Asi comienza… EL VIAJE DEFINITIVO

EL VIAJE DEFINITIVO

Por Anxo do Rego 

Génesis de la serie de ciencia ficción «CRÓNICAS DESDE LA LUNA»


Sinopsis:

Ocho alumnos del «Grupo Octavo», tutelados por el profesor Leocadio Romero, un estudioso del espacio; acostumbrados a recibir cada año una invitación para celebrar una reunión, comprueban que no la han recibido. Llegan una conclusión, ha desaparecido. El grupo se reune y decide que Arturo Elizalde sea el encargado de localizarle. No le encuentra. Visita su domicilio y retira si las invitaciones que no llegó a enviar por correo, como solía hacer. Al abrirlas descubren que están escritas con unos signos desconocidos.

El profesor suele enviarles juegos de encriptación a sus ocho exalumnos, por lo que en sus reuniones periódicas deciden aplicar sus conocimientos en materias como matemáticas, música, astronomía y otras, dominadas por cada uno de ellos. Tras descubrir las pautas leen el contenido dirigido individualmente a cada uno de ellos con un resultado que modificará sus vidas a partir de ese momento.

Arturo Elizando sufre numerosas presiones para tratar de cumplir con las recomendaciones hechas por el profesor. Los hechos que anuncia serán insospechados, inesperados, inconcebibles, y difíciles de admitir por la gran mayoría de los habitantes de la Tierra.

Tensión hasta el último párrafo.

Las aventuras del Grupo Octavo continúan en la segunda novela de la Saga con el título «PRIMERAS CRÓNICAS»


Para mi especial y querida amiga Loli


Que unos seamos más listos que otros, no significa

que nuestros sentimientos deban ser

forzosamente más nobles.

 Donna León

(En su novela Nobleza Obliga)


Leocadio Romero es profesor de Lengua y Literatura en el Instituto de Enseñanza Secundaria Moratinos II. Su labor como docente en esa asignatura la inició a finales de la década de los setenta. Su mujer, dos años más joven, también imparte clases como profesora de educación infantil en un colegio situado a pocos metros del instituto.

            A principios de los años noventa, unos hechos cambiaron sus vidas. A él le trasladaron a otro instituto como adjunto al director, para ocuparse no solo de impartir clases, sino también de dirigir la tutoría de un grupo de alumnos. Cuantos enviaban allí formaban parte de un proyecto iniciado por el Ministerio de Educación y Universidades, tras escuchar las peticiones de muchos padres al ver como sus hijos, mejor dotados intelectualmente que el resto de sus compañeros, sufrían retrasos y perdían alicientes para continuar avanzando en sus estudios.

            Era tanto como apartarlos y separarlos del resto por ser superdotados, pero así no esperarían a verse menospreciados por sus respuestas, trabajos, incentivos e inquietudes. El profesor Romero aceptó el reto y asumió la tutoría de uno de los veinticinco grupos formados, el octavo. Lo componían cuatro chicos y cuatro chicas enviados desde diferentes institutos de Madrid.

            Otro hecho que cambió la vida del matrimonio Romero Naval. Su esposa María se encontró con el mal que acecha sin ser visto. Su cerebro sufrió demasiados embates y sucumbió a la mínima debilidad que encontró. Poco a poco comenzó a olvidar y confundir el presente, mientras el pasado adelantaba posiciones en su mente. Leocadio temió que su pececillo, como cariñosamente la llamaba, se escapara de sus manos y cayera en unas aguas bravas donde todo era posible.

            Decidió adelantar el proyecto de cambiar de domicilio y se puso en manos de una agencia inmobiliaria. Debían encontrarle una finca apartada de la ciudad y al mismo tiempo cercana. Los médicos que atendían a su mujer no podían estar muy alejados, además, él debía conducir el coche en caso de gravedad, y no le agradaba. Mientras gestionaban la búsqueda, se mantuvo en el ático con las ocupaciones obligatorias y ocasionales traducidas en pasión, su inalterable deseo de conocer y observar el espacio exterior, las estrellas, los planetas. La mayoría de las veces se decía: Algún día el hombre podrá viajar a alguno de esos planetas o estrellas, será maravilloso y aunque yo no lo consiga, habrá gente dispuesta a hacerlo.

             A medida que el tiempo avanzaba, sus alumnos crecían tanto física como intelectualmente y él aumentaba sus conocimientos del entorno en que se movía, escudriñando el espacio. Apiló informaciones de otros países y se carteó con algunos personajes, que, como él, oteaban el infinito. Se comunicaban vía radio para intercambiar descubrimientos y observaciones. A veces se reunían en alguna ciudad para comentar y cumplir la reciprocidad del entretenimiento.

            Transcurrieron dos años y el cuarto terraza que dispuso, se convirtió en algo especial, no permitía que entrara nadie, ni siquiera la mujer encargada de atender la casa y a María diariamente, desde que entró en la penúltima etapa de su enfermedad. Adaptó una cama estrecha e incómoda evitando ir a hurtadillas todas las noches al dormitorio.

            La noche del mes de agosto en que ocurrió aquel incidente, confundió el seguimiento del objeto observado, con la lluvia de meteoros conocidas como Las Perseidas, popularmente conocidas como Lágrimas de San Lorenzo. Eran las tres de la mañana del día 13. Miraba a través del telescopio la lluvia sin pedir un deseo, como dice la leyenda, cuando comenzó a sentir un fuerte olor a ozono mezclado con algo más que no supo distinguir. Miró a su alrededor y comenzó a sentir como una potente fuente luminosa le envolvía para poco después sufrir un desvanecimiento y caer al suelo.

            Al despertar miró el reloj, eran las siete de la mañana, se acercó al cuarto de baño, dejó correr el agua y después de secarse y vestirse, pasó a la habitación de su esposa a besarla como lo hacía cada día. Después desayunó y bajó al garaje para recoger el coche y dirigirse el instituto. Nada más entrar fue requerido por el director. Golpeó la puerta con los nudillos y al oír un ¡pase! enérgico, giró el pomo y entró.

—Señor Romero ¿Cómo sigue su esposa?

—En realidad no mejora, supongo que conoce como es esa enfermedad, a veces daña ciertas partes del cerebro y la convierten en otros inconvenientes de tipo físico.

—Comprendo, lo siento, pero le agradecería que, si en lo sucesivo surgiera algún problema, dado que lamentablemente empeorará, comuníquemelo en cuanto pueda, no espere a convertirlo en un hecho consumado. Preferiría, aunque fuera mínima, una comunicación suya.

—Lo entiendo y discúlpeme, ¿Lo dice por algún motivo especial?

—Por supuesto, y créame, no deseo que lo interprete como una llamada al orden, no es mi intención, pero por el bien de sus alumnos espero que no vuelva a suceder. Su ausencia de seis días para dirigir su clase no les perjudica, pero no es un ejemplo para ellos.

—Vuelvo a pedirle disculpas, y ahora si me permite, iré a su encuentro.

—Claro profesor, adelante. Cuídese, no tiene buen aspecto.

—Lo haré, gracias por su deferencia e interés.

—Nada, nada Romero.

            Antes de salir del despacho se fijó en el calendario sujeto en la pared, junto a una estantería muy cerca de la puerta, era 20 de agosto. De inmediato notó como si su cuerpo estuviera hueco y alguien le insuflara líquido hasta llenarlo. Cuando el hipotético nivel llegó a las sienes, un intenso frío seguido de un cambio brusco a calor, le hizo recuperar la cordura. Entró en el aula donde sus ocho alumnos esperaban el saludo como cada mañana. Ni un ruido, solo silencio, roto cuando uno de ellos como portavoz del grupo, Arturo Elizalde, intervino para preguntarle por la salud de su esposa. Ni un comentario sobre su ausencia, por lo que inmediatamente entraron en materia. No quiso comentar el sentimiento que le embargaba. Dejó pasar la mañana que transcurrió como el resto del día, normal y distinto a las clases que impartía antes de entrar en aquel proyecto.

           Después de escriturar la propiedad de la finca de más de diez mil metros cuadrados, en la punta de la Urbanización Las Constelaciones, en Boadilla del Monte, fruto de fusionar las últimas cuatro parcelas, se mantuvo yendo cada tarde para comprobar los avances en las obras que los constructores realizaban.

            La profundidad de las excavaciones era tal que parecía fueran a construir un rascacielos. Le extrañaba sobremanera encontrar, cada vez que iba, solo a un par de hombres custodiando el material, nunca llegó a ver maquinaria alguna. Preguntó a uno de los guardas y aquel respondió que ellos estaban únicamente por el día, en cuanto caía el sol se marchaban y jamás llegaron a ver a los obreros que al parecer trabajaban por la noche, según oyeron comentar a algunos vecinos de la zona.

            Al cabo de un mes, la vivienda tomó altura y se convirtió en algo que solo su mente había soñado. Poco a poco encontró, con una cerca metálica cerrando el perímetro del terreno. Tanto la casa como el garaje y el invernadero, solo esperaban ser ocupados. Dos días después de acabarse las obras supo que debía hacer el traslado. Contrató a una empresa de portes y se instaló con María.

            En la planta baja habilitó un cuarto para ella contiguo al de Luisa que continuó atendiéndola. Al otro lado del pasillo, junto a la cocina el suyo. Arriba su estudio y resto de habitaciones, ahora vacías, las iría ocupando con sus cosas, como el solía decir y comentar con sus alumnos.

            Durante los tres años que vivió María, disfrutó enormemente de aquella casa. Él la veía pasear por el jardín, cuidar y atender sus rosales. Preparar esquejes y plantas de otras variedades en el invernadero. Fue entonces cuando instauró la costumbre de reunirse todo un día con los ocho alumnos tutelados. Preparaba una comida en el jardín, charlaban, reían y sobre todo entretenían a su esposa, que reía constantemente con las bromas y comentarios. Mientras, él continuaba con sus observaciones desde la cúpula instalada en la segunda planta, a la que añadió una serie de aparatos de grabación, sonido y control.

            El cuarto año no se celebró la reunión, María les abandonó para siempre y el profesor Romero se volvió menos activo y más taciturno. Pese a ello no dejó de atender sus obligaciones. Otros grupos llegaron al instituto para cubrir las vacantes dejadas por sus ocho alumnos predilectos a quienes dirigió a las Facultades de la Universidad y sus posteriores Cursos de Especialización en diferentes Universidades Europeas y Americanas.

            Con anterioridad, y en ciertas ocasiones, comentó sobre todo a Arturo, que en cuanto se jubilara se dedicaría a realizar viajes cortos y sobre todo, aprender algo que solo podrían enseñarle Ellos. Lo decía señalando hacia el techo, si estaban en casa, o al cielo si se encontraban a la intemperie. En el transcurso de los años el afecto y cariño se acrecentó. La costumbre de reunirse todos en la finca del profesor, se modificó para que cada cual dispusiera de su periodo de vacaciones y aprovecharan éste para estar juntos algún día de la segunda quincena de agosto. Para ello los escribía una carta individualizada a cada uno de ellos. Después encargaba a Arturo, su alumno predilecto, comunicar la fecha exacta a fin de comprar lo necesario para la fiesta reunión.

Madrid. En la actualidad

            Arturo deja las llaves sobre la mesa, le pesan en el bolsillo, no en vano todo es molesto y pesado. Las llaves, la cartera, el monedero, el ordenador portátil, la corbata, todo, absolutamente todo. Además, el calor del verano en Madrid es insoportable, más aún, careciendo de climatizadores en la futura oficina de investigación privada, a punto de ser abierta tan pronto obtuviera la licencia.

            Los trámites legales estaban en marcha, los muebles comprados y dispuestos en cuanto la agencia de transportes, encargada de llevarlos desde la tienda donde los adquirió, le avisara para entregarlos. En la oficina recién inaugurada por el Alcalde Presidente para realizar todos los trámites empresariales en un solo día, le dieron fecha para el martes siguiente. En efecto un día, pero después de transcurrida una semana. Mientras tanto se ocupó de localizar al que sería su ayudante, un antiguo conocido y amigo a quien había contratado verbalmente, y sobre todo a una secretaria para permanecer en la oficina mientras ambos salían a buscar clientes o gestionar las investigaciones, que pensaba les lloverían nada más abrir. A ella la convenció para trabajar a partir del mes de septiembre, la raptó del personal de su antiguo despacho.

            El fin de semana no tuvo tiempo para descansar, el viernes lo ocupó dando los últimos retoques de lo que sería su despacho. El sábado cargó y llevó como pudo una mesa para trabajar, un sillón y dos sillas que colocó en la correcta posición, frente a él. A su espalda y en la pared, y dada su obligatoriedad, expuso colgado su recién obtenido título de Detective Privado, y haciéndolo guardia, los correspondientes de Licenciado en Derecho y Especialista en Criminología. Estaba satisfecho. Mientras lograba su independencia laboral tan ansiada, se mantuvo trabajando en la Sección Penal en un despacho de abogados, aunque pronto dejó de desarrollar demandas y contestar escritos, para dedicarse por entero a la investigación que otros letrados del bufete le solicitaban, dados los buenos resultados obtenidos. Ahorró lo suficiente para independizarse, solicitar la licencia de detective, y sobre todo, para alquilar aquel despacho en la planta doce del número 27 de la calle Orense de Madrid.

            Avanza unos metros hasta la cocina, abre la nevera, extrae una cerveza ligera, rubia y fresca e intenta localizar una de las copas de cristal, último regalo que su amigo Alfonso le trajo de Múnich. Sin quitarse la ropa de trabajo vuelca cadenciosamente el burbujeante y anhelado líquido y solo después de agotar su contenido, se atreve a llegar al dormitorio para deshacerse de la ropa, buscar algo más fresco que ponerse y volver de nuevo a la cocina para acabar con la botella de cerveza. Poco después abre el ordenador portátil, lo conecta a la red y mira el correo electrónico.

            Le esperan media docena de mensajes. Parece que todos sus amigos se han puesto de acuerdo para comunicarse aquel dichoso lunes de agosto. El primero que abre es de Alfonso Jaén.

Como eres el único que vive en Madrid, deberías preguntar al profesor si nos veremos a primeros de Setiembre. Aún no he recibido su carta anunciándolo ¿y tú? Entérate y dime algo, no quisiera alargar más allá del 6 mis vacaciones, debo volver a Múnich. Llámame no te hagas el remolón. Alfonso.

            El resto de los correos también preguntan por las fechas en que el profesor Romero suele citarlos para pasar el día juntos en su finca cercana a la capital, que, desde hacía ya más de diez años, vienen reuniéndose sin fallar una sola ocasión. Únicamente se saltaron la del año en que murió su esposa María.

            Se levanta y recoge las llaves de la mesa. Baja, hasta el portal, abre el buzón y no obtiene más que propaganda y dos cartas portadoras de facturas. Lo hace para justificar sus respuestas al resto del Grupo Octavo. Normalmente en la segunda quincena de agosto solía mandarles una carta de invitación proponiendo tres o cuatro fechas a elegir dentro de la segunda quincena. Luego, según la mayoría de las respuestas, Arturo solía llamarle para comunicárselo. Estaban a 26 y no habían recibido carta alguna. Se dispone a responder a seis de sus compañeros y antiguos alumnos del profesor.

Yo tampoco he recibido la carta. Mañana me pondré en contacto telefónico, si doy con él os comentaré, mientras disfrutar de vuestras vacaciones, no como alguno que todavía no ha tenido un día de descanso. Abrazos y hasta pronto, Arturo.

            Nada más enviar los correos, localiza en la agenda el número del profesor y tras esperar unos segundos, comienza a oír un pitido constante mientras una frase parpadeante aparece en la pantalla señalando la imposibilidad de comunicación. Lo intenta varias veces y opta por introducirlo en un programa automático donde cada cinco minutos y durante las siguientes dos horas intentará comunicarse con el profesor Romero.

            A veces, sobre todo desde que enviudó, se olvidaba del resto del mundo. Solo existía su pasión. Solía encerrarse en la planta superior de su vivienda dedicándose a investigar, leer y observar el cielo al llegar la noche. Pero aquello se salía de lo común, olvidarse de comer, charlar y sobre todo comentar sus últimos descubrimientos y teorías con sus ahijados, como solía llamarlos, y pasar todo un día con ellos. Era bastante extraño. Arturo opta por descansar un rato, pone algo de música, unas Sonatas para dos violines de Vivaldi, abre otra botella de cerveza y se deja abrazar por el mullido y reconfortante sillón. A las dos horas, viendo que no hay respuesta por parte de profesor, a media noche cierra el ordenador y se dispone a tomar algo sólido, leer un rato y meterse en la cama hasta las 8 de la mañana. A las 10 debe estar en la oficina, hora en que tienen previsto entregarle una colección de libros de jurisprudencia jurídica, pedidos ocho días antes.

       Suena el timbre de la puerta. Arturo la abre y aparece un hombre vestido con un mono verde oscuro. Comienza a pasar inmediatamente una serie de cajas conteniendo libros. Quince minutos más tarde jefe y secretaria desayunan juntos en la terraza de una cafetería. Al acabar vuelven a la oficina.

—¿Qué puedo hacer? —pregunta Unci.

—Toma, intenta localizar a mi profesor Leocadio Romero, desde anoche vengo intentándolo y no lo he conseguido. Necesito hablar con él, mientras tanto, desembalaré los libros.

—¿Es trabajo o personal?

—De momento personal. Era mi antiguo profesor y tutor del instituto y desde hace años nos reunimos en su casa en agosto para pasar un día junto a mis compañeros. Suele mandarnos una carta señalando dos o tres fechas para elegir, y ni mis siete compañeros ni yo la hemos recibido. También le he llamado y no está en casa, es muy raro, solía advertirme cualquier variación.

—Estará de vacaciones.

—Lo está desde que se jubiló, pero no, no suele irse en agosto, además, le gusta estar ocupado con su entretenimiento. No es amante de playas ni nada por el estilo, aunque suele hacer algunos viajes.

—Estupendo. Me agrada empieces poniéndome al corriente. Por cierto ¿cuándo se incorpora tu ayudante?

—Cuando pueda darle de alta como a ti.

—Ya sabes que no es necesario —dice una voz profunda desde el umbral de la puerta.

—Pero bueno ¿os habéis puesto de acuerdo?

—¿Quiénes?

—Unci y tú

—No la conozco.

—Ni yo tampoco a ti —dice avanzando hasta rozar sus mejillas en ademán de saludo.

—Gracias por los besos, ya te los devolveré en otro momento —responde Julio al saludo.

—Bien —añade Arturo a modo de presentación — ella es Asunción y él Julio. Y ahora como ya os conocéis, encargar un duplicado de llaves para Unci, y preparar los despachos, mientras llamaré a la tienda de muebles para meterles prisa.

—Vale, yo me ocuparé de localizar a tu profesor.

—¿Puedo ayudar en algo? —solicita Julio— ¿o me dedico a observar?

—Sigue observando, pero intenta no gastarme con la mirada —replica Unci.

—Vale, touché. Lo siento.

—No lo sientas, pero si vamos a ser compañeros no es eso lo que espero de ti.

—Desde luego. No volverá a ocurrir. Lo prometo.

—Vale, acepto tus disculpas.

            Antes de las doce de la mañana descubren que los muebles los entregarán por la tarde, y que el profesor Romero continúa sin dar señales de vida. Los tres se sientan en las únicas sillas de la oficina. Mientras Arturo piensa que hacer, Unci y Julio conversan en voz baja. Al cabo de unos minutos.

—Bueno, será nuestro primer trabajo, sin cliente, pero trabajo, al fin y al cabo.

—¿A qué te refieres? —pregunta Julio.

—Necesito localizar a Leocadio Romero, pero como estoy ocupado, serás tú quien lo intente, con ayuda de Unci, claro. Que ella te ponga en antecedentes. Aquí tenéis la dirección, y espera, sacaré una fotografía del ordenador, os ayudará a reconocerle o mostrarla a alguien si fuera preciso.

—De acuerdo, jefe.

—Voy a repetirte lo mismo que a Unci, no me gusta ese apelativo.

—A mí tampoco —señala Julio riendo.

—¿Entonces?

—No lo haré cuando haya desconocidos.

—Muy bien. Avisarme con lo que averigüéis, os espero para invitaros a comer.

—De acuerdo, jefe —responden ambos al unísono.

Los tres ríen. Mientras abandonan el despacho de Arturo, el móvil de éste suena repetidamente.

—Arturo, soy Dora. Si tienes tiempo me gustaría almorzar contigo.

—No sé si podré, estoy bastante liado con el cambio de trabajo.

—Mejor entonces, así me cuentas.

—Entiendo, pero es que espero a mis ayudantes y...

—¿Entonces cenamos juntos?

—Será mejor, te lo agradezco.

—Te espero sobre las ocho y media en casa de mi madre, me ocuparé de reservar mesa.

—Llamaré ante de ir.

            El resto de la mañana la ocupa en sacar los libros de las cajas y disponerlos en las estanterías de la pared derecha del despacho. Habla con la tienda de muebles y con los pintores. Mientras tanto Julio y Unci, se acercan en el coche al domicilio de Leocadio Romero, situado en la calle Febos nº18 de la Urbanización Las Constelaciones, en Boadilla del Monte.

            Con la foto del profesor Romero en la tableta de Julio, que ambos miran repetidamente, se acercan hasta la puerta metálica que señala el número 18. Pulsan el timbre y esperan respuesta. No la reciben, por lo que mientras pide a Unci continúe pulsando el timbre, él opta por caminar junto a la valla de la finca. Logra dar con un hueco y se introduce. Una vez dentro rodea la vivienda, mira a través de las ventanas y tras comprobar que no hay nadie, se acerca hasta la puerta metálica abriéndola para dejar entrar a Unci, que continuaba pulsando periódicamente el timbre.

—Pasa, no hay nadie.

—¿Entonces qué hacemos?

—Entrar y comprobar.

—¿Y esto no se llama allanamiento de morada?

—Supongo, pero como es amigo de nuestro jefe, no habrá problema alguno.

—Como digas.

            Cierran la puerta y caminan por un suelo empedrado rodeado de verde césped y numerosos rosales. El porche les espera, y en el centro, una puerta de madera con dos amplios ventanales por donde mirar al interior. Julio saca una bolsa pequeña de cuero negro, extrae unos elementos metálicos, finos y delicados, que aplica en la cerradura permitiéndole abrir la puerta sin efectuar un solo ruido. Se acerca hasta una caja que soporta un teclado, saca con un atornillador los tornillos que la sujetan, desconecta unos cables y luego suspira diciendo, quince segundos más y se habría disparado la alarma.

—¿Quieres esperar aquí o me acompañas?

—Prefiero acompañarte.

—Entonces ponte estos guantes y no toques nada.

— Vale.

...

Arturo rasga el sobre, saca la carta y comienza a leer. Al final el profesor Romero anuncia una nota adjunta en otro sobre más pequeño. Lo rasga con cuidado, saca la nota y ve en ella la firma del profesor precedida de una serie de signos irreconocibles.

...

Arturo se levanta y poco después regresa con un lápiz en la mano. Marca con su nombre la nota y luego se lo ofrece a Dora que hace lo mismo. Después ponen ambas juntas para realizar una comparación. La firma del profesor es la misma. Sin embargo, la nota formada por dos amplios y supuestos párrafos difiere sustancialmente. El primero parece ser común, los signos son idénticos, no así el segundo donde nada tienen que ver con los del primero. Algunos son similares, pero sin duda alguna, lo que pueda significar es diferente en la nota de Dora respecto a la de Arturo.

...

Tras recibir el asentimiento y especificar algunos aspectos de índole estructural, Arturo pide el teléfono de la cafetería para solicitar unos cafés. Mientras, Lidia se separa del grupo y comienza a analizar la cadencia de los signos, su posición, y, sobre todo, la posibilidad de que, aun siendo signos, el profesor Romero hubiera establecido un lenguaje o clave para comunicar algo oculto a los ojos de gente ajena al grupo. Cabía también otra posibilidad, que fuera un juego en una especie de despedida. Al cabo de dos horas y tras agotar tres cafés, Lidia se acerca a la sala donde esperan los demás.

—Después de analizar mucho, creo que existe algo y no precisamente una clave, me atrevo a vaticinar se trata de un lenguaje perfectamente identificable, claro que ni soy técnica en lengua, semiótica ni algo que se le parezca. Deberíamos hablar con alguien que dominara algunas lenguas, sobre todo indostánicas. No sé, me da la impresión puede estar escrito en alguna de esas.

© Anxo do Rego. 2020 Todos los derechos reservados.

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