CINCO ASESINATOS EN ITALIA

11ª novela de la Serie ROBERTO HC


A Susana Garrido

Quien al aceptar mi cariño tuve un

atisbo de felicidad.

Es imposible separarse de la sombra que proyectamos.

Solo la muerte lo consigue.

Lázaro H. Cartes

Capítulo 1 

Madrid. 

Celia vio alejarse a Roberto hasta perderlo de vista en la terminal internacional del aeropuerto de Madrid-Barajas. Fue en ese instante cuando unas lágrimas afloraron a sus ojos y la tristeza invadió su espíritu. Quería a ese hombre, lo quería con todas sus fuerzas, las mismas para desearle que no le ocurriera nada.

Era la primera vez que se separaban más de dos semanas seguida. Desde que él asumió su nueva responsabilidad, solo estuvieron alejados, sin compartir abrazos y caricias, el tiempo obligado como consecuencia de alguna gestión, pero nunca superaron tres días. Era cuanto recordaba. No tenía respuesta para la inquietud que la embargaba, su sexto sentido presentía un suceso negativo.

Se acostumbró a su constante presencia. La sorprendió desde que se comprometió a cumplir con la voluntad de Pedro del Pozo, el hombre que la amó y pidió a Roberto le hiciera entrega de cuanto supuso un nuevo amanecer para su vida. Así tuvo la ocasión de conocerle. A partir de aquel encuentro cruzaron sus vidas, se enamoraron. No pasaban un solo día sin verse, o momentos para dedicar algunas frases a través del teléfono, pese a las obligaciones que él mantenía como comisario.

Transcurrido el tiempo, cuando decidieron compartir su vida, era todavía más difícil no verse diariamente ni prodigarse caricias. Ahora estaban próximos a contraer matrimonio. Se ofrecieron la oportunidad de formar una familia junto a su hija Elena. La situación se le hacía insoportable al ver como Roberto se alejaba por motivos de trabajo. El mismo hombre que supo desgranar y eliminar con cariñosa lentitud, cuanto sufrió hasta conocerlo. Fue quien eliminó la resuelta soledad que la invadió y no supo alejar. Sólo con su ayuda se sobrepuso, logró encender la apagada luz de su alegría cuando temía que jamás volvería. En ese instante los recuerdos se agolparon, notó como su corazón se situó en un inmenso desierto.

Elena, su hija, abandonó la mano de Sergio y acudió con los brazos abiertos a calmar los sollozos que empezaban a cubrir su rostro.

—¡Mamá, por favor! que no se va al fin del mundo.

—Lo se hija, que puedo decir. Me siento como si me faltara algo esencial para vivir.

—Te comprendo, yo también noto un vacío, pero solo serán unos días, enseguida le veremos en Zúrich.

—Claro. Discúlpame.

—¿Ocurre algo que no puedas decirme?

—No hija, nada de eso. Solo que estoy tan triste como antes de conocerle.

—Recuerdo aquel día. Fuiste con él a recogerme al instituto. Días después cuando me quedé a dormir en casa de Gema, os fuisteis a cenar juntos.

—¿Como puedes recordar aquellos detalles?

—Mamá, ya no era una niña. Vi en tus ojos un brillo especial, comprobé como la tristeza que te envolvía comenzaba a transformarse.

—¿Tanto se notaba?

—Supongo que no fue difícil. Tranquilízate, regresemos a casa. Sergio quiere que le acompañemos a almorzar.

—No se hija, la verdad, no me siento con muchas ganas.

—Por favor, mamá, así se te pasará antes.

—De acuerdo, pero después de comer me iré a casa en un taxi, quiero estar pronto, por si me llama.

—Lo hará al móvil, no te preocupes.

—Elena, hija, deja de dominar mi tiempo.

—Perdona.

Salieron del aeropuerto para esperar unos minutos a que el atasco de coches fuera debilitándose y recorrer lentamente la autovía hasta desembocar en la capital. Con más tranquilidad se dirigieron hasta el restaurante asturiano elegido. Tras acabar, Celia salió en busca de un taxi camino de su casa. Hasta entonces Roberto no dio señal de haber terminado con sus obligaciones laborales.

Esperó taciturna, recostada en el lugar del sillón donde solía sentarse Roberto, como intentando absorber su aroma reposado durante tantas horas, con sus manos enlazadas en las suyas. Escuchando con atención los últimos casos retomados con ocasión de una solicitud realizada por su jefe y amigo José Maria. Le echaba de menos. Se quedó dormida. Poco después el móvil resbaló de su mano al vibrar.

Milán.

Cuando cortó la comunicación con Celia, Roberto se volvió hacia los colegas italianos.

—Disculpen, debía decir a mi esposa que llegué bien, con el jaleo no he podido hacerlo hasta este preciso instante.

—Le pedimos disculpas, no le hemos dejado tiempo para nada —respondió Alessandro Pertado, Comisionado del Ministerio del Interior Italiano—. Ahora si no le importa iremos a comer algo y más tarde regresaremos con Chiara Faquietti, quien le pondrá al corriente y programará las visitas, será su acompañante y ayudante durante los días que disfrutemos de su presencia.

—Muchas gracias, Alessandro.

Chiara era una mujer esbelta, muy atractiva. Lo advirtió nada más saludarla en el aeropuerto de Milán al ser presentados por el Comisionado.  Sus facciones y tipo le recordaban a Esperanza, la inspectora y psicóloga de su antigua comisaría.

Al subir al vehículo oficial, amplio, con dobles asientos en la parte posterior, Roberto le cedió el paso para sentarse frente a ella, que lo hizo junto al Comisionado. Durante el trayecto hasta las oficinas en el centro de la ciudad, comentaron la razón de su visita, resultado de la información cursada desde Madrid por la Dirección General del Grupo de Coordinación Especial dirigido por José María, su superior y amigo.

Pasaron por el Hotel Windsor situado muy cerca de la Piazza Republica. Antes de llegar al despacho del Comisionado y tras dejar sus maletas, se acercaron a la Comisaría General para Asuntos Europeos, dirigida por Sandro Melostinni. Posteriormente los cuatro almorzaron muy cerca, en uno de los restaurantes más bonitos que Roberto había visto hasta ese momento, con suculentas recomendaciones, tanto en marisco como en platos de la zona. Dejó que sus colegas le recomendaran, si bien tuvo que rechazar algunos. No acostumbraba a comer tanto y menos a esas horas tan tempranas para él. Al acabar, el Comisionado se despidió. Quedó en compañía de Chiara y Sandro. Juntos repasaron las actividades previstas para las semanas de su estancia, y tras ver las necesarias visitas en ciudades y sus comisarías, Roberto apuntó las conferencias en cuatro de las Universidades más destacadas de Italia. Pensó era la mejor forma de acariciar la verdadera y oculta razón de su visita, captar agentes para su recientemente responsabilidad al frente de la AIE junto a su asociado Marcelo.

Al acabar, la tarde se despedía de la luz para dejar entrar la noche, cargada de desconocidas sensaciones y algunos problemas. Chiara y Sandro le invitaron a tomar una copa en uno de los lugares más frecuentados por ambos, que aceptó a regañadientes, pese a sentirse cansado y agobiado. Durante los momentos en que estuvieron juntos comentaron algunos aspectos personales, además de los profesionales.

—Veo que estás casado —inquirió Chiara.

—La verdad es que aún no hemos pasado por el Juzgado. Tal vez aprovechemos el año entrante, está por decidir la fecha.

—Pero si no entendí mal, la consideras tu esposa, me refiero a Celia, ¿Es ese su nombre, verdad?

—Por supuesto. Llevamos tiempo viviendo juntos, hecho por otro lado que beneficia a su hija Elena. Dentro de poco lo será mía, oficialmente claro.

—¿Adoptará tus apellidos?

—Es un mero trámite, pero es ella quien debe decidirlo, máxime ahora que tiene un pretendiente.

—¿Estuviste casado antes?

—Sí.

—¿Divorcio?

—No. A mi esposa Loli, la asesinó un individuo al que todavía no he podido detener. Se me escapó en dos ocasiones. Una por razones legales, la otra, por no querer cometer un delito. Le tuve en el punto de mira. Como te digo, estuve a punto de matarle, pero pudo más la lealtad y mi situación como policía, que el odio contenido.

—¿Sabes algo de él?

—Tenemos un sistema de alarma en nuestros equipos de seguimiento, se nutren de los contactos con todos los cuerpos de policía internacionales. Supongo que ahora mismo seguirá en Río de Janeiro, es la última información que tenemos.

—¿Cómo se llama?  Tal vez fuera necesario introducirlo en nuestras bases de datos.

—Te lo agradezco Chiara, supongo que estará, no obstante, si lo compruebas mis compañeros y yo estaremos más tranquilos.

—¿Siempre estuviste en la policía?

—No. Durante una temporada impartí clases en una de nuestras Academias. Después regresé a la comisaría para seguir investigando. De vez en cuando me prodigo algo más y suelo dar alguna que otra conferencia. Lo cierto es que tengo pensado dar algunas aquí, si nuestra gira me lo permite.

—Claro —respondió Chiara— precisamente todavía no he cerrado la agenda de estos quince días.

—¿Y tu vida como es?

—Más o menos como la tuya, llena de trabajo, ocupada y sin tiempo para dedicárselo a mi vida privada.

—¿Tienes compromiso con alguien?

—No me lo he planteado. No es bueno para mi carrera, la dificultaría demasiado. Prefiero tener relaciones esporádicas, sin ataduras.

—Supongo que tú, Sandro, estarás casado.

—Supones bien, tengo mujer y dos hijas pequeñas. Por cierto, si no os importa me gustaría dejaros, suelo acostarlas cada noche y a no ser que ocurra algo importante, no dejo de hacerlo.

—Lo cierto es que yo también querría marcharme al hotel, estoy algo cansado.

—Entonces —añadió Chiara—será mejor que dejemos esta velada para otro día menos protocolario.

—Os lo agradezco —respondió Roberto esbozando una sonrisa.

Los tres policías se levantaron y despidieron.

Necesitaba unos minutos de tranquilidad antes de llamar a Celia. Se despojó de la ropa y tras pasar por la ducha, tomó el teléfono y marcó el número de su casa en Madrid. Durante varios minutos comentaron cuanto harían los siguientes días, así como la fecha  en que se encontrarían en Suiza junto a los padres de Sergio. Veinte minutos después colgaban los respectivos teléfonos suspirando en la distancia. 

Capítulo 2

Milán. Cafetería del Hotel Windsor.

Chiara solicita unos cafés al camarero.

—Dos expressos per favore.

Prego Signorina.

—¿Qué tal has dormido?

—Estupenda y profundamente. Gracias.

—Entonces dispuesto para el Giro.

—Desde luego.

—Supongo que no tendrás inconveniente en que pasemos por una comisaría en el centro de la ciudad. Anoche se cometió un crimen y debo comentar unos extremos con uno de los inspectores que lo investigan. Estuve destinada allí una temporada.

—Ninguno.

—Después volveremos a nuestra comisaría y te pondré al corriente de nuestras maniobras para detener a los infractores de la Ley. Por la tarde dos visitas de cortesía y una cena prevista con el Juez encargado de delitos de terrorismo. Esa es una de las facetas que te interesan, ¿verdad?

—Veo que la agenda esta repleta. Y sí, es una de las cuestiones que más me interesan.

Tomaron los cafés junto a unos panecillos de leche minúsculos que a Roberto se le antojaron poco para el desayuno que acostumbraba a hacer. Chiara lo advirtió.

—No te preocupes, comerás en el transcurso del día en más de una ocasión. Te darás cuenta. No te faltarán algunos vasos de vino y algún que otro bocadillo antes de que vayamos a almorzar.

—Ya me parecía. Con esto no habría llegado ni a las once de la mañana.

—Lo se, aunque deberás acostumbrarte, nuestro horario es distinto al español. A mi me ocurrió al contrario cuando estuve un mes de vacaciones allí.

—Me adaptaré.

Subieron al coche que esperaba junto a la puerta principal del Hotel Windsor. Chiara se enfrentó a la difícil tarea de conducir en una ciudad tan populosa como Milán. Las frases lanzadas a algunos de los conductores que se oponían desconsideradamente al guion establecido por la inspectora, estaban salpicadas de dobles intenciones. En ocasiones pidió disculpas a Roberto al comprobar como deducía que varias de las frases en su idioma natal, ocultaban palabras soeces o insultos procaces. Dejaron el vehículo poco después a la entrada de la comisaría y las llaves a uno de los agentes apostados en la puerta.

—¡Pasar! Chiara y acompañante —dijo una voz ronca después de golpear la puerta metálica con los nudillos.

—Gracias Pietro. Te presento al comisario Roberto Hernán Carrillo, de Madrid.

—Encantado de conocerle.

—Igualmente.

—Disculpe comisario, pero me preocupa el crimen cometido anoche y como Chiara estuvo trabajando en la sección, quien mejor para echarme una mano.

—Lo entiendo. Yo también investigo asesinatos. Si puedo servir de ayuda.

—Se lo agradezco. Iremos al lugar del crimen, está a unos trescientos metros de aquí.

—Vamos —añadió Chiara.

Acompañados por dos agentes, caminaron hasta llegar a una de las calles adyacentes a una de las avenidas principales. Varios agentes custodiaban la escena del crimen. En el perímetro acordonado y junto a unas cajas de cartón y el suelo encharcado de rojo, aparecía un cuerpo cubierto por una manta térmica, de las usadas por urgencias médicas. Al retirarla comprobaron se trataba de un hombre de unos cincuenta años. Aparecía recostado sobre la pared. Su mano derecha sostenía entre los dedos una nota.

Por comentarios traducidos por Chiara, lo encontraron dos jóvenes, ausentes en esos momentos, al regresar de cenar y tomar unas copas camino de sus domicilios.

El cuerpo sin vida, tras retirar la manta térmica, lo cubría un abrigo gris marengo abierto, dejando ver un esplendido traje negro, del mismo color que los zapatos. Algo llamó la atención a Roberto, una gran mancha de sangre aparecía en el lado izquierdo del cuerpo.

—¿Puedo acercarme? —preguntó a Chiara.

—Claro, adelante —dijo ofreciéndole unos guantes de látex.

Roberto reclamó algo para ponerse en los pies y enseguida le suministraron dos bolsas ajustables de plástico azul. Se acercó hasta el cuerpo, separó el abrigo y la chaqueta del lado izquierdo descubriendo un enorme hueco, sin duda el que ocupara el corazón. Se lo habían arrancado. Sintió un sofoco inmediato y se retiró hasta donde se encontraba Chiara, con la cara descompuesta.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Chiara.

—Si. En realidad, jamás me acostumbro a ver un cadáver.

—Lo siento. No ha sido buena idea traerte.

—No importa. El hecho de que no me acostumbre a ver muertos, no quiere decir que no pueda soportarlos. De verdad, no me importa Chiara.

—¿Te ha recordado algo verdad?

—La verdad es que sí.

—Lo lamento.

—A mi mujer también la extrajeron el corazón, como a un determinado número de personas en aquella época que investigué a un asesino.

—Espera un segundo, Pietro requiere mi presencia.

—Adelante.

Al cabo de unos minutos regresó junto a Roberto.

—¿Qué pasa?

—La nota, los técnicos no quisieron retirarla y ahora al hacerlo…

—¿Qué?

—Pues que mi nombre aparece en ella.

—¿Cómo?

—Si, la nota la dirige a la Inspectora Chiara y se despide con de todo corazón, sin firma.

—¿Han tomado huellas?

—Están en ello.

—¿Te encargarás de la investigación o se la dejarás a Pietro?

—No puedo reclamarla, estoy fuera del equipo de investigación, ya no pertenezco a su comisaría.

—Pero según parece el asesino puede que tenga alguna relación contigo, de cuando estuviste en ella.

—Es posible, pero eso no podemos saberlo.

—Disculpa Chiara, tengo cierta experiencia en este tipo de notas. En Madrid sufrimos ese mismo tipo de acoso tanto mi inspectora Esperanza Miró, Psicóloga, como yo. ¿Recuerdas mi comentario? Ese individuo se regocijaba enviándonos notas y advirtiéndonos que los siguientes en morir seriamos nosotros.

—En esta anuncia con claridad que, si no lo detenemos, su próximo corazón será el de un habitante de Florencia.

—¿No es allí donde debemos ir dentro de tres días?

—En efecto.

—Supongo que esto trastocará nuestra agenda.

—¿Tú crees?

—Mira Chiara, si el asesino es como supongo un desquiciado como el de Madrid, no estaría de más echaros un cable.

—¿Cómo un cable?

—Disculpa. Es una expresión española, en realidad castellana. Quiere decir ayudar, en este caso ponerme a vuestra disposición para ayudaros a resolver el asesinato.

—Aunque no sea igual que los de Madrid.

—Ayudaré.

—Te lo agradezco.

—Lo único que no puedo abandonar son las conferencias en las Universidades.

—Claro, las darás, no te preocupes, aunque no pueda estar allí para escucharlas.

—¿A qué te refieres?

—Te acompañaré, pero si Pietro me lo confirma, prefiero como dices, ocuparme de lo prioritario.

—De acuerdo. Me gustas Chiara, en términos profesionales quiero decir.

—Me alegro — dijo dejando escapar una sonrisa burlona.

Se reunieron con Pietro. Chiara expuso lo comentado por Roberto. Accedió a que les ayudara siempre que el Comisionado y Sandro Melostinni aceptaran, no deseaba interferir en la labor organizada por las altas esferas. Poco antes de salir de nuevo hacia la comisaría, un vehículo oscuro y otro con el Juez ordinario, precedidos ambos de varios motoristas, hicieron entrada en el callejón. Pietro saludó a Su Señoría y después volvió para encaminarse al centro de operaciones.

Una vez allí, Roberto comentó con más profusión de datos cuanto sucedió en Madrid de la mano del asesino Evaristo Fuena, ahora supuestamente en Río de Janeiro y hospitalizado, según sus últimas noticias.

—Creo que deberías analizar cuantos expedientes abriste en tu etapa como inspectora en esta comisaría. Si tenéis como nosotros guardadas las huellas digitalizadas, confrontarlas con las encontradas en el cuerpo y la nota.

—¿Cuál es la razón?

—Es posible que algún detenido por ti escondiera su odio y ahora lo revierta de esta manera. Necesitaríamos saber como pudo realizarse la extracción del corazón, y si quien lo hizo dispuso de algún material médico. También si lo extirpó con la mano derecha o la izquierda. Es importante conocer cuantos más detalles mejor. Del mismo modo saber si la extracción se produjo post-mortem o no. Deberemos esperar a que el forense realice la correspondiente autopsia. Mientras tanto si os parece bien, busca los expedientes en que tomaste parte para analizalos. A su vista veremos si hay alguien que esconda un perfil tan canalla como para matar a ese hombre y sacarle el corazón.

—Creo que nos servirás de mucho —señaló Pietro.

—Eso espero, la experiencia debe servir para algo.

—Te lo agradezco de todo corazón —señalo Chiara.

—Por favor, Chiara, busca otra frase menos cruel si no te importa.

—Disculpa, no era mi intención.

—Nada, pero entre la nota de ese asesino y mis recuerdos, a la palabra corazón suelo tenerla un odio especial.

—Lo entiendo. Te pido disculpas.

—Mientras vosotros buscáis, si os parece bien cuanto os recomiendo, yo iré preparando mis charlas en la Universidad. Llamaré al Decano por si podemos adelantar la fecha. No la teníamos confirmada aún ¿No es así Chiara?

—En efecto.

—Bien, pues iré al hotel y me pondré a trabajar.

—Te acompaño, Pietro se encargará de recoger la información a través de su gente.

—De acuerdo.

Ambos salieron meditando lo ocurrido. Chiara aún más si como parecía el presunto asesino podía conocerla. La nota advertía su deseo de cometer más asesinatos, ni siquiera una advertencia sobre su vida.

—¿Te costó mucho dar con el asesino de Madrid?

—La verdad es que si. Nos tuvo en jaque durante mucho tiempo. No puedes imaginarte lo que una mente desquiciada puede hacer. Cuando una persona está vacía de estímulos positivos, es decir, se encuentra decepcionada por algo o por alguien, es capaz de cometer las mayores atrocidades. El resentimiento que nace en ellas, por cualquier causa o razón, afecta negativamente a su memoria, solo son capaces de recordar el daño y es entonces cuando creen que sus acciones están respaldadas para cometer cuantos crímenes quieran.

—Pareces muy convencido.

—Lo estoy, además de ser comisario, soy Criminólogo. En aquella época no tuve más remedio que escuchar a mi Psicóloga y su compañero, también Psicoanalista, los perfiles psicológicos preparados. Los aproveché para indagar, no al nivel de ellos, sino superficialmente, en las categorías y perfiles de los asesinos. Esa gente a la que ahora y siempre tendremos que enfrentarnos los policías.

—¿Puedo hacerte una pregunta personal?

—Si puedo aplicar mi personal veto para responderte. Adelante.

—Pareces una persona muy interesante a nivel profesional, de eso no hay duda.

—¿Y?

—¿Eres igual de interesante a nivel personal?

—Supongo que a eso no puedo responderte.

—Creo que si. Pese a que ya no cumplirás los cuarenta, si no me equivoco, personalmente te veo atractivo y supongo que no has desperdiciado la ocasión de tener alguna aventura que otra. ¿Me equivoco?

—Como todos, en mi época juvenil algo más que aventuras. Pero cuando senté cabeza y abandoné mi situación de crápula, fui solo de una mujer.

—Puedo saber algo más de ti, ¿me refiero a nivel personal?

—¿Crees que nos ayudará a descubrir al asesino?

—Ni mucho menos, pero si a conocernos. Yo también fui, en realidad sigo siendo como dices, un poco crápula. Ya te contaré.

—Con una condición.

—Claro.

—Ese será el límite.

—No comprendo.

—Sí. Si me comprendes.

—De acuerdo. Ese será el límite.

Grazie mille.

Prego.

Capítulo 3

Seis meses antes.

El timbre sonó en el cuarto cuando el hombre que permanecía en él se incorporó. Lo hizo sustentándose con las muletas hasta llegar, lenta y dificultosamente, hasta la silla de ruedas que esperaba al otro lado de la habitación. Los doctores que controlaban su rehabilitación le recomendaron esforzarse, pese a que las lesiones aun no estaban completamente recuperadas. Debía caminar con ayuda, para incorporarse a la silla de ruedas que poco después el celador empujaría hasta la gran sala de rehabilitación. Allí, un amplio número de especialistas en la materia, trataban de reparar las lesiones producidas.

Como todas las mañanas después de servirle el desayuno, Carlos, un celador, hacía sonar el timbre desde el exterior de la habitación anunciando le recogería y llevaría a la sesión de rehabilitación de la mañana.

—Buenos días. ¿Qué tal durmió hoy?

—Perfectamente.

—Entonces tendrá más ganas que ayer en recuperarse.

—Creo que sí, pero no estoy muy seguro.

—Ande, que todo es cuestión de deseo.

—¿Qué sabrás tú de deseo?

—Mucho señor Martínez.

—No lo creo.

—Pues debería.

—Algún día hablaremos de nuestros mutuos deseos.

—Se está refiriendo al deseo de una mujer.

—No. Aunque tampoco estaría mal.

—¿Cuánto tiempo hace que no …?

—Ni lo recuerdo.

—¿Quiere que le ayude a encontrar una?

—¿Serias capaz?

—De eso y de mucho más, me cae bien desde el primer día en que le trajeron.

—Bien, me alegro. Necesito a alguien que me ayude. Pero bueno ya hablaremos cuando regrese de la sesión.

—No sé si podré, tengo otros pacientes de los que ocuparme y no debo perder tiempo.

—Serán solo unos minutos.

—De acuerdo.

—Escúchame Carlos. ¿Estarías dispuesto a seguir ocupándote de mi, de manera exclusiva?

—¿Y eso que me proporcionaría?

—Supongo que un suculento sueldo y algunas prebendas más, pero para eso tendrás que pedir la baja en el hospital y dedicar todo tu tiempo a mi recuperación, además de otras cosas.

—De acuerdo señor Martínez, cuando regrese hablaremos.

—Bien.

A los quince días de aquella conversación Carlos, el celador, se había convertido en el ayudante inseparable del señor Martínez. En los siguientes, recibió todo tipo de insinuaciones, que indudablemente sirvieron para forjar un perfil suficientemente completo de ser utilizado para sus ocultas intenciones. Carlos no especulaba con las consecuencias a las que se vería abocado si continuaba con su labor de ayudante. Pero ya era tarde, un mes después Martínez fue dado de alta y se estableció de nuevo en su domicilio.

La demanda interpuesta contra la policía y algunas gestiones interrumpidas tras su incorporación al hospital, resultaron altamente beneficiosas. A partir de ahí comenzó su labor de investigación y de enseñanza a su discípulo Carlos Joaquín Bertos. Le utilizó como ayudante, mayordomo, y un sinfín de cargos, pero sobre todo como alumno y sustituto en la gran venganza que preparaba. Durante días escuchó con sumo cuidado y detalle, todas y cada una de las situaciones vividas por Carlos. Supo que estaba reclamado en tres Estados de la Republica Brasileña, y como cualquier individuo que huye, lo mejor que pudo hacer fue refugiarse en un lugar suficientemente concurrido, con muchas puertas y habitaciones donde poder esconderse, caso de ser reconocido por la policía.

Atrás dejó dos muertes y un hombre en estado vegetativo de la paliza propinada. Tuvo que cambiarse de nombre adoptando la personalidad de un mendigo con quien se tropezó en una de las fabelas de Río. Por poco dinero se hizo con su documentación, después solo tuvo que golpearle, recoger el poco dinero sobrante tras comprar alcohol y escapar de aquel lugar.

—Entonces – dijo Martínez interrogante – tu nombre no es Carlos.

—No señor, mi verdadero nombre es Joao. Los apellidos tampoco.

—Bien, eso no importa, la verdad, no pensé que hubieras tenido una vida tan ajetreada.

—Aprendí donde vivía, me resignaba a morir en una reyerta, simplemente aprendí a defenderme y a ser yo quien matara.

—Eso está bien, todos tenemos derecho a vivir. Yo mismo estoy aquí, sino por la misma razón, por algo muy similar a ti. Espero que podamos ser más que compañeros.

—Claro, no hay inconveniente, al contrario, lo estoy deseando.

—Escucha. Lo primero que debemos hacer es prepararte para algo importante que debes hacer por mi. Te pagaré bien, no solo con dinero, compartirás mi hacienda y vida, y serás como el hermano que nunca tuve.

—Gracias señor Martínez.

—A partir de ahora quiero que me llames Leopoldo o Leo, como prefieras, con la misma confianza que me has dado al contarme tu vida.

—De acuerdo Leo.

—Ahora necesitaremos tiempo, quiero que aprendas a manejarte bien tanto en un gran hotel como en un callejón oscuro frente a unos asaltantes. La verdad, esto último supongo que lo harás bien. ¿Sabes algún idioma además del español y el brasileño?

—Algunas palabras de francés y algo de ingles.

—Supongo que será suficiente, aunque no estará de más ponerte un profesor para refrescar tu memoria.

—¿Estudiar a mi edad?

—Nunca está de más.

—Como digas Leo.

—Lo primero será procurarte una documentación nueva. Necesitarás un pasaporte español, documento de identidad, alguna tarjeta de crédito y fotos, ya me ocuparé de los montajes. Después puliremos tus modales, debes hablar sin acento, o con muy poco.

—Perfecto. No se donde iré para necesitar todo eso.

—Eso ya te lo comunicaré en su momento. Ahora aplícate en cuanto te pida y dentro de poco podrás agradecérmelo.

En el mes de septiembre, Joao, alias Carlos Joaquín Bertos, se había convertido en Francisco Martínez Larios, hermano menor de Leopoldo Martínez Larios, que regresaría a España para recoger algunas pertenencias de su hermano, imposibilitado a causa de una larga enfermedad. Sus ademanes, forma de vestir y lenguaje le transformaron en un hombre cuya presencia llamaba la atención, como pudo comprobar en las sesiones exteriores a pie de campo, preparadas por Leopoldo con el fin de comprobar sus avances.

Octubre, noviembre y parte de diciembre pasaron sin apenas advertirlo. Una mañana Leopoldo, a través de llamadas telefónicas por Internet, trató de conversar con alguien en Madrid, la llamada fue remitida desde ese número a la oficina de la A.I.E. (Agencia de Investigaciones Especiales)

—Entonces dice que no está el Comisario Hernán Carrillo.

—No, no señor. Desde hace tiempo se encarga de dar conferencias tanto en universidades españolas como en las de otros países.

—No sabía que impartiera conferencias.

—Pues sí, imparte clases y suele dar conferencias.

—Supongo que sobre la materia que mejor conoce, claro esta.

—Si señor.

—Y donde está ahora, si puedo saberlo.

—De viaje, en Italia, la verdad es que saldrá dentro de una semana. Creo que estará hasta fin de mes.

—¿Sabe que ciudades visitará?

—Disculpe señor, pero aún no me ha dicho como se llama usted y que tiene que ver con el comisario.

—Disculpe señorita.

—Me llamo Leopoldo Martínez, antiguo amigo suyo, solo quería saludarle. No puedo moverme, ni caminar. Estoy postrado, he visto su número de teléfono en mi agenda y he querido saludarle.

—Discúlpeme.

—Nada, no hay problema. Me iba a decir las ciudades donde estará próximamente,

—En efecto. Si no estoy mal informada serán Milán, Roma, Florencia, Nápoles y Venecia, aunque es posible que varíen.

—Buen recorrido, que envidia me da. Yo me conformo con pinchar Internet y hacer viajes virtuales, desde la cama.

—Lo siento señor Martínez. ¿Le conoce hace mucho tiempo?

—Claro. Nos unen sentimientos mutuos.

—Le dejaré nota para cuando regrese se ponga en contacto con usted.

—Claro, dígale que … —inmediatamente cortó la llamada.

—¿Señor Martínez? — insistió la recepcionista sin respuesta.

Leopoldo Martínez sonrió con satisfacción, nervioso. Esperó a que Carlos, mejor dicho, Francisco Martínez, su nuevo hermano regresara para almorzar juntos. Después de comer se reunieron en una de las terrazas de la casa.

—Bien Francisco, supongo que estás preparado. Dentro de unos días saldrás para Barcelona, desde donde saltarás a Italia. Este es el recorrido que debes hacer. ¡Toma! — dijo entregándole una lista escrita en impresora— debes aprendértela y memorizarla antes de salir. Mañana mismo iremos a sacar el pasaje y pasado saldrás en vuelo directo a Barcelona. Hablaremos cada noche a través de Internet, nunca por teléfono, siempre que no sea estrictamente necesario.

—¿Es mi primera misión?

—Es tu primera actuación. Después vendrán otras y luego vuelta a casa con tu hermano

—Estupendo. No olvides dejar siempre la nota que he señalado, ya aplicaremos el nombre que corresponda. De momento no he dado con el oportuno, pero no temas, no tardaré mucho en encontrarlo. Posiblemente antes de ir al aeropuerto.

Leopoldo le dio algunas instrucciones más durante las siguientes dos horas y luego preguntó si estaba familiarizado con el objeto que puso en sus manos al final de la tarde. Francisco asintió, lo miró con detenimiento y señaló:

—No te preocupes, en cuanto llegue a Milán compraré uno como este y el resto de los útiles necesarios.

—Estupendo hermano.

La mañana en que salió el vuelo directo a Barcelona, Francisco Martínez llevaba un nombre memorizado: Inspectora Chiara Faquietti.

Capítulo 4

Madrid.

Celia y su hija Elena iniciaron los preparativos. Tres días más tarde se reunirían con los padres de Sergio para salir en dirección a Zurich y desde allí a Lucerna. Luego recorrerían los kilómetros que les separaban de la pequeña aldea en los Alpes, donde aquella familia disponía de una vivienda, según dijo Sergio, sencilla, aunque muy confortable, cerca de la fría, aunque gozosa nieve de los Alpes.

La alegría contenida de Elena no iba pareja con la suya, sentía una imposible inquietud, y no sabía a que obedecía. Debía respirar felicidad, su hija parecía haber encontrado su primer amor, el más importante para la vida de una joven como ella. De momento no existía temor a que sufriera los avatares de la indecisión, o el colapso sentimental que provoca una separación, todo se balanceaba sobre el hipotético ritmo que solo la primavera suele conceder a los enamorados.

Las horas sin embargo se le antojaban largas, de al menos ciento ochenta minutos, era como si el reloj de su tranquila vida hubiera decidido ralentizarse, o quizás pararse cada cinco minutos y esperara reiniciar su cadencial ritmo cuando escuchara el suspiro emitido por el sentimiento de inquietud que la embargaba. En esas disquisiciones estaba cuando se sobresaltó al oír el teléfono.

—No tengo más remedio que enviarte un beso por teléfono —dijo la voz timbrada de Roberto.

—Y yo devolvértelo, no has puesto bien las señas.

—¡Vaya¡ Que inutilidad de mente y mano derecha, con la que escribo. Tendré que volver a poner bien la dirección.

—¡Hola cariño¡ Parece como si supieras que necesitaba escucharte.

—Me alegra. ¿Cómo estás?

—Haciendo los equipajes con Elena. Ahora mismo esta hablando con Sergio. Salimos dentro de dos días para Zurich. Estoy un poco triste, me habría gustado hacer el viaje agarrada a tu brazo.

—Lo siento, pero ya sabias que no dispongo de mi tiempo, y que arreglé este viaje para salvar un poco el gasto a nuestra economía.

—Lo se.

—Nada cielo.

—Ya, pero no sé, tengo una extraña sensación.

—Haz el favor de barrer ese polvo de tristeza y sensaciones raras, comenzarás a reír. Nuestra hija es feliz y nosotros también, solo estaremos unos días separados, pero ya verás, el encuentro será apoteósico.

—Siempre estas igual. ¿Cuánto optimismo tienes que nunca lo agotas?

—El necesario para evitar, si puedo, que estés un solo momento triste.

—Bueno, no te he preguntado como te va en Milán.

—Bien. De momento, mi acompañante, una inspectora muy guapa llamada Chiara, será mi guía hasta que salga para Zurich.

—Y lo dices así, con toda la cara.

—Por supuesto. Pero no debes ponerte celosa ni un segundo.

—Lo dices para tranquilizarme.

—Desde luego.

—¿Qué haces?

—Preparando la primera de mis conferencias, mañana debo ir a la comisaría con ella. Le han asignado para facilitarme cuanto necesite. Aunque supongo que no vendrá a la primera, tienen un problema.

—¿De qué clase?

—Hubo un asesinato y debe ocuparse de él. Es posible que les ayude.

—Ya estás metido en tu ambiente.

—Claro, no puedo remediarlo.

—Como eres. Ten cuidado.

—Claro, lo tendré, no te preocupes.

—Bueno te dejo, esta noche volveré a llamarte.

—Un beso muy fuerte.

—Otro para ti Miss Rizos

—Gracias cariño, necesitaba escucharte.

—Venga, alégrate.

—Ya.

Milán.

Acabó de perfilar algunos detalles para la conferencia, extrajo alguno de los casos, traducidos en esquemas para facilitar la comprensión de sus palabras, y cerró el ordenador. Recordó que ni él ni Chiara habían establecido verse, por lo que optó por llamarla por el telefonino, como simpáticamente llamaba al móvil.