Almohadas – #1/2

Relato de ciencia ficción.

Para ti querida Susana, que estarás

en el lugar elegido para quienes, como tú, tienen

 dos corazones para amar.

Para Gloria.

El hombre que tiene miedo sin peligro inventa el peligro para justificar su miedo.

Alain Émile Chartier


            Pocos, por no decir nadie, comprobaron esa noche de agosto, como un punto luminoso parecía caer desde el cielo como una gran gota de lluvia. Aunque no lo fuera se le parecía mucho, era similar a una bola roja, casi incandescente que dejaba tras de sí un rastro rojizo en el descenso, tornándose azul para después convertirse en una estela blanca y corta. Esa gota roja cayó en las instalaciones industriales de Solo Descanso, fabricante de colchones, almohadas y otros elementos necesarios para el descanso.

            Las edificaciones fabriles se encontraban a pocos metros del mar Mediterráneo, al lado de un polígono industrial cercano a la ciudad de Málaga. La mañana del martes, cuando el responsable de seguridad descubrió un agujero en el techo de la nave, de un tamaño similar a una pelota de tenis, mandó llamar inmediatamente al responsable de mantenimiento. Aquel propuso su inmediata reparación. Existían avisos de una tormenta de verano acercándose rápidamente a la zona, y tener una gotera podría estropear el silo donde se almacenaba la fibra utilizada para la fabricación de almohadas.

            La lluvia rompió la tranquilidad poco antes de ocluir el agujero, por lo que no pudieron impedir que algunas gotas de agua se mezclaran en el silo de la fibra. Solo fueron unos minutos y poca el agua introducida. El responsable de mantenimiento no consideró oportuno incluir la incidencia en el parte de trabajo. A primera hora de la mañana siguiente y, como siempre, el gerente de fabricación facilitó los partes de trabajo para la jornada y de inmediato toda la maquinaria del complejo industrial comenzó a funcionar.

            El silo donde almacenaban la fibra para la confección de almohadas, comenzó a desalojar la cantidad necesitada por cada una de las maquinas. Los trabajadores iniciaron los pasos necesarios para la fabricación inicial, para después ver caer cada unidad, en una lámina sinfín donde aplicaban una serie de claves, entre las que se incluía la fecha de fabricación, lote, tamaño y un incontable número de anotaciones, hasta introducirse en las cajas donde descansarían para salir en dirección a los distribuidores y de éstos a los compradores finales.

            El director de la firma, hijo único del fundador de la fábrica, no estaba muy convencido de cumplir la promesa hecha a su padre antes de que expirara, continuar con la fábrica dando trabajo a más de cuarenta familias. Trabajadores que junto a él construyeron Solo Descanso. Él, como actual propietario y gerente, no podía considerar a los trabajadores como hiciera su padre, iguales, compañeros y amigos, a quienes debía ayudar en los malos momentos. Todos, sin distinción eran sus empleados, nada más. Ellos aportaban su esfuerzo y obtenían la contraprestación mediante un sueldo.

            El terreno que ocupaba la fábrica dentro de la amplia finca, significaba solo un cincuenta por ciento de ella. Su padre no solo construyó la vivienda que actualmente ocupaba, donde continuaba viviendo muy a pesar suyo, también mandó construir varios edificios, con amplias y bien dotadas viviendas para quienes quisieran ocuparlas previo pago de una simbólica cantidad. La mayoría de sus trabajadores aceptaron la propuesta y las ocuparon. Él por supuesto, no tenía intención de continuar con esa filosofía.

            La incidencia de sus productos en el mercado era mínima, solo algunos hoteles, dos hospitales y algunas tiendas de cuatro ciudades, además de los distribuidores en cada una de las capitales importantes, mantenían la línea de pedidos, sin embargo, cada vez las solicitudes eran menores.

            Ante los malos resultados y la poca penetración en el mercado exterior, Antonio Beres hijo, se dio un plazo para liquidar la empresa. Si al finalizar ese ejercicio no obtenía al menos un resultado superior a un 5% respecto del anterior, propondría el cierre de la fábrica y posterior venta del terreno incluidas las instalaciones. La parcela ocupaba la parte derecha de la calle dividiendo el polígono industrial, solo que no le pertenecía a él. Su situación era singular, tanto que su padre rechazó las ofertas de algunas inmobiliarias para construir, bien un complejo comercial, o una urbanización de viviendas unifamiliares, dada la cercanía a la autopista del aeropuerto y a una de las principales playas de la ciudad.

            Acabó el mes de agosto y nada más comenzar septiembre, algo le hizo modificar el plan establecido. El número de pedidos aumentó de forma considerable. Los distribuidores llamaban preocupados, debían entregar cientos de peticiones de almohadas fabricadas por la empresa Solo Descanso. El volumen de ventas aumentó exponencialmente cada mes, al llegar diciembre, era tal el beneficio, que no tuvo más remedio que reunirse con una agencia de publicidad para lanzar una promoción especial de Navidad en la que al comprar un colchón se obsequiaba con una almohada.

            No entendía el mercado y aún menos a la gente. De repente la marca creada por su padre, de estar a punto de fenecer, a punto de obligarle a vender la fábrica, ahora le permitían ampliarla, aumentar la fabricación y dar respuesta al amplio número de peticiones que comenzaban a llegar del exterior.

            Los competidores no sabían a que debía el éxito, incluso llegaron a reunirse con Beres hijo, a fin de establecer un acuerdo que les permitiera seguir en el mercado. Lo aceptó, pero los consumidores no querían otra marca, reclamaban la marca Solo Descanso. Única y exclusivamente la almohada y colchón distinguidos por la fábrica que iniciara Antonio Beres, padre.

            Los ocupantes de las viviendas construidas por su padre dentro de la parcela de la fábrica, tuvieron que desalojarlas para dar paso a nuevas construcciones, almacenes y muelles de carga. No tuvo problema alguno, llegó a un acuerdo con ellos y un mes después las maquinas aplanaron la zona de las viviendas, para ser sustituidas por varias naves donde almacenar almohadas y colchones.

            Sin la presencia de Antonio Beres hijo, el resto de fabricantes nacionales y algunos extranjeros, se reunieron para analizar con detenimiento las características contenidas en los productos de Solo Descanso. No llegaron a descubrir nada especial, analizaron composición, textura, suavidad, tendencia a descomposición mediante frío o calor. No llegaron a distinguir nada específico que sobresaliera. Mediante diversos procesos de análisis, lograron aislar una partícula diferente respecto a las fibras utilizadas por ellos, su composición era desconocida, aunque solo aparecía en las mezclas manejadas en la fabricación de almohadas, al fin y al cabo, era el producto insignia. Ahora y bien aconsejado por sus especialistas en marketing, solo se vendía si iba acompañada por el respectivo colchón, ambos con la marca Solo descanso.

            La competencia no resolvió nada, ni siquiera dio la importancia que aquello podía merecer. Los análisis y sus resultados quedaron archivados en un laboratorio, quien los realizó, los olvidó hasta transcurridos seis meses.

            Mientras tanto en un pueblo costero, al norte del país, dos mujeres sesenta días atrás, habían discutido sobre quien merecía quedarse con la última almohada Solo Descanso existente en la tienda.

—Yo entré primero —dijo una de ellas.

—Ya, pero yo la estoy esperando desde hace un mes, fecha en que la solicité a Juancho —dijo la segunda.

—De acuerdo, tendrás razón, no lo discuto, pero tengo tanto derecho como tú a disponer de esa almohada. Mi dinero es tan bueno como el tuyo ¿No es así? —dijo dirigiéndose al responsable de la tienda.

—Desde luego. Pero por favor no discutan. Tengo pedidas cincuenta almohadas más, y me han dicho que mañana estarán aquí.

—Pues decide quien de las dos se lleva ésta —señaló la primera mujer.

—Pues sintiéndolo mucho debo pedirla que espere al próximo pedido, esta será para ella —respondió señalando a la segunda.

—Está bien. Como quiera, pero conste que no volveré a comprar nada en esta tienda —refrendó malhumorada—No tiene derecho a llevarse mi almohada. Se arrepentirá de ello.

—No se ponga así, mañana  vendrán más y tendrá la suya.

            La mujer no respondió, ni siquiera miró a quien acababa de convertirse en propietaria del último ejemplar de Solo Descanso.

—No debería haberse puesto así —dijo nada más salir del establecimiento.

—Qué le vamos a hacer y eso que mañana estarán aquí.

—Estaría encaprichada.

—Seguramente.

—Bueno, te pago y me la llevo.

—Muy bien, la empaquetaré.

—Gracias Juancho.

            Abandonó el establecimiento Sueños y llegó a su casa. Por la noche tanto ella como su marido, descansaron la cabeza sobre aquella almohada marca Solo Descanso.

            Dos meses más tarde ambos esposos cayeron cansados sobre la cama. El sueño del hombre era pesado, desafiaba al silencio de la noche traspasando posiblemente las paredes del cortijo, claro que estaban retirados y nadie podía escucharlos. La mujer ya estaba acostumbrada y como cada noche, introducía unos tapones de silicona en sus oídos evitando escuchar los gruñidos, que no ronquidos, de aquel oso que tenía por marido.

            Al cabo de dos horas, cuando ambos estaban completamente dormidos, el hombre se despertó a consecuencia del hormigueo producido por algo sutil y minúsculo que rondaba por su cabeza. Inicialmente descansaba sobre el lado derecho, como su cara, después el izquierdo y por último boca arriba, mirando al techo. De esa forma llamaba al sueño. Era cuando la cabeza se hundía en la almohada que parecía acariciarlo cada noche. Aquella no fue así, las caricias se mutaron en minúsculos pinchazos, tanto en la cara como en el resto de la cabeza, se movió, levantó y encendió la luz tratando de averiguar que ocurría. ¿Habrán sido las dos copas de pacharán que tomé después de la cena? ¿Tal vez el café? No tuvo respuesta. Se levantó, los picores y pinchazos continuaban. Se acercó hasta el cuarto de baño, encendió la luz y se acercó al espejo. Al verse gritó, lo hizo con desesperación. Sobre la mejilla derecha y moviéndose hacia la frente, pasando por el ojo, pudo comprobar miles y miles de puntos diminutos y blanquecinos moverse mientras parecían picotearle la carne. Se mojó la cara tratando de serenarse, pero eso no hizo más que incrementar el dolor y disipar las fuerzas para moverse. Poco después fue relajándose de tal forma, que cuando volvió a mirarse en el espejo, su cara parecía más un esqueleto sanguinolento mientras los ojos aún permanecían dentro de sus órbitas. La frente solo era hueso y los cabellos habían desaparecido, como las orejas. Gritó, gritó cuanto pudo, nadie le escuchó.

            Se miró las manos y resto del cuerpo, comprobó que aún seguían allí. En un instante creyó se trataba de una pesadilla. Abrió la puerta del baño y en dos pasos se acercó hasta la cama donde dormía Alicia, su mujer. Se asustó aún más. Su rostro era una copia exacta del suyo, solo huesos sanguinolentos. Los tapones de silicona descansaban sobre la almohada y su cuello empezaba a diluirse lleno de puntos blancos como los que circulaban por su cara. Tomó su mano con la poca fuerza que le quedaba y trato de despertarla, pero ya era tarde. Tuvo que soltarla, estaba fría. Intentó acercarse a su pecho para escuchar su respiración, pero al poner su cabeza en él se percató de la inexistencia de oreja con que escuchar. No pudo echar lágrimas, ni siquiera tenía lagrimales, solo los globos oculares en las orbitas. Se quedó mirando, aguantando el dolor producido por aquellos minúsculos puntos blancos. Se recostó al lado de su esposa y en esa posición los encontraron ocho días después.

            Dos esqueletos, uno tumbado sobre la cama, el otro con los huesos de lo fueron brazos, sobre el primero y la cabeza sobre ellos. Uno de los policías dijo: Esta gente dormía sin almohada, que raro en estos tiempos ¿te has dado cuenta?

            La mujer que disputó la almohada días atrás fue detenida e interrogada como sospechosa. Sin embargo nada pudieron probar las autoridades. Dos días después regresaba a su casa diciendo entre dientes: les está bien empleado por quedarse con mi almohada.

            La vida comenzó a ser más ilusionante para Antonio Beres hijo. La fábrica no solo se mantuvo activa, sino que con la ampliación copó el noventa por ciento del mercado mundial de almohadas. Las exportaciones superaban el ochenta por ciento de su fabricación, dado que el mercado interior estaba saturado.

            Acompañado por el jefe de laboratorio, quiso conocer los componentes moleculares de las fibras utilizadas, deseaba saber con exactitud el motivo de su inesperado éxito, sin embargo minutos antes, una llamada telefónica le invitó a ser razonablemente sensato y precavido.

—¿Señor Beres?

—¿Con quién tengo el gusto de hablar?

—Soy el antiguo jefe de laboratorio de un excompetidor suyo, me gustaría comentarle algo personalmente. ¿Puedo acercarme por su despacho?

—¿Ha dicho antiguo?

—Sí señor, no tengo trabajo, hace meses que cerraron la fábrica.

—¿No vendrá a pedirme trabajo?

—No, no señor.

—Si se da prisa podemos vernos, dentro de dos horas salgo en un vuelo para Italia.

—No tardaré más de diez minutos en llegar.

—Le espero.

            Al cabo de un cuarto de hora, Wenceslao Piñate estrechaba la mano de Antonio Beres.

—Siéntese y cuénteme, por favor.

—Cuando cerraron la fábrica Pindolin, antes de marcharme definitivamente, recogí la historia de todos mis análisis de fibras, fundamentalmente por cariño. Entre ellos dos cajas conteniendo muestras de todos los realizados hasta entonces. Lo hice con la necesaria y absoluta autorización de mis superiores.

—¿Y qué tiene que ver conmigo?

—Hace unos días y para entretenerme, me encerré en mi estudio, con un pequeño laboratorio. Lo utilizo como escape a mi intelecto, hasta conseguir otro trabajo y no perder el hábito de analizar.

—¿Quiere por favor ir al grano?

—Sí. Sí señor. Bien, pues descubrí, al volver a analizar la muestra de fibra que contienen sus productos, que ésta ha modificado su estructura molecular.

—¿Qué quiere decir?

—Señor Beres, la fibra que utiliza para fabricar sus almohadas, está viva.

—¿Qué? ¿Cómo?

—Sí señor, está viva, sus moléculas vistas a través del microscopio, tienen movimiento.

—¿Lo ha comentado con alguien?

—No señor, he querido que fuera usted el primero en conocer mi descubrimiento.

—Déjeme pensar. No puedo cancelar mi viaje a Italia, salgo dentro de un momento, pero si le parece, nos acercaremos a la Dirección de Relaciones Industriales para que le hagan un contrato desde primero de mes con nosotros, por un año. De esa forma, cuando se incorpore a mi regreso, tendrá a su disposición nuestro amplio laboratorio ¿Le interesa?

—Pues claro que si Señor Beres.

—Ahora bien, necesito su palabra de que cuanto ha descubierto hasta el momento, no será comentado con nadie. Ni siquiera con mi actual jefe de laboratorio.

—Por supuesto. Puede incluir una cláusula de confidencialidad y penalización en el contrato, si lo considera necesario.

—No es preciso. Vayamos, cuanto antes acabemos antes podré salir para Italia.

—Gracias señor Beres.

—Le llamaré cuando regrese y hablaremos antes de incorporarse. Le repito, no debe comentar nada a nadie.

—Tenga la absoluta seguridad de ello.

—Eso espero, de lo contrario no le ofrecería esta cifra —dice mostrándole una serie de dígitos puestos sobre un sobre.

—Es maravilloso. Mi mujer se pondrá muy contenta.

—Acabemos y regrese a casa para que pueda invitarla a cenar, el gasto corre de mi cuenta. Tenga —señala ofreciéndole unos billetes.

—No es necesario.

—Lo sé, pero quiero invitarles.

—Gracias de nuevo señor Beres.

            Wenceslao se retiró con la carpeta donde guardaba las anotaciones hechas en su laboratorio. Esperó en la puerta del recinto hasta que encontró un taxi para regresar a casa. A su mujer solo quiso comentarle que en quince días, volvería a trabajar y esa vez con el fabricante número uno de almohadas y colchones. Se invitaron a cenar en un lujoso restaurante y como ambos eran jóvenes, cuando regresaron, decidieron meterse en la cama para descansar y disfrutar del apetecible sopor producido por el cava. Al cabo de dos horas, y mientras ambos soñaban despiertos enlazados por las manos, y dejaban que solo la luz de la luna cubriera sus cuerpos desnudos, se despidieron ofreciéndose un abrazo prolongado para sellarlo con un beso. Después cerraron los ojos.

            Antonio Beres, adelanta el regreso de Italia, ha cerrado un complicado contrato con unos distribuidores italianos, especializados en mercado de oriente próximo. Después de firmarlo, piensan ofrecerle unos tranquilos días en una maravillosa villa de la Toscana, en compañía de una impresionante representante de la belleza femenina italiana. Sin embargo rechaza la oferta pese a ser un hombre soltero y no tener compromiso alguno. Su actual preocupación no le permite quedarse más tiempo, mientras la duda e intranquilidad amenazan su cerebro, y todo ello personificado en las palabras escuchadas a Wenceslao Piñate, las moléculas tienen movimiento.

            Se despide de sus nuevos distribuidores y regresa cuatro días antes a Málaga. Como siempre recibe a sus ejecutivos, incluido el gerente de fabricación. Conoce que la industria va como suele decirse, viento en popa. Actualiza la información recibida y después de pedir un café, se sienta frente a la mesa de despacho, toma el teléfono y a través de la línea privada, marca el número de Wenceslao. Lo deja sonar repetidamente sin recibir respuesta. Así se mantiene toda la mañana, pensando tal vez que lo mejor será visitarle personalmente y avisarle para su incorporación. Quizás se ha marchado unos días fuera de la ciudad —piensa— Deja nota de su salida y toma el coche que conduce hasta la dirección donde vive.

            No encuentra lugar con sombra donde dejar el vehículo. Se baja y camina hasta el número 11, primer piso, letra B. No tropieza con persona alguna, no solo en la calle, sino en el propio edificio. No sospecha la razón. Al situarse frente a la puerta para pulsar el timbre, ve una nota sujeta con cinta adhesiva transparente, en la que aparece un sello judicial.

Prohibida la entrada a esta vivienda por orden judicial. Si alguien lo hiciera deberá contactar inmediatamente con el servicio judicial señalado en el siguiente número de teléfono. Del mismo modo, si hubiera tenido contacto con alguno de los ocupantes de la vivienda, deberá llamar al señalado número y permanecer sin contacto físico con otras personas hasta ser recogido por uno equipo especial.

            Antonio Beres siente un escalofrió recorrer todo su cuerpo. Cuando se recupera, le aparece un temor incontrolable. Mira con atención la puerta y descubre que una cinta ancha con palabras en color verde, oculta cualquier posible rendija de la puerta. Sin separarse y con cierta duda en sus dedos, saca el teléfono y marca el número de la nota.

—Estuve en contacto con uno de los habitantes de la vivienda del primer piso, letra B, del número 11 de la calle Maestro Vives. Ahora mismo estoy frente a la puerta de dicho piso.

—Espere un momento por favor, haga el favor de no moverse de ahí.

—Claro.

—Señor, dígame su nombre y apellidos, ahora mismo sale un coche con dos técnicos que hablaran con usted. Le repito,  no se mueva de ahí, por favor.

—No entiendo.

—No se preocupe, en unos minutos le darán toda la información posible. Gracias por su llamada.

            Quince minutos más tarde cuatro hombres con una escafandra blanca, un mono y botas del mismo color, cerrados herméticamente, se presentan frente a él. Las manos van encerradas en unos guantes pegados al mismo traje. Advierte que posiblemente le aislarán. Una voz le habla desde el interior de uno de los trajes.

—Soy el Juez Marcos Palerin y ellos tres, agentes, técnicos en aislamiento y contaminación. ¿Cómo ha conseguido entrar en el edificio?

—Por el portal.

—¿No había una nota prohibiendo el paso?

—No señor.

            Mientras hablan, dos de los hombres van pasándole una especie de detector sobre el cuerpo mientras emite un zumbido sordo. Al acabar, uno de ellos extrae un spray de un maletín y lo pulsa extendiendo su contenido en las manos de Antonio Beres.

—Señor Juez, no está contaminado, podemos abrir los trajes y salir de la zona.

—De acuerdo señor Beres, acompáñenos a la calle.

—Claro.

            Salen a la calle y después de dar las oportunas órdenes para volver a colocar el cartel de prohibido entrar por orden judicial, retiran sus trajes. Los tres agentes esperan a unos metros mientras el Juez habla con Antonio Beres.

—¿Qué ocurre?

—Espere, antes deberá contestar una serie de preguntas.

—Naturalmente.

—Usted dijo al llamar por teléfono, que estuvo en contacto con alguien de la vivienda. ¿Es cierto?

—En efecto, siempre que se trate de la vivienda de Wenceslao Piñate.

—Lo es.

—¿Cuándo vio al señor Piñate?

—Hace doce días. Estuvo en mi despacho. Hablamos y le contraté para incorporarse a mi fábrica dentro de unos días. Regresé antes de lo previsto, le llamé y al no responder quise visitarle.

—Entiendo señor Beres.

—Entonces no se preocupe.

—¿Cómo?

—Que no se preocupe.

—¿Por qué?

—Para estar contaminado, el contacto debería hacerse producido hace seis días.

—¿Puedo saber la razón?

—En realidad no. ¿Conocía a Wenceslao Piñate?

—Ya se lo he dicho, solo desde hace unos días, me dijo que trabajaba en una empresa de mi competencia que cerró. Vino a pedirme trabajo y se lo di. Nada más.

—¿Qué puesto le ofreció?

—Aun no lo habíamos determinado. Debíamos hacerlo a su incorporación.

—Comprendo.

—¿Conocía a su esposa?

—No señor.

—¿Vino antes a la vivienda?

—No señor. Es la primera vez que la visito ¿Puede por favor decirme que ocurre?

—En realidad no. Creemos, pues aún no hemos podido averiguarlo con exactitud, que Wenceslao y su esposa están muertos.

—¿Cómo?

—Unos vecinos llamaron a la policía local quejándose del fuerte olor que desprendía la vivienda. Vinieron y llamaron, no respondieron y tras obtener una orden mía, entraron y encontraron dos cadáveres descompuestos, en realidad lo que quedaba de ellos, sobre la cama. La policía judicial analizó la habitación y encontró unos restos lechosos desconocidos. Entonces di orden de aislar la vivienda y el edificio evitando pudieran contaminarse de algo que no conocemos. De ahí la nota que leyó y nuestra presencia aquí.

—¿Dice que no han podido identificarlos?

—Eso es. No queremos analizar nada, hasta estar seguros de lo que significa la sustancia lechosa. Mientras tanto debemos esperar para comparar el ADN con algún familiar del matrimonio Piñate.

—Comprendo. ¿Puedo marcharme?

—Naturalmente, pero me va a permitir conservar su número de teléfono, por si necesitamos hablar con usted de nuevo.

—Por supuesto Señor Juez. Tenga —dice ofreciéndole una tarjeta.

—Gracias. No sabía que era usted el fabricante de la almohada Solo Descanso. En mi casa también tenemos sus productos, son estupendos. Yo no quería, pero mi mujer se puso pesada y hace dos días compramos un colchón y tres almohadas.

—Me alegro conocer a otro de mis clientes.

—Y yo al fabricante.

            Antonio Beres se siente mal, de repente tiene la sensación de estar sucio. Camina en busca del coche, se mete y tras poner el regulador del aire a la máxima potencia, sale en dirección a su casa. Se desviste y tira a la basura la ropa, incluida la corbata, luego se ducha restregándose con un cepillo. Tras llenar un vaso con licor, lo toma y espera hasta la hora del almuerzo tumbado sobre la cama, recostando la cabeza sobre uno de los almohadones. Por la tarde vuelve a su despacho, atraviesa el camino hasta el edificio de oficinas y vuelve a la otra realidad.

            Sin embargo, muy pronto las noticias surgidas en diferentes zonas del país, así como de aquellos donde exporta sus productos, le hacen vivir otra diferente, preocupante y en cualquier caso desesperante, no obstante, continua con su vida.

            Antonio Beres mira con detenimiento los ratios de ventas de los meses precedentes, pero sobre todo los beneficios que obtiene. Al ser una sociedad unipersonal, no tiene que dar cuenta a accionistas, no los tiene, ni a un consejo de administración, solo la dirige el. Siempre quiso hacer algo especial. Recuerda las consecuencias nefastas que una falta de previsión puede ocasionar en la economía de una empresa, o una mala decisión. También vienen a su mente los resultados equivocados, la pérdida de efectivo y sobre todo la idea que crecía en su mente. Debe vender la sociedad ahora que está arriba, en lo más alto, dominando el sector. Cualquier multinacional dará una importante cifra por todo aquello que inició su padre y él ha puesto en la picota del sector empresarial al que pertenece.

            A partir de ese instante se dedica a contactar con los mejores agentes de trasmisiones, alguien que luche a la hora de convenir la mejor venta. Por fin, y al cabo de quince días, contacta con uno de los mejores asesores financieros, un francés llamado Lorenç Travigni, afincado en Paris. Viaja para verle y contratarle. Regresa y espera resultados.

© Anxo do Rego. Todos los derechos reservados.

 

Safe Creative #1011137842394

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *