Así comienza… LA SÉPTIMA RUNA

LA SÉPTIMA RUNA

Por Anxo do Rego 

Aventuras.


Sinopsis:

Anxo Seical aparece muerto en Peña Trevinca. En uno de los bolsillos encuentran, una carta manuscrita dirigida al comisario Alberto Giménez Varela de Madrid,  y dos trozos de piel con unos signos.

El comisario Giménez Varela es reclamado desde A Coruña para identificar el cadáver y les ayude a esclarecer el presunto asesinato. A partir de ese momento se suceden más muertes con idéntico perfil y similares trozos de piel aunque con signos diferentes. Descubren que son unas runas.

La investigación que se inicia le retrotrae al comisario Alberto GV a la época en que vivió en la ciudad y conoció a Anxo Seical. Reclamará la presencia de un compañero de su comisaría, Andrés Artigue, experto en las intrincadas redes de información. Contará con la inestimable ayuda de Jandra, hija de una séptima hija y posiblemente algo bruxa.

Descubrir los motivos del o de los asesinos para cometer los crímenes, le llevará a averiguar algo desconocido e inesperado para Alberto Giménez Varela.

Una inquietante novela de aventuras hasta el último párrafo.


A Susana, que disfrutó al leer el original

tanto como yo al escribirla.


Tú verás que los males de los hombres

son fruto de su elección, y que

la fuente del bien la buscan lejos,

cuando la llevan dentro de su corazón.

Pitágoras de Samos


Capítulo 1 

Xares,Ourense

            Pese a estar a las puertas del verano la temperatura no alcanzaba los diez grados. En la aldea de Xares no volvieron a saber nada de él hasta que miembros de la Guardia Civil, tras una búsqueda de tres días, encontró su cuerpo sin vida en Peña Trevinca.

            El rostro de Anxo era familiar. Similar a los que aparecen dibujados o pintados en calendarios, representando la ruda vida del mar. Grandes y pronunciadas arrugas dibujaban un inconfesable mundo de vivencias. Su vida estuvo repleta de momentos alegres ocultos para el resto de la gente. Eran muy pocos los habitantes de la aldea, y sin embargo todos sintieron la muerte de aquel hombre, como si de un convecino se tratara.

            Llegó, según dijo, buscando algo de la tranquilidad perdida por aquellas fechas, antes brindada por la ciudad de A Coruña. La mayor parte de su vida transcurrió en la ciudad Según escucharon algunos hombres que bebieron unas tazas con él, lo hizo para cumplir una antigua promesa, intentar ver su querida Galicia, desde el punto más elevado de ella, la Peña Trevinca.

            Los agentes de la Guardia Civil hicieron numerosas fotos antes de meter su cuerpo inerte en el helicóptero. De allí hasta Ourense, la capital, y más tarde hasta el Hospital General, donde practicarle la autopsia.

Madrid.

            Alberto Giménez Varela sentado frente al volante del vehículo oficial, cruza la puerta del garaje, baja hasta la primera planta para aparcar bajo el letrero indicando la exclusividad del espacio. Luego como siempre hace desde que se lo recomendara Glori, sube las escaleras, se olvida del ascensor. Un pequeño, diario y obligado ejercicio dado que pasa mucho tiempo sentado en su despacho o en el coche. Ha cogido algo de peso. Se le ha fijado alrededor de su cintura un pequeño, aunque abultado síntoma. Los pantalones rozan una fatídica cifra perimetral, según escuchó a un afamado nutricionista. Cuando Glori lo descubrió le sacó la promesa de ejercitarse algo diariamente para eliminar el grosor.

            Camina hacia su despacho. Un marco de madera y una reciente foto de Glori preside su mesa. Sustituyó a otras más antigua, de algunos años atrás a los quince días después de conocerse. Añoraba aquellos momentos, sobre todo la juventud de ambos por aquellas fechas. Sonrió, suspiró y abrió la puerta.

            Al instante un agente del turno de noche a punto de marcharse pide entrar.

—Adelante.

—Con su permiso comisario.

—¿En qué puedo ayudarle?

—A primera hora de la mañana, llamaron de la Delegación del Gobierno en Galicia preguntando por usted. Les dije que vendría más o menos a esta hora. Pidieron que les llame en cuanto pudiera. Pregunte por Xosé Luis Andrade.

—Está bien, deme el número y enseguida llamo. Muchas gracias.

—De nada comisario. A sus órdenes.

            Segundos más tarde.

—Disculpe, soy el comisario Giménez Varela, de Madrid. Me gustaría hablar con Andrade, me llamó hace poco desde esas oficinas.

—Un momento, veré si está en su despacho.

             Poco después.

—¿Es usted Alberto, quien llevó una Sección de Asuntos Especiales?

—En efecto, el mismo.

—Disculpe, me llamo…

—Lo sé —interrumpe— he preguntado por usted, pero no tengo el placer de conocerle.

—Yo a usted tampoco, aunque he seguido el desarrollo de sus casos.

—Se lo agradezco, pero como sabrá, ahora me ocupo de una comisaría, dejé hace tiempo la investigación de ese tipo de casos, ahora solo los dirijo.

—Entiendo. No obstante, le agradeceríamos nos ayudara en la investigación de un caso preocupante y extraño.

—Ya me gustaría, pero no tengo tiempo, les enviaré si lo necesitan, a uno de mis mejores inspectores.

—Lamento insistir, pero el último de los cadáveres encontrados tenía una carta manuscrita dirigida a usted y eso parece que le implica.

—¿De quién se trata?

—Se llamaba Anxo Seical Toxo.

            Alberto guarda silencio. La noticia le sorprende. Desde el otro lado de la línea espera pacientemente a que se recupere de la noticia.

—De acuerdo Xosé Luis, me desplazaré.

—Gracias Alberto  ¿Cuándo puede venir?

—Mañana mismo saldré en el primer avión ¿dónde debo ir?

—A Coruña. Desde allí nos desplazaremos hasta los lugares del caso.

—Muy bien. Le llamaré para indicar la hora de llegada.

—Yo le esperaré en el aeropuerto.

            Vuelve a sumirse en una laguna de añoranza y tristeza. Por unos segundos el rostro de Anxo Seical se le aparece con la sonrisa que le caracterizaba, contagiando la alegría que transmitía a cuantos le rodeaban. Sonríe dedicándole un ficticio y lejano adiós. Llama a Glori y después a Vicente Díaz anunciándoles su viaje y estancia en A Coruña durante unos días. Ella le ayudará a preparar la maleta. El, se hará cargo de la comisaría hasta su regreso.

            Xosé Luis Andrade, como anunció, esperaba en la puerta del avión. Le identificó nada más verle bajar las escaleras después de fijarse varias veces en la foto que portaba en un bolsillo. Ambos suben a un coche oficial, abandonan el aeropuerto de Alvedro y diez minutos más tarde entran por la Avenida del Alcalde Alfonso Molina al centro de la ciudad. Ambos guardan silencio, únicamente cruzan los oportunos saludos. Solo cuando están a punto de llegar a la sede de la Dirección de la Policía, Alberto rompe el silencio.

—Me gustaría conocer los detalles de la muerte de mi amigo Anxo Seical.

—Claro, pero no es a mí a quien corresponde hacerlo. Solo estoy comisionado por el Delegado del Gobierno, después de que hablara con el Inspector Jefe que lleva la investigación. Dentro de unos minutos le podrá informar.

—Esperaré entonces.

            Xosé Luis nada más llegar, hace las presentaciones, más tarde los tres hombres se sientan frente a una mesa cercana a un amplio mirador, desde donde observan a la luz de la mañana meciéndose con la brisa marina después de besar el puerto.

—¿De cuánto tiempo dispone Alberto?

—No lo he previsto, supongo que cuanto necesiten, aunque si supera una semana, tendré que llamar a mi superior.

—Entonces si no le importa, hablaré con él para pedirle todo su tiempo.

—¿Tan grave es el asunto?

—Es posible.

—¿Cuándo se supone que podré conocer los antecedentes?

—Tan pronto llegue Jesús Mosteiro, es el encargado de la investigación. Ahora mismo recoge el informe de la autopsia practicada al último cadáver.

—Supongo que la de mi amigo Anxo Seical.

—En efecto.

—Quiere decir que hay más de uno ¿Cierto?

—Desde luego, pero por favor esperemos al inspector Mosteiro, si no le importa.

—Claro.

—¿Me permite ofrecerle algo de beber?

—No gracias, a estas horas no suelo beber nada. Hace tiempo que dejé Galicia. En aquella época si lo hacía.

—¿Vivió aquí?

—Sí, primero en la Plaza de Lugo, más tarde en la Avenida de Los Mallos, aquí en A Coruña y por último en Mera, al otro lado de la bahía.

—¿Conoce la tierra?

— Bastante, aínda teño morriña, sobre todo cando pasan varios anos sen pisala.

—Vexo que tamén fala galego.

—Bo, é como todo, só practico de cando en vez, e con algunhas persoas que o falan en Madrid.

—Entonces estos días tendrá tiempo de practicarlo.

—Por supuesto. Me gustará volver a sentir y escuchar el idioma de Doña Rosalía.

—Y a mí saber que hay gente como usted que ama Galicia.

—Ya ve.

—¿Le parece que comprobemos si regresó Mosteiro?

—Claro.

            Se acercan hasta el despacho del inspector. Le encuentran leyendo el informe forense.

—Mosteiro, permítame presentarle al comisario Alberto Giménez Varela. Le prometí que traeríamos al mejor.

—Encantado comisario. He leído todos sus casos y cuando surgió este, solo pregunté cómo podría contar con su ayuda. Por eso pedí al Inspector Jefe, intentara convencerle para que viniera.

—Está bien Mosteiro, me abruma. Fue mi trabajo, solo eso, mezclado con algo de suerte y sobre todo con unos buenos ayudantes.

—Yo les dejo. Tengo otras cosas en que ocuparme y este caso no lo es precisamente. Para eso están ustedes.

—Adiós.

—Ya lo saben, pero lo repetiré. Pídanme lo que necesiten, pero por favor, resuelvan este enigma. Nos veremos Alberto.

            En cuanto sale el Inspector Jefe, Mosteiro toma la palabra.

—¿Estará deseoso de hablar sobre el asunto, verdad comisario?

—Sobre todo porque según parece el ultimo cadáver era de un amigo mío.

—Lo siento. Pero si no hubiera sido por él, tal vez no estaría aquí.

—Es posible.

—Le pondré en antecedentes. Traeré los expedientes.

—¿Inspector?

—¿Sí?

—Si no le importa deberíamos tutearnos. Eso nos da más confianza, a mí me gusta más. Si te parece bien, lo haremos a partir de ahora.

—Como quieras.

            Se levanta, camina hasta un armario, saca cinco carpetas y las une a las que tiene sobre la mesa.

—Veamos.

El número uno, apareció muerto en Pontevedra. Hombre, 75 años de edad, viudo, sin hijos. El dos, en Vigo, de la misma edad, como la del resto de cadáveres. El tres en Lugo, el cuarto en A Coruña, el quinto en Santiago y por último el sexto, en Peña Trevinca. Como puedes ver por las fotografías de sus rostros, todo ellos aparecen con una mueca extraña y los labios azulados. Sin duda alguna sus muertes no fueron dulces. Cada uno tenía en uno de sus bolsillos dos pequeño trozos de cuero con letras grabadas. Diferentes en cada uno de ellos. El primero F, el segundo una especie de U invertida, el tercero R, el cuarto P, el quinto M y el último S. y todos con otra letra común, una especie de I.

     Por lo investigado hasta ahora, esas letras no parecen tener significado alguno. Es cierto que coinciden con las iniciales de sus primeros apellidos, pero no sabemos que significan, aún menos la I. Parece una mera coincidencia. Sus muertes no distan mucho en el tiempo. Precisamente cuando encontramos el tercer cadáver, el inspector jefe pensó que sería mejor coordinarlo. Yo me hice cargo de la investigación del segundo, el que apareció en Vigo. Más tarde hablando con el inspector que investigaba el de Pontevedra, coincidimos en unirlas. Hablamos con nuestros superiores y cuando apareció el tercero, decidieron que me hiciera cargo del expediente global. He ido recogiendo datos, en cada uno de ellos, puedes ver las preguntas y comentarios de la gente que los encontró y de sus vecinos. Excepto algún allegado, no tenían familia alguna conocida. Es otra de las coincidencias, todos los hombres vivían solos. Solo destaca la carta que te dirige Anxo Seical. Algunos estuvieron casados, aunque sin hijos, pero cada uno de ellos en el momento de su fallecimiento vivía solo, sin compañía alguna. Tengo unas cajas con algunas de sus pertenencias, por si nos sirven de algo. Sus respectivas casas están precintadas.

—¿Y qué me dices de las autopsias?

—Todos, absolutamente todos, tienen la señal de un pinchazo en el brazo, y entre otras cosas, se han encontrado restos de una toxina. Ahora mismo la están comparando con algunas cadenas para conocer a que tipo corresponde. Todos tenían un elevado índice de alcohol en el cuerpo y desde luego no murieron violentamente. Es muy posible que la causante de sus fallecimientos, fuera la toxina. Aunque está por determinar. Aún desconocemos la causa exacta de sus muertes.

—¿Podría ver la carta de Anxo?

— Claro cómo no.

            Alberto abre el expediente de su antiguo amigo, busca y recoge la carta metida en un sobre señalada como prueba. Jesús Mosteiro le ofrece unos guantes de látex, abre el sobre y lee.

Mi querido Alberto, antes de continuar leyendo, quiero pedirte perdón. Perdón por no escribirte antes, por no decirte que Carmiña murió va para diez años. Más o menos los que hace que no te escribo. Y si ya me has perdonado, estoy seguro de ello por ser amigos, continuaré contándote.

Cuando murió Carmiña, mi vida casi se fue con ella. Sabes cuánto la quería. ¿Recuerdas cuando nos casamos? Aquel día fue uno de los más bonitos de mi vida. También en el que tú y yo nos conocimos. Estabas en el mostrador tomándote un orujo mañanero, después de volver de una noche de pesca con tu amigo David, el de la Pequeña Dulcita, aquel barco de pesca encantador. No creo que lo olvidaras. Carmiña estaba en la cocina, como hacía desde que la contraté, haciendo esos tocinos de cielo, que eran la delicia de toda Coruña. Yo como siempre, atendiendo el mostrador. De repente, no sé si por los efluvios del orujo que tomé contigo, o sencillamente porque ya quería a aquella mujer, la grite. ¡Carmiña! quítate el mandil, deja el tocino de cielo, y ven conmigo y estos dos amigos. Nos vamos al Juzgado para que nos casen. Ella comenzó a reír a carcajadas. Aún resuenan en mi cerebro cada vez que rescato el recuerdo. Los cuatro fuimos camino del Juzgado, rellenamos los papeles que nos dieron y dos horas después Carmiña y yo estábamos casados. Tú seguiste tomando orujo. El paisano que nos acompañó marchó a su casa y a ti te levanté de la mesa donde dormiste la mona, cerca de las tres de la madrugada.

Dicen algunos que el roce hace el cariño, pero no es cierto, o se quiere de verdad o por mucho roce, lo único que pueden salir son chispas. Yo creo, y así quiero pensarlo, que el día que la contraté como cocinera, cinco años antes de casarnos, me enamoré de ella, pero ya sabes, algunos hombres rudos como nosotros, y no me refiero a ti precisamente, sino a mis compañeros de izquierda, que no nos permitimos aflorar nuestros sentimientos. No queremos dar a conocer nuestra debilidad. Pero si estoy seguro que la contraté porque toda ella era un cielo, porque ya entonces la quería sin saberlo.

Dirás que estoy sensiblero, es cierto. Imagino que también a ti te ocurrirá igual cuando comiences a ver el último horizonte, y eso que eres bastante más joven que yo. Ahí va otro recuerdo precioso que tengo de ella. No sé si recordarás los anillos que nos pusimos en el segundo aniversario de nuestra boda. Un antiguo camarada galés que como otros muchos se la perdió, viajó hasta Coruña para verme y se encontró con que ya estaba casado. ¿Casados? —dijo— nada de eso, no lo estaréis hasta que yo os case bajo el rito Celta. Aquella noche volvimos a hacerlo y él nos entregó dos anillos Claddagh.

El motivo de esta carta no es otro que enviártelos. Los guardé hasta hoy, desde que ella murió. Quise tirarlos al mar, a la Ría do Miño, aquel sitio que tan buenos momentos nos regaló, pero no pude. Era tanto el cariño que guardaba de ambos, que solo pensar podría perderse para siempre, evitó me deshiciera de ellos. Luego recordé que tú eras el único amigo joven que me quedaba y sin duda estarías a punto de casarte si no lo has hecho ya. Son mi regalo de boda, tanto si lo estás como si no. Guárdalos, pon el de Carmiña en el dedo de esa mujer que te espera y en tu mano el mío. Cuando lo hagas sabrás cuanto te echo de menos, cuanto cariño, amistad y lealtad te tuve siempre.

Siempre estarás en mi corazón, o en mi alma, da igual, en aquello que exista. A estas alturas no deseo ni mucho menos ponerme a filosofar, no supe hacerlo nunca. Como tú, siempre creí en el hombre y en que todo lo que hacemos en la tierra, se paga en la tierra. Después si hay o no un más allá, lo dejaré para los religiosos. Te quise amigo mío, y lo seguiré haciendo hasta el último momento. Aunque no volvamos a vernos. Cuando levantes una copa de orujo, piensa que Anxo estará a tu lado para servírtela y compartirla.

Me voy, quiero hacer algo que me prometí como buen gallego, aspirar o aire da miña terra como último alento e vela dende o seu punto máis alto.

Adiós Alberto, fue estupendo haber sido amigos. Anxo.

            Alberto guarda silencio y traga saliva repetidamente, intentando eliminar el nudo de congoja instalado al principio de su garganta. Mira a sus compañeros y pregunta.

—Los anillos Claddagh, ¿dónde están?

—No lo sabemos, cuando leímos la carta, buscamos con detenimiento, no los encontramos.

—Es una lástima, me habría gustado verlos.

—A nosotros también.

            Xosé Luis, callado hasta ese momento, señala.

—Creo que debería enseñarte tu despacho. Hemos puesto lo imprescindible, si falta algo pídelo y lo tendrás.

—Gracias, pero solo preciso suerte para ayudaros a encontrar al asesino. Porque estoy seguro de que los seis han sido asesinados.

—¿Cómo es posible saberlo?

—Intuición Jesús, intuición. ¿Recuerdas? Fui el inspector de Asuntos Extraños, y mi intuición no me falla desde entonces.

—Entonces, si no te importa seremos nosotros quienes te ayudemos.

—Como queráis, pero me gustaría formar un equipo.

—De acuerdo, sea —dice Jesús.

—Sea —añade Xosé Luis.

—Ahora dejarme los expedientes, esta noche los leeré despacio. Mañana pediré a uno de mis inspectores el envío de uno de sus intrincados programas de ordenador. Nos ayudará bastante. Si no os importa me gustaría almorzar en una antigua casa de comidas cerca de Riazor. Entonces ponían la mejor merluza rebozada del mundo. Si sigue en pie claro.

—Vamos, invitó yo —señala Xosé Luis.

            Alberto tiene reservada una habitación en el Hotel Atlántico. Desde su ventana puede ver los Jardines de Fernán Núñez y el Obelisco presidiendo el final de los Cantones y el principio de Rúa Mayor. La noche la pasa en un duerme vela. A ratos duerme, otros, los más, permanece despierto recordando los momentos pasados con Anxo. Por su mente pasan días y días, riendo, bebiendo y sobre todo regando con orujo blanco, una amistad nacida el mismo día de su boda con Carmiña. Las comilonas en Ordes, a medio camino entre Santiago y A Coruña, por la antigua carretera. En el restaurante del hotel de la plaza mayor, servido siempre por camareras. Donde por primera vez tomó las verdaderas filloas. Aquel día, cuando acabaron de comer, el dueño, íntimo amigo de Anxo, les invitó a su casa, montada en la última planta del hotel. Allí, al lado de una lareira de piedra de granito rosa, tomaron el mejor orujo que recuerda su paladar. Luego les regaló unas estupendas botellas de reserva que bebieron dos años más tarde en Miño, junto a Carmiña. Aquella noche durmieron los tres a la intemperie, arropados por la brisa marina.

            Tampoco deja de recordar, sobre todo, una de las muchas noches en que Anxo jugaba con su libertad. Era conocido en toda Coruña, su incuestionable sentimiento político. Libertario, republicano, pero sobre todo bueno con todas las gentes, amigo de hacer favores y de ayudar a quien lo necesitara. También era conocido y distinguido, como quien mejor hacía la queimada de los contornos. Amén de las comidas preparadas por Carmiña y su inolvidable tocino de cielo. Anxo era un estupendo conversador y gran hacedor de momentos nocturnos inolvidables. Dado el gracejo que tenía al hablar, estableció en un momento dado, que todos los viernes y sábados por las noches, y algunas otras noches para los amigos más íntimos, haría queimadas inolvidables. Para ello clavó en el suelo un antiguo sillón, herencia de su abuelo. En el frontal dispuso un majestuoso recipiente de cerámica de Buño. Sobre su cabeza se ponía, un heredado e hipotético casco vikingo con sendos cuernos de toro. Cuando el momento era oportuno, Anxo se calaba el casco, entonaba el conjuro, hablaba y gesticulaba al tiempo que, con el cazo, una y otra vez levantaba el ardiente caldo de orujo mezclado con unos granos de café. Con las luces apagadas del establecimiento, la cascada azulada del orujo al quemarse daba una apariencia fantasmal al momento. Luego ofrecía el primer tazón a un amigo quien, tras beberlo, volvía a encender las luces y nadie se marchaba hasta agotar el último trago de su queimada.

Escuchó contar que en las noches de verano acudían gentes de todo tipo, tanto a cenar como a tomar sus queimadas. A unas las dejaba pasar, a otras no. Tenía una especial manera de decidirlo. En aquellos días el dictador Franco pasaba sus veranos en el Pazo de Meirás, y algunos miembros de su familia, acompañados por numerosos lameculos, hicieron acto de presencia una noche. Quisieron participar en una queimada e intentaron pasar a su establecimiento. Él nunca pudo suportar a aquella familia, de quien siempre dijo eran unos ladrones sin conciencia. No los dejó pasar. Al principio se contentaron cuando les dijo que estaba lleno. Otra noche insistieron alegando el principio mamado de los dictadores Usted no sabe quién soy yo. Anxo también les señaló, ¿y ustedes? ¿saben quién soy yo? Volvieron a insistir una tercera noche cerrando el tema para siempre, cuando les dijo Esta es un fiesta privada pasarán si me enseñan su invitación. Cuando se marcharon todos reímos y él serio comentó. Jamás, jamás serviré a nadie que tenga que ver con el asesino de miles de españoles, de derechas y de izquierdas. Al día siguiente la policía le llamó para hacerle una serie de preguntas. El señaló que fue contratado por un grupo de amigos como fiesta privada y no podía permitir que nadie pasara sin mostrar la tarjeta de invitación. Aquel día en la comisaria, alguien, al parecer desde un despacho con la puerta entreabierta, dijo Dejarle ir, no ha cometido delito alguno. La cuestión se zanjó y los inteligentes familiares del dictador Franco jamás volvieron a pisar A Lua.

            A Alberto le costó despertar y solo cuando hubo tomado el tercer café, supo que no estaba en Madrid. Volvía a estar en su añorada A Coruña. Salió a los jardines y caminó hasta enfilar el Paseo de La Marina para encontrarse con sus compañeros. Bajo su brazo, una cartera con hojas llenas de anotaciones.

—El primer asesinado se llama Luis Figueroa, el segundo Andrés Uriarte, el tercero Carlos Rodríguez, el cuarto Xosé Pasteirada, el quinto Carlos Maceiro y por último Anxo Seical. Está claro que esas letras tienen que ver con sus respectivos apellidos. Pero es una mera coincidencia. No nos dicen nada por el momento. Necesito ver las pertenencias de cada uno de ellos, que alguien busque todos sus antecedentes, su historia. Deben tener algo en común.

—Ahora mismo mando traer las cajas con sus pertenencias. Aunque creo, que lo más oportuno será visitar cada una de sus viviendas.

—Eso opino yo también —señala Xosé Luis.

—Entonces si no decidís otra cosa, deberíamos marcharnos. Haremos el mismo recorrido que el asesino. En primer lugar a Pontevedra.

—Enseguida solicito un coche y en menos de una hora podremos salir.

            Entraron en una Pontevedra cambiada, como toda Galicia. Enormes bloques de viviendas, amplias avenidas, bullicio y tráfico. Muy cerca del puerto, en una escondida calle encontraron la casa de Luis Figueroa. La recorrieron, buscaron en cajones, armarios. Encontraron algunas fotos antiguas de familiares, quizás de amigos. No tenían nada en que apoyarse, solo recoger datos, tratar de imaginar su vida, y sobre todo, encontrar algo en común con los otros asesinados. Nada especial. Volvieron a realizar una amplia y detallada tirada de fotos. Preguntaron a vecinos, aunque nadie supo decirles algo importante por buscado. Era un hombre solitario, no le conocían jaleos de ningún tipo. Hacía sus compras, comía fuera de casa, tomaba algún vino con conocidos, también ancianos en un bar cercano, y poco más.

—No hemos encontrado nada.

—Claro que hemos encontrado algo, pero por el momento no sabemos que es. Cuando tengamos toda la información, verás cómo aparece la conexión.

            Estando cerca de Vigo, hicieron la siguiente visita a la ciudad de Andrés Uriarte.

            Como el anterior, recogieron información de vecinos y bares cercanos, tiendas, incluso en una iglesia católica hablaron con uno de los sacerdotes. No sé nada de ese hombre, desde luego aquí no le he visto jamás —dijo cuándo le enseñaron la fotografía. Amontonaron los documentos y fotos, y volvieron A Coruña cuando el sol rascaba el mar encendiéndolo de rojo.

—Mañana iremos a Lugo y luego visitaremos la casa de Xosé Pasteirada, en Puerta de Aires, aquí en Coruña. Pasado a Santiago y el sábado a Peña Trevinca

—Está todo planeado. Ahora me gustaría hablar con el inspector Artigue de mi comisaría, aún no he recibido el programa que le pedí anoche.

            Durante unos minutos recordó a Artigue quien era el superior. Este replicó que anduvo dando los últimos retoques y estaba a punto de enviarlos por valija urgente a Coruña.

            Jueves y viernes acabaron de recopilar datos similares de otros dos hombres, y el sábado por la mañana temprano, condujeron hasta Ourense, para luego ir en dirección a A Gudiña, población cercana a Xares.

            La temperatura en aquellos lugares era fresca. Xosé Luis conocedor de la zona, echó tres chaquetones en el maletero del coche. Pronto tuvieron que ponérselos. Se acercaron a la única taberna de la aldea. Sentados frente a las mesas y sujetando algunos unas tazas de vino, encontraron a la mayoría de los hombres mayores. Xosé Luis comenzó a hablar con ellos en gallego. Hizo de presentador de Jesús y Alberto. Luego se sentaron con cuatro de aquellos ajados y cansados aldeanos. Comenzaron a responderle en gallego.

—Aínda que estivo pouco tempo connosco, collémoslle cariño. Raro era o día en que non nos invitaba a unha rolda. Boa persoa sen dúbida —dijo uno de ellos.

            Otro señaló.

— Preto dun mes estivo aquí, achegouse a falar cun dos montañeiros, eses que teñen unha especia de asociación. O caso foi que lles pediu uns mapas, quería subir á Pena Trevinca. Tivo que deixalo estar, aínda quedaban restos de neve, e só atreveuse a subir cando outro home tamén falou con él. Aquel día saíron os dous xuntos, moi temperán, creo que antes de amencer. Claro que máis tarde, alá polas nove da noite, o mozo volveu medio xeado e tremendo. Dixo que non estaba preparado para aquilo, mencionou ter deixado ao ancián continuar e el volveuse, que o faría noutra ocasión.

—¿Le conocía? —pregunta Alberto.

—Non señor, o seu amigo saudoulle, como nos saudaba a nós, pero coñecelo, coñecelo, creo que non.

—¿Y ustedes? ¿saben quién era?

—Que va, el único que habló con él fue Paquiño, que le vendió los mapas.

—¿Y dónde ésta Paquiño?

—Hasta la tarde no viene, pero a la hora del café estará aquí.

—Le esperaremos.

            Los tres investigadores volvieron al coche y buscaron lejos de la aldea, un sitio donde comer y esperar a que el tal Paquiño apareciera.

            Más tarde con Paquiño.

—Nos gustaría hablar con usted respecto a los hombres a quienes vendió mapas del recorrido hasta Peña Trevinca. Sobre todo, de uno llamado Anxo.

—Por supuesto. A Anxo ya le conocía, hace tiempo vino hasta la sede de nuestro grupo de montañeros. Quería hacer la ascensión a Trevinca. Le dije que a su edad le costaría. Se rio, me invitó a una copa de orujo, y me convenció de estar preparado. Me dijo, ya vendré dentro de unos meses. Y en efecto, apareció por aquí. Preparado con ropa y calzado adecuados. Cada día salía unas horas para coger ritmo. Cuando estimó que ya estaba suficientemente preparado, compró los mapas y se dispuso a cumplir una promesa.

—Y el otro hombre ¿Cómo era? ¿Podría describirlo?

—Joven, era un hombre joven y fuerte, de unos treinta y cinco años, diría yo. También quería subir a la Trevinca. Le dije lo mismo que a su amigo. Pero no hizo caso. Solo salió un par de días a prepararse. Es más, me preguntó si había alguien dispuesto a subir. Le comenté que sí, y cuando supo que lo haría pronto, habló con él y convinieron en hacer la ascensión juntos.

—¿Podría señalar alguna característica especial del joven?

—Me pareció que no era de por aquí. Un poco extraño, no hablaba ni una palabra de gallego, y en esta aldea, como no hables algo, poco o nada puedes comunicarte. Las gentes apenas conocen el castellano. Es una tierra casi olvidada. Sin embargo no me pareció un entusiasta de la montaña. Sus ropas y calzado eran de ciudad, no de campo. Se nota de inmediato, son como esos señoritos que aparecen de cuando en cuando. Comen, beben, permanecen unas horas en la zona y se marchan en sus relucientes coches cuatro por cuatro.

—Ha sido muy amable.

—Disculpe, olvidé decirle que llevaba una cadena de oro en la mano izquierda y otra de esas de plástico o algo similar, en la derecha, con la bandera de España.

—Gracias. ¡Ah! Me olvidé preguntarle. Un hombre como el joven, sin estar preparado, ¿cuánto tiempo puede tardar en subir a la Peña?

—Es complicado. Le diré que para un montañero algo experto, teniendo en cuenta el tiempo y otras circunstancias, necesita de 6 a 8 horas. Hay que seguir el curso del río Xares desde Ponte. Luego en Pontón das Olgas, donde se une con el Melada, el camino remonta por la vertiente del Fial. Estamos hablando de cerca de dos mil metros, de altitud. Luego caminar hacia el norte, dejando las minas de Vilanova, seguir el camino hasta Veiga Grande. Hasta allí se tarda aproximadamente una hora y media. Luego seguir el río Xares hasta el Colado de Turriero, de cerca de mil ochocientos metros de altitud. Otras dos horas y media aproximadamente. Pero no acaba ahí, se continúa hasta el nacimiento del Xares y aunque hay una pendiente suave, se llega a Peña Trevinca Sur. La mayor altitud de Galicia, dos mil ciento veintisiete metros. Esto supone al menos tres horas y media. En total la excursión son cerca de ocho horas. Yo creo que un hombre fuerte, si no se para mucho, lo puede hacer perfectamente, pero para mí, que el joven no llegó a hacerlo todo.

— Por cierto ¿cuánto tiempo estuvo en la aldea después de bajar?

—Muy poco, tomó algo caliente y ni siquiera quiso quedarse a dormir. Dos vecinos le dejaron una habitación, como hicieron con su amigo, pero no quiso. Aquella misma noche cogió su coche, creo que era un Golf azul. No hemos vuelto a verle por aquí.

—Gracias Paquiño. Han sido muy ilustrativos sus comentarios.

—De nada, y lamento de veras la muerte de su amigo. Estoy seguro de que era un buen hombre.

—Desde luego.

—Gracias de nuevo. Ya nos veremos en otra ocasión.

Con las notas tomadas a vuela pluma, y la mente llena de interrogantes, los tres hombres volvieron camino de Ourense y después a su centro de operaciones en A Coruña.

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