Así comienza… La falcata de Viriato

LA FALCATA DE VIRIATO

De  Anxo do Rego 

Intriga histórica.


SINOPSIS:

La historia nos habla del caudillo llamado Viriato, definido como un pastor lusitano que luchó contra los ocupantes romanos. Sin embargo su aparición en la historia surge en un determinado momento, no se conoce dato alguno anterior. Aparece un Viriato hecho hombre, fuerte y luchador. Nacen varias preguntas: ¿Cómo llegó a utilizar estrategias contra el imperio romano? ¿Cómo aprendió el manejo de la falcata, la espada que fuera copiada y adoptada por romanos y griegos?

Esta es la narración de esos años de infancia y juventud que enlazan con su edad adulta en las luchas por defender su tierra, su familia, amigos y resto de las sociedades tribales en plena Edad del Hierro frente al invasor romano. Todo ello sin apartarse un ápice la realidad histórica desde su conversión en Régulo, un caudillo.

Falcata: Espada de hierro originaria de Iberia, relacionada con las poblaciones celtíberas anteriores a la conquista romana. Sus dimensiones son similares a la gladius, espada corta usada por los romanos, de aproximadamente medio metro. Los romanos se sorprendieron por la calidad del hierro hispano, así como su capacidad de corte y flexibilidad. Las planchas de hierro se sometían a un proceso de oxidación, enterrándolas bajo el suelo durante dos o tres años para eliminar las partes más débiles del hierro. Se forjaba uniendo tres láminas de hierro en caliente, la central algo más larga para confeccionar la empuñadura. No existían dos falcatas iguales, se fabricaban de encargo y por tanto tenía las medidas según el brazo del dueño. Tanto los griegos como los romanos la adoptaron para sus ejércitos.


A mi querida Gloria MB


La excelencia moral es resultado del hábito.

Nos volvemos justos realizando actos de justicia;

 templados, realizando actos de templanza;

valientes, realizando actos de valentía.

Aristóteles


INITIATION

Hispania Citerior. Año 129 a.d.n.e.

            Alucio, un anciano lusitano cuya edad está muy cerca de los ochenta y cinco años, acaba de abrir los ojos. La noche que ha pasado junto al fuego central de la choza, incómoda, abierta por el techo, con un jergón de hojas donde reposar el cansado cuerpo, estuvo llena de sueños. En su rostro aún permanecen las huellas del recuerdo. Los años han pasado tan rápido que a veces confunde las fechas al rememorar los hechos.

            Junto a una manta de pieles de borrego, cosidas por diestras manos, tiene un pequeño bulto escondido. No es muy grande, su longitud posiblemente no alcance más allá de la extensión del brazo de un hombre adulto. Su anchura aún es menor, equivale a una cuarta. Una soga, gastada y sucia, sujeta y oculta su contenido, lo hace de arriba abajo y de un lado a otro.

            Como cada mañana, una mujer joven del poblado acude a la choza para calentar en un recipiente un poco de leche de oveja recién ordeñada. Se lo ofrece junto a los restos de una torta de trigo, que el anciano intenta triturar con los pocos dientes que aún conserva en su boca. Al terminar. 

—¿Estás preparado?

—Como siempre, mi querida Kara.

—Entonces, apoya tu brazo en mi hombro y salgamos. No olvides el bulto.

—Descuida. Hoy es el día.

—Así es. Te esperan todos.

—¿Los jóvenes también?

—Todos, parece un día de fiesta. Se han puesto sus mejores vestiduras y están deseosos de escucharte.

—¿También tú?

—Desde luego.

—Entonces aligeremos el paso —dice sonriendo.

            Kara ha pasado casi toda su infancia y juventud en aquella aldea. Ahora forman parte de una provincia romana. Las guerras han acabado y pese a que muchos hombres se han dejado la vida, ella como tantas otras mujeres, ha sobrevivido por saber defenderse. Apenas les ha faltado comida, a ella menos. Kara es conocida como la hija de un caudillo arévaco, y como tal, siempre la han respetado y facilitado ayuda y alimentos. Aún resuenan en los oídos de todos esos celtiberos, la gesta de la capital Numantia de hace cuatro años.

            El lugar donde esperan a Alucio, no está muy lejos de la torre de vigilancia. Es una explanada donde los jóvenes se ejercitan en el noble arte de la lucha a espada. Su lento caminar obedece al deterioro de sus piernas, la edad no le ha perdonado y los esfuerzos realizados durante su vida, ahora reclaman con dolores impidiéndole caminar correctamente. De vez en cuando lanza unos improperios señalando a sus lentas piernas culpables de la situación.

            El dirigente arévaco Olónico; a quien los romanos visitan con frecuencia para requerirle el pago de los tributos de la ciudad de Sekobirikes; al ver llegar a Alucio recostando su brazo derecho en el hombro de Kara, se levanta y acude en su ayuda.

—Dame ese bulto, yo lo llevaré.

—No pesa, no te preocupes.

—Como prefieras.

            Kara abandona la compañía del anciano. Como el resto de las mujeres esperan alejadas hasta situarse en una segunda línea, detrás de los hombres. Los oídos de todos están pendientes de las palabras que prometió decirles. Hoy, como señaló, será el momento de descubrir lo que oculta el bulto que sujeta con su brazo izquierdo.

            Han dispuesto un banco para que se siente mirando al oeste, hacia su querida Lusitania. A su espalda, una roca le servirá de respaldo y abajo, en el suelo, un par de odres con agua y leche para saciar su sed.

            Le lleva un rato largo alcanzar el banco. Al llegar toma asiento y deja a su lado derecho el bulto atado. Un silencio desconocido hasta ese momento llena aquel lugar, ni tan siquiera se oyen los balidos de las ovejas cercanas. Todos esperan las palabras del anciano Alucio.

—Mis queridos amigos. No sé si ha sido Endovélico y Lug[1], quienes han comenzado a llamarme ante su presencia. Mis piernas apenas pueden sostenerme y cada día el cansancio llena todo mi cuerpo. Creo que pronto cruzaré esa línea tan ligera que separa la vida de la muerte. Sin embargo me molesta pensar que no moriré en combate. Me habría gustado que mi cuerpo reposara junto al de muchos guerreros y que en la próxima noche de plenilunio se celebraran mis exequias con cánticos y honores, según vuestras costumbres,  o que siguiendo las lusitanas, mi cuerpo fuera incinerado en una elevada pira. Pero no puedo pedir tanto, al fin y al cabo solo soy un humilde hombre. Perdonarme. Os prometí hace tiempo que os contaría una historia. La historia de un verdadero héroe. Esto que ahora oculto, forma parte de esa historia. Cuando acabe de contarla lo descubriré.

   Hace tiempo, más del que quisiera, escuché y viví lo que a continuación os relataré.

CAPITULO  1 

Lusitania. Agosto del año 180 a.d.n.e.

            Mientras los pretores[2] de la Hispania Romana, Tiberio Sempronio Graco y Lucio Postumio Albino, batallaban contra los celtiberos e intentaban conquistar más tierras para la república romana, en plena primera guerra celtibera[3], en un castro lusitano situado al oeste de la península, alejado de las contiendas, vivía junto a sus respectivas familias, un matrimonio formado por Vísmaro y Alanis.

            Él pastoreando. Ella, ayudando como el resto de las mujeres al mantenimiento del castro. Ambos forman parte de una gens[4], y como matrimonio desde hace catorce meses, desean con ahínco el nacimiento de su primer hijo, para iniciar con él, la creación de su propio grupo familiar, una nueva gentilates[5] .

            Generalmente Vísmaro, como la mayoría de los miembros de su gens, pasa mucho tiempo con el ganado, alejado de la castella [6]. Pese a ser un grupo tribal lusitano menor, separado de otros más numerosos y mayores, mantienen sus costumbres gentilicias, comer y dormir en comunidad. Lo primero, sentados en bancos corridos adosados a las paredes en torno a una hoguera central, alrededor de la cual, al llegar la noche también duerme el grupo. Ambos, como el resto de individuos, mantienen un destacado orgullo al expresar su nombre, se jactan de pertenecer a su gens, un grupo de parentesco muy amplio, con antiguos predecesores celtas. A su nombre acostumbran a añadir, de Salliacum.

            Su aldea o castro solo tiene una mínima torre de vigilancia en el centro. No obstante de poco o nada les sirve, solo hay gentilicios, sin ningún grupo militar de importancia. Por esa razón la asamblea popular solo la forman los ancianos, aunque en realidad está constituida

por propietarios de grandes rebaños con importantes clientelas [7].

            El Viros [8], en la última reunión mantenida con la asamblea popular, decide que Vísmaro y cuatro pastores más de la aldea, deben alejar al ganado para mantenerlo fuera del alcance de los romanos. Recientemente han llegado noticias del este de aldeas arrasadas por los invasores, quienes después de matar a los habitantes celtiberos, confiscan las reses para pasar a engrosar sus rediles y abastecer los estómagos de sus soldados.

            Después de la reunión, mandan llamar a los cinco pastores para darles la noticia. Los cinco hombres atraviesan la puerta de la cabaña y esperan en silencio. Uno de los miembros de la asamblea popular los invita a sentarse.

—Sentaos, el Viros, desea comunicaros la decisión que acabamos de tomar.

            Vísmaro, al igual que sus cuatro compañeros, ocupa uno de los bancos de madera, el más cercano a la hoguera que no deja de crepitar. Él hace unos minutos que abandonó la compañía de su esposa Alanis, ya muy pesada, con un vientre enorme que dificulta sus movimientos. Apenas quedan dos semanas para que nazca su hijo. Es la fecha prevista por la partera, y también la sensación que ella misma tiene sobre su estado de gestación.

            Después de sostener una conversación con el grupo de ancianos, el magistrado, con la aquiescencia de todos, toma la palabra.

—Esta asamblea popular y yo, como Viros del poblado, hemos tomado la decisión de unir todos los rebaños y apartarlos de la codicia del invasor romano. La razón de esta asamblea es para que, de forma conjunta, preparéis la salida dentro de dos días. Tomareis dirección oeste y luego iréis al sur, a tierras donde los pastos sean suficientes para pasar el otoño e invierno, y solo cuando las flores de primavera devuelvan vida a los árboles, uno de vosotros regresará al poblado para recoger noticias y nuevas instrucciones.

            Vísmaro nota como la tristeza invade todo su ser. Esa decisión le separa de su querida Alanis, le condena a no ver nacer a su hijo. Quiere protestar, pero solo su cerebro escucha las palabras que se oponen al momento y medida adoptada por el Viros. Todos asienten, mantienen silencio, y a una invitación, abandonan la cabaña para continuar con sus respectivas obligaciones.

            De los cinco pastores, solo él está casado, ninguno más tiene compañera, son más jóvenes que él. Como si se tratara de un regalo, salen casi danzando de la cabaña. Corren para comentar de inmediato la noticia a sus familiares más cercanos. Vísmaro sin embargo camina en silencio, con la cabeza agachada y sus ojos pendientes de los pasos que da. Pronto encuentra la cabaña que momentos antes abandonara.

—¿Qué ocurre?  —pregunta Alanis.

—Dentro de dos días debo abandonar la aldea junto a cuatro hombres más, con todo el ganado agrupado.

—Esperaba que estuvieras aquí para cuando naciera nuestro hijo.

—Yo también, por eso retrasé mi incorporación como pastor de nuestra familia, pero es una decisión conjunta de la asamblea y el Viros. No puedo negarme.

—Lo sé. No te preocupes. Nacerá bien. Será un buen lusitano, fuerte como su padre.

—No nos veremos durante mucho tiempo.

—Eso no debe preocuparte, esperaremos.

—Ahora debo marcharme, hablar con las otras familias y agrupar los rebaños.

—Haz lo que debas, esposo.

            Al ocultarse el sol, después de la comida del día y al calor de la hoguera, el grupo familiar conversa sobre lo que él y otros harán pasadas esas dos jornadas. De los comentarios hechos, algunos van teñidos de temor. Miedo a que los romanos hagan acto de presencia en su ausencia, hecho que solo ofrecerá consecuencias nefastas.

            Aquella noche Alanis abraza a su esposo con más fuerza que nunca. En sus besos y caricias hay más que deseos de volver a estar juntos, la esperanza de encontrarse los tres, sin los invasores romanos.

            La aldea en pleno sale a despedirlos temprano. Vísmaro, como decano del grupo, recibe de manos del Viros dos téseras [9].

—Os ayudarán cuando atraveséis el territorio de alguna ciudad o población menor —dice— Con ellas haréis valer el acuerdo de hospitalidad acordado, si llegarais a necesitarlo.

—Confío en que no lo sea.

—Poner cuidado y no las dejéis en manos ajenas.

—Claro.

—Que tengáis buena campaña.

            Alanis no puede retener el sentimiento de tristeza que, favorecido con lágrimas, no dejan de bañar sus mejillas. Se alza sobre una roca y apoya uno de sus brazos sobre el hombro de su cuñado para no caer. El otro lo agita con energía mientras su esposo vuelve su cabeza a cada paso, y con ello, fijar en su retina la última imagen de su esposa, madre de su primogénito.

            Dos horas más tarde ella no consigue sacudir la tristeza que le embarga, y él, con un sentimiento parecido y oculto, dirige el ganado hacia tierras libres de invasores.

            Tres días después de su marcha, posiblemente con motivo de la preocupación y tristeza, el cuerpo de Alanis siente que su hijo pugna por nacer. Los avisos del parto, traducidos en dolores incesantes, ponen en alerta a toda la cabaña. Una de las mujeres va en busca de la partera. Tres horas más tarde viene al mundo un robusto niño, con el cabello negro, quien al ver a toda la familia a su alrededor, rompe a llorar con energía, como barrunto al entrar en un mundo cruel y desconocido.

—Me gustaría avisar a Vísmaro, no puede estar muy lejos —dice entrecortadamente Alanis.

—No es posible —aduce el más anciano del grupo— El Viros ha prohibido toda comunicación hasta la primavera. Solo en esas fechas volveremos a ver a quienes se fueron.

—Lo lamento —dice Alanis entre sollozos.

—¿Qué nombre pondrás a tu hijo?

—A su padre le gusta Viriato[10].

—Pues sea ese su nombre, a partir de éste momento se le conocerá como Viriato. Quiera Lug[11]  que tu hijo crezca con fortaleza.

—Yo también se lo pido.

            El otoño primero y después el invierno, mantienen en alerta a Vísmaro y sus cuatro compañeros. La vida discurre sin contratiempos, es suficientemente placentera. No tienen ocasión de encontrarse con el invasor, como tampoco utilizar las téseras. Las gentes con quienes se cruzan hablan la misma lengua e idénticas costumbres. Algunos incluso les ofrecen pescados en salazón llevados desde Lisso[12], hecho que modifica la constante e idéntica dieta diaria.

            Por el mes de marzo, cuando los primeros brotes primaverales se hacen patentes, Vísmaro pide a sus compañeros abandonar las estribaciones del Monte Herminius[13]. Se encaminan hacia el norte y posteriormente al este. Toman de nuevo dirección norte hasta recluirse en una zona repleta de pastos, oculta a los invasores. Desde allí y con suficiente tiempo, alcanzará la aldea abandonada a mediados de Agosto pasado, tal y como pidió el Viros. No llegan a cruzar la línea fluvial del Douro. Los deja suficientes instrucciones para mantenerse alerta durante su ausencia. Al amanecer de un día del mes de Abril, inicia el regreso a la aldea.

            El viaje lo hace atravesando bosques, eliminando cualquier posibilidad de ser visto por los romanos, y solo cuando se convence de no encontrarlos, sale a campo abierto, a pocas leguas de la aldea. Aprovecha la caída del sol para adentrarse en la población. Su primera y obligada acción, es dirigirse a la cabaña de su familia. Mientras Alanis prepara al hijo para que conozca a su padre, él visitará la asamblea popular para dar cuenta de las novedades y recibir nuevas instrucciones.

            Ha sido una buena campaña, nacieron muchas crías durante la estancia en los valles de la sierra y sus alrededores —dice—. Al acabar y tras recibir las felicitaciones correspondientes, le autorizan a visitar a su familia. Camina nervioso, deseoso de encontrar a su gente, sobre todo por conocer a su primogénito. Recuerda que Alanis dijo que nacería varón y sería tan fuerte como él.

            Todos desean participar en el encuentro. Su esposa le recibe frente a la puerta de la cabaña.

            Al pisar las losas suenan como timbales. Anuncian el intenso momento tantas veces imaginado, cuando durante casi nueve meses cerraba los ojos para dormir. En sus brazos un niño grande como imaginó, juguetea con los cabellos de su madre, mientras ella trata de señalar al hombre que se acerca. Sus ojos, acostumbrados a no verla después de tanto tiempo, desean comprobar lo hermosa que es. Las curvas de su cuerpo la mantienen esbelta. Le parece más bella que cuando abandonó la aldea. Los golpes que recibe en sus hombros por los familiares al pasar por el pasillo abierto por ellos, no son suficientes para detenerlo. Vísmaro cruza hasta la puerta y se dirige hacia su esposa e hijo.

—¡Es Viriato, tu hijo! ¡Toma! ¡Cógelo en tus brazos! necesita saber quién es su padre. Desde que nació no he permitido a ningún otro hombre, familiar o no, lo tuviera en los suyos —dice sin esperar a abrazarle.

—Gracias Alanis, esposa mía.

            El niño sin asustarse pasa a los brazos de su padre, le mira con atención y después, como si supiera que años más tarde sería protagonista de la historia de su pueblo, se lanza al cuello de Vísmaro y se estruja contra él. Luego gira la cabeza y espera a que su madre y resto de familiares sonrían felices por sorprendidos. Nadie le ha sugerido que debía hacer cuando su padre apareciera.

            Sin soltar a su hijo, avanza los dos pasos que le separan de Alanis, la abraza con fuerza contenida y sujeto cariño, al tiempo que lanza un sonoro ¡gracias esposa! por este hijo.

            La familia prepara una comida especial dedicada a Vísmaro, no quieren agregar cánticos ni añadir algarabía, son conscientes de la ausencia de cuatro miembros más de la aldea. Esperarán su regreso para reunirse todos y celebrarlo, una vez que la asamblea decida qué hacer con el ganado.

            Después de almorzar y solazarse del viaje, Vísmaro sale de la cabaña, recorre la distancia que le separa de una roca, aquella donde años atrás escondiera su pequeño tesoro. Tras descubrirlo, lo envuelve en una arpillera y regresa a la aldea. Se sienta junto a su esposa e hijo y con palabras solemnes, extrae del hatillo un bulto. Lo desata y expone a la vista de los presentes. Añade.

—Esta falcata [14]  es para ti, hijo mío. Tú, Viriato, portador de brazaletes, serás quien la maneje. Nunca supe hacerlo, quise aprender y aunque tuve a quien pudo enseñarme; y mis días podrían haber cambiado en esa dirección; decidí que sería mi hijo quien la utilizara. Mi padre encargó hacerla para mí, ahora te la cedo. Espero que tu brazo, cuando crezcas, sea tan largo como el mío. Deberás saber emplearla con habilidad y fuerza. Detenta una condición especial, pero no es el momento para descubrírtela, hijo mío. Solo cuando llegues a la madurez y la empuñe tu brazo, averiguarás de que se trata. Sin duda alguna, mi sueño es que nadie pueda doblegarte mientras tu mano la sustente.

            Los presentes guardan silencio. Al acabar, preguntar la razón del misterio que encierra aquella falcata, pero Vísmaro no quiere hablar. Su esposa sonríe y atrapándole por una mano, le invita a abandonar la cabaña junto a su hijo Viriato.

            El tiempo transcurre sin apenas advertirlo. Él no alcanza a saber que datos maneja la asamblea, ni debe preguntar las razones para ocultar el ganado y regresar meses después.

            Desconoce que los arévacos [15] , situados al este y centro de la península, luchan contra el invasor romano. Mientras se ocuparan de ellos, los lusitanos no correrían peligro, razón suficiente para volver a traer al ganado junto a la aldea. Esa fue precisamente la orden que recibió Vísmaro, regresar junto a sus cuatro compañeros y la totalidad de los rebaños. Desconoce asimismo la resistencia que los arévacos protagonizaron frente a los cartagineses primero y posteriormente ante los romanos, en su afán por conquistar la península.

            Su hijo acababa de cumplir su primer año de vida, cuando entró en la aldea cumpliendo el mandato de la asamblea. En ella se mantiene hasta la entrada del invierno, época en que debe buscar lugares propicios para el descanso del ganado en esa época, donde los pastos sean suficientes.

            Sin embargo, cuanto le rodea parece encontrarse en una gran olla sobre fuerte fuego, a punto de entrar en ebullición y comenzar a derramar el contenido.

CAPITULO  2

Lusitania, años 168 a.d.n.e. y siguientes.

            Los años pasan con una rapidez difícil de advertir por Vísmaro. Es feliz junto a su hijo Viriato y su esposa Alanis. Apenas tiene tiempo de confeccionar a su hijo unas abarcas con que calzarlo, cuando debe proveerse de nuevo material para hacer otras. Su cuerpo crece con tanta rapidez, que apenas tiene ocasión de romperlas.

              Cuando el ganado pasta cerca de la aldea, lo lleva con él al iniciar la jornada hasta su regreso al caer el sol y meterlo en los rediles, a las afueras de la aldea. Siente como los días escapan como agua en una cesta de mimbre.

            Viriato es un niño inquieto, fuerte y decidido. No cesa de formular preguntas, y cuando su padre no alcanza a responderlas, éste consulta a sus mayores para facilitarle la idónea. Vísmaro carece de suficientes conocimientos, aunque comprende y analiza con posterioridad, cuanto escucha de labios de sus mayores, y como no, de cuantos pastores que, como él, cada temporada de verano e invierno, viajan con sus rebaños en busca de pastos frescos, con quienes comparte noticias.

            Mientras Viriato inicia el camino de ser hombre, la Hispania Romana es gobernada por los pretores, Marco Titinio Curvo en la provincia citerior y Tito Fonteyo Capiton en la ulterior, a quienes Roma tiene que enviar refuerzos de tropas, habida cuenta de las numerosas sublevaciones celtiberas.

            Estos pretores, al menos Titinio Curvo, se ocupan no solo de arremeter constantemente contra los pueblos celtiberos, sino de expoliar para sí cuanto oro y plata encuentran en el camino. Pese a las numerosas reclamaciones hechas por los tribunos romanos, ni este pretor, ni algunos más que gobernaron con anterioridad, son castigados. Sí juzgados, pero considerados inocentes. Titinio Curvo se destierra voluntariamente y se aleja de territorio romano. Ante la esquilmación que sufre la Hispania ocupada, el senado romano opta por asignar a unos patronos que defiendan los intereses hispanos. Para ello nombra a Poncio Catón, Cornelio Escipion, Emilio Paulo y Sulpicio Galo. Los tres primeros, conquistadores y saqueadores de Hispania. Todo sigue en manos de los invasores, sobre todo la abundancia. Mientras la mayoría de las poblaciones celtiberas, para procurarse alimentos y cubrir sus necesidades, deben arremeter contra tribus de la misma familia celtibera.

            Vísmaro piensa que es el momento propicio para iniciar a su hijo Viriato en el manejo de la falcata.

            Un día, al tropezarse con otro pastor, durante el descanso junto al fuego de la hoguera, comentan.

—¿Tienes mujer e hijos?

—Naturalmente ¿Y tú?

—También. Un hijo al que llamo Viriato tiene ahora doce años, aunque podría decirse que en tamaño casi me supera.

—¿Es pastor como nosotros?

—De momento si, aunque me gustaría prepararlo para la milicia.

—¿Has oído algo?

—Nada que no sepas ya. Los invasores siguen haciendo de las suyas, cada año envían a un procónsul, como dicen llamarlos, y como consecuencia de sus atropellos, somos más pobres. Acabarán con nuestros rebaños y nuestras aldeas. Cada momento que pasa están más cerca. Apenas podemos viajar al este o al sur.

—Ya me ves a mí, invado vuestras tierras de pastoreo por esa causa, ir al este significa perder el ganado y tal vez la vida.

—Y nosotros cada invierno debemos bajar más al sur, con el temor a encontrarnos con los romanos, siempre hambrientos y nunca saciados.

—Y tu hijo, ¿Cómo no está contigo?

—Estos días se quedó con los ancianos, le enseñan, es un niño muy inteligente, fuerte y muy inteligente.

—Pues debería aprender a manejar los rebaños como su padre.

—Y también a manejar la falcata, es posible que la necesite para defenderse.

—¿Le enseñarás tú?

—¡Quiá! ni siquiera se empuñarla.

—Se de alguien que podría hacerlo.

—¿Quién?

—Alucio. Vive en una cueva, en el Cerro de las Espadas.

—¿Le conoces bien?

—Claro. Lo extraño es que no lo conozcas.

—Nunca tuve tiempo de otra cosa que no fuera el pastoreo.

—Pues pertenece a una gentilate de tu aldea.

—Me gustaría hablar con él. Preguntarle si está dispuesto a enseñar a Viriato el manejo de la falcata.

—Podemos acercarnos al mediodía de mañana, mientras descansa el ganado.

—Gracias Elbio.

            Al despertar la mañana siguiente, Vísmaro pide a su compañero iniciar el camino hacia el Cerro de las Espadas. Almuerzan junto a los rescoldos de la hoguera y al acabar, cada uno con su rebaño, se dirigen en dirección este para alcanzar la cueva donde vive Alucio.

            De vez en cuando, paran y dejan los rebaños al cuidado de los caos[16]...

[1] Deidades celtiberas.

[2] Gobernador de una de las zonas o provincias  controladas por los romanos, denominadas Ulterior y Citerior.

[3] Durante los años 181 a 179 a.d.n.e., Roma inicia una guerra contra los celtiberos (vacceos, bettones y lusones) dada las sublevaciones de estos contra el invasor. Roma trata de impedir la unión de dichos pueblos y su expansión hasta el Valle del Ebro y el Levante Ibérico. Así en el año 179 a.d.n.e. Tiberio Sempronio Graco, derrota a la coalición celtibera en la batalla de Moncayo acabando con la expansión celtibera.

[4]  Gens (familia) Organización social cuyas relaciones se basaban en el parentesco. Constituían grupos consanguíneos, descendientes de un antepasado común. Sus miembros formaban un amplio grupo.

[5] Gentilates. División menor de una gens.

[6] Castro o asentamiento urbano menor del pueblo celtibero.

[7] Comitivas de carácter militar, constituidas en torno a individuos importantes de la comunidad tribal. Sostenían una relación contractual basada en la riqueza y posición social de ambas partes. Normalmente el jefe debía alimentar y vestir a sus seguidores, mientras éstos le debían apoyo incondicional.

[8] También denominado Veramos, era el magistrado ocupado en administrar la ciudad o grupos de aldeas

[9] Láminas de metal con figuras de animales o manos enlazadas. Representaban el documento que constituía un pacto contractual de hospitalidad u hospitium  acordado entre ciudades o poblaciones, al que se unían gens o gentilates

[10] Viriato, nombre celta que significa el portador de los viria (brazaletes). Los celtas apreciaban los brazaletes de plata y oro.

[11] Como celtiberos lusitanos, antes de la romanización no abandonaron las costumbres celtas, y entre otros adoraban al dios Lug y la diosa Matres.

[12] Lisboa, conocida por su nombre fenicio Allis Ubbo. También se la llamó Lucio que como Lisso, era nombres derivados del río Tagus.

[13] Zona actualmente conocida como Serra da Estrela.

[14] Espada de hierro originaria de Iberia, relacionada con las poblaciones ibéricas y celtiberas anteriores a la conquista romana. Sus dimensiones son similares a la gladius, espada corta usada por los romanos, de aproximadamente medio metro. Los romanos se sorprendieron por la calidad del hierro hispano, así como su capacidad de corte y flexibilidad. Las planchas de hierro se sometían a un proceso de oxidación, enterrándolas bajo el suelo durante dos o tres años para eliminar las partes más débiles del hierro. Se forjaba uniendo tres láminas de hierro en caliente, la central algo más larga para confeccionar la empuñadura. No existían dos falcatas iguales, se fabricaban de encargo y por tanto tenía las medidas según el brazo del dueño. Tanto los griegos como los romanos la adoptaron para sus ejércitos.   

[15] Los Arévacos eran una tribu perteneciente a la familia celtibera. Sus asentamientos se situaron entre el sistema Ibérico y el valle del Duero. Eran fundamentalmente agricultores y sin embargo la más poderosa y agresiva de las tribus celtiberas. Consideraban humillante morir de enfermedad y glorioso hacerlo en combate.

[16] Termino equivalente a can, perro

© Anxo do Rego. 2020. Todos los derechos reservados.

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