Así comienza… ASESINATOS EN ALTURA

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ASESINATOS EN ALTURA.

Novela de intriga policíaca.


Cui prodest scelus is fecit

(Quien aprovecha el crimen, ese es su autor.)

Séneca


  1. La construcción

   Inicialmente Eladio Montero Sanchís denominó el edificio en construcción «Edificio Montero», dado su egocentrismo. Posteriormente optó por cambiarlo obligado por numerosas reclamaciones, manifestaciones y otros actos, algunos vandálicos, por parte de propietarios e inquilinos de las viviendas construidas desde hacía muchos años por las empresas Montero.

Construyó en la capital y en las ciudades más importantes del país y poblaciones costeras turísticas. Durante épocas los bloques de apartamentos y viviendas surgieron como hormigueros, inicialmente para la clase media trabajadora, más tarde edificó para una élite millonaria, urbanizaciones lujosas. Sus negocios fueron ampliándose hasta convertirse en uno de los más importantes empresarios. Llegó a formar parte de la lista mundial de los más adinerados del país y Europa, donde alcanzó el puesto undécimo.

Mencionar Montero era sinónimo de grandeza en las construcciones. Cada bloque y urbanización se coronaba con el logo y nombre de su propietario, quien muy pronto olvidó su filosofía y expectativas sociales iniciáticas para formar parte del restrictivo y elitista mundo empresarial. Eladio Montero enviudó cuando su más reciente edificio en construcción alcanzaba la altura de la segunda planta, razón esgrimida para cambiar el nombre por «Edificio Elisa», como homenaje a su difunta esposa. Desde entonces su espíritu por seguir construyendo decayó día tras día. Su hijo Luis, hasta entonces segundo en la corporación de empresas constructoras, asumió la presidencia y dirección. Aquel se recluyó, dejó de participar en actos, evitó viajar a los países con intereses empresariales y se sumió en un extraño silencio. La última reunión en que participó fue pedir a la dirección técnica del «Edificio Elisa», modificara los planos. Quiso alterar su primigenia idea, dedicar las plantas inicialmente pensadas para oficinas, en apartamentos de diferentes amplitudes según alturas.

  Desde entonces la segunda fortuna del país desapareció de los medios. Nació una búsqueda incansable por lograr una entrevista, una imagen o alguna noticia suya. Luis, actual dirigente del Grupo, formaba parte del silencio que su padre le hizo prometer.

  La inauguración del edificio se organizó para coincidir con el segundo aniversario del fallecimiento de Elisa Berzosa. No asistió su viudo, solo sus hijos Luis, Eloísa y Victoria.

  Locales, oficinas y apartamentos fueron ocupándose casi de inmediato. De Eladio Montero no volvió a conocerse noticia alguna.

  Luis, su primogénito se encontraba de viaje cuando recibió una noticia alarmante que provocó regresar de su estancia en Singapur. El director de la empresa encargada de comercializar el «Edificio Elisa» le llamó preocupado.

  —Estoy confuso Luis, creo que deberías volver, la policía tiene ciertos indicios que me preocupan.

—¿Puedes ampliar detalles?

—A medida que se han ido ocupando las plantas, tanto de negocios, como apartamentos, algunos de sus ocupantes han presentado denuncias ante la comisaría.

—¿Por qué motivo?

—En un principio lo consideraron una broma pesada. En cada local o apartamento, encontraron una nota exigiendo dejar libre el espacio antes de transcurrir un mes o de lo contrario se arrepentirían. La siguiente que recibieron les conminaba a abandonarlo con carácter inmediato para no sufrir las consecuencias.

—¿Ha sucedido algún percance?

—Sí, los propietarios han recibido otra nota señalando que les sucederá algo similar a lo padecido por el director del hotel Dos Lunas.

—¿Qué le ha pasado?

—No lo sabemos todavía, ha desaparecido. La policía investiga en estos momentos. Algunos inquilinos han pedido cancelar los contratos, quieren marcharse.

—Es una hecatombe.

—¿Vendrás?

—Naturalmente.

Días después Luis Montero regresa de sus actividades en Asia. Requiere más información sobre los inquilinos del Edificio Elisa. Más tarde se entrevista con el inspector designado para la investigación, que le pone al corriente. No han localizado todavía quien envía las notas escritas y revisado las grabaciones desde que se inauguró el edificio, incluidas las fechas en que se pudieron entregarlas con resultado negativo.

—Señor Montero, ¿Tiene usted o sus empresas algún enemigo que pudiera ejercer presión sobre los habitantes del edificio?

—Es de suponer que algunos. Tal vez compradores inconformistas, competencia, no sé, empleados, suministradores. Tenemos muchas empresas relacionadas con la construcción y su desarrollo, será imposible saberlo.

—¿Sería viable relacionar los sospechosos?

—Puedo intentarlo. Me pondré con ello de inmediato. Le haré llegar los nombres de cuantos parezcan susceptibles de investigar.

—Se lo agradezco.

La primera lista que llegó a manos del inspector relacionaba nombres de empleados despedidos por alguna circunstancia especial. Del mismo modo las subcontratas de algunas construcciones. Posteriormente se incrementó con las empresas suministradoras de cemento, ladrillos, canalización, etc. etc. Por último, el arquitecto y directores técnicos de las construcciones. No olvidó relacionar los contactos con corporaciones locales en las áreas de urbanismo.

Mientras tanto, el inspector Isidro Vázquez, inicia las pesquisas para averiguar la desaparición del director del hotel Dos Lunas. Las numerosas llamadas recibidas requiriendo información, aumentan la tensión en la comisaría.

Luis Montero no ha cesado en sus actividades carece del tiempo necesario para ocuparse de los problemas surgidos, por lo que nombra a Paula Flores, actual responsable de relaciones públicas y comunicación, para coordinar la situación y mantenerle informado. El último suceso ha vuelto a sorprender. El propietario del apartamento 612 ha denunciado el robo de documentación, equipo informático, televisor y ropa deportiva entre otros efectos.

Isidro Vázquez se persona en el apartamento para inspeccionarlo. Dos agentes verifican las grabaciones del día en que se efectuó el presunto robo. Conversa con el arrendador, un joven directivo de una empresa de diseños.

—Según señala en la denuncia, advirtió el robo al levantarse a las siete de la mañana, cuando fue a recoger el ordenador para comprobar si tenía algún correo ¿verdad?

—En efecto, regresé cerca de las dos de la madrugada, después de una reunión de trabajo estuve tomando unas copas. Esa noche dormí como una marmota. Al levantarme, el ordenador personal no estaba. Lo utilizo para desarrollar borradores de proyectos de la empresa, quise comprobar unos datos. Pensé que lo habría dejado en la oficina.

—Entiendo. ¿Recibió alguna nota conminatoria?

—La verdad es que sí, pero no le di importancia. Espere, iré a buscarlas.

—¿Así que son varias?

—Concretamente tres.

—Espere, le acompañaré.

Las notas las incorporan a bolsas de pruebas, después pide al inquilino pasar por la comisaría, para dejar constancia de sus huellas y compararlas con las existentes en las notas.

Horas más tarde recibe una llamada.

—Inspector Vázquez, soy Paula Flores del Grupo Montero, coordino la información sobre el estado y situación de los hechos en el Edificio Elisa ¿Podemos hablar?

—Naturalmente, lo estamos haciendo.

—Me refiero a vernos personalmente.

—De acuerdo la esperaré en la comisaría.

—Salgo ahora mismo, gracias.

Minutos después.

—Dígame señorita Flores, ¿en qué puedo ayudarla?

—Gracias por recibirme. Necesito estar al día de cuanto sucede en el Edificio Elisa, mis superiores tienen otras obligaciones, no pueden ocuparse. Les inquieta la situación y agradecería mucho una o dos reuniones semanales, si es posible, claro.

—No tengo inconveniente alguno, aunque comprenderá que ciertos datos no puedo comentarlos, están sujetos a investigación, podría advertir a los sospechosos.

—¿Ya tienen sospechosos?

—Por ahora no. Solo investigamos. Son muchas las personas relacionadas que nos facilitó su Grupo. Verificamos posibles coartadas. Por otro lado, no descartamos ninguna línea de investigación.

—Le dejaré mi tarjeta, así podrá llamarme a cualquier hora del día, si surge algo en que pueda ayudar.

—Se lo agradezco. La mantendré al corriente. Gracias por su visita.

El inspector se reúne con su superior a quien solicita incorporar más ayudantes, son demasiados los puntos que debe analizar, mucha la gente a quien visitar, dados los años transcurridos desde que el Grupo Montero inició sus múltiples actividades. La investigación no avanza, lo precisa, el nerviosismo se hace más patente cada día. Paula pese a los días transcurridos es consciente de la imposibilidad de conocer resultados inmediatos de la investigación. Se reúne con el inspector Vázquez. Ahora entre ambos se ha diluido el inicial enfrentamiento y convertido en un relación suave y equilibrada. Han suspendido las visitas a la comisaría para comentar las novedades frente a una taza de café en un establecimiento cercano a la vivienda de Paula, quien ahora recibe a Isidro con una sonrisa agradecida. Él espera ansioso cada ocasión para descansar unos momentos del ajetreo diario.

—Lo siento Paula, no puedo hacer más. Actualmente me encuentro atado de pies y manos. Mis superiores no incorporan más efectivos. Es posible que durante un tiempo no podamos vernos, solo hablar por teléfono. Debo hacer demasiadas visitas fuera de la ciudad. ¿Cómo te ha ido la semana?

—Mal, llevamos más de veinte cancelaciones. Si sigue esta escalada y tú no encuentras pronto a los culpables de las amenazas, nos abocará a una importante pérdida de imagen empresarial y también económica. Tal vez pueda ayudarte.

—¿Cómo?

—Si como dices necesitas saber las posibles conexiones negativas con compradores y suministradores del Grupo, podría valerme de la Asociación.

—¿Qué asociación?

—Las comunidades de propietarios a solicitud de Eladio Montero, se constituyeron en una Asociación para coordinar las actividades que las numerosas reuniones producían. También para ayudar económicamente a los propietarios y evitar confrontaciones a la hora de unificar criterios y tomar decisiones. Podría celebrar una reunión con el presidente y preparar alguna justificación que nos facilite encontrar a esos posibles propietarios disconformes.

—Sería de gran ayuda, solo utilizaría mi tiempo para los suministradores únicamente. Ahora bien, necesitaré un compromiso por tu parte.

—Claro, lo que quieras, siempre que cenemos juntos una noche.

—¿Me propones una cita?

—Tal vez —responde Paula riendo.

—¿Como lo preparamos?

—Durante la cena lo hablamos.

—De acuerdo. Espero que esto quede entre nosotros, no debe trascender, no puedo dejar de pensar en los problemas que me plantearía si llegara a saberse.

—Guardaré el secreto, no te preocupes.

Dos noches después Paula e Isidro preparan la justificación que ofrecerán a la asociación en ayuda a la investigación. Acaban de cenar.

—Hemos pasado toda la velada hablando de trabajo, ¿puedo saber algo de tu vida?

—Antes necesito conocer la tuya.

—Poca o ninguna por resaltar. Nací, estudié derecho, me hice policía y aquí estoy, frente a una mujer activa, precisa, constante, seguro que muy inteligente, atractiva, al menos bajo mi personal punto de vista.

—Gracias. ¿Tienes compromisos personales?

—Los tuve. Pasé un periodo de introspección desde que lo dejamos, ahora estoy liberado, aunque bastante ocupado como habrás observado.

—¿Tienes hijos?

—Ninguno. ¿Y tú?

—Una hija de cinco años. Vive con mis padres en Alicante. Soy de allí. Me ofrecieron un puesto en la capital para dirigir el departamento de relaciones públicas y comunicación. Soy licenciada en derecho y periodismo. Divorciada desde hace casi cuatro años. Actualmente tampoco tengo relación alguna. No la necesito por ahora. Mi tiempo, lo ocupo en mi trabajo por el momento. Viajo bastante a cada una de las sucursales abiertas por el mundo.

—Ya veo, somos dos seres que se divierten. Almas gemelas que abandonan a sus amistades y familiares para enfrentarse a sus respectivos mundos de manera individual, con la esperanza de ver si en algún momento, esas limitaciones auto impuestas acaben pronto y nos permitan alcanzar un mínimo de felicidad.

—¿También eres psicólogo?

—Hice algunos cursos para conocer ciertos aspectos del individuo. ¿Te ves retratada?

—Veo el tuyo, el mío se asemeja, aunque no me paré a definirlo como haces tú. No sé si seremos almas gemelas, pero desde luego nos parecemos bastante. ¿Una copa antes de despedirnos?

—Claro.

Ocho de la mañana. Isidro avanza hacia el despacho del comisario. Requiere su presencia.

—Vázquez es preciso volcar toda su actividad en el caso de esa torre, instancias superiores han recomendado aplicar prioridad.

—No dejé de dársela. Estoy en vías de adelantar y eliminar sospechosos. Son muchas las entrevistas, poco el tiempo y escasos los ayudantes que requiere este expediente.

—Lo sé Vázquez. Haga todo lo que esté en su mano y sobre todo ofrézcame algún avance pronto.

—Estoy en ello. Ahora necesito su autorización para viajar a varios puntos de la península y reclamar la colaboración de las comisarías de esta relación. Podría salir mañana mismo.

—De acuerdo en todo. Vaya y tráigame resultados.

—Lo intentaré.

En otro punto de la capital casi a la misma hora, Paula Flores conversa a través del teléfono con Arturo Fernández, arquitecto y presidente de la Asociación de comunidades de propietarios del Grupo Montero.

—Me gustaría tener una charla con usted, necesitamos su colaboración.

—Claro, estoy a su disposición señorita Flores.

—Le va bien que lo hablemos mientras almorzamos en «La Petite Maison». Si desconoce el restaurante, le indico, está en la misma acera de mi oficina, tres edificios antes, aproximadamente en el número 118.

—No, no lo conozco, pero allí estaré. ¿Sobre las 13:30?

—Nos vemos.

Isidro Vázquez después de solucionar asuntos en la comisaría, sale en dirección a su piso, debe preparar una maleta, conducirá un coche oficial a primera hora del día siguiente. Entra, retira alimentos de la nevera que puedan estropearse y se dispone a recoger ropa. Suena el teléfono.

—Isidro, soy Paula, almuerzo con el presidente de la Asociación, si no te importa esta tarde podríamos vernos y te cuento.

—Claro, pero por poco tiempo. Saldré mañana hacia levante, concretamente a tu tierra, desde allí inicio un recorrido por la península. Espero obtener resultados. ¿A qué hora?

—Sobre las ocho de la tarde, así me da tiempo para ir a casa y arreglarme, te invitaré a cenar.

—¿Te recojo en algún sitio?

—No, lo haré yo. Dame la dirección de tu casa.

Son las once de la noche. Paula e Isidro se despiden. Salen del coche. Unas breves palabras y unos supuestos besos en la mejilla, en realidad sendos acercamientos como dijera Fred Astaire en su canción más famosa «Chek to Chek»

  1. PRIMER ASESINATO

Un hombre pasea por la acera, muy cerca del Edificio Elisa. Lleva una cartera de cuero negro colgada en el hombro izquierdo. Mira su reloj, ahora extrae el teléfono de uno de sus bolsillos y entabla una conversación corta, apenas treinta segundos. Vuelve a mirarlo. Aligera el paso hasta situarse en una de las entradas al aparcamiento del edificio. Baja hasta la primera planta.

En la torre, una joven de 26 años también se ha despedido, en esta ocasión de la vida. La muerte se ha presentado acariciando su cuello con una cinta negra. Ahora yace tumbada en el suelo, su rostro dibuja una mueca de horror, tal vez una pregunta sin respuesta ¿Por qué yo? ¿Por qué motivo?

La ciudad duerme, espera iniciar temprano una nueva jornada. El movimiento de sus habitantes se deja sentir, muchos regresan de sus quehaceres nocturnos, otros abren los ojos e inician sus actividades. Todo parece tranquilo dentro de la cotidianidad. El edificio también despierta, forma parte de la gran ciudad.

El hotel de Alicante donde Isidro Vázquez tiene habitación se encuentra cerca de la principal vía de la ciudad levantina. Un constante tráfico de vehículos anuncia el acceso al puerto, playas, restaurantes y establecimientos comerciales de toda índole. El castillo de Santa Bárbara se erige a más de ciento cincuenta metros de altura como vigilante perenne, lo sabe todo, lo conoce todo. Isidro lo ve desde la ventana de la habitación que ocupa.

No ha tomado aún el primer café del día, ni comenzado a preparar su primera visita alejada de la ciudad, cuando el comisario requiere conversación telefónica.

—Buenos días comisario, dígame.

—Son las nueve de la mañana y acaban de llamar anunciándonos que han encontrado estrangulada a una mujer joven en el apartamento 720 del Edificio Elisa. Lo pondré en conocimiento del Juez de Instrucción. Es imprescindible que soluciones cuanto antes el periplo de visitas y regreses. Supongo que dentro de unos minutos recibiré toda clase de llamadas y necesito algo para calmarlos y responder las preguntas que me harán.

—Claro comisario, pero ni siquiera he hablado con el primero de la lista de sospechosos. Deme al menos una semana para regresar.

—He puesto al subinspector Ignacio Sanz a cargo de la investigación hasta tu regreso.

—Se lo agradezco. Realizaré las mínimas visitas e intentaré volver lo antes posible.

—No dejes de mantenerme al corriente. Te llamará en unos minutos.

—Gracias comisario.

Ignacio Sanz de la UDEF asume la investigación, se encuentra camino del Edificio Elisa en un coche oficial, lo conduce un agente de paisano. Aprovecha para llamar a su inmediato superior quien le ofrece todo tipo de ayuda en la distancia. Te llamaré cada día para ponerte al corriente, añadió poco antes de cortar la comunicación. Está nervioso, aunque suficientemente capacitado, se lo ha oído decir a Isidro. Sus palabras le proporcionan seguridad. Es cuanto necesita.

Acaba la tarde, el sol se acerca al cénit y oscurece la ciudad, las farolas dan un brillo especial y la concurrencia de sus habitantes se ofrecen como resultado de un fatigoso y día laboral. Isidro también lo está. Ha recorrido muchos kilómetros a lo largo y ancho de la provincia, apenas ha tomado un bocado en un intento por alcanzar antes la meta propuesta y regresar. Necesita cubrir cuanto antes las etapas y asumir de nuevo la investigación abierta.

Entre todas las visitas realizadas a suministradores del Grupo, dos resaltan del resto que aparenten animadversión por el empresario, sus empresas o su torre de marfil, ahora con el nombre de su esposa. Esos dos formarán parte de seguimiento con posibilidad de ser citados para responder de sus actividades.

Una ducha refrescante, cambio de ropa, redacción del informe y salida a pasear bajo el cielo de la ciudad. Escoge un establecimiento junto al mar al que acude caminando. No ha probado vino alguno, necesita descansar bajo la naturalidad, no por los efectos que produce la ingesta de alcohol, solo es bebedor ocasional. Un paseo por la Explanada hasta el hotel. Enciende el televisor para ver las últimas noticias. En efecto, dan escasos datos sobre el asesinato de la joven de 26 años en el edificio Elisa. Le interrumpe una llamada.

—Dígame.

—Soy Paula. Veo que no me tienes en tu agenda.

—Lo siento. Dime ¿Cómo estás?

—Bien, por ahora, bien. ¿Estás en Alicante?

—Si. Tengo señalados a dos sospechosos. Tuve una jornada muy ajetreada, acabo de regresar de hacer la primera comida del día. Muchos kilómetros y algo cansado. Me disponía a tumbarme un rato, mañana será igual. ¿Has oído o visto las noticias?

—Si, por eso te llamaba. Parece que van en serio las amenazas. Me preocupa todo esto. ¿Qué harás?

—Por ahora seguir localizando posibles sospechosos. Mi ayudante en Madrid se ocupa del asesinato.

—Te adelanto la información proporcionada por Arturo Fernández, presidente de la Asociación. Toma nota y considera a este individuo como sospechoso. Se trata de Akram ibn Ahmed, un comprador muy especial. Actualmente es dueño de bastantes chalés y mansiones en la costa de Málaga. Me han confirmado que quiso el edificio completo como inversión. Según se desprende de la información facilitada por Gerardo Valenciano, gerente de la empresa que comercializa el Edificio Elisa, se molestó mucho cuando no le aceptaron la compra total y posteriormente la masiva de apartamentos, esto último como consecuencia de una objeción impuesta por Montero padre, fijada en los estatutos que rigen la comunidad del edificio. Solo pudo comprar seis apartamentos en diferentes plantas. Los amenazó «tarde o temprano seré el dueño de la totalidad del edificio. Entonces volveremos a vernos y les recordaré que consigo lo que me propongo de una forma u otra, y el Edificio Elisa será mío, les guste o no y cueste lo que cueste»

—¿Dónde reside?

—Oficialmente en Almería. Te paso la dirección y teléfono de contacto.

—Ha sido rápido el presidente de la asociación.

—En efecto, es un hombre muy activo.

—Tanto como tú, ya veo que tampoco descansas.

—Ya me gustaría. Por cierto, ¿qué harás el fin de semana?, el sábado seguro que no podrás investigar, la mayoría de las empresas cierran.

—No lo sé, es posible que me acerque a la playa a tomar el sol. Revisaré el caso y descansaré.

—Si no te parece mal, puedo acercarme, suelo visitar a mis padres y a mi hija los fines de semana. Puedo invitarte a almorzar un estupendo arroz en un sitio especial.

—Nada que objetar. Llámame. Estoy en el hotel Marítimo.

—Lo conozco. Te paso ahora los datos del comprador qatarí.

—Gracias, nos vemos.

—Hasta pronto.

13 de Abril

El comisario observa y escucha con atención al inspector Sanz.

—Los datos recogidos en el apartamento de la joven asesinada, demuestran que no hubo lucha, no pudo defenderse del agresor, se encontraba en la ducha. No sabemos cómo pudo entrar. La puerta de seguridad no presenta erosiones ni forzamiento alguno. Están procesando las huellas en estos momentos. Se ha recogido la agenda y el conector de corriente de un ordenador portátil, creemos que se lo han llevado. En estos momentos se extraen datos. El agresor podría ser un amante o novio. Debe disponer de llave para acceder. Mañana podré localizar algún nombre. Esta tarde me entrevisto con la responsable de la Agencia Norma, para la que trabajaba la asesinada Lidia Alonso Durón. No hay nada más por el momento, comisario.

—Gracias Sanz, vaya adelantando la investigación, Vázquez regresará la semana próxima, tal vez le pida hacerlo antes. Le avisaré.

—De acuerdo.

Sanz ha revisado las grabaciones de acceso a la planta sexta del edificio. No aparece persona alguna cerca del apartamento 720, únicamente la víctima. Cerca ningún otro individuo aparece en las grabaciones, salvo la sombra de alguien que todavía no ha conseguido identificar después de visionarlas más de una hora. Se hace tarde, debe visitar a Brigitte Arnaud, propietaria y directora de la agencia de modelos Norma.

La agencia ocupa tres plantas de un edificio situado en una población cercana a la capital. En el aparcamiento frente al edificio IV del complejo empresarial, observa numerosos vehículos de alta gama. Entra en la recepción. Dos miembros de la empresa de seguridad privada CPC solicitan su identificación. Al hacerlo le autorizan el paso, después le entregan una tarjeta de visitante, que rechaza dada su condición de policía judicial.

Una amplia escalera da acceso a la agencia. Un logo y nombre compuesto por letras doradas es lo primero que se deja ver. Una joven pelirroja sentada detrás de un mostrador se dispone a preguntarle, Sanz se adelanta.

—La señorita Brigitte Arnaud me espera.

—Un momento.

Le recibe e invita a pasar, recorren un corto pasillo hasta un despacho decorado con colores pastel.

—¿Le apetece tomar algo?

—Gracias. Como suele decirse, estoy de servicio.

—Disculpe.

—No andaré con rodeos. Necesito conocer las actividades de Lidia Alonso Durón.

—¿Por qué me lo pregunta? Si no tiene su teléfono puedo proporcionárselo.

—Me temo que es inútil. Lidia apareció muerta en su apartamento esta mañana.

—¡Mon Dieu!

—Lamento ser portador de esta noticia. Es el motivo de mi visita.

—No importa. ¿En qué puedo ayudar?

—Información sobre sus contactos, funciones en la agencia, si conoce a algún familiar, amigo, novio, amante.

—Es, perdón, era, muy reservada. Personalmente carezco de esos datos. Tal vez, dos compañeras y modelos como ella puedan ayudarle. Solían verse, salir juntas de vez en cuando.

—¿Qué actividades desarrollaba para la agencia?

—Al acabar su preparación de cuatro ciclos, en los que preparamos a las postulantes, firmó un contrato con nosotros. Desde entonces la representamos y nos ocupamos de buscarle trabajo en eventos, películas, pasarelas de moda, publicidad, etc.

—¿Ha tenido mucha actividad?

—Bastante, es, ha sido, una de nuestras mejores representadas.

—¿Me facilita los nombres y direcciones de las dos compañeras?

—Claro, un momento.

—Gracias. Si recuerda algo que pueda ayudarnos, llámeme al número que figura en la tarjeta.

—Lo haré gustosa.

—Una última pregunta ¿Sabe si Lidia disponía de un ordenador portátil?

—No lo sé, no se lo he visto jamás. Lo siento.

—Gracias.

Regresa a la comisaría. Dos nuevos compañeros de la UDEV (Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta), recientemente incorporados al grupo investigador, han revisado la agenda de la modelo asesinada. Dos nombres destacan. Pide contactar con ambos e invitarlos a la comisaría para ser interrogados.

El primero en acudir es un hombre joven, aproximadamente 35 años, pintor, expone en una importante sala de la capital.

—Por lo que deduzco, conocía a Lidia Alonso ¿Qué relación tenía con ella?

—Amigos desde que nos conocimos en la primera de mis exposiciones hace dos años.

—¿Se veían con frecuencia?

—No tanta como me hubiera gustado. Ella se ausentaba bastante de la ciudad por su trabajo de modelo.

—¿Visitó alguna vez su apartamento?

—No. No tuve oportunidad de asistir a la fiesta de inauguración.

—Necesitaremos que nos proporcione sus huellas y ADN, para descartarle claro.

—No hay problema.

—Por último, dígame donde estuvo anteayer entre las once de la noche y las nueve de la mañana siguiente.

—Me reuní con un empresario a quien agradecí la compra de dos obras. Estuvimos en Clara’s tomando unas copas hasta las doce y media aproximadamente, nos despedimos y me marché al estudio a dormir. Solo, no tengo pareja.

—Anote por favor la dirección.

—¿Puedo marcharme?

—Espere un minuto. Dígame ¿cómo se comunicaba con ella?

—A veces por teléfono, otras por correo electrónico.

—Gracias, ahora puede marcharse.

Se despide del pintor y regresa a su despacho para saber la situación del otro nombre de la agenda, Arturo Fernández.

—No he podido contactar. He dejado avisos en su estudio de arquitectura. Al parecer es un hombre muy ocupado. No saben o no quieren decir donde se encuentra.

—Llama de nuevo, que te faciliten su número de teléfono.

Instantes después el inspector Sanz trata de comunicar con él.

—¿Hablo con Arturo Fernández?

—Sí. ¿Quién llama?

—Ignacio Sanz, policía judicial.

—¡Ah sí! Acaban de comunicarme de mi estudio de arquitectura que han contactado requiriendo mi presencia en la comisaría. Lo lamento estoy fuera de la capital, regreso en unos días. Antes no podré. Pero estoy a su disposición si necesitan algo de mí. ¿Qué sucede?

—Será mejor responder a unas preguntas personalmente.

—¿De qué se trata? ¿No puedo responder por teléfono?

—Lo lamento, es preciso su presencia. Llame a este número cuando regrese.

—Claro.

En la ciudad de Alicante Isidro ha cerrado las visitas más importantes previstas y concertado una entrevista para el martes próximo con el qatarí Ahmed. Le ha propuesto encontrarse en el hotel Luxury en Málaga a la hora del almuerzo. Le obligará a madrugar, están separados por más de 450 kilómetros. Tal y como predijo Paula, el corto fin de semana lo inicia después de tomar su segundo café del día.

—Estoy a tu disposición —responde a Paula que acaba de llamarlo.

—Estupendo. Hoy puedo dedicarte el día, mi hija está con su padre hasta mañana por la mañana. Pasaré el domingo con ella. Regreso el lunes a la capital.

—¿Sigue en pie ese arroz especial?

—Por supuesto. En media hora te recojo en la puerta del Marítimo. Te enseño la ciudad, paseamos y nos acercamos al restaurante de mis amigos.

—De acuerdo, te espero.

Se produce una conversación telefónica alejada de escuchas.

Testa debes poner más cuidado a partir de ahora. La policía está investigando. ¿Conoces al responsable que la dirige?

—No, pero no importa, pondrán ahínco, son perseverantes.

—Toma algunas medidas extra.

—¿Lo tuyo como lo llevas?

—Supongo que bien. Por ahora no dejo señal alguna. Muy pronto veremos culminado nuestro esfuerzo.

—¿Estás en la capital?

—No, debo regresar pronto. ¿Nos vemos?

—Si quieres podemos tomar una copa.

—De acuerdo te llamaré.

—Bien.

Paula aparece en la puerta del hotel. Una sonrisa surge al cruzar la mirada con Isidro. Acercan sus mejillas como saludo.

—¿Has descansado?

—Si, aunque el calor de aquí es húmedo, tardé en dormirme.

—¿Quieres pasear un rato? Tenemos tiempo hasta la hora del almuerzo, el restaurante de mis amigos está muy cerca.

—No conozco la ciudad, estoy en tus manos. Hagamos lo que creas mejor, no me importa pasear, al contrario, me vendrá bien.

—Me gustaría saber cómo van tus pesquisas, yo te contaré las mías y después tendremos tiempo para hablar de nosotros.

—¿Empiezas o empiezo?

—Empezaré yo. Lo mío es corto. El martes por la mañana daré una rueda de prensa en las oficinas centrales del Grupo. Es importante intentar disipar los miedos que tienen los inquilinos y propietarios del edificio. Una ayuda para no dar pábulo a los comentarios de prensa sin conocer con exactitud lo sucedido estos días. Tal vez sea un cliente o suministrador rencoroso, a quien no podremos creer. De acuerdo, se ha cometido un crimen, pero seguro que nada tiene que ver con las amenazas.

—Vale, parece que el martes sea una fecha clave. Yo viajaré a Málaga capital, tengo una entrevista con el qatarí. Viajaré temprano, descansaré en Málaga y regresaré a Madrid. Hablé con mi comisario y quiere que me incorpore cuanto antes para investigar el asesinato de la modelo.

—¿Es una modelo? No sabía.

—Lo investiga durante mi ausencia Sanz, mi ayudante.

—Entiendo.

—¿Acabamos con el trabajo y conversamos de otras cosas?

—Lo prefiero. Olvidemos las obligaciones por unas horas.

—Yo también lo prefiero. Hablemos de nosotros.

—¿Qué necesitas saber?

—La verdad, no necesito saber, solo aquello que quieras decirme, sin ningún deseo especial.

—Como ya sabes, tengo una hija, hoy está con su padre. Ahora es directivo de un banco. Vive en la ciudad. De vez en cuando la recoge y está con ella un par de días, según le interesa. Nos divorciamos hace cuatro años aproximadamente. Tiene novia que le ocupa la mayoría de su tiempo libre. Mis padres se ocupan de la niña. Yo desde hace un año viajo los fines de semana para estar con ella. Espero que muy pronto pueda tenerla conmigo en Madrid. Ahora tengo el suficiente tiempo y capacidad para dedicárselo.

—Intuyo algo más en todo eso.

—¿A qué te refieres?

—¿Echas de menos al padre de tu hija?

—No. Me importa poco, o mejor, nada. Pero sospecho que al dar el paso de llevármela a vivir conmigo, lo entienda como una declaración de guerra. Es algo que no me gustaría.

—O tal vez le liberes de sus obligaciones paternales.

—No me he detenido a verlo bajo ese aspecto. ¿Tienes hijos?

—Ya te dije que no.

—¿Te gustaría tenerlos?

—No me lo he planteado. No tengo pareja ni tiempo para buscarla, a veces pienso que estoy mejor así, sin complicarme la vida.

—No creo que sea una complicación tenerla.

—Pues por lo que deduzco, tú tampoco tienes.

—Es cierto, sin embargo, mi situación es distinta. Soy madre soltera y supongo que a cualquier hombre a quien pudiera interesar no se plantearía mantener una relación con hija incluida.

—Esa posibilidad de relación surgirá cuando Elena viva contigo, hasta ahora, por lo que dices, eres libre excepto los fines de semana.

—Cierto. Tengo una responsabilidad que retomaré y afrontaré muy pronto. Hasta ahora mis padres me han facilitado el suficiente tiempo para asentarme en el trabajo que ahora tengo. No puedo exigirles más.

—Tendrás amistades en la capital, supongo. Tal vez te ayuden en momentos en que tu hija necesite estar acompañada mientras trabajas. Me dijiste que debes viajar y seguro que no puedes ir con ella.

—Ese es el problema. Alcanzada la meta laboral, me impide lograr la de madre y desde luego otras.

—¿Otras metas?

—Pues claro, como todo el mundo. Felicidad, una pareja, un futuro, una familia propia. He dejado mucho de todo eso en el camino.

El rostro de Paula ha perdido la alegría que desbordó al encontrarse con Isidro. Ahora denota tristeza, tal vez amargura y soledad. El deseo de una vida mejor, distinta tal vez de la que vive en la actualidad, se refleja en sus ojos. Isidro acude en su ayuda. Extiende su brazo izquierdo sobre los hombros de Paula, la atrae como si de un abrazo se tratara. Ella levanta una mirada agradecida. La fortaleza que muestra es fingida, por ahora no encuentra solución a sus problemas personales. Guardan silencio mientras mantienen el paseo. El olor a salitre se hace más patente, están cerca del puerto. Mira a Isidro de nuevo y en un corto movimiento se deshace de su brazo.

—¿Puedo agarrarte del brazo? —pregunta.

—Claro, adelante.

Le mira agradecida. Deja en suspenso un ademán que él no sabe interpretar. Baja la mirada y deja que unas gotas se desprendan de sus ojos.

—Espera, Paula. Para, ¿Dime que te ocurre?

—Disculpa. Nada, no me ocurre nada. Un momento de debilidad. Solo eso.

—No. Soy yo quien debe disculparse. No estoy acostumbrado a escuchar confesiones de otra persona. ¿Qué puedo hacer para ayudarte?

—Nada Isidro. Olvídalo. Sigamos paseando. ¿Te apetece tomar un vermut? Conozco un lugar donde lo tienen artesanal, es muy bueno.

—Haremos lo que te apetezca siempre y cuando me digas como puedo ayudarte. No quiero verte triste. ¿Me permites?

—¿Qué quieres que te permita?

Isidro deja de caminar, suelta el brazo de Paula. Con sus manos la acerca para abrazarla. Oye un suspiro. La mira mientras acerca sus labios. Paula aprieta sus brazos alrededor de Isidro, se deja besar. Están en medio del Paseo de la Explanada, la gente los mira. Ella ha dejado de pensar para sentir. Se separan, ahora sus ojos vuelven a brillar con una sonrisa que renueva la alegría de primera hora de la mañana.

—Gracias. Tengo la sensación de que eres una buena persona.

—Vale, te lo agradezco. Por ahora debo serlo, no he matado ni robado a nadie.

—Supongo que sabes la razón.

—Vale. Déjalo. Olvídalo. Ahora vayamos a tomar ese vermut artesanal.

—Claro, crucemos, el bar está escondido en uno de los laterales de esa avenida.

Ahora guardan silencio. Vuelven a mirarse. Paula es quien pone sus labios sobre los de él. No son los mismos seres que se conocieron hace unos días en la capital. Se regalan sonrisas una y otra vez. Unos pasos más y atraviesan la puerta de la Taberna Nero. Destaca una barra de madera semi gastada por el paso del tiempo y el constante uso. Resaltan dos grifos de cerveza y uno de vermut artesanal. El local es recogido, tiene poco espacio. En un lateral hay cuatro mesas y sus correspondientes sillas. Piden dos vermuts y unas quisquillas. Ríen y brindan. Un hombre acompañado por una mujer joven esbelta acaba de entrar en el bar. Su mirada se dirige a los ojos de Paula que se sorprende al verlo.

—Hola Sergio — le espeta de inmediato.

—Hola Paula.

—Creí que estabas con Elena, es lo que me dijeron mis padres cuando llegué anoche.

—En efecto, pero se ha quedado en casa con los míos.

—Supongo que como consecuencia de algún asunto tan importante como el que te acompaña.

—Más o menos como a ti. ¿No nos presentas?

—Claro. Él es Isidro Vázquez, inspector de policía y mi prometido. Sergio, el padre de mi hija Elena, le acompaña su novia Floren.

Apretones de manos bajo la atenta mirada de Paula y la sorpresa de Isidro. Minutos después Sergio y Floren, se despiden para ocupar una de las mesas del bar. Paula e Isidro acaban el vermut y salen del local. Inmediatamente mira a Isidro.

—Disculpa el atrevimiento por decir que eres mi prometido.

—Comprendo los motivos para hacerlo.

—Ha sido la rabia contenida al confirmar lo que siempre sospeché. Es solo fachada. No me importa, es su vida, pero me molesta use a su hija como justificación. Creo que mañana hablaré con mis padres y en cuanto regrese a Madrid, intentaré buscar un colegio cerca de mi casa, habilitaré una habitación para Elena y después comunicaré a su padre la fecha en que su hija vendrá a vivir a la capital conmigo.

—¿Estás segura o es fruto de la rabia? Deberías concederte tiempo para analizarlo con tranquilidad.

—Lo vengo analizando desde hace tiempo, te lo he comentado antes ¿recuerdas? Solo que han sucedido hechos de los que no puedo sustraerme.

—Disculpa, quizás no debería entrometerme en tu vida.

—Me tranquilizas, no me importaría.

—De acuerdo, entonces me entrometeré. Ahora por favor tranquilízate. Todo necesita un equilibrio, análisis y prioridades. Hasta hace unas horas prácticamente no existías para mí, sin embargo, en estos momentos estoy confuso, desorientado. Supongo que a ti te sucede igual. Analicemos esta situación, que a mí al menos me provoca cierto mareo. Así que, si no te importa disfrutemos del descubrimiento. Demos prioridad a ese arroz especial que preparan tus amigos. Después todo será más fácil y tranquilo. Te lo prometo Paula.

—Una pregunta Isidro ¿puedo?

—Claro.

—¿Dónde estabas hasta hoy?

—Tal vez esperándote.

A la entrar encuentran a Josefa que saluda efusivamente a Paula. La recrimina haya tardado tanto tiempo en volver a pisar el restaurante, ahora con una estrella Michelín. Presenta a Isidro y la siguen hasta una mesa. El restaurante está iluminado con luz natural. Desde la terraza se aprecian los yates amarrados en el puerto deportivo. Es un espacio espléndido. Acaban el almuerzo compuesto por un menú de sutilezas y especialidades únicas, incluidos dos tipos de arroces, variedad bahía acompañado con almendras, espinacas y galeras, y otro de variedad carnaroli, meloso con ventresca de atún y cebolla.

—No tardes tanto en venir la próxima vez —pide Josefa al abrazar a Paula.

—Te lo prometo, vendremos muy pronto. Gracias por todo.

—Da un abrazo a tus padres de mi parte.

—Lo haré.

—Adiós Isidro, me ha encantado conocerte.

Paula se siente feliz, tranquila, rebosa alegría. Va agarrada del brazo de Isidro. Le mira y busca sus labios para besarle.

—No puedo evitar pensar en mañana. ¿Qué sucederá?

—Amanecerá como cada día, después, pondremos los medios para seguir viviendo y buscar la felicidad perdida.

—No me gustaría que acabara el día. Me encuentro tan bien que me sacude una extraña sensación.

La tarde pasa muy deprisa, la noche también. Unos días antes eran perfectos desconocidos, el amanecer del domingo los reconocerá como amantes.

—¿Me llevas a casa de mis padres? Debo esperar a Elena.

—Claro.

Minutos después se despiden, Isidro regresa al hotel. En las escaleras suena el teléfono.

—Soy Sanz, disculpa que te llame en domingo, pero es urgente

—No importa. ¿Qué ocurre?

—Acabo de regresar del Edificio Elisa, han asesinado a otro inquilino. El comisario quiere verte mañana lunes sin falta.

—Tengo una entrevista el martes en Málaga con un posible sospechoso. ¿Es imprescindible?

 

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