Expediente Cerrado 4/ 1991

Lectura y Análisis del Caso: E.C. num.  004/1991 

Asesinato en un Concesionario de Coches

Este relato forma parte de la novela EXPEDIENTES CERRADOS. 12ª de la serie Roberto HC


El responsable de la investigación, posiblemente una persona sujeta al método, denotaba que era un recién incorporado de la Academia de Policía. Aplicó todos los principios fundamentales en el proceso criminalístico, inicialmente la protección del lugar de los hechos. En cuanto el comisario le dio el caso, se acercó hasta el concesionario de vehículos de una marca francesa; dado que el cuerpo apareció dentro de un coche en sus instalaciones a primera hora de la mañana del martes, en cuanto abrieron. Su primera decisión fue no dejar entrar a nadie, con ello evitó contaminar el lugar, para seguidamente aplicar el segundo principio, es decir observar con detenimiento. Después pasó al tercero: Fijación del lugar de los hechos y por último guardó cuantos indicios encontró. Posteriormente llamó a la comisaría para pedir un equipo forense que tomara huellas y rastros, para así finalizar en el quinto principio: Suministrar los indicios al laboratorio.

No hubo necesidad de aplicar antropología forense para saber que el cadáver pertenecía al sexo masculino, con una talla que no superaba los ciento setenta centímetros. Edad entre los setenta y setenta y cinco años, de raza blanca, y desde luego no hizo falta reconstruir sus restos, el cuerpo no sufrió acto violento alguno, estaba completo. Tampoco murió como consecuencia de disparos, por lo que Balística Forense no tendría que emplearse a fondo. No así los técnicos en Dactiloscopia, no tenia documentación que probara mediante documento nacional de identidad u otro documento identificativo, su personalidad. Sus dedos estaban quemados con ácido, aunque extrajeron otras del vehículo. No hallaron nada entre sus ropas. Extrajeron pelos y fibras para determinar algunas características genéticas, ya que no se encontró sangre y no hubo necesidad de un hematólogo que fijara el grupo sanguíneo o factor RH al ser comparados con otros restos. Cada paso, muestra o movimiento fue debidamente retenido mediante fotografía forense. A eso de las doce de la mañana se presentó el Juez de Guardia para autorizar el levantamiento del cadáver. Una hora después el gerente del centro pidió al inspector Sandoria permitiera la entrada de todo el personal, tanto a talleres, como la exposición y a los departamentos administrativos.

—Pueden pasar, pero el vehículo donde hemos encontrado el cadáver, nos lo llevamos. Pueden quedar restos que nos permitan identificar algunos extremos.

—De acuerdo inspector, pero por favor déjenos trabajar, hemos perdido la mañana y los clientes deben estar cansados de esperar para retirar sus vehículos, llevan ahí desde las ocho de la mañana, hora en que fueron citados.

—Lo siento mucho, pero en estas situaciones no puede calibrarse el tiempo.

Una semana después no habían logrado identificar el cadáver. Ni las huellas encontradas dentro del vehículo, ni los rastros aparecidos, pudieron determinar quien era. Los químicos forenses identificaron resto de ácido clorhídrico en las manos. Posiblemente tratando de eliminar las huellas dactilares. Sin embargo, su rostro, pese a estar contraído con una mueca de dolor, tal vez de desesperación, estaba intacto. El inspector Sandoria se reunió con el comisario, y ambos con el forense para conocer la causa de la muerte.

—Lo he reflejado todo en el informe, pero si quieren puedo avanzarles algo.

—Se lo agradeceríamos, así podríamos iniciar nuestras pesquisas, estamos completamente desorientados ¿No es cierto Sandoria?

—En efecto señor. Hasta ahora no sabemos absolutamente nada.

—El desconocido no murió en el coche, lo pusieron allí posiblemente entre dos personas. Una sola y con el peso de un cuerpo inanimado hubiera sido imposible, máxime para dejarlo en el maletero. Por otro lado, encontré tanto en sus fosas nasales como en los conductos hasta los pulmones, restos de cianuro. Deduje que lo mataron haciéndole inhalar ese compuesto. Murió en unos minutos por paro cardiaco. Tuvo que luchar para quitarse la mascarilla que sin duda le pusieron, se nota tanto en su traquea como en el cuello y hombros, las huellas de presión hechas por unas manos fuertes que intentaron sujetarle. Esto último es una suposición.

—¿Cuándo falleció?

—Seis días antes de encontrarlo.

—Es decir, que ha estado en el maletero del coche hasta hoy. Bien, entonces comisario, si no le importa iré a hablar con el concesionario.

—Claro, adelante, me preocupa como metieron el coche allí.

—Me informaré, iré ahora mismo.

Minutos después y tras atravesar la ciudad a una hora donde el tráfico es más denso y lento, se entrevistaba con el gerente del concesionario. Tuvo que dejar el coche dentro del propio taller, al no encontrar sitio donde aparcar.

—Señor De la Rosa, ¿han averiguado de quien es el vehículo?

—Desde luego, en la recepción se anotan los datos y recoge la documentación, no tenemos más remedio, sobre todo si se trata de un coche que puede estar en garantía. Debemos sellarla oficialmente.

—Le importará darme su dirección, teléfono y nombre.

—Claro que no. Somos nosotros.

—¿Cómo?

—Si, los propietarios somos nosotros como empresa.

—No entiendo, ¿puede explicarme?

—Naturalmente inspector. Tenemos varios coches que utilizamos para uso interno, o préstamo a clientes importantes en caso de que el suyo deba quedarse mucho tiempo en el taller.

—Ahora entiendo. Entonces, ¿a quien le dejaron ese coche?

—No lo sabemos. En la ficha solo aparecen las dos últimas cesiones hechas hace más de un mes. La última al mismo cliente a primeros de este mes. Desde entonces no lo hemos prestado a nadie.

—¿Está seguro?

—No, pero comprobamos si se produjo alguna y por qué no se anotó.

—Vaya faena, los de huellas se habrán vuelto locos con las encontradas.

—Discúlpenos, pero el coche estaba en la hilera que se forma para entrar al taller.

—Volveré a hablar con quien lo descubrió.

—No es necesario, esta esperando en la oficina para hablar con usted ya lo hizo conmigo. Le mandaré llamar.

—Si, por favor.

—Sandalio, haga el favor de contarle al inspector cuanto me dijo hace unos minutos.

—Si señor.

—El coche lo pedí prestado a mi jefe, tenia que ir a una boda con la familia y el mío estaba reparándose en el taller. Como solo iban a ser unas horas, me dijo que no hacía falta anotarlo en la guía, ni modificar el seguro. Me lo llevé el lunes por la mañana, lo utilicé ese mismo día por la tarde y el martes por la mañana lo dejé en el pasillo de entrada al taller. Luego me cambié para ir a mi puesto de trabajo. Olvidé llevarlo al lavadero. Como ese mismo día pude recoger mi coche, ni siquiera me acordé del otro. Después de una semana hablando con un compañero me comentó que había desaparecido un coche de préstamo. Recordé donde lo dejé, fui a recogerlo, pero antes lo repasé por si mi familia hubiera dejado algo, al abrir el maletero fue cuando descubrí el cadáver. Lamento no habérselo dicho el otro día.

—No importa. Señor De La Rosa, si llevan una guía de las salidas, anotarán los kilómetros que hacen. ¿Es cierto?

—En efecto.

—Puedo ver la de ese coche.

—Desde luego inspector. Un momento enseguida nos la traen.

—¿Puedo marcharme? —preguntó Sandalio.

—Todavía no, necesito comprobar con algo.

—Bien.

—Vea inspector —señala el Gerente mostrándole la guía del coche.

—En efecto, veo que anotan los kilómetros cuando lo entregan y cuando lo recogen. Entonces Sandalio dígame, si el coche marcaba ese kilometraje cuando lo anotaron por ultima vez, haga el favor de hacer memoria y calcule aproximadamente cuantos kilómetros hizo con él.

—Verá salí de aquí… y por último de mi casa al taller. Creo que pude hacer no más de 150 kilómetros.

—Muy bien, gracias. ¿Puedo llevarme la guía?

—Claro inspector, pero no olvide devolverla junto al coche, cuando acabe.

—Lo haré. Gracias por su ayuda.

Regresó para comprobar el kilometraje del coche aparcado en las instalaciones de la policía científica. Se identificó ante un agente de paisano que le acompañó hasta el vehículo. Sacó la guía, comprobó el kilometraje anotado, luego el que figuraba en el cuentakilómetros, le añadió mentalmente los ciento cincuenta que dijo haber hecho el empleado del concesionario y el resultado fue un: ¡bingo! con una alegría desbordada. El agente se asustó, aunque luego comentó lo averiguado y le deseó suerte. Con ella bajo el brazo se marchó al encuentro del Comisario. Le contó el descubrimiento.

—Señor, supongo que con esto confirmamos que ese coche fue sustraído mientras Sandalio y su familia estuvieron en la ceremonia o en el banquete de boda al que fueron.

—Bien, siga esa línea. Ya me contará que hemos logrado. ¿Se ha detenido a pensar que quien lo hiciera evitó dejar huellas? Además, como vamos a compararlas con las encontradas por Rastros, ¿con cuáles? Me gustaría olvidara por un momento seguir al pie de la letra los conceptos y pasos aprendidos en la Academia. Escuche un momento Sandoria, las cosas están así: Aparece el cadáver de un hombre de unos setenta años, sin huellas en sus dedos por estar quemadas con ácido, su rostro contraído por espasmos producidos por la inhalación de cianuro, dentro del maletero de un coche prestado, en el que ha permanecido, por la negligencia de un trabajador, cerca de una semana. No sabemos quien es el fallecido, carece de documentación. ¿No cree que antes de nada deberíamos saber quien es ese pobre hombre? Trabaja bien, pero por favor sea más práctico, hemos perdido más de una semana y no tenemos nada. Le recomiendo hablar con Desaparecidos. Cuando sepamos quien es, tendremos un buen camino andado. Seguramente ese hombre tendría familia, amigos, conocidos y también es posible que enemigos. Es primordial conocer quien es para a partir de ahí seguir trabajando.

—De acuerdo señor, haré lo que me dice.

—No Sandoria. No haga lo que yo le diga, haga lo que tiene que hacer, solo le recomiendo aplicar la teoría y trabajar con algo más de lo aprendido, algo que no pueden enseñarle allí, la intuición, ese sexto sentido que nos obliga ir de un lado a otro intentando descubrir quién y porqué se cometió el delito.

—Entiendo y le comprendo. Haré… Perdón, seguiré sus recomendaciones, comisario.

—Ahora déjame trabajar, tu madre quiere que vayamos esta noche al cine y necesito acabar estos asuntos.

Durante las siguientes semanas el inspector Sandoria siguió las recomendaciones del comisario Sandoria, aunque no consiguió averiguar nada sobre quien pudo matar a aquel hombre y la razón que tuvo para hacerlo. Solo cuando a punto estaban de dar por cerrado el expediente, surgió un aviso de la comisaría de Calatayud. Al parecer un pariente lejano se acercó para denunciar el robo de su coche, cuando vió la fotografía en unos de paneles. Sandoria se desplazó tras pedir al comisario le citara para tener una entrevista con él.

—Si señor, somos parientes lejanos. Hace más de diez años que nos vimos por última vez en una boda familiar.

—¿Dónde vivía?

—Creo que en Madrid.

—¿Tenia hijos?

—Si, uno, aunque adoptado, su mujer no pudo quedarse embarazada, tuvieron muchos problemas. Se marcharon a vivir a Madrid y aprovecharon para adoptar al joven Mariano. La gente y la familia ya sabe, habla de muchas cosas. Cuando un verano vinieron a Calatayud todos sonreímos cuando escuchamos que habían tenido un hijo. Al cabo del tiempo supimos lo que todos intuíamos, era adoptado.

—¿Sabe donde trabajó en Madrid?

—Creo que estuvo en una fábrica de automóviles, una marca francesa.

—¿Su mujer vive todavía?

—No, según tengo entendido murió de un derrame cerebral.

—Entonces vivía solo con su hijo.

—Que va, Mariano se marchó de casa en cuanto cumplió la mayoría de edad, no se llevaba bien con la madre.

—¿Y claro no tendrá su dirección?

—No señor, ya le dije que hace años que no sabia de él.

—Entonces se llamaba Mariano Palacios Cano.

—Así es, yo soy Néstor Cano Palacios, para servirle inspector.

—Gracias ha sido de mucha ayuda.

—De nada, ya sabe si necesita algo de nosotros, vuelva a visitarnos.

—Lo haré no lo dude.

Al regresar a la comisaria lo comentó y escuchó lo que días antes le había recomendado.

—Ahora es cuando comienza la verdadera investigación. Has tenido suerte.

—Eso parece.

Con las anotaciones hechas en Calatayud, comenzó a investigar en Madrid. La primera visita la realizó al supuesto domicilio del finado, después de averiguarlo mediante solicitudes a Hacienda, Tráfico y la propia Dirección General de la Policía, a través del archivo general incluido el documento nacional de identidad. El último referenciado aparecía en Madrid, en el número 14 de la Avenida del Mediterráneo. Con esos datos y los encontrados en la Tesorería de la Seguridad Social, estuvo ocupado toda la semana. Con la correspondiente autorización judicial entraron en el domicilio para averiguar que, en efecto, aquel hombre vivía solo. La casa estaba manga por hombro, todas las habitaciones revueltas, en especial el salón que con puerta corredera lo aislaba del comedor. Los muebles aparecían con los cajones abiertos, los estantes vacíos y los libros tirados por el suelo. Los cuadros removidos de sus espacios. Optó por avisar a sus compañeros para sacar tantas huellas como encontraran. Mientras esperaba comentó algunos extremos con el portero de la finca.

—¿Cuánto hace que no veía al señor Palacios Cano?

—Cerca de un mes.

—¿Antes de eso, sabe si vino alguien a visitarle?

—No señor.

—¿Y su hijo?

—Solo le vi en una ocasión, fue cuando murió su madre. Estuvo un rato con su padre, pero no fue al entierro.

—Comprendo.

—¿Su casa está revuelta, sabe si pudo venir alguien mientras no estuvo?

—Es posible. Tenga en cuenta que me someto a un horario, además, no siempre estoy dentro de la portería, siempre hay tareas por hacer.

—Es decir, que no venia nadie a verle desde que murió su esposa.

—Más o menos.

—Muchas gracias.

Tres horas después salía junto con los compañeros de Rastros después de precintar el domicilio. Su siguiente visita la realizó a la fábrica de automóviles, situada en el extremo sur de Madrid. Se entrevistó con el responsable de Relaciones Humanas.

—Era un buen hombre. Trabajó con nosotros muchos años en diferentes puestos, hasta alcanzar el que le sirvió para jubilarse.

—¿Qué puesto era ese?

—Se responsabilizó de otorgar a todos nuestros Concesionarios y Distribuidores las unidades y modelos que necesitaban. Era una labor dura, a veces tenia que enfrentarse a los Gerentes. No siempre podían enviarse las unidades que solicitaban. No se si conocerá ese campo, pero para que un Concesionario o Distribuidor se le otorgue ciertas unidades de un modelo, tiene también que llevarse unidades de otros. Le pongo un ejemplo, si un distribuidor tiene pedidos del modelo A por ocho unidades, a veces no tiene más remedio que vender 3 del modela B y 5 del C para conseguir las de A, si no los stocks aumentarían y los modelos más antiguos no se venderían.

—¿Y ese trabajo pudo acarrearle enemigos?

—Tanto como enemigos no creo, aunque si enfrentamientos en ocasiones duros.

—¿Cuánto tiempo estuvo en ese puesto?

—Doce años antes de jubilarse.

—¿Su remuneración era alta?

—Relativamente.

—Si dependía de alguna Dirección, ¿es posible hablar con esa persona?

—Me temo que no. Se jubiló antes que Palacios.

—¿Conoció a su hijo?

—No, no señor, jamás estuvo en fábrica.

—¿Y a su esposa?

—Claro, asistíamos a alguna fiesta o reunión juntos. Sobre todo, en las convenciones que se celebraban.

—Bien, creo que con esto tengo bastante. Gracias por su tiempo.

—De nada inspector Sandoria.

Después de algunos días, tratando de localizar al hijo mediante búsquedas en diferentes instituciones, dedujo que no era posible seguir perdiendo el tiempo. Habían pasado cerca de tres meses desde que apareció el cadáver y nada le inducía a pensar pudiera averiguar algo más. Solo logró descubrir la identificación, pero no quien le asesinó. El comisario aceptó la recomendación de archivar el expediente y darlo por cerrado.

Nota. - Debo suponer que existió cierta connivencia por parte del comisario Sandoria a la hora de cerrar el expediente, tal vez por que la investigación no llegó a culminarse por parte de su hijo el inspector Sandoria. Recomiendo a quien lea este expediente, refuerce sus averiguaciones en el hijo, aunque dudo pudiera ser el asesino.

Firmado: José María Pariente.

Nueva Investigación de Roberto Hernán Carrillo

Al regresar de las vacaciones Roberto Hernán Carrillo estuvo ocupado durante dos semanas. Marcelo le dejó dos asuntos casi por terminar, aunque no de la importancia que hubiera deseado. Convinieron que cuando regresara a finales de agosto, tendrían tiempo para redefinir las actividades de la AIE sobre todo nombrar y cubrir con agentes no oficiales, las diferentes instituciones de la Administración. Todas las áreas con posibilidades de ver la actual realidad de la sociedad. Fundamentalmente aquellas en que el dinero era causa de conflictos, desmanes y delitos penales. Tenían la intención de completar la red interior de agentes, para proceder de inmediato al nombramiento de la exterior en algunos países de la Unión Europea. Sería una labor dura y entretenida. La captación la iniciarían en las Universidades más punteras del país, para proseguir con algunos directivos jóvenes dispuestos a compartir sus esfuerzos con la AIE.

Repartieron las vacaciones, los primeros días estuvieron acompañados por Elena y Sergio. Alquilaron una bonita vivienda rural en Pontevedra, apartados de los núcleos turísticos. Inicialmente los dedicarían a descansar, aunque obligados por la necesidad de divertirse de ambos jóvenes, no tuvieron más remedio que someterse al dictado de las fiestas y unos días de playa. El último día recibieron a los padres de Sergio y desde allí, partieron en su compañía hasta Valencia, desde donde iniciaron un crucero por el Mediterráneo para terminar el segundo periodo de vacaciones. Celia y Roberto regresaron a Madrid en avión desde Atenas, mientras Elena prosiguió con el itinerario marcado por los padres de Sergio. Una vez en casa, Celia comentó con Roberto.

—¿Sabías que el padre de Sergio dispone de avión privado y es propietario del yate en que viajamos?

—Lo suponía.

—¿Entonces no le has investigado?

—¿Estas insinuando que lo hago con quienes nos rodean?

—Lo siento, no quería dar a entender eso. Recuerda cuando conocimos a Adolfo.

—Lo recuerdo, pero aquello fue distinto, se vio mezclado en un proceso de investigación por asesinato.

—En realidad quien me preocupa es Elena, puede acostumbrarse a un tipo de vida que nosotros no podemos llevar.

—No subestimes a nuestra hija, es equilibrada, no creo que se deje influir, por el hecho de que Sergio y su familia posean un patrimonio deslumbrante.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

—Yo no tanto, aunque espero que sea como dices.

—De acuerdo. Vigilaremos a Elena de cerca, pero verás como no ocurre nada que pueda sorprendernos.

—Vale. Escucha, ya se que esto no tiene nada que ver con lo anterior, pero deberías acompañarme al ginecólogo.

—No me digas que… ¿Estás embarazada?

—No lo sé, confío en que esta vez no suceda como la anterior.

—No nos pongamos nerviosos. Coge el maletín y vayamos a la clínica.

—Roberto por favor, que es averiguar si estoy embarazada, no de parto.

—Lo que digas.

—No cielo, es lo que es. Tranquilízate.

—Vale.

Tres días después las pruebas realizadas dieron un resultado que ninguno de ellos quiso creer. No había embarazo. Unas horas de tristeza oculta, frases de estímulo y muchos besos, abrazaron a ambos durante la noche.

—Deberíamos casarnos un día de estos, te lo dije hace poco y lo paralizaste, y no me gustaría tener que correr para hacerlo mientras estas embarazada.

—Esta vez no te desinflaré, te lo prometo. ¿Te parece bien marzo del año que viene?

—Perfecto.

—Entonces ya podemos empezar.

—De acuerdo.

Con la vista puesta en el horizonte de marzo, la pareja disfrutó los últimos días de agosto hasta que avanzó el mes de septiembre. Durante unos días intercaló las actividades de la Agencia visitando las Universidades públicas y privadas de Madrid, para después seguir con la agenda en el resto del país. Normalmente se entrevistaban solo con los cinco estudiantes mejor preparados de cada Facultad. La mayoría quedó con la impresión de que ambos pertenecían a alguna empresa Caza Talentos. En verdad era lo previsto para la primera entrevista, más adelante y pasadas las elementales pruebas, decidirían a quien hacer la oferta definitiva. Aquellas gestiones no le ocupaban mucho tiempo, por lo que decidió aprovechar los vacíos para retomar otro de los expedientes cerrados entregados por José María.

Comenzó a leer los datos, ver fotos, respuestas de los interrogatorios para después leer el informe realizado por su Jefe. Al acabar coincidió con la recomendación hecha meses antes. Sabía que la única forma de sacar algo positivo de aquel caso, era darle datos a Pinillas para que extrajera cuanto pudiera de sus bases. Necesitaba saber la vida y milagros de Mariano Palacios Cano. Cuatro días después y mientras se encontraba de viaje en Sevilla junto a su compañero Marcelo Fuentes, Pinillas le llamó por teléfono.

—Jefe, tengo lo que me pediste sobre Mariano Palacios.

—De acuerdo, como hasta dentro de unos días no regresaré a Madrid, si no te importa me gustaría leer lo que has averiguado. ¿Puedes enviármelo por correo encriptado?

—Preparé un expediente completo y lo enviaré en un par de horas.

—Te lo agradezco, así iré avanzando.

—Bien.

Por la noche y durante los tres días siguientes estuvo leyendo los datos enviados por Pinillas, anotando las gestiones que debía hacer al llegar a Madrid.

Aquel hombre se marchó muy joven a Barcelona para estudiar Ingeniería Industrial, al acabar regresó a Calatayud y con la ayuda de su familia puso un negocio que terminó arruinándolo. Por aquellas fechas y de nuevo con ayuda familiar, se casó con Cecilia Santibáñez, mujer de armas tomar, de una familia de derechas de toda la vida, aunque caída en desgracia. Ante la imposibilidad de vivir en Calatayud y dado que no tenían descendencia, optaron por cambiar su residencia a Madrid, donde visitarían a médicos que descubrieran la posibilidad de quedarse embarazada, según ella misma se ocupó de señalar a la familia. Siempre según informaciones familiares, tras numerosos procesos médicos, decidieron seguir intentándolo, aunque ellos sabían la verdadera realidad, por lo que aceptaron la recomendación de uno de los doctores, adoptar una criatura. Ella según consta en el informe de uno de los técnicos del proceso de adopción, deseaba una niña, a fin de aleccionarla y asegurarse una vejez atendida por la hija. El necesitaba perpetuar el apellido y era un varón el preferido para cederle sus apellidos. La balanza se inclinó a favor de Mariano no por deseo y si por necesidad de la oportunidad brindada. Una mujer soltera acababa de parir en Segovia y podían asumir la paternidad del hijo nacido. Después de cumplir con los trámites oportunos, Mariano y Cecilia se sintieron padres con Mariano Palacios Santibáñez. Cuando la criatura tuvo casi un año, viajaron a su patria chica y lo presentaron a la familia. Mientras tanto él optó a un puesto de trabajo en una fábrica francesa de automóviles. Escaló puestos hasta conseguir el correspondiente a Director de Distribución. Durante años atendió las necesidades de su familia, el hijo estudio y vivió con ellos hasta que cumplió los dieciocho años, momento en el que abandonó el hogar paterno por discrepancias con su madre. Su padre a escondidas le ayudó pese a que su esposa le hizo prometer no hacerlo. Mensualmente le proporcionaba dinero suficiente para subsistir. Vivió en un apartamento alquilado y se colocó en una empresa de distribución de vinos como Comercial. Al cabo de tres años pudo independizarse por completo. Fue entonces cuando aparentemente Mariano cesó en ayudarle económicamente y optó por la compra de un chalé como segunda vivienda, en una urbanización de una población cercana a Madrid, en la falda de la sierra. Como directivo de la fábrica, cada año tenia un modelo nuevo de los lanzados al mercado, cediendo el antiguo a su hijo, sin que Cecilia lo advirtiera. Su situación económica durante los últimos cinco años fue aumentando. Dos años antes de jubilarse la Dirección General de la fábrica, como consecuencia de las denuncias presentadas por algunos Distribuidores, estuvo a punto de cesarle, sin embargo, la acción no prosperó merced a la intervención en su favor de un directivo, amigo íntimo de Palacios. Seis meses antes de llegar la fecha que le correspondía, tuvo una reunión en la que decidió jubilarse anticipadamente. Posiblemente obligado y con ello evitar el escándalo que se cernía sobre el. No aparecen datos ni razones que le obligaran a ello. Tres años después tuvo que vender el chalé y a los pocos meses, su mujer murió como consecuencia de un derrame cerebral. Del hijo no se tienen noticia alguna.

Roberto anotó: Ver Registro Civil. Anotaciones de matrimonio y adopción del hijo. Comprobar datos de adopción en Segovia. Averiguar la empresa donde trabajó Mariano Palacios hijo. Comprobar en la fábrica causas de su posible cese. Ver anotaciones médicas del fallecimiento de la esposa.

Pasados unos días, Marcelo insistió en que podía continuar con las primeras entrevistas, a lo que Roberto accedió a regañadientes. Volvió a Madrid en el primer AVE que salió de Sevilla y aquella mañana antes de que Elena fuera a la universidad entró con una bolsa de churros inundando la casa de aroma. Desayunaron los tres juntos.

—¿Como van tus estudios cariño?

—Recién iniciado el curso, pero confió en que bien.

—¿Y tu relación con Sergio?

—Estupendamente papá, es una persona maravillosa.

—Supongo que no limitará tus estudios ¿verdad?

—Ni los de él. Los dos pensamos igual sobre ese aspecto. Tenemos tiempo para todo.

—Me alegra mucho.

—Papá, me gustaría pediros algo.

—Claro, adelante.

—Los padres de Sergio nos invitan a pasar las navidades en Suiza, tienen una casa en una estación invernal.

—¿Ese nos que significa? ¿Tu madre, tú y yo con Sergio y sus padres?

—Naturalmente.

—Y tienes que responder ahora mismo.

—No, solo que me gustaría saber si aceptáis.

—¿Para qué?

—Para preparar el armario que debo llevar.

—Comprendo. Tu madre y yo deberíamos comentarlo si no te importa. Supone disponer de tiempo, y no sé si lo tendré, ya sabes a que me dedico y los criminales no se toman vacaciones.

—Que bromista eres papá.

—No es broma cariño, es cierto. De todas formas, como no vas a responderles de inmediato, permítenos comentarlo y ya te diremos algo. Por cierto, eso del armario ¿Qué significa?

—Cariño, es el conjunto de prendas que deben utilizarse para los eventos a los que debes asistir. Fiestas, deporte, cenas, almuerzos, reuniones. — añadió Celia.

—Comprendo. Te responderemos muy pronto.

—Claro, gracias, sé que aceptareis.

—Ya veremos.

Terminaron de desayunar. Elena esperó a que Sergio avisara desde el portal. Ellos, desde la ventana la vieron subir al coche y abandonar el barrio. Se quedaron mirando el vacío que sin duda dejaría un día no muy lejano.

—No digas nada Roberto —señaló inmediatamente Celia.

—No iba a hablar.

—Tal vez tenías razón cuando abordamos la conversación.

—Yo no, fuiste tu quien comentó que la compañía de esa familia incidiría en su comportamiento. Aunque de momento no ha dado esa impresión.

—Me parece que sí.

—Yo lo veo así. Elena es una chica, cariñosa, estudiosa y deseosa de labrarse un porvenir. Si le añades que se ha enamorado de un joven que pertenece a una familia económicamente bien situada, en cierta medida le obliga a moverse en otro tipo de sociedad, que no es la nuestra, pero no creo que…

—Yo sí. Has visto la manera en que ha dicho lo del armario. Cielo, no pasamos necesidades, pero tampoco podemos permitirnos quince días en Suiza, asistiendo a fiestas, tú con esmoquin y yo con traje de noche, además de los gastos de hotel, comidas etc.

—Eso estará por ver, aunque desde luego no me importaría.

—Roberto por favor.

—No, si lo digo por nuestra hija, tampoco debemos limitar sus actividades.

—Dejémoslo por hoy, no quiero seguir hablando.

—Yo sí, y una cosa voy a decirte, si ella quiere ir la ayudaremos a preparar su armario, aunque nosotros no podamos estar a su lado. Eso no va a limitar nuestra economía de manera especial.

—Espero no equivocarnos.

—No lo haremos, aunque siempre está mi trabajo, tal vez nos obligue a quedarnos en Madrid, y esa sea nuestra justificación para no ir.

—Eres imposible cuando se trata de Elena.

—Hace falta decir cuanto os quiero a las dos.

—No hace falta. Se nota.

—Entonces dejémoslo y ahora por favor ¿puedo tomarme un segundo café? hoy tendré una jornada fuerte de trabajo, he cogido otro expediente de José María.

—¿De que se trata en esta ocasión?

—La muerte en 1991 de un antiguo directivo de una fabrica de automóviles. No consiguieron averiguar quién lo mató.

—Ya me contarás cuando vengas a comer.

—De acuerdo.

La primera sorpresa que recibió Roberto al iniciar la investigación, fue el descubrimiento hecho en el Registro Civil. Mariano Palacios Santibáñez, hacia varios años se había convertido en Damián Pérez Pérez. Al conocer ese dato, le obligó a repasar los documentos correspondientes al expediente de adopción. Con él bajo el brazo decidió aventurarse hasta Segovia. Se presentó al comisario como adjunto a la comisaría de Ignacio Dobles y comentó el motivo de la visita. Mariano Palacios hijo, había recurrido al Registro de Segovia a fin de conocer el paradero de sus verdaderos padres. Aparentemente decidió iniciar los tramites para asumir su verdadera personalidad, consecuentemente no tuvo más opción que solicitar los cambios ante el correspondiente Registro Civil después de corroborar los hechos en Segovia.

Regresó a Madrid y de nuevo solicitó a Pinillas averiguara los datos del nuevo Mariano Palacios, ahora Damián Pérez. Celia al escuchar la historia se quedó sorprendida, aunque entendió el cambio y asunción de los apellidos de su madre.

—Deberías averiguar qué ocurrió realmente cuando lo adoptaron.

—Pensé lo mismo. Me alegra coincidir. Además, es curioso que iniciara el expediente para cambiar su nombre y apellido.

—¿Qué piensas hacer ahora?

—En primer lugar, localizarlo e interrogarle.

—¿Me tendrás al corriente de lo que averigües?

—Por supuesto, este caso es intrigante, aunque tal vez me desvía de la investigación propiamente dicha. Saber quien mató a Mariano Palacios Cano.

—Lo conseguirás.

—Eso espero.

A media tarde del día siguiente Luis Pinillas encontró el momento para darle la dirección actual de Damián Pérez. Una vivienda del barrio de Santa Eugenia, situado en la carretera de Valencia. Su actual trabajo. Concesionario de una bebida refrescante en el sur de Madrid, con almacén propio y flota de camiones para su distribución. Se presentó a las siete de la tarde.

—Puedo hablar con el señor Pérez.

—¿Cuál de ellos?

—¿Hay más de uno?

—En efecto, ¿sabe su nombre?

—Damián.

—Espere un instante, llamaré a su Oficina. ¿Quién le digo que quiere verle?

—Comisario Hernán Carrillo.

—Don Damián, si, es un comisario de policía, bien, se lo diré. Dice que suba.

—Gracias.

—Pase Comisario ¿Qué desea?

—Comentar ciertos hechos que le atañen.

—Si no me retiene mucho tiempo, debo salir de viaje dentro de una hora.

—Si quiere vengo en otro momento, aunque supongo que no tardaremos mucho.

—¿Que desea saber?

—Supongo estará al corriente de la extraña muerte de su padre ocurrida en 1991.

—No sabía nada de que fuera extraña. Supe que murió y lamenté no poder ocuparme de su entierro.

—Entonces, ¿desconoce los detalles de su muerte? ¿No se lo dijo nadie?

—No señor, lo supe cuando me acerqué por su casa y me lo comentó el portero.

—Apareció en el maletero de un coche en las instalaciones de un concesionario de automóviles. En aquellos días tardaron en conocer su identidad y no pudieron localizarle, entonces usted se llamaba Mariano Palacios Santibáñez.

—Por entonces me había cambiado de nombre y apellidos. Posiblemente fuera esa la causa por la que no pudieron localizarme.

—¿En esos años, veía a sus padres con frecuencia?

—A él de vez en cuando, a mi madre adoptiva no. No me llevaba bien con ella. Era lo que se dice una arpía, una mala persona. Disculpe que enfatice lo de mala, pero no tengo otro adjetivo para ella. Supongo que los habrá, pero en este se encierra todo el que puede esconder una persona. Crueldad, avaricia, hipocresía, altanería, mentira, falsedad.

—¿Que le hizo esa mujer para odiarla?

—Tal vez si viviera la pregunta sería que no hizo.

—Dígame ¿Cuándo estuvo con Mariano Palacios la última vez?

—No lo recuerdo con exactitud. Pero puedo decirle algo sobre él, era una estupenda persona, dominado por ella bajo un malentendido amor, pero al fin y al cabo buena persona. Me ayudó cuando decidí marcharme de casa. Mi padre me aseguró que no me faltaría nada, y así lo hizo. Estuvo ingresándome dinero hasta que pude valerme trabajando, luego me cedía los coches que la fábrica le daba cada año como directivo en activo. Tenia la costumbre de anotar cuanto hacia, tenia para ello una libreta. Cuando gané dinero suficiente le llamé para decirle que ya podía devolvérselo. Y sabe que me dijo: Que de un hijo no se anotaba cuanto se había gastado, era una obligación como padre y nunca un préstamo.

—¿Como se las apañaba para ocultar las entregas de efectivo que le hacía?

—Muy fácil, supongo sabrá que Mariano era Director de Distribución, quien otorgaba el numero de unidades que cada Distribuidor o Concesionario, y bueno, en aquellos tiempos pese a que era una persona honesta, levantó un poco la barrera y se dejó tentar con algunas dádivas, que utilizó para ayudarme. De esa manera su mujer no llegó a enterarse.

—Comprendo. ¿Y que le ocurrió con su madre?

—Ya le he dicho que esa mujer era mala, cruel, a veces, despótica y mentirosa. Parecía vivir en otro mundo ajeno al que su marido y yo vivíamos. Los esfuerzos solo debían encaminarse a ella. Se dedicaba a comprar joyas, oro y pequeñas antigüedades, siempre quejándose de no poder llegar suficientemente bien a fin de mes. Era imposible, todo esfuerzo de Mariano era inútil, le laceraba insultándolo, le llamaba impotente, incapaz, inútil y otra serie de lindezas. Recuerdo un día que llegué a casa y la encontré revisando los álbumes de fotos familiares. Nunca hasta entonces los había visto, yo tenia doce años y fue cuando descubrí que no era hijo de ella. A regañadientes conseguí me dejara ver las fotos, en ninguna aparecía mi supuesta madre embarazada, tampoco en la clínica cuando yo nací, ninguna foto mía a las pocas horas de nacer, cuando después de lavar a las criaturas las pasan junto a sus madres a la habitación en la maternidad. Eso me dio que pensar y la pregunté. Me respondió con evasivas, aunque insistí. Al cabo de un tiempo volví a la carga y recibí las mismas respuestas obviando la realidad. Por fin al poco de cumplir los dieciocho años, me senté con ella y la pedí me dijera la verdad.

—Tienes razón Mariano, no eres hijo mío, de lo cual me alegro.

—Pero mamá.

—No me llames así, no soy tu madre.

—¿Entonces?

—Tu madre era una puta y os tuvo a ti y a tu hermano gemelo. Mi marido y yo solo fuimos a cumplir con un rito, el destinado a todo matrimonio, tener hijos, y nosotros no los podíamos tener.

—¿Por qué?

—Me enseñaron desde niña que practicar el sexo era asqueroso y me prometí que ningún hombre, ni siquiera mi marido, se posaría encima de mi haciendo esa clase de guarradas. Por eso no quise tener hijos.

—Entonces, mi padre, Mariano no…

—No ¿Qué?  ¡Ah! ya sé a qué refieres. No, se lo permití, solo le dije que si quería un hijo lo adoptaríamos, por eso lo hicimos.

—¿Puedo saber la razón de no adoptar a mi hermano?

—Ya era suficiente con uno, para tener dos niñatos.

—Pero nos obligaste a separarnos, y fue una canallada, no es propio de una persona católica como tú. Al menos eso dices.

—No voy a responderte ni perder tiempo en explicarte mis razones.

—Eres la peor persona que he conocido. No estaré ni un minuto más bajo tú mismo techo, y lo siento por mi padre, a el si le quise y le querré siempre, pero tu eres peor que el demonio. Mi padre, tu marido, tiene ganado el cielo de su religión.

—Yo también.

—¿Tú? En todo caso tienes ganado el infierno. Adiós.

Esperé a que Mariano regresara de trabajar y le dije que me iría por la mañana. Intentó convencerme de no hacerlo y como era lógico saber la causa de mi salida. No llegué a decirle nada, no se merecía el daño que la verdad podría causarle, claro que dudaba pudiera creerme frente a las posibles palabras malintencionadas de su mujer.

—Entonces, se marchó por la mañana. ¿Y su hermano? ¿Llegó a localizarle?

—Tardé unos años, pero lo conseguí. Después le ayudé a cambiarse el nombre como hice yo.

—¿Dónde está?

—En estos momentos localizando una bodega para firmar un contrato de distribución. Yo me marcho para reunirme con él, ese es mi viaje.

—Una última pregunta. ¿Donde estuvo la segunda semana de septiembre de 1991?

—No le maté yo, si es lo que insinúa. Cosme, mi hermano, tampoco, estaba por aquel entonces en Valencia.

—Gracias por los comentarios.

—¿Cómo murió mi padre?

—Lo asesinaron forzándole a respirar cianuro. Le quemaron con ácido las manos para eliminar sus huellas, razón por la que tardaron en reconocerlo. Gracias a un familiar que vio su cara en la comisaría de Calatayud, pudieron identificarlo.

—Gracias por decírmelo. Me gustaría saber quien pudo matarlo, no merecía morir así.

—Lo tendré en cuenta Mariano, perdón Damián.

—Es lo mismo, sigo respondiendo por ambos nombres.

Era difícil sustraerse a la idea de aquel hombre joven hubiera tenido algo que ver con la muerte de Mariano Palacios, sin embargo, salió convencido de lo contrario. Sincerarse de aquella manera y dar muestras del cariño que le tenía, lo abonó sin ningún género de dudas. Condujo de regreso a casa no apartando una idea de su mente.

A la mañana siguiente pidió una entrevista con el Director de Relaciones Humanas de la fábrica de automóviles. Necesitaba conocer quien era el adjunto que Mariano Palacios tenía en aquella fecha. Cada director tenía un segundo que conocía todos los recovecos, de esa forma no solía pararse un sector pese a faltar su directivo. Tardó un par de horas, pero logró la dirección y el teléfono.

—Está retirado, se jubiló precisamente hace cuatro años, fue quien ocupó el puesto que dejo vacante Mariano Palacios.

—Se lo agradezco mucho.

—Suele estar en su casa de la sierra, nada más jubilarse se marchó a vivir allí, el chalé es parejo con el que tenia Mariano en la misma urbanización.

—Estupendo, gracias.

Condujo por la carretera hasta desviarse en una comarcal, atravesó dos poblaciones y a unos cuatro kilómetros vio el cartel anunciando la entrada a la urbanización, luego con algo de suerte logró dar con la dirección facilitada en fábrica. Nada más presionar el timbre desde la puerta, oyó el ladrido de un perro, pequeño sin duda, dada la poca fuerza demostrada. Le abrió la puerta un hombre de unos setenta años, de pelo cano, recto, sin barriga.

—Pase comisario, le esperaba hace media hora.

—Lo sé, pero me pierdo en estas urbanizaciones.

—Le apetece beber algo.

—No gracias, solo estaré unos minutos, los suficientes para escucharle algunas respuestas.

—Si le ayudan a encontrar al canalla que mató a Mariano, desde luego.

—Debo decirle que cuanto me diga será escuchado y mantenido en rigurosa confidencialidad, no constará en ningún sitio, ni será comentado con nadie.

—Le agradezco la advertencia, pero a estas alturas, poco o nada tengo que ocultar. A mi esposa alguna que otra juerguecita, pero no creo que ello le proporcione motivos para pedir el divorcio —dijo riéndose y mirando de reojo como lo hacía ella desde la ventana del salón.

—De acuerdo Ángel.

—¿Qué quiere saber?

—Usted fue su adjunto. Luego ocupó su puesto y cargo. En aquella época o después ¿Mariano se creó enemigos como para que lo mataran?

—Hasta el extremo de querer matarlo no lo creo.

—¿Qué trabajo desarrollaban para enemistarse con gente?

—Desde nuestro puesto podíamos beneficiar o perjudicar a quien quisiéramos, me refiero a distribuidores de nuestros coches. Éramos quienes decidíamos cuantas unidades les enviaba fabrica y cuantas no. De esa forma un distribuidor podía ganar más que otro, todo era cuestión de control.

—¿Tenían algún parámetro para hacerlo?

—No, simplemente nos basábamos en la incidencia de nuestra marca en la zona geográfica en que estaban ubicados y sobre todo el aumento de ventas. Hacíamos nuestros trapicheos, bueno, en realidad era una forma de saltarse la normativa. ¿Conoce el sistema?

—Si. Lo leí hace unos días.

—Entonces sabrá que hacíamos, y por eso debíamos controlar bien, Mariano llevaba todo anotado en una libreta. Si un distribuidor pedía dos o tres unidades del modelo más alto y debíamos enviarle obligatoriamente ocho de la gama más baja, concertábamos con otro que necesitara los de gama baja que le obligaban a recibir dos o tres de alta y dábamos salida a ambos, luego desde sus diferentes centros aparentemente se ayudaban cediéndose los modelos, esa acción entre distribuidores no lo llevaba fabrica.

—Entiendo.

—Naturalmente todo debía estar bien controlado. Desde luego llegó un momento en que las cosas se desmadraron un poco. Muchos pocos no es lo mismo que pocos muchos. Trataron de comprarnos. En realidad, lo hicieron. Nos compraron a ambos. Teníamos unas cifras aportadas por los concesionarios.

—Comprendo ¿También anotaba esas cantidades?

—Si. Mariano lo anotaba todo, pero lo más extraño era que no llegó a utilizar una sola cantidad. Un día me dijo que todo ese dinero lo emplearía para que su hijo montara un negocio. Yo lo fui gastando como pude. Sin embargo, a Mariano lo descubrieron poco antes de jubilarse, en realidad le obligaron a hacerlo. Entonces yo no tuve más remedio que seguir el método de la fábrica. Dejé de percibir las dadivas.

—¿Dice que anotaba todo en una libreta?

—En efecto.

—Es todo Ángel. Le agradezco su tiempo. ¿Dónde vivía Mariano? ¿Era ese su chalé?

—Si era ese, lo malvendió a un grupo de religiosas forzado por su mujer, que también lo era, aunque nunca lo entendí.

—¿Por qué lo dice?

—Aparentemente se llevaban bien, pero desde aquí los oía discutir. Un día le oí decir en tono muy enfadado: Me has sacado el jugo hasta la medula, ¿Pedirás que te entierren con todas tus joyas? No has sido capaz de ceder algo a nuestro hijo, y aún sigues pidiendo más dinero para seguir comprando esmeraldas, no tienes vergüenza. Está bien, tendrás el dinero que me pides. Poco después pusieron en venta el chalé. Supongo que sería para permitirla seguir comprando joyas, y también que no conseguiría decirla dónde tenia el dinero de nuestras dádivas. A partir de entonces creo que comenzó a beber y como no estaba acostumbrado, hablaba más de la cuenta.

—Repito Ángel, muchas gracias por todo. Es suficiente con lo escuchado. No lo utilizaré, no hay razón para perjudicarle.

—Gracias.

Regresó a casa a la hora de cenar junto a sus dos mujeres. Cuando entró en el salón, Celia hablaba con Elena.

—Hija, no sé si lo has entendido.

—Que sí mamá, no te preocupes, de verdad en cuanto venga papá, hablaré con él. Mira acaba de entrar.

—¿Qué hablarás conmigo?

—Antes un beso y decirte que te quiero mucho.

—Yo también a ti hija, pero ¿A que viene eso?

—A que soy la hija más feliz del mundo, estoy tan satisfecha y orgullosa de teneros a los dos, saber que tengo unos padres preocupados por mi y cuanto me rodea.

—Bueno, bueno. Ahora dime que ocurre. ¿Qué te ha dicho mamá?

—Nada cielo —se adelantó Celia— la he comentado que no se si podríamos acompañarla a Suiza. También que temía se dejara convencer por el canto de las sirenas de la sociedad donde se mueve Sergio. Le he dicho que tu no creías que pudiera ocurrirle eso. Nada más. Acababa de decirme que no tiene ninguna intención de provocar gastos y por supuesto hablaría con Sergio para decirle que no iría a Suiza, luego lo que acabas de escuchar.

—Verás hija, no es necesario que te quedes con nosotros. Puedes ir perfectamente con ellos, aunque por supuesto nos gustaría ir contigo, pero como ya sabes yo cambié de trabajo y no puedo aventurar si tendré o no vacaciones. Además de mi responsabilidad. Por otro lado, nunca se sabe que puede ocurrir con tanta antelación, y supongo que la familia de Sergio la necesita para coordinar esa clase de fiestas.

—No papá, tal vez no supe comunicarlo debidamente. Tienen una casa en Suiza, pero no quieren celebrar más que una fiesta de Navidad en familia. Únicamente, añadí lo de mi armario porque no conozco Suiza, ni una estación invernal. Imaginé que habría fiestas y más actividades. Supuse que debía decíroslo para preparar la ropa con antelación.

—Creo que tienes razón, la comunicación no fue la correcta y los tres debimos interpretarlo indebidamente, pero aclarado esto, creo que no habrá problema para que mamá y yo te acompañemos. De todas formas, coméntalo con la familia de Sergio y si pueden que te den algún detalle, fechas, lugares etc., no sea que tu madre deba también comprarse un traje de noche y yo llevar el esmoquin a que me lo adapten.

—Ves mamá, como es el hombre más formidable del mundo.

—Lo sé, por eso lo elegí para envejecer a su lado.

—Anda dejaros de alabarme, y ofrecerme algo de cenar, vengo con un hambre de lobo.

—¿Qué tal te fue?

—Tengo una intuición, que corroboraré mañana, supongo que he dado con el criminal, pero debo comprobar unos extremos. Cuando acabe iré a la oficina y hablaré con Marcelo, creo que tengo la solución para nuestro viaje a Suiza.

—Ya sabía yo que no te puedo dejar solo. Con tal de dar caprichos a la niña, eres capaz de todo. Te malacostumbra.

—No la hagas caso papá.

—Ya estoy acostumbrado a esas frases suyas, pero he aprendido a no hacerla caso.

—Así no hay que os gane, siempre os tengo enfrente.

—Entonces, ¿Qué, cenamos?

—Claro, el tiempo en que ponéis la mesa.

Por la mañana temprano se acercó a recoger la orden judicial necesaria para pedir en el Registro de Últimas Voluntades, copia del testamento de Mariano Palacios. Unos minutos más tarde aparcaba cerca del Concesionario. Una vez dentro pidió entrevistarse con el actual gerente.

—¿Guardan todas las incidencias que se producen en sus talleres?

—Por supuesto.

—¿Durante cuantos años?

—Normalmente veinte años, después vamos eliminando. Forma parte del protocolo, muy parecido a la obligación de tener repuestos durante esos mismos años.

—Entonces ¿podríamos saber si un cliente suyo durante los meses de Agosto, Septiembre y Octubre de 1991, trajo un coche a reparar o revisar?

—Es posible, puede decirme su nombre.

—Claro, figura en esta nota.

—Bien comisario, creo que tardarán unos minutos en sacar los datos, puedo mientras tanto invitarle a un café.

—Gracias, pero ya llevo tres, y es el tope que tengo para todo el día, perderé el que tomo después de comer.

—Hay que cuidarse.

Diez minutos más tarde.

—Bien, aquí lo tenemos. En efecto, su coche estuvo en revisión y nos pidió si podíamos prestarle otro, debía hacer una visita a El Pardo, le dejamos uno de sustitución o préstamo, por ser familia de alguien de la empresa

—¿Puedo ver el modelo y los kilómetros que hizo?

—Desde luego, esta es su ficha. Si la necesita puedo pedir que saquen una copia impresa.

—Se lo agradezco.

—Un minuto y se la entregó.

Salió de los talleres del concesionario y se acercó por su antigua comisaría, debía hablar con Ignacio Dobles. Desde allí telefoneó a Luis Pinillas pidiéndole información sobre Néstor Cano Palacios. Dos días después el único pariente lejano era recibido en un despacho de la comisaría por Roberto Hernán Carrillo.

—Muchas gracias por haber venido, le agradecemos mucho su disposición. No le habremos extorsionado mucho.

—No señor, realmente estoy en situación de prejubilación.

—Es usted joven todavía.

—En efecto, pero llevo trabajando desde los nueve años. La vida aquí es muy dura. Y ahora que tengo algunos ahorros, decidí hace unos años trabajar lo menos posible. Puse otro negocio y solo voy a retirar la caja cada día.

—Supongo que es un restaurante.

—En efecto.

—Deberé visitarlo. ¿Se come bien?

—Tenemos una estupenda cocina. Si va por Calatayud pregunte por Casa Néstor. Esta muy céntrico.

—Lo haré.

—Supongo que me ha citado para decirme que han encontrado al asesino de mi tío lejano.

—Más o menos.

—Antes me gustaría saber un par de cosas de usted.

—Claro

—¿Sabía que su tío era muy metódico, ordenado y que todo lo anotaba?

—Como voy a saberlo si apenas nos veíamos.

—¿Tampoco sabía que en su testamento le citaba a usted como posible beneficiario, ya que no tenía otro familiar, sin contar a su hijo?

—Ni mucho menos. No tenía ni idea.

—Otra cosa Néstor.

—Cuando estuvo en Madrid en agosto de 1991 ¿visitó a su tío?

—Creo que sí.

—¿Lo cree o está seguro?

—Si, estuve en su casa de la Avenida del Mediterráneo.

—Exactamente ¿que habló con él? ¿Le comentó algo en especial?

—¿A qué se refiere?

—¿Fue antes o después de que se le estropeara su coche?

—No entiendo.

—Condujo su coche desde Calatayud. Se le ocurrió pasar la revisión en el concesionario oficial, sabía que su tío era directivo de la Firma y seguramente le comentó que suelen dar un coche sustitutivo a los buenos clientes.

—La verdad es que no recuerdo muy bien los detalles, tenga en cuenta que hace años. Pero si, hablamos un rato sobre eso, le dije que debía pasar la revisión a mi regreso a Calatayud, pero antes debía hacer un viaje corto. El me recomendó hacerlo en Madrid y en el taller de sus amigos, incluso creo que me dio un nombre para preguntar por él.

—¿Recuerda si era Sandalio?

—Creo que sí, pero no me haga mucho caso.

—Le dejaron un coche entonces para ese viaje corto.

—En efecto, lo hice. Lo devolví y después regresé con el mío a Calatayud.

—¿No volvió a Madrid?

—¿Qué necesita saber comisario? Sus preguntas no parecen encaminadas a decirme quien asesinó a mi tío.

—¿Usted cree?

—Está bien. Sí. Regresé a Madrid otra vez, mi coche se calentaba y lo llevé al mismo taller. Aproveché donde le hicieron la revisión y lo comenté con Sandalio a fin de volver a pedirle un coche prestado, me dijo que no había ninguno, el que quedaba lo tenia comprometido para él, para ir a una boda familiar. Así que me marché y esperé a que repararan el mío.

—¿Pasó a ver a su tío?

—No, tenía unas gestiones que hacer y poco tiempo. Por la tarde debía recoger el coche y regresar a Calatayud.

—¿Le apetece beber algo?

—La verdad es que si.

—Ignacio por favor puedes pedir un vaso de…

—Agua, solo agua.

—Un vaso de agua, por favor.

—Claro Roberto, enseguida.

Segundos después Néstor bebía del vaso de cristal. Ignacio lo recogía haciendo malabarismos para no poner sus huellas. Inmediatamente pidió con urgencia sacar copia de las huellas y compararlas con las del expediente que descansaba sobre su mesa. Mientras, Roberto siguió preguntando al familiar lejano de Mariano Palacios.

—¿Cuándo puso su negocio en Calatayud?

—Más o menos en 1993. Fue una oportunidad, pedían un traspaso pequeño, la zona era muy buena y aproveché la ocasión.

—Con los ahorros, me dijo antes, ¿no es cierto?

—Y el préstamo de un banco, ya sabe para estas cosas no se tiene lo suficiente.

—Pero según tengo entendido lo devolvió a los pocos meses.

—Comisario ¿puede decirme que ocurre?

—Nada, solo estoy esperando una llamada para confirmar quien mató a su tío.

—Me preocupa.

—¿Teme algo?

—No, no señor, solo que no estoy acostumbrado al formulismo de la policía.

—Le contaré. Los crímenes nunca salen impunes, pueden transcurrir años, pero al final el error del criminal se descubre y es entonces cuando se procede a comprobar las pruebas, huellas, rastros y claro, en el caso de su tío, pese a que en 1991 ya teníamos suficientes avances, hoy las técnicas han mejorado sustancialmente. Ahora mismo están comprobando las suyas, y cuando comprueben su ADN con el que encontraron en el maletero y en casa de Mariano Palacios, sabremos si fue usted o no quien lo mató.

—¡Comisario! esto es una encerrona.

—No, querido Néstor. Ha venido invitado, de mutuo proprio, no detenido. Tratamos de descartarle, es la forma de eliminar sospechosos y dedicarnos al verdadero asesino. Cuando le cojamos seguramente S.Sª aplicará el rigor de la Ley. Alevosía, premeditación y alguna circunstancia más que prefiero no enumerarle. Y es una lástima que no tengamos cadena perpetua, porque de ser así, ese asesino no saldría de prisión a no ser que también él muriera.

Al finalizar las palabras de Roberto, Ignacio entró en el Despacho y se acercó al oído para decirle: Ya puedes detenerlo.

—Disculpe Néstor, debo salir un momento, le dejo con el comisario Ignacio Dobles, el será el encargado de seguir los siguientes pasos.

—Escuche un momento señor Cano Palacios, Néstor —dijo mientras Roberto salía de la habitación— le detengo por el asesinato de Mariano Palacios Cano. Puede guardar silencio y negarse a contestar cualquier pregunta que le formulen de ahora en adelante, puede llamar a un abogado que le represente y aconseje. Si no tiene capacidad económica para pagarlo, la Administración le facilitará un Abogado de Oficio que pueda defenderle.

—¡Esto es un atropello!

—Señor Cano, yo que usted guardaría silencio y haría una llamada a un abogado. Ahora sea tan amable de acompañarme.

Le dejó encerrado en uno de los calabozos y subió al encuentro de Roberto.

—¿Por qué no le has detenido tu?

—Ya te lo dije, no quiero aparecer en expedientes y menos no teniendo comisaría. Algún día te lo contaré.

—De acuerdo Roberto, no hay problema.

—¿Puedo recomendarte que llames al Comisario de Calatayud para decirle que a un ciudadano de allí lo hemos detenido por el asesinato del ciudadano Mariano Palacios Cano, hijo de la misma ciudad?

—Claro. Ya me contarás como conseguiste averiguar quien era el asesino.

—Desde luego, pero antes debemos hablar con el Juez, debe dar las ordenes oportunas para que los bienes de este individuo y el contenido de sus cuentas corrientes sean entregados al único heredero del finado. Mientras tanto iré a hablar con él.

—Pasaré el expediente y pediré al Fiscal que agilice los trámites. Ya te lo diré cuando este todo listo.

—De acuerdo Ignacio y muchas gracias por todo. Te debo al menos una comida.

—Es verdad, hace tiempo que no almorzamos juntos.

—Aprovecha cuando libre Encarna.

—Se lo diré.

Dos días después se reunía en el despacho de Damián Pérez.

—Necesitará demostrar que era hijo de Mariano Palacios, pese a detentar ahora otro nombre y apellidos.

—Tengo toda la documentación. En realidad, cambiarme fue por no llevar el apellido de aquella pécora, la mujer de Mariano.

—Lo supongo.

—¿Cómo descubrió quien mató a mi padre?

—Fue intuición. Analicé todo el expediente abierto en 1991 e investigado por un inspector recién incorporado de la Academia a la Comisaría de su padre. Le faltaban tablas, no lo hicieron como era debido y lo dieron por cerrado al conformarse con descubrir su identidad. No siguieron investigando. Quedaron lagunas. La casa de Mariano revuelta y llena de huellas, cómo pudieron meter el cadáver en el maletero. Supongo que el comisario Sandoria padre del inspector Sandoria no quiso dañar la carrera iniciada por su hijo y se conformaron con identificar el cadáver y saber que no tenía familia. A usted ni llegaron a descubrirle. Mi sospecha la dirigí a usted en un principio, pero luego desistí al escuchar que su padre anotaba todo. Eso mismo me dijo su adjunto en la fábrica, y también qué, pese a ser honrados, se dejaron tentar por el dinero fácil. Cuanto recibió por las manipulaciones que hacían con la entrega de coches a los concesionarios y distribuidores, lo guardaba en una caja fuerte en su casa anotándolo todo. Tenía previsto entregárselo a usted para que iniciara un negocio. Pensaba dárselo cuando se jubilara, evitó darle un céntimo a su mujer, que no hacía más que comprar joyas. Néstor comenzó a maquinar la forma de hacerse con la herencia e hizo un viaje a Madrid. Invitó a tu padre a comer y bebieron vino, el no estaba acostumbrado y por lo visto, hablaba más de la cuenta. Debió decirle algo de sus libretas. Reparó el coche y se aprovechó del nombre de tu padre frente a uno de los mecánicos del taller. Le dejaron un coche de sustitución, hizo una copia de la llave y al cabo de un mes regresó con intención de llevárselo de nuevo y trasladar a tu padre a algún sitio para forzarle a decir donde estaban las libretas y el dinero. Pero tuvo mala suerte, Sandalio el mecánico se llevó el coche de sustitución a una boda con su familia, no podía utilizar otro coche sin dejar pistas, por lo que le siguió todo el día hasta que aparcó para entrar en el banquete. Aprovechó ese momento para llevarse el coche con el duplicado de llave. Fue a por tu padre, le llevó a algún sitió y le hizo respirar cianuro cuando se negó a responderle. Néstor tuvo una droguería como negocio y aún guardaba los elementos para matarlo. Luego para evitar le descubrieran y ganar tiempo le quemó con ácido las huellas de las manos, le metió en el maletero y volvió a dejarlo en aparcado en el banquete. Confió en que por los efectos de la cena, el alcohol y sus vapores, Sandalio no se daría cuenta. Después fue a casa de tu padre, y aprovechando que conocía el horario del portero, abrió con las llaves que le sustrajo, entro y buscó por toda la casa hasta localizar las libretas, de ahí un paso para descubrir donde escondía el dinero. Recogió las joyas de tu madre y el efectivo previsto para ti, y se marchó a Calatayud. Esperóunos años para vender su negocio y poner otro aprovechando el dinero de tu padre y lo que le dieron por el suyo, las joyas y el oro, no sabemos que ha podido hacer con ello. Ahora mismo espero a que mi amigo el comisario Dobles me avise para ponerle en contacto con usted. No olvide llevar la documentación que le acredita como hijo de Mariano, en su testamento figura como único y universal heredero.

—No me hace falta su dinero, pero lo aceptaré. No estaría bien que su esfuerzo durante años se perdiera y no sirviera para lo que se propuso. Me sentí su hijo entonces y aún le sigo queriendo. Gracias comisario por darme esta alegría. Si ya me sentía orgulloso de él, creo que ahora puedo confirmarlo con más cariño.

—Adiós Mariano y suerte en la vida.

—Adiós comisario.

Acabó tarde, respiró profundamente, recogió el coche y fue derecho a casa. Al entrar Celia y Elena le vieron cara de cansancio. Besó a ambas y se fue derecho a la ducha. Al salir Elena le llevó una bandeja con una botella de güisqui y Celia un plato con anacardos.

—Mañana os contaré el final de este caso.

—No te preocupes, ya vemos que estas cansado.

—Mentalmente, es horrible como discurre la mente humana para conseguir sin esfuerzo lo que otros logran con el suyo. Espero seguir sorprendiéndome con estos casos.

—Bébete la copa, cuando acabes cenaremos. Elena tiene algo que decirnos.

—¿No puedes decirlo ahora?

—Por supuesto. Hablé con Sergio y él con sus padres.

—¿Y?

—Han dicho que estaremos en su casa de Suiza solo los días que podáis estar vosotros, si no pudierais por alguna circunstancia de tu trabajo, no iremos ninguno y celebraremos la Navidad en su casa de Madrid.

—No es justo hija.

—Ya, pero todos opinamos que no estar los seis juntos no seria fiesta. Sergio y yo también. Además, quiere que le enseñes a su padre como preparaste el foie.

—No sé si querré, es secreto profesional. Ya veré. De todas formas, he preparado para unos días antes un viaje al Norte de Italia, debo corresponder a unos colegas de Milán, eso me llevará algún tiempo, quieren que visitemos algunos sitios, y desde allí a Suiza, no hay mucha distancia.

—¡ Papá!

—¡Hija!

—¡Mamá!


©  Anxo do Rego. 2021. Todos los derechos reservados.

Código de registro: 1005166302974

Impactos: 16

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.