RAZONES OCULTAS

8ª Novela de la serie Roberto H.C.


Sinopsis:

Segunda aparición del asesino nº 1 y enemigo de Roberto HC.

Un perito de accidentes de una aseguradora, sospecha que un accidente de tráfico con el nefasto resultado de varias muertes, pudo ser provocado y no fortuito como aparentemente figura en el atestado. Tras una visita del perito al comisario Roberto HC, inicia una investigación. En primer lugar conversa con el conductor del vehículo, quien días después aparece muerto en extrañas circunstancias.

El proceso de investigación que lleva a cabo se ve alterado con la aparición presencial de un antiguo conocido y perseguido criminal, a quien considera su enemigo número uno. Roberto sufre un duro golpe que le obliga a plantearse su continuidad en el Cuerpo Nacional de Policía.

No obstante se obliga a terminar la investigación y sobre todo cumplir con el último deseo que prometió al conductor del accidente, entregar una caja a Celia, la mujer a quien amó.


 

A Ella

Tierna, misteriosa, cariñosa, dulce y encantadora.



Cuantos permanecían sentados en la terraza cubierta del bar, recibió con quince días de antelación, una invitación personalizada firmada por Pedro del Pozo. En ella señalaba lugar, fecha, hora y, sobre todo, una razón inquietante para no considerarla.

Algunos de los invitados llegaron con antelación a la hora fijada en la nota. Muchos lo hicieron acompañados por su pareja. Aparcaron sus coches a ambos lados de la espléndida terraza del bar restaurante. Dos aparcamientos cubiertos lo distinguían de otros establecimientos similares a lo largo de la zona donde se enclavaba.

A lo lejos y en un alto, un hombre observaba con unos potentes gemelos la continua incorporación de personas de ambos sexos a la sombra de la terraza. Al poco de sentarse, un camarero solícito preguntaba si iban a consumir algún tipo de bebida. Un rato después aparecía con una bandeja metálica circular y dejaba una bebida refrescante. El calor se había hecho sentir durante los días precedentes. Al caer la tarde, el frescor de las plantas y la sombra de los parterres hicieron de la espera, un momento agradable.

Encendió el motor del coche y dada su situación retrocedió unos metros hasta dar con la salida a la carretera de doble sentido, miró detenidamente y se introdujo en ella situándose en dirección oeste. Aceleró antes de llegar a la cuesta. A su derecha, una señal de velocidad máxima marcaba 90 kilómetros y unos metros más adelante, otra reduciéndola a 60. Pisó varias veces el pedal del freno, sin embargo, el coche no obedeció a los impulsos. Sin apenas apreciarlo alcanzó una velocidad cercana a los 140 kph. Al llegar a la curva, el sol le deslumbró, pese a ir provisto de gafas para evitarlo, aunque sin bajar la visera en la parte interior y superior del parabrisas. La luz cegó completamente sus ojos. No giró el volante a la izquierda como hubiera debido, por lo que el coche lanzado, atravesó el arcén, superó la valla protectora y arremetió con cuanto encontró a su paso. Arrolló innumerables plantas soportadas en grandes tiestos, mesas, sillas, toldos, y lo peor, a un importante número de personas que esperaban.

Los gritos de dolor de los heridos, ruido de cristales rompiéndose y el estruendo al moverse mesas, sillas y enseres de la cafetería, hicieron que tanto el propietario como algunos clientes, seguidos por camareros y otros empleados del establecimiento, salieran de inmediato a la terraza para comprobar el desolador espectáculo.

La parte delantera del coche estaba destrozada de tal manera, que apenas podía asegurarse como minutos antes contuvo un motor. El parabrisas no existía y el conductor, desprovisto de cinturón de seguridad, se hallaba recostado sobre el volante, sangraba profusamente tanto por el pecho, como por la cara y brazos. Sus piernas parecían estar rotas por más de un sitio. En su rostro, pese a estar cubierto de sangre, aparecía una mueca semejante a una sonrisa. En unos minutos el coche se incendió. Cuando pudieron sacar al conductor, había sufrido quemaduras de cierta importancia. Doce minutos más tarde, las sirenas de ambulancias, patrullas de la Guardia Civil y Policía Municipal, no dejaban de ulular intentando superarse entre ellas.

El resumen periodístico al día siguiente señalaba:

Doce meses después en Madrid, en la comisaría de Roberto Hernán Carrillo.

-Pasa Guillermo, te esperaba.

-Gracias Roberto.

-¿En qué puedo ayudarte?

-No lo sé. Es solo una sospecha, aunque como me adelantó José Maria, es posible que tu intuición sepa advertir algo que yo no veo.

-Está bien, cuéntame. Estoy a tu disposición.

-Como sabes, trabajo en una Mutua de Seguros. Me corresponde controlar las incidencias y ratios de los siniestros, quiero decir, los expedientes de accidentes ocurridos durante los ejercicios. Todo en base a ajustar los índices de primas. Sería muy prolijo contarte como lo realizamos.

-Supongo.

-Entonces iré al grano. El año pasado por estas mismas fechas tuvimos que adelantar indemnizaciones a un amplio número de personas que sufrieron las consecuencias de un accidente, política de la aseguradora. Te he traído el croquis y parte del expediente para que lo veas. También el atestado realizado por la Guardia Civil, los primeros testigos en llegar, y las declaraciones tomadas por nuestros peritos a los accidentados.

-Continúa, luego los veré. Pero dime por favor donde está tu sospecha. ¿En el accidente? ¿Consideras tal vez que fue provocado?

-Inicialmente no. Todo se ajusta a ese tipo de eventos, al parecer el coche sufrió un desperfecto fortuito, no tenia liquido de frenos y consecuentemente no pudo parar. Si a eso se añade una curva y que el sol le dio precisamente en los ojos, deslumbró al conductor, hechos que permitió calificarlo como de mero accidente fortuito.

-¿Entonces?

-Lo extraño, lo que me hizo elucubrar cuando lo leí, fue que la mayoría de los accidentados y cuatro de los fallecidos, estaban allí como consecuencia de recibir una invitación de un antiguo conocido o amigo, llamado Pedro del Pozo, conductor del vehículo. Esa es la sospecha. Tengo una vaga impresión,  pudo ser un intento de asesinato.

-¿Cómo?

-Si.  Todos esperaban al conductor que los arrolló.

-¿Y eso te parece extraño?

-Desde luego. Más aún cuando la mayoría no se conocían entre si. Solo tenían un factor común. El tal Pedro, los pidió que acudieran a esa terraza concretamente.

-¿Y para que fueron invitados?

-No supieron decir. Solo les pidió que estuvieran allí ese día y a una determinada hora.

-Bueno. Y el tal Pedro ¿Qué ha sido de él? ¿Hablaste con él?

-Por el momento no. Estuvo mucho tiempo en la UVI. Tras recuperarse de las intervenciones, no quiso recibir a nadie. Después de mucho insistir y en compañía de un inspector nuestro, respondió a las preguntas formuladas por un agente de la Guardia Civil. Ellos cerraron el caso calificado como accidente fortuito, como nosotros. Después se negó hablar sobre el caso. Le dieron de alta hace dos meses y pese a que lo hemos intentado en ocasiones, se ha negado en rotundo. Hace unos días al parecer se marchó de su domicilio.

-De alguna forma es normal. Un hombre que sufre un accidente y casi le cuesta la vida, le tiene postrado durante meses en recuperación, y por su culpa hiere o mata circunstancialmente a un determinado número de amigos o conocidos, no es nada extraño negarse a rememorar aquel aciago día. Yo no veo sospecha alguna. De todas formas, déjamelo durante unos días Lo estudiaré y te llamaré. Si encuentro algo extraño, claro.

-Te lo agradezco.

-No tiene importancia.

-Lo supongo, pero como veo tantas películas, a veces imagino situaciones anómalas o extrañas.

-Está bien Guillermo, como te he dicho, un par de días serán suficientes y si veo como tu, alguna situación extraña, te lo comentaré.

-Gracias. Ahora te dejo no quiero quitarte más tiempo.

-No hay problema. Es más, si te viene bien vamos a Sanchidrian, te invitaré a una cerveza.

-Gracias, pero apenas bebo y menos cerveza.

-Pues deberías, según he oído recientemente, elimina el colesterol. Según reza una encuesta realizada en un convento, las monjas que lo habitan, toman medio litro diario y están como nuevas, sin colesterol.

-Te acompañaré entonces.

Ambos hombres toman sendas cañas de cerveza fresca, acompañadas por un agradable pincho de encurtido picante. Luego se despiden tras un apretón de manos.

Hasta dos días después Roberto no recordó la promesa hecha a Guillermo, conocido del Director General de la Policía. A última hora del lunes y después de tomar una cerveza en la cafetería con Ignacio Dobles, inspector de homicidios, decidió abrir el expediente entregado días atrás.

Leyó los antecedentes del accidente y el atestado de la Guardia Civil. Nada le hizo sospechar premeditación alguna. Los informes de los peritos dejaban claramente definidas las causas del accidente: Rotura accidental del circuito de frenos, aceleración del vehículo como consecuencia de llegar a la cuesta circulando a 90 kilómetros por hora, que al no poder frenar la aumentaron hasta llegar al momento de la colisión, a una velocidad aproximada de 140 kph. Del mismo modo, los informes de la Guardia Civil de Tráfico corroboraban la imposibilidad de frenar el vehículo mediante algún cambio de marcha, que hubiera provocado posiblemente un accidente de peores consecuencias, caso de haberse realizado. Hubiera sido factible el bloqueo del motor con posibilidad de vuelco hacia la terraza situada en la curva fatídica y la posible muerte de un mayor número de personas.

Que coincidieran un amplio número de personas en el establecimiento y fueran citadas por el conductor del coche accidentado, no tenía visos de comportamiento extraño. Carecía de datos suficientes para sospechar otro motivo. Solo quien envió las invitaciones para ese día conocía la verdad de los hechos.

Buscó la dirección de Pedro del Pozo y pensó hablar personalmente. Roberto llamó al timbre del piso cuarto letra A.

-¿Señor Del Pozo?

-Vive aquí pero no está. Ha salido de viaje por unos días. ¿Quiere que le deje algún recado?

-No. Muchas gracias. ¿Sabe cuando regresará?

-No me lo dijo -responde la voz femenina- pero no creo que tarde mucho. Lo digo porque no se llevó más que una bolsa de mano.

-¿Tampoco le dio la dirección?

-No. Su vida no me importa.

-¿Es usted familiar suyo?

-¿Y a usted que le importa?

-Desde luego que no, pero me gustaría saber con quien estoy hablando.

-A mí también.

-Soy el comisario Roberto Hernán Carrillo. Puedo mostrarle mi identificación si me permite subir.

-No. No es necesario.

-¿Puedo subir?

-No. Lo lamento.

-De acuerdo, volveré otro día entonces.

-Será mejor.

-Gracias por su información.

-De nada comisario.

Estaba en su derecho de no permitirle subir, pero pensó en la extraña situación. Le picó tanto la curiosidad, que nació cierto interés por conocer a aquel hombre y a la portadora de aquella voz femenina. Regresó a la comisaría con la intención de poner a un agente vigilando la casa.

Cuatro días se mantuvo el agente de paisano apostado en la calle. La suerte hizo que el edificio tuviera un solo portal y la vivienda estuviera situada en una esquina. Paseaba sin dejar de observar la cuarta planta. Las ventanas de vez en cuando dejaban ver a una mujer de mediana edad, morena y corpulenta, moviéndose dentro de la casa. La de la cocina daba precisamente a una calle más amplia, desde donde el agente consiguió ver aquella mañana, la figura de un hombre. De inmediato contactó con el comisario y acto seguido salió a su encuentro. Llamó al timbre escuchando la misma voz de mujer.

Disculpe, soy de nuevo el comisario Hernán Carrillo.

-Si, y bien ¿Qué quiere ahora?

-Supongo que ya ha regresado el señor Del Pozo ¿verdad?

-En efecto, ya está aquí. Está trabajando en su habitación. ¿Quiere hablar con él?

-Desde luego.

-Ahora mismo le aviso.

-¡Oiga! ¡Me gustaría hablar personalmente, no a través de un telefonillo! ¿Puede abrirme?

-Espere un momento consultaré si quiere hablar con usted.

Segundos después.

-Suba, abriré el portal.

-Gracias.

Ya en la planta, Roberto pulsó el timbre de la letra A. Un hombre que aparentaba unos cincuenta años abrió la puerta. Se presentó y saludó. Luego le acompañó hasta un salón destartalado, con baldas sujetas a la pared soportando libros de diferentes grosores y tamaños. A la derecha, un ventanal recorría la mitad del perímetro de la habitación, haciendo ángulo con las dos calles. En el suelo, banquetas y dos mesas, y sobre ellas abundantes tiestos con plantas de interior medio secas, chorreando agua al suelo, al haber sido regadas recientemente sin pudor o control alguno. En una esquina y tomando el sol, dos crecidas plantas de marihuana se acercaban a una mesa de trabajo presidida por la pantalla de un ordenador y un teclado, junto a un cenicero lleno de colillas de tabaco rubio, algunas humeando todavía.

-Haga el favor de sentarse -dice señalando un raído sofá con estructura de madera de pino.

-Gracias señor Del Pozo.

-Ahora dígame el motivo de su visita, tanto de hoy como la que hizo el otro día.

-El accidente que tuvo con su coche.

-Que ocurre, ¿ha muerto alguno más de los accidentados?

-No, nada de eso.

-¿Entonces?

-Investigo una sospecha. Solo quiero escuchar su versión de los hechos.

-¿Se me acusa de algo?

-No señor, que yo sepa, claro.

-Bien. De todas formas, poco puedo añadir a cuanto ya dije. Supongo estará informado por la Guardia Civil, la Policía Municipal y la Compañía de Seguros.

-Desde luego que sí. Pero si no le importa, me gustaría preguntarle algo.

-Usted dirá.

-¿Por qué invitó a esa gente en ese sitio y a esa hora?

-Lo lamento, pero no es de su incumbencia. No tengo intención de contestarle, no estoy obligado a hacerlo. Además, eso nada tiene que ver con el accidente.

-Lo sé, pero…

-Pero nada, comisario. Lo siento, solo contestaré a preguntas sobre el accidente y ante el Juez cuando se celebre el juicio dentro de unos meses.

-Está en su derecho. No he querido molestarle.

-No me molesta. Ocurre que estoy cansado, aburrido de esta mierda de vida. A veces, tergiversan mis palabras. Suelen darlas otra interpretación y ello me acarrea aún más problemas de los que tengo.

-Lo comprendo. Por cierto ¿ella es su mujer?

-No. Es la dueña de este piso. Vivo en una habitación alquilada. Me cobra como si pagara el piso completo, pero no tengo más remedio si quiero cobijarme. Las cosas últimamente se han puesto muy duras.

-Es cierto, demasiado duras para algunas personas.

-No lo sabe usted bien. Fíjese, desde que empezaron a llegar los inmigrantes, las dificultades han ido aumentando. Antes mal que bien, podías optar a algún trabajo, aunque malo. Ahora con tanta gente necesitada, los empresarios se aprovechan de la necesidad.

-En qué medida.

-¿Tampoco lo sabe? ¿No se ha detenido a analizarlo?

-Claro. No preguntaría si no fuera así.

-Dos casos muy claros. Si conoces tus derechos laborales y los pones de manifiesto ante un posible abuso, la respuesta del contratador es evidente y clara: Si no quieres el empleo por el sueldo que te ofrezco, tengo a veinte esperando por menos cantidad todavía. ¿Lo tomas o lo dejas? Terminas cogiéndolo y abandonando tus derechos como ciudadano. ¿Dónde están los sindicatos? ¿Y los inspectores de Trabajo?

-¿Y la otra?

-Lo que sucede con los pisos. La gente tiene que vivir, bueno, tenemos. Aunque en este caso me refiero a la gente inmigrante y el abuso para con ellos de los propietarios de viviendas. Hasta hace muy poco tiempo, aunque no al alcance de muchos de nosotros, aún tenías oportunidad de alquilar una vivienda pequeña. Ahora por el mismo precio solo optas a una habitación. Algunas gentes de mala calaña se aprovechan del mismo modo que los empresarios, de la necesidad, incluso hay peores gentes, las que explotan a sus conciudadanos.

-¿Como es eso?

-Fíjese. Un inmigrante alquila un piso por una cifra superior a como está el mercado actualmente, luego éste lo alquila por habitaciones. El dueño gana 1500 ó 1800 € y el inmigrante listo, vive gratis o gana entre 400€ o 500€. Eso hace que la gente prácticamente alquile pisos para una sola persona a precios desorbitados. Por eso el mercado del inquilinato por habitaciones ha subido exponencialmente en los últimos cuatro años.

-Entiendo. Pero no comprendo por qué no responde a la pregunta y sin embargo me cuenta sus observaciones sobre el mercado de la vivienda y el trabajo.

-Ya le dije antes. No pienso hacerlo. Si quiere podemos seguir hablando de estas y muchas más cosas.

-No, gracias. Tengo otras cosas pendientes de hacer bastante más importantes que estar escuchando sus teorías.

-Entonces le acompañaré hasta la salida.

-Gracias señor Del Pozo.

-De nada comisario.

Roberto salió de la casa sin saber a que respondía la actitud tan cerrada de aquel individuo. No había sospecha, sin embargo, algo le decía que no archivaría definitivamente aquel asunto. Lo retomaría más adelante tras investigar más concienzudamente al tal Pedro del Pozo. En cuanto llegó a la comisaría le dio los datos a Luis Pinillas, su mejor hombre frente al ordenador, repleto de bases de datos e información.

-En una semana tendrás la historia y vida de ese hombre

-Gracias Luis. No corre prisa, pero te lo agradezco.

Dos meses después el comisario Hernán Carrillo recibe una llamada telefónica de Guillermo Robles.

-Acabo de conocer que en un par de días se celebrará el juicio sobre el accidente. Me gustaría que me acompañaras.

-No hay inconveniente.

-Entonces te recogeré en la comisaría media hora antes.

-Te lo agradezco.

La vista del juicio duró más de lo previsto. Los abogados de la aseguradora, así como los representantes de los fallecidos y heridos, dilataron con sus constantes preguntas a Pedro del Pozo, la posibilidad de acabar con los trámites en dos días. La consecuencia final fue la misma: Accidente fortuito sin responsabilidad penal alguna. La aseguradora fue condenada al pago de las indemnizaciones como responsable civil.

La sentencia no se recurrió, por lo que se consideró definitiva. A la salida de la sala de audiencia, Roberto en compañía del perito en accidentes, se encontraron con Pedro del Pozo.

-Estará satisfecho -le espeta Guillermo.

-No exactamente.

-¿Por qué?

-Hombre, hubo muertes, pocas, pero las hubo.

-Lo sé. Quizás no me expresé bien, quería referirme a que con la indemnización a recibir tanto ellos como usted, podrá vivir desahogadamente.

-¿Usted cree?

-Bueno -interrumpe el comisario- tal vez a partir de ahora con la indemnización pueda permitirse vivir en un apartamento, o un piso pequeño.

-Desde luego que no. Seguiré donde estoy, no me interesa salir de allí.

-¿Podré preguntarle ahora algunas cuestiones?

-¿No le han parecido suficientes las respuestas dadas a cada uno de los abogados, al fiscal y al propio Juez?

-A mi no.

-Pues lo siento mucho comisario, pero no pienso rememorar de nuevo el accidente. Para mí es un capítulo cerrado que me permitirá abrir otros.

-No le comprendo.

-Ni falta que hace.

Los tres hombres se separan. Pedro salió en dirección a las escaleras para afrontar la calle y Roberto, junto a Guillermo, camino de una cafetería donde saciar la sed provocada.

-Ahora -inicia Roberto- el caso se cerrará definitivamente.

-Eso creo.

-Por cierto, ¿Qué haréis con el vehículo siniestrado?

-Supongo que nuestros técnicos lo llevarán al desguace.

-¿Podrás retenerlo durante unos días?

-Es posible. En cuanto llegue a la central lo reclamaré.

-Te lo agradezco. No tardaremos más de tres.

-¿Mantienes todavía cierta sospecha como yo?

-Es posible, necesito comprobar algunos puntos oscuros.

-¿Puedo saber cuáles?

-Claro. El sistema de frenada. Se que algo puede romperse casualmente, y más si se trata de un vehículo viejo, pero es una coincidencia que no me atrevería a calificar como tal. Por otro lado, está la velocidad. Tanto los peritos vuestros como los de la Guardia Civil, han determinado su desarrollo como normal. Sin embargo, sigue pareciendo extraño que un hombre de la edad de Del Pozo, circule desde Madrid a cierta velocidad por la autopista hasta llegar a la carretera donde citó a sus amistades, la modere al entrar en otra secundaria y precisamente un instante antes, la supere hasta rebasar los 135 kmph para estrellarse contra la terraza del bar. Precisamente por la rotura de los frenos.

-¿Qué vas a hacer?

-Tengo dos buenos amigos en la Sección de Policía Judicial. Les pediré un favor. Si coinciden con vosotros, daremos por cerrada la investigación privada, de lo contrario intentaré abrir el caso.

-De acuerdo. Me gusta el entusiasmo que pones.

-Eres el culpable, me metiste el gusanillo de la sospecha. Además, las respuestas dadas por el individuo, negándose sobre todo a dar razones por las cuales citó a toda esa gente, tampoco son normales.

-Me agrada la situación. Ahora me voy, prepararé el coche para que tus compañeros puedan inspeccionarlo.

-Estupendo. Nos vemos o te llamo con lo que averigüe.

-Gracias Roberto.

Al llegar a la comisaría Luis Pinillas espera para entregar al comisario, la información sobre Pedro del Pozo.

-Gracias Luis. Ahora debo pedirte otro favor.

-Claro jefe, lo que quieras.

-No corre prisa, pero me gustaría conocer cuantos datos encuentres de cada uno de los fallecidos y heridos, en fin, de cuantos estuvieron y acudieron a la cita de Pedro del Pozo.

-¿Has abierto el caso?

-No, pero no estoy conforme con lo dictaminado por el Juez. Ya sabes, cuando no me cuadran las cosas, mi intuición me señala que algo oscuro puede haber detrás de todo eso.

-Entiendo. Claro que tardaré algo más.

-No importa, tampoco debes darle prioridad.

Lee con detenimiento el amplio expediente logrado por el inspector Pinillas. Un hombre de recursos, autodidacta y capaz, aunque también con indudable mala suerte en la vida. Su historia señala, que desde los catorce años en que comenzó a trabajar, aun estaba por llegar el día en que dejara de hacerlo por propia voluntad. Ayudó con su esfuerzo a elevar la cuota dineraria necesaria para el sostenimiento de su familia, allá por los años sesenta. Se casó muy joven, nada más salir del servicio militar obligatorio. Claro que con la misma rapidez se separó de su primera mujer. Durante la época en que estuvo a su lado hasta separarse, por razones ocultas, trabajó para dos empresas, aportando dos sueldos a su hogar, mientras la falta de responsabilidad de su mujer y las ansias de gastar ese dinero, le ayudaron a sufrir un primer infarto a muy temprana edad. Muy a pesar de ella, logró convencerla para que volviera a trabajar en el sector de informática.

Dedicó horas a la lectura, luego cansados sus ojos, guardó la carpeta y se marchó a casa. Por la mañana pediría a la psicóloga e inspectora Esperanza Miró, trazara el perfil del individuo. Debía conocer si era o no capaz de cometer ciertos hechos, como la preparación concienzuda del intento de asesinato de un grupo de personas.

Semanas antes y con la importante indemnización recibida definitivamente de la Aseguradora, el dispendio más importante que hizo Pedro del Pozo fue adquirir un coche de segunda mano, pequeño, de esos mal llamados utilitarios, por un razonable precio en un concesionario de un fabricante americano encubierto de matices alemanes.  Se lo vendió un antiguo conocido garantizándole que al menos le duraría unos cuantos años si no le forzaba mucho.

-No lo haré, solo lo usaré esporádicamente.

-¿Dónde trabajas ahora?

-No tengo trabajo fijo, actúo como asesor de una empresa de maquinaria para el sector de Hostelería. Lavavajillas, cafeteras, en fin, todo eso.

-Me alegro por ti Pedro.

-Yo también, pero a mi edad no puedo elegir donde trabajar.

-Lo sé. Yo tengo suerte, siempre trabajé en esto de los coches.

-Gracias por guardarme este.

-A ti por comprarlo.

Salió con el flamante coche y recorrió por unos minutos la ciudad. Durante un tiempo condujo desde el centro hasta el norte. Subió por el Paseo de la Castellana hasta atravesar la Plaza de Castilla y llegar al antiguo pueblo de Fuencarral, donde aparcó cerca de un bar. Pasó, pidió una cerveza y minutos después recorría de nuevo el paseo hacia el sur para salir por la carretera de Valencia hasta el barrio donde vivía, edificado al lado exterior de la autovía M-40. Perdió más de media hora intentando aparcar en la zona cercana a su edificio. No tuvo suerte y muy a pesar suyo, lo hizo cerca del domicilio de su vieja amiga Nati, a quien ni en sueños deseaba volver a ver. Subió por las escaleras hasta la cuarta planta y nada más entrar se acercó al teléfono para llamar a un antiguo amigo José Cuadrado. Comentó con él una serie de cuestiones intrascendentes. Establecieron verse en la nave alquilada en un polígono industrial cercano a Getafe, utilizaba para extraer y reciclar metales preciosos de los numerosos equipos electrónicos desechados por los ciudadanos.

Aquella tarde se acercó con el nuevo vehículo. Le comentó su deseo de abandonar el trabajo que por aquellos días desarrollaba, y le pidió empleo.

-Si estás dispuesto, no tengo ningún inconveniente en contratarte.

-Te lo agradeceré mucho. Visitar cada día bares y cafeterías no es precisamente lo que más me gusta.

-De acuerdo, pero ya sabes, este trabajo es duro, sucio y bastante monótono.

-No importa. Aprenderé cuanto haga falta, sabré soportarlo.

-Bien. Una cosa debo decirte. Si pasado un tiempo no tienes ganas de continuar, dímelo. Conmigo no tendrás problema alguno para marcharte.

-Gracias José. Muchas gracias. Así lo haré.

-Entonces si te parece pasa por la oficina, te dirán que documentación debes traer para hacerte el contrato laboral. Así en unos días puedes empezar a trabajar.

Estaba contento. Cubría sus necesidades con el sueldo pagado por aquel amigo reciclador. El resto de la indemnización tras cubrir la compra del coche, lo mantuvo en una Caja de Ahorros en un fondo de inversiones, para cuando las cosas le fueran mal. Que por otro lado no dudaba en que así sería, estaba acostumbrado. Seguro, que su mala suerte aparecería en cualquier momento sin llamarla.

La jornada la cumplía desde las siete de la mañana hasta las tres de la tarde, con un par de descansos. Uno para tomar un bocadillo a media mañana y otro una hora antes de salir. No tardaba mucho en llegar a su casa. Por las tardes, después de almorzar paseaba, iba al cine, o simplemente leía durante horas. Una tarde tuvo un doble y fortuito encuentro. Se dispuso a comprar un par de libros en el centro de la ciudad. Como siempre salía del metro en la estación de Banco y subía caminando hasta la Puerta del Sol, luego continuaba por la calle del Carmen y ya en el edificio, paseaba por las plantas de librería del centro comercial.

Aquella tarde, al llegar a la entrada de la calle del Carmen se tropezó con la mirada de un antiguo compañero de trabajo. Juan Pueblo. Estuvo a sus órdenes algún tiempo.

-¿Qué haces por aquí? No te reconocía

-De compras, quiero buscar un par de libros. ¿Y tu?

-Visitando a un par de clientes. ¿Puedo invitarte a merendar?

-Claro hombre. Gracias.

-Entonces vayamos a tomar algo, podremos sentarnos mientras charlamos.

-De acuerdo.

Ambos se dirigieron hasta el local, en la esquina con la calle Mayor. Subieron a la primera planta, pidieron dos cafés con leche, sendas ensaimadas y comenzaron a charlar. Pasado un rato.

-¿Cómo vas de amores Pedro?

-No me ocupo. ¿Por qué lo dices?

-En la mesa de al lado hay una morena, que no te quita los ojos de encima.

-Ya me he fijado, pero no me interesa ninguna mujer, ya tuve bastante. Además, suelen provocar problemas.

Al cabo de unos minutos la mujer morena se atrevió a levantarse y dirigirse a Pedro, aprovechando que su excompañero Juan acababa de ir camino del lavabo.

-Disculpe, creo que nos conocemos.

-No lo sé. Es posible. Pero en este momento no caigo -señala Pedro.

-Soy Clara. Tu vecina. ¿No me recuerdas?

-Lo siento, pero no. ¿Mi vecina de donde?

-De cuando vivías con tu mujer Luisa en el 10 de la calle Doctor Pita.

-De verdad. Lo lamento, pero no te recuerdo.

-Si hombre, haz memoria. Tu mujer y yo éramos muy amigas. Estábamos juntas mucho tiempo, bien en tu casa o en la mía. Recuerda que mi marido entraba antes a tu casa a saludarla a ella, antes de hacerlo en la nuestra. Y en ocasiones hasta que llegabas de trabajar esperábamos los tres en la tuya tomándonos ese güisqui tan bueno que tenías.

-Mucho lo lamento, pero creo que se ha confundido de persona.

-Tal vez, pero estaba convencido de que eras Pedro, el marido de Luisa.

-Me llamo Pedro, pero no estoy casado y menos con una mujer así -miente.

Acaban de hablar justo cuando regresa Juan.

-¿Qué? ¿Has ligado?

-Que va, se ha confundido con alguien a quien conoció hace tiempo.

-Ya veo. Pues te sigue sonriendo.

-Bueno, después de hablar, es normal.

-Claro hombre. Bueno, cuando quieras no vamos. Me alegra volver a verte después de tu accidente. Por cierto, las heridas no han cambiado mucho tu imagen.

-Fueron muy buenos los doctores que me atendieron. Pero tuve la cara completamente destrozada, las manos ya las ves como están.

-Llámame si necesitas algo. Te dejaré una tarjeta.

-Para que, ya lo hiciste en una ocasión y no pudiste ayudarme. ¿Recuerdas?

-Si, claro, pero en aquella oportunidad no tenía el puesto que tengo ahora.

-Ya. También me alegró verte. Hasta pronto.

-Adiós Pedro.

Solo recordar el momento que le puso en la memoria aquella mujer, Clara, le hizo desistir de comprar libros. Se metió en el metro y fue directamente a su casa. En el trayecto rememoró momentos.

Recordar aquellos momentos y otros muchos que se concatenaron, hicieron que su sangre hirviera. Luego salió para adquirir un ordenador de segunda mano en un establecimiento cercano. Pidió le cargaran unos sencillos programas para preparar notas y lo llevó a casa.  Había decidido que, al acabar su jornada diaria y después de almorzar, se sentaría frente al teclado y con sumo cuidado escribiría y anotaría recuerdos.

El primer día se acercó en un coche hasta la urbanización, donde supuestamente vivía Luisa, muy cerca de la autopista de Valencia. Le costó más de una semana, pero al final dio con ella. Apenas pudo reconocerla a simple vista, se mantenía con la misma cara de mala leche de la fotografía, aunque desde luego bastante envejecida y algo más fea. La vio cargada con dos bolsas de un supermercado cercano caminando hacia un edificio de cinco plantas. Antes de llegar se paró en un bar del mismo edificio. Dejó las bolsas junto al mostrador, alejó un cenicero repleto de colillas y encendió un cigarrillo. El camarero la saludó diciéndola ¿Lo de siempre Luisa?, a lo que contestó: ¡claro Luís! lo de siempre, una copa de Espléndido. Fumó con parsimoniosa tranquilidad, mientras, de vez en cuando inclinaba la copa de brandy para dar un sorbo. Pagó, transcurridos diez minutos y volvió a caminar hasta el portal que permanecía abierto.

Entró, subió los cuatro peldaños que separaban el descansillo de las cuatro puertas señaladas con letras, e inició el ascenso por las escaleras hasta la diferenciada con la A de la primera planta. Esperó unos minutos para entrar y corroborar que no se equivocaba. Se cercioró del nombre y uno de sus apellidos en los buzones. Más tarde decidió llamar.

Esperó unos segundos a que abriera la puerta.

-¿Luisa Balbás?

-Si, soy yo. ¿Qué desea?

-Que me dedique unos minutos. Necesito hacerle unas preguntas sobre el transporte. Es una encuesta directa ¿puedo entrar?

-Claro, si no tarda mucho.

Le hace pasar hasta un diminuto salón. El intenso olor a tabaco rubio se mezclaba con otros, debido a la falta de ventilación. Al fondo, en la divisoria de las puertas de dos habitaciones, una foto enmarcada de un muchacho de unos dieciocho años. Enciende la luz de una lámpara con tulipa y le da tiempo a levantar una botella de brandy y acercarla hasta la mesa que separa dos sofás.

-¿Puedo ofrecerle una copa?

-Se lo agradezco, pero no suelo beber, y menos cuando estoy trabajando.

-Si no le importa yo me serviré una.

-Claro, señora. Mientras, si le parece, iré haciendo las preguntas.

-Por supuesto.

Media hora después sale con las respuestas a unas preguntas absurdas e inútiles, pero con un amplio conocimiento de la casa y de su único habitante. Advierte que periódica y alternativamente se desplaza hasta un centro alejado de la urbanización, donde se reúne con algunas personas con iguales síntomas de dependencia al alcohol. Dos horas después regresa a su casa.

Al cabo de un tiempo decide iniciar el envite final. Aparca el coche alejado del edificio donde vive aquella mujer. Luego se acerca con una bolsa en la mano y avanza hasta el portal. Sube las escaleras y llama a la puerta. Al abrirla y preguntar, observa que la cara era conocida.

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