Asi comienza…IGNOTUS

IGNOTUS

Por Anxo do Rego


SINOPSIS.

¿Existen los ángeles blancos ? ¿Y los negros?

Alejandro Verdú tiene una discusión que desemboca en ruptura con su pareja Nadia. Su trabajo le obliga a viajar en coche desde Madrid a las ciudades de Málaga y Jaén durante unos intensos días. A su regreso el cansancio le supera, comienza a analizar las causas de la ruptura con un fondo musical de canciones que le agradaban a Nadia. Sufre un accidente que le mantiene en coma más de una semana. Los médicos temen por su vida, sin embargo en un determinado momento comienza a recuperarse de manera incomprensible.

Durante su rehabilitación cae en sus manos un libro de autoayuda con ciertas connotaciones religiosas que le invitan a superar el trance de su ruptura y separación. Su contenido le mantiene expectante y a título de ensayo repite ciertas frases que el manual contempla. Sin advertirlo dice: Quisiera estar de nuevo al lado Nadia y esta vez para siempre, aceptaré gustoso su propuesta de futuro si lo consiguiera.

A partir de ese momento todo comienza a resolverse de manera positiva, se reencuentran y conceden una nueva oportunidad de estar juntos. A partir de ese instante sufren pesadillas premonitorias, que los intranquiliza y preocupa. Se ponen en manos de un estudioso que advierte la existencia de un grupo de «Ignotus» que exigen cumplir con las deudas y compromisos mentales contraídos tras la lectura del manual.

Los protagonistas se ven inmersos en una lucha entre el bien y el mal dirigida por dos grupos antagonistas concebida para atraerlos a su causa.


Al leer en «La chica de sus sueños» de Donna León la frase:

«El recuerdo de tu sonrisa me basta para hacer bailar

las estrellas en el firmamento», hizo que te dedicara esta novela.

Para ti, mi querida Susana.


Non omen quod licet honestum est

(No todo lo permitido es honesto).

Digesto.


Capítulo 1 

La Pesadilla

No sabía que hora era. La oscuridad aún no dejaba abrir los ojos al día. Pese a ello, me incorporé de la cama. Recorrí los pocos pasos que me separaban del mueble donde reposaba el reloj de pulsera, olvidado allí horas antes. Intenté mirarlo, pero apenas pude ver las manillas, la oscuridad era total. Tropecé con cuanto encontré a mi paso. Avancé hasta la puerta al recordar que cerca de ella estaba el interruptor general de la habitación. Lo pulsé repetidamente, primero despacio, luego, cada vez más nervioso, con intensidad, con ansias. Nada, todo se mantenía con igual y decidida negrura.

Por un instante recordé al contratar la habitación, que tan solo con descolgar el teléfono, alguien desde la centralita respondería a cualquier petición que hiciera. Me volví para buscarlo. Antes de llegar hasta donde supuse estaría el aparato, volví a tropezar con una silla, mis propios zapatos, otra silla y algo de ropa. Caí sobre la cama al enganchar con mis pies descalzos algo desconocido. Me dio la sensación de hacerlo sobre el cuerpo de una persona.

Al caer sobre la cama noté un líquido viscoso y pegajoso que inmediatamente se adhirió a mi cuerpo. El olor era desagradable, aunque dulce ¿Estaré soñando? —pensé—. Acababa de salir de entre aquellas sabanas hacia unos segundos, las había dejado secas, seguro, aunque tal vez sudorosas. Ahora, al caer sobre ellas de nuevo, parecían empapadas de ese líquido desconocido. Me incorporé con esfuerzo, apoyando mi mano derecha e izando el cuerpo hasta volver a la posición vertical. Palpé con ambas manos la almohada, luego el lateral de la cama. Así, recorrí todo el perímetro hasta encontrar de nuevo la almohada en el otro extremo. Sentí una extraña sensación al acabar. Por un momento noté como si alguien siguiera todos mis movimientos y ademanes realizados en la oscuridad. Un aliento, aunque sutil por retenido, parecía mecerse justo a la altura de mi nuca. De repente un escalofrío recorrió mi columna vertebral. Me volví y palpé en tantas direcciones como tiene la Rosa de Los Vientos. Nada.

El escalofrío volvía una y otra vez. A cada nuevo paso o movimiento me acompañaba ese mismo y sutil murmullo apenas perceptible. Me quedé quieto, incluso aguanté la respiración. Hasta el silencio se volvió zumbido impidiendo escuchar ese otro. Permanecí quieto, callado, sin moverme, para de nuevo volver a recorrer el perímetro de la cama. Otra vez el extraño líquido empapó mis manos al posarlas sobre las sabanas. A punto estuve de llevarme los dedos a la boca, como si fuera un bebé en un desatinado intento de averiguar de qué se trataba. Deseché la idea. Al llegar al extremo opuesto, donde minutos antes descansó mi cuerpo, mis manos se deslizaron sobre lo que parecía un cuerpo humano. Apareció frío, estático. Lancé un desesperado grito de sorpresa. Un juego macabro lo había trasladado desde el suelo a la cama. El miedo hizo presa en mí y comencé a balbucear un sincopado y recordado nombre, aquel que estuvo punzándome insistentemente toda la noche como una pesadilla.

Mi cuerpo templaba sin ningún pudor. Todavía no comprendía que estaba desnudo y azotado por el frío de la habitación. Desangelada, llena de odios, temores y sobre todo de miedo, demasiado miedo. Pasados unos minutos y pese a continuar sintiendo a mi lado la respiración de algo desconocido. Busqué a tientas la ropa, quería vestirme, olvidar por un momento que mis manos parecían estar cubiertas de algo pegajoso, dulce y extraño al mismo tiempo. El murmullo se hizo más patente, quise entender un reproche a mi conducta al intentar vestirme, por lo que me acerqué sobre el cuerpo inerte, frío y pegajoso y lo palpé. Algo me decía que podía identificarle. Puse mi mano derecha sobre el rostro, alcancé la frente y despacio bajé tropezando con la nariz, luego la boca y por último su desfigurada barbilla. No había duda, era él, no quise creerlo. Pero ¿Cómo había llegado hasta allí? Debía confirmar si era o no. Recordé un singular defecto, el brazo derecho era más corto que el izquierdo.

Me mantuve en silencio, escuchando el murmullo y aliento que no cesaban sobre mi nuca. Tomé su brazo izquierdo, lo recorrí desde el hombro hasta la mano, luego el derecho, más tarde ambos a la vez para cerciorarme de que en efecto, era aquel hombre. De nuevo grité al comprobar como el aliento se fundía con el murmullo convirtiéndose en una voz ronca y desconocida que dijo: ¡Es el, está muerto!

Giré gritando, desesperado, no entendía nada, lancé los brazos a cada lado de la habitación. Caminé descalzo, tropezando y empapado en aquel dichoso y desconocido líquido buscando a quien lanzó aquellas palabras. Al cabo de unos minutos fui dejándome llevar por el cansancio hasta caer rendido en el suelo, sobre mi ropa y el calzado. Creo que dormí unas horas.

Cuando desperté lo hice sobre el suelo, en posición fetal y aterido de frío, temblando. A través de las rendijas de la ventana, unas minúsculas señales de luz intentaban penetrar en el cuarto. Sin dudarlo un instante, corrí hasta el baño, miré mis manos. Estaban rojas. Lo comprendí inmediatamente, era sangre. Mi cuerpo también estaba cubierto. Abrí el grifo del agua caliente de la ducha y me metí para apaciguar el frío que continuaba haciéndome temblar. Raspé con rabia las manos y limpié cada espacio empapado de sangre. El agua con jabón se encargó de eliminar los restos por el desagüe. Al acabar froté enérgicamente mi cuerpo para terminar de entrar en calor.

El espejo estaba empañado. Lancé una de mis manos con una toalla para eliminar el vaho para ver el reflejo de mi rostro, pero de nuevo la misma voz repitió: ¡Es el, está muerto! Esos mismos caracteres de la frase se situaron en el espejo, como si de una pizarra se tratara. Traté de borrarlos dejando un rastro de espacio vacío sobre el espejo, como una gran pincelada. Sin embargo, tantas veces la eliminé, volvía a aparecer de nuevo. Opté por envolverme en la toalla y salir al dormitorio.

Sobre el suelo, la ropa maltratada, amontonada, la cama deshecha y sobre ella nada, ni un rastro de cuanto había vivido antes. Pero ¿Y mis manos? Estuvieron manchadas de sangre, yo mismo las había lavado, como el resto del cuerpo. Cerré los ojos, quería recordar la pesadilla. Volví a ver el cuerpo inerte, esta vez ensangrentado. Tenía una herida sobre la parte posterior de la cabeza de la que no dejaba de manar sangre. Sobre el pecho otra dejaba ver varias costillas y parte del esternón. Sobre su rostro una sonrisa cínica e hipócrita parecía despedirse y condenarme.

Abrí los ojos de nuevo, pero no había nadie. Sin afeitarme y con el cabello húmedo aún, me vestí, recogí la bolsa con mi ropa y salí de aquella habitación siniestra. No esperé al ascensor, bajé deprisa las escaleras hasta recepción. Luego cuando recogí la factura, volví mis pasos hacia la puerta y salí del hotel.

El día era gris, la lluvia parecía jugar con el viento dejando caer unas gotas de vez en cuando, intentando avisar a los viandantes que pronto caería con fuerza. Caminé hasta subir la calle situada a la izquierda, sin saber donde me llevarían los pasos. Antes de llegar al aparcamiento, un escandaloso trueno corroboró lo que el agua avisó poco antes. Un chaparrón comenzó a caer con fuerza. Me empapé antes de alcanzar las escaleras de caracol que llevaban hasta la primera de las maquinas de pago. Busqué en la cartera la tarjeta, introduje el importe demandado, esperé la devolución para recoger el coche en la segunda planta, espacio 19, muy cerca de la escalera.

Sobre el parabrisas encontré una hoja de papel superpuesta. La tomé y escrita con caracteres de imprenta hechos con bolígrafo decía: ¡Era el y está muerto! Hice una pelota con ella y la arrojé al suelo. Luego abrí la puerta me senté frente al volante y giré la llave de contacto. Antes de que el motor sonara, el mismo murmullo escuchado en la habitación del hotel repitió: ¡Era él y está muerto!  Giré la cabeza buscando la voz. No había nadie. Salí deprisa del subterráneo y sin saber donde dirigirme, conduje hasta girar en la Glorieta de Neptuno con dirección al norte de la ciudad a través del paseo de la Castellana.

Cuando llegué al final del paseo no tuve más remedio que decidir la dirección que debía tomar. Lo hice, escogí la de mi domicilio, debía comprobar una serie de cuestiones que fui planteándome.

Después de atravesar la puerta y cerrarla, me quité aquella ropa arrugada y aún húmeda. La cambié por otra más cómoda. Enseguida me dirigí a la cocina, un café cargado, no había desayunado aún, luego un par de llamadas a la oficina. Salió el contestador diciendo: Nuestras oficinas se encuentran abiertas de lunes a viernes de siete treinta de la mañana hasta las quince horas, deje un mensaje y su número y le llamaremos tan pronto nos incorporemos el siguiente día laborable. Gracias.

Miré el calendario, aunque no me dijo nada. Tuve que abrir el ordenador portátil y comprobar la fecha. Mi sospecha se confirmó, era sábado. Inmediatamente comprendí que llevaba cuatro días sin aparecer por la oficina y por supuesto por mi casa. No había duda, el viaje de Nadia me había afectado demasiado. Pero no recordaba absolutamente nada de esos cuatro días. Tan solo la última tarde y la desgraciada pesadilla.

Era necesario que algún profesional me diagnosticara, pero no cabía duda alguna, debía sufrir un importante proceso de estrés. Alucinaciones, murmullos, voces y también otra serie de cuestiones que estaba seguro no comentaría con el psicoanalista, si es que decidía verlo. Me senté para intentar analizar con cierta cordura, cuanto me había pasado desde aquel lunes de hacía seis meses. Creo que volví a quedarme dormido.

Desde hacía tiempo, intentaba localizar a Nadia. Ella fue lo único importante que sin duda había irrumpido en mi vida. Sin embargo, tras doce extensos y duros años, transcurridos desde nuestra última ruptura, no había hecho otra cosa que pensar en ella y sufrir la amargura de no aceptar su planteamiento. La única forma de no sentir la profunda sensación de tristeza que invadía mi cotidiana vida y el nudo gordiano incorporado en mi pecho. Me dedicaba a trabajar y hacer ejercicio. Solo así, al transfigurar mis sentidos en responsabilidad y atención, conseguí, no olvidarla, pero si apaciguar los sinsabores que me embargaban. No tuve más remedio, también me obligó la recuperación del accidente de coche sufrido, inmediatamente después de romper nuestra relación. Un día, de los muchos que estuve intentando recuperarme, después de sostener entre mis manos un libro de autoayuda, tal vez con ciertos matices religiosos y leer uno de sus primeros capítulos, me atreví a repetir las frases recomendadas a medida que avanzaba en su lectura. La primera causó un especial interés que me llevó a proseguir sus enseñanzas: «Somos incapaces de comprender que lo desconocido puede ayudarnos a conseguir la tranquilidad espiritual, solo debemos intentar ser conscientes de que cuanto nos rodea no es fruto de la casualidad, todo se mueve, cambia o traduce en aquello que más puede interesarnos. Solo precisamos comprometernos, dar algo de nosotros mismos a cambio. Solo así alcanzaremos cuanto nos proponemos».

Durante días mantuve mi expectativa sobre el contenido de aquel libro. Al acabar y a titulo de ejercicio, tal y como lo planteaba aquel manual, sentí como mis labios pronunciaban: Quisiera estar de nuevo al lado Nadia y esta vez para siempre, aceptaré gustoso su propuesta de futuro si lo consiguiera.

Al finalizar la frase, una fría niebla azulada invadió la habitación rodeando en primer lugar el libro. Luego inició un ascenso acariciando mis brazos hasta cubrirme por completo. De ella surgió una voz que susurró una pregunta: ¿Que ofrecerás a cambio a lo desconocido? Esfuerzo, tesón, constancia, respeto, transigencia y cariño, respondí. De nuevo la susurrante voz dijo: Cumple y cumpliremos. Te ayudaremos a alcanzar tu meta. Nada podrá interponerse. Luego tal y como llegó, la niebla desapareció. Antes de dejar el libro sobre la mesa, este se tornó en algo incandescente que atrapó mis manos quemando las yemas de mis dedos. Lo solté cuanto noté el calor. Pocos días después observé las huellas de mis diez dedos sobre ambas cubiertas.

Sonreí y traduje aquel momento por un intenso deseo de volver a tener a Nadia junto a mi, poder abrazarla, besarla y disfrutar de su absoluta presencia, su sonrisa y sus maravillosos ojos marrones. Sin embargo, al cabo de un tiempo, comprobé que tal y como señalaba la primera frase leída, no todo cuanto me rodeaba era fruto de una mera casualidad.

Puede decirse que mi trabajo, en ocasiones me llevaba a viajar por diferentes ciudades. Mis contactos con diferentes empresas me hicieron conocer a innumerables personas. Muchas de ellas mantenían un relativo contacto conmigo y en ocasiones devolvían la visita. Aquel día recibí la llamada de la responsable de Publicidad de nuestra sucursal en Roma, Vittoria Lacetti. Tenía intención de pasar un largo fin de semana en Madrid y consecuentemente debía ser su protocolario acompañante. Acepté el reto, la reservé una habitación en un céntrico hotel y fui a recogerla al aeropuerto.

Después de resolver las cuestiones puramente laborales, me tocó ser su guía, por lo que hasta el lunes a primera hora en que regresaría a Roma, anduvimos recorriendo algunos lugares de interés turístico. Saboreando las numerosas y apetecibles tapas, y sobre todo el tan deseado jamón de bellota, reconocido en el resto del mundo. Vittoria antes de marcharse solicitó llevarse uno. Claro que lo dijo el sábado a última hora por lo que fue imposible comprarlo. Recordé a unos amigos propietarios de una tienda delicatessen que solían abrir los domingos por la mañana. Opté por llamarles por teléfono y quedar a primera hora en recoger un impresionante ejemplar de jamón ibérico.

Tomé un café con ellos y como el hotel se presentaba cerca de allí, caminé con el jamón envuelto para su viaje a Roma. Al llegar a la calle de la Princesa, para cruzar y afrontar el edificio del Hotel, me encontré con alguien. No era otro que el supuesto novio de Nadia. Individuo que, en la época de nuestra última separación, no esperó siquiera dos días para abordarla e intentar conquistarla, como al parecer hizo. Esperaba como yo en el semáforo para cruzar, pero solo eso, pues ni él ni yo cruzamos saludo o palabra alguna. Nos reconocimos, aunque ninguno quisimos decir una frase amable. Habían transcurrido doce años desde que aquel estúpido hombre dejó de hablarme, por el mero hecho de haber sido el compañero de Nadia, antes que él. Al cruzar la calle nos dedicamos una mirada despectiva como despedida.

Acabó la visita de Vittoria. Al regresar a la oficina primero y mi casa después, no dejé de pensar en Nadia. En esta ocasión con más denuedo al recordar el cruce de miradas con su antiguo ex, tal vez actual. Eso me dejó pensativo y al recordar que aquel individuo vivía cerca de la Plaza de España, tracé un plan.

Carecía de la suficiente información, pero no había duda de que Nadia durante el tiempo transcurrido, era posible que no hubiera dejado de vivir en Madrid. Cierto que su familia no era precisamente el motivo para retenerla. Seguro que habría decidido vivir alejada de ella, ellos no le facilitaron absolutamente nada cuando era joven. Al contrario, para ellos solo había una persona sobre quien dedicar todo el esfuerzo, la hermana de Nadia, más guapa y aparentemente mejor preparada. Aunque siempre la consideré como un mero trabajo de marketing, sabia venderse mejor que ella. Cuando aparecí ante Nadia, fui su salvación, abrí las puertas de su independencia y libertad. Tal vez fuera ese uno de los motivos por los que posteriormente y tras una época verdaderamente maravillosa, tropezamos con la primera de nuestras rupturas.

Hice ciertas investigaciones a través de amistades. Logré conocer la dirección de Nadia en Madrid, su teléfono y situación. Temeroso, una tarde logré marcar su número, aunque colgué inmediatamente al escuchar su voz. Está, esa es su dirección —me dije—. Desde ese momento no tuve más ocupación que intentar contactar con ella. Confirmado, era un cobarde. Hice cuantas cosas hubiera hecho un joven de dieciocho años o menos, comportarme como un verdadero imbecil. Llamaba y colgaba, solo escuchar su voz me producía tal nerviosismo que apenas tenia fuerzas para responder o preguntarla. 

Al cabo de unos días opté por escribirle una carta, aún la conserva, según me dijo. En ella la pedí vernos en la misma cafetería en que nos despedimos la última vez, cercana a la Plaza de Castilla. Tal vez mencioné aquella cafetería con la deseada intención: que el tiempo se hubiera detenido allí, que aquellos doce años no hubieran pasado. Sin embargo, algo sucedió que me irritó sobremanera. En mi carta, escrita de manera sencilla no evité, en buena lógica, ni dirección, teléfono o correo electrónico. Comprendí, al cabo de unos días que no diera respuesta, pues estaban próximas las fiestas navideñas. Mientras tanto confeccioné un calendario con doce fotografías de las muchas guardadas y realizadas durante nuestra época feliz, en todas con su especial sonrisa, que más tarde la envié por correo. Aproveché el envío para desearle unas felices fiestas, aunque puse un interrogante al señalar: en compañía de tu familia. Desconocía su actual situación.

Al cabo de unos días recibí un desagradable correo, firmado por su estúpido compañero. Decía: Como compañero actual de Nadia me veré en la obligación de pasar nota a mis abogados dada tu constante persecución sobre ella, por lo que exijo dejes de molestarla antes de sufrir las debidas consecuencias o me obligues a formular la correspondiente demanda por acoso. Firmado Manuel Cifuentes. 

Esa absurda nota incentivó aún más mi propósito. Si en verdad era el actual compañero de Nadia, no alcanzaba a comprender como si ella debía responder a mi carta, se dejó usurpar por un ser tan desagradable. Ante todo, soy una persona asequible y consciente de cuanto hago. Pero no, aquello no ocurrió, sentía como si ese estúpido hombre la hubiera secuestrado en su propio domicilio, tal vez domeñada por algo desconocido que la impedía ponerse en contacto conmigo. Opté por responder al correo con otro. Desagradable Manuel Cifuentes, pese a las atribuciones que te irrogas y considerando que mi actitud de ninguna manera es persecutoria y aun menos de acoso, te reto a poner en manos de tus abogados cualquier intento de demanda, yo sí puedo hacerlo por tu velada amenaza. No tengo nada contra ti, aunque creo que tu mente retorcida parece si tenerla en mi contra. No estará de más saber que piensa Nadia de toda esta estúpida e irreflexiva actuación por tu parte. Puedes ponerte en contacto con mis Abogados si eso te produce placer. Firmado Alejandro Verdú.

No obtuve respuesta, como imaginé. A partir de ese momento traté de comunicarme por teléfono. Esperé a que pasaran unos días y el lunes por la mañana temprano, desde mi oficina, la llamé.

—Nadia, soy Alejandro ¿puedes hablar?

—En estos momentos no. ¿Puedes volver a llamar dentro de una hora?

—Por supuesto.

—Esperaré.

Colgué el teléfono y miré la hora, no habían pasado las ocho y media de la mañana. Tenía una hora por delante llena de incertidumbre. Aunque bien pensado, si pidió llamarla más tarde, era un buen síntoma. En efecto, durante la segunda y también corta llamada me tranquilizó.

— Gracias por llamarme de nuevo.

—¿Podemos vernos?

— Claro.

— Entonces paso a recogerte dentro de media hora.

— Perfecto, hasta ahora mismo. Anota la dirección. 

Abandoné mi oficina, excusándome para todo el día, supuse necesitaría estar con ella toda la jornada. Como así fue. Cuando llegué con el coche ella ya esperaba, bajé para abrir su puerta, y sin saludarnos, solo cruzando una mirada dulce y llena de entusiasmo, se metió en el. Minutos después me pidió pararlo.

—¿Qué te ocurre? —inquirí.

—Todo y nada —respondió mientras me abrazaba con fuerza.

—Quieres que tomemos un café. ¿Tienes tiempo? o ¿prefieres que vayamos a comer fuera de Madrid mientras hablamos?

—Llévame donde quieras, no pienso volver a casa.

—Tranquilízate, Te veo angustiada.

—Mucho.

Paramos en el paseo de Rosales. Nos sentamos en el interior de una cafetería. Allí no dejó de llorar mientras relataba lo sucedido con el intratable Manolo Cifuentes.

—No te preocupes, vendrás a mi casa esta misma noche. Mañana iremos juntos a la tuya y recogeremos tus cosas.

—¿Harás eso por mí?

Claro y hablar con ese bobo también. Ahora no te preocupes, deja que sea yo quien me ocupe por unos días de ti hasta encontrar una solución a esto.

—Gracias, me alegro haberte reencontrado.

Solo tuvimos un enfrentamiento con su antiguo compañero el segundo día en que aparecimos por el domicilio de Nadia. Esperaba como un perro de caza. Cuando la vio aparecer por la puerta, se levantó del sillón donde esperaba su regreso y se abalanzó sobre ella como un poseso. Nadia retrocedió hasta refugiarse en mis brazos en solicitud de ayuda. Me interpuse entre ella y los brazos exigentes de Manolo que tropezaron con mi cara. No tuve más remedio que repeler la acción violenta y soltar un puñetazo sobre la boca del estomago primero y luego sobre el mentón. Cayó murmurando al suelo. ¡No vuelvas a hacerlo! señalé con el tono más grave que pude imprimir a mi voz. Recogimos algunas cosas privadas, documentos y demás, y salimos dejándolo en el suelo.

Después de aquella situación nada volvió a suceder. Nadia se instaló en mi domicilio y reiniciamos nuestra relación. Yo me sentía feliz, satisfecho, completo. Ella también lo era. Durante muchos días recorrimos nuestros lugares preferidos, recordando antiguos momentos, reactivando situaciones y evitando que aquellos recuerdos negativos incentivaran entornos no apetecibles.

Capítulo 2 

Última oportunidad

Solo transcurrieron dos meses desde aquel lunes. La providencia parecía portarse bien conmigo, me daba una nueva oportunidad, y no la iba a despreciar. Mi vida en común junto a Nadia parecía una constante luna de miel. Ambos desechamos la idea de casarnos, nos mantendríamos juntos el resto de nuestras vidas. Sin embargo, alguien continuaba interponiéndose entre nosotros. El ínclito Manolo Cifuentes volvía a interferir nuestra relación. Poco después de cumplir el cuarto mes, Nadia regresó a casa malhumorada.

—¿Que te ha ocurrido?

—En realidad que Manolo me ha llamado por teléfono a la oficina. Quiere una última oportunidad y me ha pedido vernos para hablar.

—¿Qué le has dicho?

—Me he negado. Ha vuelto a ponerse violento por teléfono.

—Deberíamos hacer algo. Es un peligro latente.

—Yo también lo veo así.

—De acuerdo, entonces pongámoslo en manos de alguien que pueda detenerlo.

Tras analizar la situación y comprobar que no había sido la primera llamada telefónica y no sería la última. Decidimos ponernos en manos de alguien que le parara los pies. Consideramos que la situación era suficientemente grave como para hacerlo.

Reclamaron a dicho individuo se mantuviera quieto y alejado de Nadia. Si bien hubo cierta reticencia por parte de la judicatura cuando mi nombre apareció al lado del de Nadia, sin que constara parentesco alguno. Insistí en nuestra unión de hecho, aunque las leyes marcan un periodo que aun no habíamos cumplido. No obstante, se adoptó la medida preventiva. Aunque con cierto cuidado y preocupación, salimos de la sede judicial.

Recordé lo leído en aquel libro tiempo atrás. Si bien había conseguido reconquistar a Nadia, las cosas no parecían ir suficientemente bien respecto a cuanto nos rodeaba. Me mantenía preocupado. Una noche, me desperté sudoroso, había sufrido una pesadilla. 

Nadia regresaba del trabajo de malhumor. No habló durante la cena, ni siquiera en el dormitorio. Solo antes de marchar por la mañana, rompió a llorar mientras con temor, lanzaba unas palabras que me hicieron daño. He decidido volver con Manolo, lo siento. Adiós. Me revolví y sin añadir palabra alguna, salí detrás de ella con la intención de enfrentarme de nuevo a Manolo. Sin saber como, me vi golpeando con fuerza la puerta de la casa que meses atrás saqué a Nadia. Frente a ella apareció aquel individuo, y en mi mano un largo machete de acero. Deja a Nadia en paz, de lo contrario... ¿Qué? ¿Qué harás?, dijo riéndose. Levanté el machete y sin más lo lancé contra su pecho, al ver llegar el acero giró lo suficiente como para que el golpe no fuera directo sino en oblicuo. Un quejido y después un alocado flujo de sangre manando del pecho a la altura del esternón. Fue girando sobre sus pies, llevó sus manos al pecho en un absurdo intento de detener la hemorragia hasta darme la espalda. Sin dudarlo volví a levantar el machete y lancé otro golpe, esta vez sobre la cabeza. De nuevo un exagerado chorro de sangre comenzó a inundar el espacio. Fue cayendo hasta posar su exigua vida sobre el suelo con una mirada cínica sobre mis ojos. Me deshice del machete, cerré la puerta y regresé para decir a Nadia que ya no debería preocuparse, acababa de matar a Manolo Cifuentes. Menos mal —dijo con satisfacción— entonces regresaré contigo de nuevo.

Nadia me zarandeó asustada de los movimientos realizados con mis brazos. 

—Despierta cariño, estas sufriendo una pesadilla.

—¡Eh! ¿Qué pasa?

—Has tenido una pesadilla.

—Eso parece.

—Anda, levanta, es tarde y debemos ir a trabajar.

—Lo sé, pero no me apetece. Me gustaría pasar el día contigo, no quiero separarme de ti.

—No es posible, tengo compromisos adquiridos con antelación y no los puedo posponer.

—Comprendo ¿Volverás pronto esta noche?

—Lo intentaré cielo, te prometo que lo intentaré. Ahora cálmate, pasa a la ducha mientras preparo el desayuno. Por cierto ¿Cómo era la pesadilla?

—Prefiero no recordarla, era bastante desagradable. ¿Puedo hacerte una pregunta?

—Claro.

—¿No tendrás intención de volver romper nuestra relación? ¿verdad?

—Cariño como puedes preguntarme eso. ¿Era esa la pesadilla?

—Algo parecido.

—Tranquilo. Te quiero y si no haces algo por romperla, por mi parte seguiré contigo hasta el final.

—Gracias por responder.

—Ahora levanta, por favor o llegaremos tarde.

—Claro.

Durante las siguientes noches, la misma pesadilla se hacia patente una y otra vez. Por fin una mañana en que debía salir algo más tarde que Nadia, retrasé mi ducha y mientras lo hacia escuché un murmullo lejano que poco a poco fue acercándose hasta susurrar mis oídos: «Cumple y cumpliremos». Una y otra vez me mantuve escuchando. Al principio me asusté, más tarde recordé que esa misma frase la escuché el día en que leí el libro de autoayuda. A partir de ese instante entablé una absurda conversación con el interlocutor anónimo y desconocido.

—Cumplo cuanto prometí desde que me devolvisteis a Nadia.

—Lo sabemos. Como también que alguien se interpone.

—Cierto, y llevo soñando con ellos varias noches.

—Lo hemos comprobado, ¿es ese hombre quien interfiere?

—En efecto.

—Bien, todo se solucionará. No debes preocuparte, solo recuerda que si cumples nosotros lo haremos por ti.

—Gracias.

Terminé de afeitarme y vestirme. Salí a la calle para atender una entrevista fuera de la oficina. Al regresar a casa por la tarde, Nadia pese a lo prometido, llegó más tarde de lo debido. Me pidió disculpas y poco después nos metimos en el dormitorio, no tuvimos ganas de cenar.

Aquella noche la pesadilla se amplió, vi a Nadia hablando acaloradamente con Manuel en un lugar desconocido para mi, después se despedían, ella prometiendo que volvería con él, y el sonriendo, trataba de besarla. Poco después se iniciaba el momento en que yo lo mataba en su propia casa. Volví a despertarme sudoroso y asustado. Como cada día hasta entonces, ella me calmaba y yo le repetía que era la misma pesadilla.

Aquella mañana.

—¿Puedo hacerte una pregunta cariño?

—Claro.

—¿Estuviste ayer con Manolo verdad?

—Debo negarlo.

—¿Te ha amenazado con algo?

—¿Por qué me lo preguntas?

—Tal vez porque he soñado como te despedías de él prometiendo que volverías.

—Cielo, me estás asustando.

—Dime, ¿es cierto?

—Por favor no me preguntes eso.

—Está bien.

Durante los siguientes días apenas cruzamos conversación que no fuera sobre nuestros respectivos trabajos y poco más. Nuestra relación se estaba tensando. Durante la cena de aquella tarde y como ya era habitual, hablamos de trabajo. Nadia comentó que estaría fuera de Madrid durante cuatro días.

—Son asuntos de trabajo

—Comprendo.

—¿Cuándo sales de viaje?

—Mañana a primera hora, desde la oficina.

—Está bien, llámame cuando llegues a tu destino.

—Claro.

—No te olvides.

—No me olvidaré. ¿Qué vas a hacer estos días?

—Me iré de casa, no puedo soportar estar aquí sin ti. Es posible que mañana mismo me vaya a un hotel. Así la habitación estará desangelada por otra causa.

—Lo siento cariño. De verdad que lo siento.

—Lo superaré.

—Yo también me siento mal separándome de ti.

—Entonces vuelve pronto.

Lo haré.

La ayudé a preparar la maleta. Aquella noche apenas dormimos, nos sumimos en un profundo abrazo como si fuera el último. Por la mañana salimos temprano, la dejé frente a su oficina. Yo me dirigí a la mía. Cuando salí para almorzar recordé lo prometido y contraté una habitación hasta el sábado en que regresaba Nadia.

Solo una bolsa conteniendo unas camisas, mudas, corbatas y lo suficiente para el aseo personal. Al acabar la jornada pasé por recepción para solicitar la llave y subir a la habitación de la quinta planta.

—¿Desea que le despertemos a una determinada hora?

—No es preciso —respondí— suelo levantarme sin utilizar el despertador.

—Como quiera, pero si desea algo solo tiene que descolgar el teléfono y pedirlo.

—Gracias.

Había tomado un bocado en una cafetería, por lo que ni siquiera bajé al restaurante a cenar. Me senté frente al televisor y soporté, estoicamente, hasta que los ojos se negaron a continuar obstaculizando el paso al sueño. Miré el reloj y pese a ser la una de la madrugada Nadia todavía no había llamado, como advirtió al despedirnos por la mañana. Me extrañó, aunque supuse estaría atareada o cenando con su jefe y compañera que la acompañaban. Me puse el pijama y me metí en la cama. El resto de lo sucedido fue una pesadilla. Claro que no llego a entender varias cosas. A saber, Nadia no llegó a llamarme por teléfono ninguno de los días en que estuvo de viaje. Por otro lado, no se si estuve encerrado en la habitación durmiendo todos ellos. Algo había de cierto, no tenia constancia de lo ocurrido en ese tiempo. Acabo de recordar que al pagar el hotel ni siquiera he mirado la factura, ni la cifra marcada en el documento de transacción de la tarjeta.

Me acerqué hasta el dormitorio donde descansaba la chaqueta y busqué en los bolsillos. Una nota manuscrita a bolígrafo apareció junto a la factura y transacción de la tarjeta de crédito. Miré el importe y en efecto, eran cuatro las noches que debí pasar en el hotel, luego abrí la nota y leí: Ya está, el obstáculo ha sido eliminado. Ignotus.

Después de atravesar la puerta y cerrarla, me quité aquella ropa arrugada, la cambié por otra más cómoda. Enseguida me dirigí a la cocina, un café cargado, no había desayunado aún, luego un par de llamadas a la oficina. Salió el contestador señalando: Nuestras oficinas se encuentran abiertas de lunes a viernes de siete treinta de la mañana hasta las quince horas, deje un mensaje y su número y le llamaremos tan pronto nos incorporemos el siguiente día laborable. Gracias.

Miré el calendario, aunque no me dijo nada, tuve que abrir el ordenador portátil y comprobar la fecha. Mi sospecha se confirmó, era sábado. Inmediatamente comprendí que llevaba cuatro días sin aparecer por la oficina y por supuesto por mi casa. No había duda, el viaje de Nadia me había afectado demasiado. Pero no recordaba absolutamente nada de esos tres días. Tan solo la última tarde y la desgraciada pesadilla.

Era necesario que algún profesional me diagnosticara, pero no cabía duda alguna, debía sufrir un importante proceso de estrés. Alucinaciones, murmullos, voces y también otra serie de cuestiones que estaba seguro no comentaría con el Psicoanalista, si es que decidía verlo.

Luego me senté para intentar analizar con cierta cordura, cuanto me había pasado desde aquel lunes hacía seis meses. Creo que volví a quedarme dormido.

Al despertar regresé a la cocina e hice una nueva cafetera, no suelo tomar el café frío. Al acabarlo me recosté de nuevo en el sofá y solo me desperté cuando Nadia comenzó a zarandearme mientras gritaba a asustada mi nombre.

—¡Alejandro! por favor, despierta.

—Disculpa, creo que me he vuelto a quedar dormido.

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