Así comienza… EL INSTIGADOR FIEL

EL INSTIGADOR FIEL

Por Anxo do Rego


SINOPSIS:

La dejación por parte de las administraciones, central y periféricas en el mantenimiento de la sanidad, provoca numerosas muertes.

Comienzan a crearse Asociaciones de Afectados por los Recortes Sanitarios.

Diferentes casos se producen a lo largo y ancho de la geografía estatal y coincidentemente comienzan a suceder extraños accidentes con resultado de muerte, de responsables de Sanidad de las administraciones Central y Comunidades Autónomas.

Muere la Ministra de Sanidad en Madrid provocada por un camión que arrolla al coche oficial que la traslada. La compañía aseguradora del camión matriculado en Albacete, inicia los trámites para afrontar la responsabilidad del suceso. El director de siniestros en la sucursal, Pedro Bigas, se encarga de investigar y es invitado por la dirección de las oficinas centrales para acudir a Madrid, lugar del suceso y batallar con la Administración Central.

Dados los hechos de carácter similar y ámbito estatal de otros accidentes la A.I.E.(Agencia de Investigaciones Especiales) es la encargada de iniciar un amplio programa de investigación.


Á cidade de A Coruña.

Tamén a Gloria MB


«Mexan por nós e temos que dicir que chove»

Castelao


1

            A Coruña. Venres 16 de setembro de 2011.

            El féretro de Navia, esposa de Xían Laxe Outeiro, ya no es visible. Una cortina cubre por completo el cristal que lo separa de la sala velatorio. Diez minutos antes, el encargado del tanatorio ha señalado, que el coche fúnebre está preparado para llevarla hasta el cementerio de San Amaro, situado entre la Rúa Orillamar y el Paseo Marítimo.

            Pese a cuanto ocurre y el dolor espiritual que soporta, Xían pide quedarse unos minutos solo para sostener por última vez, la mano de su querida Navia. Ahora fría como el resto de su cuerpo, como el nonato dentro de su vientre, su primogénito. No se permite soltar una sola lágrima. Se despide de ambos en silencio, diciendo sin decir, unas palabras de amor y cariño. Cuando retiran el féretro de madera una vez cerrado, sale de la sala y acude solo hasta el coche del duelo, aparcado muy cerca del fúnebre.

            Una vez introducido el féretro en el interior del coche, espera para ver como colocan las coronas de flores y sus correspondientes mensajes, enviadas por amigos y compañeros. Él añade sobre el ataúd un hermoso ramo de rosas amarillas, las predilectas de su esposa. Atada al ramo, una cinta ancha de color blanco lleva unas palabras construidas con letras doradas. Quérovos os dous. Díselo ao noso fillo, a miña querida anduriña.

            Una comitiva de coches sigue al coche fúnebre. En primer lugar, el vehículo que lleva a Xían. Va solo en uno de los asientos traseros. A continuación, los coches de amigos y compañeros de trabajo. Su mujer no tenía familia, sus padres fallecieron en un accidente de tráfico años atrás. El autobús en que viajaban volcó y con ellos fallecieron otros cuatro ancianos en un viaje preparado por el IMSERSO.

            El tiempo transcurre más lento de lo que desea Xían. Nunca le gustaron las ceremonias de muerte, asiste obligado por ser su esposa e hijo nonato. Siente un dolor desgarrador, ronco, terrible, no medible ni ajustable a tabla alguna si existiera. A medida que su dolor avanza, lo va traduciendo en rencor, impotencia y odio. Lo destina a quienes ostentan el poder y han permitido con sus recortes económicos en Sanidad, que su Navia muriera por carencia de medios. También por negligencia de unos médicos incapaces de salvar su vida y la del hijo, con cuatro meses de gestación.

            Después de atravesar la ciudad, la comitiva llega al cementerio de San Amaro. Tras una corta espera, para cumplir los trámites necesarios, el coche fúnebre prosigue el corto viaje hasta el lugar previsto donde descansarán los restos mortales de sus seres más queridos. Xían ni siquiera ha bajado del coche.

            Pese a la tristeza que le embarga, no ha querido rendirse. Tampoco en este momento ha permitido que las lágrimas hagan acto de presencia en sus ojos. Serio y adusto camina tras el ataúd. Le siguen más de veinte personas en silencio.

            Tras un último adiós mudo; ha prohibido expresamente y con suficiente rotundidad la presencia de cura católico alguno; todos los asistentes comienzan a pasar frente a Xían para mostrarle condolencia. No advierte que alguien se acerca corriendo hacia él. No dice palabra alguna cuando se sitúa a su lado. El hombre que acaba de llegar solo cruza una mirada con el consternado Xían. Al acabar de estrechar manos y abrazos de condolencia, escucha del recién llegado.

—Lo siento Xían, perdí el avión en Hamburgo, tuve que esperar el siguiente vuelo.

—No importa. La verdad, no te esperaba.

—Me habría gustado poder acompañarte desde el primer momento. No sabes cuánto lo siento.

—Te repito que no importa. Nada hubieras podido hacer por ellos.

—¿Por ellos?

—Sí, Navia estaba embarazada de cuatro meses. El niño, pues estoy seguro de que era un niño, murió con ella.

—Comprendo el dolor que sientes.

—Gracias. Ahora por favor vámonos de aquí.

—¿A tu casa?

—¡No! Quiero emborracharme. ¿Me acompañas?

—Eso ni se pregunta.

—Entonces, salgamos de este lugar.

            Los dos hombres avanzan hacia la puerta del cementerio. El coche del duelo les espera, sin embargo, Xían habla con el conductor y segundos después, ven como desaparece por Rúa Orillamar. Ahora caminan juntos. El recién llegado lleva su brazo derecho sobre los hombros de Xían. No hablan, solo caminan despacio y en silencio.

            Sus pasos van dirigidos hacia la zona de María Pita. Seis horas después ambos hombres pagan el taxi que los ha llevado hasta la Rúa Cardenal Cisneros, domicilio de Xían.

            Es sábado 17 de septiembre. Se han despertado con resaca. Una cafetera bien cargada es la bebida obligada para despejarse. Conversan frente a sendas tazas humeantes y aromáticas.

—¿Dónde has estado estos años? —pregunta Xían.

—Por aquí, por allá. Ya sabes, soy viajero impenitente.

—¿Piensas estar mucho tiempo aquí?

—Depende de ti.

—¿De mí?

—Quiero decir hasta que pases este trance, no pienso abandonarte.

—No es necesario. Lo superaré.

—Lo sé. Te conozco muy bien, tanto como a mí.

—No es necesario que te quedes conmigo. Sigue con lo tuyo.

—Ahora solo pienso en estar contigo y ayudarte en todo cuanto puedas necesitar.

—No necesito nada.

—¿Ni siquiera superar el odio que mantienes en tu corazón?

—¿Cómo sabes eso?

—Anoche bebimos mucho, hablaste. Hablaste mucho, pero también escupiste todo el rencor que tenías dentro. ¿Sabes? temo puedas hacer algo inconveniente.

—¿Cómo qué?

—Si lo supiera, sabría poner remedio para evitarlo. Pero no lo sé. Precisamente por eso quiero estar a tu lado.

—Como quieras. ¿Que dije anoche que te haga actuar así?

—Soltaste algún que otro comentario y me da miedo pensar decidas tomar las medidas que dijiste. Necesitas sosegarte, tranquilizarte, proseguir con tu vida, otra, no la que pensaste junto a tu mujer e hijo. Ya no están, ni volverán de donde sus espíritus se encuentren. Ahora necesitas vivir, dedicarles cuanto hagas a partir de este instante. No te condenes Xían. No lo hagas, ellos no lo querrían.

—¿Que me propones?

—Cambiar tu rutina y si fuera necesario de trabajo. Quizás luchar contra aquellos que han provocado el nefasto desenlace. No sé. Pero eso sí, algo que tal vez ayude a otros a no padecer lo mismo que tú.

—Quizás tengas razón. Pero hoy por hoy no tengo ganas ni fuerza alguna.

—Puedo ayudarte. Haremos una cosa, me quedaré contigo un par de meses. Entre los dos buscaremos algo que te ayude estar activo.

—Está bien. Puedes quedarte siempre que no te haga trastorno alguno en tu trabajo.

—Te prometo que no me ocasiona problema alguno. Verás cómo sales de este pozo de tristeza. Sé que es duro, pero estoy seguro de tu capacidad.

—Gracias.

            Seis meses después.

            Marzo de 2012.

Xían recibe una llamada telefónica.

—¿Cómo te encuentras Xían?

—Bien. Bueno eso creo. Acabo de firmar el último documento para activar la Asociación Gallega de Afectados por los Recortes Sanitarios, AGARS.

—Me alegra saberlo.

—Y todo gracias a ti.

—No. Gracias a tu esfuerzo y dedicación. Ahora no olvides tenerme al corriente. Así de vez en cuando podré echarte una mano, siempre que la necesites.

—Lo tendré en cuenta.

—Ahora debo dejarte, reclaman mi presencia.

—Está bien. Cuídate mucho.

—Tú también. Un abrazo muy fuerte. 

2 

            A Coruña, 21 de xullo 2013.

            Xían está en la sede de la AGARS. Descuelga el teléfono.

—Dígame.

—Soy Jaime Azpilicueta, fundador y responsable de la Asociación Madrileña de Afectados por los Recortes Sanitarios.

—¡Ah! Hola. ¿Cómo está Jaime?

—Bien.

—¿Puedo ayudarle en algo?

—Supongo que sí. Nos gustaría verle personalmente en Madrid. Tenemos algo que proponerle.

—¿Quiénes?

—Un grupo de Presidentes de Asociaciones similares a las nuestras.

—¿Alguna razón especial?

—En primer lugar, me gustaría que asistiera a la primera reunión que nuestra Asociación celebrará mañana, usted tiene más práctica. También estarán presentes los responsables de otras asociaciones hermanas. Queremos crear una Confederación Nacional y dado que fue el primero en crear este tipo de institución, deseamos ofrecerle la presidencia.

—Muy agradecido. Desde luego estaré allí.

—Entonces le esperamos mañana sábado a las 9 de la mañana. Tomamos café juntos y comentamos ¿le parece bien señor Laxe?

—Naturalmente.

            Xían no ha podido descansar muchas horas. Cuando acaba la conversación telefónica, reserva una habitación en un hotel, hace la maleta y recoge el coche. Llega después de las diez de la noche a Madrid.

            Tras tomar café con Azpilicueta, ambos caminan hasta la sede de la Asociación Madrileña. Las invitaciones entregadas en los numerosos centros asistenciales y hospitales de la Comunidad de Madrid, ha provocado la confirmación de asistencia de más de quinientas personas, por lo que han debido reservar un amplio salón en el hotel Convención de Madrid. No obstante, resulta pequeño. Son las diez y cuarto de la mañana cuando da comienzo la sesión.

            El presidente Jaime Azpilicueta después de anunciar una serie de medidas a tomar próximamente, presenta a Xían a todos los asistentes.

—Estimados compañeros, me congratula presentarles al ideólogo de esta y otras asociaciones similares en toda la geografía estatal. Él fue quien constituyó en su ciudad, la primera de la Asociaciones de Afectados por los Recortes Sanitarios. Hoy gracias a su empeño nace la Confederación Estatal de Asociaciones de Afectados por los Recortes Sanitarios. Hoy queremos ofrecerle la presidencia, con el fin de aunar esfuerzos y tener una sola voz frente a las distintas Administraciones. No vamos a permitir continúen destruyendo nuestra sanidad, y aún menos, que nuestros seres queridos, o tal vez nosotros mismos, muramos como consecuencia de sus decisiones. Deseamos conozcan con detalle las consecuencias de éstas, por ello hemos concebido una Web de la Confederación, donde aparecerán las acciones que las diferentes Asociaciones tomaremos y los resultados obtenidos, así como los asociados afectados. Ahora les dejo con Xían Laxe, que les dirigirá unas palabras.

            Unos tímidos aplausos dan paso a otros múltiples y encendidos. Xían mira con timidez a los asistentes en la sala, luego dirige sus pasos hasta el atril que acaba de abandonar Jaime Azpilicueta. Comienza a hablar.

—Amigas, amigos. Estoy convencido de que muchos afectados no están aquí. Precisamente porque no han tenido voz ni mano fuerte que les represente. Desde hoy existe y no debemos dejar a esos políticos sin escrúpulos, que dinamiten y eliminen cuanto con esfuerzo, tesón y muchos sacrificios, hemos logrado entre todos los hombres y mujeres de este país. Coméntenlo, háblenlo con sus conocidos, amigos y familiares, pídanles que se asocien. La frase no por tantas veces escuchada es menos cierta, la unión hace la fuerza, y nuestra verdad es unívoca. Solo así recuperaremos la paz, esa que nos han arrebatado, a muchos de nosotros. Mi esposa e hijo murieron por sus nefastas decisiones. Amigos, amigas, no les vamos a permitir seguir jugando con nuestras vidas. Asóciense, seguro que conseguimos revertir los resultados de sus decisiones, pese a no recuperar a nuestros seres queridos. ¡Ánimo y Fuerza!

            De nuevo enardecidos aplausos llenan el salón. Los miembros de la Asociación comienzan a atender a numerosos asistentes que desean cumplimentar la ficha para asociarse.

            Xían abandona el salón, junto al resto de presidentes de las asociaciones. Lo hacen para sentarse en una pequeña sala donde presentan los documentos que comprometen a las instituciones en la formación de la Confederación.

—Almorzaremos juntos —señala Jaime Azpilicueta—¿Cuándo regresas a Coruña?

—Si puedo esta misma tarde —responde Xían.

—Entonces vamos, no te entretendremos mucho más.

En ese momento su teléfono suena insistente.

—¿Xían?

—¡Ah! eres tú. Dime

—Estoy en Madrid y tengo un par de días libres ¿Nos vemos?

—Claro, coincide que también estoy en Madrid.

—Los sé, llamé a tu oficina y Rufina me dijo que estabas aquí.

—Que coincidencia.

—¿Almorzamos juntos?

—No puedo, tengo un compromiso con responsables de Asociaciones. Estoy en una reunión.

—Vale. Entonces llámame cuando acabes, tal vez podamos cenar juntos.

—De acuerdo. Disculpa Jaime —señala nada más colgar.

—Nada.

            Acaban el almuerzo. Comentan algunos extremos de las actividades que llevarán a cabo, así como otros aspectos relativos a la Confederación. Media hora más tarde marca un número de teléfono.

—Nos vemos, aunque estoy cansado, cenaremos y hablaremos.

—¿Dónde nos vemos?

—Estoy en el Hotel Barceló Torre Arias, en la calle Julián Camarillo.

—¿Dentro de media hora?

—Perfecto.

            Frente a una mesa del restaurante El Hayedo, ambos hombres conversan apaciblemente.

—Te veo distinto.

—Lo estoy. Seguir tus indicaciones me ha permitido reactivar mi vida. Hoy mismo, he aceptado la presidencia de la Confederación de Asociaciones de Afectados.

—Eso es estupendo, te permitirá salir de Coruña, viajar, conocer gente, pero sobre todo estar ocupado.

—Y coordinarnos. Ser una sola voz frente a esa banda de políticos que nos han destrozado la vida a muchos como a mí. Tomar medidas, apoyar manifestaciones, reclamar a las Administraciones. Incluso desde mañana mismo, aparecerán en una página web los casos de asociados afectados, entrevistas y acciones tomadas y sus resultados. Así todo el mundo sabrá que nos hace esa gente.

—Me alegro mucho por ti, Xían.

—Yo también de hacerte caso.

—¿Estarás mucho tiempo aquí?

—No. Pienso salir mañana a primera hora.

—¿Querías algo?

—No. Ya veo que te apañas estupendamente. ¿Necesitas que te ayude en algo?

—Gracias, ya hiciste bastante por mí.

—De todas formas, si me necesitas solo tienes que llamarme.

—¿Dónde irás ahora?

—No puedo decírtelo, pero si a un lugar conflictivo.

—¿Peligroso?

—No hay lugar peligroso. Solo los hombres lo son, únicamente ellos son quienes lo provocan.

—Es cierto.

—Acabemos la cena, te invitaré a una copa, si encontramos algún pub cercano.

—Claro.

3

            Madrid. Segunda quincena de agosto 2013.           

            En Madrid hace un calor insoportable. El hombre que ahora se encuentra sentado frente a la pantalla del ordenador portátil, no ha podido dormir ni una sola hora en toda la noche. Opta por levantarse y volver a ponerse bajo la ducha para refrescarse. Ahora teclea la palabra CONFEARS en búsqueda, espera unos segundos. Ante sus ojos aparecen una serie de pestañas para navegar por la página oficial. Entra en la pestaña «Casos de Asociados»

            Una serie de informes señalan con una amplia documentación y claridad, los sucesos acaecidos en la Asociación Madrileña de Afectados por los Recortes Sanitarios. Asociados que han perdido algún ser querido por circunstancias ajenas a su voluntad. Al final de cada una de las fichas aparecen las medidas que ha tomado recientemente para cumplir con su cometido, defender a sus miembros.

            Hay un nombre que llama poderosamente su atención, Rafael Collado Gris. Su historia es tumultuosa, cruel y llena de negligencias médicas.

            El hombre lee con atención las declaraciones que aparecen en un recorte de prensa aportado a la ficha, donde expone que, tras la muerte de su esposa, careciendo de familiares e hijos, nada le retiene en este mundo. A continuación, la acción de la Asociación para atender al sufrido Rafael Collado. Un psicólogo que le ayude a superar la crisis de valores y sentimientos que le embargan.

            Es miércoles 20 de agosto. El timbre para abrir la puerta exterior suena con insistencia. Rafael Collado no hace ni dos horas que ha tomado un café descafeinado, dos magdalenas y cinco pastillas. Ahora se encuentra sentado frente al televisor. Solo escucha, no presta atención a las imágenes que aparecen. No espera visita alguna y se extraña cuando oye insistir al timbre. Se levanta hasta la puerta de entrada, descuelga y pregunta.

—¿Quién es?

—¿Es usted Rafael Collado Gris?

—En efecto ¿que desea?

—Invitarle a un café y charlar unos minutos con usted.

—Está bien. Espere un minuto, enseguida salgo.

            Abre el portal de la casa unifamiliar de una planta y aparece un anciano de cabello blanco. Tiene una altura aproximada de 170 centímetros. Es delgado, con un rostro ajado y triste. Mira a ambos lados y ve a un hombre acercarse.

—Buenos días señor Collado.

—¿Le conozco?

—Supongo. Ambos estuvimos en la reunión de la Asociación el pasado día 22 de Julio en el hotel Convención ¿lo recuerda?

—En efecto, disculpe, pero entre tanta gente no le he reconocido. ¿Cómo le va?

—Bien. ¿Y a usted?

—En realidad no muy bien. Me han puesto un psicólogo para que me ayude, pero no me recupero. Todo me da igual. Conoce mi caso, ¿verdad?

—En efecto. Es una verdadera vergüenza y no me refiero exclusivamente a su caso. Ocurren muchos otros en cualquier lugar de nuestro país. ¿Le apetece caminar y tomar un café?

—Creo que sí, apenas me relaciono. Ni siquiera sé cómo me atreví a ir a la Asociación.

—Hizo bien. La unión hace la fuerza, ya sabe.

—Es cierto, eso se mencionó en la reunión. Sin embargo, no las tengo ni ganas para nada.

—Estamos para ayudarnos mutuamente. Le vendrá bien hablar de su esposa, recordar con alguien esos momentos felices que vivió con ella.

—Eso me dice el psicólogo, pero no consigo superar su falta. No puedo ni quiero cambiar de casa, con ella viví tan buenos momentos, que mirar, ver o escuchar incluso un ruido, solo me trae su imagen. Eso me pone tan triste que no sé si podré superarlo.

—Claro que sí. Ya verá como lo consigue. No le consolará saberlo, pero todos tenemos en nuestra vida algo similar y superamos ese trance con ayuda de los demás.

—Lo supongo, pero tal vez sea más débil y no pueda recuperarme.

—Insisto, siempre habrá algo que pueda hacer para ayudar a los demás, eso le ocupará.

—¿Usted cree?

—Desde luego que sí. ¿Quiere que lo intentemos juntos?

—La verdad, no sé si podré, pero no estará mal intentarlo.

—Venga, Rafael haga un esfuerzo. Verá cómo le ayuda.

—¿Que haremos?

—Escuche con atención. Le propongo lo siguiente.

            Durante quince minutos los dos hombres conversan mientras caminan. Apenas advierten que han pasado frente a varias cafeterías y no han parado para tomar el café convenido. Por fin entran en una de ellas, lo toman y salen de nuevo a la calle para seguir, uno hablando y el otro escuchando atentamente.

            Cuando ambos hombres se despiden, Rafael Collado Gris tiene dibujada una mueca de sonrisa en sus labios. Abre la puerta pintada de verde del recinto de su casa, da unos pasos, atraviesa el pequeño jardín y se presenta ante la puerta de entrada. Es la casa número 86 de la calle Joaquín Turina, en el Barrio de Carabanchel Alto, de Madrid.

4

            Madrid. 27 octubre 2013           

            La noticia de la muerte de la Ministra de Sanidad impactó en todos los ámbitos políticos y sociales. Nadie quedó ajeno a ella. Los titulares fueron numerosos y variados, según la tendencia ideológica de la cabecera que los proponía. En las diferentes tertulias televisivas, aparecieron idénticos comentarios por los mismos periodistas.

            Sujetos al ordenamiento jurídico; recientemente reorganizado a semejanza del pensamiento ideológico del ministro de turno; surgieron toda una serie de iniciativas para evitar hechos similares. La reciente desaparición de la banda terrorista, que marcó diferentes épocas en la vida del país modificó la estructura de seguridad mantenida hasta entonces. Los vehículos utilizados por los ministros y otros cargos políticos dejaron de ser blindados. Se comenzó a utilizar otros de la misma gama y marca salidos de las cadenas de montaje, sin las peculiaridades que el blindaje proporcionaba. Aquellas dirigidas a evitar que el viajero sufriera daño alguno, dada su enorme dedicación e importancia de la labor realizada como prócer del país. Su posible muerte por atentado llevaría a la sociedad a una apocalipsis por su pérdida. Del mismo modo e idéntica causa, fueron retirados muchos de los guardaespaldas hasta ese momento en activo. Ahora los políticos, al sentirse más seguros, y supuestamente menos amenazados, olvidaron por un tiempo, que no eran más trascendentes, por ser políticos, que el resto de los mortales ciudadanos.

            El hecho sucedido causó estragos políticos en el Presidente de Gobierno. En esas fechas se encontraba inmerso en las investigaciones judiciales abiertas respecto al tratamiento dado al dinero ajeno y a cargo de su administración ejecutiva, por numerosos díscolos miembros del partido que encabezaba. Suspendió el viaje previsto en su agenda y ordenó de manera imperativa, tomar medidas por el Ministro del Interior, y si hacía falta, por el de Justicia, modificando las oportunas leyes, que para eso les nombré —añadió airadamente.

            Dicta tres días de luto oficial. Al cuarto no tiene más remedio que nombrar a otra mujer, para hacerse cargo de la vacante en el Ministerio de Sanidad.

            La misma mañana que el Ministro del Interior recibe la orden del Presidente de Gobierno, aquel pide la presencia del Coordinador General de las fuerzas de Orden Público, es decir, Cuerpo Nacional de Policía y Guardia Civil. Tres horas más tarde, el Coordinador General llama a Marcelo, director de la estatal Agencia de Investigaciones Especiales, AIE.

            Desde que Roberto HC, primer director de la AIE dimitió tras acabar uno de sus casos más problemáticos y desaparecer posteriormente, Marcelo, hasta entonces codirector, asumió las funciones de aquel. Transcurrieron dieciocho meses hasta ser nombrado oficialmente único director de la agencia.

            Son las 11:30 horas del día 2 de Noviembre cuando el teléfono del director de la AIE repica insistentemente. Descuelga.

—Marcelo al habla ¿Quien llama?

—Director, ¿Le paso una llamada del Coordinador General?

—Naturalmente —responde.

—Enseguida, director.

—Dígame ¿En qué puedo ayudarle?

—¿Le importa venir a mi despacho?

—Claro que no ¿Ahora mismo?

—Si no tiene nada más prioritario, se lo agradeceré.

—Salgo de inmediato. En diez minutos puedo estar ahí.

—Gracias Marcelo. Le espero.

            Marcelo pide hablar con su segundo. Le señala que sale a una reunión urgente con el Coordinador General. Abandona el edificio de la agencia.

—Señor, acaba de llegar el director de la AIE.

—Hágale pasar.

—Ahora mismo.

            El Coordinador General le espera de pie, aunque sin abandonar la mesa donde trabaja. La preside un crucifijo pequeño de madera y dos marcos de plata con fotos. Una con el Presidente de Gobierno hecha el día de su nombramiento. La otra con su esposa e hija en la fiesta de su último cumpleaños.

—Buenas tardes, Marcelo. Gracias por su diligencia.

—A sus órdenes —responde casi militarmente Marcelo.

—Por favor, siéntese —pide señalando con la mano uno de los sillones confidentes.

—Gracias.

—Necesito su ayuda.

—La tiene, se lo aseguro.

—Esta mañana he recibido la orden de poner en marcha una serie de medidas para evitar casos similares al ocurrido a la difunta Ministra de Sanidad. Supongo que lo sabe ¿verdad? Pensamos que tal vez se aflojó el protocolo de seguridad de ciertas personalidades.

—Naturalmente señor. Pero según tengo entendido ha sido un desgraciado accidente. Nada nos hace pensar pueda tratarse de un atentado. La policía está investigando, y por lo que conocemos hasta el momento, puede considerarse un hecho fortuito.

—De cualquier forma, además de la investigación que realiza la policía, me gustaría que la AIE iniciara otra para averiguar si la seguridad ha fallado. He hablado con el director del CNI y como usted, ha corroborado que no han observado movimiento o indicio alguno, que les haga creer se trata de un atentado programado por algún grupúsculo incontrolado. Le he pedido colabore con la AIE en cuanto puedan necesitar.

—Desde luego, señor. Abriremos un expediente. Pondré a mis mejores agentes en ello.

—Gracias Marcelo. Y por favor, manténgame al corriente.

—Así lo haré ¿Algo más?

—Solo agradecerle de nuevo su diligencia. Hasta pronto.

—Adiós.

            La reunión ha sido tan corta como había previsto. Regresa a la Agencia y una vez en su despacho, reclama la presencia de Luis Pinillas.[1]

—Luis, vamos a abrir una investigación sobre el accidente y muerte de la Ministra de Sanidad. Quiero que dirijas el equipo.

—¿Que vamos a investigar?

—Un posible fallo en la seguridad.

—Pero jefe, ha sido un accidente, no un aparente fallo de seguridad.

—Lo sé, pero el Ministerio de Interior, pese a que la policía investiga, quiere que nosotros también lo hagamos desde otro punto de vista. Tendrás tanta ayuda como necesites, incluido el CNI.

—Como se nota la mano del actual gobierno.

—Desde luego que sí. Ahora por favor, organiza el equipo que necesites. Pide detalles a la policía e inicia la investigación.

—Me pongo de inmediato, jefe.

—Veo que no pierdes la costumbre.

—¿Se refiere a lo de jefe?

—Sí.

—Lo hacía con Roberto ¿le molesta?

—En absoluto.

—Me pongo inmediatamente.

—Gracias Luis.

            Ambos hombres se despiden. El director Marcelo repasa las notas pendientes sobre su mesa. Luis Pinillas, agente responsable de la sección de informática, se acerca a la sala de su responsabilidad, la atraviesa y abre la puerta de su despacho. Durante unos minutos diseña las líneas a seguir en la investigación abierta. Luego conversa con varios jefes de área. Solicita la incorporación de algunos agentes para conformar su equipo investigador. Dos horas más tarde, y cuando se acercan las diez de la noche, se despide del grupo y da por acabada la jornada. En su domicilio le espera su inseparable Duli. Hace un mes se incorporó a la Agencia, desde entonces viven juntos. Durante la cena tendrá ocasión de comunicar su inclusión en el equipo recién formado.

[1] Luis Pinillas es inspector del Cuerpo Nacional de Policía. Experto en informática. Se incorporó a la AIE a solicitud del entonces comisario Roberto HC tras ser compañeros en comisaría.

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