La mujer de la placeta

Comenzó a llover antes de que pudiera llegar a mi casa. Los cabellos están empapados, igual que las zapatillas de caminar y los pantalones. Subo hasta la segunda planta, abandono el característico olor que produce la lluvia después de muchos días sin caer y lo hace sobre tierra, plantas y flores secas agostadas. Advierto un aroma distinto, hoy huele a ángel, casi lo había olvidado. Abro la puerta y a lo mejor, influido por el aroma, me deshago de la ropa y el calzado. Tras secarme y cubrirme con otra ropa, me siento frente a la pantalla y teclado del ordenador. Pulso el texto de la novela Cália. Se abre. Busco las últimas páginas. Creo que por fin encontré el final. Tal vez así me libere de la presión y agonía de no volver a verla.
… Al salir del edificio, sentí una horrible sensación, ser fruto de una estafa cultural que no alcancé a comprender, como tampoco que Cália leyera todas mis novelas, las criticara y desapareciera tan misteriosamente como apareció. Siento profundamente el vacío tan enorme que me ha dejado. Lo asumo, sin embargo, en mi fuero interno no lo admito. Creo que no dispongo de la capacidad necesaria para comprender lo que me ocurrió.

El breve espacio

Paso una y otra páginas, me revuelvo en el sillón, no puedo olvidar que él suele ser violento y tierno, no habla de amores eternos, más se entrega cual si hubiera sólo un día para amar. No puedo permitir sus incursiones en mi mente, me distrae, me obliga a rememorar la noche a su lado, sus caricias, su silencio y nuestra única discusión. La recuerdo como si hubiera sucedido ayer. Fue un sábado, ese día no trabajé. Abrió la puerta sin que lo advirtiera, no hizo ruido. Se acercó despacio, posó sus labios en los míos. Lo hizo hasta despertarme. No dejó de besarme.

Lo eres todo para mi

Durante unos instantes, concatenados con otros, escribimos sobre la noche de Ávila una sinfonía de pasión. Fuimos los autores, decidimos sin acordarlo previamente, que tendría cinco movimientos. El Presto, ya iniciado. Más tarde el Adagio con ternura, sin voluptuosidad, solo con las caricias que ambos nos regalamos cruzando nuestras miradas asociativas, de cómplices. Más tarde recuperamos un tercer movimiento, Menuetto allegreto, con más cuidado sin la vehemencia del Presto, disfrutando del desarrollo sinfónico de la pasión. Breve espacio entre éste y el siguiente, iniciamos un cuarto movimiento, Finale Presto. Aquí si se oyeron trompas, trombones y percusión. Sin dejar la sinfonía ni un solo momento, pasamos con inmediatez al último movimiento, Finale molto vivace. Después la orquesta guardó silencio, solo se oyó un pequeño rumor escondido en nuestras mentes de amantes, unos pequeños aplausos como si un público fantasma y ausente, hubiera decidido apreciar la calidad de la sinfonía y la interpretación orquestal.

Fue sin querer

Comenzó a chispear. A punto estuve de parar un taxi y regresar a mi casa, que no hogar, faltaba un elemento especial para serlo. Espera un poco más, acaba lo que empezaste —me dije— y así lo hice. Caminé rebasando la antepenúltima marquesina del bus. Me acerqué con paso decidido a la siguiente parada, ahora que la lluvia comenzaba a caer desprovisto de paraguas. En ese momento y como último recurso, estaba dispuesto a tomar el bus hasta el centro e intercambiar a la línea que me llevaría a casa. Crucé la avenida hacia la parada de inicio.