Tres conejos en un parque

Generalmente suelo pasar bastantes horas frente a la pantalla del ordenador, exigidas por mi trabajo y afición. Reivindico teclear buscando información, documentación y datos para utilizarlos en las novelas que escribo. Fundamentalmente por las tardes, las mañanas realizo gestiones. Algo debo hacer para ganarme el sustento de cada día, hoy no se puede vivir del cuento. Soy narrador de historias, no escritor, tal definición no me corresponde a mi señalarla.

Cada día, si el tiempo me lo permite, salgo a ejercitar mis piernas haciendo trabajar a mi corazón y con ese mínimo ejercicio, no crecer a lo ancho. Desconozco la razón por la que el tiempo me obliga a olvidar que, durante mi juventud, practiqué deporte. Hoy solo me permito recordarlo, mi cuerpo y piernas, lamentablemente, ya no están para ejercicios más o menos violentos o duros. Así pues, me resigno a caminar de forma ligera y constante durante más de una hora. Al regresar a casa pesan menos los peldaños de la escalera, respiro mejor y mi corazón lo agradece. Esta actividad vengo desarrollándola desde hace años.

En una de mis etapas anteriores, domiciliado en Madrid, me sucedió algo especial.

En el barrio donde vivía, como la mayoría de los habitantes, estábamos supeditados a respirar la necesaria contaminación debido al intenso tráfico y otras causas, que ahora no vienen al caso citar.  Sin embargo, tuve suerte, dos eran los parques que lo circundan por donde solía pasear.

Están separados por una avenida de doble circulación. En ambas laderas, cercanas a la calzada, existen unos frondosos matorrales de romero alineados señalando la divisoria de ambos.

Por el que paseaba, además del romero, flores de lavanda, tomillo, galán de noche, crecen numerosos árboles cuyos nombres desconozco. También existían praderas adecentadas con rigor cuando se agostaban para evitar la posibilidad de incendios. Es cierto que pasear rodeado de tantas plantas y sus aromas, aumentan los deseos de caminar disfrutando del ambiente.

Quizás por un defecto de narrador, suelo fijarme en todo cuanto mis ojos reclaman ver. Así, observé que la mayoría de los gorriones que antes llenaban el cielo, árboles y caminos buscando algo para comer, fueron desapareciendo. Su lugar se ocupó por otras aves, mas grandes y molestas. Desconozco la razón, aunque al comentarlo con amigos, me señalaron que la principal era la contaminación de la ciudad, efecto similar en otras ciudades de las que también desaparecían.

No me gustó escuchar la razón ofrecida. Ahora cada vez que veo alguno, suelo quedarme quieto para no asustarlo, lo fije en mi retira y después en mi cerebro, y así retener su encantadora imagen.

En esas disquisiciones estuve durante varias semanas, sin embargo, para sorpresa mía, una de ellas, al recorrer el paseo vi aparecer un conejo. Me pregunté que haría un animal como aquel en un parque rodeado de viviendas.

Al día siguiente le vi esconderse bajo unos matorrales, y me pregunté si acaso no era algo ocasional. La respuesta la obtuve durante los siguientes días. Apareció el mismo conejo, con el mismo aspecto, orejas grandes y rectas, expectantes, y sobre todo asustadizo, pues al moverme salió corriendo para esconderse.

Días posteriores me llevaron a observar si aquel conejo volvía a aparecer, y muy a pesar mío no lo hizo. Recorrí la zona por donde apareció los días precedentes y advertí en una ladera, un profundo agujero. Parecía que el conejo intentaba cambiarse de vivienda, se trasladaba de donde la tuviera a otra más alejada del camino por donde los humanos como yo, lo incordiábamos. Sonreí y continué paseando.

Al cabo de cuatro días, en esa ocasión vi a dos, posiblemente invitó a su pareja a recorrer el parque en busca de algo tierno que llevarse a la boca. Volví a sonreír. Hubo jornadas en que no advertí su presencia, otras, sin embargo, tras permanecer quieto en el lugar donde aparecían, conseguí verlos.

En otro de los paseos logré comprobar que eran tres ejemplares.

Lo pensé mucho, creo que ante las dificultades que tienen en los campos que rodean a las grandes ciudades, los conejos, tres en este caso, han debido pensar invadir los parques de la ciudad, sin duda están mejor cuidados que los terrenos que ocuparon, ya que las urbanizaciones han destruido su hábitat.

Me entusiasmé y durante días decidí llevar en mis bolsillos algunas zanahorias para dejarlas caer cerca de donde me nos cruzábamos. Imagino que con ello ayudaría a su proliferación.

Mi deseo y esperanza fue que aquella familia de conejos aumentara, aunque no demasiado, no fuera que, al llegar el invierno, apareciera su depredador natural, el lobo.

© Anxo do Rego 2021. Todos los derechos reservados.

Safe Creative #2104207559472

Impactos: 8

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.