El otro nombre – 4 El encuentro con los dioses

4 – El encuentro con los dioses

            En la Marca de los Dioses no hay nadie. Es imposible deducir o averiguar la dirección que deben tomar para encontrarlos. Durante un tiempo mantienen constante observación, luego regresan junto al grupo y deciden esperar. Lo hacen durante tres días, tras los cuales toman la decisión de enviar emisarios en todas las direcciones, excepto las ya conocidas. Tal vez así den con la exacta o encuentren otras tribus o aldeas sometidas por los dioses, a quien puedan ayudar.

           A punto de rendirse y abandonar la Marca, la suerte los acompaña. Desde el lugar donde se encuentran ocultos, observan que, por uno de los caminos señalados por el signo solar, aparece un numeroso grupo de jóvenes, mujeres y hombres con edades comprendidas entre los 16 y 18 muntus, bajo la atenta mirada de diez guardianes armados. Los hacen parar sobre el circulo mientras el Chamán o Más Anciano que los guía, les dirige unas palabras que no llegan a escuchar con claridad. Más tarde le ven abandonar la Marca y alejarse solo por el mismo camino que apareció el grupo.

            Uno de los guardianes, tan pronto desaparece el Chamán, se agacha sobre el signo, pulsa un saliente y el circulo comienza a elevarse. En ese momento los jóvenes, se asustan y comienzan a gritar. Los guardias, con ademanes, sin hablar, los obligan a guardar silencio. Termina de elevarse el círculo y deja ver algo sorprendente a los ojos de Kenie. No sabe que es. Una especie de caja de gran tamaño se desplaza suspendida sobre el suelo fuera del círculo, nada más introducirse en ella uno de los guardianes. Poco después los jóvenes son obligados a subir a la caja. Minutos después inicia un desplazamiento sin provocar ruido alguno.

            Uno de los guardianes baja de la caja, aplica su mano sobre algo que hay en el círculo y éste comienza a bajar hasta cerrar aquella cavidad bajo el terreno. La caja se eleva unos metros sobre el suelo desplazándose con rapidez en dirección sur, sin línea o camino marcado. Kenie sospecha debe dirigirse hacia el lugar donde los Más Ancianos decían se encontraba la zona prohibida, el lugar donde viven los dioses.

            Esperan a que desaparezca para bajar de donde se ocultan hasta el círculo. Busca el punto donde el guardián pulsó y hacen lo mismo. Al aplicarlo se realiza idéntica operación, deja a la vista otra caja vacía. Kenie sube a ella y después de muchos intentos consigue moverla. Llama a todos los hombres, suben y realiza una serie de maniobras para dominar aquel artefacto que se sustenta a unos metros del suelo y se desplaza. Uno de sus hombres, a su petición, pulsa el punto del círculo y lo cierra.

            Se dirigen temerosos en la misma dirección que los guardianes. La velocidad, aunque lenta, es sin duda superior a la que puede desarrollar un hombre corriendo, tal vez mayor, por lo que en muy poco tiempo se alejan de la Marca. La altura sobre el suelo es constante y solo al cabo de media hora, al abandonar el valle, ven unas construcciones semejantes a sus cabañas, resplandecientes y ordenadas, alrededor de otra más grande y diferente.

            Optan por parar la caja voladora y pisar tierra. La esconden y tapan con ramas antes de acercarse hasta la aldea, supuestamente de los dioses. La distancia es de dos o tres Pers (Un pers equivale aproximadamente a un kilómetro) Descansan, comen y esperan a que el sol se oculte. Buscan sitios donde poder refugiarse.

            Han dispuesto que algunos hombres queden en la retaguardia, aguardando al grupo. El resto con Kenie al frente inicia el camino hacia la aldea de los dioses. Forman dos grupos de veinte hombres al mando de Kenie y Pasak, el resto queda a la espera de un aviso para viajar hasta la aldea Partal, caso de ocurrir lo peor.

            Caminan en silencio al amparo de la oscuridad de la noche. No encuentran guardián alguno. No los esperan y menos a ellos, con pocos medios y supuestamente inferiores. Posiblemente los subestiman, consideran que jamás se atreverán a pisar la tierra prohibida para llegar hasta la aldea de los dioses. Los hombres de ambas tribus están convencidos que son hombres como ellos, que también pueden morir.

—¡Mira! —dice Pasak a Kenie— tienen hogueras en la aldea.

—Deben ser muy grandes veo que iluminan las cabañas, también grandes.

—Es cierto, veo entrar y salir gente por una especie de rampa de la cabaña central.

—Nos acercaremos más. Fijaros si hay gente de nuestras aldeas.

—Deberíamos esperar a que el sol ilumine, será más fácil observar.

—Tienes razón, busquemos un lugar donde dormir algo, a primera hora decidiremos como entrar —termina diciendo Kenie.

            Dejan centinelas apostados y duermen hasta el amanecer. Despiertan cuando la aldea comienza a tener movimiento de gente. De las rampas comienzan a salir cajas que sobrevuelan a poca distancia del suelo. Van cargadas con guardianes y hombres sin uniforme de diferentes tribus. Todas ellas llevan la misma dirección. Se fijan en la composición de la aldea de los dioses. Está formada por una gran cabaña en el centro y al menos diez de tamaño más pequeño a su alrededor, a modo de coraza o defensa respecto a la principal. Kenie no tiene duda, en esa principal deben estar los dioses.

—Deberíamos averiguar dónde van esas cajas, han parado a un pers aproximadamente.

—Llegaremos allí dando un rodeo, saldremos por encima de donde se encuentran ahora.

            Al llegar ven veinte cajas paradas sobre el suelo, en una explanada. Dos guardias con tubos vigilan despreocupadamente.

—Voy a bajar —dice Kenie dirigiéndose a Pasak.

—Déjame a mí —responde.

—No puedo, tu llevas el signo de los dioses, yo no.

—De acuerdo.

—No tengas cuidado, saldré pronto, esperarme sin hacer nada hasta mi regreso.

—De acuerdo.

            Kenie baja por la ladera para evitar ser descubierto por los guardianes. Logra entrar por la boca de una gigantesca gruta. A ambos lados, un camino horadado en la roca le invita a deslizarse por una de las aberturas y tras arrastrarse llega a una galería. Se para un instante y mira asombrado. Hombres de diferentes tribus trabajan acarreando con sus manos cestos con piedras que descarga en una gran olla de metal brillante, de donde sale un vapor grisáceo. Los hombres caminan lentos, parecen cansados. Regresan al punto donde cargan de nuevo los cestos. Los guardianes a diferencia de los trabajadores cubren sus cabezas con una especie de bola transparente mientras gritan y mueven las armas largas de manera amenazante sobre los hombres.

            Se arrastra por uno de los laterales. Encuentra otro grupo similar, en esta ocasión de Calos y Mosere, incluso Cobos (Hombres adultos de 40 años o más) todos ellos sacan piedras de la galería. Entre ellos cree ver a un Mosere de su tribu. Se despoja de la camisa, la esconde junto a sus armas. Mantiene únicamente el calzón, tal y como viste el grupo de hombres. Agarra uno de los instrumentos que encuentra en el suelo y se acerca a un joven. Sin hablar, comienza a imitarle. Golpea en la pared de la galería y desprende trozos de ella. Al poco tiempo.

—Soy Kenie de la tribu Partal ¿Tú quieres eres?

—No podemos hablar —dice el joven mirándole con extrañeza y sorpresa— pero lo haré. Me alegra oír a alguien de mi tribu. Me llamo Jomaj Tan Pel.

—¿Qué haces aquí?

—Sacamos piedras para llevarlas a una trituradora. Luego el resultado lo llevan a la gran cabaña de los dioses. El polvo no debe ser bueno, respirarlo nos condena a enfermar y morir.

—Cuéntame más por favor.

—Claro. Cada dos o tres meses traen gente que recogen de las tribus. Desconocía la existencia de tantas, he llegado a contar más de diez.

—¿Qué son esas luces, hogueras?

—No. No puede hacerse fuego aquí dentro, estallaría toda la galería y la montaña. ¿Cómo está nuestra aldea?

—Bien, tu hermano ya no es Mosere, es fuerte se ha convertido en guerrero, aguarda frente a la Marca, junto a otros como él.

—¿A qué has venido?

—A matar a los dioses.

—No son dioses, son hombres. Hablan una lengua que no entendemos y se comunican a través de unas cajas pequeñas cuando están alejados unos de otros. Solo nos quieren como esclavos y cuando enfermamos nos alejan de este lugar y nos abandonan o dan muerte.

—¿Qué hacen con los jóvenes y las mujeres?

—Abusan de ellos y si alguna mujer queda preñada suelen meterla en una nave inmediatamente.

—¿Cómo puedo entrar en la cabaña o nave de los dioses sin que me vean?

—Únicamente por la parte superior, tiene una abertura para que penetre aire ¿Qué piensas hacer?

—Aún no lo sé, ahora debo salir de aquí y comentar cuanto me has dicho con el jefe de la tribu Socoa.

—Si quieres puedo ayudaros desde dentro. Todos odiamos a los dioses y no nos importa morir antes de tiempo.

—Espera, volveré en cuanto hayamos preparado un plan, mientras tanto ocúpate de reclutar a quienes puedan ayudar, todos somos necesarios. Deberás hacer grupos y poner al frente a los más idóneos para dirigirlos. ¿Podrás hacerlo?

—Desde luego. ¿Cuándo volverás?

—Si no hay problemas, mañana. Ahora ayúdame a salir, y algo más, debéis coger los tubos cortos y largos de los guardianes, sabemos cómo se usan.

—De acuerdo. Gracias por venir a rescatarnos.

            Dos hombres de la galería se dejan caer al suelo a recomendación de Jomaj para llamar la atención del guardián, momento que aprovecha Kenie para salir de la galería en busca de la salida. Poco después sube la ladera al encuentro de sus hombres y Pasak. Le cuenta lo averiguado y comienzan a urdir un plan. Aquella noche duermen poco, nervios e inquietud no lo permiten. Se mantienen trazando un plan de ataque.

—Creo que podríamos hacerlo así —dice Kenie a Pasak— Ocúpate del exterior y yo del interior, provocaremos algo que obligue a los guardianes a salir. Veremos si el fuego les hace salir a todos, cuando lo hagan los mataremos, tomaremos sus ropas y nos llevaremos las cajas voladoras con nuestros hombres y algunos de los jóvenes retenidos que todavía estén fuertes. El resto viajará hasta la Marca y regresarán con las cajas. Las utilizaremos para rescatar al resto de nuestras gentes.

—Escucha Kenie, me parece bien, pero ¿Cómo vamos a rescatar a los niños y las mujeres?

—Provocaremos el derrumbe de las galerías sobre la explanada, y sobre dos cajas volaremos hasta la cabaña de los dioses.

—Moriremos muchos.

—Es posible, pero creo que todos estamos dispuestos a morir por liberarnos de esos dioses. Ahora debo prepararme para entrar en la cueva y contactar con quien hablé, debo comunicarle que haremos. Necesitaré estopa y varios grupos de pedernales para entregárselos.

—Lo prepararé yo mismo.

            A punto están de descubrirle cuando entra en la galería. No puede dar explicación alguna a los guardianes cuando le encuentran fuera, no habla la lengua de ellos. Solo escucha unas posibles imprecaciones seguidas de amenazas con el arma larga. Lleva ocultos la estopa y los pedernales. Cuando se une al resto de trabajadores esclavos, estos le miraron como si ya estuvieran salvados. Sin hablar ante la presencia de los guardianes, toma un capacho y comienza a cargarlo con las piedras que esperan en el suelo.

            En pocos minutos una vez desparecidos los guardianes, pone en antecedentes del plan a Jomaj. Todo está coordinado en el interior según responde, por lo que cuando conoce deben provocar fuego para que aquella cueva se hunda, algunos Cobos se presentan voluntarios. No les importa, sabe que hacerlo provocará su muerte. Kenie les pide paciencia, pero sobre todo precaución y coordinación en las explosiones. Deben rigurosos con el plan establecido. Al acabar, regresa de nuevo junto a Pasak y descansar el resto del día.

            Al día siguiente nada más romper el sol, las cajas voladoras comienzan a llegar. Bajan los guardianes con los esclavos y entran en la mina. El grupo de Pasak con él a la cabeza se desliza hacia la explanada. A las dos horas, un grupo de esclavos recorre las galerías con medidas de agua para disponerlas en sitios estratégicos. Es el momento elegido.

            Nada más iniciarse el turno de trabajo, un humo denso se apodera de ambas galerías. Los guardianes se comunican a través de los aparatos con forma de espejo y comienzan a salir atropelladamente al exterior. Tan pronto salen los primeros guardianes, los guerreros de Pasak se ocupan de eliminarlos. Detrás, corriendo igualmente, una columna humana formada por hombres de diferentes tribus avanza ligera hasta ocupar las cajas voladoras según les recomiendan en voz alta.

            Los guerreros de Pasak ayudan a dirigir y colocar sobre las cajas voladoras, a todos los hombres fuertes. Mientras, los jóvenes desaparecen arriba de la ladera al encuentro con Kenie. Cuando las cajas están repletas, se ocultan entre los árboles y esperan el hundimiento de la mina. El ruido producido por las explosiones es ensordecedor. Después le sigue un portentoso arrastre de tierra y rocas que formaban la colina. Los árboles que antes cubrían el espacio ocupado por las cajas voladoras también desaparecen. Los hombres observan como poco después, una caja voladora, diferente y cerrada, sobrevuela durante unos instantes el área. Luego la abandona y se dirige a la cabaña principal de los dioses.

            Quince de las cajas capturadas, se aprovechan para salir repletas de jóvenes y hombres menos fuertes. Regresan poco después con guerreros jóvenes. Mientras tanto, tres unidades con Kenie y más de cincuenta guerreros vestidos con los uniformes retirados a los guardianes, vuelan hasta la parte superior de la cabaña principal. Una vez allí se deslizan por el techo y se introducen en la gran cabaña.

            Comprueban, como ya intuían, que aquella edificación no es una cabaña al uso, sino una construcción metálica y brillante como las espadas. Se desplazan hasta unos pasadizos donde encuentran escaleras. Bajan por ellas y llegan a una sala donde hay cuatro hombres sin armas y con un objeto extraño en sus manos. No se inmutan cuando los ven. Aquellos hombres se introducen en una plataforma transparente y desparecen por el suelo. Kenie los imita y con diez de sus hombres, suben a una de las plataformas. Al llegar a una gran sala se quedan paralizados por el estupor que les produce la visión. Ante sus ojos aparece una gigantesca galería con camastros metálicos en número incontable. Permanecen iluminados con una tenue luz azulada. Sobre ellos, cuerpos desnudos de mujeres, adultos, jóvenes y adolescentes, sujetos por brazaletes tanto a los pies como a las manos. Sobre sus cabezas, una especie de casco del que brotan infinidad de cables y tubos desconocidos para Kenie. En silencio, comienza a recorrer la sala. Mira alucinado los rostros de cuantos están tumbados. No se mueven, solo adivina su respiración mediante un leve movimiento del pecho. Retrocede hasta donde esperan sus hombres y advierte asustado como sujetan a una joven.

—¿Quién eres? —pregunta inmediatamente Kenie.

—¿Cómo hablas mi lengua? —responde la joven.

—Responde por favor. ¿De qué tribu eres?

—Soy Celer y pertenecía a la tribu Salar, a una luna y media de aquí.

—¿Qué hacen aquí todas esas gentes?  —dice señalando la galería.

—Esperan acabar un proceso de asimilación. Cuando lo completan son enviados a otra zona de esta construcción, ellos lo llaman nave, para hacer el gran viaje.

—No comprendo tus palabras. ¿Qué es una nave? y ¿Asimilación?

—Los dioses nos enseñan su idioma y al mismo tiempo algún concepto desconocido durante dos lunas, luego vamos aprendiendo a manejar sus objetos. Cuando completamos el ciclo, algunos como yo nos quedamos para ayudarlos, otros si no lo pasan, vuelven a esta sala de asimilación.

—¿Sabes de donde son los dioses y como están en nuestras tierras?

—Al parecer vinieron de un planeta lejano. Ellos lo llaman su planeta. Allí según dicen, carecen de alimentos y energía, por eso vinieron al nuestro.

—Escucha Celer, vamos a liberar a todos y regresar a nuestras aldeas. Soy Kenie, de la tribu Partal, conmigo vienen muchos guerreros de diferentes tribus para ayudarme.

—¿Entonces me llevarás contigo? No quiero hacer el gran viaje volando en estas grandes naves.

—¿Cómo podemos destruirlas, lo sabes?

—No, pero puedo preguntar a uno de los SD como yo.

—¿Qué significa SD?

—Similar a los Dioses, casi un dios.

—Escucha, debo recoger al resto de mis hombres, están en la parte superior de esta nave.

—Sube en esos elevadores y pulsa el signo ∆ para subir y otro igual, pero al contrario para bajar de nuevo.

—Otra cosa ¿Cómo podemos liberar a toda esa gente?

—Hay que tener cuidado, lo haré yo, si lo hacéis vosotros y os confundís al desconectarlos, pueden morir. Ve a por tus guerreros y esperarme aquí, mientras buscaré a Zark, él os llevará donde necesitéis, será vuestro guía, conoce toda la nave.

—Gracias, nuestros pueblos te lo agradecerán sin duda alguna.

—Tener mucho cuidado no os dejéis ver.

            Kenie sube en un elevador y va enviando a sus hombres hasta la sala de asimilación. Allí esperan hasta que Zark hace aparición en compañía de Celer.

—¿Dónde quieres ir Kenie? —pregunta Zark.

—Primero donde se encuentren los dioses, debo matarlos, luego a liberar a todos los de esta sala y resto de gente de nuestros pueblos. Si hay en otros sitios también, después destruir estas naves o como se llamen, con todos los guardianes y dioses dentro.

—Los dioses no son como todos creíamos, son únicamente hombres, dirigentes de toda esta tribu o habitantes de las naves. Montaron la historia de ser dioses al considerarnos seres inferiores y temerosos de nuestros antiguos dioses. Se aprovecharon de nuestros mayores, supeditados a las leyendas y religiosidad, sirviéndose del miedo y la duda para proporcionarse adeptos y ser utilizados posteriormente.

—Pues lo pagarán con sus vidas.

—¿Has dicho que quieres matarlos?

—Desde luego.

—Yo no lo haría. Si me permites, he llegado a comprender cuáles son sus necesidades y supongo que será mejor demostrarles que pese a que no disponemos de sus avances ni tecnología; disculpa, pero he aprendido los conceptos de los dioses; nuestros pueblos son inteligentes y podemos luchar haciéndoles ver que deben marcharse para no volver a regresar jamás.

—¿Cómo?

—Ellos disponen de naves estelares, viajaron desde su planeta al nuestro que al parecer se encuentra a una distancia incontable para nosotros, podrán hacerlo de regreso a otros, pero para ello necesitan el material que extraen de la mina que has destruido. Ese material es imprescindible para convertirlo en energía. Sin embargo, hay muchas más minas, yo conozco donde están situadas. Si les amenazas con destruir todas, con eliminar la materia prima que necesitan, se irán y nos dejarán en paz.

—No lo creo, intentarán destruirnos, son crueles, lo han demostrado, solo tienes que ver como se llevan a nuestras gentes, desconocemos la razón.

—Yo sí, quieren repoblar territorios en su planeta con nuestros jóvenes.

—¿Anulando sus vidas y haciéndoles vivir faltos de sus familiares y amigos? ¿Crees que está bien?

—No. Es cruel, tienes razón. Te ayudaré ¿Qué te propones hacer?

—Dame la situación de las minas y enviaré a un grupo de hombres a destruirlas. Después me llevarás ante los dioses

—De acuerdo. Necesitarás estos objetos para comunicarte con tus hombres a distancia. Os enseñaré su manejo.

—Gracias.

            Media hora después envía un hombre al encuentro de Pasak con uno de los comunicadores a distancia. A través de él le cuenta el plan preparado. Poco después Pasak reúne a un grupo de guerreros para volar en una caja a cada una de las minas. Lo convenido es destruirlas cuando Kenie de la orden.

            Celer mientras tanto comienza a desconectar a los retenidos en la sala de asimilación. Zark acompaña a Kenie. Aprovechan el revuelo ocasionado con la destrucción de la mina. Irán a la sala donde se encuentran los dioses.  Tres SD serán los encargados de retirar a los dioses, los objetos que portan para evitar comunicación alguna. Deben esperar órdenes de Kenie para recoger a las gentes de las tribus y refugiarse fuera de la gran nave de los dioses.

—¿Cómo vamos a entendernos? —pregunta a Pasak.

—No te preocupes, yo hablo su idioma, te traduciré cuanto digan.

—Entonces, adelante.

            Kenie se deshace de la ropa que lleva puesta de los guardianes y deja a la vista, las habituales de su tribu. El resto de sus hombres le imitan y caminan tras él en una doble fila. Zark pulsa la caja de comunicación y espera a que la puerta se abra. Entra con un arma larga apretando su espalda. Un hombre con vestidura diferente, en la que se ven cuatro estrellas sobre sus hombros, se dirige a Zark.

—¿Que ocurre SD? ¿Qué significa esto?

—General Adams, el jefe de nuestros pueblos desea hablar contigo.

—¿Y qué quiere?

—Desea pedirle que libere a las gentes de nuestros pueblos y que todas sus naves salgan de nuestro planeta.

—¿Nada más?

—Bueno si, que no vuelvan jamás.

—¿Qué harán si no obedecemos?

—Los matarán, destruirán sus naves y el material energético que necesitan para volar. Ya han destruido la mina Alfa.

—Bien, dile que hablaremos de nuestras condiciones.

            El trámite de traducir la conversación la hace larga y confusa, pero cuando escucha la última frase traducida del General, Kenie da orden a sus guerreros de capturar a todos los hombres que se encuentran en la sala y formar con ellos un grupo en el centro. Zark obedece la orden de Kenie, cierra la puerta y deja entrar a otro SD provisto de intercomunicador. En ese instante un guardián agazapado tras un mostrador saca su arma corta con intención de usarla contra Kenie, pero no tiene opción, tres guerreros aprietan el gatillo de las suyas en posición sin ruido, y tanto el hombre como los aparatos que lo rodeaban quedan destruidos. El General se mueve en ademán de empuñar la suya, pero Pasak le dice inmediatamente.

—Si la toca caerá muerto antes de usarla y entonces no podrá dialogar con Kenie.

—De acuerdo. Dígales que no disparen.

—Y ustedes dejen sus armas en el suelo, un SD las recogerá.

—Bien.

—Nuestras condiciones son irrenunciables —dice después de hablar con Kenie— Obedezcan o serán destruidos.

—No lo creo, además, esto no es una negociación.

—Desde luego que no lo es, están siendo tratados como invasores y asesinos. Y estoy repitiendo las palabras de mi jefe. O se marchan de nuestro planeta o no volverán a ver el sol.

—Señor —dice uno de los hombres del General— las nuevas minas están siendo destruidas y solo nos queda el material acumulado en cada una de nuestras naves, insuficiente para nuestros propósitos.

—¿Cómo es posible?

—No lo sé General, pero mire el monitor.

—Vale. Tengo que dar órdenes a mis hombres ¿puedo? —dice dirigiéndose a Zark.

—Desde luego, pero con mucho cuidado.

            Zark acompaña al General, que camina con dos guerreros a cada lado. Deja que se acople en una silla, frente a un monitor y tras aplicar varios signos señala.

—Soy el General Adams, orden de prioridad máxima, cancelen todas las recuperaciones, devuelvan a los indígenas a sus aldeas y regresen con las naves de carga a la nave nodriza. Elévense y apliquen la Orden D-25-A

—¿Qué ha dicho? —pregunta Kenie mientras Zark retira al General del mostrador pidiendo a dos hombres que le sujeten por los brazos.

—Ha dado una orden a sus naves de desplazamiento para devolver a nuestra gente a sus aldeas.

—Me parece bien.

—Lo estaría si no hubiera incluido en esa orden la eliminación de todas las aldeas.

—Dile que no le matamos ahora mismo porque no deseamos matar a sangre fría como ellos, pero déjales claro que a partir de ahora no tendremos piedad si intentan otra jugarreta como esta. Atarlos y cubrir sus bocas para que no puedan volver a hablar.

—De acuerdo Kenie.

—Algo más, pediré a Pasak escoja a un par de hombres de cada aldea y viaje para comprobar si han matado a alguien. Mientras tanto no te separes de mí, quiero que… ven, acércate y escucha atentamente —señala en voz baja al oído.

© Anxo do Rego. 2020. Todos los derechos reservados

Partes anteriores:

1 –  El Encuentro

2 – Nima regresa a su aldea

3 – Los Partal y los Socoa

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *