Así comienza…EL CUENTACUENTOS AMBULANTE

EL CUENTACUENTOS AMBULANTE

Por Anxo do Rego

Recopilación de relatos y cuentos de diversos géneros.


Sinopsis:

El Cuentacuentos Ambulante es un hombre extraño, un ser triste en busca de la felicidad perdida hacer mucho tiempo. Su  vida encierra un misterio.

Recorre los parques de ciudades narrando historias a personas a quienes suele adivinar los problemas que les acucian. Trata con ello de darles ánimo y fuerzas para resolverlos, y seguir viviendo.

Cada historia refleja las del escuchante y el Cuentacuentosm que ha escogido como ejemplo a su problema individual.


En memoria de mi querida SUSANA GARRIDO 

Te echo de menos. Hoy mi tristeza se ha convertido

en un monstruo al que sigo dando de comer.


Todo instante perdido es un instante ganado por la muerte

Jean Pierre Luminet


Primer Encuentro

La gente que le conocimos comenzamos a echarle de menos al cabo de una semana, nos acostumbramos a verle caminar despacio, pensativo, tal vez distraído, quizás ensimismado en sus pensamientos, acaso intentando recordar alguno de los numerosos cuentos e historias archivados en algún rincón de su cerebro. En más de una ocasión, estuve a punto de verle arrollado por un vehiculo. Él, por caminar distraído, y los conductores por no advertir que El Cuentacuentos Ambulante, pasaba por delante de los coches, como si despreciara a un mundo al que no pertenecía en ese momento.

Quienes como yo tropezamos con él, aunque más ajustado sería decir, encontrarnos felizmente, nos dejamos acariciar por su timbrado y especial matiz de voz, nos cautivaba el peculiar tono cuando de sus labios salía alguna narración. Tras comprobar que éramos bastantes quienes le escuchábamos, decidimos por mayoría, que algunos de nosotros debíamos poner sobre el papel, los encuentros y vivencias mantenidas. Nunca alcanzamos a conocerlo por otro nombre, aunque intuimos tendría otro, jamás supimos el verdadero, al menos yo. Claro que tampoco vimos documentación que avalara o certificara quien era a efectos legales y civiles. Naturalmente tampoco nos molestamos en comprobarlo. Supimos eso si, que era reacio a contarnos su vida. Carecía de familia y amigos vivos, y su paso por este mundo era un constante peregrinar por ciudades, pueblos y aldeas, buscando historias, para memorizarlas y después contarlas a quienes quisieran escucharlas cuando visitara otras.

En una ocasión me preguntó ¿Cuánto tiempo dedicas a leer? No supe responder más que:  La verdad, nunca me detuve a contar las horas. Me miró y muy serio replicó: A veces no es tiempo lo que debe medirse, sino el índice por incrementar los conocimientos adquiridos leyendo. Hacerlo significa reducir la ignorancia. Me quedé pensativo, tratando de asimilar lo escuchado. Poco tiempo después volvimos a encontrarnos y retomamos la misma conversación. Quise saber la razón por la que adoptó el título o nombre de Cuentacuentos. Guardó silencio durante unos segundos, los necesarios para que yo ingiriera el café con leche caliente. Luego me miró y respondió: Querido amigo, cuando la necesidad domina la imaginación y el recuerdo se convierte en impotencia del deseo, no puedo hacer otra cosa que dar a conocer las historias guardadas en mi cerebro, sobre todo a aquellos que saben y quieren escuchar, gentes dominadoras de su tiempo que aún no se han perdido en una sociedad, carente de suficientes raíces intelectuales. Solo el saber nos hace fuertes y todavía hoy existen gentes débiles. Procuro suplir sus carencias con mis cuentos, invitándoles a adquirir conocimientos. ¿Pero eso no es una forma de manipulación? Agregué de inmediato. A lo que él añadió: ¿Te obligué a escucharme? No, —respondí. ¿Entonces? Replicó él.

Desconocía que hacían el resto de escuchantes, pero yo tomé la costumbre de acercarme por donde solía caminar, e invitarme a escucharlo mientras tomaba un café caliente —él no solía hacerlo— y programaba alguna que otra discusión, en el sentido inglés, es decir, intentar discutir a fin de acercar nuestras verdades al encuentro de la unívoca. A veces era yo quien iniciaba la conversación, motivada fundamentalmente por alguna frase o situación vista u oída, sobre aspectos o escondidas razones pronunciadas por políticos advenedizos, arrollados por la imperiosa necesidad de estar sentados en un nivel que la sociedad ha marcado como clase diferente, y en la que ellos se sienten perfectamente acoplados y seguros. Era entonces cuando le oía decir.

—Deberías saber escoger entre las diversas filosofías, y si lo tienes claro, apuntar por aquellas que apuestan por la ampliación cultural de la gente. Ya se perdieron muchos años, y nuestros conciudadanos no han aprendido aún que ciertas gentes solo utilizan el concepto cultura y cuanto la rodea, para satisfacer su ego, llenar posiblemente con ella el bolsillo de otros. Aplican una doble moral.

—¿A quién se refiere?

— ¿Lo ignoras? ¿No los reconoces?

— Creo tener una somera idea. ¿Son tan dañinos?

— Debes haber estado ausente del mundo.

—No, solo soy lo que se dice un hombre apolítico.

 —No me hagas reír. Como puedes catalogarte como tal. Es un concepto imposible.

—¿Cómo?

— Todo individuo toma decisiones en base a tendencias, opciones, filosofía, ideal, para encarar su propia vida y la de los demás.

— Pero, es que a mi no me interesa la política tal y como suena.

—Es posible, aunque estás inmerso en ella diariamente. Asumes y diferencias respondiendo a cualquier situación planteada en tu vida cotidiana. Es algo así como decidir sobre el tipo de música que más te apetece oír, actual o clásica. O bien leer un periódico u otro. A lo mejor, decidir sobre cual o tal emisora o programa deseas ver sentado en tu mejor sillón. Es indudable que tomas decisiones en base a tus gustos o preferencias. La filosofía política es similar, los grupos que la sustentan señalan su diferenciación respecto a los demás, posiblemente regada con tendencias, costumbres o simplemente escaramuzas con las que alcanzar el poder y desde donde dominar al resto de ciudadanos. Ten en cuenta que mucha gente acaba metiéndose en política porque no triunfó en la profesión elegida. Es semejante al individuo que se dispone a regentar un bar, algo sencillo de dirigir y mantener. Pues ese político se suma al grupo dejándose llevar por el dirigente de turno, asumiendo las ideas de éste tratando de emularle.

— Tal vez tenga razón, posiblemente no me he detenido a verlo de esa manera.

—Inciden más cuestiones, aunque solo expuse las superficiales. Debes informarte, documentarte y ajustar esos ideales a los tuyos o viceversa.

— ¿Cuál es su filosofía?

— ¿La mía? Te diré cual no es. Me da miedo la gente que toma posesión de lo que creen la única verdad y no tienen reparos en tergiversar los hechos para acomodarlos a ella. Esa gente siempre encuentra nobles pretextos para justificar sus actos, y con ellos, convencer a los dubitativos e incondicionales que no ven más allá de lo que les plantean, sin detenerse a considerar el resto de las ideas. Ten en cuenta que a esa gente les cuesta abandonar las propias, máxime si han depositado su lealtad y cariño en doctrinas destructoras, es decir, eliminadoras y no propiciadoras de cualquier esencia cultural. A esas gentes les será imposible reconocer que la suya es una filosofía demencial, pues sostienen haber creado su propia moral, distinta y mejor que la del resto de ciudadanos. Son, como decirlo, dictadores en potencia.

— Está retratando a un amplio sector de la sociedad, es decir a casi la mitad de los ciudadanos.

— Yo diría que, a más y es una lástima que el resto no perciba el retraso cultural que ese tipo de gente personifica. Son eliminadores de forma casi imperceptible, de cualquier tipo de cultura, aunque dejen residuos de ella y solo permanezcan o ayuden a la que les interesa. Están convencidos de que cuanta menos gente acceda al conocimiento, ellos vivirán mejor. A veces he pensado y creído también, que nuestro país sigue viviendo en la época en que solo la nobleza y los religiosos podían adquirir cultura. Aquellos religiosos que dictaban las normas con que regirse, aunque siempre acomodadas a su criterio, sin admitir los derechos del resto de ciudadanos, y lo peor de todo, los nobles lo admitían simplemente porque también les favorecía. Parece mentira que hayan transcurrido tantos siglos y nos encontremos todavía en la misma situación. En la que solo algunos disfrutan de ella, cuando todo ser humano por el hecho de nacer tiene derecho a ser educado y alimentado culturalmente. Yo personalmente me niego a continuar esa línea y mi deseo es seguir favoreciendo, con mi esfuerzo, a que muchos perciban el peligro que se cierne si no hacemos algo y nos mantenemos estúpidamente pusilánimes.

—  Me alegro haber tomado este camino hoy y haberle encontrado.

—  Yo también, aunque estoy cansado y hambriento.

— ¿No ha dormido o comido?

— Si, pero me refiero a otro tipo de conceptos. El primero, supone el viaje que ha sido mi vida, el segundo, a lo hambriento que sigo estando de respuestas.

— Debo marcharme, por hoy he tenido bastante, es posible que pronto volvamos a vernos.

— Cuando quieras. Solo tienes que buscarme y me encontrarás. Y si me escuchas me ayudarás a cumplir con mi cometido.

—  Me alegro Cuentacuentos.

Regresé a mis quehaceres y mis obligaciones, aunque como siempre que estaba con él, mis pensamientos se agolpaban, sus frases iban condensándose en mi cerebro y costaba desprenderme de ellas. Me consta que en más de una ocasión me encontré absorto, analizando con detenimiento cuanto aquel hombre decía.

Recuerdo el día en que lo conocí. Fue una mañana de sábado, después de desayunar. Viendo que el día merecía un especial homenaje, tomé el libro que estaba a punto de acabar y me prometí hacerlo sentado en el parque junto al río. Que mejor lugar para finalizar el viaje iniciado en el mundo creado por el autor. Caminé desde casa, cruzándome con todo tipo de gente. La luz del potente sol iluminaba tanto las casas como los árboles y parterres de flores, como si sonrieran agradecidos al astro rey. Recorrí el parque intentando descubrir el mejor sitio donde el sol y la sombra estuviesen parejos. Donde los aromas de las flores inundaran con potencia mis fosas nasales y el piar de los pájaros fuera el mejor fondo musical para leer.

Había leído quince páginas, cuando un hombre enjuto, de cabello cano, alto, de anchas y huesudas manos, encorvado, de lento caminar y apoyado sobre un bastón de madera, se acercó hasta el banco que yo ocupaba. Se sentó tras pronunciar un ¡buenos días! con un tono tan agradable de voz, que de inmediato dejé de leer, levanté la vista del libro y respondí con otro ¡buenos días! Educada y respetuosa manifestación. Se mantuvo a mi lado durante la media hora que tardé en acabar el libro. Al hacerlo suspiré, cerré el voluminoso ejemplar y sin darme cuenta lancé una frase que motivó el inicio de una conversación y posterior relación: ¡que maravilla de relato, lo mejor que he leído en los últimos dos años!

— Disculpe —dijo tras oírme.

— ¿Sí?

— ¿Puedo ver el libro que acaba de leer?

— Por supuesto, tenga —dije entregándoselo.

— Tiene razón, es muy buen relato —señaló después de hojearlo detenidamente. Buen autor, domina el idioma, sabe introducir sentimientos en cada uno de sus personajes, y su descriptiva es singular. Sin duda permite imaginar cada rincón propuesto en el texto. Ha sido una buena elección, si me permite el comentario.

— No será casualmente crítico literario.

— Ni mucho menos, soy un simple lector ahora convertido en Cuentacuentos.

— No entiendo.

— Le explicaré si tiene tiempo y me permite.

— Como no.

— Tengo razones para pensar que la gente apenas se regala tiempo para leer, prefieren otros medios para conocer historias, y no quisiera molestarle si pertenece a ese grupo. Me refiero al cine, la televisión, donde todo está empaquetado, carente de imaginación, ya lo ha hecho alguien por nosotros. Soy de los que piensan que aún queda tiempo para seguir leyendo, dejar que la imaginación dibuje en nuestras mentes las situaciones propuestas por el autor, individual y único, como característica de cada ser y cuanto le rodea.

— ¿Y donde cuenta sus historias?

— Donde encuentro a personas como usted.

— Eso está bien. Entonces ¿puedo pedirle la narración de alguna historia?, si tiene tiempo y ganas, por supuesto.

— Si me promete ser imaginativo, describir después de escuchar que ha sentido, visto o vivido, en una palabra, sus sensaciones, claro que si. Aunque previamente debo pedirle un favor.

— Naturalmente.

— Tendrá que relatarme una historia. Siempre habrá alguien que necesite escucharla.

— Por supuesto, teniendo en cuenta que tengo tiempo y no he traído otro libro, es la mejor propuesta.

— De acuerdo. Dígame entonces sobre que tema quiere que discurra la narración.

— ¿Puedo escoger?

— Naturalmente.

— Me gustaría escuchar una historia de intriga, hace tiempo que no leo algo de ese género.

— De acuerdo querido amigo. Por cierto, no me dijo su nombre.

— Gerardo, me llamo Gerardo.

El sol continúo presidiendo el día, nos acomodamos y poco después comenzó la narración de una historia de intriga.

ALMOHADAS

Pocos, por no decir apenas nadie, comprobaron en esa noche de agosto, como un punto luminoso parecía caer desde el cielo como una gran gota de lluvia. Aunque no fuera transparente se le parecía mucho, era como una bola roja, casi incandescente que dejaba tras de si un rastro rojizo en el descenso, tornándose azul para después convertirse en una estela blanca y corta. La gota roja cayó en las instalaciones industriales de Solo Descanso, fabricante de colchones, almohadas y otros equipos necesarios para el descanso nocturno.

Las edificaciones se encontraban a pocos metros del mar mediterráneo, a un lado de un polígono industrial cercano a la ciudad de Málaga. La mañana del martes, cuando el responsable de seguridad descubrió un agujero en el techo de la nave, similar a una pelota de tenis, mandó llamar inmediatamente al responsable de mantenimiento. Aquel propuso su inmediata reparación. Existían avisos de una tormenta de verano acercándose rápidamente a la zona. Tener una gotera así podría estropear el silo donde se almacenaba la fibra utilizada para la fabricación de almohadas.

La lluvia rompió al poco de intentar ocluir el agujero, por lo que no se impidió que algunas gotas de agua se mezclaran en el silo de la fibra. Como solo fueron unos minutos y poca el agua introducida, el responsable de mantenimiento no consideró oportuno incluir la incidencia en el parte de trabajo. A primera hora de la mañana siguiente, como siempre, el gerente de fabricación facilitó los partes de trabajo para la jornada y de inmediato toda la maquinaria del complejo industrial comenzó a funcionar.

El silo donde almacenaban la fibra para la confección de almohadas comenzó a desalojar la cantidad necesitada por cada una de las maquinas. Los trabajadores iniciaron los pasos necesarios para la fabricación inicial, para después ver caer cada unidad en una lámina sinfín donde aplicaban una serie de claves, entre ellas la fecha de fabricación, lote, tamaño, y un incontable numero de anotaciones, hasta introducirse en las cajas donde descansarían para salir en dirección a los distribuidores y de éstos a los compradores finales.

El director de la firma, hijo único del fundador de la fábrica, no estaba muy convencido de cumplir la promesa hecha a su padre antes de su muerte. Continuar con la fábrica dando trabajo a más de cuarenta familias. Trabajadores que le ayudaron a construir Solo Descanso S.L. No podía considerar a los trabajadores tal y como hiciera su padre, como iguales, como compañeros, como amigos, a quienes debía ayudar en los malos momentos. Todos sin distinción eran sus empleados, nada más. Aportaban su esfuerzo y obtenían la contraprestación mediante un sueldo mensual.

El terreno que ocupaba la fábrica dentro de la amplia finca significaba solo un cincuenta por ciento de ella. Su padre no solo construyó la vivienda que actualmente ocupaba, donde continuaba viviendo muy a pesar suyo, sino que mandó construir varios edificios, con amplias y bien dotadas viviendas para quienes quisieran ocuparlas previo pago de una simbólica cantidad. La mayoría de sus trabajadores aceptaron la propuesta y las ocuparon. El no tenía intención de continuar con esa filosofía paterna.

La incidencia de sus productos en el mercado era mínima, solo algunos hoteles, dos hospitales y algunas tiendas de cuatro ciudades, además de los distribuidores en cada una de las capitales importantes, mantenían la línea de pedidos. Los pedidos disminuían considerablemente. Ante los resultados y la poca penetración en el mercado exterior, Antonio Beres hijo, se concedió un plazo para liquidar la empresa. Si al finalizar el ejercicio no obtenía al menos un resultado superior a un 5% respecto del anterior, propondría el cierre de la fábrica y posterior venta del terreno. La parcela ocupaba la parte derecha de la calle dividiendo el polígono industrial. Su situación era singular, tanto que su padre rechazó las ofertas de algunas inmobiliarias para construir bien un complejo comercial o una urbanización de viviendas unifamiliares, dada la cercanía a la autopista del aeropuerto y a una de las principales playas de la ciudad.

Acabó el mes de agosto y nada más comenzar septiembre, algo le hizo modificar el plan establecido. El número de pedidos aumentó de forma considerable. Los distribuidores llamaban preocupados, pues debían entregar cientos de peticiones de almohadas fabricadas por la empresa Solo Descanso. El volumen de ventas aumentó exponencialmente cada mes y al llegar Diciembre, era tal el beneficio, que no tuvo más remedio que reunirse con una Agencia de Publicidad para lanzar una promoción especial de Navidad en la que al comprar un colchón se obsequiaba con una almohada.

No entendía la fluctuación del mercado y aún menos a la gente. De repente la marca creada por su padre, de estar a punto de fenecer, y a punto de vender la fábrica, ahora le permitían ampliarla, aumentar la fabricación y dar respuesta al amplio número de peticiones que comenzaban a llegar del exterior. Los competidores no sabían a que se debía el éxito, incluso llegaron a reunirse con Beres hijo, a fin de establecer un acuerdo que les permitiera seguir en el mercado. Lo aceptó, pero los consumidores no querían otra marca, reclamaban Solo Descanso, única y exclusivamente la almohada y colchón distinguidos por la fabrica de Antonio Beres padre.

Los ocupantes de las viviendas construidas por su padre dentro de la parcela de la fábrica fueron desalojadas para dar paso a nuevas construcciones, almacenes y muelles de carga. No tuvo problema alguno, llegó a un acuerdo con los inquilinos y un mes después las maquinas aplanaron la zona, para ser sustituidas por varias naves donde almacenar almohadas y colchones.

Sin la presencia de Antonio Beres hijo, el resto de los fabricantes nacionales y algunos extranjeros, se reunieron para analizar con detenimiento las características contenidas en los productos de Solo Descanso. No llegaron a descubrir nada especial, analizaron composición, textura, suavidad, tendencia a descomposición mediante frío o calor, pero no llegaron a distinguir nada específico que sobresaliera. Mediante análisis lograron aislar una partícula diferente respecto a las fibras utilizadas por ellos, su composición era desconocida, aunque solo aparecía en las mezclas manejadas en la fabricación de las almohadas, el producto insignia. Bien aconsejado por sus especialistas en marketing, solo se vendía la almohada si iba acompañada por el respectivo colchón, ambos con la marca Solo descanso.

No resolvieron nada, ni siquiera dieron la importancia que aquella partícula podía merecer. El análisis y sus resultados quedaron archivados en un laboratorio. Quien los hizo olvidó hasta transcurridos seis meses.

El Cuentacuentos paró un instante para cambiar de posición en el banco. Respiró profundamente y continuó con la historia.

Mientras esto ocurría, en un pueblo costero, al norte del país, dos mujeres sesenta días atrás, discutieron sobre quien merecía quedarse con la ultima almohada Solo Descanso existente en la tienda.

— Yo entré primero —dijo una de ellas.

— Ya, pero yo la estoy esperando desde hace un mes, fecha en que la solicité a Juancho — dijo la segunda.

— De acuerdo, tendrás razón, no lo discuto, pero tengo tanto derecho como tú a disponer de esa almohada. Mi dinero es tan bueno como el tuyo ¿No es así? —señaló dirigiéndose al responsable de la tienda.

— Desde luego, pero por favor no discutan. Tengo pedidas cincuenta almohadas más, me han dicho que mañana estarán aquí.

— Bien, pues decide quien de las dos se lleva ésta —pidió la primera mujer.

— Pues sintiéndolo mucho debo pedirle que espere al próximo pedido, esta será para ella —dijo señalando a la segunda.

— Está bien. Como quiera, pero conste que no volveré a comprar nada en esta tienda — refrendó malhumorada— no tiene derecho a llevarse mi almohada, se arrepentirá de ello.

— No se ponga así, mañana vendrán más y tendrá la suya.

La mujer no respondió, ni siquiera miró a quien acababa de convertirse en propietaria del último ejemplar de almohada.

— No debería haberse puesto así —dijo nada más salir del establecimiento.

— Qué le vamos a hacer, y eso que mañana estarán aquí.

— Estaba muy encaprichada.

— Desde luego.

— Bueno, te pago y me la llevo.

— Muy bien, la pondré en una bolsa.

— Gracias Juancho.

Abandonó el establecimiento y llegó a su casa. Por la noche tanto ella como su marido, descansaron la cabeza sobre el producto Solo Descanso.

Dos meses más tarde ambos esposos cayeron cansados sobre la cama. El sueño del hombre era pesado, desafiaba al silencio de la noche traspasando posiblemente las paredes del caserío, claro que estaban retirados y nadie podía escucharlos. La mujer ya estaba acostumbrada y como cada noche, introducía unos tapones de silicona en sus oídos evitando escuchar los gruñidos, que no ronquidos, de aquel oso que tenia por marido. Al cabo de dos horas y cuando ambos estaban completamente dormidos, el hombre se despertó como consecuencia del hormigueo producido por algo sutil y minúsculo que rondaba por su cabeza. Inicialmente descansaba sobre el lado derecho, como su cara, después el izquierdo y por último boca arriba, mirando al techo. De esa forma llamaba al sueño, y era cuando la cabeza se hundía en la almohada que parecía acariciarlo cada noche. Aquella no fue así, las caricias se mutaron en minúsculos pinchazos, tanto en la cara como en el resto de la cabeza, se movió, levantó y encendió la luz tratando de averiguar que ocurría. ¿Habrán sido las dos copas de pacharán que tomé después de la cena? ¿Tal vez el café? No tuvo respuesta. Se levantó. Los picores y pinchazos continuaban. Se acercó hasta el cuarto de baño, encendió la luz y se acercó al espejo. Al verse gritó con desesperación. Sobre la mejilla derecha y moviéndose hacia la frente, pasando por el ojo, pudo comprobar a miles de puntos diminutos, blanquecinos, moverse mientras parecían picotearle la carne. Se mojó la cara tratando de serenarse, pero eso no hizo más que incrementar el dolor y disipar las fuerzas para moverse. Poco después fue relajándose de tal forma, que cuando volvió a mirarse en el espejo, su cara parecía más un esqueleto sanguinolento mientras los ojos aun permanecían dentro de sus órbitas. La frente solo era hueso y los cabellos habían desaparecido, como las orejas. Gritó, gritó cuanto pudo, pero nadie le escuchó. Se miró las manos y resto del cuerpo y comprobó que aún seguían allí. En un instante creyó se trataba de una pesadilla. Abrió la puerta del baño y en dos pasos se acercó hasta la cama donde dormía Alicia, su mujer. Se asustó aun más. Su rostro era una copia exacta del suyo, solo huesos sanguinolentos. Los tapones de silicona descansaban sobre la almohada y su cuello empezaba a diluirse lleno de puntos blancos como los que circulaban por su cara. Tomó su mano con la poca fuerza que le quedaba y trato de despertarla, pero ya era tarde. Tuvo que soltarla, estaba fría. Intentó acercarse a su pecho para escuchar su respiración, pero al reposar su cabeza se percató de la inexistencia de oreja con que escuchar. No pudo echar lágrimas, ni siquiera tenía lagrimales, solo los globos oculares en las orbitas. Se quedó mirando, aguantando el dolor producido por aquellos minúsculos puntos blancos. Se recostó al lado de su esposa. En esa posición los encontraron ocho días después.

Dos esqueletos, uno tumbado sobre la cama, el otro con los brazos, los huesos sobre el primero y la cabeza sobre ellos. Uno de los policías dijo: Esta gente dormía sin almohada, que raro en estos tiempos. ¿te has dado cuenta?

La otra mujer de la disputa por la almohada fue detenida e interrogada como sospechosa. Sin embargo, nada pudieron probar las autoridades. Dos días después regresaba a su casa diciendo entre dientes: les está bien empleado por quedarse con mi almohada.

Llegado este momento el Cuentacuentos volvió a parar la narración, en esta ocasión para comentar algo acerca de la maldad humana. Hizo el comentario, me miró, preguntó si continuaba, y al asentir, prosiguió.

La vida comenzó a ser más ilusionante para Antonio Beres hijo. La fábrica no solo se mantuvo activa, sino que con la ampliación copó el setenta por ciento del mercado mundial de almohadas. Las exportaciones superaban el ochenta por ciento de su fabricación, dado que el mercado interior estaba saturado. Acompañado por el jefe de laboratorio, quiso conocer los componentes moleculares de las fibras utilizadas, deseaba saber a ciencia cierta, el motivo de su inesperado éxito, sin embargo, una llamada telefónica le invitó a ser razonablemente sensato y precavido.

—¿Señor Beres?

—¿Con quién tengo el gusto de hablar?

—Soy el antiguo jefe de laboratorio de un ex competidor suyo. Me gustaría comentarle algo personalmente. ¿Podría acercarme por su despacho?

—¿Ha dicho antiguo?

—Si señor, no tengo trabajo, hace meses que cerraron la fabrica.

—¿No vendrá a pedirme trabajo?

—No, no señor.

—Si se apresura podemos vernos, dentro de dos horas vuelo a Italia.

—No tardaré más de diez minutos.

—Le espero.

Al cabo de un cuarto de hora, Wenceslao Piñate estrechaba la mano de Antonio Beres.

—Siéntese y cuénteme, por favor.

—Cuando cerraron la fabrica Pindolin, antes de marcharme definitivamente, recogí la historia de todos mis análisis de fibras, especialmente por cariño a mi trabajo. Entre ellos dos cajas conteniendo muestras de todos los realizados hasta entonces. Lo hice con la necesaria y absoluta autorización de mis superiores.

—¿Y qué tiene que ver conmigo?

—Hace unos días, para entretenerme, me encerré en mi estudio donde tengo montado un pequeño laboratorio. Lo utilizo como escape a mi intelecto, hasta conseguir otro trabajo y no perder el hábito de analizar.

—¿Quiere por favor ir al grano?

—Sí. Si señor. Descubrí, al volver a analizar la muestra de fibra que contienen sus productos, que ésta ha modificado su estructura molecular.

—¿Qué quiere decir?

—Señor Beres, la fibra que utiliza para fabricar sus almohadas está viva.

—¿Qué? ¿Cómo?

—Si señor, está viva, sus moléculas vistas a través del microscopio tienen movimiento.

—¿Lo ha comentado esto a alguien?

—No señor, he querido que fuera usted el primero en conocer mi descubrimiento.

—Déjeme pensar. No puedo cancelar mi viaje a Italia, salgo dentro de unos minutos, pero si le parece, nos acercaremos a la Dirección de Relaciones Industriales para que le hagan un contrato por un año desde primero de mes. De esa forma, cuando se incorpore a mi regreso, tendrá a su disposición nuestro amplio laboratorio ¿Le interesa?

—Pues claro que sí señor Beres.

—Ahora bien, necesito su palabra de que cuanto ha descubierto hasta el momento, no lo comentará con nadie. Ni siquiera con mi actual jefe de laboratorio.

—Por supuesto. Puede incluir una cláusula de penalización en el contrato.

—No es preciso. Bien, entonces vayamos. Cuanto antes acabemos, antes podré salir para Italia.

—Gracias.

—Le llamaré a mi regreso, hablaremos antes de incorporarse. Insisto, no debe comentar nada de esto a nadie.

—Se lo aseguro.

—Eso espero, de lo contrario no le ofrecería esta cifra —dice mostrándole una serie de dígitos puestos sobre un sobre.

—Es estupendo. Mi mujer se pondrá muy contenta.

—Acabemos, y regrese a casa para que pueda invitarla a cenar, corre de mi cuenta. Tenga —señala ofreciéndole unos billetes.

—No es necesario.

—Lo sé, pero quiero invitarles.

—Gracias de nuevo señor Beres.

Wenceslao se retiró con la carpeta donde guardaba las anotaciones hechas en su laboratorio. Esperó en la puerta del recinto hasta que encontró un taxi para regresar a casa. A su mujer solo quiso comentarle que, en quince días volvería a trabajar y esa vez con el fabricante numero uno de almohadas y colchones. Se invitaron a cenar en un lujoso restaurante y como ambos eran jóvenes, cuando regresaron, decidieron meterse en la cama para descansar y disfrutar del apetecible sopor producido por el vino. Al cabo de dos horas, y mientras ambos soñaban despiertos enlazados por las manos, y dejaban que solo la luz de la luna cubriera sus cuerpos desnudos, se despidieron ofreciéndose un abrazo prolongado para sellarlo con un beso. Después cerraron los ojos.

© Anxo do Rego 2021. Todos los derechos reservados.

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