El verbo jugar

El verbo jugar

 

No supe que jugar era un verbo hasta pasados unos años. Para mí era realizar una actividad, con el fin de divertirme, de entretenerme. Formar parte de algún juego o deporte. Jugaba en la cuna con los objetos que mi madre ponía a mi alcance. Al futbol en el colegio, con los amigos y compañeros, aunque no me gustaba especialmente. Mas adelante aprendí a jugar al ajedrez. Intenté aprender tenis, incluso a cartas; siempre fui muy malo con ese tipo de juegos. De adolescente me inicié en el juego del amor y alcancé ciertas cuotas al entrar la universidad. Debo confesar que hoy no mantengo ningún tipo de juego, no soporto jugar y aún menos que lo hagan conmigo.

            Supongo que leer los renglones precedentes suscitarán alguna pregunta. No deseo justificarme, pero ella fue la causante de cuanto ocurrió.

            Conocí a Florinda el día en que cumplí cuarenta y cinco años. El grupo de mis amistades era amplio. Algunos desde mi juventud, otros de la Facultad de Medicina y en mayor porcentaje de la clínica privada, que constituimos como sociedad. Acostumbrábamos a cenar en un restaurante elegido por el protagonista del aniversario. Mientras tanto el resto del grupo se ocupaba de preparar una fiesta en toda regla, que solía durar hasta primeras horas del día siguiente. Aquel día elegí una terraza, me apetecía disfrutar de una cena al aire libre, apartada del agobio de la ciudad.

            Como anfitrión me adelanté a mis invitados para comprobar si todo estaba preparado en el restaurante situado a las afueras de la ciudad. Nos hicieron un apartado en la terraza. Más tarde esperé a que mis amigos y acompañantes fueran apareciendo. Di paseos constantes, en uno de ellos vi a una mujer de aspecto muy agradable que parecía esperar cerca de la terraza. Al ir llegando, Luis, uno de los doctores de la clínica apareció acompañado por Florinda, la mujer que esperaba. Nos presentó. Ambos nos dedicamos más de una mirada durante la espera. Cenamos, risas, brindis y entrega de regalos. Unos cargados de bromas, otros serios e inesperados. Acabamos a las seis de la mañana, después de tomar copas y bailar en una sala en el centro de la ciudad.

            Tuve la oportunidad de hablar con Florinda en más de una ocasión. Inicialmente pensé sería pareja de Luis, sin embargo, me confirmó que solo la pidió le acompañara y aceptó para no ir sin pareja a la cena. Me alegré. Nos vimos en otras fiestas, aunque esporádicas.

            Un día la llamé. Quedamos en pasear y almorzar juntos en mi casa. Había previsto un almuerzo ligero, una cena, y tal vez un desayuno. Sin preguntarnos aceptamos el encuentro, al que siguieron otros con intensidad desconocida e inesperada. Juntos pasamos varios fines de semana. Hizo que olvidara mis obligaciones y me dedicara a ella. En la clínica me lo comentaron mis socios. Les señalé que intentaría olvidar la vehemencia y sopesar mis actividades amatorias. No tuve ocasión. Una discusión forzó nuestra ruptura. Los amigos y socios comprobaron mi reaparición.

            Florinda; pese a decidir la ruptura; forzó y acepté, mantener constante comunicación a través de medios telefónicos, hasta retomar la incipiente relación, olvidando la ruptura. Fue inútil, más adelante volvió a romperse, en esta ocasión por diferentes motivos y razones. Personalmente me afectó. Aquella relación se repetía, era una especie de dèjá vu que irrumpía en mi vida. Soporté la carga emocional, ofreciéndole mi amistad y ayuda, vistos los problemas personales que le acuciaban.

            Pasaron los meses y me confesó mantenía una nueva relación con otro hombre. Supe que le iba de mal en peor y advertí en ella y en mí, la necesidad de cubrir la añoranza de volver a estar juntos. Acepté por aprobación mutua un reencuentro, soslayando la reciente compañía de su anterior pareja, que como yo, sufría el vaivén de Florinda. De nuevo un corto tiempo de relación. Otra ruptura, otra carga emocional, otro regresar con su anterior pareja.

            Aquella situación se me antojaba como un escabroso juego. Rechazo formar parte de cualquier tipo de manipulación, me ofende, y aún más si la humillación es un cruel aliciente para proporcionarme dolor. Me dejé llevar, conocer hasta que extremo Florinda pretendía reiniciar, y donde pensaba llegar. Tomé unos días de vacaciones. Los pasamos juntos. En su casa quedaban recuerdos de su anterior pareja que no obstante, me produjeron extrañas sensaciones. Dejé que llevara a cabo todas sus maniobras. Como comprobé posteriormente, su difícil comportamiento se convirtió en una cuarta ruptura.

            Estaba decidido y suficientemente harto de ella. Máxime cuando de nuevo inició sus comunicaciones vía teléfono con ofrecimientos de amistad. Confirmé que, desde el primer día, fui lamentablemente un objeto con quien practicar un juego, el de dominar y controlar mis sentimientos a su antojo.

            Cuando Luis me advirtió que, al día siguiente, como en las ocasiones anteriores se había refugiado en los brazos de su anterior pareja, mencionando: «lo siento, debía elegir», me forzó a tomar una decisión.

            Dejé pasar una temporada y como siempre hay una excusa para justificar una mentira, la llamé por teléfono. Charlamos hasta concertar una última reunión para cenar, que inicialmente negó. No puedo justificar una ausencia para cenar contigo—dijo justificándose.

            Reservé una mesa en un restaurante a las afueras de la ciudad. Convinimos en vernos allí. Llegué diez minutos antes que Florinda. Mientras tomaba un Jerez la vi aparcando su coche. Fui a su encuentro. No saludamos. Caminamos en compañía de un camarero hasta la mesa reservada. Cruzamos unas palabras como saludo. Posteriormente, tras preguntar, elegí un vino para el almuerzo. Aceptó de inmediato, dado su gusto por los buenos caldos de La Ribera del Duero. Un aperitivo previo con vermú y el primer plato ligero de ensalada.

            —¿Me disculpas? Debo ir al baño —dijo antes del segundo plato.

            —Por supuesto.

            Su copa apenas contenía un poco de vino tinto. Esperé su regreso para pedirle si le apetecía más. Asintió y escancié de la botella hasta rellenar el tercio de la copa. Hice lo mismo con la mía. Seguimos conversando. Asentí a sus preguntas de mantener amistad mutua. Tomamos el segundo plato con una nueva botella de vino, que no llegamos a consumir en su totalidad.

            Soporté de nuevo sus críticas y dejamos para más adelante el análisis de la extraña situación, tal vez con más calma, añadí. Asintió. La acompañé hasta su coche para despedirnos. Sentada frente al volante, bajó la ventanilla para una última despedida.

            —Te echaré de menos.

            —Yo a ti no —respondí—. Además, tuviste que elegir ¿No?

            —Naturalmente. Lo hice.

            —Yo también he tenido que elegir. Creo que no volvemos a vernos. Que tengas un buen viaje.

            Su rostro hizo una mueva, subió la ventanilla y se alejó. Dos días después Luis se acercó a mi despacho.

            —Debo darte una mala noticia.

            —Dime.

            —Florinda, tuvo un accidente de tráfico y ha fallecido.

            —¿Cómo ha sido?

            —Al parecer se descuidó o debió sufrir un desvanecimiento al entrar en la autovía. No se si conocías que padecía hipotensión ortostática. Tal vez fuera esa la causa. En los análisis de la autopsia encontraron un elevado contenido del compuesto enalapril en dosis superiores a los 50mg. Debió tomar el medicamento equivocado que unido al nivel de alcohol en sangre su presión debió disminuir ostensiblemente. Pudo ser la causa del accidente.

            —Lo desconocía. Apenas tuve tiempo. Recuerdo que en una ocasión fui a su casa y no se encontraba bien, tenía la tensión muy baja.

            —Pues lo siento.

            —También yo.

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