Así comienza…CLAVE SANGRIENTA

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CLAVE SANGRIENTA

Última novela (15ª) de la serie Roberto HC. Intriga policíaca.


Sinopsis:

La desesperada caza de una asesino cruel e implacable.

Última investigación realizada por Roberto HC. Desde su puesto como director de la A.I.E (Agencia de Investigaciones Especiales); ya reflejado en anteriores novelas. En esta lleva a cabo  actividades ocultas como apoyo al resto de fuerzas de seguridad del Estado. Parte de su equipo se incorporó desde su antigua comisaría.

Una serie de asesinatos se comenten en diferentes ciudades de España. Los cuerpos de mujeres aparecen sentadas y recostadas, sus piernas forman una «V».  Al parecer han sido asesinadas con un elemento punzante que interviene su corazón. Bajo el seno derecho descubren pintado un espiral en cuyo centro aparecen unas siglas.

A cada muerte le sigue una nota del asesino dirigida a Roberto HC entregada en una comisaría de la ciudad donde aparece el cadáver.

Todo un reto para el policía y su equipo al que se incorpora desde la actividad privada, su antigua compañera Esperanza Miró como psicóloga criminalista. Roberto propone una fórmula para atrapar al supuesto asesino para desviar su atención, sin embargo la concatenación de hechos  provocará otros no previstos.


A las tres mujeres que más amé.

Mi Madre, Gloria y Susana.


Nuestro corazón tiene la edad de aquellos que ama.

Marcel Proust


Nota.:

Dado que la novela está en manos de mi editor, solo publicaré algunos extractos de capítulos. Aquellos que seguro permitirán alcanzar el deseo de leer la novela completa tras pasar página a página. Gracias.


...

Roberto Hernán Carrillo, Roberto HC, como le conocen sus compañeros y amigos, está sentado frente a un monitor que descansa sobre la mesa de su despacho. Se encuentra situado en la planta noble de un edificio de la zona de carga del complejo del aeropuerto de Barajas en Madrid, alejado del centro de la ciudad. Es un edificio como otros muchos, moderno y equilibrado ambientalmente, aunque no es lo que aparenta. Da la impresión de ser una moderna oficina de equipación y catering al servicio de líneas aéreas, aunque en realidad es la tapadera de una Agencia Gubernamental, dependiente del Coordinador General de Cuerpos y Seguridad del Estado. Se trata de la Agencia de Investigaciones Especiales (AIE).

Transcurrida una larga etapa llena de éxitos, Roberto ha resuelto conciliar su vida privada con el trabajo. Ya no es tan joven y la impronta dejada por sus obligaciones profesionales, sigue condicionando su futuro.

Fantasmas del pasado, casos no resueltos, asesinos no detenidos, delincuentes libres, hoy en aumento, y muchas otras circunstancias, le producen una inquietante preocupación. A veces, cuando rememora su pasado, pese a estar conforme con cuanto hizo, acude a su mente el deseo de haber dejado poco tiempo a su vida privada, muchas veces sacrificada en aras del esfuerzo como policía.

Los hechos y situaciones comienzan a confundirse. Son muchos los personajes que entraron en su vida. Por esa razón ha decidido reunir sus recuerdos, recopilarlos en un solo ejemplar, algo así como una autobiografía. La historia de su vida, o mejor, de sus vidas. No tiene intención alguna que, en un futuro no muy lejano, todos esos personajes se mezclen y confundan. Cada uno debe estar en su sitio. Sus amistades, compañeros y amantes en el suyo. En muchas ocasiones se unirán, pues es difícil sustraerse en su totalidad al paralelismo y nexo que los une, sin embargo, recordarlos debe ser una satisfacción, en el amplio concepto de la palabra, no conformar solo malos recuerdos.

Durante días ha preguntado a su inseparable inspector Luis Pinillas, experto en materia informática, la manera de crear una importante base de datos con numerosos accesos. Necesita crear una ficha con cada personaje, acceder a detalles, tanto del expediente policial, si se trata de un delincuente, como datos personales y privados, si se trata de un amigo, amiga, amante y muchos más etcéteras. No quiere exponerle con detalle lo que trata de hacer, solo pregunta la forma o manera de crear esa importante base de datos personal. Recibe todo tipo de ayuda, y elude responder cuando Luis pregunta la razón de sus consultas.

Al cabo de muchos meses y anotaciones, comienza su labor. A su mente acceden, uno tras otro, los personajes que han ido pegándose a su piel durante años, como la lluvia lo hace en la tierra. La inicia desde su más tierna infancia. Aparecen sus padres y demás familia, amigos del colegio, del instituto, la universidad. Novias, amigas y amantes, hasta llegar a su incorporación a la Academia de la Policía. Sus primeros casos como ayudante en prácticas. El nombramiento de inspector ayudante y resto de cargos. Todos y cada uno de ellos comienzan a formar parte de una historia, la historia de Roberto HC.

Luis Pinillas le recomienda como a todos —para eso elaboró un protocolo de prácticas informáticas— aplicar una clave de acceso en el supuesto de crear una base de datos. Piensa durante unos minutos y decide memorizar 0C9M0B7. Es sencilla y fácil de recordar, equivale a las siglas de su actual pareja añadiendo el día y mes en que se vieron por primera vez.

...

Río de Janeiro.

Un hombre de mediana edad permanece sentado frente al televisor. Acaba de almorzar y como suele hacer cada día, aprovecha el sopor que produce la digestión, para sentarse cómodamente y dejar que sus ojos se cierren esporádicamente, hasta caer dormido durante unos minutos.

Antes de cerrarlos, el presentador de un canal de noticias inicia la dosis diaria de información. No presta mucha atención a los importantísimos sucesos acaecidos en el mundo, sin embargo, hay una que llama su atención. Escucha: Uno de los mejores profesionales en el campo de la informática india, llamado Hastin Kothegal Marimahadevappa, ha sido detenido en aplicación de la Ley de Seguridad Nacional sobre terrorismo de Estados Unidos. Al parecer el Departamento de Justicia ha rechazado la solicitud para su incorporación al Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) alegando ser extranjero y no disponer de visado para permanecer más tiempo del concedido. Está previsto que Hastin Kothegal salga el próximo día 17 con dirección a su país de origen. Actualmente permanece como invitado en The Kendall Hotel, junto al campus del MIT...

El hombre se concentra en la imagen que aparece tras la figura del comentarista, anota el nombre del hotel. Se levanta con esfuerzo, sujeta con decisión la muleta y tras dos intentos, consigue elevar su cuerpo y lanzar ambas piernas en busca de un papel donde escribir los datos retenidos. Avanza lentamente hasta una sala contigua, donde le espera una mesa de despacho y un sillón. Alcanza inquieto la mesa, levanta el teléfono y marca un número de información.

—¿Puede facilitarme el número de teléfono del hotel Kendall en Cambridge, Massachusetts, USA?

—Sí señor, pero si no le importa, le localizaré y llamaré más tarde. Así no le haré esperar.

—Muchas gracias.

Al cabo de tres minutos, descuelga el teléfono.

—Señor, ¿Quiere anotar el número del Hotel Kendall por favor?

—Claro, muchas gracias.

Poco después marca el código correspondiente y al descolgar.

—Quiero hablar con el señor Hastin Kothegal —señala imperativamente.

—Un momento señor, veré si está en su habitación. ¿Me puede decir quien le llama?

—No. Se lo diré a él, a usted no le interesa mi nombre —responde.

—Entiendo. Un momento, por favor.

—Le paso —escucha a los pocos segundos.

—¿Señor Kothegal? Acabo de oír por un canal de televisión, que le expulsan de Estados Unidos ¿Es eso cierto?

—Sí señor, pero ¿Quién es usted?

—Alguien que necesita de sus conocimientos. Estoy dispuesto a otorgarle una importante cifra e invitarle a vivir en mi país durante el tiempo necesario evitando volver al suyo, si es que le sigue interesado permanecer en América. Mientras tanto, puede ayudarme en algo que parece dominar perfectamente, la informática.

—¿Debo responder inmediatamente?

—Tómese el tiempo que necesite. Anote mi número de teléfono y llámeme con la respuesta. Estaré esperándole. Soy el señor Martínez, le llamo desde Río de Janeiro. Esta sería la ciudad donde nos veríamos, no puedo desplazarme, me lo impiden mis piernas. Le facilitaré los medios para salir y entrar en el país, así como su estancia aquí.

—Bien, señor Martínez. Le llamaré pronto, solo me queda una semana para abandonar Estados Unidos.

—Estaré impaciente, y espero su respuesta afirmativa.

—Ya veré. Gracias por interesarse.

—De nada señor Kothegal.

Dos días después daba orden a su chófer para recoger al Hastin Kothegal en el aeropuerto, tras aceptar su propuesta.

Durante tres meses anduvo preparando lo necesario para conseguir información. Al cabo de los cuales el señor Martínez, soñó cada noche con lograr, por fin, algo que se propuso hacer años atrás.

...

A Coruña, Galicia, España.

A la hora en que Xosé Luis se levanta aún llueve. Tras calentar un poco de café, que pone de la cafetera italiana, se lo bebe y sale sin despedirse de Carmiña, su mujer, que todavía duerme, o al menos eso aparenta. Deja resbalar el pestillo de la puerta y camina entre los árboles hasta Rúa Real. Gira a su izquierda como cada mañana. Lo hace hasta el cruce con Rúa de Xosé Baena. Su amigo Raúl, que le recoge los días laborables para ir juntos a trabajar a Vimianzo, no suele llegar hasta las seis y media. Su punto de encuentro es la esquina con la Avenida das Mariñas, dirección A Coruña.

Se incorpora al lado izquierdo de la calzada, pese a que a esa hora pocos son los coches que circulan. Atraviesa el grupo de eucaliptos y cuando a punto está de salir, siente la llamada de su vejiga. Necesita evacuar con rapidez, la dichosa próstata le obliga. Se introduce entre los árboles y micciona. Al girarse para volver a la calzada, ve algo que llama su atención. Avanza unos metros, se asusta en un principio, pero no obstante para y observa. Es una mujer joven sentada en el suelo, recostada sobre el tronco de un árbol. Sus piernas abiertas forman una uve sobre el barro, sus brazos descansan sobre ambos costados hasta posar las manos sobre el empapado terreno. Su cabello, lacio por la lluvia, está pegado al rostro de manera que le impide ver sus ojos.

Continúa mirando el cuerpo de aquella mujer. Se fija en su escote, resbala un diminuto hilo de sangre, que mezclada con el agua caída de sus cabellos, llega al regazo. A su lado derecho un bolso de piel negra, también empapado. No hay duda alguna, aquella mujer está muerta. Está seguro, han debido apuñalarla —menciona en voz baja.

Duda unos segundos. No sabe si continuar al encuentro de su compañero y amigo, o llamar a la policía. La segunda opción posiblemente retrasará la llegada al puesto de trabajo. Sale del grupo de árboles y decide ir en busca de Raúl. Diez minutos después se saludan y entran en el vehículo. Sin embargo, le obliga a parar y relatarle cuanto acaba de descubrir.

No se tranquilizan hasta que un coche patrulla aparece junto al grupo de árboles. Xosé Luis acompaña a los policías hasta donde se encuentra el cuerpo. Después de proporcionar sus datos personales, vuelve junto a Raúl, que permanece sentado frente al volante del coche. Sube y comienzan su viaje diario a Vimianzo. Llegan una hora tarde, aunque explican la razón a sus jefes.

El día anterior, sobre las tres de la tarde, la joven Irene sale de su oficina situada en el Cantón Pequeño de A Coruña. El viento arremete no solo contra su falda, que la eleva indecentemente al pillarla desprevenida, sino también las de dos compañeras que caminan a su lado. Tal vez porque están habituadas al otoño de Galicia; que regala más de cinco buenas borrascas cada año, desde ese mar tan elocuente llamado Océano Atlántico; no hacen caso de los avisos que insistentemente repiten todos los medios de comunicación.

Las tres jóvenes ríen al comprobar que sus piernas son objeto de atención, no solo por el guardia de seguridad, situado a un lado de la puerta principal del edificio representativo del Banco Pastor, sino también por dos hombres que en ese momento se hacen a un lado para facilitar su salida.

Irene, como cada día, acompaña a sus dos compañeras hasta muy cerca de sus domicilios. Le va de paso hasta llegar al suyo, alejado de la ciudad, al otro lado de la bahía. Vive aún con sus padres en Mera, una población cercana y más tranquila, aunque solo hasta que celebre su boda.

—Vamos —dice a sus compañeras— el coche lo tengo aparcado en la avenida de La Marina.

—Estupendo —responde Elisa— hoy será más corto el camino.

—Es verdad, has tenido suerte este mañana —añade Vicenta.

Atraviesan los jardines y unos minutos después entran en el Peugeot-207 blanco, que soporta varios papeles publicitarios sobre el parabrisas, mojado por la lluvia que, durante toda la mañana no ha cesado de caer.

Cuando deja a sus compañeras y tras varias paradas, debido al tráfico, cruza O Ponte do Pasaxe y sin darse cuenta llega a su casa.

Como de costumbre, su madre espera sentada en uno de los sofás del salón, frente al televisor encendido. Un minúsculo bloc con hojas cuadriculadas y un bolígrafo, descansan después de haberlos utilizado para anotar los dos platos que cotidianamente prepara el cocinero de turno, quien declama la receta mezclada con algún que otro mal chiste.

—Bo día nai ¿Cómo está hoxe?

—Mellor, per os meus xeonllos feridos desde que comezó ésta maldita tormenta que está sobre nós.

—Eu creo que todos nós, sentimos o mesmo.

—Hai poucos minutos para rematar de cociñar os alimentos.

—Eu non teño présa, vou esta tarde só para mercar algunas ropas, se eu apatece

—Enton, mentres se espera, pode ler o papel, deixó o pai antes de ir a traballar. ¿Non vai saír co Carlos?

...

La lluvia, pese a no ser copiosa, se deja empujar por las fuertes rachas de viento y juega con los viandantes, que, sin paraguas, se mojan en silencio. Como puede abre la puerta del coche y se dispone a atravesar corredoiras[1], carreteras, calles y avenidas, hasta llegar a la capital. Carlos, según señaló por teléfono, no sabe si le dará tiempo a encontrarse con ella en el centro comercial. Cuando se lo escuchó decir, se alegró, pues con él nunca consigue comprar a su gusto, siempre pone trabas o inconvenientes con los colores o diseños.

Espera hasta las nueve de la noche. Durante la tarde confía en que el teléfono suene, pero no es así. Carlos no parece disponer de un minuto para llamarla. De acuerdo que está preocupado por su nuevo trabajo, menos remunerado, aunque más profesional, pero no es razón para dejar de ir a buscarla, menos esa tarde. Le apetece mucho resguardar su cara sobre su amplio y fuerte pecho. Aguanta media hora más y decide coger las bolsas con la ropa adquirida y acudir al aparcamiento para regresar a casa.

Se dispone a bajar las escaleras hasta la primera planta, donde dejó aparcado el coche. Ambas manos soportan sendas bolsas con prendas. Mentalmente considera el gasto realizado y sonríe al comprobar que solo ha gastado un cincuenta por ciento de lo previsto.

No advierte que un joven moreno, de piel curtida y pelo ensortijado, lleva varios minutos detrás de ella observándola con detenimiento. De vez en cuando realiza un extraño movimiento con la mano izquierda. La introduce en el bolsillo inferior del chaquetón negro, saca algo que comprueba mirando de manera fugaz, para después, introducirlo de nuevo en el bolsillo.

Sigue los pasos de Irene. El continúa los suyos, muy cerca, a muy pocos metros. Al llegar donde permanece aparcado su Peugeot-205, deja las bolsas en el techo del coche, abre el bolso de piel negra y saca un llavero. Pulsa la tecla de apertura y tras oír un leve pitido e iluminarse de naranja parte del espacio que la rodea, abre la puerta trasera para introducir las bolsas. En ese preciso instante el joven se acerca a ella, pone sobre su garganta una afilada navaja y la obliga a entrar en el asiento del conductor. Él se sienta detrás, sin dejar de empujar levemente la navaja, ahora sobre el costado derecho, a través del espacio libre entre los dos asientos delanteros.

Irene se asusta, no quiere gritar por temor a que el hombre haga algo que deba lamentar. Escucha un extraño acento, muy parecido al idioma gallego, aunque diferente, más similar al portugués.

—Siéntese, conduzca y salgamos del aparcamiento. No haga nada, no grite ni llame a nadie o le pesará ¿Me ha entendido?  —dice con voz imperativa el joven.

—Sí, pero por favor, no me haga daño.

—No se lo haré, si me hace caso.

—¿Qué quiere?

—Salga del aparcamiento y no haga preguntas.

Unos minutos más y ya están en la calle. La lluvia y el viento parecen no descansar. De inmediato pone en marcha el limpiaparabrisas en una de las posiciones más potentes. El agua apenas permite ver la calzada.

—¿Hacia dónde vamos? —pregunta Irene.

—Hacia el Ponte do Pasaxe, atraviéselo y luego continúe por la Avenida das Mariñas. En cuanto llegue a la altura de la Parrilla del Gaucho Díaz, gire a la izquierda por la primera calle. ¿Ha entendido bien?

—Sí, no hay problema, conozco bien la zona de Oleiros. Pero por favor, no me haga daño.

—No se lo haré. Ahora conduzca y no me mire.

—Bien.

Irene sigue asustada, no sabe a qué obedece el asalto, aunque lo supone. Espera unos segundos antes de girar a la izquierda, por el lugar indicado por aquel hombre y enseguida pregunta.

—¿Y ahora, hacia dónde?

—Hacia Santa Cruz.

Antes de llegar donde la obliga a parar, atraviesan un grupo de viviendas a ambos lados de la calle. Cerca de un frondoso grupo de árboles meciéndose al compás marcado por el fuerte viento.

—Entre por ahí. Por ese camino de la derecha.

—Pero...

—Hágame caso.

Irene comienza a temer lo peor. Al oír la voz del hombre señalando ¡pare aquí!, los nervios se apoderan de ella. El hombre, desde la posición donde se encuentra, lanza su brazo derecho hacia el volante y retira la llave de contacto. De inmediato saca un bulto del bolsillo interior del chaquetón, aguanta la respiración y lo empapa con parte del contenido de un frasco al que previamente retira el tapón de rosca. Sin esperar, sujeta a Irene por el cuello con su mano izquierda y pone sobre nariz y boca, el paño empapado obligándola a respirar. Diez segundos después, pese al forcejeo iniciado, la joven Irene deja caer sus largos brazos sobre ambos costados.

El hombre pasa entre los dos asientos delanteros hasta acomodarse sobre el derecho. Una vez allí, recuesta el cuerpo de la joven y toma su pierna derecha. La pone sobre sus rodillas. Le quita el zapato, necesita tener el pie desnudo, por lo que levanta su falda e inicia la maniobra para retirar sus pantys. Cuando tiene el pie descalzo y libre, saca una placa metálica, la superpone sobre el mismo, e introduce en uno de los agujeros una jeringuilla. El pinchazo lo hace entre los dedos segundo y tercero. Luego empuja el émbolo. Espera unos segundos y comienza a desnudar el torso de la joven. Unos minutos más tarde todo el proceso ha terminado. La viste y calza de nuevo. Saca un estilete, lo pone debajo del pecho izquierdo y lo hunde formando un ángulo hasta llegar al corazón. Nada más retirarlo comienza a emerger sangre, pese a que lleva unos minutos muerta.

La arrastra fuera del coche e inicia las maniobras para recostar su espalda sobre el tronco de un grueso eucalipto. Espera unos minutos para comprobar que no resbala. Cubre el asiento y suelo del coche con una gran lamina de plástico, que extrae de uno de sus bolsillos, enciende el motor y abandona el lugar con dirección a la ciudad, para poco tiempo después aparcar el Peugeot-205 blanco de su víctima.

A la una y media de la noche, suena el teléfono de Carlos.

—Dígame —responde al descolgar.

...

Roberto cuelga el auricular y se vuelve hacia Luis Pinillas[1].

—Disculpa Luis, hablaba con Celia. ¿Qué es eso tan importante que tienes para mí?

—Me ha llamado un compañero de Duli en A Coruña, y …

—¿Qué pasa?

—Al parecer han recibido allí una carta a tu nombre.

—¿En una comisaría de A Coruña?

—En efecto.

—Qué extraño. ¿Qué les has dicho?

—Por supuesto que la envíen, pero a la comisaría de Ignacio[2]

—Supongo que le has advertido.

—Claro.

—¿Por qué esa tensión o misterio?

—Roberto, la carta no tiene franqueo. Tal y como acostumbraba nuestro viejo amigo.

—Ahora comprendo.

—Esperemos que no sea él.

—Estoy preparado para todo —señala con gesto contrariado.

—No te irrites.

—No lo hago, solo que pensar en él, aumenta mi deseo de matarle. Fue una verdadera lástima que, en fin, prefiero no seguir hablando.

—Ignacio me ha dicho que en cuanto la reciba nos avisará.

—Ahora si no te importa debo reunirme con Marcelo, nos esperan en una reunión.

—Claro. Hasta luego.

—Adiós Luis, gracias por la información.

Horas después en la propia puerta de la sala, Roberto se despide de los agentes del CNI.  Marcelo los acompaña hasta la salida. Son cerca de las diez de la noche y no han tenido un momento de descanso desde que acabaron el almuerzo. Mira el reloj y decide entrar en su despacho para llamar a Celia a casa de Esperanza.

...

Después de tomar un café con Marcelo, su alter ego en la agencia, regresa al despacho. En la puerta espera Luis Pinillas.

—Buenos días jefe.

—Buenos días, Luis. Al verte me has recordado nuestros días en la comisaría. Los añoro.

—Yo también los echo de menos de vez en cuando.

—¿Qué me traes?

—Ha llamado Ignacio, tiene el sobre enviado desde la comisaría de A Coruña.

— ¿Quieres acompañarme?

—Claro. Tampoco tengo nada importante que hacer aquí.

—Entonces vamos. Recoge tu coche, hoy no tengo ganas de conducir.

—De acuerdo.

Llegan cuarenta minutos después, el tráfico aún es denso, continúa la hora punta en Madrid. Entran en el edificio de la comisaría, saludan a antiguos compañeros, también con algunos años más, como ellos. Enseguida suben al despacho de Ignacio. Ambos se abrazan, llevan tiempo sin verse, solo conversan de cuando en cuando por teléfono. Se preguntan por sus respectivas parejas. Ignacio cuenta las maravillas de su criatura y lo guapa que sigue su esposa Encarna. Tras sentarse les muestra la carta.

En A Coruña la han metido en una bolsa de las utilizadas para salvaguardar las huellas, por si fuera necesaria una investigación posterior. Roberto recuerda el protocolo. Se pone unos guantes de látex, ofrecidos por Ignacio y se dispone a rasgar el sobre.

El silencio se extiende por el despacho. Luis Pinillas e Ignacio Dobles, antiguos compañeros y subordinados suyos en su antigua comisaría, se miran temerosos mientras esperan las maniobras. Ambos sospechan puede haberla enviado su aborrecido enemigo. Antes de comenzar su lectura, la toma por una de las esquinas, la introduce en una carpeta de plástico transparente para favorecer ser fotocopiada y manipulada posteriormente. Después guarda el original y lo mantiene apartado.

Roberto comienza a leer el texto.

Mi deseado y querido comisario:

Ha pasado mucho tiempo, debo suponer que su vida y la de su familia, ha transcurrido placentera y feliz durante todo este periodo. 

Me habría gustado anunciarle antes mi recuperación, pero no ha sido posible. Un estúpido cirujano cometió varios errores retrasándola. Estoy seguro de que no volverá a cometer ninguno más.

Le extrañará recibir esta carta, pero hay una razón para ello, solo deseo decirle que aún sigo vivo y no le he olvidado.

Pronto, muy pronto, volverá a tener noticias mías. Hasta entonces, le deseo de todo corazón, toda la felicidad del mundo junto a su familia.

Suyo, que no le olvida, Evaristo Fuena [1]. 

Al acabar, Roberto mira a sus dos compañeros, les ofrece el texto en fotocopia para leerlo. Mientras él guarda silencio, ellos leen afanosamente el contenido de la carta, pero sobre todo comprobar quien firma la misiva. Ignacio es el primero en hablar.

—¿Ya estamos otra vez?

—Ya lo ves —responde de inmediato Roberto.

...

De regreso ambos hombres no hacen intención de romper el silencio. Sin embargo, individualmente analizan si deben o no tomar medidas preventivas.

—Supongo que tomarás alguna medida — dice Luis eligiendo la frase.

—En eso mismo estaba pensando   —añade Roberto— pero ¿sobre quién?

—Supongo que tú eres el primero en su lista. Deberías asegurarte con un par de guardaespaldas.

—¿Tú crees? ¿Por cuánto tiempo?

—No lo sé, jefe.

—Es pronto aún, no obstante, hablaré con Esperanza, también ella fue amenazada por ese canalla.

—¿Qué me dices de Celia y Elena?

—Ellas son cosa mía. Cometí un fallo cuando intentó matar a Chiara Faquietti[1], recuérdalo, solo fue un señuelo para comprobar si había rehecho mi vida, tras el asesinato de Loli. Lo hizo para saber si estaba con otra mujer y así poder vengarse.

—A ellas si las pondrás escolta ¿no?

—Luis, por favor, no me atosigues. Antes debemos analizar si es él y sus posibles pasos. Sabes como yo que no hace nada al albur, lo programa hasta el último detalle. Así pues, averigüemos que trata de decir con esa carta. Como bien ha señalado Ignacio, conoce la dirección de nuestra antigua comisaría, y si es así ¿Por qué razón no ha mandado la carta aquí?

—Intentaré hablar con un compañero de Duli en A Coruña.

...

De regreso ambos hombres no hacen intención de romper el silencio. Sin embargo, individualmente analizan si deben o no tomar medidas preventivas.

—Supongo que tomarás alguna medida — dice Luis eligiendo la frase.

—En eso mismo estaba pensando   —añade Roberto— pero ¿sobre quién?

—Supongo que tú eres el primero en su lista. Deberías asegurarte con un par de guardaespaldas.

—¿Tú crees? ¿Por cuánto tiempo?

—No lo sé, jefe.

—Es pronto aún, no obstante, hablaré con Esperanza, también ella fue amenazada por ese canalla.

—¿Qué me dices de Celia y Elena?

—Ellas son cosa mía. Cometí un fallo cuando intentó matar a Chiara Faquietti[1], recuérdalo, solo fue un señuelo para comprobar si había rehecho mi vida, tras el asesinato de Loli. Lo hizo para saber si estaba con otra mujer y así poder vengarse.

—A ellas si las pondrás escolta ¿no?

—Luis, por favor, no me atosigues. Antes debemos analizar si es él y sus posibles pasos. Sabes como yo que no hace nada al albur, lo programa hasta el último detalle. Así pues, averigüemos que trata de decir con esa carta. Como bien ha señalado Ignacio, conoce la dirección de nuestra antigua comisaría, y si es así ¿Por qué razón no ha mandado la carta aquí?

—Intentaré hablar con un compañero de Duli en A Coruña.

...

Alcobendas

La sede de la empresa constituida por Salvador Baraja para sus actividades encubiertas en España está situada en un polígono empresarial de Alcobendas, una población situada al norte de Madrid. Ha contratado para su administración a dos mujeres y un hombre. Otro de toda confianza, se encuentra en un despacho en el centro de Madrid, rodeado de equipos de comunicación desde donde suministra información a los dos bloques de actividades.

Las esporádicas reuniones que celebra con el equipo de ventas suele realizarlas en la capital, normalmente en el salón de algún hotel céntrico y nada de lo que allí se comenta, tiene trascendencia alguna. Solo guarda un reducido informe escrito redactado por él mismo, para justificar la reunión.

Sus técnicos comerciales viajan a diversos puntos de la geografía, de acuerdo con las instrucciones recibidas del director.

Juan Carlos Patios, hombre de piel morena y cabello ensortijado, es uno de ellos. Tiene ese lunes una reunión en las oficinas. Ha llegado muy temprano, desconoce la zona y en previsión, ha salido de Madrid con antelación suficiente. Mientras llega el director, conversa con Silvia, una de las ayudantes. Aunque es administrativa, realiza funciones de secretaria. Se ocupa, entre otras cosas, de contactar con clientes telefónicamente y preparar las entrevistas para el equipo comercial.

—Tú también has llegado muy pronto, yo llevaba cinco minutos esperando en la puerta —dice el hombre.

—Suelo venir temprano, en Madrid hay mucho tráfico por la mañana —responde ella.

—Eso me ha pasado a mí.

—Oye, tu acento me suena, ¿de dónde eres?

—De Galicia, pero estuve bastante tiempo fuera, en Portugal.

...

Irene Gauda Martín, está muerta.

Sin esperar más tiempo levanta su ropa para dejar al descubierto el torso. Con pasmosa tranquilidad, saca de uno de sus bolsillos una caja, extrae una pieza metálica y la superpone por debajo de su seno derecho. Tras unos minutos de manipulación, mira el reloj y guarda la caja de nuevo. Acaba, la viste y al terminar, introduce un punzón en ángulo hasta alcanzar su corazón. Espera unos segundos y con esfuerzo la saca del coche. La arrastra hasta un grueso tronco de eucalipto. Espera unos segundos para comprobar si se cae, al no hacerlo, coloca sus piernas formando una uve con ellas. Deja sus brazos caídos a ambos lados de su cuerpo, y sus manos descansando sobre el suelo. El bolso lo sitúa al lado derecho. Se marcha sin volver la vista atrás.

La lluvia no cesa. Antes de entrar en el coche de Irene, coloca una gran funda de plástico sobre el asiento y suelo. Abandona el lugar para minutos después dejarlo aparcado muy cerca del centro comercial de Cuatro Caminos, en la ciudad. Después camina hasta recoger el suyo y regresa al hotel donde se hospeda.

Se mete en la ducha, donde permanece quince minutos. Al acabar coloca cuidadosamente cuanto ha usado para acabar con la vida de Irene, lo mete en una bolsa, y se tumba sobre la cama.

A la mañana siguiente desayuna sin abandonar por un momento el control visual de la bolsa. Antes de salir camino del puerto deportivo, se dirige al conserje y le pide cerrar su cuenta y preparar la factura para el día siguiente. Tiene decidido abandonar la ciudad.

Minutos más tarde se acerca con el coche hasta el dique de abrigo, en el puerto deportivo. Pese al viento reinante, lanza la bolsa tan lejos como puede. Después se mantiene todo el día paseando por la ciudad. Entrega el coche en una de las terminales de la agencia de alquiler de vehículos, y se acerca a una de viajes para comprar un pasaje de avión a Lisboa. Al salir, tropieza con un joven a quien le pide entregue un sobre amarillo ofreciéndole un billete de 50€ por la gestión.

...

Santander.

María Luisa es una mujer joven, aún no ha cumplido los veintiséis años. Morena, con el pelo lacio que divide con una raya el centro su cabeza al caer graciosamente a ambos lados de su cara. Normalmente lleva la melena descansando sobre sus hombros. Tiene los ojos grises, y su figura atractiva, es causa de sinsabores entre el resto de sus amigas. Suele ser la primera a quienes se dirigen los hombres para invitarla.

Va con frecuencia a bailar, conoce la mayoría de las discotecas de la ciudad. En verano acude a la zona de El Sardinero, donde se ubica una que suele ofrecer conciertos. Estar cerca de la playa resulta más que agradable, por si los vapores del alcohol traspasan las líneas marcadas.

Es viernes 26 de noviembre. Son las siete de la tarde y está en pleno proceso de acicalamiento. Sobre la cama descansa el conjunto que se pondrá esa noche para acudir junto a sus amigas a la Sala Buenas Noches.

Una vez dentro, la música llena su cuerpo y como si se tratara de una lagartija, comienza a moverse rítmicamente. Conversa con sus amigas, que mandan con sus movimientos mensajes a un grupo de varones, más o menos atractivos, que en ese momento sujetan sus vasos como si temieran se los robaran y las miran, de soslayo unos, directamente otros.

La sospecha de sus amigas se personifica en un hombre solitario que acaba de acercarse a la barra. Ha pedido una copa larga con tónica. Se da la vuelta. Descansa su cuerpo sobre la barra y enseguida busca resbalar su mirada sobre alguna mujer atractiva. Las de las cuatro amigas descansan sobre él, pero no repara en ellas. Luego lo hace sobre María Luisa, sonríe y como si se le hubiera disparado un resorte, tropieza con la mirada del joven cuya apariencia es similar a la de un modelo profesional.

            Dos minutos después.

—Bueno, nosotras nos vamos a la otra esquina, no queremos molestar   —menciona una de ellas al ver como el hombre camina despacio al encuentro de María Luisa.

—No hace falta.

—Si la hace, Luisi. Bueno nos vemos mañana a la doce, donde siempre, en la Plaza del Cañadío.

—Por favor, no os vayáis.

—No, si como siempre serás tú quien nos deje, por eso hoy nos vamos antes.

—Vale.

—No, vale no, mañana nos tendrás que contar todo.

—De acuerdo.

            La noche avanza. María Luisa y Luis, el joven cuasi modelo, no solo han conectado físicamente, también parece que lo han hecho sentimentalmente. La mutua atracción surgida, les hace comportarse como si su relación existiera desde hace tiempo. Los besos fluyen como las olas acarician la playa de El Sardinero. Los arrumacos abandonan la timidez y comienzan a prodigarse requerimientos para un encuentro más profundo. Se miran a los ojos y asienten a la pregunta no pronunciada que se dirigen.

Se levantan y acuden unidos de la mano hacia la puerta de salida. La brisa de la noche sacude el calor producido no solo por la bebida y el ambiente del lugar, sino el afectivo que provoca un rubor desatado con solo imaginar el momento que desean vivir.

Luisi no deja de besarle. Le mira y pregunta.

—¿Dónde vamos?

—A la habitación de mi hotel.

—¿Cuál?

—Estoy en el Santemar, en Joaquín Costa.

—Lo sé. Sé dónde está.

—¿Puedo pedirte un favor?

—Todos los que quieras —responde Luisi.

—Antes de ir al hotel me gustaría respirar algo de aire fresco, han sido muchas copas y no me gustaría perder un solo segundo del encuentro.

—A mí me ocurre lo mismo. ¿Qué propones?

—Podríamos subir un rato a Cabo Mayor, despejarnos e ir después al hotel.

—Es una buena idea.

—Entonces recojamos mi coche, está aparcado muy cerca de aquí.

Durante el recorrido hasta Cabo Mayor, no deja de mirarle. Él sonríe y acaricia su mano izquierda, que descansa sobre su muslo derecho. Al llegar salen unos minutos del coche. El viento arrecia en la zona. Luisi camina dejándose balancear mientras el viento la abraza. Se cruza el chaquetón sobre el pecho para evitar el frescor y se coloca un fular alrededor del cuello.

Mientras ella dirige su mirada al infinito, él saca un paño, aguanta la respiración, vuelca sobre él el contenido de un pequeño frasco, al que ha retirado un tapón de rosca. Se acerca a Luisi, pone su brazo izquierdo sobre la cintura. Ella se deja acariciar, pero pronto siente que su nariz y boca han sido cubiertas. Unos segundos y comienza a desdibujarse sobre el plano del suelo. Inmediatamente él la recoge antes de caer. Luego pone el brazo izquierdo sobre su hombro y comienza a caminar arrastrándola hacia el coche.

Deja el cuerpo sobre el capó delantero mientras cubre los asientos delanteros y el suelo con una amplia lamina de plástico. Luego la introduce en el asiento delantero izquierdo. Retira la media de su pierna derecha, luego el zapato y le inyecta por dos veces el contenido de una estrecha jeringuilla entre los dedos segundo y tercero. Escucha una serie de arcadas y luego un profundo suspiro. Luisi ha dejado escapar su vida.

Comprueba que carece de pulso, se dispone a aplicar bajo el pecho derecho, una pieza metálica. Vuelve a colocar su ropa, media, chaqueta y blusa. Ya vestida de nuevo, la mira con pena. Suspira y sigue con su ocupación. Extrae de una funda un punzón metálico. Palpa el pecho izquierdo y pone bajo él la punta. Lo coloca buscando un ángulo que incida sobre su corazón y lo introduce con decisión. Espera a que comience a salir sangre. Luego saca el cuerpo del coche de la misma forma que lo metió. Su mirada encuentra el rincón donde tiene previsto dejarla. Cinco minutos después, Luisi está sentada en el suelo, recostada sobre el muro de una abandonada caseta. Coloca sus piernas en forma de uve, y los brazos sobre sus costados con las manos cerradas sobre el suelo. En el lado derecho abandona el pequeño bolso de la infortunada y guapa María Luisa Díaz, para sus amigas, Luisi.

...

Esa mañana Ignacio recibe una llamada desde una comisaría de Santander.

—Quisiera hablar con el comisario Roberto Hernán Carrillo.

—No está en este momento —señala como si continuará al frente de la comisaria siguiendo el plan establecido con la Agencia— soy el comisario Ignacio Dobles. ¿Puedo ayudarle en algo?

—Supongo que sí.

—Dígame.

—Pertenezco a la Jefatura Superior de Policía de Santander.

—Encantado de escucharle. Dígame.

—Alguien entregó un sobre en una de nuestras comisarías a la atención del comisario Roberto HC. Dado que no tenemos a nadie con ese nombre y apellidos, nos lo remitieron para comprobar si existía alguno con esos datos en el resto del Estado. Salió esa dirección en Madrid y el número al que llamo. Soy el agente López Carril. Me gustaría confirmar los datos.

...

Es domingo. Se presenta en la comisaría a las nueve y media de la mañana. Espera la valija donde vendrá el sobre. En cuanto abre el envío, descubre uno idéntico al que ya recibiera de A Coruña, dirigido a Roberto Hernán Carrillo. Descuelga el teléfono y habla con Pinillas.

—Estamos a punto de llegar —responde Pinillas.

—No he tomado café, así que os espero.

—Vale.

Unos minutos después.

—Esto se está convirtiendo en costumbre —señala Roberto.

—Agradable diría yo. Eso de vernos los tres, me retrotrae a la época en que eras nuestro jefe.

—A mí también. Y me alegra, si no fuera por la sospecha que tengo.

—Bueno, esperemos que no nos traiga problemas.

—Yo también.

—Y yo —añade Pinillas.

—Bien, ya está preparado todo. Ha pasado por un escáner en Santander y como ves, está en una funda resguardando las posibles huellas.

Con mucho cuidado Roberto abre el sobre y como en la ocasión anterior, evita, al ponerse guantes, dejar huellas sobre el sobre y la carta. Tras hacer la correspondiente fotocopia. Comienza su lectura.

Mi querido comisario:

Hace unos días, en mi anterior carta, le prometí mantenerle al corriente de mi salud. Bien, no debe preocuparse; supongo que lo habrá hecho en más de una ocasión; estoy bien, cada día mejor y esperando excelentes momentos.

Hoy es uno de esos en que me encuentro estupendamente. Incluso me atrevo a señalar, mejor que en días pretéritos, en espera de un futuro mejor.

También me alegraré de que continúe disfrutando de su feliz vida junto a su familia.

Seguiré escribiéndole para que sepa de mi recuperación.

Suyo de corazón, Evaristo Fuena.

[1] Inspectora de la policía italiana, asignada para acompañar a Roberto HC durante un viaje profesional a Italia. (En la novela «Cinco asesinatos en Italia» de esta misma serie Roberto HC. Nota del autor)

[1] Inspectora de la policía italiana, asignada para acompañar a Roberto HC durante un viaje profesional a Italia. (En la novela «Cinco asesinatos en Italia» de esta misma serie Roberto HC. Nota del autor)

[1] Evaristo Fuena, es un criminal. Asesinó a la primera esposa de Roberto HC.

[1] Luis Pinillas es Inspector de policía, técnico en informática. Estuvo siempre a las órdenes del comisario Roberto HC.

[2] Ignacio Dobles, actualmente comisario, dirige la antigua comisaría de Roberto HC.

[1] Caminos de carros, estrechos y profundos que discurren entre vallas o elevaciones de terreno. Fundamentalmente entre aldeas.

 

Me gustaría añadir mas párrafos de la novela, pero no es posible, supongo que lo entenderéis. Gracias.

© Anxo do Rego. 2021. Todos los derechos reservados.

 

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