Así comienza… PINCELADAS DE SANGRE

PINCELADAS DE SANGRE

Por Anxo do Rego

Intriga y aventura.


SINOPSIS:

En 1983 en el Museo del Prado se celebra durante seis meses, una retrospectiva de obras del Renacimiento francés. Durante ese periodo, un copista es autorizado diariamente para realizar su trabajo. De todas las obras expuestas, son cinco las que llaman poderosamente la atención por el realismo que introduce su autor Dominique Sandalle. Son las denominadas Las Cruzadas representando diferentes escenas de las luchas habidas durante aquella época.

El copista no consigue obtener los rojizos colores de la sangre. Después de probar con numeras mezclas, acude a solicitar información sobre el autor, para conocer como obtuvo y con qué materias, los colores de sus pinturas. Logra obtener el color y realizar las copias, sin embargo al acabarlas, aparece cruelmente asesinado y tanto las copias como las originales del Museo del Prado, han desaparecido.

Años más tarde las obras aparecen en El Rastro madrileño y son adquiridas por una Galería. Lidia es la encargada para certificar si son o no las auténticas obras de Dominique Sandalle. Confirman se trata de las desaparecidas propiedad del Barón Michels de Flavigny, con residencia en Francia, a quien deben ser devueltas.

La Galería y el Museo logran convencer al Barón francés para someterlas a un proceso de restauración. La escuela Ars Secolurom, encargada de la restauración nombra a los estudiantes más destacados para el trabajo. Una de las parejas para acabar la obra, utiliza un método y logra el color utilizado por el autor. Al día siguiente aparecen muertos y mutilados. La obra ha desaparecido.

El inspector Luis Parámio es el encargado de investigar los crímenes. Mientras tanto Lidia y el Baron viajan a Flavingy sur Moselle, Alsacia, en el noreste de Francia, para valorar el patrimonio de su propiedad.


A Susana Garrido de quien tuve

 envidia por tener una paciencia infinita

 y más de un corazón para amar.

A Gloria MB


La sangre sirve sólo para lavar

 las manos de la ambición.

 Lord Byron


Capítulo 1 

 Madrid 1983

  El cuerpo de Andrés Olivares permanece tendido en su estudio, junto a una de las mesas de trabajo, entre las patas de numerosos caballetes donde esperan lienzos listos para ser cubiertos de pinceladas. Uno de los ventanales está abierto cuando entra Javier Prensa, amigo y marchante del fallecido.

  Nada más ver el cuerpo sobre un gran charco de sangre, corre hacia él. Grita su nombre en espera una respuesta, pero solo obtiene silencio. Al acercarse, ahuyenta a dos cuervos negros, que, con ansias picotean las cuencas ya vacías de sus ojos. Enseguida aletean y abandonan la sala atravesando el ventanal. Se mantiene quieto, paralizado, sin hacer ademán alguno por cerrarlo. Minutos después lo cierra con fuerza. Vuelve hasta donde permanece el cuerpo inmóvil. No le hace falta mirar más, Andrés está muerto.

  Le observa detenidamente. Por el costado izquierdo sobresale la punta de lo que parece una lanza, le atraviesa desde el costado opuesto. Sobre su rostro y resto del cuerpo hasta los pies, aparecen incrustadas numerosas marcas similares a herraduras de caballos. Algunas, como las de la cara, aún dejan caer gotas de su más importante fluido.

  Se acerca hasta el teléfono negro sujeto en la pared, espera y marca el 091, número asignado a la policía. Le responden, refiere cuanto acaba de encontrar y escucha con atención las recomendaciones. No debe moverse hasta que unos agentes se incorporen al estudio. Diez minutos después, dos agentes junto a un inspector entran en el Estudio Olivares. Son las once treinta horas del miércoles 15 de junio de 1983. 

  El inspector Santos Rodríguez se presenta tras mostrarle su placa identificativa. Luego pregunta.

—¿Fue usted quien llamó requiriendo nuestra presencia?

—En efecto.

—¿Qué hacía aquí?

—Soy... Era amigo de Andrés y también su representante.

—No le habrá tocado ¿verdad?

—No señor, solo ahuyenté a los cuervos que picoteaban sus ojos.

—¡No fastidie!

—Es cierto inspector.

—¿Qué más puede contarme?

—Poco más, lo encontré como lo ve.

—¿Y qué me dice de la puerta?

—¿De la puerta?

—Sí ¿Estaba cerrada o abierta?

—Cerrada, tuve que emplear mi llave, después de llamar un par de ocasiones y no recibir respuesta.

—¿Cómo sabía que estaba dentro?

—Esta mañana le llamé para decirle que las copias, sobre las que trabajaba, estaban vendidas. También que vendría para ayudarle a preparar el embalaje. El cliente pidió que se las entregáramos el viernes diecisiete. Quería llevárselas inmediatamente.

—¿Están aquí esas copias?

—No lo sé. Decidí no moverme hasta que vinieran. Además, es lo que me pidieron.

—Muchas gracias. Ahora ponga cuidado, no toque nada y guíeme por el estudio. Veamos si está todo lo que debiera o ha desaparecido algo.

  Mientras, dos agentes inspeccionan uno de los rincones de la nave estudio. Encuentran algunos muebles y una cama pequeña sin hacer. El inspector sigue a Javier Prensa. Encuentran algunos lienzos preparados sobre diversos soportes de madera. De pronto observa el espacio que días atrás ocuparan los cinco lienzos en espera de su nuevo propietario. Espera terminar el recorrido para señalar al inspector que, en efecto, son cinco las obras desaparecidas.

—No sé si debo llamarlas obras. Al fin y al cabo, son copias, muy bien realizadas, pero no son originales.

—Entonces no hay mucho que temer.

—Lo cierto es que sí. El mercado de la copia últimamente avanza positivamente. Da mucho dinero. Andrés tenía muchos encargos, era especialista en copiar pinturas de los siglos XV y XVI.

—Disculpe, pero ¿Puede ampliar mis limitados conocimientos?

—Claro inspector. Se trata de obras de la mejor época de la cultura europea, el Renacimiento. Entre otros artistas de la época encontramos a Tiziano, Botticelli, El Bosco, por no señalarle al resto de los grandes.

—¿Entonces todos esos cuadros son de la misma época? —dice señalando más de cincuenta lienzos.

—La gran mayoría.

—Y según usted ¿Cuáles han desaparecido?

—Cinco copias de las obras de un pintor francés llamado Dominique Sandalle. Han estado expuestas en el Prado desde el mes de marzo. Andrés es copista autorizado.

—¿Y qué?

—Pues que tardó muchos meses en prepararse para hacerlas, desde el día en que supo que las obras vendrían a la pinacoteca como primer viaje después de la misteriosa desaparición sufrida hace tiempo. Estudió el sistema empleado por el artista y los colores. Logró terminarlas a primeros de este mes.

—¿Y usted que tiene que ver en todo esto?

—Me limito a contactar con el mundo de la copia para vender las suyas. Concretamente estas cinco, estaban apalabradas con el representante de un Barón. No sé qué voy a hacer sin ellas.

—Ahora si no le importa, deje su dirección y teléfono a uno de los agentes, y por favor, espere a que le llamemos por si necesitamos hacerle alguna pregunta más. ¿Le importa?

—No ¿Puedo marcharme ya?

—Claro.

  Andrés Olivares era uno de los pocos copistas que trabajaba diariamente en el Museo del Prado. Nacido en Ciudad Real, hizo sus primeros estudios alentado por su padre principalmente. Sin embargo, fue su madre quien le introdujo en el mundo de las bellas artes. Cuando terminó el curso de ingreso en la universidad, se matriculó en la Facultad de Bellas Artes, muy a pesar del criterio de su padre quien insistía en que cursara estudios de Derecho. Sin embargo, prevaleció su deseo a decidir, unido al concurso y apoyo de su madre. Se trasladó a Madrid. Durante años consiguió todas las metas propuestas. La más importante, autorización para practicar dentro de una de las primeras pinacotecas del mundo. El Prado era su «Isla del Tesoro». Obtuvo su licenciatura y posterior doctorado, especializándose en la época del Renacimiento. Estudió y siguió a los maestros italianos, luego holandeses y alemanes, y por último a los franceses y españoles.

  Su amor por las bellas artes lo estrujó como si fuera una naranja, solo supo entregárselo a la pintura. No se casó ni tuvo descendencia alguna. Solo amigos que soportaban su incansable y agotador mundo. Era un infatigable trabajador con los pinceles. Cuantos días permanecía abierto el museo, era el primer visitante que cruzaba el torno de entrada. Quienes trabajaban dentro, lo conocían. A veces se sentaba ensimismado contemplando alguna obra de El Bosco para acabar durmiéndose. En más de una ocasión y tras ir cerrando las salas, poco antes de salir al final de su jornada, alguno de los vigilantes preguntaba si habían visto salir al copista Olivares. Al recibir respuesta negativa, regresaban y lo encontraban dormido o absorto dando pinceladas en el lienzo que copiaba.

  Le comunicaron que se celebraría una exposición sobre el Renacimiento Francés de marzo a junio de aquel mismo año. Supo que viajarían por primera vez las recientemente localizadas obras de Dominique Sandalle, lo que le obligó a perfeccionar su estilo. Probó durante semanas las mezclas realizadas por el autor. Tenía la firme intención de copiar sus cinco obras conocidas como «Las Cruzadas», olvidadas durante años. Cinco cuadros de importantes proporciones sobre un único tema, «La Primera Cruzada».

  Sabedor que en solo cuatro meses sería imposible copiarlas, pidió una autorización especial al director del museo para seguir pintando cuando los visitantes salieran, incluso para quedarse por las noches. Tras muchas tiras y aflojas, consiguió; con el apoyo del director de la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, un catedrático de la Facultad de Bellas Artes y del propio Rector, así como la de todos los vigilantes; que pocos días antes de la inauguración, autorizaran su solicitud. Única de tal magnitud otorgada por el museo hasta esa fecha.

  Durante los primeros días los vigilantes del turno de noche pasaban cada hora por la sala donde trabajaba. Al terminar el mes de marzo, las observaciones fueron espaciándose paulatinamente, para acabar siendo las normales. Es decir, ninguna vigilancia especial, pese a la recomendación del director del museo.

  Andrés Olivares comenzó a copiar «La muerte del hereje». El tema desarrollado: Un cruzado sobre un caballo blanco atraviesa el pecho de un sarraceno. La sangre resbala sobre el cuerpo del defensor, mientras la mirada del atacante busca otro enemigo para arrebatarle la vida en defensa del cristianismo.

  Esa primera copia tardó mucho en acabarla. No conseguía dar con los matices para el rojo sangre. Comenzó utilizando tierra siena tostada, por su tendencia al ennegrecimiento, sin embargo, tuvo que desecharla, pues al tocar los blancos se aclaraba de tal manera, que algunos puntos se convertían en salmón. Más tarde lo intentó con la obtención de un rojo cadmio, que si bien era estable a la luz, su matiz le daba cierta semitransparencia, apartándose de los tonos establecidos por Dominique Sandalle. También lo desechó, volviendo al primario Carmín de Garanza, de cierta tendencia azulada. Utilizado para obtener la gama de colores carne al mezclarlo con blancos y amarillos. Realizó innumerables mezclas y pruebas sin conseguir el matiz deseado.

  Una mañana recibió la visita de su buen amigo Javier Prensa. Al verle tan desesperado por el retraso; no conseguía terminar «La Muerte del Hereje»; habló con él.

—Tienes que salir, llevas enclaustrado muchos días aquí, deberías descansar, respirar algo de aire puro. Si te parece podemos hacer una excursión a las afueras de Madrid.

  Consiguió convencerle, aunque le replicó.

—Siempre que pueda recoger algunas muestras de tierras rojas —dijo en su constante afán por obtener la mezcla ideal para su trabajo.

  Aceptó salir el fin de semana. Juntos viajaron por los pueblos de los alrededores de Madrid. Caminaron por el campo mientras buscaba tierras de diferentes colores para mezclar con sus pinturas y conseguir el tan ansiado rojo sangre. Pararon para comer cerca de Arganda, en una de las muchas ventas que existen a lo largo de la carretera general a Valencia. Mientras consumían unos vasos de vino tinto con aceitunas de Campo Real. Una mujer con atributos de cocinera pasó cerca de donde estaban sentados. En sus manos llevaba una pareja de conejos recién sacrificados y despellejados. Unas gotas de sangre cayeron al suelo de la terraza donde se mezclaron con la tierra. Al verlo, Andrés recogió parte de ella con una paleta y se la enseñó a Javier.

—Este es el color que necesito —dijo con entusiasmo.

—Pues ya sabes, compra conejos y haz como Drácula —contestó riendo Javier.

  Guardó la muestra de tierra con sangre y al regresar a su estudio en Madrid, realizó diferentes pruebas. El resultado no pudo ser más halagüeño. Sin embargo, cayó en un desquiciante nerviosismo. Por un lado, tenía el color conseguido sin duda por las características de la sangre. Por otro, no sabía cómo obtenerla y terminar de pintar su copia.

  Tomó una decisión. Con un cuchillo se produjo un corte para extraer parte de su propia sangre. Realizó pruebas y consiguió la perfección en el color. Días más tarde, habló con un practicante, quien le facilitó la posibilidad de extraerle sangre sin tener que producirse otro corte.

  Terminó «La Muerte del Hereje» con anemia, ya que, pese a las recomendaciones, cada tres días se extrajo sangre. Comenzó la segunda copia. En esta ocasión titulada «Herida mortal». Un cruzado despreciando su vida en mor de la libertad del cristianismo, es repelido por uno de los defensores sarracenos. Con su alfanje corta el brazo que sujeta la espada atacante. El cruzado no demuestra dolor alguno, solo mira como su brazo cae desprendido del cuerpo mientras sangra abundantemente.

  Recuperado de la anemia mientras preparaba el boceto de la segunda obra, entabló negociaciones con el practicante. Por un importante precio aquel le entregaría bolsas de sangre extraída a sus pacientes. A partir de ese momento no paró un solo día. Solo salía para adquirir la sangre y preparar los rojos en su estudio. Al acabarse el mes de mayo y comenzar junio, terminó las cinco obras. Avisó al director del museo para agradecer la ayuda prestada, quien antes de despedirse pidió ver sus copias junto a las obras auténticas.

—Porque están sin enmarcar, sino sería imposible distinguirlas de los originales.

—Gracias director, es usted muy amable.

—No trato de serlo. Solo estoy diciendo la verdad. Admiro su trabajo. Un maravilloso trabajo. A partir de este momento deberé tener más cuidado.

—No se preocupe, jamás intentaría cambiarlas. Si es lo que insinúa. Fíjese. Mis pinturas son actuales y frescas. Las de Dominique, las originales, puede observar la sequedad de las pinceladas, fruto del paso del tiempo. Si me permite, yo recomendaría al propietario un buen proceso de restauración.

—Gracias por el consejo. Se lo diré al Comisario de la Exposición para que se lo comente.

—Gracias de nuevo. Sin su ayuda ahora no podría disfrutar de estas hermosas copias realizadas con todo esfuerzo.

—Lo sé Olivares. Bien, ya sabe, cuando quiera puede volver. Estará como en su casa.

—Se lo agradezco. Pero ahora remataré ciertos detalles. Debo hacerlo en mi estudio con la máxima tranquilidad.

  Javier ayudó a introducir los lienzos en una furgoneta alquilada. Luego los subieron al estudio y dispusieron sobre sus correspondientes caballetes. Solo restaba darle unos pequeños retoques. Los colocó en el mismo orden en que fueron pintados por el autor francés. En primer lugar «La Muerte del Hereje», seguida por «Herida Mortal», «Al final de la batalla», «Los Jinetes» y por último «Esfuerzo Inútil».

  Ambos hombres se retiraron para observar las obras con detenimiento.

—Desde luego son hermosas. Tanto su composición como sus matices. Los sentimientos de los hombres están presentes, sin embargo, son algo sangrientas.

—En efecto. Lo son.

—Por cierto, ¿cómo conseguiste la sangre para tu rojo?

—Como tú dijiste. A base de conejos. Para el último cuadro, los pollos fueron los donantes —mintió—

—Comprendo.

  Javier repasó las pinceladas con detalle. Así en Los Jinetes, tanto las muecas del cruzado caído en el campo de batalla, las de otro jinete que le arrolla con su caballo destrozando su cara, como la del caballo que se aleja después de perder su montura, y sobre todo, el que pone su patas sobre el cuerpo del caído, le produjeron un escalofrío. Siguió escuchando las explicaciones de su amigo copista, quien se paró y volvió sobre el titulado Al final de la batalla.

—Sobre estos dos tengo dudas sobre cuál de ellos fue pintado en primer lugar.

—No importa, son igual de crudos.

  Reparó en los mínimos detalles. Una atmósfera de polvo y muerte se levanta sobre el campo de batalla. El sol está en su cénit. Los cuerpos sin vida de los contendientes reposan en espera de ser recogidos por sus compañeros. Mientras llegan, dos cuervos negros aparecen en primer plano picoteando los ojos de uno de los caídos en la batalla. Por último, la escena final, como si el pintor en un intento desesperado hubiera querido explicar lo absurdo de las cruzadas: Expone a un ejército que se aleja derrotado, mientras en la retaguardia, un cruzado, ensarta a uno de los últimos sarracenos que abandona el campo de batalla, con su lanza desde el costado derecho al izquierdo. La cara de estupor del hombre herido de muerte anuncia su final, mientras en la del cruzado se confunden la sorpresa, el miedo y el odio.

—Ahora supongo que descansarás unos meses.

—No creas, aún quedan cosas por hacer. Daré los últimos retoques a los cuadros y luego sí, descansaré unos días. No olvides que debo preparar algo sobre El Tiziano, según me pediste.

—Sí, pero en esta ocasión no hay prisa. Además, solo son dos copias y pequeñas.

—Está bien, descansaré unos días. ¿Cuándo dices que viene el cliente a por éstas?

—Creo que el viernes día 17.

—De acuerdo, estarán listas para entonces.

  Dos días esperó sin tocar los lienzos, dejando que secaran debidamente después del tratamiento específico. Luego los retocó esporádicamente hasta el día 14 por la tarde. Hizo la postrera mezcla con la sangre comprada. Retocó especialmente los espacios ensangrentados. Sujetó la paleta en su mano izquierda y uno a uno recorrió los lienzos, ofreciéndolos gotas de color. Esperó unos minutos y tras mirarlos con orgullo, dijo: Ya estáis acabados, os he dado las últimas pinceladas de sangre, ahora a vivir. Luego los cubrió con enormes paños de algodón blanco. Se alejó unos metros y acercándose hasta la nevera rescató los componentes de un bocadillo. Bebió directamente de una botella de leche, y cuando acabó, se tumbó sobre el camastro.

  Instantes después se quedó dormido. Despertó en una ocasión oyendo relinchos de caballos. Incluso algunas voces en idioma francés le rescataron del sopor por unos segundos. Cayó de nuevo bajo el sueño, para poco después volver a levantarse al oír el ruido de unos sables golpearse una y otra vez, abrazados por incesantes gritos de dolor. Se acercó hasta los oleos. Uno a uno fue descubriéndolos, cuando llegó al último, sintió como algo rompía el aire silbando y golpeaba su costado derecho.

  El 30 de Junio a primera hora de la mañana, Javier Prensa se acercó a la comisaría respondiendo a la petición del inspector.

—Gracias por su interés, inspector. Entonces ¿darán el caso por cerrado?

—Sí señor. No hemos podido averiguar nada. Es imposible comprobar cómo han podido subir unos caballos hasta el estudio y pisotearle. No encontramos huellas en la escalera.

—¿Son de herraduras?

—En efecto, y la lanza es real, aunque tampoco encontramos huellas.

—¿Que puede decirme de los cinco lienzos desaparecidos?

—Nada, seguiremos buscando. Si los encontramos le avisaremos. Por cierto, aprovecharemos para buscar también los originales. Según nos han comunicado desaparecieron del Museo de El Prado.

— Lo lamento. Muchas gracias por todo.

Capítulo 2

Madrid. Mes de agosto, en la actualidad.

  Lidia se desperezó estirando ambos brazos sobre su cabeza. Miró el reloj de la mesilla de noche y comprobó faltaban diez minutos para las siete de la mañana. Se hizo la remolona y volvió a meterse bajo la sabana. Abba, su gata siamesa, la miró pidiéndola su caricia mañanera. No le hizo caso. Como siempre, detrás de una solicitaba otra y así sucesivamente hasta que se abandonaba ronroneando satisfecha de caricias que, como siempre, la retenían y motivaban retrasarse y la obligaban a llegar tarde. Sin embargo, venció la tentación como cada mañana.

—¡Venga, márchate! ¡Ya es hora de levantarme! ¿Me has oído Abba? —gritó a la gata mientras comprobaba de nuevo la hora en el reloj—. Hoy llegaré tarde, como tantas veces.

  Decidió pasar bajo el agua de la ducha un par de minutos. Los necesarios para despejar su mente. Se vistió. Luego se detuvo unos segundos frente al espejo del tocador, al que llamaba jocosamente Lourdes, y sin pasar por la cocina, para tomar al menos un café, salió con rapidez al rellano de la quinta planta para llamar al ascensor. Saludó con la mano al portero de la finca mientras bajaba los cuatro peldaños que la separaban del portal. Tiró con fuerza de la puerta metálica y salió a la calle.

  Miró angustiada como los minutos pasaban con rapidez, apenas se entretenían jugando con las manillas del reloj. Caminó con pasos decididos hasta cruzar el bulevar en busca de un taxi. La suerte no le dio la espalda. Nada más pararse, un coche con el cartel de libre giró hacia donde esperaba. Se subió y tras un cortés buenos días respondido por el conductor, le dio la dirección pidiéndole rapidez en llegar. Haré cuanto pueda —respondió el taxista.

  Sebastián Arias sostenía con su mano izquierda el teléfono mientras con la derecha anotaba cuanto escuchaba.

—Claro. No se preocupe. En efecto. Si, si, desde luego, allí estaremos. Adiós.

Nada más colgar se giró hacia la ventana en el preciso instante en que Lidia bajaba del taxi. Salió a su encuentro.

—¡Llegas tarde! Como siempre.

—Buenos días para ti también, Sebastián. Tú como siempre, tan amable.

—Pero bueno ¿es que no puedes intentar llegar al menos un día a tu hora?

—¿Es preciso?

—Creo que sí.

—Pero si abusas de mí. Te doy más tiempo del que debiera. Trabajo como si tuvieras a dos personas contratadas.

—Ya. El cuento de cada día.

—¡Venga! Dime que tenemos hoy de especial y te invito a un café.

—¿No has desayunado verdad?

—¿Tú eres dueño de una galería o el gran vidente Horacio?

—No me tomes más el pelo. Ahora escucha. Me acaba de llamar el contacto que tenemos en El Rastro.

—¿Hay algo?

—Creo que sí.

—Iremos a verlo imagino.

—Ahora mismo. Lo siento por tu desayuno, pero nos espera.

  Con el estómago vacío y unas ansias inmensas por tomar café, se contuvo para no parar en la primera cafetería que vieron camino de El Rastro.

—¿Me prometes que en cuanto salgamos podré tomar un buen desayuno?

—Te lo prometo. Pero ahora necesito que estés despierta y preparada.

—Lo estoy, aunque débil.

  Bajaron del coche. Caminaron los últimos metros hasta encontrar el edificio en El Rastro. Atravesaron el portalón, luego el patio donde aparecían tantas piezas antiguas como para soportar el peso de los años que tenían. Lidia paró frente a un aguamanil desconchado mientras Sebastián tiraba de su mano.

—¡Vamos! Nos esperan.

—Vale, lo sé. Solo trataba de echar un vistazo.

  Un hombre de avanzada edad espera intranquilo. Al verlos sale a su encuentro.

—Gracias por venir tan pronto señor Arias. En cuanto venga mi jefe esto se llenará de anticuarios y entonces no podré hacer nada.

—De acuerdo Genaro. Llévenos hasta los cuadros.

—Están ahí mismo. Todavía no los he apartado a la zona de Pinturas.

—Te traje el dinero como siempre.

—Se lo agradezco. Si le interesa comprarlos deberá terminar la operación con mi jefe, como siempre.

—Claro. No te preocupes. Pero la señal y tu propina están aquí —dice golpeándose el bolsillo de la chaqueta.

—¿Quién es ella? —pregunta mientras dirige su mirada al tiempo que levanta la barbilla señalándola.

—Mi especialista en obras pictóricas desde hace unos meses

—Usted siempre rodeado de obras de arte.

—¡Genaro!

  Pasan entre muebles y enseres hasta uno de los laterales de una gran sala. Descansando sobre un madero, antes portador posiblemente de un arado romano, aparecen los cuadros. Retira una gran pieza de tela negra y los descubre.

—Ahí los tienen —señala con entusiasmo.

—Veamos.

  Lidia se acerca segundos más tarde sorteando enseres y jarrones. Dos sillas rotas de principios del XVIII y una lámpara de mesa sin tulipa, en una posición que parece reírse de los visitantes. Separa los lienzos sin marcos y comienza a mirarlos escrupulosamente. Durante más de quince minutos repasa pinceladas. Mira con especial detenimiento las esquinas buscando algún detalle que la lleven a decidir su autoría. Por último, los sujeta uno a uno para darles la vuelta y comprobar su parte trasera. Saca una lupa con luz, la pone frente a su ojo derecho y observa detenidamente. Al acabar con el quinto lienzo, suspira.

—¿Y bien? —inquiere Sebastián.

—Aquí no puedo determinar con exactitud, pero parecen copias. Recomiendo comprarlos inmediatamente.

—De acuerdo. ¿Genaro?

—Si señor Arias. ¿Dígame?

—Hazme un recibo antes de que venga tu jefe. Me quedo con ellos.

—Me alegro.

—Yo también. Ahora toma, en este sobre va lo tuyo. El otro corresponde a la reserva.

—Estupendo señor Arias. Se lo agradezco.

—Y yo a ti. Avísame en cuanto puedas para cerrar la operación con tu jefe para recoger la documentación.

—Sí señor. Ahora deben marcharse cuanto antes.

—Enseguida.

  Salen para recorrer idéntico camino que al entrar. Lidia se para de nuevo ante el aguamanil desconchado.

—¿Te gusta?

—Sí.

—Está bien. Si no lo han vendido cuando venga a cerrar la operación lo compraré.

—Lo quiero para mí.

—De todas formas, lo compraré.

—Gracias. Y ahora ¿puedo desayunar?

—Claro, te lo has ganado.

—Deberías añadir, como siempre ¿no te parece?

—Bueno, anda. Como siempre.

—¡Gracias!

  Tres días después Sebastián cierra la operación de compraventa de las cinco obras. Claro que, al no poder determinar su autoría, debe esperar una semana para podérselas llevar. Es entonces cuando Lidia señalA que parecen ser copias de obras del Siglo XVI.                                  

Los cinco cuadros forman parte de una gran operación iniciada cinco días antes en El Rastro.

—Genaro, acompáñanos, tenemos que valorar el contenido de una casa.

—Claro jefe.

—Sube al furgón con tus compañeros, yo iré delante en mi coche.

—De acuerdo.

  La vivienda que deben valorar se encuentra en la cuarta planta de un edificio antiguo, en el centro de Madrid. El portero de la finca los acompaña y abre la puerta.

—Lleva más de cuatro años completamente cerrada. Tengan cuidado es posible que encuentren alguna rata.

—Gracias. Lo tendremos.

  Un desagradable olor se hace patente nada más entrar al vestíbulo. La puerta de madera se cierra al traspasarla. Genaro da un respingo. Mientras tanto, Lorenzo recorre despacio todos los cuartos, habitaciones y salas. Las ventanas cerradas con contraventanas de madera piden a gritos ser abiertas. No lo hacen. Dos alas de la casa parten desde el vestíbulo de entrada. A la derecha un estrecho pasillo desemboca en una biblioteca cubierta por estanterías hasta el techo. La mayoría de los libros se presentan encuadernados en piel con el título y autor en letras doradas. Toma uno y descubre en su primera página el ex libris del propietario. Ojea algunos más, escritos en lengua alemana y otros en inglés, francés e italiano.

  La biblioteca comunica con un despacho y éste a su vez, con otro algo más grande, provisto de dos ampulosos sillones de cuero marrón cubiertos de polvo. Una mesa de madera con dos ceniceros y un jarrón de cerámica, aparentemente portuguesa. Al abrir las puertas de corredera descubren de nuevo el vestíbulo. Sobre una mesa, a la que guardan dos sillones isabelinos, se encuentra estática una elegante palangana de plata soportando una jarra de similares características y filigranas.

  Desde el propio vestíbulo, otra puerta corredera da paso a un amplio salón. Antes de entrar, se fija en un Bargueño situado a la izquierda de la puerta. Incrustaciones de maderas nobles y marfil dan un especial sentido y colorido a sus numerosos cajones. Sobre él, un lienzo representa un búcaro donde descansan numerosos tallos de rosas rojas, blancas y amarillas. Otro pasillo comunica con el ala izquierda de la vivienda. Durante más de una hora recorren las numerosas habitaciones. Cocina, baños, cuartos del servicio, dormitorios. Al acabar baja a la planta calle para comentar con el portero.

—Ya hemos terminado. Esta misma tarde mandaré a los herederos la valoración. Dígales que me quedó con todo. En un par de días podrán disponer de la vivienda vacía.

—Muchas gracias. Se lo diré. Por cierto ¿Han subido a la planta superior?

—No. ¿También pertenece a los dueños?

—No, no señor. Pero están los trasteros. El número cuatro es el de esta vivienda. Aquí tiene la llave.

—Gracias, ahora mismo subo de nuevo para ver que contiene.

  Minutos más tarde entra al amplio trastero acompañado de Genaro. Con una linterna se alumbran para comprobar las existencias. Cajas, algunos muebles, y muchos lienzos que anunciaban con pinceladas, intentos de una figura humana. En otros, paisajes, y en el resto, acabadas representaciones realistas de caballos, guerreros y murallas de algún castillo imaginario. Genaro repara en cinco caballetes apartados y cubiertos por una sarga negra.

—No parecen de autor conocido. Nos los llevaremos también —señala.

—Claro jefe.

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