Buenas Noches – 2/2

Nemesio abre la puerta y enseguida sale a recibirle Gene. Su rabo no cesa de moverse mostrando alegría. Buenas tardes querido Gene —menciona inmediatamente— y el perro salta agradecido. Seguidamente escucha otro saludo, el del policía que aguarda en el descansillo.

—Gene, te presento a un amigo, es policía municipal, quiere conocerte —el perro le mira con extrañeza.

—Buenas tardes Gene —dice el policía.

            De inmediato se arrima a sus piernas y salta sin alcanzar las rodillas del agente municipal, como muestra de aceptación.

—¿Es este el monstruo que engulló al perro del denunciante?

—Sí señor.

—¿Está seguro?

—Desde luego. Abrió la boca y lo metió en ella ayudándose con las patas delanteras.

—Ya veo lo peligroso y grande que es —dice con sarcasmo el policía.

—¿Verdad que sí? No lo sabe usted bien. Se transforma y logra aumentar su tamaño en cerca de diez veces más. Fue capaz de tragárselo entero, no vea como maneja sus patas delanteras.

—Señor Gilagua, tendremos que archivar la denuncia por absurda —señala al tiempo que se agacha para acariciar a Gene.

—Me alegro.

—Les ruego que me disculpen ambos, hay gente que no está bien de la cabeza.

—Posiblemente sea como consecuencia de un mal entendido rencor. Por si no lo sabe, yo si fui atacado por un perro propiedad del denunciante hace tiempo, hubo juicio y tuvo que indemnizarme y sacrificar al perro. Guardo la documentación por si quiere verla.

—No hace falta, entiendo perfectamente el comportamiento de ese individuo. Y tú, querido Gene —dice dirigiéndose al perro— si necesitara tu ayuda supongo que me la proporcionarás ¿no es así? —escucha un gruñido de aprobación y lame sus manos.

—Gracias por su comprensión agente.

—Les agradezco a ambos este rato. Ha sido muy amable, y su perro una verdadera delicia estar con él.

—¿Has oído lo que dice el policía? —pregunta a Gene que contesta con un gruñido afirmativo.

—Hasta pronto, adiós Gene —dice acariciándole el lomo.

—Adiós agente, hasta cuando quiera.

            Ambos acompañan al policía hasta el portal, luego se separan. Ellos van a pasear por el parque y el policía hasta su vehículo, para perderse entre los coches que circulan.

            Durante semanas la vida continúa en el mismo orden, sin que sobresalga nada especial. La compañía de Gene hace que Nemesio se sienta cada día más optimista. Ha logrado concitar la presencia de algo que le faltaba desde hacía tiempo, la felicidad y precisamente facilitada por un animal, especial, distinto y esencialmente necesario para su hasta entonces aburrida y solitaria vida.

            En sus paseos cotidianos y viajes a la sierra para que Gene corra y disfrute de total libertad, solo suceden hechos sin importancia. Gruñidos a quienes no responden al saludo emanado de los labios de su dueño. Al cabo del tiempo deben cambiar de zona, ya que después de estar en ellas varias veces, las noticias aparecidas en los periódicos de las poblaciones, mencionan desapariciones de animales.

            Nemesio al preguntar a Gene ¿Te has quedado satisfecho? el responde con un gruñido afirmativo lleno de alegría.

            Una mañana temprano, en la salida que normalmente hace con él antes de marcharse a trabajar, ocurre lo que temía desde hacía tiempo. El mismo hombre cuyo perro le atacó y puso posteriormente la denuncia por la desaparición de su Rottweiler, se cruza nuevamente con Nemesio y Gene. En esta ocasión, con dos ejemplares de la misma raza. La mañana está cubierta de niebla, fría y triste. En una de las vaguadas del parque se cruzan. Como es costumbre, Nemesio le saluda, sin embargo solo recibe el silencio por respuesta.

            El individuo nada más ver a ambos, suelta a sus dos perros que de inmediato se lanzan al ataque. Justo en el momento de saltar con sus fauces dirigidas a los cuellos de Nemesio y Gene, éste se transforma, agarra a ambos con sus patas delanteras y los engulle sin esfuerzo alguno. Después corre hacia el dueño y del mismo modo, lo hace desaparecer tragándole. Antes de regresar junto a su impasible dueño, lanza un par de eructos acompañados de lo que al parecer son dos cadenas, un reloj y un teléfono móvil. Después inicia el proceso de reducir su tamaño y se acerca hasta Nemesio. Le pide agua, tiene sed. Al no llevar recipiente alguno regresan a casa envueltos en niebla.

            Nemesio dice a Gene mientras le acaricia,  ahora debo irme a trabajar. Gracias por la ayuda, no sé qué hubiera sido de mí.

            Días después recibe un par de llamadas telefónicas. Una del agente municipal que ya estuvo en su casa, pregunta por el dueño y dos perros de presa desaparecidos señalados en una denuncia presentada.

—Lo siento agente, pero ya sabe, mi perro Gene se los ha tragado, no pude hacer nada por ellos.

—Lo se señor Gilagua, disculpe, pero es mi obligación preguntar.

—No hay problema.

—¿Qué tal Gene?

—Como siempre tan amigable y simpático.

—Me alegra saberlo.

            La otra es del veterinario.

—Señor Gilagua lamento comunicarle algo importante.

— Dígame ¿qué ocurre?

—Debe devolver el perro.

—¿Cómo?

—El grupo de investigadores me ha comunicado que algo sorprendente sucedió con los informes de Gene, no tienen más remedio que hacerle pruebas durante unos días.

—Supongo que me lo devolverán ¿no es así?

—Eso no depende de mí.

—No es lo correcto. Llegamos a un acuerdo. Gene pertenece a mi familia.

—Por favor señor Gilagua, no puede catalogarlo así.

—Lo es, forma parte de mi vida y no sabría vivir sin su presencia.

—Lo entiendo, pero no tenemos más remedio.

—Está bien. Se lo comentaré pero desconozco qué opinión le merecerá esto. Supongo que no le parecerá bien.

—Habla como si el animal entendiera o supiera discernir, opinar y decidir.

—Lamento su incredulidad, pero usted mismo me dijo que era algo especial. En efecto lo es, no lo sabe bien. De todas formas hablaré con él y con su respuesta me acercaré por su clínica o le llamaré por teléfono.

            La comunicación entre Nemesio y Gene en esas fechas ha sufrido un avance considerable. Se sientan en en un sofá y mantienen una amplia conversación. Al acabar.

Está bien Gene, intentaré ser consecuente, pero no sé si aguantaré mucho tiempo sin ti. Ya estoy acostumbrado a tu compañía diaria. Lo sé, yo también tengo mucho afecto por ti. De acuerdo, estaré pendiente, sí, claro que sí, no te preocupes, lo intentaré. Vale, saldré el tiempo que estés fuera, pero no te prometo nada. Claro que si, en cuanto sienta tu llamada iré a por ti donde te encuentres, no te quepa la menor duda. Gracias. Entonces llamaré al veterinario y te dejaré con él. En efecto, preguntaré la dirección del laboratorio al que te llevan. Me quedaré triste, vale, deja que te abrace, ven. 

            Conecta con el veterinario.

—De acuerdo, iremos mañana por la tarde. Aceptó regresar por una corta temporada, aunque con una condición. Debo saber en todo momento donde se encuentra. Si no es así, el no accederá, ni yo tampoco.

—De acuerdo. Los espero mañana, ya hablaremos. 

            Después de recibir los datos que necesitaban por parte del veterinario, Gene y Nemesio se despiden. El veterinario lo introduce en una cesta y lo deja en una habitación con la puerta cerrada.

—No olvide darle las buenas noches y los buenos días, se molestará si no lo hace. Hágaselo saber a quienes vayan a tratarlo en el laboratorio, de lo contrario se enfadará.

—No se preocupe, seguiré las notas de su diario.

—Claro, me había olvidado de ellas. De todas formas cuídenle, es muy especial.

—Lo se señor Gilagua.

            Trascurren dos semanas y pese a hablar casi diariamente con el veterinario, éste no sabe decirle cuándo regresará Gene. Lo echa de menos. De nuevo, y esta vez con mayor razón, siente un importante vacío. Como si se mantuviera a su lado, cada mañana sale a dar el paseo e incluso lanza las consabidas palabras de saludo. Sus pensamientos y deseo de afecto hacia Gene son lanzados diariamente. Desconoce si su mascota advierte la sinceridad y el cariño que irradia Nemesio.

            Una tarde se para en el paseo que suele realizar a primera hora, y como siempre, se sienta en uno de los bancos que acostumbraba, mientras Gene correteaba a su alrededor. A su lado, y minutos más tarde, una joven morena le saluda y pide permiso a Nemesio para poder sentarse a su lado. Responde afirmativamente. Al cabo de unos minutos entablan conversación.

—Soy Nemesio Gilagua y vivo en este barrio ¿Y usted?

—Alicia Restrepo, también vivo aquí.

—¿Qué hace sola, pasea únicamente?

—Sí. Hasta hace poco lo hice en compañía de mi mascota, un caniche. Pero tuve la desgracia de que muriera, algún desalmado estuvo infectando con veneno algunos espacios del parque. Ahora la echo de menos y suelo pasear por donde lo hacía en su compañía ¿Y usted?

—También, mi perro Gene no ha muerto, pero le están haciendo unas pruebas durante una temporada y coincido como usted, le echo de menos y doy los mismos paseos, aunque sin él.

—Se los llega a querer ¿verdad?

—Desde luego. Son tan especiales y ofrecen tanto cariño.

—Es cierto, ahora siento un vacío tan enorme que no puedo cubrir.

—A mi ocurre igual, aunque sé que volverá, me falta algo esencial.

—Le dejo debo volver a mi casa, se hace tarde y debo cocinar.

—¿Vive sola? Disculpe no quería importunar con esa pregunta.

—No tiene importancia. Si, vivo sola. No soy de aquí y me hice con la mascota para tener una compañía que rompiera mi soledad.

—A mí me ocurrió igual. Tampoco soy de esta ciudad. ¿Le importa que la acompañe?

—Claro que no.

            Al mes de no tener noticias de Gene, Nemesio se acerca a la clínica veterinaria, lo hace en compañía de Alicia.

—Buenas tardes.

—¿Qué tal señor Gilagua?

—Esperando alguna noticia.

—Pues no sé nada, hace una semana que carezco de ellas.

—Pues no fue lo que acordamos.

—Lo siento, pero ya sabe cómo son esa gente.

—No. No lo sé. Explíquemelo.

—Según la última comunicación, todavía no encontraron solución al problema.

—¡Ah! ¿pero existía un problema? Tenía entendido que obedecía a la formalizar unas pruebas.

—En efecto.

—Pues, lo siento, no entiendo la situación. Creo que me acercaré al laboratorio veterinario.

—Disculpe, no es lo más conveniente.

—Eso no debe preocuparle. Gracias por su información. Veo que no ha cumplido lo pactado. Es inaudito.

—Lo lamento. Insisto en que no debe ir al laboratorio.

—Ya.

            Ambos abandonan la clínica.

—¿Qué pasa con tu perro? —pregunta Alicia.

—En un principio debían hacerle unas pruebas sin importancia, ahora dicen que han surgido problemas, y no lo entiendo.  Gene es algo especial, ya lo conocerás, te darás cuenta de lo importante que es.

—Lo supongo ¿Que haremos ahora?

—Volver a casa, ya pensaré algo.

—No te preocupes, veras como todo se arregla.

—Eso espero, Alicia.

            Por la noche y una vez en casa, Nemesio se despierta sobresaltado. Siente la llamada lejana aunque débil, de Gene. Se levanta, llama a Alicia, le cuenta cuanto quiere hacer y pese a negarse en un principio, acepta acompañarle.

            Recorren despacio la distancia que les separa del lugar donde Gene parece encontrarse retenido. Mientras Alicia conduce, él intenta concentrarse en escuchar con los ojos cerrados. A medida que se acercan la señal mental, aunque débil, se mantiene latente. Advierte que han llegado al lugar.

—Por favor para aquí. Creo que está en ese edificio — señala Nemesio.

—Pero, parece una dependencia del gobierno ¿Te has fijado en ese letrero?

—No ¿Que pone?

—Laboratorio de Investigaciones Veterinarias.

—No importa, para y aparca el coche. Entraré como sea.

—Por favor Neme, no seas impaciente espera a que amanezca. El inicio de la jornada  suele ser a las ocho de la mañana, tal vez entonces nos permitan entrar.

—No lo creo. Además, siento que Gene está en peligro.

—Como quieras. Te acompaño.

—No deberías.

—No importa lo que pueda suceder.

—Nada sucederá en cuanto estemos al lado de Gene.

            Dejan el coche oculto entre unos árboles cercanos al aparcamiento y caminan hasta la trasera del edificio. Diversas cámaras de infrarrojos con lente especial para captar 360º, están instaladas estratégicamente en el edificio. Parecen advertir a intrusos e inesperados visitantes, que están siendo vigilados.

            Están seguros de ser observados por vigilantes. No obstante saltan la valla separadora y caminan ligeros, pegados a la pared hasta encontrar una puerta. La señal que Nemesio percibe de Gene aumenta por momentos, aunque débil. Atraviesan la puerta con esfuerzo. Se introducen en un pasillo de donde parten diferentes salas. Atraviesan la primera. Les dirige a un sótano. Una vez en él se adentran hasta una habitación con diferentes mesas metálicas, parecidas a las utilizadas en la práctica forense. Sobre ellas un conjunto de potentes porta focos apagados y diversos elementos cortantes semejantes a los usados en quirófanos. Cuanto ven les advierte, que aquel lugar no es precisamente un laboratorio para pruebas de animales. Al fondo una mampara de cristal separa unas cajas metálicas con barras del mismo material y cerraduras.

            Nemesio toma la mano de Alicia y caminan hasta la puerta que les separa de las celdas. Nada más abrir siente la llamada de Gene.  Allí está. Ambos recorren el pasillo de celdas hasta llegar a la que encierra a su querido perro. Ya estamos aquí, no debes preocuparte, —señala mentalmente— Gene no da respuesta, parece dormido, tal vez aturdido. Se asusta, pero solo está débil y sujeto a una serie de cables repartidos por todo su cuerpo. Abre la puerta de la celda y le acaricia. Sus ojos se abren enseguida y lanza un gruñido de alegría al verle.

Lo esperaba, aunque hacía días que había perdido la esperanza de volver a encontrarse con su dueño No sabes la alegría que me das —siente mentalmente decir a Gene—Yo también —responde del mismo modo Nemesio— Ahora intenta desconectarme todo eso, aunque tendrás que llevarme en brazos, no tengo fuerzas para caminar. ¡Ah! otra cosa, abre la celda contigua y haz lo mismo con mi compañera, también la tienen en observación. Claro, no te preocupes os sacaremos a los dos Gracias Nemesio, no olvidaré esto nunca, y ella tampoco. No tienes porqué dármelas, eres mi familia.

—Alicia —pide Nemesio— haz lo mismo que yo con la perra de esa jaula.

—Claro. 

            Diez minutos más tarde regresan por donde entraron minutos antes. Llegan hasta la valla perimetral e intentan subirla. Unas sirenas ululan advirtiendo que han violado el sistema de seguridad o se han introducido en el recinto intrusos.

            Son las siete y media de la mañana cuando los cuatro suben al coche. Esperan encontrar a miembros del cuerpo de seguridad privada, recorriendo el perímetro tanto interior como exterior de aquel Laboratorio de Investigaciones Veterinarias, pero no ven a nadie. Una vez dentro del coche, avanzan a buen recaudo de posibles miradas hasta atravesar el grupo de árboles. Lo abandonan deslizándose por un estrecho camino asfaltado hasta salir a la carretera principal. Unos doscientos metros más adelante, sobrepasan un puente sobre la autopista de cambio de sentido, y se adentran en dirección a Madrid. A lo lejos oyen sirenas y movimiento de vehículos policiales.

—Deberíamos ir a mi casa —dice Alicia.

—Creo que tienes razón, mi dirección está en manos del veterinario y será el primer sitio donde vengan a buscar a Gene y su compañera.

—Entonces iré allí directamente. Más adelante ya veremos.

—Es una buena idea.

Creo que si —oyen en sus cerebros Alicia y Nemesio— necesitamos recuperarnos, nos han inyectado unos calmantes, por eso no tenemos fuerzas.

—No os preocupéis, Alicia y yo os atenderemos debidamente.

Gracias a los dos —oyen de nuevo.

            Nemesio no tiene más remedio que ir a su casa para cambiarse de ropa y dejar a Gen y su compañera al cuidado de Alicia. Antes de salir debe aleccionarla respecto a los saludos y caricias de Gene.

            A partir de ese momento se presentará un problema, no sabe que debe comprar para alimentar a ambos perros. Al hacerse esa pregunta siente en su cerebro un comentario de Gene No os preocupéis hasta dentro de unos días por nuestro alimento, tuvimos suficiente con el proporcionado en el laboratorio. Gracias por preocuparte Nemesio. 

            Tras pasar la noche en casa de Alicia, la abandona temprano para dirigirse a la suya. Recoge algo de ropa, documentación y dinero. Al cerrar el portal dos hombres le abordan. Uno de ellos se dirige a Nemesio.

—Necesitamos hablar con usted.

—¿Pueden decirme quienes son y que quieren de mí?

—Somos inspectores veterinarios comisionados por la policía, y quisiéramos hablar, pero dentro de su casa.

—De acuerdo, pero debe ser por poco tiempo, tengo el justo para ir a trabajar.

            Los tres suben al domicilio de Nemesio.

—Señor Gilagua, necesitamos saber dónde está su perro Gen y una perra de su misma especie.

—¿Por qué me preguntan? En efecto, soy el dueño de Gen, pero lo entregué al veterinario, según me dijo para hacerle unas pruebas en un laboratorio. Añadió que estaría unos días y ha pasado más de un mes. Pueden preguntárselo, si lo desean.

—¿Está seguro?

—Completamente, además no sé nada de otra perra de su especie ¿Qué ha ocurrido? ¿Se les han escapado?

—Eso parece.

—¿Y vienen a preguntarme tan misteriosamente? No entiendo.

—Disculpe. Estamos preocupados, tal vez se hayan contaminado de un virus y no sabemos si pueden transmitirlo a los seres humanos.

—Comprendo. Entonces les pediría hicieran el favor de encontrarlos y decirme que ocurre. De todas formas si es cierto lo que acaban de comunicarme, denunciaré al veterinario y al laboratorio donde lo mandó.

—Gracias por atendernos. Ya saben cómo son los perros, por lo que si casualmente apareciera por aquí, haga el favor de llamarnos. Le dejamos una tarjeta.

—Claro, no lo duden, les llamaré. Ahora si no les importa llego tarde a mi trabajo.

—Nos vamos con usted.

—Gracias.

            Posiblemente le vigilen —piensa—regresar a casa de Alicia será tanto como advertir a los extraños veterinarios comisionados. Opta por llamarla por teléfono en cuanto llegue a su puesto de trabajo.

—Escucha Alicia, me gustaría invitarte al cine esta noche. Sé que te parecerá raro, sobre todo porque te he dicho en muchas ocasiones que no me gusta mucho, pero comprendo que debo hacerlo.

—¿Nemesio?

—No, no digas nada, te lo explicaré con más detenimiento cuando nos veamos ¿te importa recogerme con tu coche? el mío lo dejé en el taller, no sé qué le ocurre. Por cierto, tráete los dos paquetes de chuches que compramos ayer.

—Entiendo y disculpo tu manía. De acuerdo ¿Dónde quieres que te recoja?

—No lo sé, ahora mismo miro el periódico y busco una película que pueda gustarme. Perdona pero como no voy nunca, ya sabes.

—Entonces llámame cuando hayas decidido.

—De acuerdo, te mando un beso. Coge algo de ropa y no olvides el monedero, tendrás que invitarme a cenar algo.

—No te preocupes.

            A las siete y media de la tarde, Alicia se introduce en un aparcamiento subterráneo en la calle de Fuencarral, cercano a la Plaza de Quevedo. Nemesio ya le ha comunicado media hora antes el lugar de la cita. Se encuentran dentro y se saludan, también lo hace a sus dos acompañantes que esperan ocultos entre los asientos traseros.

—¿Puedes abandonar Madrid unos días?

—Supongo que sí, no habrá inconveniente, solo tengo que llamar por teléfono a la empresa.

—Estupendo. Yo he tomado unos días de vacaciones, pero no he dicho en la empresa ni donde voy ni cuando regresaré.

—¿Dónde se supone que vamos?

—A mi pueblo. A la casa que fue de mis padres, supongo que habrán terminado de arreglarla. Ellos y mi hermano murieron en el incendio que se produjo.

—Lo siento Neme.

—Gracias. Allí no creo que nos localicen.

—¿Qué temes?

—No lo sé, pero dos supuestos veterinarios comisionados por la policía, estuvieron en mi casa esta mañana y dijeron que nuestros amigos, al parecer, están contagiados de un virus, y podrían transmitírnoslo.

—¿No te lo crees?

—Ni mucho menos Alicia. Es mentira, solo quieren saber dónde están Gene y su compañera.

—Yo la llamo Rizo, tiene uno en la frente.

Porque es como se diferencian nuestros sexos —oyeron mentalmente decir a Gene.

—Perdonar, pero…

No os preocupéis —insiste Gene— por supuesto no es cierto lo que os han dicho. Estábamos siendo analizados desde hace años. Nos hacían pruebas. Tal vez deberíamos deciros algo que desconocéis de nosotros.

—No te preocupes, olvídalo, para nosotros sois nuestra familia y os defenderemos contra quien sea, no os dejaremos volver a ese laboratorio ni caer en manos de esos inspectores.

Gracias Nemesio —responde Gene— Y ahora vámonos, Rizo y yo necesitamos aire puro, agua y algún alimento ¿Hay reses en tu pueblo?

—Alguna, pero por favor no os paséis.

—Claro, tendremos cuidado.

—¿A qué te refieres? —pregunta Alicia.

—Ellos son especiales, no te lo he contado, lo haré mientras viajamos al pueblo. Pero prométeme que no te asustarás.

—Ya no hay nada que pueda asustarme ni preocuparme.

Desde luego que no Alicia – dice Rizo— nosotros os ayudaremos a tener una nueva vida, tenemos unas condiciones especiales que puestas a vuestro servicio facilitaran cuanto necesitéis para vivir sin preocupación alguna.

—Pero.

Nada ni nadie os hará daño mientras permanezcamos a vuestro lado.

—Gracias Rizo, a ti también Gene.

Gracias a vosotros, os habéis comportado tan bien con nosotros que parecéis de nuestra misma raza. Os estamos muy agradecidos y cuanto hagamos por vosotros será poco. 

            A última hora de la noche atraviesan el paso de la sierra de Guadarrama en dirección noroeste. Nada más hacerlo Gene pide parar. Ambos perros bajan del coche para regresar media hora más tarde.

Ya estamos satisfechos hasta dentro de una semana, podemos continuar —señala Gene.

—Entonces no pararemos ni para beber agua.

Desde luego, ni tenéis que preocuparos por las reses del pueblo.

—Gracias Gene.

            En Madrid y en las empresas en que trabajan Alicia y Nemesio, al día siguiente aparecen sendas parejas de agentes.

—¿Saben dónde puede haber ido?

—No señor, no nos dijo nada ¿Ocurre algo?

—Claro, es muy importante hablar con el señor Gilagua.

—Pues lo siento pero no puedo adelantarle más de lo que se.

—Por favor, no deje de llamarnos si aparece por aquí.

—Lo haré. No se preocupe.

—Tenga, nuestra tarjeta, en ella figura el teléfono.

            El jefe de Nemesio mira la tarjeta por encima y la guarda en el bolsillo. Idéntica situación ocurre en la oficina de Alicia y similar conversación.

— Si señor, no se preocupe le llamaremos si aparece por aquí, pero tal vez sería mejor que vigilaran sus viviendas, será a ellas donde vayan cuando vuelvan. Además no sabía que Alicia tuviera compañero.

—Al menos hablan más que amigablemente, ayer tarde fueron al cine.

—No sabía nada.

—Aquí tiene nuestra tarjeta.

—De acuerdo.

            El jefe de Alicia mira la tarjeta y se detiene a leer el contenido escrito. De inmediato el agente se da cuenta del error cometido al comprobar el rostro de su interlocutor.

—Disculpe, me confundí de tarjeta. Es esta la que quise entregar ¿Puede devolverme esa otra? es algo parecido a una broma.

            Lee la segunda donde pone la dirección y teléfono de Salustiano Martínez Benzo, Inspector Veterinario de Laboratorio de Investigaciones Veterinarias. Sin embargo, en la primera, si bien es el mismo el nombre, la dirección difiere, como también el teléfono y nombre de la Empresa, señala Agencia Nacional de Investigaciones de Eventos Extraterrestres, Agente Especial.

FIN

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