Posturas de amor y odio

Posturas de amor-odio

Anxo do Rego


Un mes he tardado en asumir la realidad. La orgullosa y cruel realidad. No es la primera vez que me ocurre, no aprendo de los errores cometidos. Los cometo una y otra vez sin advertir el dolor que me producen, las extrañas sensaciones que me invaden, la constante desazón, el insomnio y la pérdida de apetito.

Asumo con dificultad la situación, surge la confusión del ayer inmediato con el presente decepcionante al añadir otro costo, mi salud física y mental.

¿Ha transcurrido un mes? Definitivamente no. Más, han sido muchos más los días insomnes flotando de nuevo en el ignoto mundo de la ensoñación, en el deseo, en los recuerdos. En lo que pude construir y no tuve oportunidad de iniciar.

Todas y cada una de las jornadas las pasé en mi cárcel privada, sin ninguna apetencia por socializarme, sin cruzar la puerta que abría el otro mundo, el normal, apetecible, cotidiano y ungido por la humana relación de afectos, simpatías y confianza. Solo flotando en un silencio roto en ocasiones por notas musicales que, como agujas se clavaban en mi dolorido corazón. Me autoinfligí más dolor del que pude soportar.

El martes pasado vi amanecer con otra visión. Un mensaje a través del teléfono provocó mi despertar. Un amigo reclamaba mi presencia después de un tiempo sin hablar ni vernos: Te llamo a la hora del almuerzo ¿te va bien? Respondí afirmativamente después de dos horas de análisis, de lucha interna entre el deseo de comunicarme y el de seguir guardando silencio claustral.

—De acuerdo José, nos vemos mañana miércoles, almorzamos juntos y así nos ponemos al día.

—Perfecto.

Corté la comunicación, me asomé a la ventana, respiré y suspiré profundamente. Fui al encuentro con la amistad. Me abracé a José más con necesidad que fuerza. Me miró tras separarnos y continuamos camino del restaurante para almorzar.

—¿Cuánto hace que no nos vemos? —preguntó.

—No he tenido tiempo para contarlo, pero mucho.

—Pues es hora de recobrar el perdido.

—Desde luego.

—Te veo mal.

—No estoy bien.

—Cuéntame.

Ralentizamos los pasos para no tener oídos que pudieran escuchar cuanto le iba a narrar. Al acabar, lo hice sin pausa alguna, nos encontramos en la puerta del restaurante. Entramos y pidió una de las mesas más retiradas del establecimiento. Durante el aperitivo previo guardé silencio. Escuché su opinión.

—No alcanzo a comprender tu postura, disculpa que sea tan directo. ¿En tres ocasiones regresaste? ¿No advertiste que estaba utilizándote para decidir por ti o por él en su propio beneficio? ¿Que sus sentimientos no eran reales? ¿Que utilizó las armas que toda mujer tiene? ¿Que jugó contigo?

—Cerré los ojos, obvié el dolor que me provocaba imaginar momentos al lado del otro.

—Te engañaste.

—Supongo.

—Has sostenido una extraña relación. Una situación de amor frente a indiferencia, tal vez de amor y odio.

—No lo aprecié así.

—Amigo mío. Lo siento por ti.

—No me ayuda tu sentimiento.

—Parece mentira que después de tanto tiempo vestido de atractiva soledad, cayeras de nuevo en las redes de una relación tan dañina. Siento no haber estado a tu lado todo ese tiempo, hubiera podido abrir tu mente. Podrías haber llamado.

—Eres el único que conoce mis sentimientos, mi forma de vivir. Creí no necesitar ayuda.

—Lo sé y me disculpo por no hacerlo en el momento que lo necesitabas. Ahora que ha pasado, me gustaría analizar contigo algunos aspectos, tal vez con ello evites volver a caer en otra situación similar.

—¿Me catalogas como un ser blando y débil de espíritu?

—¡No!

—Entonces ¿Cómo?

—Quizás no tomaste el suficiente tiempo para analizar la relación. A veces pienso que tu vehemencia de siempre perjudica tus reflexiones.

—Posiblemente.

—Alfredo, me conoces, pese a que no mantenemos un contacto diario, nunca dejé que la falta de encuentros como este me obligara a perder tu amistad. En aras de ella mereces un análisis amplio, bajo mi particular opinión.

—Bienvenido sea, al menos dejaré de mortificarme.

—Veamos. El amor y el odio son afectos primarios que atraviesan la vida de todo ser humano, se expresan en niveles diferentes. Se integran cuando el desarrollo de una relación es feliz, y se separan cuando aparece un exceso de experiencias intolerables y frustrantes. No es fácil describir en qué consisten y de dónde vienen.

Las raíces del odio se hunden en las primeras experiencias de rabia que se manifiestan. Esa rabia intenta eliminar un estímulo nocivo, procura destruir algo o alguien que le causa el daño. Más adelante, puede tomar la forma de inducir dolor en el otro por venganza, y, finalmente, en un desarrollo normal, se transforma simplemente en el deseo de controlar el objeto que ha causado el dolor.

—¿Las vivencias relatadas te dejan ver cuanto acabas de decir?

—Mis conocimientos de psicología me lo permiten. Somos, en ciertos aspectos, seres irracionales cuando nos encontramos en estos y otros problemas similares en la vida. Tanto como los animales, aunque en este caso tú no actuaste como tal. Volviste una y otra vez. Tal vez debiste hacerlo en la primera ocasión en que cercenó la relación. No habrías sufrido como mencionaste.

Considera que una relación depende del predominio de experiencias de satisfacción o de frustración, y así su desarrollo de los afectos amor-odio irán en una dirección o en otra. Se odia aquello que nos produce un intenso daño, y la intensidad de nuestro odio será proporcional a los daños vividos en el pasado.

—Pero yo no la odio.

—Tal vez ella a ti sí. Quien sabe. Me baso en mis experiencias profesionales. No obstante, carezco de su punto de vista. El amor y el odio por la misma persona tienden a juntarse, es ambivalente. Lo normal es que el amor domine sobre el odio, que forme parte de la relación, sin invadirla.

Hay que reconocer que, si odias a la persona que también amas, debes sentirte culpable, quieres reparar el daño causado. Paradójicamente profundiza la relación de amor, y aumenta el compromiso entre ambos. La agresión da intensidad y profundidad a la relación, y la sexualidad siempre tiene un componente agresivo. Este aspecto compruebo que no lo tuviste en cuenta.

—No pude, no lo analicé como tú. No supe ver en la segunda ruptura que la relación se desvaneció, que iniciaba el paralelismo para comprobar las opciones de uno y otro. Vivir con ambos para después tomar una decisión.

—Espera, no acabé el análisis. Ten en cuenta que, pese a existir potencial tanto para amar como para odiar, en condiciones normales el amor predomina sobre el odio. El amor sexual es un deseo pasional hacia la otra parte de la relación e incluye atracción sexual, ternura y aprecio. Verla representando profundos ideales de lo que le gustaría que fuera la pareja. Ahora bien, existen diversos planos en el amor. Hay el aspecto esencial del deseo, pero también incluye la posibilidad de captar la limitación de fusionarse con otra persona, la tolerancia a la separación, la ambivalencia, y la limitación por el tiempo de la vida.

Cuando se comienza una relación, suele idealizarse al otro miembro. Con el paso del tiempo, se consideran sus defectos y los aspectos que menos agradan. Poco a poco, se instaura parte de su conducta, aunque no resulte perjudicial.

—Es cierto.

—Claro que lo es Alfredo. Ten en cuenta que tal vez ella se aferró al recuerdo inicial ideal. Un recuerdo que creyó volvería algún día. Obvió el factor del cambio, el producido con el tiempo. No advertiste que estabas con alguien que no se compenetrada contigo.

Esa relación que comenzó de forma fugaz, lo pasó todo por alto. El enamoramiento da paso al amor. Ambos os empezasteis a conocer, llegando el momento en el que os disteis cuenta de que no eráis compatibles. Sin embargo, donde en principio hubo amor, de nuevo os encontrasteis con la dependencia. Y esa dependencia es la que dificultó poner fin a una relación: «ni contigo, ni sin ti». Ninguno estaba satisfecho con la relación, pero fuisteis incapaces de poner punto final con armonía y sin mentiras.

A veces, estar a solas con nosotros mismos, a medida que avanza la relación, es más fácil aceptar al otro tal cual es, con sus virtudes y sus defectos para no caer en una relación de amor-odio.

—Yo no la odié en ninguna de las rupturas. He soportado su juego, lo eliminé y volví. Sin embargo, lo mortificante, lo que me produce un intenso malestar y sentimientos que rayan con el odio, es confirmar que he sido un pelele en sus manos, un juguete, una simple opción, un ser manipulado que ha vivido sobre una mentira constante.

—Lo siento Alfredo, yo definiría tu relación como disfuncional, que no tuvo voluntad por cambiar de actitud. Estoy convencido que de haber continuado te habría generado más conflictos y desasosiego. Me alegra tu decisión. Siempre te quedará la amistad que mantienes con otras personas. Trata de olvidar ese tiempo, haz desaparecer cuanto pueda recordarte y prepara otros alicientes.

—Espero poder recuperarme.

—Ánimo amigo mío, nada es perenne. Tendrás otras oportunidades de alcanzar tus deseos.

—Supongo que sí, lo lamentable será abordar las vacaciones este año, las tenía dibujadas con ella.

—Te haré una proposición. Pásalas en mi casa, Adela y los chicos las pasarán con sus padres y abuelos. Estaré solo, así me harás compañía, a veces la necesito, pero alejada de la familia.

—Lo pensaré José. Gracias por tu aguante, comprensión y sobre todo análisis. Como bien decías, lo tendré en cuenta por si caigo en otra situación a partir de ahora.

Hemos quedado en vernos con más frecuencia. Tengo suerte de tener un amigo como José, aunque haya dejado de ejercer como psicoanalista.

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