Así comienza…KERAUNOS

KERAUNOS

por Anxo do Rego

7ª novela de la Serie «Roberto HC»


Sinopsis:

Roberto HC se ve inmerso en una investigación de alcance internacional. El padre de un joven físico, Lizer Frago, ha sido asesinado en su domicilio de Teruel. El joven sospecha de gente enviada por la empresa donde trabajó, a quien en su momento presentó un proyecto sobre acumuladores de energía producida por el deuterio, isótopo del hidrógeno, que rechazaron.

Lizer desde que abandonó la empresa, se mantiene trabajando en el proyecto. Para ponerlo al día viaja a Moscú para confrontar sus notas con las del profesor que tuvo en los cursos máster en física nuclear. El llegar dias más tarde, el profesor ha sido asesinado.

Casualmente aparece en su vida, Paula, antigua compañera y novia de la Facultad de Física de la universidad de Valencia.

Roberto HC recibe por indicación del padre de Lizer, antiguo profesor de criminalística de Roberto,  una documentación supuestamente importante. Intentará ayudar en la resolución del asesinato.


Para Gloria MB


Cum finis est licitus etiam media sunt licita

(Cuando el fin es lícito, también lo son los medios)

Hermann Busenbaum


Capítulo 1 

Aparcó el coche, retiró la llave de contacto, salió y cerró la puerta. Esperó unos segundos para mirar a ambos extremos de la carretera. Temía que le hubiesen seguido. Tras comprobar que estaba solo, avanzó a través de los matorrales de jara. Su olor aceitoso y profundo le acompañó hasta la entrada de la casa.

Encontró la puerta cerrada, sin embargo, al introducir la llave, comprobó que sus temores se cumplían, no le hizo falta girarla. Empujó la hoja de madera y ante sus ojos apareció un amplio desorden. el caos. La habitación que, hacía las funciones de comedor, sala de estar y cocina, estaba revuelta. Los armarios abiertos dejaban ver un completo y absurdo vacío. Todos los platos y demás enseres estaban esparcidos por el suelo. Como pudo, sin pisarlos, atravesó hasta el dormitorio. Al entrar, comprobó, como lo hizo en la sala, que todo estaba revuelto. La ropa tirada sobre el colchón. Las numerosas incisiones hechas posiblemente por los desconocidos visitantes dejaban ver su interior, muelles, lana y algodón. Salió tembloroso, y se acercó a la última de las habitaciones que conformaban su retiro y su pequeño laboratorio de investigación.

Quienes entraron lo perdonaron. Extrañamente todos los aparatos permanecían tal y como los dejó semanas antes, sobre los mostradores y mesas. Los armarios y ficheros estaban cerrados sin alterar un ápice su estado. No faltaba ninguno. Respiró profundamente y comprobó sus anotaciones. En uno de los ceniceros advirtió los restos de dos cigarrillos. Sin duda sus visitantes eran fumadores como él, y no dudaron en dejar sin pudor la ceniza y colillas apagadas. Volvería poco después, ahora debía comprobar lo más importante.

Abrió la puerta y entró de nuevo en el dormitorio. Empujó la cama hasta hacer un hueco y dejar expedito el camino en el suelo. Consiguió retirar la alfombra. Debajo una trampilla daba acceso a una caja fuerte de tamaño mediano. Giró con cuidado la combinación y tras oír el clic correspondiente, tiró del pomo de acero, abrió y comprobó su contenido. Todo estaba allí. No la descubrieron. Un suspiro de alivio eliminó el temor mantenido hasta ese momento. Sacó dos carpetas negras, las dejó sobre la cama y volvió a cerrar la caja fuerte.

Durante más de una hora trató de ordenar las dos habitaciones. Luego pasó al laboratorio y volvió a revisarlo, ahora con más calma. Tan solo echó en falta la agenda utilizada como diario. En un principio no quiso darle importancia. Más adelante comprobaría cuanto daño le acarrearía su pérdida.

Repasó todas las habitaciones de nuevo para luego recorrer el perímetro exterior de la casa. Encontró huellas de zapatos de al menos dos personas diferentes. Ambas le llevaban hasta el cobertizo donde guardaba leña. También lo encontró revuelto. La pirámide de troncos tal y como la dejó, estaba caída. Esparcidos esperaron inútilmente a que Lizer volviera a colocarlos.

Entró de nuevo en la casa, recogió las carpetas y observó con cuidado el exterior. Cerró la puerta y regresó al coche. Abrió el maletero, levantó la moqueta que ocultaba la rueda de repuesto para esconder la documentación. Despacio, sin dejar de observar, condujo hasta Teruel. Desde Cedrillas solo había treinta y un kilómetros hasta la capital.

La casa que abandonó fue fruto de la pertinaz lucha mantenida con su padre durante mucho tiempo. Estaba a las afueras de la población. Su padre, Alonso Frago, nació y se crió en Cedrillas. De sus padres heredó un par de casas de labranza y otra en el conjunto interior de la población, donde vivió con ellos hasta que fallecieron, poco antes de nacer Lizer.

Cuando se licenció en Física en la Universidad de Valencia, regresó a Teruel y pidió a su padre construir una casa en una de las numerosas fincas que tenía. Quería montar un laboratorio. Su padre se obstinó en dejarle la casa grande dentro del pueblo, a lo que se negó. Durante mucho tiempo ninguno dio su brazo a torcer. Tiempo después obtuvo su beneplácito y encargó la construcción de la casa ahora violada por intrusos.

Al llegar a la calle de la Abadía; domicilio de su padre que compartía desde que su madre falleciera hacía siete años; metió el coche en el garaje. Nada más apagar el motor, recogió las carpetas del maletero y se acercó ascensor. Segundos después le comentaba lo ocurrido.

—¿Qué piensas hacer?

— No lo sé. Me gustaría escuchar tu consejo. Al fin y al cabo, fuiste comisario de policía.

—Entonces si quieres, podemos ir a denunciar los hechos.

—Si crees que es lo más conveniente.

—Hombre, tu verás. ¿Te ha desaparecido algo importante?

—Solo mi agenda diario.

—Pero, eso no es importante, ¡creo yo!

—Desde luego que no, pero es extraño, han revuelto todo menos el laboratorio, y tan solo se llevaron la agenda.

—¿Tenias anotaciones de… quiero decir... bueno, de cosas necesarias para tu trabajo?

—Algunas. Lo verdaderamente importante está aquí —dijo mostrándole dos carpetas negras.

—¿Dónde las escondiste?

—En una caja fuerte que me hice poner bajo la cama.

—¿Qué harás con ellas?

—Esperaba que tu me dijeras donde meterlas.

—Déjame pensar.

—Pues hazlo rápido.

—¿Por qué no las dejas aquí en casa?

— Ni mucho menos. Igual que entraron en mi laboratorio, podrían repetirlo aquí cualquier día. Incluso… en fin, prefiero no elucubrar.

—Entonces será mejor dejarlas en la caja de un Banco.

—Tampoco. Tal vez debería enviarlas fuera de la ciudad y dejarlas en manos de alguien a quien no conozcan.

—Pues no se me ocurre nadie, aunque tal vez …, espera, espera un momento.

Sale de la sala y vuelve poco después con una agenda en la mano.

— A lo mejor tengo a la persona idónea para custodiar tus carpetas.

—¿Quién es?

— Un antiguo alumno mío. Ahora es inspector en Madrid. Intentaré localizarle mañana y le preguntaré si está dispuesto a recibirlas. Mientras deberíamos ir a la comisaría para denunciar el allanamiento.

—Como quieras, así aprovecharé para invitarte a merendar.

—Gracias hijo, ya era hora de que gastaras algún euro con tu padre.

Tras poner la denuncia en comisaría, pasean hasta la Plaza de la Catedral. Lizer paga dos cafés y la tostada que toma su padre. Más tarde regresan a casa. A la mañana siguiente solo Alonso regresa a la comisaría, para pedir el teléfono y la dirección del inspector Roberto Hernán Carrillo en Madrid. No eran las doce de la mañana cuando pudo hablar con él.

—¿Roberto Hernán Carrillo?

—¡Si! ¿Quién quiere hablar con él?

—Soy Alfonso Frago ¿No me recuerdas?

—Claro, como no voy a recordar a mi mejor profesor ¿Cómo estás?

—Bien.

Después de unos minutos intercambiando información sobre los últimos diez años sin verse ni hablar, le comenta el proyecto de su hijo Lizer. Luego aborda el motivo principal de la llamada.

—Había pensado en ti para hacerse cargo de esa documentación, estará más segura bajo tu custodia.

— Es un honor para mí profesor Frago, pero ¿tan importante es el contenido de esas carpetas?

— Más de lo que te imaginas. Mi hijo no sabe, o no quiere advertir ni asumir, la importancia de su descubrimiento.

— ¿Qué hará mientras tanto?

— Creo que un viaje. Quiere confrontar datos con uno de sus profesores. Pasará a verte antes de viajar. De cualquier forma, no tiene más remedio que ir a Madrid.

— De acuerdo Alonso, no hay inconveniente. No obstante, ya sabes como son las actividades de una comisaría, más en una gran ciudad como Madrid, por lo que dile que me llame antes de venir, para estar pendiente y dejar apartado mi trabajo.

—Desde luego.

—¿Cuándo me envías las carpetas?

—En cuanto hable con mi hijo y me dé su aprobación.

—Entonces si te parece, hazlo a través de la comisaría de ahí. Sera más fácil, viajara más seguro.

—Gracias Roberto. Por cierto, ¿tu vida personal cómo va? ¿Sigues como cuando estabas en la universidad?

—¡Que va! Ya he sentado la cabeza, incluso estoy casado. El nombramiento de comisario fue el motor. Ahora mantengo un hogar como cualquier ciudadano.

—Me alegra saber que dejaste de ser un crápula.

—Yo también. Empezaba a cansarme de este tipo de vida.

—Me alegra oírtelo decir. Bueno, nos veremos pronto. Gracias por tu ayuda.

—Puedes contar conmigo para lo que quieras.

—Lo sé. Gracias de nuevo. Hasta pronto.

—Espero tu visita, y la de tu hijo cuando quiera. Adiós.

Espera el regreso de su hijo para comentar el resultado de su gestión.

— Entonces ¿puedo enviárselas?

— Eso me ha dicho. Además, ha recomendado hacerlo a través de la comisaría. Será más seguro el envío.

— Estupendo. ¿Cuándo lo haremos?

— En cuanto decidas.

— Pues ya. Prepararé un paquete.

Lizer empaquetó las dos carpetas negras. Entre ellas incluyó otra menos gruesa, con un contenido desconocido para su padre. Cerró con papel kraft y cinta adhesiva transparente el conjunto, pegó una etiqueta manuscrita con la dirección de la comisaría en Madrid y lo entregó a su padre. Terminaba de escribir una nota a su antiguo alumno. Luego, ambos se dirigen a la comisaría para entregarlo. Vuelven a casa después de perderse casi tres horas almorzando en una casa comidas en La Puebla de Valverde.

Capítulo 2

Seis meses más tarde Lizer y su padre regresan de un viaje a Zaragoza, cuando al entrar con el coche en la calle y antes de meterlo en el garaje, comprueban como ante la puerta principal del edificio, dos vehículos de policía permanecen aparcados junto a la acera. Suben a la planta baja desde el garaje y se presentan a uno de los agentes.

—¿Qué ocurre aquí? —pregunta Alonso Frago.

—No lo sé, hemos recibido un aviso y al comprobar se trataba de su dirección, vinimos tan rápido como pudimos.

Al salir del ascensor dos agentes uniformados hacen guardia en la puerta del domicilio. Se identifican y esperan a que un inspector les informe.

— Lo lamento señor Frago, pero alguien ha revuelto su casa. Si nos permite seguir trabajando, debemos tomar huellas, en cuanto acabemos podrán pasar.

— Claro inspector, mientras tanto mi hijo y yo esperaremos en el descansillo.

— Gracias. Enseguida estaré con ustedes.

Cada periodo de cinco o diez minutos, el inspector sale a comentar la situación con el excomisario. Cuando acaban les permiten entrar. Igual que en la casa de Cedrillas meses antes, quienes forzaron la entrada revolvieron todas las habitaciones. No quedó rincón alguno por formar parte del inmenso y desafortunado caos.

—Dejaré unos agentes custodiando su vivienda, mientras tanto deberían intentar localizar a un carpintero para poner otra puerta.

—Lo haremos —responde Lizer— y si como dice vigilarán la vivienda esta noche, nos iremos a dormir a un hotel. Mañana encargaremos una puerta y ordenaremos el desaguisado. Y no se preocupe, le daremos cuenta de cuanto hayan podido llevarse para incluirlo en la denuncia. Ahora con su permiso mi padre y yo nos iremos.

— Lo siento comisario —dice cerrando la conversación el inspector.

— Gracias por todo —responde el antiguo comisario.

Bajan a la calle, se despiden de los agentes y caminan hasta el primer hotel que encuentran. Luego hasta el restaurante Los Aljibes. En el transcurso de la cena Lizer comenta con su padre.

—¿Recuerdas? Te dije que no podía dejar la documentación en casa. Ya lo has visto, no han tardado mucho en aparecer quienes sean. Menos mal que no estábamos.

—Claro. Lo que no deja dudas es que estás siendo controlado. ¿Pero por qué?

—No lo sé, y creo que tu tampoco. Deberás poner cuidado.

—Lo haré. ¿Qué harás?

—De momento ayudarte a recoger la casa, mañana tengo pensado ir a Valencia, quiero hablar con alguien allí. Estaré un par de días, después me acercaré a Madrid.

—¿Puedo saber de quien se trata?

—Preferiría no decirte nada. Confío en poder arreglar todo esto y evitar esta situación. No me gusta nada.

—A mi tampoco. Si se trata de lo que intuyo, creo que habría sido mejor ceder a sus pretensiones.

—Padre ¿Cómo se te ocurre decirme eso?

—Lo siento, disculpa.

Durante la mañana y parte de la tarde del día siguiente, ayuda a su padre a recoger cuanto pudo de la casa. A las cinco de la tarde aproximadamente, su padre le llama para advertirle que alguien le llamaba por teléfono.

—¿Quién es?

—Soy Paula. Paula Rado, tu antigua compañera de universidad. De la Facultad de Física ¿No me recuerdas?

—Claro que si Paula, disculpa, me pilla de sorpresa tu llamada. ¿Ocurre algo?

—No, nada. Solo que me gustaría verte.

—A mi también. Es más, tenía pensado salir dentro de un rato para Valencia.

—Que coincidencia, yo pensaba ir a Teruel.

—Entonces espérame, debo hacer algo allí. Dame tu número de teléfono y te llamo cuando llegue.

—Está bien, anota.

—Gracias. Nos vemos más tarde, aunque ignoro la hora.

—Esperaré. Hasta luego.

Cuando acaba, saca el coche del garaje y lo aparcó frente al portal del edificio. Se dejó ver acompañado por su padre. Le abraza para despedirse, luego arrancó el Opel. Antes de que la noche se cierre, sale camino de Valencia. Casi tres horas tardó en recorrer los ciento cuarenta y tres kilómetros que le separaban de la ciudad del Turia. Antes de meterse en la ciudad paró en una gasolinera para rellenar el depósito. Momento que aprovechó para llamar a Paula.

En el primer intento no lo consigue. No le esperó pese a convenirlo, salió a cenar con una amiga, aunque le dejó una llave de la vivienda para entrar. Cuando apareció a las doce de la noche él estaba medio dormido con el televisor encendido.

—¡Bien! A partir de este momento soy todo oídos —señala Paula después de zarandear y despejarle.

— ¡Vale! Sin pegar —responde riendo.

Se sienta a su lado y tras abrazarle cariñosamente, inician la conversación.

¿A que es debido este viaje?

—Debo solucionar algo importante y necesito hablar con nuestro profesor de Física Nuclear.

— ¿Qué te traes entre manos?

— Nada en particular.

— Es extraño. Si no recuerdo mal, te especializaste en Meteorología y Energías Renovables. ¿No es cierto?

—Claro que si Paula. Pero desde que dejé de trabajar para Disensa, han ocurrido muchas cosas.

—Soy todo oídos.

—Es muy largo de contar, no quiero aburrirte con mis cosas. Solo vine a saludarte, invitarte a cenar y dar un paseo. Recordar momentos de la universidad.

— ¿Y reiniciar nuestra aventura de aquellos días?

— No. No vine con esa intención. Pero sabes que no he dejado de…

—No te esfuerces Lizer. Te entiendo perfectamente. De todas formas, cuéntame cómo te ha ido todos estos años.

— Bien, relativamente. Salí, como dijiste entonces, disparado a Teruel. Luego preparé un Máster fuera de España, y regresé de nuevo. Seis meses más tarde vi un anuncio solicitando diversos puestos técnicos en Disensa y me presenté. Un mes después fui contratado y enviado a numerosas poblaciones para iniciar un estudio basado en el proyecto que les presenté. En aquella época traté de localizarte desde Madrid donde viví hasta que dimití. Volví a Teruel y me presenté para cubrir una plaza de Profesor de Física en un Instituto de Enseñanza Media. Abandoné el apartamento donde vivía para ir a casa de mi padre, me pidió hacerle compañía. Vivía solo desde que falleció mi madre.

— ¿Dejaste tu tesis doctoral o la terminaste? ¿Por qué no insististe en verme?

— La dejé, pero monté un laboratorio en Cedrillas y continué trabajando por mi cuenta. Quería acabar el proyecto después de que Disensa me negara su continuidad. Tuve miedo.

— No lo entiendo. ¿No dice esa multinacional que investigan sobre nuevas fuentes de energía y se gastan no se cuantos millones de euros en ello? ¿Miedo de que?

—  Ya. Pero una cosa es decir y otra hacer. Es muy bonito hablar así frente a los accionistas. Hacer las inversiones es otra. Además, mi proyecto necesitaba un amplio trabajo de campo. Es precisamente lo que estoy haciendo en estos momentos en Cedrillas. De que no funcionara lo nuestro.

— Entonces ¿Continuaste con tu pretensión, con el proyecto que me dijiste en el tercer curso? De cualquier forma, deberías haberlo intentado.

— En efecto. Lo perfeccioné y presenté. En principio lo aceptaron. Luego cuando comencé a desarrollarlo, a necesitar fondos, gente, material y sobre todo tiempo para extraer las primeras conclusiones, el Director de Proyectos después de una serie de reuniones celebradas con directivos en otros países, fundamentalmente Estados Unidos y Reino Unido, lo canceló sin más explicaciones. Vale, para esas cuestiones soy un cobarde.

— ¿Cómo lo llamabas? Está bien dejemos ese tema.

— Keraunos. Como quieras.

¿No te dieron explicaciones convincentes?

— Ninguna. Absolutamente ninguna. Solo dijeron que las empresas se creaban para ganar dinero a corto, medio y largo plazo. Y según dedujeron, así, sin más, el proyecto se anulaba porque estaban convencidos de que no aportaría ni un solo euro ni tan siquiera a largo plazo.

— ¿Que hiciste?

— Me aguanté y acepté la decisión. Luego opté por recoger copia de todos los datos obtenidos hasta ese momento y me despedí. Más tarde, bueno ya te lo he dicho, volví a Teruel.

— Veo que has estado ocupado y no has dejado tu obsesión.

—Claro. Lo dices en el mismo tono que mi padre. Se refiere a mi profesión como obsesión y no como trabajo u ocupación. Y no lo es.

— Disculpa. No era mi intención molestarte.

—No me molesta. Solo que meterse con mi criatura sin conocer todos los detalles me pone a la defensiva.

—Bueno, lo dejaré si quieres, pero me gustaría hacerte una última pregunta.

— Claro.

—¿Qué tiene que ver el profesor de Física Nuclear en tu programa?

—La utilización de un elemento importante. Y supongo que a Disensa también. Aunque desconozco las razones que los llevaron a visitarme en Teruel hace menos de diez meses.

— ¿Qué querían?

—Que volviera a incorporarme y retomar el proyecto.

—Pero eso era bueno ¿No?

—¿Tú crees?

—Tal vez. Pero veo que no aceptaste.

—Desde luego que no. Como puedes fiarte del mismo Director de Proyectos que dos años antes rechaza Keraunos, e insiste después ofreciéndote tres veces más remuneración, aunque tampoco sabe o quiere decir las razones por las que desea mi trabajo y proyecto vuelva a incluirse en la multinacional.

— Comprendo.

—Menos mal. Mi padre llegó a enfadarse. Quiso que cediese. Lo malo es que, desde mi negativa, vienen ocurriendo una serie de hechos.

—¿Ah sí?

—Entraron en la casa que tengo como laboratorio buscando algo, y poco después, en el domicilio de mi padre. Revolvieron todo, aunque solo se llevaron una agenda diario que tenía. Por eso he venido a Valencia. Quiero hablar con el profesor y preguntar algo sobre lo que dudo.

—¿Puedo ayudarte?

—Te lo agradezco. Pero no te especializaste en energía nuclear. No creo que puedas.

—Vale. ¿Y que tienes pensado hacer después?

—Cuando acabe aquí viajaré a Madrid, debo recoger unas cosas. Estaré unos días y regresaré a Teruel.

—¿Te estorbaría mucho mi compañía en Madrid?

—Supongo que no. ¿Pero no estas trabajando?

—Claro, pero puedo permitirme unos días de descanso. Este año ni siquiera tomé mis vacaciones. ¿Puedo ir contigo?

—No se. Deja que lo piense esta noche y mañana te responderé.

—Esta bien, entonces dejemos la charla. Es bastante tarde.

—¿Donde se supone que dormiré? ¿En este sofá?

—Es un poco duro. Pero soportable.

—Perfecto.

Por la mañana Lizer tropieza con Paula al intentar entrar al mismo tiempo en el cuarto de baño. Le cede el paso y espera pacientemente. Mientras, busca algo sólido para desayunar. No cenó y su estómago se quejaba continuamente.

—No puedo ofrecerte café. No lo tomo, me produce ardor de estomago. Prefiero el té.

— Esta bien, tomaré te.

— ¿Y la decisión sobre si te acompaño o no?

— También.

— ¿Y?

— Antes debería tomarte juramento.

—¿A que te refieres?

—Confianza. Necesito confiar en ti y que tú lo hagas en mi.

—Te has levantado muy misterioso.

—Es posible. Pero repito necesito nadar en unas aguas de total confianza, sin ese capítulo será imposible continuar nuestro…

—¿No fue suficiente con lo de anoche?

—Paula, por favor.

—Quiero estar contigo ¿O todavía lo dudas después de tanto tiempo esperándote? Dímelo claramente, debo llamar por teléfono al trabajo y decir que voy más tarde o me tomo unos días de vacaciones.

Está bien. Llama y di que te tomas unos días de vacaciones.

Se levanta de la silla y sin dejarle tomar el sorbo de te que iniciaba, le abraza y vuelve a besarle con la misma pasión que cuatro horas antes. Vuelven a ducharse. Minutos después, y tras hacer unas llamadas telefónicas, salen en busca del coche de ella. Aparcan en el campus, en un lugar no muy alejado de la Facultad de Física.

El profesor Vicente Munt, los recibe en su despacho. Después de conversar sobre la actualidad de cada uno de ellos, se atreve a preguntar el motivo de la visita. Lizer le pone en antecedentes sobre el desarrollo de su antiguo proyecto. Tras hablar sobre él, le comenta que lo puso en manos de la multinacional para la que trabajaba, y el fiasco final producido por su anulación, termina haciéndole la pregunta crucial.

Entonces profesor, ¿todavía no ha podido retardarse la vida de los átomos de deuterio en la atmósfera hasta ser absorbidos por los de hidrogeno?

—Mi querido Lizer, aquí solo utilizo teorías y demostraciones de otros. La investigación está en manos de esas gentes, muy alejadas de mi. Eso sí, leo los artículos que publican en las revistas especializadas. Incluso algunos que ni siquiera salen a la luz. Pero me temo que tu proyecto deberá esperar a que los grandes centros de investigación descubran como domeñar esa parte de la física. Al menos en lo que respecta al deuterio. Tus rayos seguirán produciéndolo y muriendo en cada fracción que ya conoces. Sus neutrones recorrerán mil o dos mil metros, pero nada más, luego se fundirán con el hidrogeno. Lo siento, no tengo respuesta.

—¿Está seguro profesor?

—Bueno, en física nada es asegurable con antelación. Pero desde luego yo no tengo conocimiento de que alguien haya logrado retardar la vida de los átomos de deuterio.

—Me alegro, y le agradezco su información. Venir a preguntar me ha servido para saber de usted. Ha pasado mucho tiempo sin vernos.

—Te lo agradezco sinceramente. No te olvides de informarme de cómo llevas tu teoría de los acumuladores.

—Claro profesor, lo haré. Tengo más de veinticinco contadores en la Sierra de Albarracin. En cuanto llegue a casa le enviaré el mapa keráunico que llevo haciendo desde hace años. Le gustará. Teruel tiene un índice de 4,61 el más elevado de toda la península.

— Gracias y suerte. A ver si dentro de unos años puedo decir que un alumno mío ha recibido el premio Nóbel de Física.

No lo creo profesor.

Se despiden, salen del despacho y del edificio, para localizar minutos después el coche. Antes de entrar en él Lizer habla con Paula.

¿Recuerdas la conversación de anoche respecto a la confianza?

—Claro.

— Se que intentarás preguntarme sobre lo que has oído. Por favor ten confianza en mi y no lo hagas. Por el momento es mejor que no conozcas ciertas cosas.

—De acuerdo. Pero tienes que prometerme algo.

— ¿Qué?

—Ponerme al corriente en cuanto sea necesario. Solo una cosa. Necesito saber una cosa.

—Veamos.

—Por favor Lizer, dime que tiene que ver el deuterio con tu proyecto. Al menos el que yo conocí.

—Paula. Acabo de decirte que no hagas preguntas. Y sí, te pondré al corriente en cuanto lleguemos a Teruel.

—¿Cómo?

—Si. Debemos ir a mi casa. Recoger algo de ropa e ir a Madrid. ¿Te atreverás a acompañarme?

— Hasta donde haga falta.

—Bien, entonces vamos a la tuya. Hagamos la maleta y pongamos camino a Teruel.

— Vale. A tus órdenes.

Nada más cerrar la puerta Paula pide unos segundos de espera a Lizer.

Espera en el portal, enseguida bajo. Dejaré un juego de llaves a mi vecina del 3, por si ocurre algo en mi ausencia.

—No tardes, debemos llegar antes de cenar, mi padre suele hacerlo a las nueve de la noche y me gustaría que le conocieras antes.

—Vale, será un instante.

Pone una nota pegada sobre la puerta y vuelve junto a Lizer.

Dejan el coche de Paula en el garaje y recogen el suyo aparcado a pocos metros del portal. De nuevo en la autopista, aunque en esta ocasión acompañado por su antigua novia de la universidad. Al fin y al cabo, no ha tenido otra desde entonces. Ni tiempo para ocuparse de buscarla. Está contento. Le pide poner un disco, así tal vez el camino se hará más corto que el de ida.

Entran por el sur de la ciudad y en pocos minutos se encuentran frente al edificio numero seis de la calle de La Abadía. Nada más entrar, ve la misma estampa que días atrás. Dos coches patrulla de la policía. En esta ocasión dos agentes impiden la entrada a curiosos y mirones en el edificio. Le extraña. Nada más entrar en el garaje tropieza con más agentes custodiando la planta sótano. Aparca y sin sacar la maleta de Paula, se acercan hasta el ascensor. Otro agente les para ante de llegar.

—Lo siento, pero no pueden utilizar el ascensor – les indica.

—¿Qué ocurre?

— Nada que pueda interesarle. Lo siento, pero no pueden entrar.

— Pero… es que vivo aquí.

— Entonces acompáñenme por las escaleras.

Suben hasta la planta baja precedidos por el policía. Encuentran más agentes y al inspector que días atrás vio en la comisaría cuando entregó el paquete para Madrid. Nada más verle se acerca a ellos.

Señor Frago, soy el inspector Salazar, lamento tener que darle una mala noticia.

— ¿Que ha ocurrido?

— Su padre. Se trata de su padre.

—¿Que le ha pasado?

—Ha aparecido muerto en el ascensor. Ahora mismo están en la planta de su casa tomando huellas y recogiendo rastros. Estamos esperando al Juez de Guardia para que nos autorice a retirarlo. Lo siento enormemente.

— Pero ¿Cómo ha sido ¿Saben algo?

—Nada. Solo que un vecino del quinto quiso subir y tras numerosos intentos optó por hacerlo por la escalera. Lo encontró caído entre el ascensor y el descansillo. Tumbado,, con dos incisiones en la espalda, que suponemos le produjeron su muerte.

— ¿Han entrado en la casa?

—Claro. La puerta estaba abierta, sin forzarla.

— ¿Han revuelto todo como el otro dia?

— No. Estaba todo en su sitio.

—¿Han preguntado a los vecinos si vieron algo?

—En eso estábamos. Ahora por favor esperen aquí hasta que venga el Juez. Después hablaremos, si se encuentra con fuerzas.

— Claro inspector. Esperaremos.

Paula le abraza con fuerza. El reprime los sentimientos que con ansias tratan de salir. Juntos avanzan hacia el portal. Poco después ven llegar un coche oficial y un furgón donde trasladarán el cadáver de su padre. Algunos agentes quedan custodiando la entrada al domicilio, el portal y el garaje. Allí nada más pueden hacer, por lo que esperan a que el inspector salga del edificio para decirle que por la mañana irá a la comisaría. Solo es momento para tratar de recomponer su maltratado y dolorido espíritu.

Caminan en silencio durante un rato hasta encontrar el hotel donde días antes pernoctara con su padre. Paula no puedo disimular la tristeza que le embarga y sin proponérselo comienza a llorar en silencio. Las lágrimas que resbalaban por sus mejillas son una muestra de la congoja que siente. Agarra la mano de Lizer con fuerza y suben a la habitación. Detrás, a pocos pasos el inspector Salazar comenta al gerente del hotel lo acaecido al señor Frago padre.

Solo cuando el comisario comprobó que se habían tomado todas las muestras y huellas posibles, con el informe de la autopsia en sus manos, concedió autorización para proceder a las exequias.

Lizer fue acompañado durante el sepelio por la plana mayor de la Policía. Antiguos compañeros y alumnos de la Escuela y la Universidad. Entre ellos el comisario Hernán Carrillo desplazado desde Madrid.

— Roberto cuando acabe con todo esto iré a verle a Madrid. Muchas gracias por acompañarme.

— Lamento lo ocurrido. Puedes contar conmigo para cuanto necesites.

—Lo sé. Gracias comisario. Necesito saber la razón. Solo debían haber esperado que yo llegara, les habria dado todo lo que buscaban.

—¿Qué buscaban?

—Algo que suponen importante. Unas notas mías.

— Comprendo. Hablaré con el comisario por si necesitan mi ayuda.

— Claro. Aunque iré a Madrid. Debo solucionar esto cuanto antes.

— Como quieras. Hablaremos cuando te encuentres con fuerzas.

— Desde luego.

Esperó cuatro días para viajar a Madrid. Los necesarios para dejar en manos de un Abogado todo lo referente a la testamentaria de su padre. Como hijo único, no tendría muchos problemas. Cuando acabó recogió a Paula en el hotel y enfilaron la autopista en dirección a Molina de Aragón. De allí hasta Alcolea del Pinar y luego por la A-2 hasta Madrid. No había prisa por llegar, ni humor para otra cosa que no fuera solucionar definitivamente el problema que con seguridad, había causado la muerte de su padre. 

Capítulo 3

Ernesto Campos permaneció unos minutos con la mirada perdida a través del ventanal de su despacho en la planta quinta del edificio Disensa. Solo cuando sonó repetidamente el móvil privado, giró el sillón para situarse de nuevo en posición frente a la mesa. Pulsó la tecla de comunicación cuando vió reflejada en la pantalla las letras que componían Usauno

Sí, adelante.

—Acaban de comunicarme que el sujeto, acompañado por una mujer, lleva unos días en Madrid.

—Lo sé. Uno de mis hombres también me lo ha dicho. ¿Qué tiene de importante?

—Han estado visitando una comisaría de Policía. Tal vez nos interese saber a que se deben esas tres visitas.

—Está bien. Ordenaré que investiguen. Pero te recuerdo que su padre fue comisario, Profesor en la Escuela Superior de Policía, y dio clases de Criminalística en la Universidad.

—Bien. No obstante, en cuanto sepas la razón de sus visitas, llámame.

—De acuerdo. ¿Algo más?

—Nada más por el momento.

Se levanta del sillón, avanza hasta la puerta del despacho y sale en dirección al ascensor. Camina hasta la cafetería del hotel recién inaugurado y tras pedir un café, extrae un teléfono móvil, busca en la Agenda ESPS01 y pulsa. Cuando escucha una voz al otro lado de la línea dice sin pausa: Necesito conocer la razón de las visitas a comisaría del sujeto. Urgente. Hagan seguimiento total y completo. Informe como siempre. Paga la consumición y regresa caminando. Una hora más tarde celebra una reunión de alto nivel prevista con un grupo de inversores de China. Comprueba unos datos en su ordenador y anota dos referencias.

Al nombrarle Director de Proyectos le ofrecieron todo un elenco de colaboradores que rechazó. No estaba dispuesto a que alguien pudiera fisgar en su agenda, comunicaciones, y, sobre todo, su vida privada. Solo utilizaba de la empresa, la agencia de viajes cuando necesitaba preparar algún desplazamiento con urgencia. El resto de las actividades él se bastaba para controlarlas.

Acabada la reunión y junto a los seis hombres de negocios de Shanghai, almorzó en un restaurante cercano a la Plaza de Castilla. Por la tarde no regresó a las oficinas de Distribución de Energías, S.A. (Disensa), se acercó caminando a su domicilio y esperó pacientemente a que su hombre de seguridad le llamara con la información requerida.

¿Y cuando dice que salen para Moscú?

—Dentro de tres días.

—Del resto, que puede decirme.

—Estuvieron visitando al comisario Roberto Hernán Carrillo. Al parecer fue alumno del padre. Fue al sepelio a Teruel. Sin duda se trata de algo sin importancia.

—Está bien. Gracias. Continúen el seguimiento. Por cierto, ¿donde se hospedan?

—En el domicilio del comisario. En la calle Pablo Montesinos numero 6, junto al Puente de Toledo.

—¿Han revisado el coche?

—Desde luego, pero no hemos encontrado rastro alguno. Seguimos sin conocer el paradero de sus notas.

—De acuerdo. Envía de nuevo dos hombres a Cedrillas y que remuevan todo hasta encontrar lo que buscamos. Deben estar allí.

—Si señor.

...

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