El otro nombre – 3 Los Partal y los Socoa

3 – Los Partal y los Socoa

            La noche aún no ha decidido cambiarse por el día, aunque los primeros resplandores del amanecer trataban de arañar los picos de las montañas. Kenie y el anciano padre de Nima aceleran el paso y abandonan la aldea para incorporarse al bosque en dirección a la cueva, donde espera impaciente Nima. Es más costoso de lo que inicialmente piensa Kenie. El anciano le retrasa, debe ayudarle a subir y aún peor, a bajar las laderas. Durante el trayecto no oyen ruido alguno, ni tropiezan con guardianes de los dioses. Antes de llegar a la cueva, paran para descansar unos minutos. Más tarde el anciano Numak es el primero en entrar por la rendija, le sigue Kenie, quien nada más entrar suelta la pesada carga que lleva sobre el suelo. Observa el encuentro de padre e hija.

            Un profundo y continuado abrazo sin palabras, les mantiene unidos durante largo tiempo. Solo lo interrumpen las lágrimas de ambos y las miradas tanto de él como de Kira, que permanece tumbada sobre la manta en el suelo. Durante unas horas el relato del anciano colma las expectativas de Nima, para luego escuchar las palabras de ella relata su aventura al escapar de los dioses y posterior encuentro con Kenie. El anciano se acerca a Kira cuando termina de escuchar y se fija para corroborar es uno de los niños enviados con los jóvenes cazadores fuera de la aldea, en dirección a las montañas.

—Antes me dijo que se perdió cuando iban camino de las montañas —dice Nima dirigiéndose a Kenie.

—Ahora eso no importa, regresaremos a mi aldea. Luego con un grupo de hombres iré a buscar a sus jóvenes a las montañas.

—¿Cuándo salimos?  —pregunta Numak.

—Mañana. Hoy descansaremos todos, el camino es largo y pesado.

—Te lo agradezco, lo necesito.

—Todos estamos cansados —dice Nima apartándose de Kira y acercándose a Kenie.

—Será peligroso viajar, posiblemente los guardianes estén buscando supervivientes.

—No importa, también ellos pueden morir. Solo son hombres como nosotros. Además, tenemos sus objetos y esos tubos.

—¿Sabes utilizarlos?

—De momento no, pero aprenderé, supongo que no será muy difícil. Ahora saldré a buscar agua y algunas hierbas para calmar el cansancio, regresaré pronto.

            No pueden permitirse hacer hogueras, el humo puede delatar su presencia, por lo que solo pueden comer carne seca y algunas tortas durante tres días. Ahora son dos bocas más que alimentar. Kenie piensa en cómo aumentar los alimentos.

            Salen de la cueva con los primeros rayos de sol. El camino que deben tomar será distinto al que trajeron, solo deben rodear los parajes que los llevaron hasta allí. A medida que cierran etapas y pese al cansancio reflejado en el rostro de la niña y del anciano, el camino de regreso es agradable. Kenie unas veces se adelanta y otras se retrasa. Nada le da a entender que haya guardianes buscándolos.

            La leche de oveja se acabó en la primera semana, por lo que Kira no tiene más remedio que alimentarse como un adulto. Al décimo día deciden buscar una cueva. Encuentran una cercana a un arroyo con dos salidas. Así podrán aventurarse a encender fuego. Mientras tanto, Kenie sale a cazar algún conejo con que saciar el hambre o secarlo para comer más adelante. Nima hace guardia temerosa de que suceda lo mismo que días atrás. Espera el regreso de Kenie para sustituirla en la guardia, junto al arroyo y así ella y Kina pueden bañarse. Al regresar.

—Estuve pensando sobre cuanto mencionaste estos días —señala el anciano a Kenie—supongo tienes razón.

—Yo sin embargo estoy convencido. Tanto a los Más Ancianos nuestros como a los Chamanes de su tribu, los dioses a través de sus guardianes han debido prometerles algo importante, prueba de ello son los objetos que encontramos en la choza.

—No solo eso, sino la aplicación de ese objeto extraño sobre las señales fijando las mismas características y coincidentemente siempre que el niño, joven o adulto estaba a punto de cumplir un periodo de nueve muntus.

—Entonces está claro que en su tribu los eligen cada ciclo de nueve muntus, sin embargo, en la mía lo es cada catorce.

—Déjame ver tu señal —después de verla prosigue— Perdona, pero la tuya es también de nueve muntus. ¿Cuántos tienes ahora?

—Veinticinco haré en el mes de Kal. ¿Qué me dice de los dioses?

—No creo que lo sean, su comportamiento no es de seres divinos. Antiguamente antes de que ellos aparecieran, nuestras leyendas relataban que nuestros dioses eran amables, no nos castigaban con tanta frecuencia, solo nos enviaban tormentas, grandes nevadas, frío o fuego, con eso se conformaban. A veces, según el Chamán, exigían el sacrificio de algún animal, o entregar como Daka, las mejores piezas de carne al Chamán en honor de ellos, las menos, poner al guerrero más fuerte un segundo nombre para que los dioses lo pudieran reconocer. En esos casos se hacía una ceremonia y a partir de ese momento no era llamado por su antiguo nombre. Nuestro Chamán era sencillo, su liturgia era sin oropeles. Tampoco exigía que nuestras jóvenes le sirvieran o pasaran alguna noche en su catre. Solo se le permitía algo especial en el décimo tercer mes lunar, Gor, y era tomarse un descanso con alguna viuda de la tribu, dado que como Chamán no se podía casar ni trabajar para ganarse el sustento, solo interpretar cuanto solicitaban los dioses.

—¿Y cuando dicen vuestras leyendas que aparecieron los nuevos dioses?

—Hace aproximadamente 5 Jares (Un Jar equivale a 5 muntus -años-) Sin embargo a los jóvenes se les decía que los dioses llevaban más de quince jares, tal vez más.

—El mismo tiempo aproximado en que se nos aparecieron a nosotros.

—¿Cuándo entraron en contacto con vuestra tribu?  —insiste el anciano.

—No lo sé, no me preocupé mucho, pero me gustaría saber algo más.

—Ahora tengo más de sesenta muntus, siempre fui cazador, por lo que estaba alejado de la aldea la mayoría de mi tiempo. Un día al regresar encontré a unos hombres marcando a cada miembro de la tribu, todos los adultos incluido yo, fuimos amenazados, de manera que no obedecerles significaba la muerte. Al más débil físicamente, le nombraron su representante en la aldea y consecuentemente a partir de ese momento se autoproclamó Chamán cuando consideró que tenía el poder de los dioses a su favor. En nuestro primer encuentro te dije que al Chamán lo mataron los guardianes, pero no fue así, murió bajo una de mis flechas cuando los guardianes regresaron para realizar la masacre, palabra que significa asesinatos en masa, sin compasión, sin defensa de las víctimas. Fue entonces cuando pregunte al Chamán la razón y respondió que los dioses nos castigaban por desobedecer y no cumplir sus normas, las que él había aumentado y comunicado hasta ese momento. Entonces fui a mi choza y sin dudar un solo momento lo llamé desde la puerta y cuando se volvió dije, la tribu te castiga a ti por cobarde a través de mi mano. El resto ya lo sabes.

—Siento lo ocurrido. Le dejaré mi arco y flechas, yo intentaré entender los tubos de los guardianes.

—Pon cuidado, ellos lo agarraban así —señala tomando uno de ellos— lo sustentaban de esta forma, la mano izquierda sujetando por esta parte el tubo y la derecha por la parte más ancha, luego introducían uno de sus dedos, así, en el arco de la parte inferior. Luego con el tubo en esta posición señalaban a un miembro de la tribu y tras apretar con el dedo el arco, salía algo por la boca con un ruido seco, y el joven o adulto caía al suelo sin vida.

—Pondré cuidado Numak. Ahora espera aquí, voy a recoger a Nima y Kira al arroyo.

            A medida que el periodo del viaje transcurre, lento como consecuencia del pausado caminar del anciano y la niña, Kenie hace pruebas con el tubo de los guardianes. Pronto sabe diferenciar entre el tubo largo capturado a los guardianes, y el corto, retirado de la cabaña del Chaman junto a unas cajas, cuyo contenido era similar al que soportaba la parte más ancha de aquellas armas, sin filos ni cortes y a modo de carga. Va probando con ellas hasta dominar su empleo y utilización. Pronto aprende a suprimir el fuerte ruido que omiten cuando con el dedo hace salir por la boca del tubo, una luminosa línea roja.

            Con ambas armas comienza a cazar conejos. Primero con la corta, luego con la larga. Cuando estuvieron cerca de su aldea ya las controla eficazmente. Antes de entrar busca una cueva, esconde las armas largas, cajas y resto de objetos extraños, excepto el que aplican los enviados de los dioses sobre las señales en el cuerpo. Al acabar se dirige a sus acompañantes.

—Esperarme aquí, entraré en la aldea solo y de noche, no quiero ninguna sorpresa. Tenéis agua y comida seca para un par de días, no hagáis fuego ni salgáis de la cueva.

—Yo las vigilaré, no te preocupes —señala Numak.

            Nima hace ademán de acercarse a Kenie para besarle, pero se retira de inmediato. Al verla, su anciano padre se vuelve para dar su espalda.

—Ahora no veré a mi hija como se despide de su futuro esposo.

            Al oírlo, Nima abraza y besa con fuerza, rapidez y deseo contenido, a Kenie.

—Cuídate, debes regresar para desposarnos.

—Lo sé —señala mientras la abraza con igual fuerza.

            Sale de la cueva cuando en ese momento la niña Kira sale corriendo y se agarra a las piernas de Kenie. Se para y la escucha decir.

—Yo también te quiero Kenie.

—Entonces tendré que darte un enorme beso —dice mientras la sube con sus brazos a la altura de su cara y posa sus labios sobre la frente de la niña.

            Se vuelve para lanzar su mano al aire en ademán de saludo.

            El resplandor a lo lejos de las hogueras de su aldea anuncia que la noche se acerca. La cabaña del Más Anciano aparece como siempre separada y solitaria, al final de las hileras conformadas por el resto de las cabañas a ambos lados de la calle principal. Todas permanecen en silencio. Kenie avanza sin que nadie salga a recibirle o adviertan su presencia. Parecen estar recluidos, tal vez descansando del trajín diario. Avanza hasta la del Mas Anciano, se acerca, toma aliento y traspasa el umbral de la puerta.

—Más Anciano Torke, soy Kenie tan Maro, acabo de regresar de la aldea de los Socoa.

—Pasa, se bienvenido. Siéntate y cuéntame. ¿Te apetece un cuenco de leche caliente?

—Te lo agradezco, hace mucho que no la pruebo.

            Durante horas habla, pregunta y escucha respuestas del anciano Torke que no le gusta oír, sin embargo y pese a sentir sentimientos de hostilidad y resentimientos, mantiene la calma.

—¿Que te ofrecieron los guardianes de los dioses, anciano Torke?

—Solo vivir.

—¿Mientras los demás desaparecían o morían, como los Socoa?

—Más o menos.

—Mereces morir como el Chaman Socoa, como un perro, pero no te mataré pese a merecerlo.

—Si me perdonas la vida ¿Qué quieres que haga?

—En primer lugar, enseñarme a manejar este objeto extraño, lo aplicaré a todos los de nuestra tribu. Por la mañana los reunirás y pedirás que un grupo de Mosere salgan a cazar hasta las grandes montañas y no regresen hasta el mes de Gor.

—De acuerdo, escucha con atención —toma el objeto extraño entre sus manos— te explicaré como funciona.

            Desliza una cubierta de metal y deja a la vista una lámina ancha parecida a los espejos que utilizaban las mujeres de la tribu. Sobre ella, aparecen numerosos signos, debajo un cilindro negro. Comprueba la aparición de signos iguales a los que llevan Nima y Kira en sus cuerpos, dos colinas redondas y unidas. También otro similar al que Nima dibujó en el suelo cuando vio su espalda desnuda.

            El Mas Anciano Torke prosigue sus explicaciones.

—Aquí, en este punto, debes apretar para averiguar el nombre después de pasarlo por las señales de cada individuo, luego este otro para aplicar sobre su piel, tantos signos como sean precisos. El aparato primero borra los signos anteriores y después fija el que señales con estos puntos y así poder leerlos más tarde. Este último signo, solo se aplica sobre el Más Anciano o sobre quien yo elija para sustituirme.

—Entonces ¿borra tanto los nombres como las señales?

—En efecto.

—Lo comprobaré en ti.

—Como quieras.

            Kenie retira la camisa del anciano Torke y aplica el objeto como acaba de enseñarle. La placa se ilumina. Aparece escrito Torke tan Tarok y el signo de un sol sin rayos. Kenie se sorprende y pregunta.

—¿Qué significa este signo?

—Que nadie, ni siquiera los guardianes, pueden tocarme ni obligarme a abandonar la aldea. Es el signo de los dioses, y yo, su representante en la tribu.

—Voy a retirártelo, supongo que podré hacerlo ¿no es así?

—Sí. Marca lo que quieras y cuantos soles te apetezca poner.

            Lo hace. Aplica el lector, lo pulsa y el signo de los dioses desaparece. Después se levanta de la silla y señala imperativamente.

—Esta noche no dormiremos, harás una lista con los nombres de la tribu y mañana aplicaré un segundo nombre que sustituya los antiguos por otros nuevos.

—Pero, se darán cuenta cuando vengan los guardianes a la fiesta en Maa.

—Ya veremos. De momento explícame que significan estos signos —solicita señalando otros.

—Las dos colinas significa mujer, la línea recta hombre y cada sol, en virtud de los rayos, 9 muntus cada uno, señala que debe partir antes de cumplir los marcados. De acuerdo con las señales que llevas, deberías ir con los dioses cuando cumplas veintisiete muntus, dentro de uno a contar desde el mes de Kal, mas como la fiesta Donere, se celebra en Maa, pues…

—Debería abandonar la aldea antes de ese aniversario. Bien, pues no será así, mañana te ayudaré a cambiar todos los nombres, incluido el tuyo.

—Pero has expresado el deseo de que no te vea el resto de la tribu.

—Ya sé lo que he dicho —replica Kenie— pero he cambiado de opinión. Ahora prepara los nuevos nombres. Yo iré a descansar un rato, volveré pronto.

            Se aleja con el lector en la mano y regresa junto a Nima, la niña y Numak. Al verlo entrar en la cueva, Nima le ve tan alterado que se lanza a sus brazos y pregunta.

—¿Qué ocurre?

—Tanto vuestro Chaman Socoa como el equivalente en nuestra aldea, han sido comprados por los dioses a través de sus guardianes. Parecen ser los únicos que viven suficiente tiempo. Son intocables mientras los demás podemos morir o desaparecer, para ello se dedican a engañarnos con historias y leyendas mediante la creación del suficiente temor, inventando costumbres y obligaciones con los dioses a quienes ni siquiera conocen personalmente.

—Cálmate, Kenie —dice Numak—pondremos remedio, te ayudaré. ¿Qué piensas hacer?

—De momento poneros un segundo nombre y al resto de gente de mi aldea, de manera que los guardianes no puedan retener o enviar ante los dioses a ninguno. He aprendido a manejar el objeto que lee las marcas.

—¿Qué logramos con eso?

—Los guardianes tienen una historia de los nombres de cada uno de nosotros. De esta forma no podrán llevarse a quienes sus máquinas no encuentren.

—¿Has dicho que nos aplicarás un segundo nombre?

—Eso es. Así cuando vengan no podrán hacer nada.

—Pero es posible que regresen tras comprobar el error.

—Tal vez, pero para entonces habremos pensado como defendernos de ellos. Iré a buscar a los jóvenes que enviamos a cazar a las montañas. El resto quedará en la aldea y esperarán nuestro regreso. Ahora bajemos a mi cabaña, que será la vuestra.

            Con los primeros rayos del día Kenie presenta a Kira y Numak al Más Anciano, a quien exige.

—Cuida de mi nueva familia, mi futura esposa, su padre y mi hija Kira. Jura que lo harás por nuestros antiguos dioses.

—Juro por nuestros antiguos dioses que cuidaré de ellos con mi vida.

            Nima se sorprende, mientras Kira sonríe y se abraza con fuerzas a las piernas de Kenie. Más tarde comienza la maniobra de eliminar sus antiguos nombres y fijar los nuevos a todos los habitantes de la aldea. Al acabar se aleja con Mirak, el único amigo vivo desde la infancia. Le enseña el manejo del tubo corto y le da instrucciones y recomendaciones.

—Sobre todo no dejes nunca solo al Más Anciano con los guardianes, por eso te he puesto el signo de los dioses, no podrán tocarte. Se supone que tú eres su descendiente y sustituto.

—Lo haré Kenie, no debes preocuparte.

—Ahora reúne a cuantos Mosere encuentres, debemos partir inmediatamente, tendrás que apañarte solo con unos pocos para que te ayuden.

—Cumpliré lo que ordenas, no te preocupes.

—Algo más, escucha y atiende las recomendaciones que pueda hacerte Numak.

—Desde luego. Así haré.

            Antes de que el sol entre en el proceso de apagarse, Kenie y cincuenta jóvenes guerreros salen en dirección a las montañas. Al pasar por la cueva que ocupara a su llegada, recoge las armas capturadas a los guardianes y resto de extraños objetos. Luego divide a todos los Mosere en dos grupos y estos a su vez, en otros dos. Se encuentran a menos de una quincena de días de las altas montañas, si no se retrasan mucho.

            No tienen encuentro alguno con guardianes hasta un día antes de alcanzar el valle en el que deben encontrar a quienes quedan de la tribu Socoa. Seis guardianes les preceden. Uno de sus Mosere regresa fatigado desde la avanzadilla para informar.

—Llevan tubos similares a ese tuyo y hablan a un objeto que ponen frente a su cara que desprende una luz.

—Despleguémonos, los aniquilaremos cuando paren a descansar.

            Dos horas más tarde y alrededor del fuego de una hoguera, ven sentados o tumbados a seis guardianes. Cuando están dispuestos a atacarlos llegan diez más y se unen al grupo. Esperan para comprobar si van a descansar. En efecto, se tumban sin dejar guardián alguno vigilando el campamento.

—Que prepotencia tienen. Están tan confiados en que nadie puede atacarlos, que ni ponen centinelas. Mejor así —señala Kenie, mientras distribuye a sus guerreros y los jefes de grupo preparan las armas largas que portan—. El resto, que carece de ellas, elige cada cual a un guardián de los dioses para ensartarle con sus flechas.

            Dejan transcurrir una hora y cuando consideran que están profundamente dormidos, da orden de atacar. En pocos minutos todos los guardianes son aniquilados.

—Ahora recuperemos sus armas cortas y largas y todos los objetos que encontréis. Ocultaremos los cuerpos inmediatamente, no podemos dejar rastro alguno. No toquéis los objetos por los que hablan.

            Descansan tras el esfuerzo de acarrear los cuerpos sin vida hasta una sima, luego prosiguen la búsqueda de los Socoa. Kenie saca las anotaciones proporcionadas por Numak, donde aparecen los nombres a quienes debe encontrar y la frase especial que debe decir a modo de santo y seña para confirmar que no son secuaces del Chamán o guardianes de los dioses.

            A punto de amanecer y aprovechando los bancos de niebla que se han levantado, avanzan hasta ver un par de columnas de humo, separadas a ambos lados del valle. Envía a uno de los grupos de sus Mosere hasta la primera de las hogueras y él junto al resto, se dirigen a la segunda. Enseguida les dan el alto. Los Socoa si son conscientes del peligro que les acecha. Avanza hasta el centinela.

—Paz Socoa. Soy Kenie, enviado de Numak, os traigo noticias.

—Espera ahí con tus manos en alto sin armas.

            Poco después un joven guerrero con un venablo en sus manos y una espada en la cintura se acerca hasta Kenie.

—Numak me ha enviado en vuestra busca y ayuda, me dijo, los Dioses verdaderos son nuestros antepasados.

—Claro, y ellos nos salvaran de los falsos —responde de inmediato Pasak líder de los Socoa—. Ser bienvenidos.

            Todos los hombres entran en la cueva a descansar. Kenie envía a dos de los suyos a reunirse con el segundo grupo y regresar. Comen y beben juntos. Más tarde muestran a los Socoa las armas y lector capturados a los guardianes. Pasak recibe toda la información precisa y la razón por la que están allí.

            Momentos después Kenie impone a todos los guerreros Socoa, su segundo nombre y prepara un grupo para regresar a la aldea. Para ello preparan a diez guerreros que acompañen a las mujeres y niños hasta la aldea Partal, prevista como refugio y concentración. El resto de los hombres Partal y Socoa, preparan el asalto a la Marca de los dioses.

            Salen al cabo de tres días. El grupo con las mujeres y niños tardarán no menos de veinte en llegar a la aldea Partal. Algunos guerreros portan armas largas, mientras los dirigentes solo llevan cortas y escondidas. Al llegar deberán presentarse a Mirak, quien los llevará ante Numak con las precauciones debidas. El grupo, bajo la dirección de Kenie y Pasak, tardarán solo siete días en llegar a la Marca de los dioses.

            Ambos traban amistad enseguida. Pasak aprende el manejo de todas las armas, a silenciarlas para ser más eficientes y evitar ser descubiertos. Recuerda con horror la masacre en su aldea con el ensordecedor ruido de aquellas armas y el odio nacido hacia los dioses. La tristeza se refleja en sus ojos. Recuerda a sus seres queridos y sobre todo a la mujer que eligió para ser su esposa. Kenie pone su brazo izquierdo sobre el hombro derecho de Pasak en ademán de amistad y afecto.

—Comprendo y lamento tu situación Pasak, pero debemos sobreponernos. Piensa que cuanto hacemos nos encadena a la vida y vincula a cuanto esperamos hacer en ella.

—Lo admito, pero hay momentos en los que debo ser débil, sentirme un ser humano.

—Lo sé. Debes entender que cuanto aflige tu alma, más tarde que temprano, afectará a tu cuerpo y debes tenerlo preparado para la prueba que nos espera.

—Estaré suficientemente preparado para ese momento.

—Eso espero. Debemos ser fuertes pues alguno de nosotros no sobrevivirá.

—Lo sé. Acabaremos con esas gentes que juegan a ser dioses.

            La Marca está cerca, Kenie manda esconder las armas capturadas y pide dejen solo a la vista las propias, venablos, espadas y arcos con sus flechas. Él y Pasak dejan a sus hombres y se encaminan solos hasta la planicie de la Marca. Aparece frente a ellos limpia de árboles, solo un manto verde rodea un círculo en cuyo centro hay un sol con numerosos rayos, muy parecido al que ellos llevan en sus espaldas. Los rayos parecen señalar caminos hacia diferentes direcciones. Dos de ellas están claras, señalan las aldeas Socoa y Partal.

© Anxo do Rego. 2020. Todos los derechos reservados

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