el despacho del recientemente nombrado director de fábrica.

—Pase —contestaron al golpear con los nudillos la puerta.

—Buenos días señor Castillo —dijo nada más entrar.

—Pase y por favor, siéntese. Queremos hablar con usted.

En uno de los sillones confidente esperaba el director de relaciones humanas e industriales.

—¿Se conocen verdad?

—En efecto —contestó él— de cuando firmé el contrato laboral hace más o menos tres años.

—Así es —repuso el señor Arcentales.

—Me gustaría saber la razón de esta reunión —señala.

—Evaristo —comienza divagando el director de fabricación señor Castillo— hace tiempo llevamos intentando potenciar un mercado aún por explotar debidamente. Deseamos incorporar a un equipo joven que se comprometa con esa idea y esté dispuesto a asumir el reto.

—¿Podría concretar algo más?

—Naturalmente. Estamos en disposición de iniciar una línea de productos dirigidos a la tercera edad fundamentalmente. Tenemos proyecciones a corto, medio y largo plazo que indican, sin ningún género de dudas, serán los productos del futuro.

—¿Y dónde entro yo? ¿Por qué supongo que van a ofrecerme algo, no es así?

—En efecto. Claro que esto significa, y ahí entra el señor Arcentales, renunciar al contrato y antigüedad que ahora tiene y firmar otro con la nueva empresa del grupo, en proceso de constitución.

—No estaría de más conocer su oferta por escrito para estudiarla detenidamente.

—Claro. Está preparada. Tenga —dijo mientras alargaba la mano con una carpeta.

—¿De cuánto tiempo dispongo para contestar?

—Solo tres días —respondieron.

—Lo consultaré con mi mujer. Es posible que mañana pueda responderles.

—Muchas gracias.

Salió de aquel despacho y se dirigió al suyo con paredes de cristal, que le permitían seguir viendo los trabajos en el laboratorio. Se sentó unos minutos, abrió la carpeta y comenzó a leer despacio la oferta. Aquel día no bajó a almorzar, pidió un bocadillo y un café. A las cinco y media, como cada tarde, cerró con llave y salió de regreso a casa. Se metió en el Peugeot rojo, que aguardaba desde las ocho de la mañana en el aparcamiento dentro del complejo, y enfiló la carretera en dirección a Madrid. Durante el trayecto fue pensando que diría a su mujer.

Una vez en su domicilio.

—A mí no me parece mala idea. Subes de categoría, más sueldo y un importante reto, sobre todo.

—Desde luego parece ideal, pero no alcanzo a comprender la razón. Disgregar las fuerzas sinérgicas, montar otra fábrica o utilizar una en maquila, no es lo ideal. No entiendo de economía, ni de planteamientos industriales o de marketing, pero no me huele nada bien todo esto. Además, me dan la oportunidad de hacerme responsable de toda la línea, bueno, me refiero a la calidad de los productos y la investigación.

—¿No crees que podría confundirse tu temor con un oculto miedo de afrontar lo desconocido?

—Ni mucho menos. Pero no sé, no estoy del todo convencido. Tú por lo que veo, sí.

—Desde luego cariño. Puede ser tu lanzamiento dentro del grupo.

—De acuerdo, lo consultaré esta noche con la almohada.

—Como quieras. De cualquier modo, estaré conforme con la decisión que tomes.

—Gracias.

A media mañana del jueves, Evaristo llamó por teléfono al director de fabricación.

—Firmaré el contrato. Puede pedir que lo redacten y preparen para la firma cuando quiera.

—Imaginaba que aceptaría. Se lo agradezco. Será parte fundamental de una nueva era dentro del Grupo. No se arrepentirá, se lo garantizo.

—Eso espero. Aunque me gustaría puntualizar una serie de cuestiones.

—Como quiera, pero habremos de esperar al menos unos días, de momento todo esto es un primer paso. El siguiente lo será para preparar juntos la línea. Nos queda mucho camino por recorrer. Falta contratar al responsable de marketing, distribución y al resto del equipo de fabricación.

—Por cierto, señor Castillo, ¿puedo hacerle una pregunta?

—Por supuesto. Adelante.

—¿Desde cuándo tenían pensado introducir la línea de productos para la tercera edad?

—No sabría decirle exactamente, supongo que es algo surgido en conversaciones durante las reuniones periódicas que celebra la Dirección General con cada uno de sus Directores de División.

—Es decir, que no es una idea heredada de su predecesor señor Castellanos supongo.

—Claro que no, es algo reciente. ¡Eso es! Una idea muy reciente.

—Entiendo. Ahora debo regresar a mis ocupaciones. Ya sabe, estoy a su disposición tanto para lo actual, como lo futuro.

—Por supuesto, le tendré al corriente. Dentro de unos días celebraremos otra reunión con las contrataciones que vayamos haciendo.

—Así conoceré a mis nuevos compañeros.

No quedó satisfecho con las respuestas. Las dudas e inquietudes comenzaban a superar la barrera de asumir un riesgo calculado. Sabía, por las continuas charlas mantenidas con el antiguo director, que había preparado todo un amplio expediente sobre la alimentación dirigida a la tercera edad. Recordaba que dos meses antes de su inesperada jubilación anticipada, mantuvo reuniones periódicas con su equipo antes de llevar el proyecto definitivo a la reunión de directivos con la Dirección General y el Consejero Delegado. Por supuesto que su adjunto en aquellos días era Rafael Castillo. Después se mantuvo alejado dos días de la empresa, y por fin, presentó la dimisión según supo más tarde, bajo la figura de una jubilación anticipada. Así facilitó asumiera el puesto vacante, su diletante director adjunto.

Tomó el teléfono y tras los saludos de rigor dijo.

—Me gustaría hablar personalmente con usted, señor Castellanos.

—Claro, puedo invitarte a un güisqui en mi casa. ¿Sabes dónde vivo?

—No. Solo tengo su teléfono.

—Pues anota la dirección. Te espero mañana por la tarde sobre las seis y media. ¿Te viene bien?

—Si, estupendamente.

—Hasta mañana entonces.

—Hasta mañana.

Transmitió las dudas a su mujer. También que la tarde siguiente iría a visitar al antiguo director, para comentarle la propuesta y solicitar su opinión. No dijo nada de lo hablado con el nuevo responsable del área de fabricación.

—Eso me parece mejor —comentó Maria Antonia— así conocerás el criterio de alguien que estuvo al frente de la fabricación hasta hace poco.

—Claro.

Aparcó el coche junto a una inmensa farola con cuatro focos que arrojaban su luz contaminante al cielo de Madrid. Las paredes que separaban el chalé del resto de vecinos estaban pintadas de blanco. Detrás de ellas no había sembrado césped alguno, solo algunas macetas con geranios dormidos aún por el frío,calor,frío, del extraño invierno que padecía Madrid ese año. Nada más pulsar el timbre oyó a un perro. Cuando le vio comprendió la desidia en los ladridos. De raza híbrida, chucho callejero, de pelaje corto, con manchas negras y blancas cubriendo su pequeño cuerpo. Oyó comentarios respecto a que los dueños de mascotas asumen cierta similitud con ellas. Lo cierto era que Francisco Castellanos y su perro Asdrúbal, tenían casi idéntico rostro.

La casa estaba desprovista de fotos de jóvenes y niños. El matrimonio Castellanos no tuvo hijos y consecuentemente no había nietos con quienes jugar. Era lógico pensar que no necesitara césped alrededor del chalé, ni piscina, ni barbacoa. Solo era eso, una vivienda de una sola planta para un matrimonio, ahora jubilado sin más pretensiones.

—Pasa, estás en tu casa —le dijo nada más abrir la puerta.

—Gracias señor Castellanos.

—Agradezco tu respeto, pero ¿no crees que podrías llamarme Paco, como todos mis amigos?

—Como quiera.

Evaristo recorrió con su mirada las dos estancias por las que pasó y comprobó una majestuosa maqueta del Bontie, junto a otra del Juan Sebastián Elcano con el velamen desplegado como si intentara navegar en un imposible mar. Quedó sorprendido y entusiasmado. Él, que nunca supo construir algo parecido, envidió la destreza y paciencia de aquel hombre.

—¿Quieres beber algo?

—No soy bebedor, pero si tiene café se lo agradezco.

—Claro, ahora cuando acabe mi mujer de hacer unas cosas, le pediré que nos prepare uno, así tendrás oportunidad de conocerla. ¿Es muy guapa sabes?

—Me gustará conocerla.

—Y bien, ¿de qué querías hablar?

Durante unos minutos le puso en antecedentes de la oferta recibida del señor Castillo. Al final dijo.

—Y ahora mi duda. ¿Llegó a presentar a la dirección de la empresa su proyecto para la línea de productos dirigidos a la tercera edad?

—No. Definitivamente no. Se lo dejé a Castillo, me dijo que era conveniente realizar un estudio previo de mercado. Por cierto, debo llamarle para que me devuelva las notas.

—Me temo que no podrá ser, Paco.

—¿Por qué lo dices?

—La propuesta que me han hecho se basa precisamente en una nueva empresa dedicada exclusivamente a esa línea. Además, él mismo negó que el proyecto fuera heredado. Dijo que era una idea reciente.

—El muy …

—Calma Paco, calma.

—No, si ya no me importa. Lo que me irrita es la manera tan maliciosa de buscarme las vueltas y proponerme la jubilación anticipada.

—Entonces ¿Por qué dimitiste?

—Pedí un par de cromatógrafos de gases, desarrollados en Alemania, necesarios para evitar los problemas que estábamos teniendo. No me los concedieron alegando no estaban en presupuesto, y como comprenderás, a mi edad no estaba para discusiones bizantinas. Opté por dimitir. Además, no tenía ganas de aguantar a esa gente dos años más. Quiero dedicarme a eso que estás viendo, mis maquetas de barcos.

—¿Y el director de relaciones industriales y humanas que pinta en todo esto?

—¿Ese gañán con título? Con tal de mantener el puesto, coche de empresa y sobre todo el sueldo, es capaz de vender su alma al diablo. Y por lo que veo en este caso, Castillo lo personifica. Fue quien me invitó, mejor dicho, me vendió la idea de prejubilación. Así supuestamente obtendría agradecimiento por ambas partes, la empresa y yo, y con ello se apuntaba el éxito que tanta falta le hace.

—Lo tendré en cuenta.

—Y bien ¿qué has decidido?

—He aceptado con reservas. No me parece bien abandonar el derecho de estar tres años en la empresa matriz del Grupo, e iniciar un nuevo contrato con otra que ni siquiera está constituida.

—Deberías tener cuidado. Sobre todo, con Arcentales. No es de fiar.

—Lo tendré. Pero ¿qué opinas del proyecto?

—Si se hace más o menos como pensé, será estupendo para ti. Pero repito, ten cuidado con esos dos elementos. Eres joven y pueden destrozarte la vida laboral si se lo proponen.

—Gracias Paco, te lo agradezco.

Minutos después apareció Mary, la mujer de Paco. Realmente guapa como le comentó a su llegada. Delgada, con el cabello blanco, unos ojos llenos de vida y una alegría que se reflejaba acompañándola con una constante sonrisa. Le besó nada más presentarle y se mantuvo conversando y riendo de anécdotas sin apenas advertir que pasaba el tiempo. Sonó el móvil y comprendió que la tarde se había salvado en un santiamén. Enseguida estoy contigo cariño — dijo a su mujer Maria Antonia—. Luego se despidió de ambos a la puerta del chalé y condujo hasta su casa. Al perro ni lo oyó. Durmió feliz después de comentar con su esposa el espaldarazo ofrecido por su antiguo director. 

Mes de Febrero en la actualidad.

El forense encargado de la autopsia de Samuel Benito Pires, director de la sucursal bancaria, fue el más rápido en enviar el informe. Presentaba indicios, por confirmar, de haber ingerido una elevada dosis de ricino. Más adelante se detallaba con profusión de datos que como consecuencia de la introducción de dicho elemento, el fallecido tuvo que presentar síntomas de arritmia cardíaca, dificultad respiratoria y convulsiones. Todo rodeado de vómitos. Por supuesto la extracción de su órgano vital fue realizada post mortem. Los resultados de los análisis eran indiscutibles. Desayunó fruta, café con leche y cereales, y a media mañana una dosis inducida de ricino concentrado. Según se desprendía, le inyectaron contra su voluntad en el brazo derecho, donde se le encontró un pinchazo desgarrado en el antebrazo.

Roberto HC anoto: ¿Dónde puede comprarse aceite de ricino? y ¿Cuánta dosis debe ser inyectada para producir la muerte? Luego salió de la comisaría en dirección a la sucursal bancaria en Legazpi. Una vez allí se dirigió al responsable.

—Me gustaría ver las grabaciones de los últimos quince días hechas por aquella cámara —dijo señalando con su dedo índice derecho.

—Enseguida le saco unas copias.

—Saque unas copias para su servicio, yo me llevaré las originales, si no le importa — pidió al gerente de la sucursal.

—Como prefiera comisario. ¿Necesita algo más?

—Sí. Me gustaría hablar con la adjunta del señor Benito.

—Ahora mismo salgo a buscarla. Un momento por favor.

—Gracias.

Poco después una mujer joven, rubia, de pelo lacio y vestida con una indumentaria propia de los años setenta, apareció en el despacho.

—Sara te presento al comisario que se ocupa de la investigación de la muerte de Samuel.

—Lo suponía.

—Según he leído —comenzó diciendo Roberto— esa mañana no fueron juntos a tomar la pulga y el café del segundo desayuno.

—No. Siempre lo hacíamos juntos, pero ese día tuve me quedé a resolver unos asuntos. Le dije que iría más tarde. Sin embargo, nada más salir, vi como alguien le tomó del brazo y se fueron caminando juntos. Pensé era un conocido o un amigo. Luego cuando fui a buscarle no estaba en la cafetería donde acostumbrábamos a ir. Terminé de desayunar y regresé al banco.

—¿Reconocería al hombre?

—No creo, le vi de refilón, el póster de publicidad puesto en la luna que da a la calle los ocultó en cuanto giraron a la izquierda. ¿Han descubierto algo?

—No señorita, por el momento nada, acabo de iniciar la investigación.

—Entiendo. ¿Nos tendrán informados verdad?

—Por supuesto. ¿Sabe si podía tener algún enemigo?

—Es posible, no sabría decirle, solo comentábamos cosas del banco, de su vida privada apenas conozco detalles.

—Entonces si no le importa y cuando pueda, pásese por la comisaría. Tenga mi tarjeta. Hablaremos con más tranquilidad.

—Claro comisario. ¿Cuándo le parece bien?

—Pasado mañana.

—De acuerdo iré a primera hora si no le importa, aquí tenemos mucho trabajo a partir de las once.

—Como prefiera.

Se despide de Sara y del nuevo director. Regresa a la comisaría con las grabaciones. Se las pasa a Pinillas para revisar y comprobar si la figura del hombre que aparece tomándole del brazo, se le ve en días anteriores. También le pide amplia información personal del fallecido. Poco después anota la dirección y se dispone a regresar de nuevo a la calle. Antes comenta con el inspector Pinillas.

—No olvides visionar esas grabaciones, tendré una visita en un par de días y necesito corroborar algo.

—Tranquilo, no te preocupes lo tendrás para entonces. ¿Puedo pedirte un favor?

—Puedes. ¿De qué se trata?

—Este fin de semana viene Duli de Coruña y me gustaría no tener guardia.

—Veremos que se puede hacer, pero ya ves cómo estamos.

—Me gustaría estar con ella.

—Lo intentaré.

Pide a un agente que le acompañe con el coche, no tiene ganas de hacer maniobras de aparcamiento. Abandona el coche y busca el número del edificio. Es vetusto, pintado recientemente con el número de finca que buscaba. Pregunta a la portera que le indica el piso y letra. Golpea la puerta al no encontrar timbre alguno y espera a que le abran. Aparece una mujer joven, rubia de frasco —como suele decir sobre similares cabellos teñidos— pintada y arreglada como lista para salir a pasear y tomar una copa.

—Disculpe, soy el comisario Hernán Carrillo. ¿Es este el domicilio de Samuel Benito Pires?

—Bueno… Si señor. ¿Que desea?

—Hablar con su esposa Maria Luisa Núñez Pinzón.

—Soy yo — responde dice marcándose con la mano el pecho refrendando su personalidad.

—Me gustaría hacerle una serie de preguntas referentes al fallecimiento de su esposo.

—Pase, por favor. No se quede en la puerta.

—Gracias.

Le ofrece asiento y algo de beber, aunque se niega a lo segundo.

—¿Podría decirme si su marido tenía algún enemigo?

—Es posible. En su trabajo a veces se provocan situaciones que llevan a crearlos.

—¿Por qué lo dice?

—Su agencia era una de las que más préstamos hipotecarios y personales otorgaban. Samuel era una persona muy eficaz. Asumía riesgos, aunque siempre calculados.

—Tendrá documentos suyos, anotaciones, agenda. No sé, algo que nos permita conocer detalles o indicios.

—Debo pensar que entonces no ha muerto de forma natural ¿verdad?

—Es una hipótesis que no descartamos señora.

—Pues lo lamento, no puedo darle documento alguno. Nosotros… bueno, estábamos en trámites de divorcio. Hace menos de quince días se marchó a un apartamento llevándose todo lo privado y personal.

—Entiendo.

Mientras hablan suena repetidamente el teléfono fijo, y nada más acabar, el móvil. Ninguno es atendido por la viuda. En la siguiente oportunidad Roberto inquiere a la mujer atender la llamada.

—¿Dígame? Sí, pero estoy ocupada ahora mismo. No, no puedo atenderte, tendrás que esperar. Desde luego. No, sobre mi ex. Vale. De acuerdo, yo también, adiós.

Nada más acabar se volvió hacia el comisario.

—Disculpe.

—Entonces, me ha dicho que tenía un apartamento desde hace quince días. ¿Sabe la dirección?

—No, no me la había dado todavía. Es más, quedó en volver un día de estos para recoger algunas cosas sobre las que estábamos discutiendo.

—Entiendo.

—Lo siento, pero últimamente no nos llevábamos bien.

—De acuerdo. Déjeme sus números de teléfono por si tengo que contactar con usted de nuevo. Los dos, el fijo y su móvil, si no le importa.

—Claro, anote por favor.

—Gracias por atenderme.

—Adiós comisario. ¿Me tendrá al corriente?

—Si le interesa, la llamaré.

Salió y buscó el vehículo aparcado. El agente estaba fuera fumando un cigarrillo. Nada más ver al comisario hizo ademán de tirarlo e inició el camino hacia la puerta que le correspondía.

—Déjelo agente, continué fumando, pero invíteme a uno.  No tenemos prisa.

—Se lo agradezco comisario, con esto de no poder fumar en ningún sitio, gasto más tabaco que antes.

—Lo entiendo, yo también los tiro enseguida.

Poco después regresaron a la comisaría. Inmediatamente fue al encuentro de Pinillas.

—Luis. Quiero que investigues a la esposa del tal Samuel. No me parece trigo limpio. Deseo conocer cuántos detalles puedas obtener.

—Claro jefe, enseguida me pongo con ello. Ya casi he acabado de visionar las grabaciones y en efecto, aparece un hombre con similares características en cuatro ocasiones.

—Gracias. ¿Para cuándo la información de la mujer?

—Si puedo, la tendrás mañana mismo.

—Estupendo.

...

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