El otro nombre – 2 Nima regresa a su aldea

2 – Nima regresa a su aldea

            La distancia hasta la aldea de Nima es grande, más o menos a una luna. Son muchos días y en mitad del camino posiblemente encuentren la marca señalada por los dioses para la entrega de los jóvenes de ambas tribus.

            Kenie mira con entusiasmo a Nima, la invita a seguirle para atravesar el primer arroyo. Conoce bien los pasos y lugares más adecuados para no mojarse los pies, ahora cubiertos con gruesas pieles de castor. Ella lanza su mano al encuentro de Kenie, pero ya no la suelta hasta que el sol se eleva hasta su vertical. Al cabo de tantas horas de caminar, el hambre inicia una llamada a través de ambos estómagos vacíos. No encienden fuego, ni beben leche, solo lo hacen por la noche, a resguardo de alguna gruta. Carnes secas dispuestas en pequeñas tiras es el único alimento a fin de evitar hacer un fuego y puedan descubrirlos. Se sientan a la sombra de unos frondosos árboles y comen durante el momento que han aprovechado para descansar. Pese a no tener prisa, tampoco deben demorarse mucho, él debe volver, lo ha prometido.

            Durante la primera semana comentan las costumbres, muy similares, de sus respectivas tribus. Por las noches estiran una de las mantas sobre el suelo para resguardarse del rocío de la mañana. Se tapan con otra. Kenie acepta esa situación después del cuarto día y ante la insistencia de Nima. Sin embargo, cada noche espera a que ella se duerma antes de dejar su cuerpo yacer al lado de ella. Más o menos espera una hora, según el desplazamiento de la estrella en el cielo, por la que se guía. El calor de la manta, unido al suave tacto de la piel de Nima, aumenta sus sujetos deseos de acariciarla. Sin embargo, no se permite un solo momento de debilidad. Es la razón por la que entretiene el tiempo que precede a dormir, colocando en el terreno circundante, algunas trampas para evitar que se acerquen o ronden animales una vez se hayan dormido. Al cabo de quince días Nima pregunta.

—¿Por qué no te echas a dormir cuando lo hago yo?

—Debo prevenir la aparición de algún animal, pongo algunas trampas con ramas, así el ruido que pueden provocar me despertará.

—¿Estás seguro?

—Claro.

—¿Incluso cuando dormimos en alguna cueva?

—Desde luego.

—Me mientes, lo sé.

—No. No lo hago, puedes ver las trampas.

—No dudo que las pongas, pero tardas mucho en colocarlas cada noche.

—Así es mejor, además, prefiero aguantar el fuego echando leña.

—Lo suponía, aunque no me convences. Han transcurrido quince días desde que salimos y estos lugares comienzan a ser conocidos. Por cierto ¿puedo saber a qué obedece la señal que llevas en tu espalda?

—Es la que nos ponen obedeciendo las leyes de los dioses ¿Cómo es?

—¿No la conoces?

—No.

—Espera, a nosotros también nos hacen marcas en el cuerpo, mira la mía, la tengo en el mismo lugar que tú.

—Pero Nima, nos está prohibido mirarlas. Nuestro Más Anciano así lo dice y debemos respetarlo, han de ir siempre ocultas para los demás.

—Lo sé, también a nosotros nos imponen esa norma, pero ¿no crees que al ser de otra tribu podemos verlas?

—Tal vez.

            Nima se deshace de la camisa y deja su torso desnudo. Espera un instante, da la espalda a Kenie y dice.

—Fíjate, está ahí, verás —dice tomando su mano para llevarla sobre la señal.

—Ya veo

—Mírala bien, luego quiero que la dibujes en el suelo. Yo haré lo mismo con la tuya.

—De acuerdo.

            Hace ademán de retirar la mano, sin embargo, ella la retiene. Se da vuelta y enfrenta su cuerpo al de Kenie. Sus senos desnudos están separados por el cordón que sujeta el colmillo de jabalí con que la obsequió sin decir la verdadera razón. Sin tiempo para mencionar palabra alguna, retiene la mano de Kenie hacia el colgante arrastrándola por el desnudo pecho. El nota de inmediato un sofoco que le invita a intentar soltarse, pero ella vuelve a impedírselo y acerca sus labios a los de él. Antes de besarle pregunta.

—¿Que significa este colgante? Me lo pregunto desde el día en que me lo pusiste.

—Solo un obsequio, ya te lo dije.

—¿Solo eso?

—Sí, y por favor, cúbrete. No debemos permanecer así, necesitamos continuar el viaje.

—Antes quisiera… —no termina la frase.

—Antes, nada, Nima.

—Está bien, como quieras, pero debes dibujar la señal y yo mirar la tuya.

—De acuerdo, pero luego nos iremos, hoy cambiaremos de camino, no quiero tropezar con guardianes de los dioses.

—¿Y si tropezamos con ellos que harás?

—Luchar.

—Entonces veamos las señales, luego haremos cuanto dices.

            Nima se vuelve de espaldas y él fija su mirada con atención. Dos figuras semejantes a soles con nueve puntas cada una, aparecen separadas por un signo parecido a dos colinas gemelas y unidas. Memoriza las marcas y suspira al notar que Nima se vuelve de nuevo. En esta ocasión para abrazarle con fuerza llevando sus labios otra vez junto a los de él.

—No, no debemos. Por favor Nima.

—¿No vas a desposarme?

—Esa es mi intención y deseo, pero primero necesitamos la autorización de nuestros mayores.

—Lo sé Kenie.

—Por favor, no me hagas más difícil esta travesía.

—Debes prometerme que te meterás en la manta sin esperar. Ahora déjame ver tu marca para dibujarla junto a las mía.

            Kenie da la vuelta y se quita la camisa. Nima besa una y otra vez la espalda hasta llegar a la marca. Él tiene tres soles idénticos, aunque separados por dos líneas rectas. Después de dibujarlos, se pone la camisa e insta a Nima a vestirse.

—¿Te has fijado, los soles son idénticos?

—Es cierto. ¿Qué pueden significar?

—No tenemos donde confrontar para comprobarlos.

—No importa, ya tendremos tiempo cuando lleguemos a tu aldea.

—¿Piensas desobedecer la norma?

—Definitivamente sí. Hace tiempo prometí a mi padre que intentaría ser un Más Anciano y así poder hablar con los dioses.

—¿Para qué?

—No es justo dejar una aldea sin jóvenes, siendo como somos el sustento de nuestros mayores. Yo tuve suerte y no me llevaron, pero otros se van para no volver. Pero dejemos esta conversación, me pone de mal humor, salgamos y comencemos a caminar.

—Como quieras, futuro esposo mío.

—Por favor Nima, todavía no tengo la promesa ni autorización.

—La conseguirás, mi padre no te la negará, estoy segura.

—¿Y qué dirá cuando sepa que no estás con los dioses?

—Se pondrá contento, ya es mayor, y como tú, tampoco está de acuerdo con ellos.

            Nima toma con fuerza la mano de Kenie y le mira con cariño, sin decir palabra alguna. Luego apagan la hoguera y echan tierra sobre ella, también sobre los dibujos de sus marcas en el suelo. Más tarde comienzan a caminar hacia el oeste, deben dar un rodeo para evitar la Marca de los dioses.

            Dos días antes de divisar la zona donde está enclavada la aldea de los Socoa donde esperan encontrar al padre de Nima, ambos sienten el cansancio acumulado y aprovechan un momento para sentarse. Ella le advierte que a jornada y media llegarán a la aldea, por lo que el resto del día pueden tomárselo de absoluto descanso. Se acercan a un arroyo para asearse, luego descansan hasta la mañana siguiente cuando reinician el camino. Buscan una cueva donde acomodarse.

—Haremos cuanto dices Nima, pero debemos tener cuidado, desconocemos si aún hay gente buscándote.

—Creo que se habrán olvidado de mí.

—No podemos estar seguros. Busquemos una cueva, luego saldré a comprobar los alrededores. Mientras tanto no te muevas, ni hagas fuego.

—Como digas futuro esposo —dice sonriendo.

            Deja a su futura esposa en una cueva cercana a una garganta por donde discurre un arroyo, comprueba sus armas y sale en busca de algún animal para asar. Recorre el perímetro de un gran círculo imaginario cuyo centro lo fija en la cueva. Ella le dice.

—Ten cuidado por favor, tengo miedo —dice antes de que salga Kenie.

—No te preocupes, no tardaré mucho, me entretendré el necesario para cazar, como he previsto.

—Tal vez sea mejor.

—De acuerdo, te prometo regresar pronto, así podrás bañarte cuando el sol esté más fuerte y pueda vigilarte.

—Gracias —dice abrazándole con fuerza.

—Tranquila, el colmillo te cuidará por mí. Apriétalo con fuerza si ocurriera algo y acudiré al sentir tu llamada en el mío. Nuestros corazones están unidos.

—Lo haré, pero por favor, no tardes.

—Te lo prometo.

            Regresa con dos conejos colgados de su cintura. Se fija en el sol, la sombra le indica ha cubierto todo el espacio previsto y cuando camina en dirección a la cueva, debe ocultarse. Las voces de dos hombres le indican que se acercan en su dirección. Hablan sin cuidado alguno, alzando sus palabras con fuerza. Se echa al suelo y su cuerpo queda cubierto tanto por la esperanza de no ser sorprendido, como por la espesura de líquenes y gruesos troncos de pinos y robles. Al verlos acercarse a su altura, se fija en la indumentaria. No la conoce. Sus piernas no van desnudas como las suyas, están cubiertas con unas telas en forma de tubo que las cubren desde la cintura, a la que rodea un cinturón, hasta los pies. Desde la cintura hasta el cuello, van cubiertos por una camisa del mismo color, que tapa sus brazos y deja desnudas las manos. Sobre la cabeza, una especie de casco de idéntico color tapa sus orejas. Va sujeto con una cinta por debajo de la barbilla. Si no los hubiera visto tan cerca podría haberlos confundido con matorrales. Entre sus brazos sujetan algo similar a un venablo oscuro que se ensancha por uno de los extremos.

            Guarda silencio y espera a que desaparezcan, sin embargo, cuando se dispone a salir del escondite, advierte que otros dos hombres con idénticas vestiduras, se acercan sin hablar. Llevan en uno de sus brazos el extraño venablo y con el otro sujetan a Nima. Ella camina a trompicones. El colgante ha desaparecido, no lo lleva colgado de su cuello, también la ropa que cubría su cuerpo, camina desnuda. La boca va cubierta con algo que la impide gritar. Espera a que sobrepasen su posición, mientras, calcula el tiempo que ha transcurrido desde que los otros dos hombres desaparecieron. Cuando tiene sus espaldas a la vista, baja hasta el camino sin hacer ruido, pone una flecha en el arco y dispara. Con idéntica destreza y velocidad lanza una segunda. Instantes después y sin hacer ruido, corre hasta donde ha quedado Nima. No puede gritar y mira asustada los cuerpos inertes de aquellos dos hombres.

            Kenie la toma en sus brazos, retira la tela que cubre su boca y sin hablar, le pide guarde silencio. Toma los dos tubos negros y la mano de Nima y corren hasta desaparecer en la espesura del bosque. Solo cuando calcula que han caminado suficiente, se esconden cerca de la cueva y en voz baja pregunta.

—¿Qué ha ocurrido, Nima?

—Bajé al arroyo a bañarme y cuatro guardianes me encontraron. No me dio tiempo a gritar, solo dijeron, esta es la que se nos escapó, la culpable de la masacre ¿Qué significa masacre?

—No lo sé Nima. Ahora vamos a la cueva, rescatemos los utensilios y encaminémonos a tu aldea, sin parar, sin baños, ni hogueras.

—Claro, lo que tú digas. He pasado mucho miedo.

—Te has portado como una cría desobediente.

—Lo sé, perdóname.

—Vamos.

—Espera, debo recoger tu colgante y mi ropa.

—Hazlo, pero rápido.

            Bajan hasta donde Nima escondió su ropa, se la pone y cuelga de nuevo el amuleto. Luego caminan hasta la cueva, recogen mantas, odres de agua y leche y salen en dirección contraria a la que llevaban los guardianes de los dioses. El resto del día mantienen silencio. Solo lo rompe él para preguntar por su estado. La obediencia no parece ser una de sus mejores virtudes, de eso ha dado muestras, posiblemente las mismas que la hicieron rebelarse y huir de aquellos guardianes —piensa Kenie— sin embargo, está satisfecho de su carácter rebelde, de no ser por él, no la habría conocido. No obstante, debe hablar con ella muy seriamente. Está claro que no calcula debidamente el riesgo, la vida de una persona no puede depender de la suerte, como en las ocasiones vividas, sin contar las que probablemente pudo tener con anterioridad.

            De vez en cuando se paran, beben y reponen fuerzas. La última noche duermen sobre las ramas de un gran roble, abrazados y atados a tras más gruesa para evitar caerse. Al despertar sus músculos están entumecidos por la postura mantenida durante toda la noche. Le cuesta soltarse de Nima, quien al abrir los ojos le mira con cariño.

—No volveré a desobedecer tus recomendaciones. Te lo prometo Kenie

—No quiero que lo prometas, solo que pienses un momento cuanto haces y el riesgo que corres poniendo tu vida en peligro y también la mía. No puedes esperar a que la suerte vaya siempre de cara, alguna vez te dará la espalda y entonces yo no sabría qué hacer si faltaras.

—Es cierto y lo siento mucho. Te pido perdón.

—Lo tienes. Ahora pon cuidado al bajar.

            Antes que los rayos del sol caigan perpendiculares, Nima advierte lo cerca que se encuentran de su aldea. No obstante, siente una extraña sensación en su corazón. El acostumbrado humo de las hogueras y el jolgorio de los niños con sus juegos, no se oyen. Lo comenta con Kenie y él la atrae hacia él con fuerza y determinación.

—Ha debido ocurrir algo, deberíamos esperar a que anochezca para entrar en la aldea. Por favor Nima, haz cuanto te pida.

—Lo haré, no te preocupes esta vez.

—Ahora busquemos un lugar donde poder ocultarnos.

—Ven, conozco algunos cercanos.

            Se alejan de la aldea, Nima avanza en primer lugar hasta encontrar la cueva donde jugaba de niña. La entrada está oculta tras una roca, si bien una pequeña rendija permite el paso de un solo cuerpo para desembocar en una amplia gruta.

—Aquí jugaba con mis amigas de la aldea cuando era niña. Mira, aun lo hacen otros niños. Ves, ahí hay muñecos, ropa y ¡espera! —señala asustada.

            Kenie avanza hasta donde le señala. Ve acurrucado el cuerpo famélico de una niña, temblorosa y asustada, con los ojos hundidos.

—Déjame Kenie, si te ve se asustará más, es posible que me reconozca.

—Tienes razón.

            Nima habla en voz alta y sosegada.

—Soy Nima, no temas.

            La niña no se inmuta, solo levanta la mirada e intenta sonreír, aunque no puede. Se acerca y la rodea con sus brazos. La acaricia mientras tiembla y comienza a llorar. Mira a Nima y la abraza con fuerza extendiendo sus brazos alrededor del cuello. Kenie le ayuda a sentarse y cubre de inmediato a ambas con una de las mantas. No pueden hacer fuego, por lo que pasa uno de los odres con agua y se lo ofrece a la niña, Kina. Bebe con ansia. Más tarde saca una torta, se la ofrece y la niña la come con avidez. Al acabar se queda dormida. Nima no puede sacar una de sus manos, la niña se mantiene aferrada a ella con fuerza. Solo al cabo de un buen rato puede levantarse e ir al encuentro de Kenie que espera en pie junto a la salida de la cueva.

—¿Te ha dicho que ha sucedido?

—No. Parece tener mucho miedo.

—Entonces saldré en cuanto caiga el sol, trataré de llegar a la aldea y averiguar lo sucedido. Tal vez se ha perdido y están buscándola. Por favor no te muevas de aquí.

—Tranquilo, no saldré.

—Tampoco hagas fuego.

—De acuerdo.

            Nima se acerca a la niña y la mira con ternura. Su pequeño cuerpo se mece acompasado con la respiración, sin embargo, al meterse entre las mantas, ve en la espalda de la criatura una marca similar a la que llevan ella y Kenie. Es un sol con nueve rayos y doble colina redonda.

—¿Qué edad puede tener Kina?

—Ocho muntus más o menos.

—Es extraño, solo tiene una marca como la tuya —señala Kenie.

—Claro, todos tenemos la marca, pero antes de llegar a los 18 muntus, los visitadores de los dioses hacen una visita, nos miran desnudas y al marcharse, el Chaman nos aplica con un objeto extraño una segunda marca.

—¿Cómo sabe el Chaman a quien debe poner esa segunda señal?

—El objeto habla, dice nuestro nombre.

—Ya.

            Nima se recuesta sobre la manta e inmediatamente la niña la abraza con fuerza. Las cubre y se dispone a salir hacia la aldea. Abandona los tubos oscuros cobrados a los guardianes, toma su arco, flechas y venablo quedando al amparo de la noche. Antes se acerca a los labios de Nima y creyéndola dormida, la besa, ella le abraza.

—Escucha Kenie, mi padre se llama Numak, debes preguntar por el o que te lleven a su presencia.

—Gracias.

—Ten mucho cuidado y no te enfrentes a los guardianes.

—Si puedo lo evitaré.

            No hay mucha luz para caminar por aquellos lugares desconocidos, no puede descuidarse. A lo lejos oye los gruñidos propios de un lobo. Durante el camino va pensando, analizando la similitud de las marcas pese a ser miembros de aldeas diferentes y separadas por la distancia. También analiza los motivos o razones de los dioses para provocar el alejamiento de los jóvenes de su tribu y de la que ahora va a conocer.

            Tras subir una fuerte pendiente, descansa un momento para tomar resuello. Al sentarse sobre un tronco caído, ve junto al río, un grupo de cabañas similares a las de su aldea. Observa que no hay fuego nocturno, tampoco Mosere alguno haciendo guardia, ni perro que ladre advirtiendo su presencia. Aguarda unos instantes y escudriña el perímetro que le rodea. Solo encuentra silencio y oscuridad. Por fin se decide a bajar, lo hace con cuidado. Avanza aferrado a su espada con la mano derecha junto a la hilera de cabañas. Evita provocar sombra con la poca luz que la luna ofrece de vez en cuando.

            De repente alguien corre la cortina de una de las chozas. Se refugia en uno de los laterales y espera confiando en que la figura del hombre que ve no sea la de un guardián de los dioses. Oye el sonido de unos pasos avanzar que se dirigen indefectiblemente hasta donde se encuentra. Toma la espada con más fuerza y espera el momento de enfrentarse al desconocido. Pero no ocurre lo previsto. El hombre camina con la mirada fija en el suelo, sin arma alguna entre sus manos. En dos ocasiones ve levantar su cara y mirar al cielo exclamando con voz quebrada unas palabras que no llega a descifrar, posiblemente por la distancia que les separa. No obstante, cuando el hombre llega a su altura, escucha.

—¡Oh dioses de mi aldea!  ¿Por qué solo a mí? Os llevasteis a mi hija Nima, después a mi esposa Natal y ahora a mis amigos y sus familias. Solo soy un anciano, por favor llevarme con todos ellos, dejar que yo Numak, me reúna con ellos.

            Al oír mencionar aquel nombre, Kenie sale de entre las sombras con la espada en la mano. Se pone frente al anciano, quien deja de caminar nada más verle.

—Por fin los dioses me han escuchado y te han enviado para quitarme la vida. Mejor, aquí tienes mi pecho, inserta en él esa espada cuanto antes y dejaré de sufrir.

—No anciano Numak, no vengo a quitarte la vida ni soy enviado de los dioses.

—Entonces ¿Quién eres?

—Soy Kenie de la tribu Partal, a una luna de esta aldea y vengo desde allí con tu hija Nima.

—¿Está viva? ¿Dónde está?

—Escondida en un lugar seguro junto a una niña llamada Kira de esta aldea.

—Gracias Kenie y bienvenido seas. Ven, pasemos a mi cabaña y me cuentas. Haremos fuego para calentarnos.

—Claro anciano, también yo deseo conocer algunas cosas.

—¿Eres guerrero?

—Algo parecido.

—Entonces ¿fuiste tú quien mató a los dos guardianes de los dioses?

—Supongo que sí. Se llevaban de nuevo a tu hija. Yo la amo y no tuve más remedio que hacerlo.

—Bien hecho Kenie, son asesinos.

—Por favor, cuéntame lo ocurrido anciano Numak.

—Si no te importa, antes me gustaría conocer como encontraste a Nima.

—Salí de mi aldea a cazar con un grupo de Mosere y al regresar oí un ruido, averigüe de dónde venía, era tu hija herida por los guardianes de los dioses. Se había escapado y la hirieron en su huida. La cuidé, curé y llevé a mi aldea para recuperarse. Luego quiso regresar para verte y pedirte autorización para casarnos. Iniciamos el camino de vuelta y a medio camino desobedeció mis advertencias mientras yo salí a cazar, se fue a un arroyo a bañarse. Allí la capturaron de nuevo y la encontré retenida por dos guardianes. Dijeron algo que ninguno comprendimos, algo relativo a una masacre, pero desconocemos esa palabra.

—Te estoy muy agradecido por lo que hiciste. Te habrá contado que cada año el Chamán de la aldea, elige a un grupo de jóvenes, niños y adultos. Los reúne y lleva hasta la marca de los dioses. Este año Nima junto a otros de su misma edad, fue elegida. Al cabo de diez días supe por los guardianes que se había escapado junto a otros dos jóvenes más, a quienes mataron. Vinieron a buscarla a la aldea y nos reunieron a todos diciendo que teníamos un día para entregarla o sufriríamos consecuencias. No sabíamos dónde buscarla, ni donde estaba, así se lo dijimos, pero no nos creyeron. Al día siguiente cogieron a un grupo de Cobol (Adultos de más de 40 muntus -años-) los agruparon frente a ellos y con los tubos negros que llevan, lanzaron unos ruidos poderosos provocándoles unas heridas mortales. Entre ellos estaba mi esposa Natal. Después de volver y amenazarnos, se retiraron hasta ayer en que volvieron a la aldea, gritando que alguien de nosotros había matados a dos guardianes e iban a vengarse. Fueron cabaña por cabaña y a cuantos jóvenes o adultos encontraron, los apuntaban con los tubos negros provocando esos ruidos para luego caer al suelo sangrando por las heridas causadas hasta morir.

—Entonces ¿solo tú quedaste vivo?

—No, cuando se marcharon los guardianes en la primera ocasión, me reuní con el Chamán y a pesar de señalarle mis sospechas, no quiso creerme, dijo que merecíamos el castigo por no obedecer a los dioses. Discutí con él y mientras él se refugió en su cabaña para orar, junto a dos mujeres jóvenes, comenzamos a preparar la huida hacia las montañas. Cuando llegaron los guardianes la segunda y definitiva vez, solo encontraron a algunos ancianos que como yo ya no tienen fuerzas para subir las escarpadas cumbres. También quedaron algunos niños que se encontraban enfermos. Los mataron a todos. Yo fui dándoles sepultura como pude, incluso al mismo Chamán que también mataron.

—Entonces si ya no queda nadie, saldremos a buscar a Nima y Kira, la niña que encontramos, luego decidiremos qué hacer.

—Gracias Kenie, pareces un buen hombre, mi hija tendrá suerte si la has elegido para ser tu esposa.

—Yo también, si nos autoriza a desposarnos.

—Hablaremos de eso más tarde, ahora por favor no vayas muy deprisa, apenas he comido en estos días y mis piernas flaquean.

—Apóyese en mí, le ayudaré, pero antes de salir necesito que me acompañe a la cabaña del Chamán, debo encontrar algo.

—Vamos, te guiaré, está a las afueras de la aldea.

            Al entrar en la cabaña ve sobre una mesa una serie de objetos extraños y desconocidos. Se acerca, pregunta al padre de Nima si alguno de ellos es el que aplicaba el Chamán sobre la espalda de los niños y jóvenes. El anciano asiente y le señala uno de ellos. Kenie lo toma entre sus manos, lo mira e introduce en una bolsa de piel. Poco después retira el resto. Más tarde se acerca a una alacena cercana a un hogar negro, donde debía cocinar el chamán, la abre. Escondido descansa un tubo similar a los capturados a los guardianes. También numerosas cajas del mismo color negro. Minutos después, salen de la cabaña.

© Anxo do Rego. 2020. Todos los derechos reservados

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