Asi comienza… NADANDO EN AGUAS RESIDUALES

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Nadando en aguas residuales. Novela

NADANDO EN AGUAS RESIDUALES

14ª Novela de intriga policíaca de la serie Roberto HC.


Sinopsis:

Roberto HC dirige la A.I.E. a la que se incorporaron algunos de sus ayudantes de la comisaría que dirigía como comisario.

Al sur de Madrid, cerca de la Caja Mágica en la estación depuradora «La China», aparecen en días sucesivos dos cuerpos en uno de sus colectores. El primero pertenece a un perro con un collar de piel roja. El segundo de una mujer. De acuerdo con el protocolo, la información llega a manos de Roberto HC. Al parecer su muerte no obedece a un ahogamiento, alrededor de cuello aparecen huellas de haber sido estrangulada.

La investigación se llevará a cabo principalmente con ayuda de la Unidad de Subsuelo de la Policía Nacional, todo un entramado de galerías y desagües.

Según se desprende por el perfil que prepara la psicóloga criminalista Esther; antigua novia de Roberto, contratada recientemente por el subdirector de la A.I.E. se trata de un asesino cuidadoso en sus actos.

Una carrera contrarreloj para atrapar al asesino y evitar que continúe matando.


El odio puede cegar los ojos,

y la venganza,

nublar el equilibrio mental del ser humano.

Anónimo


Capítulo 1

Al sur de Madrid, cerca de la Caja Mágica y pegada al aprendiz de río, el Manzanares, se encuentra la estación depuradora La China. Son las dos de la tarde cuando uno de los vigilantes realiza su última ronda, está a punto de acabar su jornada de trabajo. Camina despacio, observa cuanto aparece frente a sus ojos. Piensa en el poco tiempo que le queda para pasar su tarjeta de acceso por la ranura, y regresar a su casa. Hace frío. Los últimos días la temperatura ha bajado ostensiblemente, se intercalan las jornadas de nieve con otras de lluvia. De cualquier forma, el tiempo hace que las rondas a la intemperie sean insoportables. Además, recientemente se han incrementado como consecuencia de encontrar hace dos días el cadáver de un perro con una manta sobre su lomo y un collar de piel roja.

En la ronda actual y al pasar por uno de los colectores que desembocan en la estación, se fija en la misma rejilla de dos días antes, da un respingo, se asusta. Acaba de ver el cuerpo de una mujer. Ha debido salir disparada desde el colector para incrustarse allí. El miedo le atenaza, no obstante, sale corriendo hasta llegar a la oficina del responsable de la depuradora.

  • -¿Qué te ocurre, Santos?
  • -Tengo desgracia, acabo de encontrar otro cadáver.
  • -¿Otro perro?
  • -No, no señor, esta vez no es un animal, es el de una persona, una mujer.
  • -¿Lo has tocado?
  • -Nada de eso.
  • -Llévame hasta allí.

Los dos hombres salen de la oficina y se dirigen al colector. El responsable de la estación se fija con más detenimiento que el empleado asustado. En efecto, se trata del cuerpo de una mujer. Tiene una postura extraña, da la impresión de haber sido lanzada por la fuerza del agua desde el colector. Pero la forma o modo en que está el cuerpo no le atañe, dará cuenta inmediata a la policía.

  • -Quédate aquí un momento, iré a llamar a la policía.
  • -Pero, yo acabo la jornada dentro de un instante.
  • -Espera unos minutos, no creo que tarden mucho en venir.
  • -Ya, pero, seguramente me harán preguntas.
  • -¡Diablos! ¿Podrás esperar unos minutos?
  • -Lo haré. Esperaré.

Quince minutos más tarde el comisario Gerardo Herranz y cuatro agentes uniformados, hacen acto de presencia. Miran con detenimiento el cadáver de una mujer morena, cubierto de restos que posiblemente fueron como ella, arrastrados por el colector.

  • ¿Ha sido usted quien la ha encontrado?
  • Sí, sí señor.
  • ¿Cuándo vio el cadáver?
  • Alrededor de las dos y media.
  • Deje sus datos al agente y si tenemos que hacerle alguna pregunta, nos pondremos en contacto con usted.
  • Gracias comisario.

El responsable de la estación se mantiene cerca del comisario. Conversan durante unos minutos. Mientras tanto, dos agentes sacan de una bolsa unos rollos de cinta de plástico y comienzan a acordonar la zona. Puede leerse claramente una misma frase que se repite una y otra vez: NO PASAR, POLICIA.

  • ¿Hay alguna posibilidad de desviar el flujo de ese colector hacia otra salida?
  • No, no señor.
  • Entonces llamaré a los compañeros de Rastros para que inicien los trámites. Puede esperar en su oficina. La visión no es agradable.
  • Gracias, comisario.
  • Puede que le necesitemos cuando venga el Juez de Guardia para autorizar el levantamiento del cadáver.
  • De acuerdo, estaré pendiente de su aviso.

Dos días después.

Roberto H.C. director de la AIE (Agencia de Investigaciones Especiales), permanece callado y pensativo tras la mesa de su despacho. A su mente llegan numerosas cuestiones.

Es difícil sustraerse a cuanto sucede a mí alrededor. Encima de mi mesa no solo tengo los periódicos diarios, también las notas de prensa resumidas que diariamente recibo de la Dirección General de la Policía y la Guardia Civil. También veo y escucho los noticiarios. Siempre he dicho que parecen programas de sucesos. Tienen un alto porcentaje de espacio dedicado a tales noticias. Sin duda deberían advertir a los periodistas o los redactores jefes, ocuparse de otras. No, no es que sean importantes, políticamente hablando, sobre todo si son accidentes, tan proclives a señalar las causas, sino que no contentos con ellos, suelen provocar sentimientos negativos haciendo referencia a los sucedidos especialmente en Estados Unidos. Es como si tuvieran un acuerdo con ese país, y eso que, según tengo entendido las agencias de noticias cobran por los envíos. Sin embargo, olvidan que pertenecemos a Europa y tal vez a los ciudadanos de nuestro país, nos apetece más conocer cuanto ocurre cerca de nosotros, es decir, en Paris, Burdeos, Roma, Nápoles, Múnich, Ámsterdam, Londres, Lisboa, y un sinfín de etcéteras, tantas como ciudades hay en Europa.

Creo que hoy estoy de mal humor, sobre todo porque he tardado más de dos horas en cruzar Madrid, pese a que, desde mi casa solo tengo que intentar llegar a la M-12 para alcanzar las oficinas. Parece mentira que solo unos copos de nieve bloqueen la capital de un Estado. Me parece absurdo y sobre todo inaceptable para un país de segunda línea como el nuestro.

La verdad, no solo estoy enfadado por eso, también por una discusión que sostuve anoche con Celia como consecuencia de la decisión tomada por Elena, nuestra hija. Ella acepta que se vaya a vivir a casa de los padres de Sergio hasta la fecha de la boda. A mí, por el contrario, no me parece bien. Siempre ha vivido con nosotros, desde hace años, — le dije— y también me parece lógico que si han decidido casarse por el rito católico, salga vestida de casa de sus padres, su último domicilio hasta llegar al conyugal.

Debo dejar estas disquisiciones, acaba de llamar un agente a mi puerta.

  • ¡Adelante!
  • Buenos días, señor Herman Carrillo —dice el agente Sanz.
  • ¿Qué le trae por aquí?
  • Personalmente nada, pero como usted dijo que le comunicáramos cualquier incidencia por extraña que fuera.
  • Está bien, adelante.
  • Acabo de escuchar por la emisora, que los encargados de la estación depuradora cercana al río Manzanares, en el sur, han solicitado la presencia de la policía nacional. Al parecer han encontrado el cadáver de una mujer.
  • ¿Saben de quien se trata?
  • No señor.
  • Gracias, dejémoslo para la comisaría a quien corresponda.
  • De acuerdo señor.
  • Adiós, Sanz.

El agente ha cerrado la puerta al salir, y yo me dispongo a elucubrar de nuevo sobre la discusión con Celia. Me molesta tener este tipo de enfrentamiento. Quizás ambos estemos tensos. Se nos marcha la hija. Creo que a Celia le afecta más que a mí. A su mente deben llegar los recuerdos de cuando era niña, los avatares que hubieron de pasar hasta que Pedro del Pozo, con su testamento, les concedió la gracia de iniciar una nueva vida. Lo he pensado detenidamente, creo que debo hacer algo con Celia. Supongo que durante el tiempo que dure la preparación de la boda, estará más o menos bien, pero cuando Elena se vaya definitivamente para empezar su independencia, es posible que le asalten miedos y sobre todo recuerdos difíciles de olvidar. Creo que lo pasará mal. No sé, voy a llamarla. La compensaré esta noche, saldremos a cenar, si el frío y la nieve nos dejan. Creo que no estará mal acercarnos a El Latigazo, supongo que le gustará, le traerá buenos recuerdos. Al fin y al cabo, fue donde la invité por primera vez, al poco de conocernos. 

Creo que haré… ¡Vaya hombre! ¿A quién se le ocurrirá llamar en este momento? Descolgaré.

  • ¿Diga?
  • Roberto, soy José María.
  • ¡Ah! Hola, ¿Qué tal estás?
  • Molesto con la nieve y el frío. Ya sabes, a mi edad todo son contratiempos.
  • No te quejes, que estás como un chaval de sesenta y cuatro años.
  • En eso tienes razón.
  • Supongo que tu llamada obedece a algo en especial ¿No es así?
  • Me conoces suficientemente, y en efecto.
  • ¿Qué ocurre?
  • En realidad, solo es un presentimiento.
  • Me ha llamado Herranz, un comisario de la zona sur y preguntado si seguías ejerciendo como comisario, por aquello del protocolo que confeccionamos.
  • ¿A qué te refieres concretamente?
  • La verdad, también a mí me ha parecido extraño. Según dice, han encontrado el cuerpo de una mujer. Su edad entre los treinta y cinco y cuarenta años. Según la primera impresión, el cuerpo llevaba allí entre dos y tres días.
  • Bueno ¿Y qué tiene que ver con el protocolo de entonces?
  • Él no ha querido mencionarlo, pero tiene la impresión de encontrarse con un caso extraño. Precisamente porque piensa en lo extraño que un cadáver aparezca a la salida de uno de los colectores. Dice que las aguas de las galerías no arrastran tal peso, a no ser que nos encontremos en época de lluvias. Y ahora precisamente llevamos una temporada de relativa sequía. Se inclina porque han debido dejarlo en la Estación de Tratamiento.
  • ¿Qué quieres que haga?
  • Nada, solo que hables con él y le eches una mano. Han empezado a investigar por donde pudieron entrar para dejar el cadáver en el colector general.
  • ¿Es decir que no se ha ahogado?
  • No, definitivamente no. Al parecer tiene una marca alrededor del cuello.
  • Está bien, le llamaré por teléfono. Ahora no tengo mucho trabajo en la Agencia.
  • ¿Este año no viajas a Suiza?
  • No, José María. Celia está preocupada por Elena. Tiene previsto casarse a primeros de Marzo y está, como te diría, con los nervios a flor de piel. A los padres del novio les ocurre lo mismo y han suspendido las navidades blancas en los Alpes.
  • Entonces, si no te vas, tomaremos una copa juntos un día de estos.
  • Por supuesto.
  • Bueno Roberto, no olvides hablar con el comisario Herranz.

Desde luego no me apetece nada el encargo de José María me gustaría disfrutar unos días de vacaciones, estar pendiente de Celia, creo que en este momento necesita mimos, y a mí me gusta dárselos. Haré lo que pueda.

Supongo que debemos repetir las cenas fuera de casa. Si a Celia le gustó, creo que a mi más, sobre todo por el postre cuando llegamos a casa. ¡Cuánto quiero a esta mujer! Me encanta abrazarla, sobre todo cuando como en estos días aparece preocupada y triste. Al hacerlo, mi mente se llena de recuerdos, me transporta a momentos felices con ella que a veces imagino lo horrible que hubiera sido mi vida de no haberla conocido aquel día. Menos mal.

Estoy deseando que nuestra hija se case, así solo nos tendremos el uno al otro, aunque suene un poco egoísta. Lo digo porque sin ella, solo estaremos Celia y yo, ambos nos necesitamos. Lo que si deseo de verdad es que venga el verano, me encanta ver sus rizos brillar cuando los rayos del sol se mecen en ellos. Sus ojos marrones parecen más grandes, más bonitos, y al mirarla sonríe como solo ella sabe hacer, hasta el punto de ver unas lágrimas de alegría, en ese preciso instante, acerca sus labios a los míos, siento como si viviera en otro mundo. No olvidaré jamás el día en que me esperaba en aquel restaurante de Sepúlveda. Estaba sola, no quiso marcharse con los demás amigos mientras yo atendía unos asuntos. Al verme se levantó, avanzó hacia mí, y sin esperarlo me besó. Creo que fue nuestro primer beso. Aun hoy cuando lo recuerdo, siento una sensación tan maravillosa que... ¡Maldito sea el teléfono mil veces!

  • Dígame.
  • Roberto, soy Ignacio Dobles
  • Hombre, ya le leído tu nombramiento definitivo. Enhorabuena.
  • Gracias Roberto. Sé que te alegras por mí.
  • Supongo que la familia estará bien.
  • Los tres estupendamente.
  • ¿Dime?
  • Verás, acaba de llegar un sobre dirigido a ti, y como siempre, lo hemos pasado por el escáner, no tiene nada especial, parece una carta y una foto. ¿quieres que te la mande a casa?
  • No, pasaré por tu comisaría a recogerla. Así podré darte un abrazo.
  • Como quieras. Entonces te espero.
  • Salgo en unos minutos.

He recogido el coche del garaje. Está frío y yo inquieto por lo que acaba de decirme Ignacio. En fin, espero que no sea nada grave. Caramba, como está la circulación, tendré que avisar del retraso. Llegaré media hora más tarde de lo previsto, pero bueno, ya estoy en la comisaría de Ignacio.

Hay muchos agentes nuevos, supongo que Dobles ha debido ajustar la plantilla a su gusto. No importa, la verdad es que hace tiempo que no vengo por mi antigua comisaría. A veces la echo de menos, otras prefiero estar como estoy, sin investigar a asesinos, ladrones y ese tipo de gente. Además, desde que..,. prefiero no recordar los malos ratos.

  • Hola Ignacio. ¿Cómo estás, padrazo?
  • Como en una nube.
  • Me alegra escucharte. Quien lo iba a decir, el soltero recalcitrante, se casa y al cabo de dos años, se convierte en todo un padrazo.
  • Ya lo ves. ¿Y tus mujeres?
  • Celia, tan bonita y feliz, como siempre. Elena también, con más entusiasmo que nunca. Se casa en Marzo con Sergio.
  • Ya os mandaremos la invitación. Porque, ¿podréis ir? supongo.
  • Claro, si la criatura no nos hace pifia.
  • Disculpa mi retraso, pero cada vez que nieva en Madrid, todo se trastoca.
  • Es cierto, no sé cuándo aprenderemos a ser una ciudad avanzada y resuelta ante las inclemencias del tiempo. Toma, éste es el sobre que hemos recibido. Como ves lo tengo en una bolsa de rastros, por si el contenido nos obliga a controlar huellas.
  • Gracias, me pondré guantes para abrirlo.

Acabo de rasgar el sobre. En el frontal mi nombre y apellidos, con la dirección de esta comisaría. Le he dado la vuelta, pero no lleva remitente. Lo suponía. Leo en voz alta para que escuche Ignacio:

Querido comisario Hernán Carrillo: Por fin me he atrevido y la mujer que aparece en la foto es la primera de una lista que se ampliará en tanto y cuanto usted no consiga detenerme. Claro que le será difícil. No espere pista alguna, sería estúpido. Solo le diré algo: Usted es el responsable de cuanto ha ocurrido y continuará sucediendo.

Creo que he palidecido por un momento. Ignacio me ha mirado sorprendido. Ha debido pensar en el mismo asesino que yo, pero no es así. Aquel siempre mencionaba algún derivado de corazón, y firmaba sus notas con algo similar. Este no, éste se limita a retarme para que detenga la serie de crímenes que se propone iniciar con el de esta mujer. Guardo silencio durante unos segundos que lo interrumpe Ignacio.

  • Creo que lo llevaremos a rastros. ¿Quieres que hagamos una copia?
  • Sí. Gracias, Ignacio.
  • Supongo que no tienes idea de quien se trata.
  • Desde luego que no.
  • ¿Qué vas a hacer?
  • De momento saber quién es esta mujer, quiero analizar la fotografía despacio. También quiero que Perfiles lea el contenido de la carta y me diga que advierten de sus palabras y que ocultan. El reto es para mí y no tengo más remedio que aceptarlo.
  • Si necesitas ayuda solo tienes que pedirla, lo sabes ¿verdad?
  • Claro que sí. Gracias de todas formas Ignacio. En cuanto saques las copias me vuelvo a mi despacho.
  • Ahora mismo.
  • Oye, mientras tanto ¿puedo hablar desde aquí con un compañero tuyo?

Estoy sorprendido, no tenía intención de empezar ahora con un caso de asesinato, y menos con los problemas personales que tengo. Por supuesto que no son graves, pero tenía la intención de dedicar todo mi esfuerzo a Celia, ahora me veo en la obligación de compartir mi tiempo. En fin, hablaré con Herranz.

  • Sí, soy un compañero suyo.
  • De acuerdo, le diré que está al teléfono, comisario Hernán Carrillo.

Solo he tenido que esperar dos minutos, enseguida se ha puesto.

  • Disculpa, Hernán Carrillo.
  • Roberto, por favor, entre compañeros huelgan los apellidos.
  • Está bien, el mío es Gerardo.
  • Te llamo porque el gran jefe me ha recomendado llamarte. ¿En qué puedo ayudarte?
  • Supongo que sabrás que hace poco recogimos el cadáver de una mujer morena. Su cuello presentaba una laceración, posiblemente la razón de su muerte. Bien vestida y sin ningún otro signo de violencia significativo.
  • Supongo que su cuerpo está con el forense.
  • En efecto, están practicando la autopsia.
  • ¿Y cuál es tu duda y extrañeza?
  • El cuerpo apareció a la salida de un colector, antes de entrar a la planta de tratamiento de aguas residuales. Por suerte unos días atrás encontraron un perro muerto y hubiera entrado en el proceso de no haberse dado cuenta uno de los trabajadores que en esos momentos pasaba por allí en ruta de control.
  • Desde ese día han incrementado las observaciones. El contenido de los colectores desemboca en las arquetas de entrada para realizar lo que llaman el debaste, es decir, retirar los elementos de mayor tamaño del agua para posteriormente seguir con los diferentes procesos. Tanto el perro primero, como el cuerpo de la mujer después, los encontraron allí.
  • ¿Y?
  • Estamos en temporada de sequía, bueno con estos días de nevadas, es posible que todos los tipos de galerías de servicios que desembocan en los colectores lleven algo más de agua, pero no lo suficiente para arrastrar un cuerpo hasta el colector.
  • Supones por tanto que lo han llevado hasta allí.
  • En efecto.
  • Y claro, te apoyas en que yo hace tiempo llevaba casos extraños.
  • Sí.
  • Mira Gerardo, ni siquiera sé si ha modificado el protocolo y señalado a otro comisario. Ahora mismo no se quien se ha hecho cargo de lo que llevaba antes, pero estoy seguro de que es un simple asesinato. De todas formas, como supongo que habréis hecho algunas fotos del cuerpo, envía copias a mi dirección de correo electrónico. Las veré y te diré algo. Cuenta conmigo si necesitas ayuda, aunque supongo que tú serás suficiente para resolverlo.
  • Está bien. Ahora mismo te envío las fotos del entorno y las del cuerpo de la mujer.
  • De acuerdo Gerardo.
  • Gracias por la llamada, Roberto.
  • De nada. Y lo dicho, si necesitas un empujón, llámame o envíame un correo.
  • Lo haré si fuera preciso. Da recuerdos a José María.

Entra Ignacio de nuevo con un sobre en la mano, seguro que son las copias.

  • Me marcho Ignacio. Estaré en mi despacho. Si quieres algo llámame.
  • Gracias por lo de la carta. Ya te contaré como van las cosas.

Me siento extraño, tengo una rara sensación. Esperaré a sentarme con la copia de la carta de ese asesino. Antes creo que llamaré a Celia, solo escucharla calma mis nervios.

Capítulo 2

Unos días antes.

Sábado.

Bigotes, es un perro callejero, pero lo quiero, siento un profundo cariño por él, me hace mucha compañía, sobre todo ahora que mis dos hijas se han casado y abandonado la ciudad. Se han ido a vivir fuera de la capital.

La mayor, a una población cercana a Madrid. A su marido lo nombraron recientemente gerente de una importante empresa de informática. Decidieron cambiar de ciudad, y encontraron una casa muy cerca de donde ahora trabaja. A veces, según me cuenta Adela, requieren su presencia a cualquier hora y desde luego atravesar Madrid, con el tráfico tan caótico, se hace difícil. Lo comprendí cuanto me lo contaron, y aunque no hice comentario negativo alguno, en mi fuero interno comencé a sentirme un poco más sola.

Mi otra hija, la pequeña, la revoltosa, y ahora más comedida en sus acciones, también se ha ido con su pareja fuera de la ciudad. Pese a que sus ideas parecen converger, no se han casado, pero están muy unidos. Decidieron vivir en una población más pequeña y tranquila. No son hipócritas, ellos dicen que Madrid tiene muchas opciones culturales, pero también, que no siempre están dispuestos a ir a cada uno de los eventos ofertados, y esa no es razón para vivir en una ciudad como ésta. Para casos puntuales, pueden venir a mi casa en el supuesto de salir tarde de un teatro, cine o concierto. Se han quedado en una población a pocos kilómetros de Guadalajara.

Por eso y por muchas otras razones llevo una temporada que me encuentro sola y únicamente mí querido Bigotes, concentra mi actividad afectiva diaria. Hace tiempo que solamente ocupo mi tiempo con el trabajo y los tres o cuatro paseos que realizo con él. Hoy concretamente me ha costado mucho salir. Esta mañana, al despertarse, enseguida ha venido corriendo a la puerta de mi dormitorio para gruñir. Es su forma de indicar que tiene la vejiga repleta.

Ha hecho una noche heladora, el termómetro de la terraza ha marcado cerca de nueve grados bajo cero. He dado un respingo y sentido un escalofrío con solo pensar que debía salir a la calle con él.

He cubierto mi cabeza con el gorro de lana que me trajo Adela de uno de sus viajes a Dinamarca. Por dentro lleva un estupendo forro de piel. Me he puesto un pantalón de pana, botas de agarre, pues he visto el hielo en el paseo que me lleva hasta El Retiro, y el plumón rojo largo; me llega hasta más abajo de las rodillas, no deja pasar al frío. Tras ponerme los guantes y cubrir el lomo de Bigotes con una manta; que seguro agradeció nada más salir a la calle al cruzar la Avenida de Menéndez y Pelayo; hemos pasado por una de las puertas de entrada al parque.

Estos días atrás escuché a locutores y presentadores del tiempo, advertir del frío que haría en Madrid, pero al parecer las dos olas de vientos del norte que nos invaden, han rebasado las previsiones a la baja. Hace mucho frío. Tanto al perro como a mí, nos ha costado mantener el paseo, y eso que solo son las nueve y media de la mañana. Aunque no me entiende, le he prometido volver a bajar un poco más tarde, cuando el sol rompa los carámbanos que adornan los árboles y fuentes. Creo que lo agradece, pues ha levantado la cabeza, me ha mirado y agitado con fuerza su rabo. Hemos regresado a casa.

Sobre las doce y media hemos vuelto a salir, y en efecto, el sol ha hecho subir algo la temperatura. Pese a ello El Retiro guarda como si de un tesoro se tratara, el frío en su corazón, y no solo en invierno, también en verano, aunque en esa época es más agradable porque supone una contraposición al calor reinante en Madrid.

Hoy he pasado por la zona donde la mayoría de los propietarios de perros de raza, se reúnen para buscar parejas a sus mascotas, y su posterior venta de crías. He visto sacar los respectivos documentos que acreditan el pedigrí de algunos. Menos mal que el mío es fruto de un cruce desconocido. A veces pienso que es mejor evitar enfrentamientos con dueños de perras, por sus escarceos amorosos sin autorizaciones previas. Bigotes es tranquilo, pese a ello no le dejan acercarse a ninguna hembra, yo estoy contenta por ello.

Hemos tenido suerte al encontrar, tras cruzar el antiguo paseo de coches, a un compañero de rutas. Nos vemos con frecuencia. Tiene una perra parecida a Bigotes, juegan y corretean, mientras su dueño y yo conversamos. Hoy me ha propuesto tomar el aperitivo en uno de los bares cercanos a mi casa. La verdad, he aceptado, parece un buen hombre, aunque no hemos intimado y desconozco cuál es su trabajo o a que se dedica.

Después de pasear, sobre la una y media de la tarde, hemos cruzado la avenida y entrado en el bar que hace esquina con la calle Menorca. Los perros han quedado atados de sus correas a una de las mesas de la terraza. El propietario las tiene encadenadas para evitar su robo en espera de mejor tiempo. Algunas se mantienen cubiertas de hielo. Hemos entrado en el bar bajo la atenta mirada de ambos perros, que molestos por su soledad, han empezado a ladrar.

  • ¿Qué tomas?
  • Me apetece un vermú rojo.
  • Creo que te acompañaré, a mí también me apetece. ¿Para picar?
  • No sé, lo que quieras.
  • Aquí tienen unos buenos mejillones en escabeche.
  • Vale, por mi estupendo.
  • ¡Camarero! Por favor, dos vermúes y unos mejillones.
  • Disculpa, hasta ahora no te preguntado a que te dedicas —he dicho al recordar que no sabía nada de él.
  • Soy policía municipal. En mis horas libres no suelo llevar uniforme. ¿Y tú?
  • Trabajo como ayudante en una clínica privada. Tampoco llevo mi uniforme —dije sonriendo.
  • ¿Estás casada? Disculpa, parece que estoy interrogándote.
  • No importa. No, no estoy casada. Lo estuve, pero hace tiempo que me divorcié.
  • Entonces como yo. Bueno, la verdad, ni siquiera llegué a casarme, estuve a punto, pero en el último momento se echó atrás. Exactamente unos días antes de la boda.
  • Que desagradable.
  • Y que lo digas.
  • No has vuelto a intentarlo.
  • No, no me quedaron ganas.
  • A mí tampoco, desde entonces permanezco célibe.
  • A veces creo que es mejor, aunque no hay duda que la mejor forma de vivir, es en compañía de alguien.
  • Tienes razón, aunque personalmente prefiero estar así, a sentirme defraudada.
  • En efecto, cuando la relación no es perfecta, es mejor optar por la soledad, aunque a veces te inunde la tristeza.
  • ¿Te parece que dejemos este tipo de conversación? no me gusta hablar de esta clase de sentimientos.
  • Como quieras.
  • ¿Dónde vives?
  • No muy lejos de aquí, al otro lado de la calle Narváez. ¿Y tú?
  • Ahí mismo —dije señalando el edificio.
  • En verano dormirás perfectamente, el frescor del parque debe llegarte a través de las ventanas, si es que duermes con ellas abiertas.
  • Y que lo digas, sin embargo, también llega el frío como hoy.
  • Es cierto. ¿Te apetece otro vermú?
  • Creo que sí.
  • Te acompañaré.

Mientras nos tomamos el segundo vermú y los perros continuaron ladrando, solicitando nuestra presencia, avanzamos en nuestro personal e individual método de conocernos. Al acabar nos despedimos. Vi alejarse a Cristóbal, y antes de perderse, girar la cabeza y con el brazo libre de la correa de Sita, moverlo en señal de despedida.

La verdad, el tiempo ha pasado rápido, creo que hice bien en aceptar la invitación. Me parece un buen hombre, sencillo y educado, aunque algo raro, me da la impresión. Es posible que acepte otro tipo de invitación, si volvemos a vernos. Aunque es extraño, ni siquiera me ha pedido el número de teléfono. Tal vez no quiere agobiar. Es mejor así. Según dice, viene todos los días a pasear con Sita, es posible que uno de estos me lo pida. Bueno, ahora me haré la comida y esperaré a que pasen las horas.

Domingo.

Hoy me he levantado un poco más tarde y sorprendido al ver como El Retiro y las calles están cubiertas de un manto blanco. Es domingo y me apetece tomar unos churros con chocolate caliente. Aprovecharé la salida para que Bigotes evacue y compraré unos cuantos. Luego esperaré para salir a la hora en que pueda encontrarme con Cristóbal.

Muy cerca del bar, me ha parecido verle, pero no me he parado, he seguido camino de la churrería. Sin embargo, al regresar ha salido a mi encuentro.

  • Buenos días, Isabel.
  • Hola Cristóbal. ¿Cómo tan temprano por aquí?
  • Me pareció agradable pisar la nieve y ver como lo hace Sita.
  • Pues yo, ya ves, a por unos churros para tomarlos con chocolate. ¿Puedo invitarte si te apetecen?
  • ¿En tu casa?
  • No sé. ¿No te importa?
  • Cristóbal por favor, si te invito será por algo.
  • De acuerdo, acepto, pero tal vez deberíamos comprar alguno más.
  • Está bien, entonces volvamos a la churrería.

La verdad, y sin que sirva de precedente, es un hombre que me gusta, tiene una voz grave, aunque melodiosa. Tal vez no he actuado bien, pero tampoco parece que deba preocuparme. Es gentil y educado. A Sita, como a Bigotes, la he limpiado las patas y dejado en la terraza de la cocina mientras desayunamos.

Nada más terminar el chocolate ha pedido marcharse, parece sentirse un poco violento, he advertido.

  • No debes preocuparte Cristóbal, te veo algo tenso.
  • Discúlpame, pero no estoy acostumbrado a situaciones como esta.
  • Es posible, pero no es para tanto.
  • Está bien.

Un poco más tarde y tras un rato de charla como sobremesa del desayuno, volvimos a El Retiro con nuestras mascotas, que como niños comenzaron a corretear entre la nieve, incluso la mordieron como algo excepcional y desconocido.

Fui yo en esta ocasión quien invité al aperitivo, aunque en otro sitio. Recordé haber visto una vinoteca muy cerca de casa y allí nos dirigimos. Al acabar y salir, nos intercambiamos los números de teléfono, incluso rozamos nuestras mejillas al despedirnos. Yo estaba feliz y a él sus ojos le delataron.

Sábado.

Durante toda la semana pasada estuve pendiente del teléfono, quise creer que Cristóbal me llamaría, pero no fue así. Tuve que esperar a hoy para verle de nuevo. Le encontré algo triste. Le pregunté mientras paseábamos a los perros, pero eludió responder. Antes de despedirnos quiso iniciar una conversación, pero le corté tras mirar repetidamente el reloj.

  • ¿Tienes prisa?
  • No, nada de eso, solo miraba la hora para preparar la comida. ¿Te apetece almorzar conmigo en casa?
  • No sé, tal vez otro día.
  • ¿Tienes algo importante que hacer?
  • Ni mucho menos, solo que, en fin, no quiero molestarte.
  • No me molesto, tu sin embargo lo pareces. Pero no quiero insistir.
  • Mira Isabel, si va a ser motivo para ponerte triste, acepto la invitación.
  • Me alegro. ¡Anda!, vayamos a mi casa.

Sin embargo, antes de llegar al portal, algo le hizo cambiar de opinión. Mis dos hijas con sus parejas esperaban en la esquina del edificio. Se lo dije a Cristóbal y fue entonces cuando su rostro, hasta entonces alegre, se tornó en una mueca extraña y rechazó seguir con la invitación.

  • Veo que esperan tus hijas, será mejor dejarlo para otro día.
  • Como quieras, no deseo forzarte. Sin embargo, mañana estás invitado. Primero tomaremos el vermú y luego comeremos en mi casa.
  • De acuerdo Isabel. Ahora debo marcharme.
  • Como quieras.

Nos besamos en la mejilla al despedimos. Él siguió caminando por el bulevar y yo fui al encuentro de mis hijas. Al final ellos fueron quienes me invitaron a comer en un restaurante cercano. Así que, dejé la comida sin terminar de hacer. Mañana la acabaré y se la ofreceré a Cristóbal. Me alegro.

Domingo.

El día ha transcurrido como había previsto, incluso mejor, pues Cristóbal me ha dejado a Sita un momento, mientras ha ido a una floristería cercana a comprar un ramo de flores, que me ha ofrecido antes de subir a casa. Le he besado en los labios y se ha sorprendido felizmente. Tras la comida hemos visto una película pasada por televisión. Me he recostado sobre él y ha pasado su brazo hasta acariciar mi hombro izquierdo. Creo que omitiré el resto de la tarde, queda para nuestro más íntimo recuerdo.

Sobre las siete de la tarde hemos sacado a los perros y a eso de las ocho, nos hemos despedido en el portal. Ha sido un día fantástico. Espero repetirlo más veces.

Jueves.

Acabo de llegar a la clínica y nada más sentarme frente a la mesa, ha sonado el teléfono. Es Cristóbal.

  • ¿Tienes algo que hacer esta tarde al salir de trabajar?
  • No, nada especial, la rutina de cada día, sacar a Bigotes. ¿Qué quieres hacer?
  • Solicitar tu opinión sobre algo.
  • Me hace ilusión poder ayudarte.
  • Entonces nos vemos en el parque, donde siempre.
  • De acuerdo, aunque sobre las siete y media. Salgo a las siete de la clínica.
  • Perfecto, allí estaré. Un beso.
  • Otro para ti. Hasta luego.

Cristóbal estaba allí cuando llegué. Después de saludarnos, paseamos durante unos minutos. Estoy algo nerviosa, parece que me está considerando, al menos me pide opinión sobre algo, me gustaría saber sobre qué. A la media hora nos acercamos hasta la puerta que da a la calle Poeta Esteban de Villegas y Menéndez y Pelayo. Parece que tiene algo que enseñarme. Nos acercamos a una furgoneta de tamaño mediano pintada de blanco. Abre la puerta con el mando a distancia y mientras sujeto las correas de nuestros perros, él ha recogido algo de la parte trasera. 

  • Ven, acércate —me pide.

Las puertas traseras están abiertas, ha sacado una caja y la abre. Luego me enseña el contenido. Es un collar, y a su lado dos pendientes. Abajo y terminando el conjunto, una pulsera con piedras similares. Me quedo helada, son preciosos le digo. Me ha comentado que le gustaría ver cómo me sientan. Luego entramos en la furgoneta, cierra la puerta, sube las ventanillas, arranca el motor y pone la calefacción. Esperaremos un momento a que se caliente, dice. Dos minutos después él comienza a desvanecerse y a mí a cerrárseme los ojos. Trato de esforzarme, evitar cerrarlos e intento abrir la ventanilla, pero no tengo fuerzas.

Siento como una nube negra se adueña de mi conciencia. Segundos después, u horas, no lo sé, me he despertado en un lugar frío, húmedo y con mal olor. Me duele la cabeza. No puedo respirar bien, creo que algo me cubre la boca y nariz, y mis manos están atadas a la espalda. Noto caer agua y correr como por un reguero, pero todo está oscuro y frío. Me siento sola, tengo miedo, mucho miedo. Apenas tengo fuerzas, siento una flojedad muy grande. Estoy recostada sobre una pared y parece que gotea, noto como resbala agua sobre mi espalda. Los pantalones están empapados, debo llevar mucho tiempo aquí. No sé lo que ocurre. Me pregunto si Cristóbal estará en la misma situación que yo. Esperaré un tiempo y escucharé, suelo tener buen oído. Pero es extraño, no reconozco ninguno de los que escucho. Tengo frío, el agua que recorre mi espalda está helada ¿Dónde estoy? Siento deseos de gritar, pero no puedo, mi boca está llena de algo salado y desagradable, apenas me permite tragar saliva. ¿Qué he hecho para estar aquí? ¿Y Cristóbal? Es policía, si no está cerca de mí, posiblemente estará buscándome. Eso espero al menos. Creo que me estoy durmiendo, es posible que lleve muchas horas aquí. Cierro los ojos.

Estoy en otra sala, han debido trasladarme cuando estaba dormida, no recuerdo haberme movido. Aquí hace menos frío, no hay tanta humedad, incluso puedo moverme. Permanezco en plena oscuridad. Siento verdadero pánico y horror, no sé qué puede pasar. Ni siquiera sé cuánto tiempo llevo aquí, o donde estoy, lo ignoro. He intentado gritar, pero la voz apenas me sale, y eso que me han quitado la bola de trapo que me metieron en la boca. Espera, he debido tropezar con algo metálico.  ¡Ah!, espera Isabel, parece un plato. Me agacho para recogerlo y en efecto es redondo, pese a la oscuridad lo palpo y reconozco. Dentro hay algo de comida, pan y unas lonchas de jamón York. Lo como con ansias, debo llevar más de dos días sin comer ni beber nada, y tanto los brazos como las piernas comienzan a dolerme. También el costado izquierdo.

Me preocupa mi salud, aunque también saber dónde estoy y quien me retiene aquí, pero sobre todo que me va a pasar. No me gustaría morir sin saber si mis hijas son capaces de hacerme abuela, aunque sean jóvenes aún. Quisiera tener oportunidad de ofrecerles mi ayuda, cuidar a mis nietos, hacer como cualquier abuela. Ahora que recuerdo, que pensará de mi Cristóbal, tanto tiempo viéndonos a diario con nuestros perros y cuando me decido a cruzar la línea, me pierdo. ¿Estará buscándome? ¡Ojalá! seria mi salvador.

            Debo estar alucinando no hago más que pensar estupideces, me parece que lo mejor sería establecer un sistema, averiguar en primer lugar donde me encuentro, luego debería inventar algo para contar el tiempo, y por último, saber si alguien me escucha. Calla, oigo algo, y no es lo mismo que cuando me desperté al principio. Creo que son pasos. Voy a quedarme quieta e intentaré comprobar si viene alguien. Los pasos se acercan, oigo girar una llave, luego el recinto tiene una puerta. Menos mal, pensé estar enterrada en algún lugar extraño. Estoy nerviosa, no sé si sabré aguantar. Espero, entra alguien. Escucho, parece la voz de un hombre, es muy grave, suena extraña. Escucha, escucha y pon atención a lo que dice: Le dejo agua y comida para dos días, si se porta bien le pondré luz cuando regrese. Se me olvidaba, también he traído unas mantas, aquí hace frío, estamos en invierno, y por favor, póngase la ropa interior que he dejado sobre la cama.  No digas una palabra Isabel, guarda silencio, que no descubra que estás despierta. Ahora no se asuste, dormirá unas horas. Oigo un ruido similar a cuando se destapa una botella de cerveza al retirar la chapa. Luego huelo a algo extraño y siento como un sopor acude hacia mis ojos. Me desvanezco.

Hoy me he despertado en otro cuarto, este tiene luz, una puerta con un ventanuco pequeño, aunque cerrado, una cama grande bastante cómoda. La comida, aunque no es caliente, es suficiente. No me he negado a comer, hubiera sido estúpido por mi parte. Sigo teniendo miedo. He decidido cruzar unas palabras con mi secuestrador y llamarlo así, pues algo identificativo debo poner frente al rencor y odio hacia la persona que me ha retenido. De otra manera no sabría cómo seguir viviendo. Hay un armario con ropa, no es mía desde luego, y parece antigua. Quien se ha hecho con ella desde luego desconoce lo que ahora se lleva como moda. Me es indiferente, al menos puedo cambiarme. Como me dijo, me pondré la ropa interior que me ha dejado. Veo que también hay una ducha. Abriré uno de los grifos. Espera Isabel, que suerte, hay agua caliente, por fin, por fin podré ducharme como es debido. Incluso hay gel y champú para el cabello. Bueno, creo que le daré las gracias. Veo que me ha dejado un reloj sobre la mesilla de noche, pero no veo un calendario. Es lógico, no quiere que sepa el tiempo que llevo retenida.

Creo que mi secuestrador viene a verme. Oigo como gira la llave y sin terminar de abrir la puerta dice:

  • Siéntese en la cama y no se mueva, ahora dormirá durante unas horas.
  • Quiero darle las gracias, por todo esto, la cama, el agua caliente, la comida. Su buen trato y que no me golpee.
  • Haga lo que le digo, siéntese en la cama y respire hondo, va a dormir unas horas.
  • De acuerdo, pero le repito mi agradecimiento. ¿Puedo saber cuánto tiempo voy a estar retenida?
  • Muy poco, ya falta poco para salir de aquí.
  • ¿Es eso cierto?
  • Claro, y ahora por favor, respire hondo.

De nuevo un ploff seco y mis sentidos se desvanecen. Al despertar miro el reloj y en efecto, debí dormir cerca de tres horas. Creo que iré al baño, una ducha caliente me vendrá bien, luego tomaré lo que me ha dejado en esas tarteras. Que suerte, también me ha dejado una lata de cerveza. No sé qué pensar, sigo manteniendo miedo, sobre todo cuando paso tantas horas sin siquiera ver a quien me retiene.

Me desnudo, aunque antes he abierto el armario y sacado la ropa necesaria para cambiarme. ¡Mira que suerte! Ha puesto un espejo. Creo que he adelgazado, pero, ¿qué es esto? Tengo en el pecho derecho un moratón. Dios, igual que el izquierdo. Ese cerdo ha debido aprovecharse mientras estaba dormida para... Espera Isabel, ¡Me ha violado! y lo ha hecho mientras estaba inconsciente. No lo entiendo, para eso me retiene el muy cerdo. ¿Qué hago? Espero una respuesta o simplemente me olvido, estoy en sus manos. No sé qué hacer, estoy aturdida. De momento me ducharé y eliminaré esta vergüenza. Me esforzaré, le diré que no tiene necesidad de dormirme.

Han pasado dos días y de nuevo mi secuestrador está girando la llave. Oigo la misma frase de siempre, pero antes de que continúe, le digo:

  • Espere por favor, no explote esa ampolla para dormirme. Si quiere hacerlo, solo tiene que decírmelo, solo le pido un favor, no me haga daño.
  • Haga lo que le digo.
  • ¡Por favor! No me duerma, me desnudaré enseguida.
  • Está bien, pero antes debo cubrirme la cara, no quiero que me vea. Ahora vuelvo.

Regresa cinco minutos después con la cara cubierta con una especie de pasamontañas ligero de color negro, parece de seda. Solo tiene libre los ojos y la boca. Guarda silencio, pero avanza hasta sentarse a mi lado. Ha ido al armario y sacado una caja. Veo que es la misma que tenía Cristóbal, me ha dicho que se la quitó cuando estaba desmayado. Me pide ponerme las joyas y la ropa interior antigua, que quiere quitármela él. En el momento de su clímax, habló, pero solo para decir Te quiero Lilian. Cuando acaba se levanta y me cubre con la ropa de la cama. Mientras se viste, vuelvo a preguntarle.

  • ¿Cuánto tiempo estaré aquí?
  • Unos días. Únicamente te quedan unos días para salir.

He dormido como hacía días que no lo hacía, sobre una cama cómoda, blanda y ropa limpia. Me ducho nada más levantarme y me miro la cara, la veo extraña. Solo trato de sobrevivir el momento que me ha tocado vivir. Sentí una horrible tentación en un instante al verle cerrar los ojos de placer, quise apretar su cuello hasta estrangularlo, aunque deseché la idea, hubiera sido negativo. No le olvidaré, he fotografiado todo su cuerpo y juro que si cuando salga le veo por la calle, lo mataré.

Me he despertado con hambre, quizás un poco más tranquila, aunque no estoy convencida de las palabras de mi secuestrador. No sé si es confianza o deseo, que ocurra como ha dicho, que solo me queden unos días para salir de este encierro.

Según el reloj de la mesilla son las nueve de la mañana. Llevo dos días que no me despierto sobresaltada. Mi secuestrador mantiene su costumbre, pero antes me hace poner las joyas robadas a Cristóbal, me trata bien, dentro de la situación anómala.

Creo que está a punto de entrar. Ahora ha decidido golpear la puerta con los nudillos, como esperando a que le autorice. Me parece buena persona, ¿Estaré sufriendo lo que algunos llaman el síndrome de Estocolmo?

  • Voy a entrar —oigo decir.
  • Adelante por favor.
  • Quisiera…quisiera …
  • ¿Quiere que me desnude? ¿Quiere hacerlo?
  • Me gustaría, tal vez sea la última vez que pueda disfrutar de usted.
  • ¿Qué me dice?
  • Pues eso, que a lo mejor es el último día.
  • De acuerdo. Está bien,
  • Me alegra verla tan contenta.

Se ha plantado a los pies de la cama. Después de un primer acto me ha hecho girar y ponerme de espaldas. Mantiene sus caricias, y sin darme cuenta noto como algo rodea mi garganta, primero con suavidad y luego con fuerza. Siento un calor interno mientras comienza a faltarme el aliento, sin embargo, su peso sobre mi espalda lo evita. No se ha retirado, y noto que la cinta que rodea mi cuello no se afloja. Tengo miedo, siento frío. Ejerce más fuerza y parecer estar llegando al final. Pese a tener los ojos abiertos e intentar zafarme de la presión, una niebla aparece a mi alrededor. Ya no pienso en nada, solo veo a lo lejos, en mi cerebro, la imagen de mis dos hijas, sonriéndome mientras añado un movimiento de despedida a mi mano. Poco a poco la niebla se va oscureciendo. Creo, creo… que me estoy muriendo.

El secuestrador asesino se ha incorporado sobre la cama, baja de ella y se sienta a los pies, observa despacio el cuerpo desnudo de su víctima. Está fatigado y sudoroso. En silencio, retira la máscara de seda negra que cubre su cabeza y murmura:

  • Lo siento Isabel, me hubiera gustado estar más tiempo contigo, pero debo seguir con lo previsto. Ahora debo ducharme, luego te asearé, no me gustaría que te encontraran con restos de mis fluidos en tu cuerpo. Más tarde te vestiré, debo hacerte fotos para enviarlas a los invitados. De tu perro no debes preocuparte, murió el segundo día de tu retención.

        Lo haré muy despacio. Eso, así. Supongo que Lilian tendría la misma figura que tú. Creo que debería ponerte la ropa con la que viniste. Ya está. Lista. Espera, ahora debes sentarte ahí, y quedarte quieta, no te muevas, voy a hacerte unas instantáneas, luego elegiremos las mejores para enviarlas. Evitaremos que cambies de color con algo de maquillaje. Además, no tienes cara de terror. Creo que hacer sexo mientras te estrangulaba, ha sido un doble placer. Bueno, ahora quieta, no te muevas.

Capítulo 3

José C. Sillero es un policía municipal afecto a la Junta Municipal de Retiro. Es cabo, y desde que se incorporó a la Unidad desde el Cuerpo Nacional de Policía, dirige las patrullas que controlan y vigilan las calles correspondientes a su Junta. Está pensativo.

La mañana se ha presentado fría, y le preocupa el cambio al frente de la Unidad de Distrito, al parecer envían a un antiguo policía nacional que recientemente se ha incorporado al cuerpo, y sobre quien el Inspector Jefe tiene la intención de hacerle pasar por diferentes Subinspecciones, Inspecciones y Unidades, a fin de conocer bien la estructura global.

Según comentan algunos compañeros, al finalizar el año que entra, deberá presentar un informe con las modificaciones que, a su criterio deben realizarse. Creo que le conozco de mi antiguo puesto y confío en que no me reconozca, yo desde luego no tengo intención de hacérselo ver.

Todos mis compañeros me consideran una persona seria y poco sociable. Pues claro que soy sociable, lo que ocurre es que ellos no me gustan a mí. No me interesa la confianza y menos aún, darles cuenta de cómo es mi vida y en que ocupo mi tiempo.

Acabo de regresar del edificio contiguo, el que da a la Avenida de la Ciudad de Barcelona. Un compañero ha salido a mi encuentro.

  • Cabo Sillero, el sargento ha preguntado por usted.
  • ¿Qué quiere?
  • No lo sé. Solo me ha dicho que, si me encontraba con usted, le dijera que quiere verle antes de salir de patrulla.
  • Gracias Felipe.

El despacho de la unidad está en el nuevo edificio, en realidad todos son nuevos, pero éste se edificó totalmente, los otros solo sufrieron las modificaciones internas necesarias, luego fueron comunicados a través de un pasaje en el sótano. Antes de entrar he querido golpear la puerta con los nudillos, la gente a veces se molesta si interrumpes su íntima soledad, a mí me ocurre.

  • ¿Se puede pasar Sargento?
  •  Adelante.
  • ¡Ah! Buenos días Sillero. ¿Qué tal estás?
  • Bien. Me ha dicho Felipe que quería verme.
  •  Así es.
  • Tú sueles patrullar por la zona de El Retiro, ¿no es así?
  • Si mi sargento, en efecto.
  • Voy a pedirte un favor.
  • Claro.
  • Durante unos días presta atención y observa si la gente hace preguntas a nuestros policías.
  • ¿De qué tipo?
  • No lo sé, poco usuales.
  • ¿Como por ejemplo?
  • Por lo visto, hay unos jóvenes que van preguntando por ahí por una mujer morena, con un chucho, de esos que no tienen raza definida.
  •  ¿Por alguna causa en especial?
  •  No, pero siguen haciéndolo cada día.
  • Bien, lo tendré en cuenta. Pero ¿Por qué yo?
  • Sillero, fuiste policía nacional, tienes más preparación que el resto de tus compañeros.
  • Debo suponer que es una alabanza.
  • Yo diría que una distinción. Espero que no te moleste.
  • Ni mucho menos, Sargento.
  • Entonces presta atención durante unos días y coméntame cuanto escuches.
  • Claro, no se preocupe.

No sé a qué viene la petición, pero bueno, la tendré en cuenta, nunca se sabe. Lo que si me molesta es la constante referencia a mi antiguo puesto en la policía nacional. Desde que salí y me incorporé a la municipal, no hacen otra cosa que recordármelo. Me cansa tanta insistencia. Son las nueve de la mañana y debo ir al garaje, me espera el conductor y dos compañeros más. Además, desde que a primeros de mes comenzó el frío, es necesario forzar a los vagabundos para abandonar los rincones donde amontonan cartones para pasar la noche. Hace poco tuvimos que llamar al Samur Social, a uno de esa pobre gente lo encontramos sin apenas pulso y con una tiritona impresionante. Pudieron recuperarle, ahora parece que está fijo en uno de los albergues preparados en la Casa de Campo. Aprovecharé para indagar al resto de compañeros sobre esos jóvenes que preguntan por la mujer morena.

El conductor y yo nos hemos dirigido a una de las puertas de entrada al parque, los otros dos han decidido bajar por la Avenida del Mediterráneo. Antes de llegar al Bosque de los Ausentes, hemos tropezado con los compañeros de otra patrulla.

  • Buenos días.
  • Hola.
  • Una pregunta —dije señalando a uno de ellos.
  • Si, cabo.
  • ¿A alguno de vosotros os han preguntado unos jóvenes sobre una mujer morena?
  • Si, a mí, hace cuatro días, precisamente en este mismo lugar.
  • ¿Cómo son?
  • Son dos mujeres y dos hombres jóvenes.
  • ¿Has vuelto a encontrarlos?
  • No, pero sé que siguen preguntando. Ayer sin ir más lejos, un hombre mayor paseaba con su perro por la esquina con O’Donnell, por donde están las ruinas, y le preguntaron.
  • Está bien, gracias, nos acercaremos por esa zona. Si sabes algo de ellos por favor llámame a través de la emisora.
  • Claro, cabo.
  • Gracias, y que tengáis buen día.
  • Vosotros también.

He pedido a mi compañero apretar el paso para dirigirnos hasta la esquina con O’Donnell, esa zona es precisamente la más numerosa en mascotas. Supongo que la tienen como punto de encuentro entre diferentes perros para encontrar pareja. Cuando lo supe me hizo sonreír la situación. Espero poder encontrar a esos cuatro jóvenes.

Suerte, tuve suerte. Dos mujeres jóvenes junto a dos hombres, también jóvenes, preguntan a diferentes personas. Después de pedir a mi compañero que controle la zona más adelante, dirijo mis pasos hacia ellos.

  • ¿Puedo saber qué ocurre?
  • Nada en especial agente.
  • Entonces pueden decirme, ¿a qué viene preguntar a la gente?
  •  Por nada en especial.
  • No me lo creo. Insisto. Y discúlpenme, pero quizás pueda ayudarles.

La más joven de los cuatro, una mujer guapa y esbelta, con las manos enguantadas, se adelanta a sus acompañantes y me dice:

  • En realidad estamos preocupados por nuestra madre.
  • En qué sentido.
  • Llevamos unos días sin comunicar con ella.
  • ¿Y eso es motivo de preocupación?
  • Exactamente eso no. Pero es extraño. El comportamiento de nuestra madre nunca ha sido como el de ahora. Generalmente no sale de viaje, no tiene pareja, ni se ausenta sin decir previamente donde va. Antes solía viajar con nuestra abuela, pero desde que murió, dejó de hacerlo.
  • ¿Creen que ha desaparecido?
  • No queremos pensar en eso.
  • ¿Entonces?
  • Verá agente. Hace unos días la vimos acompañada por un hombre. Mi madre con Bigotes, su perro, y el desconocido con otro. Por eso preguntamos a esta gente, ella suele venir por el parque diariamente.
  • ¿Qué han sacado en limpio?
  • Nadie parece haberla visto desde hace días. Algunos recuerdan cruzarse con ella, pero según nos acaban de indicar, cuando el perro no tiene pedigrí, no suelen mezclarse con los que sí lo tienen?
  • Comprendo.
  • ¿Recuerdan cómo era el hombre que acompañaba a su madre?
  • La verdad, no llegamos a verlo de cerca.
  • ¿Su madre padece alguna enfermedad, o está sujeta a algún medicamento que le inhiba respuestas o provoque pérdida de memoria?
  • No señor, todavía es joven.
  • ¿Qué edad tiene?
  • Acaba de cumplir cuarenta.
  • ¡Caramba! Se casó muy joven. Quizás se haya ido con algún amigo o amante y no le interese comunicárselo.
  • Muy cierto.
  • ¿Temen que haya podido escaparse con ese hombre?
  • Algo así.
  • ¿Por qué no lo denuncian en la comisaría de la Policía Nacional?, ellos se ocupan de estos casos, nosotros no tenemos jurisdicción.
  • Es que no estamos convencidas, podría ser como usted dice, una escapada amorosa con ese u otro hombre, y temiera decírnoslo. Pero que se llevara al perro, es algo que no entendemos.
  • ¿Trabaja su madre?
  • Naturalmente.
  • ¿Y qué les han dicho allí?
  • Nada, no fue a trabajar un viernes ni llamó por teléfono.
  • Bien, poco o nada puedo hacer por ustedes, pero si podemos ayudar, solo tienen que decírnoslo.
  • Si no es molestia, seguiremos preguntando de cuando en cuando, por si regresa y la ven pasear con el perro.
  • Está bien. ¿tienen alguna foto de ella? No estaría de más tener una copia para distribuirla a mis compañeros. Suelen patrullar cada día por aquí. También podrían dejarnos un número de teléfono para avisarlos si sabemos algo.
  • Tenga —dijo ofreciendo una foto sobre la que estampó una serie de dígitos al dorso.
  • Haremos lo que podamos.
  • Gracias agente.
  • De nada. Y suerte en la búsqueda.

Voy en busca de mi compañero, y a sus preguntas le di las mismas respuestas que posteriormente señalé al Sargento. Aquel dijo que lo tendría en cuenta y éste lo mismo, aunque añadió una recomendación, la misma que yo les ofrecí a los jóvenes: ir a la policía nacional y denunciar su desaparición.

Acabé la jornada y me marché a casa. Tenía preparado un sabroso conejo a la cazadora, que me tomé con una copa de vino tinto de Valdepeñas. Luego descansé una media hora. Más tarde me ocuparé de mi entretenimiento especial. Antes creo que iré a comprar algo de pan de molde y un poco de jamón cocido.

Debo tener más cuidado, temo que en alguna ocasión descubran mi entretenimiento. Ahora creo que iré a comprar algunos artículos, espero encontrar la tienda abierta, aunque ya es muy tarde.

Menos mal, lo he conseguido. Me vuelvo a casa, la tarde ha entrado en agua y no me apetece salir esta noche, aunque la verdad, me gustaría aunque solo fuera un momento. Creo que me limitaré a cumplir con lo previsto, además, mañana tengo una reunión a primera hora con el ex compañero de la policía nacional. No me gustaría que me reconociera.

 Al día siguiente.

Acabo de entrar en la sala de la Unidad, los murmullos de mis compañeros me molestan, casi son estridentes para mis oídos, además de comentar estupideces. No quiero ni escucharlos. En fin, esperaré a que aparezca el sargento y nos de las órdenes para hoy. Menos mal que no tengo que esperar mucho. Ahí viene.

  • Buenos días a todos. Antes de repartir las órdenes de hoy, quiero señalar que el enviado por el Inspector Jefe ha mencionado superficialmente, que en la revisión de gastos con el responsable de la sección económica, han encontrado desfases respecto al control en los tangibles. Al parecer se efectuaron compras de material que no aparece en ninguno de nuestros almacenes. Consecuentemente quisiera pedir a los responsables de material diverso, concentrar esfuerzos y revisar sus anotaciones y depósitos. Lo quiere para dentro de un mes como máximo. Ahora escuchen las patrullas se dirigirán a...

No he querido seguir escuchando, ese dichoso enviado nos va a hacer la vida imposible. Es más, creo que no tendré más remedio que ponerme frente a él. Sigo confiando en que no me reconozca, ya está bien de recordatorios de cuando estaba en la policía nacional.

Por fin acaba el Sargento, menos mal que uno de mis compañeros ha ido tomando nota, pues no he escuchado nada. En realidad, no he prestado atención. Ha vuelto a tomar la palabra para pedirnos pongamos cuidado en las calles. Me recuerda a las reuniones que aparecen en las películas norteamericanas. Que absurdo.

Ya estoy en la calle, la nieve está derritiéndose, creo que la temperatura ha subido algo y posiblemente siga cayendo agua. Eso sí es necesario, al menos a mí me lo parece. Hoy recorreremos los alrededores de Pacifico hasta Atocha. Es un aburrimiento, menos mal que me entretengo con otras cosas, sino mi vida sería una estúpida cadena de acontecimientos sin importancia alguna. La gente parece tonta, no sabe solucionar sus problemas, tanto los individuales como los globales. Están quejándose siempre. Si el vecino hace ruido y hoy, él o ella se ha levantado de mal humor, ni siquiera se molesta en conciliar el asunto a nivel individual, enseguida llaman para que alguno de nosotros lo solucionemos. Si roban una tontería de sus tiendas, igual. Son unos cicateros empedernidos, en vez de gastar algo de dinero y colocar un sistema de seguridad o control de quienes entran, poniendo carteles anunciadores que sin duda sirven como vigilantes para los ladrones, o simplemente contratar a un servicio de vigilancia privada, no, nada de eso, nos llaman para que se lo resolvamos. Por otro lado, imposible, pues se ajusta más a la otra policía, pero eso sí, nos hacen perder el tiempo. ¡Qué sociedad más adocenante! En fin, iniciaré la patrulla y esta tarde iré a lo mío.

Capítulo 4

Roberto H. C. está revisando el expediente de la mujer asesinada, pero un nudo en la garganta le hace pensar un instante en su compañera. Sin darse cuenta…

En ocasiones pienso que tanto avance tecnológico nos convierte en vagos. Ahora mismo no recuerdo el teléfono de casa para llamar a Celia. Al supeditar todo a las memorias de nuestros teléfonos y ordenadores, llegará un momento en que nos colapsemos, si llegaran a faltar. Debo ejercitar mi memoria cerebral un poco más. Por supuesto que la tengo buena, pero sin querer, dejo para los aparatos algo que debería ser principal, como es poder llamar a mi familia, sin necesidad de apoyarme en ellos, ¡qué le vamos a hacer!

  • Hola, cariño.
  • ¿Cómo me llamas tan temprano? ¿sales ya de la oficina?
  • No. Solo quería escucharte, te echo de menos.
  • Pero cielo, si solo han pasado unas horas desde esta mañana. ¿O es que te ocurre algo?
  • Nada en especial, ya sabes, mi trabajo. Pero obviándolo, tengo unas ganas tan enormes de escucharte que no he podido remediarlo, y como dice Aute, en una de sus canciones, con un teléfono a mano, no lo pude resistir.
  • Si eso nada más, estupendo.
  • Me gustaría escucharte reír.
  • Pero bueno, crees que soy un mono para pedirme cosas así.
  • Discúlpame cariño, soy un egoísta.
  • Es broma, no estoy molesta. ¿Qué te ocurre?
  • La verdad, me voy a meter en algo difícil, me temo, y antes de entrar, no sé, escucharte reír siempre ha sido como un acicate para mí.
  • Te encuentro triste, cielo.
  • No, no lo estoy, solo preocupado. Y eso que aún no he empezado.
  • ¿Puedes contármelo?
  • Sabes que no puedo hacerlo.
  • Entonces, solo recordaré un chiste y sonreiré para ti.
  • Gracias mi vida. Te quiero.
  • Y yo a ti.
  • Nos vemos esta noche, creo que también te invitaré a cenar fuera.
  • Como quieras.

El nudo en su garganta continua, y sigue pensando.

Tal vez, al acercarse las fiestas navideñas, estoy más sensible de lo normal. Y eso que tengo cuanto puedo necesitar, una esposa maravillosa y una hija, que, pese a no ser de mi propia sangre, la quiero tanto como a su madre. Pero no sé, veo que Celia se ha dado cuenta y no tengo explicación alguna. Será mejor que me ocupe del sobre que me ha dado Ignacio.

He vuelto a sacar la carta del asesino retador. La foto también. Es una mujer morena y aparentemente guapa, esbelta. Pero espera, creo que noto algo en su rostro. Voy a pedir a Luís Pinillas que la digitalice, así podré analizarla con más detalle. El fondo que aparece en la foto es extraño, y ella, sobre todo, tiene algo que no alcanzo a descubrir.

Levanto el teléfono y marco la memoria cero uno cero uno, que corresponde a Luís.

  • Necesito de tu experiencia. ¿Puedes acercarte por aquí?, estoy en mi despacho.
  • Claro, ahora mismo.

Es rápido y eficaz este hombre. No han transcurrido tres minutos y ya está llamando.

  • Dime Roberto, ¿Qué necesitas?
  • Alguien prepara una serie de asesinatos en cadena. Mira, lee esta carta que acabo de recoger de nuestra antigua comisaría.
  • Asunto difícil — dice al cabo de unos segundos.
  • Y que lo digas. Lo peor es, que me ha mandado la foto de una mujer y veo en ella algo extraño. Quisiera que la digitalizaras y examinaras. El fondo de donde está y sobre todo la cara de ella, me parecen raros.
  • A ver, déjame que la eche un vistazo antes.
  • Toma, es una copia, la original se la ha quedado Ignacio para analizar huellas y rastros.
  • Roberto esta mujer no tiene vida, la foto debieron hacérsela cuando estaba muerta. Ya sabes que no soy muy listo en asuntos de crímenes, pero en este caso su cuello parece tener una línea morada y sus ojos. Sus ojos no miran. He visto y analizado muchas fotografías Roberto, y esta se parece mucho a las que pasaba a mi programa de identificaciones, y la mayoría de ellas eran de gente fallecida.
  • Gracias, me ha sido de gran ayuda. Hazme eso y la cargaré en mi sistema.
  • No tardaré mucho.

Me sorprende Luís. Siempre lo hace, si no como en este caso, si con sus incursiones en ese difícil campo de la comunicación, medios e informática. En realidad, lo esperaba, sigue siendo tan buen elemento como siempre. Mientras regresa creo que comprobaré el envío del comisario Herranz. Veré si ha llegado. Pulso el encendido del ordenador, ahora con la pantalla plana, grande y sin brillos. ¡Hombre! Acaba de entrar el correo con varios archivos.

      Luís me pilla descargando las fotos y guardándolas en una carpeta abierta con el nombre de Colector y un vide en Herranz. Mira la pantalla y creo que, efectivamente estoy algo pesado y lento en mis apreciaciones. Ha tenido que ser él quien advierta que la mujer aparecida en el colecto, es la misma de la foto enviada por el asesino.

  • Es cierto Luís. Es la misma mujer.
  • ¿Quién te las manda?
  • Un comisario que investiga la aparición del cuerpo en un colector que desemboca en una de las plantas de tratamiento de aguas de saneamiento de Madrid. Me dijo que tenía la impresión de algo raro. Yo también, y creo que este caso me va a amargar las navidades.
  • No sé cómo. Este canalla no creo que descanse por entrar en fiestas.
  • ¿No se lo vas a dejar a ese comisario?
  • Me ha retado a mí, no a Herranz. Además, me dice que soy responsable de este asesinato y de los que vengan.
  • Lo siento por ti.
  • ¿No piensas ayudarme?
  • Claro Roberto, solo que no me gustaría estar en tu pellejo durante la investigación.
  • Ahora déjame solo unos instantes, necesito analizar con detenimiento todo esto. Además, debo llamar a José María para decirle que investigaré este caso.
  • ¿Cómo antiguamente?
  • Casi.
  • ¿No será?
  • No lo creo.
  • ¿Quieres que active la alarma?
  • No estaría mal, aunque dudo sea él. No coincide con las notas que me mandaba.
  • De todas formas, la activaré inmediatamente.

Luís sigue a mi lado, seguramente esperando a que tome alguna decisión. Y la verdad, no sé qué hacer, todo esto me pilla de sorpresa. Es posible que deba aplicar mi antiguo protocolo. Llamaré primero a José María para decírselo, más tarde haré lo mismo con Herranz y por último a Ignacio. A él debo advertirle se mantenga atento y vigilante, debemos conocer cualquier desaparición por extraña que parezca, es muy posible que este canalla, a quien espero no conocer, nos ofrezca alguna pista aun sin quererlo. ¡Vaya navidades que me esperan!, y eso que me las prometía tranquilas, al menos en el trabajo. Me gusta, pero a veces me lleva más tiempo del que quisiera. Sobre todo, ahora con la boda de Elena y la preocupación de Celia.

© Anxo do Rego 2021. Todos los derechos reservados.

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  1. […] 15 Nº 14 Nº 13 Nº 12 Nº 11 Nº 10 […]

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